[ el ojo fisgón ]
[ fisgón, ona ] adj. aficionado a husmear.
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meta
donde pongo el ojo… [ 132 ]
Lecturas en curso
The Great Gatsby, de Scott Fitzgerald
Londres, 1993
Mi recomendado de la semana
C. M. no récord, de Juan Álvarez
Bogotá, 2011
Mis libros favoritos
Retrato del artista adolescente, de James Joyce
Madrid, 2001
Me llama la atención
Historia de la lectura en el mundo occidental, de autores varios (bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier)
Madrid, 2011
2 Comentarios en “donde pongo el ojo… [ 132 ]”
mis descubrimientos blogosféricos de 2011
Cada cierto tiempo me encuentro con algún blog nuevo o hasta entonces desconocido para mí cuyos contenidos se ocupan de algunos de los temas que más me interesan: los libros, la evolución del sector editorial, el proceso de reconversión de éste a raíz de la emergencia de lo digital, la economía de los contenidos y los usos sociales de las tecnologías de la información y la comunicación. Entre los blogs de este tipo que conocí durante 2011, los siguiente son los que ahora forman parte de mis lecturas imprescindibles.
- Winch 5, de Francis Pisani (ver versión en español y en inglés)
- verba volant, scripta manent, de Bernat Ruiz Domènech
- Joe Wikert’s Publishing 2020 Blog
- Appazoogle, de autores varios
- BibliogTecarios, de autores varios
- Disquisiciones, de Jorge Portland
- Editar en voz alta, de Elsa Aguiar
- La amena biblioteca de Redfield Hall, de Belén Bermejo
***
A quienes le interesen tanto el mundo del libro y sus alrededores como las tecnologías y los contenidos digitales, les recomiendo seguir atentamente estos blogs.
4 Comentarios en “mis descubrimientos blogosféricos de 2011”
entrevista a enrique dans en la revista texturas / “los lectores quieren acceder a los contenidos en cualquier momento, dispositivo y formato”
El número 16 de la revista Texturas que está circulando desde hace un par de semanas incluye la entrevista que le hice en junio de 2011 a Enrique Dans —a la cual me referí hace unos meses—. Dans habla en esta entrevista acerca de la disrupción tecnológica, del impacto que ésta está teniendo en la industria de los contenidos, de las distintas estrategias y líneas de acción que el sector editorial podría adoptar para gestionar su reconversión hacia lo digital, de la manera como la llegada a España de los nuevos actores de la distribución de contenidos digitales puede transformar tanto la estructura como la dinámica de la cadena de valor del libro, de la necesidad de construir entornos abiertos, convergentes e integrados, de los cambios que están teniendo lugar en las prácticas lectoras gracias a las funciones sociales de ciertas tecnologías, de las necesidades y expectativas de los lectores de hoy en día, de la circulación de los contenidos, de la capacidad de generación de atención y de la monetización de ésta.
Uno de los aspectos que me parecen más significativos de esta entrevista es el énfasis que Dans pone en la experiencia del usuario, para el cual en este momento es crítico poder acceder a los contenidos en cualquier formato, dispositivo, momento y lugar según sus necesidades puntuales —es decir, de una manera sencilla, eficiente y flexible—.
A continuación reproduzco algunos fragmentos de la entrevista que creo que vale la pena destacar:
‘[Los usuarios] Queremos información con capacidad de profundizar en ella o de hacer clic y ver por qué se dice algo, en qué se basan las fuentes para decirlo y por qué se opina una u otra cosa. Por tanto, exigimos profundidad en forma de hipervínculos y capacidades sociales en la información: es decir, que no sólo la asumamos sino que también podamos reenviarla, comentarla, votarla, promoverla, etc. En fin, un montón de funciones sociales sin las que ahora nos sentimos incómodos porque nos falta algo’.
(…)
‘La gente paga por aquello que le aporta valor. ¿Qué se puede hacer con un libro en Internet? Se pueden hacer un montón de cosas: una edición social de la obra, un libro que esté abierto a que la gente comente lo que va leyendo o permitirle al lector poner sus marcadores, sus ideas y sus vínculos. Lo que quieras. Se puede hacer que la experiencia de lectura mejore porque ya no estás limitado al formato habitual del libro’*.
(…)
‘El problema es que la industria editorial no sabe qué hacer. Es lo mismo que ocurre con la música. La industria de la música sabe vender CDs y si la pones a hacer otra cosa no sabe hacerlo o lo hace mal, se niega a hacerlo y lo desprecia porque no sabe vender. Al final lo que tenemos es un problema de auténtica adaptación. Actualmente nos estamos encontrando con empresas que no saben desvincularse del libro y que si pretenden vender otras cosas no saben hacerlo cuando en realidad lo que deben hacer hoy en día es clarísimo: en cuanto tengan un contenido, sacarlo en todos los formatos posibles’.
(…)
‘Lo que tenemos que plantearnos es que hay una diversidad enorme de dispositivos y que yo como usuario quiero que el contenido sea accesible desde todos —cada uno con su limitación de formato, de tamaño de pantalla, etc.— y con una continuidad. Kindle lo ha hecho muy bien. Yo compré un Kindle y ya lo tengo instalado en mi laptop, en mi ordenador de sobremesa, en mi iPad y en mi Blackberry. No me voy a poner a leer un libro en mi Blackberry pero me gusta tener la posibilidad de abrirlo y encontrarme con que la lectura está parada justo allí donde la dejé en cualquiera de mis otros dispositivos, en la misma referencia, y que lo que yo marqué está ahí porque me viene comodísimo en algunos momentos cuando quiero citar un libro o revisar algo que anoté. Cuando yo estoy leyendo un libro éste está en mi cabeza y quiero que esté presente en cualquiera de mis dispositivos. Entonces si se llega a inventar un dispositivo en forma de pantalla enrollable y semitransparente, quiero que mi libro también esté ahí y que no existan restricciones de ningún tipo para que sea así. Estamos hablando de contenidos digitales que por naturaleza son líquidos, de bits que se mueven por todas partes’.
(…)
‘Para empezar, en el diseño de esta estrategia [de reconversión] se tendría que pensar en el producto digital como el primer producto y eso es muy difícil para quien ha defendido toda su vida el libro físico y que aún cree que el libro digital es cosa de freaks o de minorías. La industria tiene que plantearse que su producto es digital porque se expresa, se vende, se usa y se consume en la red y que en caso de que alguien lo quiera puede imprimírselo pero teniendo en cuenta que el libro en papel es un subproducto. El libro impreso pasa a ser un subproducto y el libro digital es el producto principal que se consume en la red’.
(…)
‘Cuando en una industria irrumpe una innovación disruptiva, la mayoría de los que eran líderes en la época anterior adopta una postura defensiva y de intentar no hacer nada, de preservar su modelo de negocio, de protestar contra la innovación, de intentar ilegalizarla y cosas de ese tipo. La innovación siempre proviene de fuera, de los que no estaban antes. En Estados Unidos tienes modelos como los de The Huffington Post, Weblogs, Inc., Gawker Media y toda una serie de medios que han ido apareciendo y que han aprovechado muchísimo más las características del nuevo entorno debido a que no tienen las mismas condicionantes del escenario anterior, que es lo que permite que se adapten mucho mejor’.
(…)
‘Diría que quien produce contenidos debe tener claro que cuanto más circulen éstos mejor, sea en el régimen que sea: gratuito, de pago o restringido. A mí me va mejor cuanto más se mueve mi contenido. Yo soy consciente de que en cuanto publico un contenido en mi blog éste es reproducido automáticamente en una veintena de páginas web. La licencia bajo la cual publico mi blog permite hacerlo y gracias a eso a mí me va mejor. Si yo fuera un editor clásico, tendría que perseguir a esas páginas web y denunciarlas por aprovecharse de mi contenido. Pero no me interesa porque me va mejor así. Hacer este tipo de reflexión cuesta, lleva tiempo y exige una cierta experiencia pero vamos a acabar allí. Al final te tienes que acostumbrar a que tu contenido circule mejor porque te consigue una mayor capacidad de generación de atención. Y mientras más atención tengas, mejor porque puedes monetizarla. Lo que no podemos hacer es tener un contenido, renunciar a monetizar la atención y pretender cobrar simplemente por quien quiera comprarse el ejemplar de nuestra publicación como se hacía en el quiosco porque esto ya no funciona así’.
***
Las cosas que han sucedido entre mi conversación con Enrique Dans en junio de 2011 y la publicación de esta entrevista en el número 16 de la revista Texturas permiten hacerse una idea con respecto a la creciente aceleración del ritmo de las transformaciones que el sector editorial está sufriendo actualmente:
‘Esta entrevista tuvo lugar el miércoles 1 de junio de 2011 mientras se celebraba la Feria del Libro de Madrid, por lo que es bastante probable que entre su realización y su publicación se hayan registrado ciertos cambios en la situación de algunos de los aspectos abordados en ella —lo cual da cuenta de la velocidad a la que se están produciendo las transformaciones que la industria de los contenidos viene viviendo desde hace unos años—. Es indudable que el panorama de la industria editorial española no volverá a ser el mismo una vez desembarquen actores extranjeros provenientes del mundo tecnológico como Amazon, Google ebooks o Kobo, que ya anunciaron que este otoño empezarán a operar en España’.
Quienes quieran descargar la entrevista pueden hacerlo apretando aquí.
Aprovecho la ocasión para agradecerles no sólo a Margarita María Pérez Barón por la transcripción de esta entrevista, sino también a Manuel Gil y a Manuel Ortuño por sus comentarios y recomendaciones durante el proceso de edición de ésta.
* Aquí pueden echarle un ojo a la edición social de Todo va a cambiar, de Enrique Dans.
1 Comentario en “entrevista a enrique dans en la revista texturas / “los lectores quieren acceder a los contenidos en cualquier momento, dispositivo y formato””
2012
En nuestro entorno las cosas están complicadas y los pesimistas tienen evidencias para creer que podrían tender a seguir empeorando: no sólo no se están creando puestos de trabajo, sino que además se están destruyendo; el paro sigue creciendo y cada vez son más las familias en las que todos los miembros que forman parte de la población económicamente activa están sin empleo; se flexibiliza la legislación laboral para “incentivar la creación de empleo”, reducir los costes laborales y abaratar los despidos; abundan los contratos temporales, los trabajos sin contrato y el regateo por el centavo a la hora de acordar tarifas; cada dos por tres llegan anuncios con respecto a nuevos recortes en educación, sanidad, pensiones, salarios, cultura, obras públicas y desarrollo de infraestructuras; se congela la apertura de nuevas plazas de trabajo en el sector público; se presentan nuevos expedientes de regulación de empleo —ERE—; se recortan o se extienden las jornadas laborales de los trabajadores; las nóminas llegan tarde, se reduce el monto de las pagas extras o se dilata el pago de éstas; empresas cierran y se declaran en la quiebra o insolventes; las noticias informan acerca de expropiaciones de pisos y de la ejecución de desahucios por el impago de hipotecas; y como si todo esto fuera poco, los precios de los alimentos, de los servicios públicos o del transporte no dejan de subir.
Y en el sector del libro a la crisis económica hay que sumarle la generada por el cambio de paradigma que se deriva de la emergencia de lo digital.
Aunque el panorama no es nada alentador, yo sigo siendo optimista porque creo que hay mucho por hacer y tengo ganas de hacerlo. Que falte cualquier cosa menos la voluntad y el entusiasmo.
Tras referirse a las inquietudes que suscitaba el futuro incierto de Rusia y a las tensiones que se vivían allí tras la reciente caída de la Unión Soviética, Ryszard Kapuściński escribió lo siguiente en los párrafos finales de El Imperio (cuya primera edición fue publicada en Varsovia en 1993):
‘Y, sin embargo, el futuro no deja de ser prometedor. Las grandes sociedades tienen una enorme fortaleza interior. Entrañan inagotables dosis de toda clase de fuerzas y albergan en su seno energías suficientes para reponerse de las derrotas más dolorosas y salir de las crisis más graves.
China supo salir del agujero de la humillación y del hambre, y emprender un desarrollo independiente y fructífero. La India sigue su ejemplo. Brasil e Indonesia tampoco se quedan a la zaga. La densidad de estos pueblos, su cultura aglutinadora, su capacidad de persistir y su ambición de crear dan resultados sorprendentes, incluso en las condiciones más adversas. Seguro que esta ley universal del desarrollo de la humanidad también se aplicará a Rusia’.
En el mundo hay países donde el Estado de bienestar nunca ha existido, donde eso que se conoce como “lo público” ha sido saqueado de manera sistemática por quienes tienen acceso al poder tanto político como económico —políticos, empresarios y mafias de todo tipo— y donde todo se dejó a la suerte de la iniciativa privada desde mucho antes de la llegada en los años 1990 de las políticas liberalizadoras que los gobiernos de la época adoptaron bajo la asesoría de los Chicago Boys. Quienes venimos de estos países crecimos acostumbrados a vivir en tiempos de crisis. La secuencia “recesión-crisis-recuperación-bonanza” nos resulta absolutamente familiar porque llevamos años viviéndola en bucle. Y sabemos que lo primero que hay que hacer para salir de una crisis es ponerse a trabajar.
Decir que es lo primero presupone que no basta con ponerse a trabajar y que también hay que hacer muchas otras cosas. Es necesario ser creativo, recursivo, resolutivo, calculador y arriesgado. Hay que conocer con precisión los recursos con los que se cuenta, el potencial de éstos y las limitaciones que se tienen. Hace falta fijarse objetivos y tener la suficiente flexibilidad para replanteárselos sobre la marcha. También ayuda hacer alianzas con quienes se tienen intereses en común con el propósito de alcanzar objetivos compartidos. Y sobre todo hay que tener ganas de hacer cosas.
A quienes tienen ganas de hacer cosas les deseo un 2012 lleno de las ideas fascinantes, de la voluntad y de la buena puntería necesarias para sacar adelante proyectos de esos que entusiasman y que hacen que den ganas de ponerse a trabajar.
¡Y ahora, a hacer todo lo que haga falta para que 2012 nos traiga todo el trabajo que necesitamos (y mucho más)!
8 Comentarios en “2012”
la muerte de un lector digital
A mediados de enero de 2009 una de las editoriales para las que trabajo me dio un Sony Reader PRS-505 para facilitar el envío y la lectura de manuscritos. A finales de noviembre pasado el interruptor de encendido de mi e-reader dejó de funcionar repentinamente, lo cual a pesar de lo engorroso no era grave una vez comprobé que podía encender el dispositivo conectándolo por un momento a un ordenador. Dejando aparte esta leve molestia, todo iba bien hasta que dos semanas más tarde mi e-reader se quedó kaput.
Atrás quedaron los tiempos en los que las cosas duraban toda la vida: desde los muebles y la ropa hasta los electrodomésticos, pasando por los matrimonios. ¿Quién puede decir hoy en día que todavía conserva y usa unos zapatos, una licuadora o una silla que compró hace dos, cinco, trece o veintiocho años? En mi generación seguramente poquísima gente puede hacerlo mientras que en la de mis papás lo normal es —o quizás hasta hace unos años era— que las cosas duren mucho tiempo.
Con la producción en serie a gran escala, la deslocalización de las plantas de manufactura y la expansión tanto del consumismo como del estilo de vida low cost que hacen que todo sea fácilmente accesible y reemplazable, el ciclo de vida de muchos de los bienes que solemos consumir se ha reducido a su mínima expresión. Se trata de bienes de consumo casi desechables y de existencia efímera en los que la relación entre el valor y el precio tiende a ser bastante confusa. A propósito de todo esto vale la pena volver a echarle un vistazo al documental “Comprar, tirar, comprar”, que aborda este tema y en el que la obsolescencia programada ocupa un lugar central. A quienes todavía no lo hayan visto les recomiendo hacerlo ahora mismo.
El caso de mi e-reader pone en evidencia no sólo lo vulnerable y frágil que en ocasiones puede llegar a ser la tecnología, sino también que cuando estamos hablando de consumo de contenidos los dispositivos juegan un papel secundario —aunque no irrelevante— porque lo que realmente importa son los libros, la música o los vídeos que leemos, escuchamos o vemos a través suyo. Si somos capaces de asegurar la conservación y la perdurabilidad de los contenidos, de ahí en adelante todas nuestras preocupaciones serán menores.
Como suelo tener tres copias de todos mis documentos —en mi ordenador, en un pendrive y en un disco duro externo—, con la muerte de mi e-reader sólo hay que lamentar la pérdida de un aparato que se estropeó. La magnitud del problema es muy distinta en el caso del libro en papel, en el que el soporte y el contenido conforman una unidad indisociable. Y si lo digo es porque nuestros libros en papel también se deterioran con el paso del tiempo, sobre todo si se encuentran bajo ciertas condiciones ambientales o si en su producción se han utilizado materiales de mala calidad con el propósito de ahorrar costes. Y bueno, ni hablar de la rapidez a la que caducan muchos de los libros que se publican hoy en día porque sus contenidos se vuelven obsoletos en cuanto salen de la imprenta —e incluso antes—.
4 Comentarios en “la muerte de un lector digital”
















@martingomez78