archivo del febrero, 2007

Jueves, febrero 8, 2007 categorizado bajo diseño web, e-commerce, edición

‘web design: e-commerce’, de julius wiedemann

El brasilero Julius Wiedemann, quien es el encargado de la colección Digital and media de Taschen, editó hace poco el libro Web Design: E-Commerce de la serie Icons. En la introducción de este libro Wiedemann hace unas anotaciones interesantes acerca del desarrollo del comercio electrónico: “hace unos años, con la emergencia de la banda ancha y con la popularización de los medios digitales de comunicación como el correo electrónico y la mensajería instantánea, muchas personas y muchos expertos en Internet habían declarado la ‘muerte’ de los servicios postales. Pero lo que realmente ha pasado es que estos servicios, junto con los operadores de tarjetas de crédito, se convirtieron en un actor esencial del comercio electrónico global. Millones de pequeños paquetes que contienen toda clase de bienes son enviados todos los días a clientes en todas las esquinas del mundo”.

El libro examina más de cincuenta sitios Web de comercio electrónico que no sólo han logrado incorporar un alto grado de diseño, sino que también han sido innovadores en el campo de las interfaces y de los mecanismos de compra. Además, desarrolla a profundidad siete estudios de caso de plataformas de comercio electrónico que podrían servir como ejemplo de éxito. Este libro, como bien lo dice Wiedemann, podría dar ideas para empezar un nuevo proyecto, para mejorar uno existente o simplemente para tener un punto de referencia sólido.

Web Design: E-Commerce, al igual que otros libros editados por Wiedemann como los de la serie Advertising Now!, Web Design: Best Studios o Illustration Now!, recoge una muestra importante de casos que ofrecen una visión panorámica de la evolución de algunas tendencias que vienen desarrollándose en el campo de los medios digitales.

Lunes, febrero 5, 2007 categorizado bajo edición, escritores, literatura, literatura latinoamericana, literatura peruana

prosas apátridas

Tras haber oído a alguien decir algunas cosas interesantes sobre Julio Ramón Ribeyro, quise saberlo todo sobre él. En Internet no encontré mayor cosa y en las librerías de Bogotá tampoco. Sin embargo, en la biblioteca Luis Ángel Arango encontré el volumen de sus cuentos completos editado por Alfaguara. Después de leer dos o tres o cinco cuentos suyos, Ribeyro entró a formar parte de mi lista de autores favoritos.


Un libro fantasma


Como toda la gente que hablaba de Ribeyro mencionaba sus Prosas apátridas, quise leer ese libro que con el paso del tiempo se me terminó convirtiendo en uno más de aquellos de los que tantos hablan pero que para mí son inaccesibles. Como no lo encontraba en ninguna librería ni en ninguna biblioteca, empecé a ver Prosas apátridas como un libro fantasma cuya existencia era casi una leyenda urbana más.

Y lo siguió siendo hasta hace un par de semanas que entré a la librería La Central de Mallorca buscando un libro de textos cortos de no ficción para recuperar el hábito de leer en mis ratos libres. Como en la mesa de novedades no había encontrado nada que me atrajera lo suficiente, me fui hacia la sección de narrativa latinoamericana. Y justo cuando estaba echando el primer vistazo me encontré con una edición de Seix-Barral de Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro.

Emocionado, cogí un ejemplar del libro y me puse a leer la contraportada y las solapas. Cuando, como hago siempre, examiné los datos del libro entendí por qué nunca había dado con él: además de que de Prosas apátridas solamente había una edición de 1975 y otra de 1986, la que yo tenía en mis manos era de enero de 2007. Por otra parte, en ese momento me di cuenta de que no tenía ni la menor idea acerca del tema del libro y de que lo que me había atraído desde el primer momento era su título.

Inclasificables y entrañables


Con respecto al título dice Ribeyro en la nota del autor: “El título de este libro merece una explicación. No se trata, como algunos lo han entendido, de las prosas de un apátrida o de alguien que, sin serlo, se considera como tal. Se trata, en primer término, de textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos. En segundo término, se trata de textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo, al menos no los escribí con esa intención. Es por ambos motivos que los considero ‘apátridas’, pues carecen de un territorio literario propio. Al reunirlos en este volumen he querido salvarlos del aislamiento, dotarlos de un espacio común y permitirles existir gracias a la contigüidad y al número”.

Sin pensarlo dos veces compré el libro, me fui rápido a mi casa y al llegar allí me senté a leerlo. Tras leer la nota del autor seguí con la prosa número 1, después con la 2 y luego con la 3 y así sucesivamente hasta que tuve que parar porque no quería quedarme con las manos vacías tan rápido. Después de un rato releí una y otra vez lo que ya había leído, lo cual me tranquilizó porque me di cuenta de que el sentido de esos textos breves era tan profundo que podía releerlos cuantas veces quisiera sin agotarlos.

Ribeyro escribió estos textos sueltos que encierran una visión del mundo absolutamente ecuánime y consistente con un estilo tan breve, económico, contundente e intimista, que leyendo sus Prosas apátridas me sentí como si estuviera dando vueltas en el patio de mi propia casa.

Domingo, febrero 4, 2007 categorizado bajo escritores, literatura

garcía márquez por bolaño


García Márquez: Un hombre encantado de haber conocido a tantos presidentes y arzobispos”.


[ Entrada del “Diccionario Bolaño”, publicado por la revista El Cultural de el diario El Mundo el 30 de diciembre de 2004 e incluido en los anexos del libro Para Roberto Bolaño, de Jorge Herralde (Editorial Acantilado, 2005).
]


Sábado, febrero 3, 2007 categorizado bajo dictadura, edición, exilio, franquismo, guerra civil española, literatura, traducción

la censura y la traducción

Entre las herramientas represivas que utilizó el régimen franquista para ejercer el control social necesario para garantizar su supervivencia durante 36 años, la censura parece haber jugado un papel fundamental. Así lo demuestran el extenso listado de artistas e intelectuales españoles que terminaron exiliados principalmente en Francia y México, el hecho de que mientras duró la dictadura en el campo del cine hecho en España no haya habido figuras y obras que hayan marcado hitos en la historia de la cinematografía y los controles ejercidos por el régimen sobre la publicación de libros.

En su libro Confesiones de una editora poco mentirosa, Esther Tusquets se refiere a la intervención de la censura sobre las traducciones. Dice Tusquets que “los libros se enviaban entonces obligatoriamente a la llamada ‘censura previa’, a Madrid. Te los devolvían aprobados, rechazados, o, lo que en el caso de las novelas era muy frecuente, más o menos mutilados (…)

Tal vez no fuera muy honesto ofrecer al público obras incompletas y alteradas, pero, de no hacerlo así, la mitad de la literatura que se publicaba en el mundo hubiera quedado inédita en castellano o, nos hubiera llegado clandestinamente, como ocurría con frecuencia, de América Latina. Así pues, a menos que las supresiones fueran brutales, nos doblegábamos a la más o menos caprichosa decisión del censor de turno”.

Continúa Tusquets diciendo que era necesario “atenuar miserablemente los textos. Llegaba a hacerse de modo automático. Casi todas las palabras relacionadas con el sexo estaban prohibidas (polla, coño, joder, orgasmo, clítoris, eran sistemáticamente eliminadas, pero me llamaba la atención que no colara tampoco ni en una sola ocasión algo tan inocente como ‘pezones’). De modo que, si el protagonista tenía una erección, quedaba en que ‘la deseaba apasionadamente’; si la penetraba, en ‘la estrechaba con fuerza entre sus brazos’; si le lamía el sexo o le chupaba los nefandos pezones, podías arriesgarte a ‘le acariciaba la espalda’ o, como mucho, ‘los senos’. Todo descafeinado y en clave de novela rosa. Y muchos párrafos eliminados por entero (…) El franquismo nos arrastró a todos —escritores, periodistas, editores— a la sórdida perversión de autocensurarnos”.

Como consecuencia de la censura, las primeras traducciones de lo que se estaba publicando en otras lenguas en esa época las hicieron las editoriales argentinas y mexicanas como Emecé, Sudamericana, Minotauro, Losada o el Fondo de Cultura Económica. Estas traducciones, como lo dice Tusquets, llegaban ilegalmente a España, donde lo poco que se traducía venía o cortado o amañado a los intereses del régimen después de pasar por la censura.

Afortunados quienes no tienen que leer traducciones


Leyendo lo que dice Tusquets me acordé de que en un curso de novela inglesa del siglo XVIII que tomé en la universidad teníamos que leer Pamela, de Samuel Richardson. Como en las librerías de Bogotá no se conseguía ningún ejemplar de ninguna de las traducciones de la novela, tuvimos que sacar un ejemplar de una biblioteca y fotocopiarlo. El método de la profesora consistía en leer en voz alta los fragmentos que eran más importantes desde el punto de vista narrativo para luego analizarlos. Al cabo de un rato las personas que estaban leyendo la novela en versión original empezaron a quejarse de que cuando la profesora leía se saltaba párrafos enteros del texto. Cuando se lo dijeron ella respondió que estaba leyendo todo lo que estaba en la traducción.

En ese momento nos dimos cuenta de que la traducción estaba lejos de corresponder al texto original porque todos los pasajes que aludían al flirteo y a escenas eróticas habían sido omitidos, por lo cual decidimos dejar de leer la novela y pasar a una traducción más reciente de Joseph Andrews, de Henry Fielding, editada por Alfaguara. De ahí en adelante siempre que los profesores pudieron escoger prefirieron las traducciones hechas en Argentina, como la del Ulises de Joyce que hizo José Salas Subirats.

Seguramente la intimidación que supuso el ejercicio de la censura durante el franquismo explican por qué hasta finales de los setenta las traducciones hechas en España no gozaban del mismo prestigio que las que se hacían en otros países europeos como Alemania, Francia y el Reino Unido o en México y Argentina.

Jueves, febrero 1, 2007 categorizado bajo escritores, literatura, literatura colombiana

primerísimas lecturas

Después de no haber leído nada, a los 18 años pasé a querer leerlo todo. Un todo indefinido cuyo horizonte se ampliaba con cada autor del que les oía hablar con propiedad a otras personas, con cada libro que caía en mis manos y con cada visita a una librería. En medio de mis ganas de leerlo todo pasaron por mis manos desde Dickens, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Dostoievski, Darwin, Kafka y Eduardo Galeano y Rubén Darío hasta Fukuyama, Sábato, Kundera, Adam Smith, Breton, Conrad, Dante, Whitman, Andrés Caicedo, José Martí, Vargas Llosa y Hesse, pasando por Rousseau, Patricia Highsmith, García Márquez, Sartre, Carpentier, Freud, Virginia Woolf y los nadaistas.

Aunque sabía que era imposible recuperar el tiempo perdido, sentía que abalanzarme sobre cada libro que viera o del que oyera hablar era una forma de impedir que la brecha entre lo que no había leído y yo siguiera creciendo. Siempre creí que fue justamente para lograrlo que me metí a estudiar Literatura. Y también que hacerlo fue un buen intento.

Memoria de una obsesión


Cada vez que pasaba por una librería, que pescaba algún comentario o que me sentaba a hablar con alguien mi cabeza grababa una serie de nombres de escritores colombianos hasta el momento desconocidos para mí que a partir de entonces tendría en la mira y que con seguridad leería más adelante. Sentía que si quería recuperar el tiempo perdido debía empezar por lo más cercano a mí, que era la literatura colombiana.

Entonces me fijé el objetivo de familiarizarme con la obra tanto de las figuras del pasado y del presente, como de las promesas de la literatura colombiana. Así descubrí no sólo las colecciones de autores colombianos de la editorial Oveja Negra, de Planeta y de Colcultura, sino también las revistas Golpe de dados, Puesto de combate, Huellas, La casa grande, Número y El Malpensante. Durante un tiempo me dediqué a buscar todo lo que habían escrito estos autores y a leer todo lo que encontrara. Como además de leer los libros quería tenerlos, la poca plata que tenía me la gastaba comprando todo lo que se me atravesaba por delante.

Aunque la mayoría de lo que leí mientras me duró esa obsesión con la literatura colombiana era de una calidad lamentable debido a su carácter pretencioso y fallidamente vanguardista, durante ese periodo breve pero intenso tuve la suerte de descubrir a grandes autores como Tomás Carrasquilla, José Asunción Silva, Germán Arciniegas, León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Zalamea Borda, Eduardo Caballero Calderón, Klim, Alfredo Iriarte, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Espinosa, R. H. Moreno Durán, Antonio Caballero, Tomás González y Fernando Molano.

La verdad es que aunque esta época tuvo todas las cosas aburridas de una obsesión, también tuvo todas las cosas positivas de un buen comienzo.

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