El editor colombiano Nicolás Morales escribió en el pasado número de la revista Arcadia una columna titulada “La nueva Feria del Libro”, en la que dice lo siguiente con respecto a la iniciativa de replantear el esquema de la feria de Bogotá:
‘Preocupadas por el declive en el porcentaje de percepción favorable que el público tiene del evento, y por unos indicadores de gestión que no abandonan la zona de las barras rojas, Corferias y la Cámara del Libro han decidido cambiar las reglas de juego buscando revitalizar esa sorprendente explosión bibliográfica que constituye nuestra Feria del Libro. Para ello convocaron a una junta de expertos que, tras analizar un sinnúmero de cuadros estadísticos y realizar algunos estudios conductuales en torno a la relación social propaganda-lucro-lectura, formularon algunas recomendaciones al comité organizador que, en este momento se están discutiendo en las reuniones’.

Según Morales, las recomendaciones de la junta de expertos son las siguientes:
- ‘Prohibidos los escolares
- No habrá stand sin libros
- No se invitará más a Ruanda ni a Bután
- Que Uribe* no inaugure la Feria
- Que vengan escritores y no Chespiritos
- Por favor, no sigan haciéndonos creer que Laura Acuña** es una intelectual’
La verdad es que no veo cómo las medidas propuestas por estos expertos pueden contribuir a que los indicadores de gestión de la Feria del Libro de Bogotá abandonen la llamada “zona de las barras rojas”. En un evento como una feria del libro es necesario distinguir entre la búsqueda del rendimiento económico, el impacto comercial, la dimensión cultural, el showbiz y las movidas políticas, que son aspectos bien distintos pero que querámoslo o no están estrechamente relacionados.

Supongamos que en la Feria del Libro de Bogotá se erradican ‘los ejércitos de jóvenes que, con la excusa de un baño de cultura, corren y desordenan un evento que no esta muy pensado para ellos’, así como la burocracia estatal, las organizaciones de beneficencia y los institutos de enseñanza del inglés; que el país invitado es Alemania; que la feria la inaugura Noam Chomsky en lugar de Uribe; que los autores de libros de autoayuda son sustituidos por John Updike y Ricardo Piglia; y que se les prohíbe a JLo*** y a Britney Spears ir a firmar sus poemarios y memorias. Vale.
¿Se va a recaudar más dinero en taquilla y van a vender más los editores si a la feria no asisten figuras políticas y mediáticas? ¿Harán China o el Reino Unido el esfuerzo de montar un buen pabellón si siguen sin tener una razón particular para hacerlo?
Colombia es un mercado editorial que por su tamaño está en capacidad de hacer una feria importante en el circuito iberoamericano y un par más con peso en el ámbito nacional. Sin embargo, para revitalizar la feria es más importante definir su naturaleza y su propósito que a quién se le da y a quién se le niega el derecho de admisión.
Al final el resultado de los indicadores de gestión depende de que los asistentes encuentren en la feria aquello que buscan —a quienes van a Frankfurt no necesariamente les interesa ir a Londres, a Guadalajara, a Chicago, a Madrid o a Buenos Aires—.
* presidente de Colombia
** modelo y presentadora de televisión
*** estrella de origen puertorriqueño y esposa del cantante Marc Anthony