La segunda mitad de 1998 fue particularmente estimulante para mí porque por primera vez en casi tres años tuve la certeza —aunque efímera, para variar— de que no me había equivocado escogiendo las carreras que estaba estudiando. Me entusiasmaba ver que algunos de mis profesores se ocupaban de temas interesantes, se divertían haciendo su trabajo y hacían un aporte valioso a su campo de estudio. Tanto, que la lectura de autores como Hesíodo, Aristóteles, Sócrates, Dante, Tomás Moro, Maquiavelo, Spinoza, Thomas Hobbes, Jean-Jacques Rousseau, Edmund Burke, Max Weber, Émile Durkheim, John Rawls o Jürgen Habermas en mis cursos de Historia de las ideas políticas me hizo considerar la posibilidad de dedicarme a la academia.

Fue justamente en ese segundo semestre de 1998 que se consolidó mi reconciliación con los clásicos. Me había inscrito en cursos sobre Goethe, Shakespeare y literatura griega. Aunque el curso sobre Goethe fue un desastre porque el profesor se dedicó todo el semestre a psicoanalizar a los personajes y al autor mismo, leer Las penas del joven Werther y la primera parte de Fausto fue una experiencia increíble. Por otro lado, en el curso sobre Shakespeare disfruté como nunca creí que podría hacerlo la lectura de obras como Sueño de una noche de verano, Hamlet, Macbeth, Otelo, Ricardo III y El Rey Lear.
El curso sobre literatura griega fue extraño porque aunque era muy general y superfluo, en él hicimos una aproximación distinta a la Ilíada —la lectura buscaba analizar la organización social y política de la época a partir del texto— y leímos La Orestiada, algunas comedias de Aristófanes y algunos poemas tanto de Píndaro como de Safo de Lesbos.
Entre tanto, por fuera de la universidad estaba leyendo cosas muy distintas: Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman; Canto a mí mismo, de Walt Whitman; La carta de Atenas, de Le Corbusier; Escritos políticos, de Herman Hesse; Dublineses, de James Joyce; La vida vivida, de Vinicius de Moraes; Siete noches, de Jorge Luis Borges; La busca, de Pío Baroja; Culturas híbridas y Consumidores y ciudadanos, de Néstor García Canclini y alguna otra cosa que se me escapa.

Lo más importante de ese año fue que tomé conciencia de que aunque quisiera leerlo todo sería imposible hacerlo no sólo porque la vida no me alcanzaría, sino también porque había mil temas que no me interesaban en lo más mínimo. En ese momento aprendí a no sentirme culpable por no interesarme por temas como la épica, los libros de caballería o la ciencia ficción y pude empezar a escoger mis lecturas sin pensar en lo que “hay que leer”.