En ciertas regiones de Colombia —en la andina, por ejemplo— muchas veces las personas solemos no tutearnos en situaciones en las que lo haría la gente de otras zonas del país, de otros países de Hispanoamérica o de España. Yo, por ejemplo, tuteo a mis papás —que en ocasiones nos hablan a sus hijos de “usted”— pero no a mis hermanos, ni a la mayor parte de mis amigos hombres de toda la vida ni a muchas de mis amigas de Colombia.
No sé por qué pero esta forma seca y al mismo tiempo entrañable que tenemos de tratarnos entre personas muy cercanas le extraña y también le gusta a mucha gente de otros países donde se habla castellano y en los que por defecto uno se tutea con quienes se tiene una cierta proximidad. Tanto, que algunos amigos cercanos de lugares tan distintos como México, Uruguay, Argentina y Catalunya un buen día decidieron retirarme el tuteo y empezar a hablarme con un “usted” que se les oye lo más de bonito —aunque reconozco que al principio ese nuevo trato me sonó hostil y que incluso llegué a pensar que quienes lo habían adoptado estaban disgustados conmigo—.
Esta situación la tengo particularmente presente desde el verano de 2006, cuando encontré en El País una columna en la que la editora Esther Tusquets se quejaba de la pérdida de matices que ha producido tanto en el lenguaje como en las relaciones interpersonales la tendencia a la desaparición del “usted” en España. Aunque algunos de sus argumentos en contra de la universalización del tuteo me parecen más bien rancios, alarmantes o simplemente tontísimos —yo me siento como en mi casa en los aviones de Vueling cada vez que oigo esa grabación que dice ‘abróchate el cinturón de seguridad y mantén derecho el espaldar de tu silla mientras las luces de emergencia permanezcan encendidas’—, tengo mis razones para estar del lado de Esther Tusquets en la defensa del “usted”.
Tal vez entiendan mejor todo este rollo leyendo la columna en cuestión.
Réquiem por el usted
Esther Tusquets
Cuando yo era niña, a comienzos del siglo pasado —¿cómo pueden decir algunos que la vida es corta o que pasa en un soplo?, a mí me parece interminable—, el tuteo se utilizaba con los amigos, con la mayoría de familiares, con las personas de confianza, y desde luego con nosotros, los niños. También la gente sencilla solía emplear más el tuteo. El usted quedaba reservado a las personas con las que no existían relaciones estrechas de parentesco o amistad. Marcaba una distancia, un respeto. Por eso me llamaba la atención que algunos niños tuvieran que tratar de usted a sus padres. Era el caso, bien próximo, de mi abuela paterna, a quien todos los hijos, y por supuesto los nietos, tratamos siempre de usted. No me gustaba ni pizca usar un tratamiento tan protocolario con un pariente tan próximo.
Existía otro tratamiento, el vos, que me fascinaba. Quizás porque sólo lo encontraba en el teatro y en los cuentos de hadas, y eso le confería un toque mágico. Era propio de príncipes y princesas, de damas y caballeros de otros tiempos, y carecía del matiz un punto engolado y antipático y oficinesco del usted. Descubrí con envidia que algunos niños voseaban a sus padres en catalán. Pero el réquiem por el vos debió de entonarse hace ya tiempo, porque oigo que mi nieto y sus amigos utilizan también en catalán el tuteo con sus padres.
Quedan, pues, el tú y el usted, enzarzados en una pugna donde el usted va perdiendo inexorablemente terreno. Es una batalla que iniciaron los “progres”, que iniciamos los “progres”, en los sesenta. Parecía una medida igualitaria, izquierdosa, un modo más de eliminar las diferencias de clase. Pero tenía un fallo irremediable: no existe mayor clasismo que dirigirse de tú a individuos que por su condición se ven forzados a tratarte a ti de usted, no existe peor clasismo que tutear a las criadas, al chófer, al camarero de un buen restaurante. No hay nada que haga tan explícita la diferencia. Mientras no exista, claro, un sistema en que el tuteo sea obligado para todos.
Si no hay una razón ideológica que lo justifique, si no se trata de que sea “políticamente correcto”, ¿qué ventajas reporta empobrecer el lenguaje eliminando el usted? ¿No es preferible que haya más alternativas, mayor posibilidad de matices y de juegos? ¿Por qué no marcar en el lenguaje unas diferencias que se dan en la realidad? ¿En qué mejora la relación profesor—alumno que el chaval que ingresa en la Universidad tutee desde el primer día al catedrático? ¿Por qué la dependienta de un supermercado, la empleada de una peluquería, a las que llevo cuarenta años y a las que quizás veo por primera vez, han de tratarme de tú? ¿Es acertado que una compañía aérea —Vueling— muestre lo muy moderna que es y busque granjearse al público más joven mediante el uso generalizado del tuteo, y de tú nos hable el capitán por el altavoz y con el tú se nos dirijan a las ancianas pasajeras las azafatas de veinte años?
Comprendo que es inútil pretender que nadie me trate de vos, como a las princesas de los cuentos y a las damiselas medievales, pero me gustaría que las personas con las que no media confianza ninguna y, sobre todo, si son mucho más jóvenes, me trataran inicialmente de usted, hasta que fuera yo quien les propusiera apear el tratamiento. Porque ésta es otra ventaja de que subsista el usted: la posibilidad de que llegue el momento, a veces de alto valor simbólico, en que la persona de mayor respeto ofrece el paso al tuteo y traslada así la relación a un plano distinto y superior.