Hace unos años cuando me preguntaban qué quería ser cuando grande, decía cosas que les había oído decir a otros o simplemente no sabía qué responder. Nadie que me haya conocido antes de los 18 años —ni yo mismo— se habría imaginado que yo viviría rodeado de libros, que en el futuro mi trabajo consistiría en leer, intervenir y escribir textos o que haciendo estas tres cosas experimentaría una de las sensaciones más parecidas a la felicidad que conocería.
Durante mi infancia y mi adolescencia no tenía ningún hobby, era poco curioso y pasaba muchísimas horas viendo en la tele novelas mexicanas y venezolanas o series gringas, haciendo vandalismo, jugando Nintendo, fútbol o a las escondidas, montando en bicicleta o no haciendo nada.
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En el colegio los curas nos hablaban a menudo de eso que llaman “la vocación” —contaban, si mal no recuerdo, que San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, descubrió la suya a los 30 años mientras se recuperaba después de que una bala de cañón le impactara en las piernas durante algún combate en alguna guerra—. Teniendo en cuenta mis problemas de disciplina, mi mediocre rendimiento académico, mi carácter disperso y que no había nada que me interesara o apasionara intensamente, en mi adolescencia todo parecía indicar que lo mío sería dedicarme toda la vida a la vagancia y al vandalismo.
Si yo no sabía qué quería ser cuando grande, era justamente porque no sentía ninguna inclinación a una profesión o carrera —es decir, una vocación—. Estaba claro que tenía que ir a la universidad y sabía que debido a mi escasa destreza con las matemáticas no podría ser ingeniero ni hacer nada de ciencias puras, que por falta de interés no existía el menor riesgo de que me dedicara a las ciencias de la salud, que tenía que descartar cualquier actividad que requiriera demasiada capacidad física, que tanto mi falta de fe como mi gusto por la buena vida me inhabilitaban para el sacerdocio y que por mi torpeza con los movimientos finos no podría hacer nada que exigiera habilidades manuales —de haberlas tenido me habría gustado estudiar Arquitectura o Publicidad—.
En síntesis, por descarte no me quedaba más remedio que buscar algo que hacer en el campo de las ciencias sociales y las humanidades.
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Después de sufrir durante los últimos años una sucesión de crisis vocacionales que empezó con el abandono de una breve y poco destacable carrera como politólogo, puedo decir que ahora tengo la fortuna de ganarme la vida leyendo, investigando, escribiendo y hablando sobre los temas que me gustan y participando en el desarrollo de proyectos editoriales —yo, que durante mi infancia y mi adolescencia no me leía un libro por nada del mundo—.