archivo del agosto, 2008

Martes, agosto 12, 2008 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados

donde pongo el ojo… [ 47 ]



Lecturas en curso

Botchan, de Natsume Sōseki

Impedimenta

Madrid, 2008

Mi recomendado de la semana

La petite Claudine


Mis libros favoritos

Primero estaba el mar, de Tomás González

La otra orilla

Bogotá, 2007

Me llama la atención

Llenos de vida, de John Fante

Anagrama

Barcelona, 2008

Viernes, agosto 8, 2008 categorizado bajo 1

librosfera

¡Hay que pegarse una pasada por Librosfera!


Jueves, agosto 7, 2008 categorizado bajo edición, editores, editores independientes

lo que llama la atención de melusina

Melusina es una editorial barcelonesa que me llama la atención por los temas que abordan las distintas colecciones que conforman su catálogo —tengo una debilidad particular por melusina sic, por serie animal y por UHF—. Su catálogo aborda temas relacionados con disciplinas y corrientes ideológicas tan diversas como la antropología, la sociología, la historia, la psicología, el feminismo, la publicidad, el turismo, la etnografía, la semiótica, la sexualidad y la biología.


A raíz de la entrevista que le hice a José Pons Bertran —editor de Melusina— tengo la impresión de que sus títulos se ocupan de los problemas que actualmente tienen un lugar estratégico en la agenda de estos campos.


En su columna semanal del suplemento cultura|s, del diario La Vanguardia, hace poco Sergio Vila-Sanjuán le hizo un merecido reconocimiento al trabajo de la editorial Melusina.


Vila-Sanjuán comienza su columna diciendo:


‘A veces una editorial que lleva cierto tiempo trabajando casi en silencio y aparentemente con poco reconocimiento obtiene de pronto una súbita visibilidad’.


Antes de terminar, un aspecto sobre el que vale la pena llamar la atención: en un comentario reciente a una entrada de [ el ojo fisgón ], José Pons Bertran y El llegidor pecador se referían a la manera como algunos sellos pertenecientes a los grandes grupos editoriales empiezan a entrar en el nicho del que ocupa la editorial Melusina.

Miércoles, agosto 6, 2008 categorizado bajo prescripción

mis dealers

En cuestión de lecturas yo tengo mis dealers: personas que me suministran referencias de autores y obras que vale la pena leer y que mediante sus recomendaciones me van orientando como lector.

Se trata de lectores voraces, inquietos y curiosos en cuyo criterio confío bien sea porque sus acertados consejos han puesto en evidencia que éste está en sintonía con mi gusto o bien porque me han recomendado autores y obras que en su momento me han abierto nuevas inquietudes.

Aquí les presento a mis dealers de cabecera:

- Freddy: en materia de narrativa y poesía tanto modernas como contemporáneas parece haberlo leído casi todo —y no suelen faltarle referencias confiables con respecto a lo que no ha leído—.


- Roberto: ha cultivado no sólo una patológica gabofilia gracias a la cual descubrí una parte de la literatura del sur de los Estados Unidos, sino también una pasión por las formas clásicas y por la poesía de vanguardias de finales del siglo XIX y de principios del XX.


- Javier Moreno: todo un conocedor de la literatura estadounidense contemporánea y de sus entresijos más recónditos.


- El poeta Camilo Hoyos: mi referente # 1 en vanguardias artísticas europeas de principios del siglo XX.


- Camilo Jiménez: el blog del editor de la revista El malpensanteel ojo en la paja— es una excelente guía de lecturas de clásicos modernos y contemporáneos que saca a la luz autores olvidados y curiosidades varias.


- Subal Quinina: ha sido mi iniciador en la literatura catalana, bolañero hasta el tuétano, apasionado de la narrativa latinoamericana y divulgador de alguna figura eslava —que pronto publicará en su editorial—.

Martes, agosto 5, 2008 categorizado bajo 1

vocación editorial

Hace unos años cuando me preguntaban qué quería ser cuando grande, decía cosas que les había oído decir a otros o simplemente no sabía qué responder. Nadie que me haya conocido antes de los 18 años —ni yo mismo— se habría imaginado que yo viviría rodeado de libros, que en el futuro mi trabajo consistiría en leer, intervenir y escribir textos o que haciendo estas tres cosas experimentaría una de las sensaciones más parecidas a la felicidad que conocería.

Durante mi infancia y mi adolescencia no tenía ningún hobby, era poco curioso y pasaba muchísimas horas viendo en la tele novelas mexicanas y venezolanas o series gringas, haciendo vandalismo, jugando Nintendo, fútbol o a las escondidas, montando en bicicleta o no haciendo nada.

***


En el colegio los curas nos hablaban a menudo de eso que llaman “la vocación” —contaban, si mal no recuerdo, que San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, descubrió la suya a los 30 años mientras se recuperaba después de que una bala de cañón le impactara en las piernas durante algún combate en alguna guerra—. Teniendo en cuenta mis problemas de disciplina, mi mediocre rendimiento académico, mi carácter disperso y que no había nada que me interesara o apasionara intensamente, en mi adolescencia todo parecía indicar que lo mío sería dedicarme toda la vida a la vagancia y al vandalismo.


Si yo no sabía qué quería ser cuando grande, era justamente porque no sentía ninguna inclinación a una profesión o carrera —es decir, una vocación—. Estaba claro que tenía que ir a la universidad y sabía que debido a mi escasa destreza con las matemáticas no podría ser ingeniero ni hacer nada de ciencias puras, que por falta de interés no existía el menor riesgo de que me dedicara a las ciencias de la salud, que tenía que descartar cualquier actividad que requiriera demasiada capacidad física, que tanto mi falta de fe como mi gusto por la buena vida me inhabilitaban para el sacerdocio y que por mi torpeza con los movimientos finos no podría hacer nada que exigiera habilidades manuales —de haberlas tenido me habría gustado estudiar Arquitectura o Publicidad—.


En síntesis, por descarte no me quedaba más remedio que buscar algo que hacer en el campo de las ciencias sociales y las humanidades.

***



Después de sufrir durante los últimos años una sucesión de crisis vocacionales que empezó con el abandono de una breve y poco destacable carrera como politólogo, puedo decir que ahora tengo la fortuna de ganarme la vida leyendo, investigando, escribiendo y hablando sobre los temas que me gustan y participando en el desarrollo de proyectos editoriales —yo, que durante mi infancia y mi adolescencia no me leía un libro por nada del mundo—.

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