comentarios a los planteamientos de jason epstein sobre el futuro digital [ 2 ]
El control sobre el uso y la conservación de los contenidos digitales, su vulnerabilidad y el modelo de acceso a éstos son tres aspectos que también vale la pena comentar en relación con los planteamientos que hace Jason Epstein en su artículo“Publishing: The Revolutionary Future”.
A partir de la referencia a lo sucedido el verano de 2009 cuando a petición del editor de 1984 Amazon borró esta novela de los Kindle de aquellos usuarios que la habían comprado, Epstein señala dos de las inquietudes que tienen muchos usuarios con respecto a la propiedad y a la seguridad de los contenidos digitales: en primer lugar, quién puede decidir qué puede hacerse y qué no con una obra en formato digital comprada en una tienda en línea para ser leída en un dispositivo electrónico; y, en segundo lugar, el riesgo de que los contenidos dejen de ser accesibles de un momento a otro.
En el primer caso es el proveedor de los contenidos quien con su política de gestión digital de derechos —es decir, Digital Rights Management (DRM)— define los usos que el usuario puede hacer de éstos: los dispositivos en los cuales pueden utilizarlos, la autorización para copiarlos parcial o totalmente, la posibilidad de convertirlos a otros formatos y soportes e incluso el número de veces que puede acceder a ellos o la duración del período de acceso. Sin embargo, lo que en un principio parece absolutamente correcto y transparente puede terminar dando pie para que se vulneren los derechos del usuario cuando el proveedor de los contenidos aprovecha su capacidad de ejercer un control sobre éstos para hacerle pagar por un error suyo o cometer algún otro tipo de abuso. Por ejemplo, en casos como el retiro de 1984 de los Kindle por parte de Amazon el proveedor está ejerciendo controles indebidos que se salen de los límites de su política de gestión digital de derechos para resolver el problema causado por el hecho de que anteriormente él mismo parece no haber respetado alguna cláusula de su contrato con el editor de la novela que está comercializando. Amazon sabe por experiencia propia que en Internet la capacidad del consumidor para defender sus intereses es cada vez mayor porque a través del efecto de red que se produce en la Web es posible organizar movilizaciones en las que participen la cantidad suficiente de personas necesarias para hacer respetar su posición como colectivo.
El segundo caso contempla no sólo una eventual intrusión indebida en la propiedad del usuario por parte del proveedor de los contenidos o de un tercero, sino también el riesgo de que el archivo, el espacio donde éste está almacenado o el dispositivo a través del cual se accede a él se estropeen. Aquí se pone en evidencia la vulnerabilidad de lo digital que muchos temen.
En cuanto al modelo de acceso la idea del alquiler renovable me parece interesante, sobre todo para las obras de referencia, científicas, profesionales y técnicas así como en el caso de organizaciones como bibliotecas y centros de documentación. Epstein pone el ejemplo del Oxford English Dictionary y a mí se me vienen a la cabeza algunos otros tipos de contenidos como los journals de las distintas disciplinas científicas, las ediciones anotadas de obras literarias que han sido hechas para uso académico o los tratados jurídicos —es decir, obras cuyo uso es ante todo instrumental—. Por otro lado, en el caso de títulos cuyo ciclo de vida es corto porque sus contenidos caducan rápidamente está claro que no vale la pena conservarlos en papel al menos que se tenga un interés específicamente arqueológico para dar cuenta de la evolución de una disciplina o de un tema particulares.
Y es justamente cuando surge el interés arqueológico que el modelo de acceso por alquiler podría volverse problemático para bibliotecas y centros de documentación porque, como bien lo plantea el profesor Roger Chartier, una de las funciones de éstos consiste en conservar y hacer accesibles los textos en sus formatos anteriores cuando un nuevo soporte se impone. En este sentido el modelo de acceso por alquiler sólo sería una solución parcial para bibliotecas y centros de documentación porque en tanto que repositorios de contenidos este tipo de organizaciones también son los depositarios de una buena parte del componente documental de nuestro patrimonio cultural, cuya disponibilidad no debería estar supeditada a los vaivenes de un contrato de alquiler establecido con un tercero.


@martingomez78
La lectura del artículo de Jason Epstein me ha dejado más inquieto que tranquilo y me ha hecho dudar respecto a los términos, ideas y pronósticos a los que este editor hace referencia.
Lo primero que ha llamado mi atención es que Epstein, al igual que otros expertos, ha escogido hablar en futuro de los cambios que, se supone, ya deberían estar ocurriendo desde hace un tiempo. Luego de haber tenido la oportunidad de conocer una nueva y mejorada versión del Kindle, comprobar que el iPad no era un bulo y ver cómo, recientemente, el DS de Nintendo ha pasado a engrosar el grupo de dispositivos en los que se puede leer un libro, es difícil creer que aún no se hayan presentado todas las condiciones necesarias para que podamos ver los cambios anunciados. Incluso la aparición de la Expresso Book Machine de Epstein, cuya versión beta data de 2006, debería ser considera como uno de los hitos que marcaría el inicio de los cambios. ¿Será que todavía no hay un mercado para los eBooks? Debería haberlo si ya desde 2002 se viene hablando del crecimiento sostenido de las ventas de eBooks, sin importar que no terminen de ser tan económicos como anunciaban algunos editores y esperaba la mayoría de los lectores.
Del editor al lector
Hay otra predicción que no termina de cumplirse. Según Epstein y otros, los libros o las obras, que con el cambio de soporte ya no son sinónimos, se publicarán en los sitios de los autores y de los editores, así como en sitios confiables en donde su calidad será evaluada por expertos. Estas obras podrán ser descargadas directamente por los lectores, pasando directamente a estos desde las manos del autor o del editor, sin intermediarios. Es curioso que Epstein, editor de vasta experiencia, no distinga la figura del autor de la del editor y escriba “downloaded directly from author or publisher to end user” (descargado directamente del autor o el editor al usuario final), como si el editor no fuese un intermediario por antonomasia. Pero, ¿la posibilidad de descargar libros electrónicos desde iTunes a un iPhone o un iPod touch no es una muestra de que esta profecía ya se ha cumplido? No, porque en este caso hay un intermediario y prevalece más la lógica de la gran superficie (lo que está mejor exhibido se vende más, se exhibe mejor lo que más se vende) que el criterio del experto o la inteligencia colectiva.
Una diversidad sin precedentes
Otra predicción de Epstein, que muchos editores estamos deseosos de ver cumplida, es la que afirma que gracias a la digitalización la producción de contenido en distintas lenguas será estimulada. Lamentablemente, Epstein no abunda en detalles y nos deja con las ganas de saber porqué la digitalización motivará a los editores o a las autores (¿se irá borrando la distinción entre unos y otros?) a producir más contenido. Se puede especular que se deberá a la reducción de los costos asociados a la producción tradicional del libro. Al eliminarse el costo de impresión, almacenamiento y distribución, su redundante estructura tradicional, el editor podrá dar rienda suelta a su imaginación y podrá publicar digitalmente todas aquellas obras que por poco rentables (muy costosas y con un público reducido) no podría haber publicado de la forma tradicional. Mas si le prestamos atención a lo afirmado por los autores de Paradigma Libro, en la entrada “Del precio de los eBooks a las chuches”, es difícil estar de acuerdo con esto: “Lo razonable, después de analizar la estructura de costes y el escandallo de precios posibles es que el ebook salga al mercado con un precio ligeramente inferior a la edición el papel, pero sólo ligeramente”.
Según Epstein, gracias también a la digitalización, los editores podrán especializarse en temas, establecer alianzas con otros editores, que no tendrán que estar en el mismo país, y así satisfacer nichos de mercado. A este respecto, vale la pena citar al Jason Epstein de La industria del libro cuando dice: “La edición de libros es por naturaleza una industria artesanal, descentralizada, improvisada y personal; la realizan mejor grupos pequeños de gente con ideas afines, consagrada a su arte, celosa de su autonomía, sensible a las necesidades de los escritores y a los intereses diversos de los lectores”. Es decir, que ahora Epstein considera como un beneficio de la digitalización algo que antes identificaba como un atributo de la edición, la tradicional.
De editor a inversor de riesgo
La visión que tiene Jason Epstein del futuro de la industria del libro termina siendo idílica cuando éste afirma que en el “futuro” los editores incurrirán en costos mínimos y que, como ya viene ocurriendo, los pequeños editores se apoyarán en la tercerización de muchas actividades: gerencia, asistencia legal, administración, diseño, corrección, publicidad y más. Aunque la tercerización parece ser una estrategia adecuada para reducir costos atenta contra la seguridad laboral de los trabajadores de la industria editorial, y seguramente contra la calidad de la edición. Nuevamente lo dicho por los autores de Paradigma Libro, en “Desempleo editorial y editores Tres-en-Uno”, nos ayuda a entender lo que se avecina: “Se observa también un fenómeno ciertamente curioso, sobre todo en editoriales pequeñas y que denominamos de «editor 3 en 1», aquél que piensa que sabe de todo y que lo puede hacer todo, por tanto, traduce, maqueta, distribuye, vende y casi hasta se compra a sí mismo sus propios libros”.
La tercerización puede ser racional pero no es razonable. Si en una editorial no se editan, corrigen y diseña los libros, ¿qué es lo que se hace? Quizás la respuesta esté en las palabras del mismo Epstein, quien habla de recurrir a inversores externos que financien los adelantos exigidos por agentes y autores. La editorial que no edite puede convertirse en una suerte de inversor de riesgo que, especializado en la industria editorial, se dedique a buscar autores en los que considere conveniente invertir, a la par que contrata los servicios de trabajadores editoriales autónomos.
Finalmente, si bien las predicciones de Jason Epstein sobre el futuro revolucionario de la edición pueden llegar a ser muy emocionantes, deben ser sopesadas con detenimiento. Si de todo lo afirmado por este editor hay algo de lo cual no se debe dudar es que las soluciones emergerán oportunamente en función de las necesidades y que en el presente no tiene mucho sentido tratar de describir cómo será un panorama que, de cualquier manera, será sumamente complejo.
Los editores tendremos que seguir atentos a los cambios, dispuestos a adaptarnos y, como siempre, ser un poco escépticos. Para que no se diga que Epstein no me agrada termino citando sus sabias palabras: “Un ejército regular vive en cuarteles. Los ejércitos de guerrilla viven en medio del pueblo que les sostiene y por el que luchan. Igual que nosotros, los editores”.
[...] a los planteamientos de Jason Epstein sobre el futuro digital 1 y 2. Fuente: El ojo [...]