archivo del noviembre, 2010

martes, noviembre 30, 2010 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados, series

donde pongo el ojo… [ 114 ]

Mi recomendado de la semana

Un día más con vida, de Ryszard Kapuściński

Anagrama

Barcelona, 2003

Mis libros favoritos

Arrugas, de Paco Roca

Astiberri

Bilbao, 2007

Me llama la atención

Un cuarto propio conectado, de Remedios Zafra

Fórcola

Madrid, 2010

miércoles, noviembre 24, 2010 categorizado bajo autoedición, destacados, e-book, edición digital

rebelión en la red: the people vs. amazon?

Hace un par de semanas Amazon volvió a protagonizar una polémica debido a la aparición en su Kindle Store de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure, un e-book autopublicado por Phillip R Greaves 2nd. Al parecer todo empezó con una entrada publicada el 10 de noviembre en TechCrunch en la que se alertaba sobre la presencia en el catálogo de la Kindle Store de un libro sobre pedofilia que se vendía por 4.79 dólares.

Según reportó TechCrunch en una actualización de la entrada en la que lanzó la alerta, la respuesta que Amazon dio en su momento a las manifestaciones de los usuarios en contra de la presencia de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure en su Kindle Store fue la siguiente:

Amazon cree que es censura no vender ciertos libros solamente porque nosotros u otros crean que su mensaje es objetable. Amazon no apoya ni promueve actos criminales o de odio pero sí apoya el derecho de cada individuo a tomar sus propias decisiones de compra’.

Ante esta situación la reacción de un grupo de usuarios de Internet no se hizo esperar: el libro recibió una una cascada de votos negativos en la Kindle Store, se creó un grupo en Facebook llamado “Boycott AMAZONnow for Carrying The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure y en Twitter miles de personas hicieron eco de la noticia y sentaron su posición al respecto —una parte importante de ellas en contra de Amazon—. Y, claro, adicionalmente las ventas del libro se dispararon.

Supongo que debido no sólo a las presiones de los usuarios sino también a la manera como los comentarios aparecidos en la prensa —sobre todo en las publicaciones que se ocupan de la actualidad del sector editorial— podrían perjudicar su imagen, finalmente el 11 de noviembre Amazon decidió ceder y retirar el libro de la Kindle Store. Desde entonces el resultado que arroja la búsqueda del libro en Amazon es el siguiente:

Esta situación me lleva a plantearme dos preguntas: ¿cuál es el precio que deben pagar los miembros de la cadena de valor del sector editorial por publicar o comercializar contenidos que fomenten, promuevan o exalten posturas, prácticas y actitudes que van en contra de los valores establecidos, de lo comúnmente aceptado o de la legalidad? ¿Cuál es en este caso la responsabilidad de Amazon en su condición de proveedor de una plataforma tanto de autopublicación como de comercialización de contenidos?

Ni éste es el primer escándalo protagonizado por Amazon ni ésta es la primera vez que los usuarios montan un boicot en contra suya debido a sus salidas en falso. Entre otros boicots de algunos grupos de usuarios que han tenido lugar en Amazon se destacan los siguientes:

– la campaña contra las editoriales que suscriben el agency model en el Reino Unido —Hachette, Penguin y HarperCollins— en señal de protesta contra su política de precios. Esta campaña consistió en invitar a los usuarios a no comprar e-books de estas editoriales y a darles votos negativos a los títulos de sus grandes autores (ver el artículo “Customer anger at agency ‘price fixing’ in Kindle forum”, de The Bookseller).

– la iniciativa contra los e-books que costaban más de 9.99 dólares (ver la entrada “Readers Boycotting Kindle Titles Priced Above $9.99”, de O’Reilly radar).

También vale la pena recordar otras acciones polémicas de Amazon que no sólo han provocado enfrentamientos tanto con diferentes actores del sector como con los usuarios que han visto vulnerados sus intereses, sino que también han dado mucho de qué hablar:

– el retiro por parte de Amazon del botón de compra de su oferta de e-books de la filial estadounidense de Macmillan al no llegar a un acuerdo con ésta en torno al precio de venta de sus títulos (ver los artículos “Macmillan US chief: Amazon deal ‘near to hand'” y “Macmillan US and Amazon.com settle e-books dispute”, de The Bookseller).

– el retiro tanto de 1984 como de Animal Farm, de George Orwell, de la biblioteca digital de los usuarios que habían comprado en la Kindle Store estos dos títulos que Amazon estaba vendiendo sin la autorización de su editor (ver los artículos “Amazon Erases Orwell Books From Kindle”, de The New York Times, y “Amazon likened to Big Brother after deleting 1984 from Kindles”, de The Bookseller).

– el intento de incorporar en el Kindle 2 una funcionalidad a través de la cual se pretendía que una voz generada por ordenador leyera en voz alta los textos de los e-books (ver el artículo “New Kindle Audio Feature Causes a Stir”, de The Wall Street Journal).

En la mayoría de estos casos Amazon ha terminado por llegar a acuerdos con los actores del sector que han ejercido una presión en su contra tras ver sus intereses vulnerados por algunas de sus políticas y prácticas, por modificar algunos de sus planteamientos con respecto a éstas o por pedir disculpas a los perjudicados por sus acciones.

Gracias a la capacidad de diseminación y de movilización que tiene Internet, noticias como la publicación de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure y las reacciones suscitadas por ésta tienen en la Web un eco y una repercusión impensables en el mundo offline. Esto quiere decir que no escuchar las demandas del usuario, desconocer sus derechos y pasar por encima suyo hoy en día puede tener un coste altísimo cuyos efectos pueden ser particularmente perjudiciales para empresas nativas digitales que tienen un posicionamiento, un reconocimiento y una reputación que no se derivan de una presencia previa en el mundo analógico. En síntesis, “el que la hace, la paga” —como dice el slogan de la campaña de Transports Metropolitans de Barcelona para evitar que la gente se cuele en el transporte público—.

Aunque no cabe duda de que todas estas situaciones han perjudicado la imagen de Amazon, también es verdad que las políticas globales y las acciones puntuales siempre se pueden rectificar —aunque está claro que el importe de la cuenta de cobro depende no sólo de la naturaleza y de las razones del enfrentamiento, sino también de cómo y cuándo se reaccione—. Al respecto hay que decir dos cosas: en primer lugar, que tanto la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos como la avalancha de flujos de información a la que estamos sometidos hacen que hoy en día la actualidad sea bastante efímera y que lo que es noticia en un momento dado sea olvidado rápidamente; y, en segundo lugar, que si se quiere recuperar la memoria de una situación particular que haya tenido una cierta publicidad actualmente es posible desenterrarla del olvido y reconstruirla gracias a ese gran repositorio de contenidos que es la Web.

miércoles, noviembre 17, 2010 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados, series

donde pongo el ojo… [ 113 ]

Lecturas en curso

Las razones del libro. Futuro, presente y pasado, de Robert Darnton

Trama editorial

Madrid, 2010

Mi recomendado de la semana

A.D. New Orleans After The Deluge, de Josh Neufeld

Pantheon Books

Nueva York, 2009

Mis libros favoritos

La casa Tellier y otros cuentos eróticos, de Guy de Maupassant

Alianza editorial

Madrid, 2005

Me llama la atención

Artefactos importantes, de Leanne Shapton

Duomo ediciones

Barcelona, 2010

martes, noviembre 16, 2010 categorizado bajo destacados, librerías, libreros, prescripción

¿cuáles son las instancias de prescripción de libros y lectura?

En una entrada de La république des livres titulada “Qui sont les prescripteurs ?” (“¿Quiénes son los prescriptores?”) Pierre Assouline comentaba la semana pasada que la revista LivresHebdo había publicado recientemente ‘una encuesta entre 430 libreros, o más bien “puntos de venta”, acerca del “impacto de los medios de comunicación en las ventas de libros”‘. Los resultados del sondeo de LivresHebdo que cita Assouline son los siguientes:

Prensa escrita: Le Monde (18%), Presse TV (15%), Le Figaro (11%), L’Express (10%), diarios regionales  (8%), Le Nouvel Observateur (6%), Elle (5%), Le Point (4%), Libération (3%), Lire (3%), Femme actuelle (2%).

Televisión: La grande librairie / François Busnel (21%), ninguna emisión (11%), Le grand journal / Michel Denisot (7%), Vivement dimanche / Michel Drucker (4%), telediarios (3%), Télé-matin (3%), Journal de la santé (2%), On n’est pas couché / Laurent Ruquier (2%) y con un 1% se encuentran en desorden Un livre un jour, Café Picouly, Au Field de la nuit, Des mots de minuit

Radio: Ninguna emisión (29%), Le masque et la plume / Jérôme Garcin (20%), Cosmopolitaine / Paula Jacques (12%), La grande table (11%), L’heure du crime / Jacques Pradel (7%), A plus d’un titre (5%), Bienvenue chez Basse (3%), A livre ouvert (2%), Le livre du jour (2%), Nicolas Demorand (1%), Une vie, une œuvre (1%)’.

Antes de exponer estos resultados Assouline se pregunta ‘quién es prescriptor de libros y de lectura en un paisaje mediático tan atomizado’. Con respecto al paisaje mediático yo añadiría lo preocupante que resulta la excesiva concentración de la propiedad de los medios de comunicación, gracias a la cual en ocasiones hay grupos empresariales multimedia que simultáneamente tienen inversiones y/o intereses en productoras audiovisuales, distribuidoras cinematográficas, cadenas de radio y televisión, diarios y publicaciones periódicas, proveedores de acceso a Internet, portales en la Web, agencias de publicidad y canales de comercialización tipo grandes superficies que en la mayor parte de los casos operan tanto en el mundo analógico como en el ámbito online.

Tras presentar los resultados de la encuesta Assouline destaca el hecho de que la respuesta “ninguna emisión” se encuentre no sólo presente sino también muy bien posicionada en el caso tanto de la radio como de la televisión. A continuación Assouline anota que en la encuesta de LivresHebdo Internet parece ser considerado el pariente pobre de los medios y luego hace una observación importante con respecto al ámbito online: ‘la prescripción de libros pasa principalmente a través de los sitios de venta en línea (Amazon.fr, Evene.fr, Fnac.com). ¡Alabado sea el poder del referenciamiento!’.

En el caso de algunas tiendas online vale la pena tener en cuenta la importancia creciente de los sistemas de recomendaciones construidos a partir del cruce y de la explotación del contenido de las bases de datos en las que se consignan las palabras clave que utilizan los usuarios en sus búsquedas, el histórico de éstas, los comentarios dejados por los usuarios con respecto a los libros que han leído y las etiquetas utilizadas para describir los títulos que están a la venta. En fin, una buena parte de la prescripción en Internet se nutre no sólo del respaldo que da una marca sino también de una gestión adecuada tanto de la inteligencia colectiva de los usuarios como de los metadatos.

Los resultados de la encuesta de LivresHebdo y las anotaciones que hace Assouline al respecto me hacen preguntarme no sólo cuáles son las instancias de prescripción en nuestro medio, sino también en qué se basa su autoridad y cuál es el peso de cada una de ellas.

¿Qué capacidad de prescripción tienen las secciones y los suplementos culturales tanto de los diarios nacionales como de la prensa regional y local? ¿De qué manera contribuyen los comentarios sobre libros que se hacen en los programas de radio y televisión de diversa índole —literarios, culturales, informativos o de entretenimiento— primero a darle visibilidad a la oferta editorial y luego a orientar las decisiones de compra y de lectura del público? ¿Qué repercusión tiene sobre la visibilidad y las ventas  la aparición en prensa, radio, televisión o Internet de un comentario de unos de esos generadores de opinión —muchos de los cuales son escritores, profesores universitarios, traductores, periodistas o editores— que en ocasiones han conseguido construir un público de lectores habituales sobre el cual ejercen una cierta influencia?

¿De qué manera influye en la vida de un libro o de un autor su aparición en suplementos como Babelia, cultura/s, El Cultural o ABCD, en los diarios a los que estos pertenecen —sea las páginas culturales, de vida y sociedad, de política, de economía o de opinión—, de  publicaciones periódicas como Delibros, Qué leer y Revista de libros y de revistas bien sea culturales especializadas o bien comerciales de nicho? ¿En qué medida inciden los comentarios de figuras tan diversas como J. A. Masoliver Ródenas, Ignacio Echevarría, Manuel Rodríguez Rivero, Enrique Vila-Matas, Rodrigo Fresán, Javier Avilés, Antonio Jiménez Morato, Vicente Luis MoraEl Llibreter y muchos otros que como ellos comentan libros con una cierta regularidad a través de distintos medios propios y ajenos? ¿Hasta dónde los espacios sobre libros existentes en el ámbito online juegan un rol prescriptor y cuál es el alcance de éste? ¿Siguen tanto el sector editorial como el público en general dándoles un reconocimiento mayor a los medios tradicionales y a sus plataformas online que a los medios nativos digitales —revistas, periódicos, programas de radio, canales de vídeo y, por supuesto, blogs—?

Para terminar, no hay que olvidar el rol prescriptor que ejercen el editor y el librero como intermediarios imprescindibles de la cadena de valor: mientras que en el caso del editor algunas veces el prestigio de su marca y su propio nombre pueden ser un sello de garantía y al mismo tiempo un argumento de venta para aquellos lectores cuyos intereses son satisfechos por su catálogo, en el de los libreros se traduce en la manera como sus decisiones pueden llegar a incidir en la visibilidad que tiene un libro, en su posicionamiento ante el público, en la valoración que éste hace de él incluso antes de haberlo leído y, por lo tanto, en sus ventas y en el desarrollo de la conversación que se genera alrededor suyo.

martes, noviembre 2, 2010 categorizado bajo corrección de estilo, edición, editores, oficios

¿a quién se debe satisfacer con los oficios de la edición?

En Stet [vale lo tachado] la editora británica Diana Athill comenta una anécdota que marcó su experiencia como editora de mesa. Según cuenta Athill, alguien que no sabía escribir y que parecía conocerlo todo sobre el descubrimiento de Tahití presentó a la editorial Allan Wingate un libro escrito tosca y laboriosamente ‘que de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio’. En vista de que la persona a quien la editorial había contratado para editar el libro no hizo su trabajo ni siquiera a medias, Athill debió ocuparse de la edición del texto para que éste pudiera ser publicado.

Tras reconocer que ‘nadie más que una editora joven y hambrienta se habría metido hasta el cuello en el manuscrito’, Athill explica el trabajo al que tuvo que enfrentarse y se refiere a la retroalimentación que recibió de parte del autor del libro una vez éste fue elogiosamente reseñado en un prestigioso suplemento literario:

‘Dudo mucho que hubiese una sola frase —desde luego, no hubo un sólo párrafo— que no alterase y que a menudo tuviese que mecanografiar de nuevo, enviando los capítulos uno por uno al autor para recabar su visto bueno. Aunque era un cascarrabias por naturaleza, siempre nos lo dio. Disfruté con el trabajo. Fue como ir retirando capas sucesivas de papel de estraza arrugado para desenvolver un paquete de formas extrañas e ir revelando el regalo atractivo que en efecto contenía (de hecho, fue una tarea mucho más satisfactoria que los pequeños retoques que eran necesarios al editar a un escritor competente). Poco después de la publicación, el libro tuvo una reseña en el Times Literary Supplement: era un libro excelente, erudito, repleto de detalles fascinantes, y escrito además con elegancia. El autor no tardó en mandarme un recorte de la reseña con una nota: “Qué amable por su parte —pensé—, va a darme las gracias”. Lo que decía la nota era esto otro: “Notará usted el comentario sobre el estilo, que confirma de hecho lo que siempre he pensado, y es que todo este jaleo nunca fue necesario”. Cuando terminé de reírme, acepté el mensaje: el editor nunca ha de esperar que le den las gracias (a veces se las dan, pero siempre hay que considerarlas una propina). Hemos de recordar que sólo somos las comadronas. Si queremos que se elogie a la progenie, tendremos que dar a luz a nuestros propios hijos’.

La conclusión de Athill me parece reveladora y me recuerda que el editor es un mediador y un gestor de contenidos cuyo mérito y reconocimiento son diferentes de los que le corresponden al autor. El problema es que como a menudo los oficios relacionados con la edición son bastante invisibles y desagradecidos, con frecuencia quienes los hacen no reciben mayores gestos de reconocimiento público por su trabajo —por lo cual no esperar su llegada quizás les ayude a evitarse amarguras, decepciones y malos ratos—.

A los pocos días de leer este fragmento de Stet [vale lo tachado] llegué a través del blog de Roger Michelena al “Decálogo del corrector de estilo”, de Nancy Herrera y Abraham Monterrosas. De este decálogo quisiera destacar los cuatro primeros puntos porque me parece que encierran una gran dosis de sensatez y ecuanimidad con respecto a la naturaleza del oficio del corrector:

‘1. Somos correctores, NO coautores. Es uno de los principios fundamentales de la corrección. Nuestra labor es ser un intermediario entre el autor y el lector. Se trata de construir puentes entre ellos. No abusemos de nuestro papel al corregir. Distingamos forma de contenido.

2. Ahorrar desgastes. Más de una vez nos toparemos con autores intocables o quisquillosos con su texto. A final de cuentas, la corrección es una lucha de egos. Respetemos y propongamos.

3. Corrección sí. Estilo, no. Detrás de cada texto hay un autor con su respectivo bagaje informativo y, por tanto, su estilo. Mientras más claro tengamos el respeto a ello nos ahorraremos conflictos.

4. El autor es quien da la cara por el texto. Los autores responden por sus escritos. Debemos auxiliar que sus opiniones y expresiones queden sentadas. Después de todo, es su crédito’.

A raíz de la lectura tanto del texto de Athill como del “Decálogo del corrector de estilo” me ha estado dando vueltas en la cabeza la idea de que quienes intervenimos en los distintos eslabones de la cadena de valor editorial deberíamos centrar todos nuestros esfuerzos en producir libros con el mayor cuidado, rigor y cariño posibles, en hacer cuanto esté en nuestras manos para que dichos libros encuentren a sus lectores, en satisfacer las necesidades de éstos y en hacerles propuestas susceptibles de abrirles nuevos horizontes —lo cual no es en absoluto ajeno a temas que algunos venimos abordando de manera recurrente como la búsqueda de modelos de producción y de negocio sostenibles y rentables, el problema de la rotación en librerías y del volumen de las devoluciones, el diseño de estrategias de promoción que faciliten la visibilidad entre las miles de novedades que se publican anualmente, las implicaciones del cambio de paradigma del sector o el tránsito hacia lo digital—.