Hace dos semanas fui al local de la calle Pau Claris de la librería Laie a recoger un libro que había encargado y en el mostrador me encontré un montoncito de ejemplares de una edición no venal que hizo Alfaguara de “Elogio de la lectura y la ficción”, el discurso que Mario Vargas Llosa leyó ante la Academia Sueca al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo el 7 de diciembre de 2010. Aunque Vargas Llosa no es el santo de mi devoción y los pronunciamientos públicos de los autores normalmente me interesan poquísimo, me llevé un ejemplar del discurso del escritor peruano pensando en la remota posibilidad de que en algún momento me dieran ganas de leerlo.

Tengo que aclarar que cuando empecé a leer a los 17 años quería saberlo todo sobre los escritores que me gustaban en ese momento —entre los que estaba Vargas Llosa, por supuesto— y buscaba en su biografía y en sus anécdotas, en sus lecturas y en sus amistades claves para descifrar el sentido de su obra. Al cabo de un tiempo empecé a sentir que tanto el culto al autor como el ejercicio de la lectura paranoica eran dos prácticas que me resultaban bastante estériles, por lo cual desde entonces las opiniones de los escritores dejaron de interesarme —salvo en situaciones excepcionales muy puntuales—. Que hablen las obras y punto porque como lector a mí todo lo demás me sobra. Que los periodistas, los biógrafos, los críticos y los académicos hagan lo que se espera de ellos e indaguen en las vidas de los autores y en todo aquello que los ha influenciado. En términos generales, a priori no me interesan ni el autor como figura pública ni mucho menos su vida privada.
El caso es que el domingo antepasado antes de irme a dormir cogí el ejemplar del discurso de Vargas Llosa que llevaba unos días debajo de la pequeña pila de libros que tengo en mi mesa de noche y en cuanto leí la primera frase sentí una profunda emoción que duró hasta el final de la lectura y que sólo se redujo en aquellos pasajes en los que el escritor peruano saca a relucir su faceta de evangelizador político. El discurso gira en torno a la vocación de lector y escritor de Vargas Llosa, que en su caso parecen estar íntimamente ligadas y ser inseparables. Mientras leía el discurso de Vargas Llosa me sentí identificado con la mayor parte de sus testimonios con respecto a su experiencia como lector y me emocioné al ver cómo él le ponía nombre a una serie de ideas y sensaciones con respecto a mi relación con la lectura que yo no había sido capaz de verbalizar.

A continuación reproduzco los fragmentos del discurso de Vargas Llosa que me parecen un testimonio valioso con respecto a su vocación y a su experiencia como lector y escritor:
‘Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de La Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a D’Artagnan, Athos, Portos y Aramis contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
(…) Gracias a ellos [a su madre, a su abuelo y a su tío] y sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
(…) Además de revelarme los secretos del oficio de contar, [los escritores a los que debe algo] me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
(…) Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
(…) Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana.
(…) La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
(…) Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero [el padre que creía muerto, del cual había una foto en su velador], en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
(…) La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
(…) la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños’.
En estas palabras de Vargas Llosa encuentro mejores argumentos para incentivar a alguien a leer que en cualquiera de las campañas de fomento a la lectura que he visto hasta ahora.
Parafraseando a Vargas Llosa y trasladando a mi experiencia personal la confesión que éste hace al principio de su discurso, yo diría que convertirme en lector a los 17 años es una de las cosas más importantes y afortunadas que me han pasado en la vida. Y Vargas Llosa tiene su parte de responsabilidad en ello: me inicié como lector con La ciudad y los perros, Los jefes y Los cachorros —luego leí novelas como Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, Historia de Mayta y Elogio de la madrastra y todavía tengo ganas de leer algunas otras como La casa verde, La guerra del fin del mundo y La Fiesta del Chivo—.

Quedo profundamente agradecido con Vargas Llosa por estas palabras que no hacen otra cosa que reafirmar el entusiasmo que me han producido algunos de sus libros y muchas otras lecturas de distintos autores que para mí han sido fundamentales.
En este enlace pueden ver el vídeo de la lectura del discurso de Vargas Llosa en Estocolmo. Y quien quiera descargar el texto en pdf, puede hacerlo aquí.