el mercado latinoamericano y la industria editorial española
En un momento en el que el deterioro progresivo de la economía de España parece estar lejos de llegar a su fin, el mercado latinoamericano —e incluso el hispanohablante de Estados Unidos— puede ser una carta de salvación para la industria editorial española. El negro panorama de la economía española a futuro contrasta radicalmente con las alentadoras perspectivas de crecimiento económico de algunos países latinoamericanos.
La degradación de la economía española ha tenido un impacto visible en las ventas de libros, que desde 2008 vienen disminuyendo sensiblemente. Mientras que en 2008 las ventas de libros en el mercado interior alcanzaron los 3.185,50 millones de euros, en 2010 descendieron hasta los 2.890,80 millones de euros (ver el informe de Comercio Interior del Libro 2010).
De hecho, el informe de Comercio Exterior del Libro 2010 demuestra que Latinoamérica ocupa un lugar bastante importante en las exportaciones de la industria editorial española y que desde el inicio de la crisis económica en España las exportaciones a los países de esa región en términos generales han registrado un comportamiento más bien estable —han fluctuado aunque no de una manera tan drástica—. El siguiente gráfico extraído del informe de Comercio Exterior del Libro 2010 muestra la evolución de las exportaciones de la industria editorial española hacia los principales mercados del continente americano entre 1997 y 2010 —ojo a Brasil y a Estados Unidos, donde la creciente importancia de la lengua española se ve reflejada en un volumen de ventas que a pesar de las fluctuaciones de los últimos años no es nada despreciable—:
Y en la siguiente tabla del mismo informe de Comercio Exterior del Libro 2010 puede verse la evolución entre 1999 y 2010 de las exportaciones de la industria editorial española hacia los países que le resultan más importantes comercialmente —todos ellos tanto de Europa como de América—:
Si las ventas de los libros españoles en España continúan con su tendencia a la baja y en Latinoamérica siguen manteniéndose estables, la industria editorial española podría atenuar al menos parcialmente el impacto de la crisis económica fortaleciendo su presencia en el mercado latinoamericano. Y cuando hablo de la industria editorial española me refiero no sólo a los grandes grupos, sino también a las editoriales pequeñas y medianas.
Considero necesario aclarar que cuando digo que para la industria editorial española el fortalecimiento de su presencia en el mercado latinoamericano puede ser una carta de salvación no estoy sugiriendo que deba poner en marcha una ofensiva de colonialismo cultural y económico, ni asumir la actitud del conquistador que pretende arrasar con todo e imponer su ley, ni saturar el mercado hasta reventarlo ni mucho menos inundarlo con toneladas de libros que no ha podido vender en España para sacarles algún rendimiento saldándolos y no tener que seguir asumiendo los costes que implica gestionar una mercancía cuyo valor para el mercado interno es casi nulo.
Me refiero más bien a que la industria editorial española replantee su relación con Latinoamérica contribuyendo tanto a la dinamización y al crecimiento del mercado como a la ampliación, al enriquecimiento y a la diversificación de la oferta de títulos existente en éste. Imaginemos que además de los libros de Random House Mondadori, Santillana, Planeta, Anaya y el Grupo Zeta pudiéramos encontrar en cualquier librería de cualquier ciudad latinoamericana una buena selección de títulos del catálogo de algunas de las mejores pequeñas y medianas editoriales literarias y de pensamiento de España —no sólo las que debido a su trayectoria, tamaño y prestigio ya pueden tener una cierta presencia como Acantilado, Anagrama, Pre-Textos, RBA, Roca, Salamandra, Siruela o Tusquets, sino también las más jóvenes y pequeñas como Alfabia, Alpha Decay, Ático de los libros, Blackie Books, Demipage, Errata Naturae, Fórcola, Gadir, Gallo Nero, Impedimenta, Libros del silencio, Melusina, minúscula, Nevsky Prospects, Páginas de espuma, Periférica, Sajalín, Veintisiete letras y un largo etcétera—; imaginemos también que en la librería a la que fuéramos pudiéramos encargar los libros que no estuvieran disponibles allí en ese momento para recibirlos al cabo de un par de días de espera; y, para terminar, imaginemos que pudiéramos comprar estos libros a un precio razonable que se ajustara al poder adquisitivo de la población del país latinoamericano donde nos encontráramos.
Es verdad que quizás en ciudades como Buenos Aires, México D.F., Santiago, Bogotá o Lima sea posible acceder a una oferta más o menos amplia de libros importados de España —publicados mayoritariamente por los grandes grupos pero también por editoriales medianas y pequeñas, aunque en menor medida—. Pero también es cierto que a medida que nos acercamos a las periferias de las grandes urbes, a las ciudades secundarias o a los países más pequeños esto tiende a ser cada vez menos cierto. Y luego hay que ver cuánto cuestan los libros importados en los países latinoamericanos.
La situación económica de España, las perspectivas de crecimiento a futuro de la economía de ciertos países de Latinoamérica y el espacio que hay para ampliar la diversidad de la oferta en el mercado latinoamericano explican por qué ahora más que nunca éste tiene un carácter estratégico para la industria editorial española.
Dicho lo anterior vale la pena plantearse varias preguntas en la dirección opuesta porque hablar de intercambio comercial y cultural implica la circulación de flujos en ambos sentidos: ¿qué interés despierta la producción editorial latinoamericana en el mercado español? ¿A la cadena de valor de la industria editorial española también le interesa comprarle libros a Latinoamérica o sólo vendérselos? ¿En qué sentido y de qué manera le interesa Latinoamérica a la industria editorial española?
Aquí se trata no sólo de que la industria editorial española busque la manera de vender libros en los países latinoamericanos, sino también de que se comprometa con la formación de lectores y con la construcción de públicos allí —curiosamente, justo mientras estoy a punto de terminar de escribir esta entrada leo una entrevista a Juan Casamayor publicada el viernes 18 de noviembre en El País en la que el editor de Páginas de espuma dice que “América será ahora la salvación del editor español”—.
Y luego también hay que pensar en algunos problemas operativos que puede suponer para la industria editorial española intentar fortalecer su presencia en Latinoamérica: en primer lugar, la gestión de los derechos de los títulos para comercializarlos en territorio latinoamericano; en segundo lugar, la adaptación a las condiciones del mercado local del precio del libro editado en España —que además de unos costes de producción más elevados, debe tener asociados unos gastos adicionales por concepto de transporte y aranceles—; y, en tercer lugar, la fragmentación del territorio, los obstáculos para mover mercancías de un lugar a otro y la debilidad del sistema de distribución que limita su capacidad de asegurar que los libros lleguen a una parte importante de los puntos de venta.
Tras señalar estas dificultades también vale la pena considerar algunas posibles medidas para sortearlas: en primer lugar, la venta de e-books a través de las distintas plataformas de comercialización que existan y que vayan surgiendo —contribuyendo de paso a darle un impulso a este mercado y a estimular su crecimiento—; en segundo lugar, el recurso para el libro impreso a la impresión bajo demanda en los mercados locales con el propósito de ajustar el precio evitando los costes asociados al transporte, a los aranceles y al almacenamiento; y, en tercer lugar, la búsqueda de aliados locales tanto para poner en marcha proyectos de coedición como para asegurar una buena distribución en los distintos países.
Además de las dificultades estructurales mencionadas anteriormente, vale la pena tener en cuenta otras de carácter coyuntural como los obstáculos para la importación de libros que existen actualmente en Venezuela y las medidas proteccionistas que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner adoptó recientemente en Argentina en defensa de la industria gráfica nacional —un caso que no afecta sólo a los editores españoles y que va mucho más allá de la detención de cerca de un millón de ejemplares de libros en las aduanas de ese país—. Con respecto a lo que está sucediendo en Argentina recomiendo leer la entrada Esperpento en la aduana: ¿crónica de un secuestro editorial? del blog verba volant, scripta manent, en la que Bernat Ruiz Domènech documenta el caso, señala lo que está en juego tanto para la industria gráfica argentina como para los editores españoles y analiza la situación desde una perspectiva bastante crítica.
Creo que la proximidad de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) es una buena ocasión para poner sobre la mesa temas como éste e invitar a la reflexión alrededor suyo.






@martingomez78
Licenciado, siempre es interesante conversar con usted. Su trabajo es una referencia para nosotros.
Con su permiso nos hemos llevado su reflexión a un territorio en el que andamos más comprometidos:
> http://www.pensodromo.com/21/2011/11/22/el-mercado-latinoamericano-y-el-mundo-del-libro-en-espanol/
Abrazos
P.
América, la América hispánica, ha sido varias veces la salvación y también el hundimiento de la industria editorial española. Y la industria editorial española ha significado, en varios países, el hundimiento de las editoriales locales. Las última década del siglo XX y la primera mitad de la de este, vieron llegar containers llenos de mercancías –eran libros, pero no eran tratados como tales– al peso a los puertos de Hispanoamérica. Exactamente como llegan baratijas chinas a tantos sitios. Ninguna diferencia.
Favorecía esta práctica que, en los balances de las empresas editoriales españolas, lo que salía para América se contabilizaba como una venta y permitía mucha creatividad a sus departamentos fiancieros y comerciales. Se evitaban rojos a cuenta del dumping, porque fue dumping lo que se hizo con Hispanoamérica. Después Hispanoamérica se hundió (por motivos ajenos a la industria editorial española, por supuesto) y nunca hubo manera de cobrar lo que venía en aquellos containers.
Con la crisis, en medio de la crisis, mercados como el de Argentinavieron surgir ramilletes de pequeñas, editoriales como las que nombras, hechas a pulmón y mantenidas a fuerza de voluntad pura y dura. Lo que propones, conociendo cómo se ha manejado España en las últimas décadas en su comercio cultural, significaría la muerte de esas pequeñas editoriales, parientes pobres de las Alpha Decay o las Minúsculas que mencionas.
Creo, en cambio, que la industria editorial española haría bien en redimensionarse con respecto a las realidades de su mercado de origen y las realidades de los países hispanoamericanos, que comienzan a reivindicar su derecho a tener industrias culturales propias, rentables y con gran crecimiento. España como mercado no es alternativa para ellas. Desde la crisis económica europea, pequeñas editoriales argentinas como, por ejemplo, la muy encomiable Katz, han visto descender sus ventas en la Metrópolis hast en un 50 %. Esto es, España no tiene cómo ni con qué ofrecer reciprocidad. Tampoco lo hizo, ni mucho menos, cuando sí podía y jugó el papel de madrastra por el que tanto se la reconoce por estas tierras.
Deberíais tener en consideración la razón principal por la que es posible ese comercio: la lengua; y que esa lengua es diversa y, en el caso de las traducciones, requiere versiones diversas de un mismo producto. Nunca se habla de esto, y resulta incomprensible.
@Silvia.
No creo que sea una ley de hierro que las obras en traducción deban tener una versión por cada una de las provincias de la lengua. El abuso “peninsularizante” al que hemos asistido durante las últimas décadas puede justificar, en alguna medida, esta reivindicación de los traductores hispanoamericanos. Negarle universalidad a la lengua que todos hablamos y en la cual nos entendemos es una jugada peligrosa.
Dicho esto, a mí me molesta tanto encontrarme con una “chavala” como con una “piba” en una novela, digamos, de Paul Auster. Con unos “churumbeles” o con unos “botijas” en una de Hans Lebert. Me sacan de contexto, no respetan el registro del autor ni la necesaria extrañeza con respecto a la lengua de llegada que exige el respeto por la obra original, que fue concebida en otra lengua y en otra cultura.
No tengo dificultad en imaginarme muchas cosas, salvo lo de los libros a precios razonables en Uruguay.
Estoy plenamente de acuerdo con el comentario de Silvia Senz Bueno: la lengua es el eje principal de la viabilidad que vayan a tener los libros a uno u otro lado del Atlántico. El mote de “malas traducciones sudamericanas”, tan presente en la prensa inculta española, tiene su correlato en la ilegibilidad que desde este lado le atribuimos a muchos de los materiales que nos llegan de España. Entre ambas posiciones hay otra que, sin cargar las tintas en los localismos incomprensibles, apela a la sensibilidad del lector culto de las dos orillas. Cuando las editoriales españolas estaban dirigidas por editores y gente del libro esto se entendía bastante bien. Pero luego, cuando llegó la gente del mundo de la adminstración empresarial y el marketing –vale decir, ignorantes venidos a cultos– la noción se perdió y nos llenamos la boca de butifarra. A eso reaccionan los lectores desde México a la Argentina. Y aquí nadie pretende ningún panhispanismo, sino una noción un tanto más ecuménica de la lengua que acaso las actuales circunstancias económicas de España hagan imprescindible si se busca algún tipo de “salvación” en América.
Yo tampoco tengo claro que la solución sea hacer distintas traducciones a la misma lengua de un mismo producto. Imaginemos que una novela de éxito se traduce al castellano de España, al rioplatense, al mexicano-caribeño y, quizá, a alguna variedad más. Porque, claro, la versión “peninsular” no gustará en Buenos Aires, ni la rioplatense en Madrid, pero seguramente tampoco en México o en Bogotá, a pesar de proceder de Latinoamérica. ¿Es eso lo que realmente queremos? ¿No cabrían soluciones más inteligentes y consensuadas que trasciendan los protagonismos y proteccionismos nacionales? Yo creo que tendríamos que hacer un esfuerzo todos, en pie de igualdad, por encontrarlas.
Es que esas soluciones, Juan Jesús, existían antes de que los ejecutivos desbancaran a los editores o los pusieran a parir para que se ocuparan de cuestiones administrativas, dejándole a los traductores –que antes sólo traducían– la tarea de scouting. La cuestión es bien compleja y no se agota en un único posteo. Intento abreviar.
Por un lado, nadie en Buenos Aires se queja de una traducción mexicana, colombiana o chilena, pero sí de las traducciones españolas, muchas de las cuales son excluyentes porque los derechos no se compran fraccionados, sino para la lengua, que a esta altura, creo, ya no es una.
Luego, nadie en España perdona las traducciones argentinas, mexicanas, colombianas o chilenas porque se perdió la costumbre de leerlas a fuerza de execrarlas. ¿El motivo? Probablemente el proteccionismo de la industria editorial española, que es industria, mientras que en Latinoamérica sólo tenemos editoriales. Sin embargo, alguien tan respetable como Miguel Sanz –traductor de Bernhardt y de Grass– no se cansa de decir que el castellano culto de España y América siempre fueron legibles para el público culto de España y América. Pero en algún momento se instaló en España la superstición de que sólo el castellano de España es bueno, llenándonos de sobresaltos no presentes en el orginal a los lectores latinoamericanos.
Entiendo que nada más fácil que encubrir la pereza apelando a un nacionalismo charro que encubra claros objetivos económicos. Y aquí, antes de seguir, me apresuro a decir que en todas partes hay buenos y malos traductores, pero no en todas partes se los puede leer para comprobar quién trabaja bien y quién lo hace mal.
Para concluir, muchos de los libros que yo mismo traduje para España fueron sometidos a correcciones de estilo, totalmente innecesarias y caprichosas (cfr. “cara” por “rostro” y “rostro” por “cara”) únicamente para justificar que los traductores que no son españoles no son buenos. Usando la misma lógica, no veo por qué los libros traducidos en España, si no se juzgan bien traducidos, no puedan ser sometidos a esa misma corrección de estilo. Y acá vuelve a saltar la ¿lógica? de los derechos para toda la lengua. Lo lamento, pero eso ya no existe, y en la medida en que no se planteen las cosas en pie de igualdad, y en la medida en que no se tenga una visión ecuménica de la lengua, la crisis actual de España probablemente va a dañar muy seriamente el comercio entre ustedes y nosotros.
En primer lugar, les pido disculpas por tardar tanto en empezar a contestar sus interesantes comentarios —llegaron justo mientras preparaba mi viaje a la FIL de Guadalajara—. Empiezo por el primer comentario de Julieta Lionetti con respecto a la relación entre América Latina y España.
América Latina ha sido en varias ocasiones la carta de salvación para España como país y para muchos españoles —y no sólo para la industria editorial—. Pensemos en dos casos notables como la conquista del Nuevo Mundo y los el exilio provocado primero por la Guerra Civil y luego por el ascenso del franquismo.
Tiemblo cuando leo que ‘la industria editorial española ha significado, en varios países, el hundimiento de las editoriales locales. Las última década del siglo XX y la primera mitad de la de este, vieron llegar containers llenos de mercancías —eran libros, pero no eran tratados como tales— al peso a los puertos de Hispanoamérica. Exactamente como llegan baratijas chinas a tantos sitios. Ninguna diferencia’.
Pero ésa es la realidad que hemos vivido y que me resulta particularmente conflictiva en mi condición de colombiano que vive en Barcelona trabajando para la industria editorial española y observando su comportamiento. En cierto sentido esta entrada es una reflexión que tiene lugar en una zona incómoda desde la cual se ve la crisis de una manera fascinante. Y la perspectiva es incómoda porque no puedo evitar pensar ni en los intereses tanto del sector editorial como de los lectores de América Latina, ni en las estrategias de supervivencia de la industria editorial española ni en una vía alternativa en la que quienes están de ambos lados puedan ayudarse mutuamente con el propósito de sacar adelante el sector del libro en español.
A partir de las noticias que llegan de Argentina, Chile, Colombia, México o Perú me entero de que allí están pasando cosas importantes en el ámbito de la producción editorial a través de proyectos editoriales interesantes. Y es cierto que el fortalecimiento de la presencia de la industria editorial española en los países latinoamericanos podría sentenciar a muerte estas editoriales de las que habla Julieta. Si poner en marcha los proyectos de estas editoriales y en algunos casos consolidarlos ha requerido tanto esfuerzo, sería preocupante que su supervivencia se viera amenazada por una industria editorial española que se comportara como una aplanadora.
Está claro que ante la crisis —que no es únicamente económica sino también cultural— la industria editorial española debe repensarse y redimensionarse. Dicho esto, la pregunta que hay que plantearse es cómo lo hará en caso de que decida hacerlo.
Sigo contestando a los comentarios que vienen más adelante…
Sobre lo que comentan Silvia Senz y Julieta Lionetti con respecto a las traducciones:
Es cierto que la existencia de una lengua común es el elemento que hace posible el intercambio comercial y cultural entre América Latina y España en el ámbito editorial.
Lo que me parece importante es reconocer la diversidad de esa lengua y aceptar sus distintos matices. Por experiencia sé que a los lectores colombianos les suenan horribles las traducciones españolas en las que las personas se llaman mutuamente “tío” y se van a “follar” así como también sé que los lectores españoles no vieron con buenos ojos las traducciones de Rubem Fonseca que el Grupo editorial Norma hizo en Colombia y que su sello La otra orilla publicó en España.
Creo que la clave está no sólo en reconocer y aceptar los distintos registros de la lengua, sino también en dejar de pensar que hay un “centro” desde el cual se prescribe cómo debe hablarse español y que descalifica las formas de expresión que surgen en la “periferia”.
Quizás esta visión de centro vs. periferia en la que hay alguien que tiene el monopolio de la autoridad lingüística es lo que hace pensar que debería haber versiones locales de las traducciones. Si éstas surgen porque un editor pudo negociar los derechos y pagar una traducción diferente, perfecto. Pero si no, no pasa nada. Siempre y cuando estemos en capacidad de reconocer la diversidad de la lengua y el aporte que hacen a la evolución de ésta distintos comunidades de hablantes.
Marcela, ¿los libros en Uruguay son muy caros?
Qué lástima que el precio sea el inconveniente para que el planteamiento en su conjunto sea viable. ¿Se te ocurre alguna manera de evitar o contrarrestar el problema del precio?
Yo insisto en la coedición con editores locales y en la impresión bajo demanda (lo cual no deja de tener sus complicaciones). ¿Crees que tiene sentido?
Saludos y sigamos…
Estimado Martín:
Refiriéndote a la necesidad de otras versiones distintas de las españolas, decís “Quizás esta visión de centro vs. periferia en la que hay alguien que tiene el monopolio de la autoridad lingüística es lo que hace pensar que debería haber versiones locales de las traducciones.” Entiendo que no es a los latinoamericanos a quienes habría que informar de esto, sino justamente a nuestros amigos españoles. Sin ir más lejos, ahí está el Estado español registrando la lengua como parte de la famosa “marca España”, un chiste de dudoso gusto que podría tener consecuencias muy serias a futuro. Y ahí están la Fundeu y otras herramientas igualmente torpes para intentar establecer una normativa general en Latinoamérica (ya lo hacen con los periodistas a través de las academias nacionales, vaya a saber a cambio de qué…) que se base exclusivamente en el modelo español.
Pero no es ahí adonde quiero ir, sino a otra cuestión que es casi de Perogrullo. El monopolio de la lengua la tiene el que tiene más dinero porque puede comprar los derechos para traducir una obra según el modelo lingüístico que desee privilegiar excluyendo todo otro modelo que difiera del elegido. Por caso, Georges Perec casi no fue traducido en Latinoamérica porque los editores españoles compraron los derechos para toda la lengua, bloqueando así la mayoría de los títulos.
Ya sé que la cosa no es fácil y menos para un latinoamericano que trabaja para la industria española, pero una discusión seria de estas cuestiones va más allá de la mera buena voluntad.
Jorge y Juan Jesús, no crean que no voy a contestar a sus comentarios (ni por voluntad propia ni por olvido). Lo haré en cuanto regrese de México, que ahora mismo no tengo ni cabeza ni fuerza para ocuparme de la tarea con la atención que ésta amerita. Sus planteamientos son interesantes y tengo ganas de continuar con la conversación. Además, el hervidero que es la FIL de Guadalajara fue bastante estimulante para poner la cabeza a trabajar alrededor del tema que nos ocupa.
Abrazos, disculpas por la tardanza en contestar y gracias por la paciencia.
Martín.