2012
En nuestro entorno las cosas están complicadas y los pesimistas tienen evidencias para creer que podrían tender a seguir empeorando: no sólo no se están creando puestos de trabajo, sino que además se están destruyendo; el paro sigue creciendo y cada vez son más las familias en las que todos los miembros que forman parte de la población económicamente activa están sin empleo; se flexibiliza la legislación laboral para “incentivar la creación de empleo”, reducir los costes laborales y abaratar los despidos; abundan los contratos temporales, los trabajos sin contrato y el regateo por el centavo a la hora de acordar tarifas; cada dos por tres llegan anuncios con respecto a nuevos recortes en educación, sanidad, pensiones, salarios, cultura, obras públicas y desarrollo de infraestructuras; se congela la apertura de nuevas plazas de trabajo en el sector público; se presentan nuevos expedientes de regulación de empleo —ERE—; se recortan o se extienden las jornadas laborales de los trabajadores; las nóminas llegan tarde, se reduce el monto de las pagas extras o se dilata el pago de éstas; empresas cierran y se declaran en la quiebra o insolventes; las noticias informan acerca de expropiaciones de pisos y de la ejecución de desahucios por el impago de hipotecas; y como si todo esto fuera poco, los precios de los alimentos, de los servicios públicos o del transporte no dejan de subir.
Y en el sector del libro a la crisis económica hay que sumarle la generada por el cambio de paradigma que se deriva de la emergencia de lo digital.
Aunque el panorama no es nada alentador, yo sigo siendo optimista porque creo que hay mucho por hacer y tengo ganas de hacerlo. Que falte cualquier cosa menos la voluntad y el entusiasmo.
Tras referirse a las inquietudes que suscitaba el futuro incierto de Rusia y a las tensiones que se vivían allí tras la reciente caída de la Unión Soviética, Ryszard Kapuściński escribió lo siguiente en los párrafos finales de El Imperio (cuya primera edición fue publicada en Varsovia en 1993):
‘Y, sin embargo, el futuro no deja de ser prometedor. Las grandes sociedades tienen una enorme fortaleza interior. Entrañan inagotables dosis de toda clase de fuerzas y albergan en su seno energías suficientes para reponerse de las derrotas más dolorosas y salir de las crisis más graves.
China supo salir del agujero de la humillación y del hambre, y emprender un desarrollo independiente y fructífero. La India sigue su ejemplo. Brasil e Indonesia tampoco se quedan a la zaga. La densidad de estos pueblos, su cultura aglutinadora, su capacidad de persistir y su ambición de crear dan resultados sorprendentes, incluso en las condiciones más adversas. Seguro que esta ley universal del desarrollo de la humanidad también se aplicará a Rusia’.
En el mundo hay países donde el Estado de bienestar nunca ha existido, donde eso que se conoce como “lo público” ha sido saqueado de manera sistemática por quienes tienen acceso al poder tanto político como económico —políticos, empresarios y mafias de todo tipo— y donde todo se dejó a la suerte de la iniciativa privada desde mucho antes de la llegada en los años 1990 de las políticas liberalizadoras que los gobiernos de la época adoptaron bajo la asesoría de los Chicago Boys. Quienes venimos de estos países crecimos acostumbrados a vivir en tiempos de crisis. La secuencia “recesión-crisis-recuperación-bonanza” nos resulta absolutamente familiar porque llevamos años viviéndola en bucle. Y sabemos que lo primero que hay que hacer para salir de una crisis es ponerse a trabajar.
Decir que es lo primero presupone que no basta con ponerse a trabajar y que también hay que hacer muchas otras cosas. Es necesario ser creativo, recursivo, resolutivo, calculador y arriesgado. Hay que conocer con precisión los recursos con los que se cuenta, el potencial de éstos y las limitaciones que se tienen. Hace falta fijarse objetivos y tener la suficiente flexibilidad para replanteárselos sobre la marcha. También ayuda hacer alianzas con quienes se tienen intereses en común con el propósito de alcanzar objetivos compartidos. Y sobre todo hay que tener ganas de hacer cosas.
A quienes tienen ganas de hacer cosas les deseo un 2012 lleno de las ideas fascinantes, de la voluntad y de la buena puntería necesarias para sacar adelante proyectos de esos que entusiasman y que hacen que den ganas de ponerse a trabajar.
¡Y ahora, a hacer todo lo que haga falta para que 2012 nos traiga todo el trabajo que necesitamos (y mucho más)!





















@martingomez78