descubrir a bolaño
Hacia finales de 2000 o principios de 2001 mi amigo R. me contó que entre los estudiantes de la facultad de Literatura de su universidad que iban de poetas malditos o de beatniks se había puesto de moda un libro que los traía locos a todos. Se trataba de Los detectives salvajes, una novela de cerca de 500 páginas de un escritor chileno llamado Roberto Bolaño que estos muchachos llevaban orgullosamente debajo del brazo con una mezcla de irreverencia y altanería. Con R. nos preguntábamos si estaríamos frente al sustituto de Ray Loriga, de Alberto Fuguet o del escritor de culto de turno —es increíble que dos estudiantes veinteañeros puedan llegar a tener prejuicios tan fuertes. Afortunadamente muy pronto nos daríamos cuenta de lo equivocados que estábamos—.
Una tarde de mediados de 2001 entré a la tienda de Círculo de lectores de la carrera 15 con 85 en la que estaban saldando libros de Anagrama, entre los cuales había un ejemplar de un volumen de cuentos de Roberto Bolaño llamado Llamadas telefónicas. Le eché un ojo al libro y decidí comprarlo sólo por saber cuál era el motivo de la euforia que Bolaño estaba causando entre los estudiantes de Literatura de la universidad de R. A los pocos días empecé a leer Llamadas telefónicas y no pude parar hasta que me terminé todos los cuentos.
Después de leer Llamadas telefónicas seguí con tres libros de Bolaño que me fascinaron cada uno por distintas razones: Estrella distante, Nocturno de Chile y La literatura nazi en América. Más adelante leí Putas asesinas, un volumen de cuentos que me gustó menos. Luego había planeado leer Los detectives salvajes durante mis vacaciones de mitad de año de 2003 y el 15 de julio de ese año en la mañana R. me llamó para decirme que acababa de leer en el periódico que Bolaño se había muerto en Barcelona. Yo no sabía ni que Bolaño tuviera una insuficiencia hepática ni que estuviera esperando un transplante. Creo que en ese momento ya había dejado de interesarme por los ires y venires de la de vida de los escritores que me gustan pero recuerdo que me encantaba leer tanto los artículos de Bolaño como las entrevistas que le hacían —de hecho, Entre paréntesis fue uno de los últimos libros que compré antes de irme de Bogotá—.
Tal y como había previsto, dediqué una buena parte de mis vacaciones a leer Los detectives salvajes —una lectura que me hizo muy feliz y de la que conservo un recuerdo maravilloso—.
A principios de 2005 leí Una novelita lumpen y desde entonces no había vuelto a leer nada de Bolaño. Después de este largo paréntesis, la semana pasada finalmente decidí empezar a leer 2666 —llevaba varios años esperando encontrar la ocasión para hacerlo—. Durante casi ocho años he visto a varios amigos cercanos entregados a la lectura de 2666 y ahora me ha llegado mi turno. Ahora mismo voy en la página 127 y 2666 no sólo va superando con creces mis expectativas, sino que además me ha puesto en esa tónica de utilizar cualquier pretexto o momento para dedicarme a su lectura y está produciéndome esa sensación de que hasta que no acabe el libro no habrá ninguna otra actividad que pueda resultarme más provechosa.
Está claro que mi lectura de la obra de Bolaño ha sido bastante irregular y está llena de vacíos. Como leo poquísima poesía, hasta ahora no he leído la de Bolaño. Y además de no haber leído Amuleto, Amberes, La pista de hielo y Monsieur Pain, con excepción de 2666 no me he animado a leer ninguno de los títulos publicados póstumamente —que ya suman unos cuantos—. Y la verdad es que a priori ninguno de estos libros me llama mucho la atención, así que si algún día los leo quizás sea porque alguna fuente confiable me los recomiende o porque alguna otra lectura me haga llegar a ellos.
En la página 30 de 2666 que pertenece a “La parte de los críticos” hay un comentario con respecto a los libros de Benno von Archimboldi que podría aplicarse a la buena acogida que desde hace unos años está teniendo la obra de Bolaño en distintos países:
(…) pese a que la venta de sus libros iba en línea ascendente tanto en Alemania como en el resto de Europa e incluso en Estados Unidos, que gusta de los escritores desaparecidos (desaparecidos o millonarios) o de la leyenda de los escritores desaparecidos, y en donde su obra empezaba a circular profusamente, ya no sólo en los departamentos de alemán de las universidades sino en los campus y fuera de los campus, en las vastas ciudades que amaban la literatura oral y visual’.
En fin, este reencuentro con la obra de Bolaño está siendo una gozada que disfrutaré mientras dure —si sigo al paso que voy podría estar hablando de algo así como tres semanas o un mes— y que cuando termine seguramente me dejará un bonito recuerdo y un vacío enorme.
La única molestia que he tenido con 2666 está relacionada con el volumen del mamotreto, cuyas 1125 páginas presuponen un problema tanto para abrirle un campo en mi biblioteca como para cargarlo cuando quiero salir de mi casa con él. Quizás para evitarme estos dos problemas me habría venido bien comprar una versión de 2666 en e-book pero al parecer ésta no está disponible actualmente.



@martingomez78
A mi ya se me están acabando los elogios para Bolaño. Ahora estoy con “La Literatura nazi en América” y cada página que pasa me gusta más y veo como se van acabando, como me voy quedando sin biografías que disfrutar 8y se la sensación de vacío que se apoderará de mi). Ayer D. me pidió que le leyera un trozo, y volví 20 páginas a una que me había gustado mucho “Irma Carrasco”, la escritora franquista uktracatólica y mística nacida en México que al final se revela como una masoquista de una pureza insólita, y al terminar el cuento, cuando ya no estaba leyendo más en voz alta para D. seguí con las otras biografías que ya había leido, y las volví a disfrutar, encontrándome además con personajes de otras obras de él, como el general Entrescu de 2666, el que muriese empalado por sus propios soldados.
Con lo que ha leído hasta el momento, de ahora en adelante va a tener que escoger con mucho cuidado sus lecturas bolañescas porque al parecer en su obra hay mucho libro flojo (dicen que La pista de hielo es lo peor de lo peor y me consta que Una novelita lumpen le hace honor a su título).
En fin, lo envidio por estar leyendo La literatura nazi en América que es un derroche de ingenio en estado puro.
Ya comentaremos 2666…