novelas breves, novelas de gran envergadura
Al final de “La parte de Amalfitano” de 2666 hay un fragmento que en su momento me llamó muchísimo la atención y en el que pienso inmediatamente cada vez que se me viene a la cabeza algún recuerdo de esta novela de Roberto Bolaño. Dice el fragmento en cuestión —casualmente hace unos días leí por primera vez la “Nota a la primera edición” de 2666 y me di cuenta de que Ignacio Echevarría le dedica un breve comentario—:
‘Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez’.
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La tradición de la literatura de ficción está llena de libros largos que por su valor literario y estético —y en ocasiones histórico e incluso político— han despertado la admiración de los lectores a tal punto que en algún momento han empezado a considerarse grandes obras y han entrado a formar parte del canon. De las obras pertenecientes a este grupo, algunas que fueron escritas en el siglo XX o que han aparecido en lo que va corrido del siglo XXI además se caracterizan por contar con una estructura compleja y por tener un componente importante de experimentación técnica. En fin, se trata de libros que en muchos casos son admirados debido a su gran envergadura entendida como una mezcla de complejidad argumental, estructural y técnica que necesita expresarse de manera extensa y que en últimas puede interpretarse como la materialización del largo alcance de las miras, de la creatividad, de la ambición, de la disciplina y del talento de sus autores —siento que empiezo a hablar de temas que los académicos que se dedican al estudio de la literatura, los críticos literarios o algunos escritores seguramente podrían explicar mejor que yo—.
Y luego en el campo de los best sellers también abundan los libros de gran extensión. Pienso en muchas de las novelas históricas, policíacas, juveniles, de misterio o románticas de distintos tipos que han estado en las listas de los libros más vendidos durante los últimos cinco años.
Si admiramos tanto la narrativa de gran envergadura debido a los rasgos mencionados anteriormente, ¿qué pasa entonces con la novela corta? ¿Cómo es la valoración que hacemos de ella y cuáles son los méritos que le atribuimos?
Aunque de primerazo me siento tentado a afirmar que como lector tengo una debilidad por la novela corta, quizás sería más acertado decir que entre mis libros favoritos hay unos cuantos que pertenecen a esta categoría. Aparte de algunas de las que menciona Bolaño en el fragmento de 2666 que motiva la escritura de esta entrada —sobre todo Desayuno en Tiffanys—, pienso en novelas como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers; La perla y De ratones y hombres, de John Steinbeck; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El astillero, de Juan Carlos Onetti; Los cachorros, de Mario Vargas Llosa; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Help a él, de Fogwill; Mi abuelo y El agrio, de Valérie Mréjen; o, para terminar con una joya del mismo Bolaño, Estrella distante*.
Creo que aparte de las historias que cuentan, lo que más me gusta de estas novelas es que tanto el carácter sintético como la intensidad de su escritura hacen que se acerquen mucho a la perfección formal porque al estar desprovistas de elementos accesorios no termina sobrándoles nada.
¿Alguien se anima a compartir el listado de sus novelas cortas favoritas?
* nota: pude hacer la lista de mis novelas cortas favoritas en parte gracias a un intercambio de tweets sobre el tema que tuvimos hace unas semanas con Carolina Venegas K. y con Roberto Angulo.








