archivo del octubre, 2012

miércoles, octubre 24, 2012 categorizado bajo edición, industria editorial

¿un privilegio que se paga caro?

Dice Martine Prosper en la introducción de La cara oculta de la edición que ‘el ámbito de lo social es, sin lugar a dudas, el lado oscuro de esta empresa cultural en la que trabajar es un privilegio que se paga caro*. Supongo que el hecho de que Prosper sugiera que trabajar en el mundo de la edición es un privilegio tiene algo que ver con las primeras frases del párrafo inicial tanto de la introducción de su libro como del primer capítulo de éste, cuyo título es “Edición, representaciones y falsas apariencias”:

 

‘Cuando se habla del mundo editorial pensamos en Saint-Germain-des-Prés, en un oficio dominado por las grandes pasiones, en verdad pobre pero no por ello menos fascinante y prestigiosoCuando se habla del mundo editorial nos centramos en la imagen que la profesión tiene de sí misma y que los medios se encargan de difundir ampliamente. Una imagen un tanto caduca, artesanal, un mundo en blanco y negro (…)’.

 

‘”¡¿Trabaja usted en la edición?!” En la reacción que suscita la confesión del propio oficio se da una mezcla de admiración, de secreta envidia, de curiosidad interesada (¿el escritor oculto que todos llevamos dentro?), que dice mucho del prestigio que rodea el acto de publicar libros. Es como si acabases de salir del caldero mismo de la creación y estuvieses en posesión de una parte de sus misterios y de su magia… Da igual que te ocupes de cosas que en realidad nada tiene que ver: comercialización, servicio de prensa, contabilidad o logística. El sector en su conjunto está revestido de una aureola de gloria, ha construido el mito y ha sabido hacerlo prosperar (…)’.

 

 

 

 

Estoy de acuerdo, en muchos sentidos trabajar en edición se paga caro —con frecuencia las condiciones no son las mejores: normalmente se cobra poco y a varios meses vencidos, se trabaja demasiadas horas, los contratos a menudo son precarios (cuando los hay porque en ocasiones no es el caso) y muchas veces los plazos de entrega son bastante estrechos—. Sin embargo, no comparto del todo con Prosper la idea de atribuirle al trabajo en edición el status de privilegio —aunque claro, como están actualmente las cosas en España cualquiera que no esté en el paro puede considerarse un privilegiado—.

 

Quizás la la idea de trabajar en edición como un privilegio también tenga que ver con el culto a los oficios asociados a ésta, a la palabra impresa en general y al libro en particular —que en mayor o en menor medida practicamos y alimentamos muchas de las personas que trabajamos en el sector—. Y probablemente esta idea también se nutra del hecho de saberse perteneciente a un medio cerrado y practicante de un oficio que contribuye a la producción de bienes con un alto valor simbólico, social y cultural. Sospecho que en últimas esta actitud se deriva de la sensación de que el ejercicio de los oficios de la edición supone una vocación que no todo el mundo tiene y que ésta es la fuente de la satisfacción que produce ganarse la vida haciendo algo que a uno le gusta —lo cual sí que es un privilegio—.

 

Ahora bien, dudo que tanto el componente vocacional como la felicidad de disfrutar el ejercicio de una actividad determinada sean exclusivos de las profesiones liberales —en las que percibo un alarde particularmente notorio al respecto—. Pienso en la vocación y en el cariño que pueden sentir por su profesión u oficio personas que trabajen como abogados, administrativos, arquitectos, camareros, carniceros, carpinteros, cocineros, comerciales, contables, conductores de autobús, corredores de bolsa, dependientes, diseñadores, economistas, electricistas, enfermeros, fontaneros, guías turísticos, informáticos, ingenieros, mecánicos, médicos, obreros, odontólogos, panaderos, publicistas, taxistas, zapateros y un largo etcétera.

 

Es cierto que todos los trabajos no le producen el mismo grado de entusiasmo y/o desinterés a todo el mundo y también lo es que la valoración que se hace de éstos en los ámbitos social y personal es bastante desigual. Sin embargo, está claro que la vocación, el status social de un oficio o la satisfacción que produce el ejercicio de éste nunca deberían ser una justificación para renunciar a hacer el trabajo bajo unas condiciones mínimamente dignas —y digo “nunca deberían ser” porque por distintas razones a menudo pueden llegar a serlo—. Así denuncia Prosper en el “Prefacio a la edición española” el discurso bajo el cual podría justificarse la precariedad laboral en el mundo editorial:

 

‘Como si el prestigio que confiere el acto de “hacer” libros anulase la cuestión de los derechos sociales. Como si en la pasión que debe animar a los “intelectuales” del sector no encajasen consideraciones materiales tan vulgares’.

 

Con respecto a mi experiencia personal trabajando para la industria editorial tengo que decir que lo que he hecho hasta ahora me ha generado grandes satisfacciones a pesar de que desearía que ciertas condiciones particulares hubieran sido mejores. En cualquier caso me siento afortunado por llevar varios años teniendo la oportunidad de ganarme la vida haciendo algo que creo que sé hacer más o menos bien, que procuro hacer de la mejor manera posible y que me gusta.

 

En el último fragmento de La cara oculta de la edición que quisiera destacar Prosper señala la contradicción existente entre la importancia que tiene la materia prima humana en la industria editorial y el tipo de trato que quienes trabajan en ésta reciben a cambio de su contribución a la producción y puesta en circulación del libro:

 

‘Y sin embargo… en la economía del libro, que es una economía basada en prototipos, la materia prima es ante todo humana. De un extremo al otro de la cadena, son mujeres y hombres quienes desde la idea inicial hasta el objeto físico, desde el trabajo editorial propiamente dicho a la comercialización y distribución, construyen la realidad de ese objeto que es el libro. He aquí, pues, una profesión que tiene vocación”ilustrada”, cuya riqueza fundamental es humana, pero que maltrata a todo aquel que trabaja en el sector’.

 

En tiempos difíciles como los actuales la lectura de un libro como La cara oculta de la edición es absolutamente necesaria, reveladora y estimulante. En este libro Prosper ofrece algunas claves para entender cómo se manifiesta la crisis —no sólo en su dimensión económica, por supuesto— en el sector editorial.

 

En relación más o menos directa con todas estas cosas que vengo comentando recomiendo leer las siguientes entradas:

 

– El des(empleo) en el sector editorial y Paradojas editoriales: crecimiento de empresas y pérdida de empleo, de Manuel Gil

– La (in)visibilidad del editor, de Bernat Ruiz Domènech

 

Para terminar quisiera llamar la atención sobre el estupendo trabajo que hizo Gabriela Torregrosa al traducir La cara oculta de la edición. Trama editorial se ha apuntado un acierto no sólo al publicar este libro, sino también al poner su traducción en manos de Gabriela.

 

* nota: las negrillas son mías.

2º diplomado en estudios editoriales del instituto caro y cuervo: experiencia con balance positivo

Durante las dos últimas semanas de septiembre estuve en Bogotá dando clases en el 2º Diplomado en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, una experiencia cuyo balance ha sido 100% positivo en todos los sentidos. Para empezar quisiera hacer algunas observaciones de carácter descriptivo con respecto a los estudiantes del diplomado:

 

– número de estudiantes: +/- 24 (repartidos prácticamente de manera equitativa entre hombres y mujeres)

– edades: entre 22 y 57 años

– campos de trabajo: editoriales (de diferentes áreas temáticas y tamaños), librerías, entidades públicas de gestión cultural, publicaciones periódicas (culturales y académicas) e instituciones educativas (colegios y universidades).

– oficios que ejercen: libreros, editores en distintos tipos de estructuras (editoriales y entidades públicas del sector cultural), correctores de estilo, profesores, periodistas, gestores culturales de entidades públicas y emprendedores.

– tipos de relaciones laborales que tienen con sus empleadores y/o clientes: freelance, funcionarios públicos, empleados, contratistas y emprendedores.

 

 

 

 

Al principio me llamó mucho la atención la enorme diversidad de edades, perfiles profesionales, actividades, intereses e inclinaciones que me encontré entre los estudiantes del diplomado. Al favorecer el intercambio de testimonios con respecto a las experiencias personales y profesionales de cada uno, esta diversidad fue una fuente inagotable de temas de conversación y de discusiones que en mi opinión contribuyeron a enriquecer el aprendizaje de todos durante las clases. Al fin y al cabo la confrontación de puntos de vista desde perspectivas y experiencias diferentes siempre suma y resulta estimulante porque permite cuestionar, complementar, revaluar y/o reforzar las intuiciones, ideas y convicciones que se tienen en un momento dado.

 

 

 

 

Y a lo largo de mis clases lo que más gratamente me llamó la atención fue la actitud entusiasta, inquieta, curiosa y comprometida de los estudiantes, que se ve reflejada en sus ganas de hacer cosas y en los proyectos que están concibiendo, impulsando, poniendo en marcha y/o desarrollando —lo cual en parte es un reflejo de la efervescencia que hay en este momento en la movida cultural de Bogotá—. Todos los estudiantes del diplomado son profesionales en activo y seguramente para muchos de ellos no siempre es fácil asistir cada tarde durante dos o tres horas a las clases después de terminar su jornada laboral, sobre todo si tenemos en cuenta el tamaño de Bogotá y  las dificultades que suponen para la movilidad algunos factores como las distancias que es necesario recorrer para ir de un lugar a otro y los tiempos de desplazamiento.

 

Espero que el diplomado les sirva a los estudiantes tanto para mejorar sus competencias profesionales como para aportarles cada vez más valor bien sea a las organizaciones para las que trabajan o bien a sus propios proyectos.

 

Gracias a Margarita Valencia y a Javier Fandiño por la invitación a participar en el diplomado así como al personal administrativo del Instituto Caro y Cuervo por sus gestiones para hacer posible el buen desarrollo de mi trabajo.

 

A propósito de la formación de editores en el ámbito hispanohablante, antes de terminar quisiera recomendar las siguientes entradas publicadas en Antinomias libro por  Manuel Gil —quien estuvo participando en la primera edición del diplomado—:

 

Formación editorial en Colombia

– Crónicas bogotanas 1, 2 y 3

martes, octubre 16, 2012 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados, series

donde pongo el ojo… [ 138 ]

 

 

Lecturas en curso

 

La herencia colonial y otras maldiciones, de Jon Lee Anderson

Sexto Piso

Barcelona, 2012


Mi recomendado de la semana

 

Si viviéramos en un lugar normal, de Juan Pablo Villalobos

Anagrama

Barcelona, 2012

 

Mis libros favoritos

 

Vinieron como golondrinas, de William Maxwell

Libros del asteroide

Barcelona, 2006

 

Me llama la atención

 

Vista desde una acera, de Fernando Molano

Seix Barral

Bogotá, 2012

miércoles, octubre 10, 2012 categorizado bajo industria editorial

el talcualazo

Hace un par de años mi amigo S. que es profesor universitario en Bogotá me habló acerca del talcualazo, un producto que se confecciona por encargo en las fotocopiadoras ubicadas en los alrededores de las universidades bogotanas —y supongo que de otras ciudades—. El talcualazo es una fotocopia de un libro que es encuadernada con las cubiertas a color y plastificadas para que quede tal cual el original.

 

 

 

 

Quien necesite un libro talcualeado sólo tiene que llevarlo a una fotocopidora donde hagan talcualazos y pedir que se lo talcualeen. Yo, por ejemplo, para escribir esta entrada mandé a talcualear en la fotocopiadora de la esquina sudoriental de la calle 45 con carrera 30 de Bogotá La obra de arte desconocida, de Honoré de Balzac (colección Milenio, de editorial Norma). Se trata de un volumen de sólo 53 páginas que fue publicado en 1999, que según tengo entendido actualmente se encuentra descatalogado y por el que recuerdo haber pagado $ 1.500 en 2001*.

 

Mi talcualazo de La obra de arte desconocida es un poco más grande que el original y costó $ 15.500, de los cuales cerca de $ 2.300 corresponden a las fotocopias del cuerpo del libro y $ 13.200 a las cubiertas a color y plastificadas. Habría tenido que pagar más por las fotocopias del contenido si hubiera escogido un libro más extenso, por lo que en ese caso el precio de las cubiertas a color y plastificadas no parecería tan desproporcionado.

 

Aquí termina la anécdota y empiezan las preguntas que suscita el fenómeno del talcualazo así como la búsqueda de respuestas a éstas.

 

 

 

 

Primera pregunta: ¿qué razones podría tener alguien para mandar a talcualear un libro?

 

Se me ocurre que una primera razón podría ser la necesidad de acceder a tres tipos de libros:

 

– títulos vivos que no circulan en el lugar donde se encuentra el lector —es decir, que no llegan a su mercado—.

– obras descatalogadas.

– títulos que al ser muy caros resultan inaccesibles para muchas personas.

 

Una segunda razón podría ser que el consumidor considere que el precio de los libros es demasiado alto, por lo cual no esté dispuesto a pagarlo o no se encuentre en capacidad de hacerlo.

 

La tercera razón que contemplo es que además de no encontrarse en las librerías, ciertos libros tampoco estén disponibles en las bibliotecas.

 

Segunda pregunta: ¿quiénes talcualean libros?

 

A partir de la información que he podido recoger, se trata sobre todo de miembros de la comunidad académica —profesores, investigadores y estudiantes— que por su actividad necesitan trabajar con cierto tipo de obras de difícil acceso y que consideran no sólo que el libro es un dispositivo tecnológico que sigue teniendo un alto valor simbólico sino también que éste continúa siendo más eficiente que muchos otros en términos de almacenamiento de contenidos, de accesibilidad, de portabilidad, de usabilidad, de navegabilidad y de legibilidad. Y es que menudo parecemos olvidar que el libro es una tecnología —¿se acuerdan de este vídeo de presentación del Book que empezó a circular hace un par de años?—, sobre todo cuando hablamos de e-books y de dispositivos electrónicos de lectura. Supongo que para estos lectores el talcualazo es una opción particularmente eficaz a la hora de acceder a ciertas obras que les resultan de interés porque una cosa es leer un texto fotocopiado en hojas sueltas o grapadas y otra muy distinta es leer ese mismo texto cuando éstas se han encuadernado reproduciendo tanto las dimensiones del libro original como su portada.

 

Sobre todo en el caso de los profesores y de los investigadores, a menudo se trata de grandes compradores y lectores de libros para quienes la oferta de la industria editorial a menudo resulta insuficiente a la hora de satisfacer ciertas necesidades específicas de aquellos ámbitos en los que hay un alto nivel de especialización del conocimiento —de hecho, conozco de cerca a más de un miembro de la comunidad académica colombiana que ha podido llenar algunos vacíos de su biblioteca personal talcualeando libros fundamentales de sus áreas de trabajo que están descatalogados, que no es posible conseguir en Colombia o cuyo precio les resulta prohibitivo—.

 

Lo anterior les plantea un reto a ciertos actores de la cadena de valor del libro —pienso particularmente en los autores, en las agencias literarias, en las editoriales, en las distribuidoras y en las librerías— en términos de la ampliación de la oferta legal con el propósito de que ésta sea lo suficientemente rica y diversa para atender la demanda y satisfacer los intereses de los públicos tanto mayoritarios como de nicho. Pienso que tanto el e-book como la impresión bajo demanda pueden llegar a ser alternativas particularmente eficaces para asegurar la circulación de libros de fondo que se encuentren descatalogados y que despierten un cierto interés en algunos nichos específicos llegando incluso a ser potenciales long sellers pero que no sean de consumo masivo —siempre y cuando la voluntad tanto de quienes poseen y gestionan sus derechos como de los interesados en explotarlos permita darles una segunda vida—.

 

En el interior de cada sistema a menudo surgen las soluciones para resolver las anomalías que éste mismo ha generado, que en la producción editorial puede manifestarse —como en el caso del talcualazo— mediante la aparición de una oferta informal, paralela y poco ortodoxa que compite con la de la industria sacándole provecho a las limitaciones de ésta.

 

El caso del talcualazo no sólo pone en evidencia que el origen de los problemas del modelo de producción y de negocio de la industria editorial no está solamente en la emergencia de lo digital, sino que también suscita algunas preguntas con respecto al valor que los consumidores le atribuyen al libro, a las maneras como prefieren acceder a él y al precio que están dispuestos a pagar por hacerlo.

 

Creo que el fenómeno del talcualazo es mucho más que una anécdota pintoresca y que debería plantearle a la industria editorial una reflexión que no se centre únicamente en los problemas de la fotocopia y la piratería.

 

* nota: 1 euro = $ 2.326; 1 dólar = $ 1.795.