Miércoles, Febrero 20, 2013 entrada categorizada en: periodismo, prescripción, verificación de datos

la verificación de datos y la credibilidad en la producción de contenidos

¿Qué tienen en común la acusación del escritor Suso de Toro contra el crítico Ignacio Echevarría en el artículo “Sobre los placeres del látigo”, el caso “Amy Martin” protagonizado por la escritora Irene Zoe Alameda y por su esposo Carlos Mulas —que hasta el estallido del escándalo dirigía la Fundación Ideas— y la reciente publicación en la primera página del diario El País de una una foto falsa en la que se veía al presidente venezolano Hugo Chávez entubado en una cama de hospital?

 

 

 

 

En los tres casos el dispositivo de verificación de datos —conocido en inglés como fact checkingparece haber fallado en algún momento. De hecho, en dos de ellos probablemente este dispositivo ni siquiera se puso en marcha.

 

Presuntamente de Toro no se tomó el trabajo de releer la crítica de su novela Trece campanadas que erróneamente le atribuyó a Echevarría en su artículo “Sobre los placeres del látigo” —publicado a mediados de diciembre pasado en Diario Kafka—; presuntamente en la Fundación Ideas se investigó muy poco o casi nada sobre la trayectoria de Amy Martin antes de contratar (según han afirmado algunos medios) por varias decenas de miles de euros sus servicios de escritura —asumiendo que es cierto todo lo que dice Zoe Alameda en el comunicado en el que reveló que ella era quien se escondía detrás de ese seudónimo, aunque quizás no lo sea—; y, presuntamente, la agencia Gtres Online fue engañada por la persona que le proporcionó la foto falsa de Chávez por la que se rumorea que El País pagó unos cuantos miles de euros.

 

Hay algo que falla en los tres casos. Se trata de errores que podrían haberse evitado con un poco más de rigor en el manejo de la información, particularmente en lo concerniente a la verificación de datos.

 

 

 

 

 

Nunca se habían producido tantos contenidos como ahora y debido al fácil acceso a éstos nunca antes habíamos tenido al alcance de la mano tantas herramientas al servicio de la verificación de datos, que es una tarea a la que hoy en día se le debería dar la mayor importancia. Actualmente una porción importante de la información que forma parte de la esfera pública es verificable con relativa facilidad mediante una búsqueda en Internet, lo cual permite zanjar rápidamente muchas discusiones que antes podían prolongarse durante horas. Basta con tener un par de pistas, con echar mano de una pequeña dosis de intuición y con utilizar unos términos de búsqueda que remitan con más o menos precisión al campo de la cuestión que se pretende resolver —si el primer intento falla, para dar con la respuesta que se busca suele ser necesario hacer como mucho dos o tres más dependiendo de la complejidad de la consulta—. Aunque también es cierto que hay ámbitos en los que el acceso a la información no está al alcance de cualquiera, lo cual dificulta la verificación sobre todo cuando no se cuenta con respaldos institucionales y/o corporativos o con conexiones de alto nivel que permitan bien sea entrar en contacto con los protagonistas y expertos del caso que se está investigando para recoger sus declaraciones o bien acceder a fuentes documentales confiables en relación con éste.

 

Si asumimos que la credibilidad es el capital más valioso que tienen quienes producen contenidos o generan opinión, el coste de una imprecisión en los datos como consecuencia de una omisión o de un descuido en la verificación puede llegar a ser altísimo. De Toro no tardó en reconocer su metedura de pata en el artículo “Agujeros negros, literatura y política” en el que calificó su artículo anterior de ‘desafortunado’, la Fundación Ideas anunció mediante un comunicado la destitución de Carlos Mulas —de quien Zoe Alameda afirmó que en 2009 estaba separada sentimental y físicamente— y El País no sólo retiró la falsa foto de Chávez y les pidió disculpas a sus lectores sino que además hizo un relato del que considera ‘uno de los mayores errores de su historia’. Supongo que a pesar de las rectificaciones públicas y de los mea culpa hechos a posteriori de Toro, la Fundación Ideas y El País tuvieron que asumir algún coste por su error: además de que sus detractores, opositores y/o enemigos seguramente encontraron una oportunidad perfecta para saltarles a la yugular, lo normal sería que su credibilidad se hubiera visto afectada negativamente como consecuencia no sólo de los hechos en sí mismos sino también de los cuestionamientos y de las acusaciones que éstos provocaron.

 

Con respecto a Zoe Alameda, si en lugar de una muestra de cinismo puro y duro su comunicado es una declaración honesta y sincera podríamos calificar su caso como un intento fallido de juego metaliterario. Tras explicar el origen de Amy Martin, Zoe Alameda dice en su comunicado:

 

‘Mi pretensión era mantener a Amy Martin activa a lo largo de toda mi vida, de mantener una doble. Para ella, por ejemplo, estaba escribiendo un libro de investigación política en Senegal. La idea era comparar, al cabo de las décadas, los rastros dejados por una autora real (yo) y una ficticia. Como he dicho, en gran parte sobre esta premisa se erige la novela Warla Alkman‘.

 

Presumiblemente para reafirmar su compromiso con su ingenioso juego metaliterario y su intención de llevarlo hasta las últimas consecuencias pero tal vez también para mostrar que es responsable no sólo como autora sino también como ciudadana, Zoe Alameda luego añade:

 

‘Asumo, en cualquier caso, cuantas consecuencias puedan venir sobre mí a causa de mi atrevimiento al haber creado, al modo en que se narra en mi próxima novela, una autora ficticia. Públicamente pido perdón por haber inventado y hecho trabajar a Amy Martin’.

 

 

 

 

Pero estoy desviándome del tema que me ocupa, así que si les interesa el comunicado de Zoe Alameda mejor léanlo ustedes mismos —los dos fragmentos que he citado son sólo muestras en las que me he apoyado para ilustrar mis planteamientos pero les aseguro que al leerlo se encontrarán montones de perlas como éstas e incluso mejores—.

 

El bombardeo continuo de contenidos al que estamos expuestos actualmente y la inmediatez de un medio como Twitter a menudo pueden llevarnos fácilmente a caer en el error de divulgar sin verificación previa información no confirmada o de darla por verdadera cuando en realidad es bien sea falsa o bien de dudosa veracidad. El pasado viernes 15 de febrero yo mismo me pregunté por la veracidad de la información que había tuiteado con respecto a los abusos cometidos por los guardias de seguridad de un almacén de Amazon en Alemania. Tras haber tuiteado sin pensarlo mucho el artículo “Amazon ‘used neo-Nazi guards to keep immigrant workforce under control’ in Germany” publicado en el periódico británico The Independent me planteé la posibilidad de que lo que se decía en él fuera parcial o totalmente falso. Casos de este tipo ponen en evidencia los riesgos que corremos no sólo como público sino también como difusores debido a lo poco que en ocasiones reflexionamos a la hora de divulgar la información que recibimos así como a la velocidad a la que ésta circula por las redes.

 

 

 

 

El lunes 18 de febrero The Bookseller disipó mis dudas con un artículo según el cual Amazon rompió su relación contractual con Hensel European Security Services (HESS), la firma encargada de la seguridad de algunos de sus almacenes en Alemania como consecuencia de las denuncias con respecto a los actos de intimidación y discriminación que sus guardias habían cometido contra algunos trabajadores españoles contratados temporalmente para la campaña navideña.

 

Aquellos productores de contenidos que aspiren a tener un cierto grado de credibilidad, autoridad y prestigio e incluso a convertirse en generadores de opinión deben demostrar que conocen aquellos temas de los que se ocupan y que tienen un criterio sólido, gestionar la información con cuidado y rigor y desarrollar la capacidad de asumir la responsabilidad de los errores que cometen en lugar de limitarse solamente a esperar el reconocimiento de sus aciertos. Siempre tenemos la posibilidad de gestionar la información a la ligera y de introducir en cada frase expresiones como presuntamente, se rumorea, quizás, supuestamente, se sospecha, probablemente, al parecer, presumiblemente o entre dimes y diretes para zafarnos de nuestra responsabilidad pero las chapuzas de este tipo al final nunca dejarán de pasarnos factura.

 

Una pregunta antes de terminar: ¿hay alguien que comparta conmigo la fascinación por el oficio de la verificación de datos?

3 comentarios para “la verificación de datos y la credibilidad en la producción de contenidos”

  1. eva wheel dice:

    En EE UU existe como profesión desde hace años…siempre les he envidiado por ello. Editores, periodistas, documentalistas dedicados a comprobar desde la temperatura de un país a cualquier dato, fecha o realidad. Me encantaría. Saludos cordiales. Me ha encantado el blog.

  2. Eva, pues deberíamos montar una asociación de aspirantes a fact checkers frustrados.
    Me alegra que te guste [ el ojo fisgón ] y espero seguir viéndote por aquí.
    Un saludo de vuelta.
    Martín.

  3. eva wheel dice:

    Jajaja..estupenda idea Martín..aquí nos vemos. Más saludos.

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