archivo del octubre, 2013

miércoles, octubre 23, 2013 categorizado bajo fomento de la lectura, industria editorial

experiencias que forman lectores

‘Leer no es malo. Según lo que se lee. Lo de las malas compañías a eso ya no diré que no’.

(Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán).

‘Hay más de una manera de no leer, siendo la más radical de ellas no abrir ningún libro’.

(Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard).

 

 

Son muchos los caminos que conducen a la lectura. Cuando pienso en las razones por las que empecé a leer siempre me hago la siguiente pregunta: ¿cómo llegamos a convertirnos en lectores? Supongo que eso de hacerse lector es el resultado de la sumatoria de distintos factores relacionados con cuestiones familiares, sociales y personales que a su vez pueden estar vinculadas en mayor o en menor medida con condiciones de naturaleza cultural, económica y política —un tema sobre el que Joaquín Rodríguez ha escrito en varias ocasiones a propósito de la importancia de las bibliotecas familiares o de por qué no compramos libros—.

 

Mi historia es más o menos la siguiente:

 

1.

Debo de tener cuatro o cinco años y estoy acostado boca abajo sobre la alfombra del suelo de mi casa hojeando un libro ilustrado para niños. Como no sé leer, me invento una historia con lo que puedo imaginarme a partir de las ilustraciones. Una y otra vez repaso el libro y me cuento la misma historia. Unos meses después habré aprendido a leer y leeré ese libro que se llama El sastrecillo valiente.

Mientras yo releo El sastrecillo valiente mis hermanos mayores leen dos libros que parecen ser de la misma colección: Alí Baba y los cuarenta ladrones y Aladino. Alguna vez intento leerlos pero al cabo de un rato los dejo porque no me parecen tan amenos como El sastrecillo valiente, que es lo único que leo.

2.

Empiezo a leer Corazón, de Edmundo d’Amicis. Como no me gusta leer pero mi papá todo el tiempo nos dice que leamos, vuelvo a empezarlo muchas veces pero siempre termino dejándolo en el mismo punto.

3.

Con mis hermanos hemos visto en televisión algunas películas: Love Story, Indiana Jones: En busca del arca perdida y El regreso del Jedi. Como en su colección Best Sellers de la editorial Oveja negra que cada semana saca un título nuevo mi hermano Antonio tiene los libros en los que se basan esas películas, un día decido leerlos. De cada uno de ellos sólo puedo leer unas pocas páginas.

4.

La única lectura que me resulta realmente placentera es la de las revistas de Condorito que mi mamá nos compra en el supermercado y que nosotros leemos y releemos insistentemente, siempre con el mismo entusiasmo de la primera vez. Mis hermanos y yo tenemos varas pilas de revistas de Condorito, algunas de las cuales son ediciones especiales —mi número favorito es el suplemento del Cometa Halley que sale en 1986, cuando yo tengo ocho años y estoy en segundo de primaria—.

 

 

 

 

 

 

5.

Me aburro al poco tiempo de empezar a leer Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Lo dejo, obviamente.

6.

En primero de bachillerato mi profesor de Matemáticas nos pone a leer El hombre que calculaba, de Malba Tahan. Tampoco lo leo completo pero desde El sastrecillo valiente es el primer libro cuya lectura disfruto.

7.

No me leo prácticamente nada de lo que me ponen a leer en el colegio —aunque en segundo de bachillerato a pesar de las dificultades acabo El coronel no tiene quien le escriba—. Empiezo unos pocos libros pero no los termino. Para la evaluación de los demás me compro los resúmenes de la Panamericana.

Un día mi papá nos regala a mis hermanos y a mí un librito muy delgado que se llama La carta a García —un ejemplar para cada uno— y nos dice que lo leamos con mucho cuidado porque su mensaje es muy importante para la vida. Leo el libro porque supongo que en algún momento mi papá va a preguntarme qué pienso sobre lo que dice. El temido control de lectura nunca llega.

8.

En cuarto de bachillerato mi profesor de Español y Literatura nos pone a leer La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. No sólo me leo el libro completo, sino que además termino enganchado. Luego el profesor nos pone a escoger un libro para leer y hacerle una breve presentación al resto de la clase. Escojo Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. El libro me parece interesante pero aburrido. Por supuesto, no lo termino.

En las vacaciones de mitad de año tenemos que leer Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Me lo llevo a mis vacaciones en Cartagena y no lo abro ni una sola vez. El día la evaluación el profesor nos dice que quien no haya leído Doña Bárbara marque la hoja y escriba solamente ‘No leí el libro’ a cambio de un 1.5. El trato me parece justo, así que para ahorrarme angustias y vergüenzas sigo las instrucciones del profesor y me voy contento con mi nota mínima. Durante la segunda mitad del año en la clase de Español y Literatura hacemos el ejercicio de leer Crónica de una muerte anunciada en voz alta. La novela me fascina.

9.

En el tercer bimestre del año nuestra profesora de Sociales está enferma y como no tenemos clase con mis compañeros armamos una guerra de tiza durante la hora de estudio que nos dan. El profesor I. que en ese momento va pasando por el pasillo entra a nuestro salón de clases y nos dice: ‘Maestros, yo les voy a dar un consejo: lleven siempre un libro en el morral. Y cuando estén por ahí y no tengan nada que hacer abran su morral, saquen su libro y pónganse a leer’.

Le hago caso al profesor I. y ese mismo día cuando llego a mi casa voy a la habitación donde están los libros, miro qué hay, cojo Tiempos difíciles, de Charles Dickens —el nombre del autor me suena porque el año pasado leímos en clase de Inglés una versión abreviada de su novela David Copperfield—, y lo echo en mi morral. Durante el resto del año escolar leo Tiempos difíciles, sobre todo cuando estoy en clase. Hacia el final del año escolar termino el libro, que me ha gustado bastante.

10.

En 1995 estoy a punto de graduarme del colegio y a mitad de año mi novia C. se va a vivir fuera del país. Como por estar con C. durante los meses anteriores a su partida me he alejado de mis amigos, cuando los veo me cuesta trabajo conectar con ellos y me siento fuera de lugar en sus planes.

11.

Como no tengo nada que hacer en mi tiempo libre, lo lleno leyendo. De Franz Kafka leo La metamorfosis, Carta al padre, La colonia penitenciaria y El proceso; continúo con ¡Qué viva la música! —que me parece infumable— y Destinitos fatales, de Andrés Caicedo; leo también La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; después de leer El Padrino quiero ver las películas de la trilogía pero en ningún videoclub de la ciudad tienen la primera parte; luego leo El túnel, de Ernesto Sabato; y en mis vacaciones de fin de año leo Cien años de soledad, que me deja sin palabras.

12.

Acabo de graduarme del colegio, voy a cumplir 18 años y ahora quiero pasar todo el tiempo leyendo. Busco nuevas lecturas desesperadamente y leo todo lo que me cae en las manos.

 

 

***

 

 


“The Joy of Reading #2”, por Grant Snider

 

 

¿Qué probabilidad había de que yo me hiciera lector, estudiara Letras y terminara trabajando en la industria editorial? Yo, hijo de unos padres que no acabaron el bachillerato; que crecí en una casa donde se inculcaba el hábito de la lectura pero que tenía unos padres que aparte del periódico y de algunas revistas no leían nada; y que en casa sólo estuve en contacto con unos pocos libros —las enciclopedias de rigor que hasta hace unos años eran el motivo de orgullo para las familias, la colección Best Sellers de la editorial Oveja negra, lo que nos ponían a leer en el colegio y los libros de texto—.

 

También tengo que decir que desde mis inicios como lector fue fundamental el apoyo y la complicidad de mis papás, que aunque no leían cada año me daban dinero para que fuera de compras a la Feria del Libro de Bogotá y que cuando estaba en la universidad me dieron una tarjeta de crédito para que comprara los libros que necesitara. Cada lectura de ese período iniciático fue un descubrimiento sorprendente que al ampliarme la perspectiva me llevó por nuevos caminos. Como dije en una entrada de febrero de 2012, leer es una actividad que me resulta estimulante, placentera y enriquecedora como pocas otras.

 

Tengo la impresión de que ser dueño de una buena biblioteca o haber leído mucho es una fuente de status social. A menudo oigo frases como “es que Fulano es una persona muy leída” o “Menganita tiene una biblioteca de más de 15.000 volúmenes”. Sin embargo, para efectos prácticos ese capital cultural y simbólico al que se refiere la exaltación de la amplitud de un bagaje de lecturas o del tamaño de una biblioteca parece carecer de valor y no servir de nada al menos que uno sea académico, creador o intelectual. De hecho, cuando terminé la universidad tenía la sensación de que mis posibilidades laborales por fuera de la academia eran limitadísimas porque lo único que sabía hacer más o menos bien era leer y escribir. Después de pasar ocho años estudiando y trabajando en las facultades de Ciencias Sociales y de Artes y Humanidades de la universidad ahora me encontraba con que no tenía mayores habilidades, conocimientos y herramientas prácticas que me permitieran trabajar por fuera del ámbito universitario.

 

 

 

 

 

 

Desde su marcado enfoque cuantitativo los informes de hábitos de lectura y compra de libros dan cuenta de distintos aspectos importantísimos: el volumen del gasto en libros, cuánto se lee, la frecuencia con la que se lee, lo que se lee y los soportes en los que se lee. Sin embargo, estos informes se ocupan poco del balance de la experiencia lectora desde el punto de vista del desarrollo de la capacidad de comprensión y análisis, de la huella que la lectura deja en el lector y de la dimensión social de ésta —otro tema del que Joaquín se ocupa extensamente en Los futuros del libro—. Durante mucho años el libro ha sido un vehículo privilegiado para la transmisión del conocimiento y parece que todavía hay mucho por decir con respecto al impacto del consumo de contenidos digitales —sobre todo teniendo en cuenta el creciente uso de éstos en entornos educativos— en el desarrollo cognitivo y de las competencias de lectoescritura de las personas.

 

Si aceptamos que una parte de la crisis de la industria editorial se debe en gran medida al cambio de comportamiento de los adultos con respecto al consumo de contenidos así como a los rasgos que caracterizan a los nativos digitales, está claro que la formación de lectores debería ocupar un lugar central en la agenda de los distintos actores de la cadena de valor del libro. La formación de lectores es un trabajo que debe ir más allá de las iniciativas públicas o privadas que se dedican al fomento de la lectura. Quizás debido a su naturaleza y al lugar que ocupan, en este momento las bibliotecas públicas y cierto tipo de librerías sean los actores más implicados en la formación de lectores. Y los editores como gremio todavía tienen muchas tareas pendientes en este campo en el que los frutos se ven a largo plazo porque estamos hablando de un trabajo que no responde a la lógica del afán inmediato de vender libros y de ver cuanto antes el impacto de las ventas en la cuenta de resultados. Ojo, quiero aclarar que aquí no estoy hablando ni de caridad ni de responsabilidad social corporativa —aunque algo de lo primero nunca sobra cuando hay brechas en el acceso y un poco de lo segundo no estaría mal—. Se trata de trabajar estratégicamente para construir una base de clientes que consuman los productos y servicios que comercializa el sector con el objetivo de garantizar al máximo la viabilidad y la sostenibilidad de su negocio a futuro al tiempo que de paso se contribuye a enriquecer el horizonte de las personas facilitándoles el acceso a la lectura y haciendo las veces de prescriptor —o a la inversa, según lo que se considere prioritario y secundario—.

 

Para la industria —la misma para la que trabajo, pero eso no viene al caso en este momento— yo ya soy un lector ganado que disfruta leyendo, comprando, comentando, recomendando, prestando y regalando libros. Pero allí afuera la industria sigue teniendo mucho por hacer para convencer a millones de personas de todas las edades de que consumir sus contenidos y pagar por acceder a ellos —aunque sólo sea de vez en cuando— vale la pena.

 

Con respecto al impacto que están teniendo sobre la industria tanto el cambio de comportamiento de los adultos a la hora de consumir contenidos como los hábitos que caracterizan a los nativos digitales recomiendo leer los siguientes artículos:

 

– “Cosas de niños que (no) leen y (no) escriben”, de Bernat Ruiz Domènech.

– “Newspaper industry realities”, de Joe Wikert.

– “Menos lugar”, de Ignacio Echevarría.

diez años de la publicación de pasando página: ¿qué ha pasado desde entonces?

En abril pasado se cumplieron diez años de la publicación de Pasando página, el libro en el que Sergio Vila-Sanjuán da cuenta de la historia de la edición en España desde 1975 hasta 2003. Pasando página hace un completo, minucioso y riguroso recuento de la evolución de la edición literaria española desde los años anteriores al proceso de transición democrática que España vivió en la década de 1970 hasta poco antes de su publicación.

 

Pasando página aborda la evolución en el tiempo de ciertos segmentos del circuito de la edición literaria enfocándose en sus figuras y empresas más destacadas. En su relato Vila-Sanjuán narra, comenta y analiza anécdotas y procesos cuyos protagonistas son autores, editores, agentes literarios, intelectuales, empresarios e incluso políticos que irrumpieron en la escena editorial española a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, cuya intervención en ésta en ocasiones llegó a ser decisiva y que en algunos casos aún siguen ejerciendo una poderosa influencia hoy en día.

 

 

 

 

Considero que Pasando página es el documento más completo sobre la historia reciente de la edición en España y que es una lectura imprescindible para todo aquel que quiera comprender la evolución de una parte importante de la industria editorial española durante las últimas décadas.

 

Desde 2003 han pasado muchas cosas en el mundo de la edición literaria española que han supuesto una transformación de ésta en diversos sentidos. Entre los acontecimientos y/o las tendencias que han marcado hitos en la evolución del circuito de la edición literaria española durante esta década en la que España pasó de un período de bonanza a una profunda crisis económica que ha coincidido con el cambio de paradigma generado por la emergencia de lo digital, vale la pena destacar los siguientes —estoy seguro de que hay montones de omisiones, así que cualquier aporte para complementar este breve listado que fue elaborado con la colaboración de Sergio Vila-Sanjuán será bien recibido—:

 

– el crecimiento sostenido del volumen de títulos publicados entre 2001 y 2010 —en 2011 esta cifra bajó un 6,6% con respecto al año anterior y en 2012 un 2,1%—, que vino acompañado por la disminución del tamaño de las tiradas y por un aumento de las devoluciones.

– la aparición de decenas de pequeñas editoriales independientes, varias de las cuales ya se han consolidado o han alcanzado una continuidad en el tiempo mientras que algunas otras o han cerrado o llevan un buen tiempo sin publicar novedades.

– el fenómeno del libro flotador, que hace referencia a ciertos best sellers que por su volumen de ventas salvan la cuenta de resultados no sólo de la editorial que los publica sino también de muchas librerías: La sombra del vientoEl código da Vinci, la saga de Harry Potter, La catedral del marUn mundo sin finEl niño con el pijama de rayasAnatomía de un instanteLa caída de los gigantes, la saga de Juego de tronos, las trilogías Milllenium, Crepúsculo, Cincuenta sombras y Los juegos del hambre, etc.

– la entrada de Planeta al mercado editorial francés con la compra de Editis.

– el cambio de propiedad de dos de los iconos más representativos de la edición independiente española: Anagrama fue comprada por Giangiacomo Feltrinelli Editore mientras que Tusquets pasó a manos de Planeta.

– la compra por parte de Giangiacomo Feltrinelli Editore de una participación importante en la cadena de librerías La Central.

– la venta de la mitad de Círculo de lectores a Planeta por parte de Bertelsmann, de manera que ambos grupos comparten la propiedad de la empresa.

– la apertura de la cadena de librerías Bertrand a través de Bertelsmann y la posterior adquisición de sus operaciones por parte de Casa del libro, que no siguió explotando la marca.

– la compra del 100% de Random House Mondadori por parte de Bertelsmann, que tuvo lugar poco después del acuerdo de fusión entre Random House y Penguin que dio origen a Penguin Random House.

– la ampliación de la participación de Planeta en Grup 62, que quedó bajo su control.

– la descapitalización y otros problemas financieros de muchas librerías como consecuencia de la caída de las ventas que ha supuesto la contracción del consumo provocada por la creciente agudización de la crisis económica.

– las transformaciones sufridas por el tejido de librerías debido tanto al cierre de diversos establecimientos como a la apertura de otros nuevos —seguramente los puntos de venta que han cerrado son más que aquellos que han abierto—.

– la reducción significativa de las ayudas públicas para el sector editorial como consecuencia de los recortes, que han repercutido sobre la edición, la traducción, las ventas a bibliotecas, la representación española en ferias internacionales, la realización de eventos culturales, etc.

– el aumento de la importancia del mercado latinoamericano para los editores españoles debido a que la situación económica en España no deja de agravarse, mientras que las economías de diversos países del otro lado del Atlántico vienen creciendo sin parar desde hace varios años.

– la emergencia y el lento desarrollo de un mercado cada vez menos incipiente de contenidos digitales.

– la apertura de diversas tiendas de contenidos digitales: por un lado, las de grandes compañías estadounidenses que provienen de las industrias del comercio electrónico, del hardware y de los servicios en línea como AmazonApple y Google; y, por el otro lado, las de actores locales de distintas naturalezas como LibrandaCasa del Libroedi.catleqtorlibrosinlibroCírculo de lectores —primero con Booquo y luego con Nubico, en asocio con Telefónica— o 24symbols.

– la incorporación de los entornos de generación Web 2.0 a la estrategia de comunicación, promoción y marketing de los diferentes actores del sector, que a su vez ha dado pie para la aparición de funciones, oficios, formas de colaboración y puestos de trabajo que hasta hace poco no existían.

– el surgimiento tanto en el segmento de la edición independiente como en los grandes grupos de sellos editoriales nativos digitales.

– la entrada de varias editoriales establecidas al negocio de la autoedición.

– la apertura de sellos editoriales digitales por parte de algunas agencias literarias.

– la aparición de diversas publicaciones que sirven como espacio de información de actualidad, reflexión crítica y análisis sobre el sector del libro y la industria editorial: en primer lugar, la colección Tipos móviles y la revista Texturas de Trama editorial; y, en segundo lugar, algunos blogs especializados cuyos autores son profesionales en activo del sector con perfiles, trayectorias y actividades bien diferentes —hoy en día los imprescindibles de mi blogroll son Antinomias libroCambiando de tercioComunicación culturalLibros y bitiosLos futuros del libroTirant al cap y Verba volant, scripta manent—.

 

 

 

© Lisbeth Salas - Imagen tomada de El Boomeran(g)

© Lisbeth Salas
Imagen tomada de El Boomeran(g)

 

 

***

 

 

Esperemos que algún día no muy lejano podamos tener un documento del estilo de Pasando página que dé cuenta detallada y rigurosamente de lo sucedido en la edición española desde la publicación del trabajo que Sergio Vila-Sanjuán culminó hace ya más de diez años.

 

Los invito a que en la zona de comentarios aporten referencias a hechos y/o procesos que hayan marcado hitos en la evolución de la edición española en el período 2003 – 2013 y que no estén incluidos en el anterior listado, así como a hacer precisiones o matizaciones con respecto a la formulación de los distintos puntos de éste. ¿Se animan?

llamémosla random house, de bennett cerf: un viaje a la prehistoria de una empresa y de una industria

Durante mis vacaciones de verano estuve leyendo Llamémosla Random House, de Bennett Cerf —que hasta hace poco era la última novedad de la colección Tipos móviles de Trama editorial—. Además de contar de una manera muy agradable montones de anécdotas sobre autores, editores y libros de todos los géneros, Cerf aborda en sus memorias una amplia variedad de temas: sus principios como editor, el origen de su empresa, la evolución de la gran industria editorial estadounidense, la distribución y la comercialización, el boom del libro de bolsillo, su rol como figura pública y el crecimiento empresarial de Random House mediante la compra de otras editoriales.

 

 

 

 

 

Hay varios fragmentos de Llamémosla Random House que por distintas razones me llamaron particularmente la atención. A continuación reproduzco algunos de esos fragmentos, que espero que inciten a más de uno a leer estas estupendas memorias de Cerf:

 

– sobre la formación profesional de Cerf y las principales lecciones que éste aprendió durante su paso por la universidad:

 

‘Mi educación en Columbia no se limitó a acumular conocimientos de literatura e historia; también, gracias sobre todo a mi experiencia con el Spectator y el Jester, aprendí en la Escuela de Periodismo cómo escribir una historia con rapidez y usando las menos palabras posibles. Y algo más que considero impagable: aprendí a no llenarme la cabeza con información inútil, pues un hombre inteligente no debe llevar todo eso en la mollera, limitándose a saber dónde encontrar lo que necesita cuando lo necesita. Aprendí a saber buscar las cosas que necesitaba y cómo sacarles partido‘.

 

– sobre el papel que algunos jóvenes judíos jugaron en el desarrollo de la industria editorial estadounidense:

 

‘Liveright estaba profundamente resentido con los editores establecidos. Ellos lo odiaban como odiaban a Alfred Knopf y a B. W. Huesbsch, que habían comenzado casi al mismo tiempo. Nunca antes había habido judíos en la edición americana, que era una sociedad cerrada a los jóvenes de nuestro grupo. De repente habían aparecido en la escena algunos judíos jóvenes y brillantes, que estaban alterando todos los principios antiguos de la edición… y haciendo ruido, si pensamos en Liveright.

Liveright, Ben Huesbsch, Alfred Knopf, y más tarde Simon & Schuster y Harold Guinzburg, cambiaron el curso de la edición. Lo suyo eran empresas jóvenes, y aunque fueron metidos en el mismo saco por los viejos, lo cierto es no eran iguales. Knopf ya era un joven editor con gusto literario y mucha dignidad, cuando llegó Horace Liveright, al que Alfred juzgaba como zafio y extravagante’.

 

– sobre el funcionamiento del sistema de distribución y comercialización de libros en los años 1920 en Estados Unidos:

 

‘Liveright acababa de publicar la Historia de la Biblia de Henrik van Loon. Dado que la anterior Historia de la Humanidad había sido un bombazo, Dick había llenado el coche con ejemplares de Historia de la Biblia. Pero este libro no funcionó. La gente religiosa estaba furiosa porque van Loon se hubiera creído capaz de escribir una especia de Biblia de diario. Hoy los libros se dejan en depósito y por tanto pueden ser devueltos sin problemas, pero en aquellos días había que pedir un permiso especial para realizar cualquier devolución. De modo que allá donde fuéramos siempre escuchábamos lo mismo:

—¿Qué vamos a hacer con este desastre?

Esa fue mi primera lección sobre edición: qué hacer con un título que resulta un fracaso. Con frecuencia los libreros tenían la sartén por el mango, porque si no aceptábamos sus devoluciones se negaban a pagarnos. Nos decían: “Queremos devolver eso. Nos lo habéis endilgado y no lo queremos”. El caso es que en aquellos días un comercial trataba de colocar todos los ejemplares que le era posible, pues el truco estaba en vender de más. Eso era lo que hacía un buen comercial: si un librero quería quedarse diez ejemplares y le colocaba veinticinco, era todo un héroe. Hoy todo esto sería ridículo, pues los ejemplares nos llegarían devueltos en cualquier caso’.

 

– sobre el origen del nombre Random House:

 

‘Rockwell Kent se había convertido en un gran amigo tras hacer las guardas para la Modern Library. Era en ese momento el principal artista comercial de los Estados Unidos. Un día vino a nuestra oficina. Estaba sentado en mi escritorio, frente a Donald, y estábamos halando de hacer un par de libros, cuando de repente tuve una inspiración y dije:

—Ya tengo el nombre la editorial. Acabamos de de decir que vamos a publicar algunos libros at random, al azar, de forma aleatoria. Llamémosla Random House.

A Donald le gustó mucho, y Rockwell Kent dijo:

—Es un gran nombre. Voy a encargarme del logo.

Así que, sentado en mi escritorio, sacó una hoja de papel y en cinco minutos dibujó Random House, que ha sido nuestro logotipo desde entonces’.

 

 

 

 

– sobre la relativa estabilidad del negocio editorial:

 

‘Aunque el mercado de libros de arte se vino abajo cuando se produjo el crash, tuvimos suerte con la Modern Library, ya que su catálogo consistía en libros baratos, por lo que incluso durante la Gran Depresión pudimos seguir adelante. De hecho, cada año mejoramos un poco, y nunca hubo un gran retroceso en las ventas. Dos veces al año añadíamos cinco o seis nuevos títulos. El negocio editorial siempre había sido bastante estable. No se dispara cuando las cosas se están volviendo locas y la gente gana mucho dinero y lo gasta en viajes, clubes nocturnos y teatros caros. De todos modos, los amantes de los libros no suelen caer en excesos especulativos. De la misma manera, cuando todo se va al infierno, los libros se convierten en una de las formas más baratas de adquirir placer. Así que la Modern Library pasó por la Gran Depresión magníficamente’.

 

– sobre el negocio de las conferencias y la forma como operan las agencias que lo gestionan:

 

‘Una vez más una cosa llevó a otra, y un día recibí una llamada telefónica de Colston Leigh, un agente del circuito de conferencias. Me dijo que me había escuchado en un par de programas de radio y me preguntó si alguna vez había pensado en dar conferencias; le respondí que no, y me dijo:

—Creo que lo harías de maravilla, y se puede ganar un montón de dinero.

Aquello me interesaba. Me deleita la mera idea de hablar, incluso a cambio de nada, ¡y cobrar por ello hace que todo sea mejor!

—Sin duda me encantaría probarlo —admití.

(…) El circuito de conferencias es un negocio peculiar. Como comisión habitual un agente recibe una tercera parte y no un diez por ciento, como el teatro o la literatura. Los agentes sacan el 33,3 por ciento, y además uno tiene que pagar sus propios gastos. Es una buena tajada, pero dan un buen servicio. No solo te contratan, sino que cuando sales te dan un dossier de cada lugar que visitas, a qué hora tienes que tomar el avión, todos los billetes y reservas de hotel’.

 

– sobre la disminución de la lectura de revistas por culpa de la televisión —podemos ver que la satanización de los nuevos medios es una vieja práctica que hoy en día sigue teniendo mucha vigencia—:

 

Las revistas se han visto afectadas por los libros de bolsillo, pero no tanto como por la televisión. Muchas personas solían comprar una revista solo para pasar la noche. Por ejemplo, un viajante de comercio, solo en una ciudad extraña, podía comprar dos o tres para llevárselas a la habitación cuando estaba en una ciudad donde no conocía a nadie. Hoy en día, cada habitación de hotel dispone de un televisor, o, si no, hay uno en el vestíbulo. Las personas que leían solo por desesperación, ahora pueden ver toda la basura que quieran en la tele. ¿Para qué iban a leer? Cuando se observa a un grupo alrededor de un aparato de televisión en un pueblo pequeño, uno cae en la cuenta de que está en presencia de un espectáculo bastante desalentador. Allí, todos sentados, pegados a la pantalla. Ellos ni siquiera saben lo que están viendo. Se sientan allí, atontados, toda a noche. Esto ha perjudicado a la revistas, a las ilustradas en particular. Además, las tendencias están cambiando, y la revista que no cambia con las tendencias sucumbe como todo lo demás. Hace un tiempo, un profesor del MIT afirmó: “Si funciona, es obsoleto”. Todo cambia rápido, y hay que ponerse las pilas’.

 

– sobre lo que es un buen editor:

 

‘Un buen editor, creo, al igual que un buen autor, tiene que poseer talentos de nacimiento, como una buena memoria y algo de imaginación. Pero también tiene que poseer un abanico bastante amplio de intereses, un dominio práctico del idioma y un buen conocimiento de información general (cuanto más, mejor) para poder entender lo que el autor está tratando de hacer y ser de ayuda. Un editor tiene que haber leído lo suficiente como para ser capaz de apreciar la buena escritura cuando la ve, y además debe tener una idea de qué tipo de libros compra el público, ya que como es natural ninguna editorial puede sobrevivir si no hay demanda de sus libros, no importa lo bien escritos que estén.

Una de las funciones más importantes de un editor es tratar de mantener un equilibrio entre los intereses de los autores con los que trabaja y los intereses de la casa para la que trabaja. Estos son a menudo idénticos, pero no siempre, y, cuando no lo son, el editor, atrapado entre la espada y la pared, tiene que emplear una diplomacia considerable hacia ambos lados, así como demostrar cierta paciencia, otra cualidad indispensable.

Un editor tiene que ser capaz de llevarse bien con los autores, lo que no siempre es fácil. Cuando la relación es buena, el editor puede ser muy útil al servir como una especie de caja de resonancia para las ideas e intenciones de un autor, y hacer sugerencias encaminadas a afilar y aclarar lo que el autor quiere decir. Además, el editor puede ser de valor a la hora de señalar aquellas partes de un manuscrito que deben ser cortadas, ya que resultan repetitivas, o no aportan nada y resultan innecesarias’.

 

– sobre la preparación de la sucesión en Random House por parte de Cerf con miras a su retiro:

 

‘Justo antes de vender la empresa a RCA había decidido que era el momento de renunciar a la presidencia. Me estaba haciendo mayor, tenía 67 años y Donald 63. Mis hijos no estarían listos aún: Chris tenía solo 23 y Jon 18 años. Nuestra editorial era muy grande, y teníamos que hacer algo acerca de la sucesión. Opino que uno debe escoger su sucesión cuando está todavía activo. Muchas empresas se van al garete porque los dueños piensan que van a durar para siempre, y cuando desaparecen de la escena no hay nadie dispuesto a tomar el relevo. Y hasta que formas a alguien o te topas con la persona adecuada tienes un problema.

Siempre he comparado una empresa con un equipo de béisbol, con los Yankees de Nueva York, por ejemplo. La razón por la que el equipo quedó campeón año tras año era que había gente muy inteligente preocupada por aportar la continuidad necesaria. Mientras el equipo jugaba en el campo, los sustitutos de los jugadores estrellas ya estaban contratados, a la espera de dar un paso adelante y tomar el relevo.

Teníamos a alguien, el hombre adecuado, Robert Bernstein, que se había venido con nosotros de Simon & Schuster unos años antes como gerente de ventas, y había demostrado que tenía todo lo necesario para llevar todas nuestras operaciones. Así que nombramos a Bob presidente y yo seguí como presidente de la Junta. Luego, en 1970, dejé el cargo de presidente y Donald se hizo cargo del puesto, y tanto Phyllis como mi hijo Christopher renunciaron como editores de Random House: Christopher aceptó un puesto en la televisión con Barrio Sésamo y Phyllis se puso a trabajar en proyectos editoriales de manera independiente’.

 

El apartado dedicado al surgimiento y al desarrollo del mercado del libro del bolsillo que se desarrolla entre las páginas 184 y 194 merece una mención aparte —prefiero no citar ningún fragmento porque recomiendo su lectura completa—.

 

 

 

 

 

 

Llamémosla Random House es un libro bastante ameno que si tenemos en cuenta la evolución de RH y del sector del libro desde su publicación inicial en 1977 hasta nuestros días, podríamos decir que habla sobre la prehistoria de una empresa y de una industria que en las últimas décadas han sufrido profundas transformaciones —entre las cuales quizás una de las más destacadas recientemente sea la creación del gigante Penguin Random House como resultado de la fusión entre los grupos editoriales Random House y Penguin, pertenecientes respectivamente a los conglomerados Bertelsmann y Pearson—. A pesar de estas grandes y aceleradas transformaciones, muchos de los planteamientos que Cerf hace en Llamémosla Random House —dejando de lado los razonables sesgos derivados de su vanidad y de su autocomplacencia, que son más que evidentes— siguen gozando de plena vigencia a 35 años de la publicación de sus memorias y varias décadas después de sucedidos muchos de los acontecimientos que en ellas se cuentan y se analizan.

 

nota: todas las negrillas son mías.