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los anglosajones y las predicciones: ¿qué pasará en la industria editorial en 2013?

Durante el mes de diciembre en las publicaciones anglosajonas suelen aparecer predicciones sobre aquello que los expertos prevén que podría pasar durante el año siguiente en los ámbitos de los que se ocupan. Este ejercicio especulativo se basa en gran parte en el conocimiento y en la información privilegiada que poseen dichos expertos con respecto a sus respectivos ámbitos de trabajo. Aquel que conozca la manera como ha evolucionado previamente un tema, que tenga influencia y que cuente con acceso a información privilegiada está en capacidad de hacer un análisis prospectivo sólido identificando tendencias, visualizando escenarios y concibiendo futuribles. Más que de acertar en todo aquello que se dice, se trata de intentar construir un escenario más o menos coherente a partir de los antecedentes existentes y de las señales que se han identificado en el entorno.

 

Es cierto que de repente el curso de las cosas puede cambiar sorpresivamente o que pueden ocurrir eventos inesperados y también es verdad que frente a lo imprevisible no hay experticia que valga. Sin embargo, esto no debería ser un motivo de peso para dejar de realizar este ejercicio especulativo. Además de hacer predicciones para el año que viene, cada diciembre los anglosajones hacen un balance de los aciertos y desaciertos de sus predicciones con respecto al año que está a punto de terminar.

 

 

 

 

En diciembre aparecieron en diferentes publicaciones especializadas varios artículos en los que algunos de los expertos anglosajones más importantes en temas relacionados con el sector del libro presentaron sus predicciones para 2013 con respecto a la industria editorial —en ellas abordaron temas como la continuación de la consolidación de ésta, el posicionamiento de los actores en el mercado a nivel tanto local como global y la evolución de la competencia entre éstos, el sistema de precios, la lectura social, el préstamo de e-books en bibliotecas, la autoedición, el marketing, la descubribilidad, el potencial de desarrollo de los mercados emergentes, el Digital rights management (DRM), los libros enriquecidos, la gamificación o las posibilidades que ofrecen tanto las aplicaciones como el HTML5—. A quien le interese comprender lo que está pasando actualmente en la industria editorial y hacerse una idea con respecto a los posibles rumbos que podría tomar ésta en 2013 le recomiendo leer las siguientes entradas:

 

- Ten Bold Predictions for Ebooks and Digital Publishing in 2013, publicada en Digital Book World

 

- What to watch for in 2013, publicada en The Shatzkin Files

 

What we’ll see in 2013 in digital media, publicada en GIGAOM

 

Trendspotting 2013: Don Linn, publicada en Publishing Trends

 

Trendspotting 2013: Larry Norton, publicada en Publishing Trends

 

Trendspotting 2013: Brendan Cahill, publicada en Publishing Trends

 

TeleRead’s E-Book Market Predictions for 2013, publicada en TeleRead

 

Our e-publishing predictions for 2013, publicada en The Guardian

 

Me pregunto si en nuestro medio la práctica de hacer predicciones es poco común debido a que tenemos un mercado editorial que es bastante opaco, menos dinámico y más conservador por estar mucho más regulado, a que somos menos pragmáticos a la hora de reflexionar y analizar o a que no contamos con argumentos sólidos para entrar en la dinámica del diálogo especulativo bien fundamentado. Y supongo que en el mundo hispanohablante tenemos una capacidad mínima o nula de hacer predicciones con respecto a la evolución del ámbito de lo digital debido en gran parte a nuestra condición periférica y subordinada —además de que como sector no contamos con actores locales que tengan una incidencia a escala global, invertimos pocos recursos en investigación, desarrollado e innovación porque siempre es más fácil “que inventen ellos”—.

la autoedición y la industria editorial: entre amenazas y oportunidades

La autoedición es un tema que viene despertando cada vez más interés —o preocupación— en el sector del libro. De hecho, el auge de la autoedición fue una de las constantes en una buena parte de las predicciones que se publicaron a finales del año pasado con respecto a las tendencias que marcarían el desarrollo de la industria editorial en 2012. Aunque la autoedición no es un fenómeno nuevo, la emergencia de lo digital no sólo ha favorecido sino que también ha potenciado su desarrollo y ha abierto toda una serie de nuevas posibilidades para la publicación, la promoción, la divulgación y la comercialización de todo tipo de libros.

 

Desde hace muchos años es una práctica usual que alguien que tenga la disposición, el tiempo y la disciplina para sentarse a escribir recurra a un sello perteneciente al circuito del vanity publishing para publicar su libro, lo cual presupone una inversión económica nada despreciable. En principio un vanity press está dispuesto a publicar aquellos manuscritos que la industria editorial haya rechazado previamente o que no hayan sido puestos a la consideración de ésta siempre y cuando su autor pueda pagar por su publicación. En este sentido el circuito del vanity publishing tradicionalmente ha acogido a aquellos autores a los que la industria editorial no les ha abierto sus puertas. Hasta aquí nada nuevo.

 

Lo que realmente ha cambiado con la emergencia de lo digital es la estructura y la dinámica de funcionamiento del circuito del vanity publishing: han aparecido diversas plataformas de autoedición en línea, que constituyen un nuevo actor que presta los mismos servicios que un vanity press y algunos otros más que son propios del entorno digital; ha crecido la importancia de un nuevo soporte para el producto autoeditado, que gracias a su desmaterialización ahora es nativo digital —de manera que en muchos casos sólo se imprime bajo demanda o en tiradas muy cortas—; el acceso gratuito a algunas plataformas de autoedición en línea y la desmaterialización del producto autoeditado han provocado una disminución significativa de los recursos que un autor debe invertir para autoeditar su obra; han surgido nuevas formas de difusión y promoción; y, por último, se han ampliado tanto las posibilidades de circulación de las obras publicadas como el alcance potencial de éstas.

 

En síntesis, gracias a las plataformas de autoedición en línea hoy en día es más cierto que nunca que la publicación de una obra está al alcance de cualquiera porque muchas de las barreras de entrada para publicar han desaparecido. Pero esto no tiene nada que ver ni con la calidad del contenido de la obra ni con su valor como producto comercial, que al ser cuestiones totalmente ajenas a la posibilidad de publicar deben ser evaluadas aparte —lo cual a menudo también es parcial o totalmente cierto en el caso de la industria editorial tradicional—.

 

 

 

 

Con respecto al estado actual de la autoedición y a las posibilidades de ésta recomiendo leer el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, de Arantxa Mellado —publicado en el número 17 de la revista Texturas—. Como en su artículo Arantxa analiza detallada y acertadamente los puntos fundamentales con respecto a la cuestión de la autoedición —ojo tanto a las tipologías de autores que propone como a su planteamiento sobre las posibles relaciones que las editoriales pueden entablar con éstos—, no voy a profundizar en el tema y sólo voy a llamar la atención sobre unos pocos aspectos relacionados con éste que me parecen esenciales.

 

- a medida que la autoedición siga ganando importancia, para la industria editorial tradicional cada vez será más crítico aprender a convivir con ella y a establecer relaciones con los actores que pertenecen a su entorno o que tienen vínculos con éste.

 

- de momento para muchos autores el prestigio sigue estando vinculado a la publicación en papel bajo la marca de un sello editorial —que a su vez es una fuente de autoridad y de legitimidad para los lectores—, de manera que a menudo la obra en digital es vista como un producto complementario cuya importancia es secundaria.

 

- la venta a precios bajos o la oferta gratuita de las obras autoeditadas sugiere una revaluación del valor percibido del libro como producto, lo cual sin lugar a dudas repercute sobre la producción de la industria editorial tradicional. Los precios bajos y la oferta gratuita pueden llevar a una distorsión o a una degradación del valor percibido de los contenidos independientemente de cuáles sean su origen, su soporte y su formato.

 

- la proliferación de contenidos autoeditados presupone un reto para la gestión de la economía de la atención, por lo cual para los lectores cuya disponibilidad tanto de tiempo como de dinero es limitada puede ser importante minimizar el riesgo apostando por valores seguros.

 

- la autoedición es un caldo de cultivo riquísimo que los editores pueden explorar en busca de nuevos valores. Gracias a esta exploración los editores pueden comprar los derechos de publicación de aquellas obras autoeditadas por sus autores que tengan una mayor calidad, que sean más atractivas y que mejor hayan estado vendiéndose —como ha sucedido con figuras como Amanda Hocking y John Locke—. Mediante esta estrategia de pescar en río revuelto los editores pueden reducir el riesgo que presupone apostar por publicar y dar a conocer a un autor principiante o poco conocido en la medida en que pueden ahorrar tanto en el pago por derechos de obras cuya rentabilidad es nula o mínima como en gastos de promoción.

 

- las plataformas de autoedición podrían estar en capacidad de sustituir al menos parcialmente a distintos actores de la cadena de valor al asumir algunas de las funciones que éstos han ejercido tradicionalmente y en las que se fundamentan tanto su negocio como su razón de ser.

 

 

 

 

 

***

 

Durante una mesa redonda sobre gestión de derechos digitales que tuvo lugar en el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) que se celebró en Tenerife en septiembre de 2010, mientras se discutía acerca de la adopción de e-readers y de la venta de e-books un escritor español cerró cualquier posibilidad de continuar alimentando la reflexión y el debate pronunciando las siguientes palabras: ¡’a mí que ahora no vengan a hablarme de Japón’!

 

Aunque el escritor en cuestión tenía algo de razón en la medida en que la realidad española y la japonesa difieren en muchos sentidos en lo relacionado tanto con la adopción de tecnologías como con el consumo de contenidos, su respuesta crispada me pareció una salida en falso. En el blog Sin tinta el periodista Fernando García está recogiendo testimonios de distintos autores que dan cuenta de su experiencia con la autoedición en España. A quien no quiera que le hablen ni de Estados Unidos ni de Japón en materia de autoedición pero esté interesado en conocer el estado de la cuestión en nuestro entorno, le recomiendo echarle un ojo al interesante trabajo que Fernando está haciendo sobre este tema.

 

Quienes vean la autoedición como una amenaza quizás encuentren un cierto alivio momentáneo en las palabras que Ursula Mackenzie —editora de Little, Brown Book Group y presidenta del Trade Publishers Council (TPC) de The Publishers Association— escribió en su artículo “The Digital Era Has Not Made Publishers Defunct”, publicado en agosto de 2010 en The Guardian:

 

‘A muchos lectores les gusta saber que el libro que van a leer durante su valioso tiempo ha sido filtrado a través de un proceso de selección hecho por personas cuyo trabajo consiste en guiar al lector hacia lo que quiere y en asegurarse de que éste invertirá su tiempo —y su dinero— sabiamente’.

 

 

 

 

Vale la pena prestarle atención a la autoedición porque su evolución seguirá dando de qué hablar en la medida en que su crecimiento continúe y en que el aumento de su popularidad le permita consolidarse como un circuito alternativo —y complementario— al de la industria editorial tradicional.

Miércoles, noviembre 24, 2010 categorizado bajo autoedición, destacados, e-book, edición digital

rebelión en la red: the people vs. amazon?

Hace un par de semanas Amazon volvió a protagonizar una polémica debido a la aparición en su Kindle Store de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure, un e-book autopublicado por Phillip R Greaves 2nd. Al parecer todo empezó con una entrada publicada el 10 de noviembre en TechCrunch en la que se alertaba sobre la presencia en el catálogo de la Kindle Store de un libro sobre pedofilia que se vendía por 4.79 dólares.

Según reportó TechCrunch en una actualización de la entrada en la que lanzó la alerta, la respuesta que Amazon dio en su momento a las manifestaciones de los usuarios en contra de la presencia de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure en su Kindle Store fue la siguiente:

Amazon cree que es censura no vender ciertos libros solamente porque nosotros u otros crean que su mensaje es objetable. Amazon no apoya ni promueve actos criminales o de odio pero sí apoya el derecho de cada individuo a tomar sus propias decisiones de compra’.

Ante esta situación la reacción de un grupo de usuarios de Internet no se hizo esperar: el libro recibió una una cascada de votos negativos en la Kindle Store, se creó un grupo en Facebook llamado “Boycott AMAZONnow for Carrying The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure y en Twitter miles de personas hicieron eco de la noticia y sentaron su posición al respecto —una parte importante de ellas en contra de Amazon—. Y, claro, adicionalmente las ventas del libro se dispararon.

Supongo que debido no sólo a las presiones de los usuarios sino también a la manera como los comentarios aparecidos en la prensa —sobre todo en las publicaciones que se ocupan de la actualidad del sector editorial— podrían perjudicar su imagen, finalmente el 11 de noviembre Amazon decidió ceder y retirar el libro de la Kindle Store. Desde entonces el resultado que arroja la búsqueda del libro en Amazon es el siguiente:

Esta situación me lleva a plantearme dos preguntas: ¿cuál es el precio que deben pagar los miembros de la cadena de valor del sector editorial por publicar o comercializar contenidos que fomenten, promuevan o exalten posturas, prácticas y actitudes que van en contra de los valores establecidos, de lo comúnmente aceptado o de la legalidad? ¿Cuál es en este caso la responsabilidad de Amazon en su condición de proveedor de una plataforma tanto de autopublicación como de comercialización de contenidos?

Ni éste es el primer escándalo protagonizado por Amazon ni ésta es la primera vez que los usuarios montan un boicot en contra suya debido a sus salidas en falso. Entre otros boicots de algunos grupos de usuarios que han tenido lugar en Amazon se destacan los siguientes:

- la campaña contra las editoriales que suscriben el agency model en el Reino Unido —Hachette, Penguin y HarperCollins— en señal de protesta contra su política de precios. Esta campaña consistió en invitar a los usuarios a no comprar e-books de estas editoriales y a darles votos negativos a los títulos de sus grandes autores (ver el artículo “Customer anger at agency ‘price fixing’ in Kindle forum”, de The Bookseller).

- la iniciativa contra los e-books que costaban más de 9.99 dólares (ver la entrada “Readers Boycotting Kindle Titles Priced Above $9.99″, de O’Reilly radar).

También vale la pena recordar otras acciones polémicas de Amazon que no sólo han provocado enfrentamientos tanto con diferentes actores del sector como con los usuarios que han visto vulnerados sus intereses, sino que también han dado mucho de qué hablar:

- el retiro por parte de Amazon del botón de compra de su oferta de e-books de la filial estadounidense de Macmillan al no llegar a un acuerdo con ésta en torno al precio de venta de sus títulos (ver los artículos “Macmillan US chief: Amazon deal ‘near to hand’” y “Macmillan US and Amazon.com settle e-books dispute”, de The Bookseller).

- el retiro tanto de 1984 como de Animal Farm, de George Orwell, de la biblioteca digital de los usuarios que habían comprado en la Kindle Store estos dos títulos que Amazon estaba vendiendo sin la autorización de su editor (ver los artículos “Amazon Erases Orwell Books From Kindle”, de The New York Times, y “Amazon likened to Big Brother after deleting 1984 from Kindles”, de The Bookseller).

- el intento de incorporar en el Kindle 2 una funcionalidad a través de la cual se pretendía que una voz generada por ordenador leyera en voz alta los textos de los e-books (ver el artículo “New Kindle Audio Feature Causes a Stir”, de The Wall Street Journal).

En la mayoría de estos casos Amazon ha terminado por llegar a acuerdos con los actores del sector que han ejercido una presión en su contra tras ver sus intereses vulnerados por algunas de sus políticas y prácticas, por modificar algunos de sus planteamientos con respecto a éstas o por pedir disculpas a los perjudicados por sus acciones.

Gracias a la capacidad de diseminación y de movilización que tiene Internet, noticias como la publicación de The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure y las reacciones suscitadas por ésta tienen en la Web un eco y una repercusión impensables en el mundo offline. Esto quiere decir que no escuchar las demandas del usuario, desconocer sus derechos y pasar por encima suyo hoy en día puede tener un coste altísimo cuyos efectos pueden ser particularmente perjudiciales para empresas nativas digitales que tienen un posicionamiento, un reconocimiento y una reputación que no se derivan de una presencia previa en el mundo analógico. En síntesis, “el que la hace, la paga” —como dice el slogan de la campaña de Transports Metropolitans de Barcelona para evitar que la gente se cuele en el transporte público—.

Aunque no cabe duda de que todas estas situaciones han perjudicado la imagen de Amazon, también es verdad que las políticas globales y las acciones puntuales siempre se pueden rectificar —aunque está claro que el importe de la cuenta de cobro depende no sólo de la naturaleza y de las razones del enfrentamiento, sino también de cómo y cuándo se reaccione—. Al respecto hay que decir dos cosas: en primer lugar, que tanto la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos como la avalancha de flujos de información a la que estamos sometidos hacen que hoy en día la actualidad sea bastante efímera y que lo que es noticia en un momento dado sea olvidado rápidamente; y, en segundo lugar, que si se quiere recuperar la memoria de una situación particular que haya tenido una cierta publicidad actualmente es posible desenterrarla del olvido y reconstruirla gracias a ese gran repositorio de contenidos que es la Web.

¿quién no necesita un editor?

Hace unas semanas en la revista Newsweek apareció un artículo titulado “Who Needs a Publisher?” (“¿Quién necesita un editor?”), que en el fondo sugiere que las editoriales se han vuelto prescindibles porque al publicar sus obras en las plataformas de autopublicación existentes hoy en día los autores pueden no sólo darlas a conocer sino también convertirlas en éxitos comerciales y ganar mucho dinero con ellas. El artículo empieza contando la historia de Boyd Morrison, quien mientras hacía un doctorado en Ingeniería empezó a escribir novelas. Cuenta el artículo que tras sufrir durante años el rechazo de varios agentes y editores, en marzo de 2009 Morrison publicó sus obras en la Kindle Store de Amazon y al cabo de unos meses estaba vendiendo 4000 libros mensuales. Pero el éxito de Morrison va mucho más allá: en mayo pasado la editorial Simon & Schuster publicó en tapa dura una de sus novelas autopublicadas.

A continuación el artículo cita a Bob Young, director ejecutivo de Lulu.com, quien dice que ‘la publicación y la distribución de libros en línea no será la vieja industria del libro trasladada a una nueva plataforma. Será una nueva industria dependiente no de best sellers sino de publicaciones de nicho’.

Luego el artículo menciona la diferencia entre el porcentaje de regalías que los editores tradicionales y las plataformas de autopublicación le dan al autor por la venta de sus libros: mientras que por la publicación de un libro de bolsillo un editor tradicional les da entre el 8% y el 9%, ‘en la mayoría de los acuerdos de autopublicación los autores reciben entre el 70% y el 80% de las regalías’.

Según el artículo, una de las claves del éxito de la autopublicación está en el precio de los libros: si un e-book autopublicado cuesta 2.99 dólares, el precio de un libro en tapa dura publicado por un editor ronda los 25 dólares.

De este artículo que a partir de un par de casos de éxito dibuja un panorama casi idílico me llama más la atención lo que omite que lo que dice. Por ningún lado hay información con respecto a las plataformas de autopublicación —cuántos autores son usuarios de ellas, cuánto dinero mueven éstas, el porcentaje de autores que logran ganar algo de dinero publicando sus libros allí, los diferentes rangos de cifras de ventas y el porcentaje de títulos y autores que abarca cada uno de ellos, etc.—, a las estrategias a las que han recurrido los autores que han conseguido un cierto éxito en ventas para dar a conocer y vender sus libros publicados en estas plataformas, a los recursos que han debido invertir para ponerlas en marcha, a la acogida que han tenido sus obras entre sus lectores o al punto de vista de algún sector de lo que podríamos llamar “la industria editorial tradicional”.

Presentados fuera de contexto, estos casos de éxito y estas cifras confunden y engañan más de lo que informan y aclaran. Este artículo de Newsweek pone en evidencia la falta de rigor de algunos medios generalistas tradicionales a la hora de abordar ciertos temas desde una perspectiva en la que se conjuguen un mínimo de contextualización, profundización y análisis.

Gracias a las transformaciones que se están produciendo debido a la emergencia de lo digital estamos frente a un escenario híbrido en el que el modelo de edición tradicional convivirá durante años con el de los contenidos digitales y en el que la supervivencia de las editoriales que vienen del mundo del papel seguramente dependerá de su capacidad no sólo de adaptarse a las nuevas condiciones de su entorno sino también de incidir en su configuración.

En 2001 Jason Epstein ya comentaba en La industria del libro que gracias a las tecnologías digitales muy pronto los autores podrían publicar, promocionar y vender sus libros sin la mediación de agentes literarios y editores.

Un argumento a favor de los planteamientos de Epstein y del artículo de Newsweek es la decisión de Seth Godin, quien el pasado 23 de agosto anunció en una entrada de su blog titulada “Moving on” que ‘Linchpin será mi último libro publicado de la manera tradicional’.

Así explica Godin su decisión en su entrada:

‘Mientras que el medio cambia los editores están a la defensiva …. Honestamente no puedo pensar en un solo editor de libros tradicional que en la última década haya liderado el desarrollo de una innovación de mercado o de marketing exitosa. La pregunta que siempre se hacen las empresas parece ser: “¿cómo va este cambio en el mercado a perjudicar nuestro negocio?” Para ser breve: no estoy seguro de que yo le sirva a mi público (es decir, a usted) preocupándome por cómo un nuevo enfoque va a ayudar o a perjudicar a Barnes & Noble (…)

He dado un gran rodeo para decir que mientras los métodos de difusión de las ideas y de relacionarse con las personas cambian sin cesar, yo no puedo pensar en una buena razón para estar a la defensiva. Han pasado años desde que me desperté en la mañana diciendo: “Necesito escribir un libro, me pregunto sobre qué debería ser”. En cambio, mi misión es averiguar quiénes componen su audiencia y llevarlos a donde quieran ir en el formato que funcione incluso si no se trata de un libro publicado de la manera tradicional’.

Yo no comparto del todo el entusiasmo de Epstein con respecto a la capacidad de los autores de hacerlo todo por sí mismos y matizaría sus afirmaciones porque la explosión de contenidos a la que estamos expuestos actualmente hace más necesaria que nunca la mediación prescriptora de editores, libreros y comentaristas de libros —sobre todo teniendo en cuenta que no cualquiera que escriba tiene ni el conocimiento tanto del marketing como del mundo digital ni mucho menos la capacidad de generación de opinión de Seth Godin—. Aunque en este momento sólo se me vienen a la cabeza un par de casos de éxito cercanos en el campo de la autopublicación, cada vez conozco más autores que apuestan por jugar un rol activo en la promoción de sus libros publicados por editores tradicionales.

En una entrevista publicada recientemente en Sobre edición la editora argentina Julieta Lionetti se refiere justamente a la importancia creciente que tiene para los autores disponer de una red y de una plataforma de visibilidad propias. Al respecto dice Lionetti:

‘Ahora los editores tradicionales les exigen con mayor frecuencia a sus autores que aporten una plataforma mediática. Si un autor no tiene plataforma, es muy probable que nunca sea publicado por un editor respetable’.

Visto el impacto de los cambios que estamos viviendo actualmente gracias a la emergencia de lo digital, no descarto que en algún momento el escenario sin la mediación de agentes y editores al que se viene refiriendo Epstein desde 2001 deje de ser algo probable y se convierta en una realidad incontrovertible.

Sin embargo, creo que para conseguir que sus libros se vean, se vendan y se lean hoy en día los autores siguen necesitando en una medida importante una serie de recursos que los editores ponen a su disposición: su know how con respecto a su oficio, su conocimiento del mercado, el aparato de su estructura organizacional, el apoyo de su red y el respaldo de su marca —lo cual no es poca cosa—.

Viernes, febrero 22, 2008 categorizado bajo autoedición, edición, industria editorial

dos artículos sobre la autopublicación

La autopublicación es un tema que nunca me había interesado mucho pero que a raíz de dos artículos que me encontré esta semana empieza a suscitarme algunas preguntas a las que me referiré en los próximos días. Los artículos en cuestión son los siguientes:

- “borders self-publishing and the idea of vanity”, en el blog if:book

- “self-publish boom challenging old order”, en The Guardian


Sobre la idea de vanidad, la entrada de if:book dice los siguiente:


‘In the realm of print, there is (or traditionally has been) something vain, pretentious, even delusional, in the laying out of cash to simulate a kind of publication that is normally granted, by the forces of economics and cultural arbitration, to a talented or lucky few. Of course, so-called vanity publishing can also come from a pure impulse to get something out into the world that no one is willing to pay for, but generally speaking, it is something we’ve looked down on. Blogs, MySpace, personal web pages and the like arise out of a different set of socio-economic conditions. The barriers to publication are incredibly low (digital divide notwithstanding), and so authorship online is perceived differently than in print, even if it still arises out of the same basic need to communicate. It feels more like simply taking part in a conversation, participating in a commons. One is not immediately suspicious of the author’s credibility in quite the same way as when the self-financed publication is in print’.


Acerca de iniciativas de autopublicación como la de Lulu y Borders, la de Booksurge —comprada hace poco por Amazon—, la de iUniverse, la de Blurb o la de ColdTreePress, el artículo de The Guardian se refiere a los esfuerzos que están haciendo estas empresas para que incluso quienes menos saben de informática puedan gestionar fácilmente desde su ordenador personal la publicación de sus libros y, de esta manera, ampliar su mercado al máximo. Dice el artículo:


‘While self-publish companies stress the ease-of-use of their tools there is no doubt that authors – particularly those older and less computer-savvy – may be intimidated by going it totally alone. This has led to a subset of the self-publishing trend … the rise in “assisted self-publishing” or “subsidy publishing” from companies such as Ecademy Press and AuthorHouse.


According to self-publish consultant, Mindy Gibbins-Klein, who operates The Book Midwife in St. Albans, Herts, that option could also be a better bet particularly for business people who want to write a book to demonstrate their insider knowledge on a particular subject.


“Using a cooperative publisher also ensures a greater level of quality control. If people are publishing to declare their expertise and raise their credibility in business, they need to make sure their books reflect that,” she says.


It is not only business people who want to self-publish. Lulu’s Pate says an ageing population, with more money, more life experience and more time on their hands to write will combine with the new and improving technologies to help drive the self-publish business.


“The ubiquitous use of Microsoft Word together with desktop publishing software, digital printing technologies and workflow solutions linked to the internet and “bang, you have got a whole new market that could not exist without each of those pieces together”’.