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los caminos hacia la publicación

Con frecuencia me pasa que algún amigo, familiar o conocido que sabe que trabajo en edición de libros me dice que le gustaría publicar algo que ha escrito o que tiene un amigo, un familiar o un conocido que se encuentra en esta situación. Generalmente se trata de novelas, de colecciones de relatos, de poemarios, de memorias, de autobiografías, de historias familiares o de textos inclasificables. Mucha gente no sólo está convencida de que tiene cosas que decir, sino que además necesita decirlas. Y quienes no cuentan con esta mezcla de convicción y necesidad seguramente tienen en su entorno cercano al menos a un par de personas que han pasado decenas de horas de su vida escribiendo. No importa si escriben a mano o si lo hacen en una máquina de escribir o en un ordenador. En los cajones de los muebles de las casas, en los discos duros de los ordenadores y en la nube se almacenan millones de manuscritos inéditos que esperan ver la luz algún día —o mejor dicho: que a sus autores les gustaría publicar—.

 

En esta entrada me ocuparé de situaciones a las que con frecuencia tienen que enfrentarse los autores primerizos, desconocidos o poco conocidos, de manera que quizás muy poco o casi nada de lo que diga a continuación sea aplicable a figuras reconocidas o consagradas. Aunque es probable que en los inicios de su carrera Ken Follet, Javier Marías, Paulo Coelho, Milan Kundera, Javier Sierra y otros autores cuyos libros hoy en día venden decenas de miles de ejemplares —y cuya última novedad actualmente se encuentra en la lista de los más vendidos en España— hayan tenido que enfrentarse a algunas de las circunstancias que describiré a continuación.

 

 

 

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Cuando un autor primerizo, desconocido o poco conocido que quiere publicar algo me aborda para hacerme una consulta normalmente le pregunto si sabe cómo funciona el proceso de publicación y comercialización de un libro, en caso de que su respuesta sea negativa se lo explico brevemente y finalmente le pido que me describa a grandes rasgos su manuscrito para saber de qué tipo de texto estamos hablando. En ocasiones los autores simplemente han escrito algo y quieren averiguar qué tienen que hacer para publicarlo. Otras veces los autores ya han enviado sus manuscritos tanto a editoriales como a concursos, obteniendo una amplia gama de posibles resultados: premios, menciones y otros reconocimientos, elogios y muestras de interés, declaraciones de intenciones de publicarlos, mensajes de rechazo —personalizados o genéricos— y silencio administrativo. Cuando los dos últimos casos se han repetido sistemáticamente, la mayor parte de las veces tengo la impresión de que los autores sienten que ya han agotado todas las opciones posibles y que creen que contar con la orientación de alguien que está metido en el mundo editorial podría suponer el renacer de la esperanza de publicar su manuscrito.

 

Ante este panorama es comprensible que las actitudes de estos autores vayan desde el entusiasmo, la confianza en sí mismos y en su trabajo, la expectación o la arrogancia hasta la frustración, la baja autoestima, la desesperanza y las ganas de tirar la toalla. A menudo estos autores quieren recibir un feedback o una valoración con respecto a su manuscrito aunque tampoco falta el que afirma que éste es la última maravilla, que quienes lo han leído hasta ahora pueden dar fe de ello y que no entiende por qué los editores no le hacen caso.

 

Los autores que aspiren a publicar su primer libro deberían saber que no existe un único camino hacia la publicación y que cada vez tienen más alternativas a su disposición para darle salida a su trabajo. Los principales caminos que hoy en día puede tomar un autor para publicar son los siguientes:

 

la edición tradicional: una editorial compra los derechos para publicar y comercializar las obras de los autores y les paga a éstos unas regalías sobre las ventas.

la edición a cuenta del autor: una editorial perteneciente al circuito del vanity publishing les cobra a los autores por publicar sus obras bajo su sello así como por la prestación de servicios editoriales. Algunas editoriales que se dedican al negocio de la edición a cuenta del autor prefieren llamarla “coedición”.

la autopublicación en plataformas en línea: los autores pueden transformar sus manuscritos en e-books para publicarlos y venderlos u ofrecerlos para descarga gratuita en las plataformas de autopublicación en línea —que cobran un porcentaje sobre las ventas—. Algunas de estas plataformas también les permiten a los autores ofrecer sus libros en papel a través de un sistema de impresión bajo demanda.

– la publicación vía micromecenazgo —o crowdfunding: los autores montan campañas para recoger pequeñas aportaciones económicas del mayor número posible de donantes con el propósito de financiar la publicación de su manuscrito. Estas campañas normalmente se desarrollan en plataformas de crowdfunding que funcionan en línea.

 

 

 

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Como el mercado está dividido en una gran variedad de circuitos, segmentos y nichos, es importante que cada manuscrito encuentre su lugar en él de acuerdo con aspectos como el género y el subgénero a los que pertenece, su temática, el perfil del autor e incluso el estilo de su escritura. Debido a lo anterior es importante que los autores se familiaricen con el entorno editorial y que identifiquen los espacios donde su manuscrito podría tener posibilidades de ser publicado de manera que una vez hayan hecho estas dos tareas examinen minuciosa y detenidamente las distintas alternativas existentes para su publicación, valoren los pros y los contras de cada una de ellas, tomen una decisión con respecto al camino a seguir para alcanzar su objetivo y se pongan manos a la obra.

 

La planificación y la puesta en marcha de estas gestiones es justamente uno de los servicios que les prestan las agencias literarias a los autores. Optar por gestionar personalmente todas estas acciones o verse obligado a hacerlo puede suponer grandes dificultades para los autores que no tienen un agente literario. Y si nos ponemos a hablar de todo lo relacionado con la negociación de las cláusulas de los contratos, con la venta de derechos subsidiarios y con las liquidaciones, es evidente que para los autores que por la razón que sea no son representados por un agente literario las dificultades prácticas son todavía mayores.

 

Hay otro detalle importante que los autores poco o nada experimentados en el campo de la publicación deberían saber: cuando se termina y se publica un libro todavía queda mucho por hacer. Es decir, que para los autores acabar y publicar un libro marca la exitosa superación de las dos primeras fases de una carrera de largo aliento en la que hay una serie de acciones de distribución, comercialización, comunicación, promoción, marketing, relaciones públicas y seguimiento cuya puesta en marcha es fundamental para llegar a la meta en una buena posición. En fin, la escritura y la publicación de un libro son el principio y no el final de un proceso.

 

A quienes les interese este tema les recomiendo los siguientes libros que tocan muchos de los aspectos a los que he hecho referencia en esta entrada:

 

– Marketing para escritores, de Neus Arqués

Éxito, de Íñigo García Ureta

¡Quiero publicar mi libro!, de Juan Triviño Guirado

 

 

 

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Próximamente publicaré algunas entradas en las que analizaré las posibilidades y las limitaciones de los diferentes caminos que los autores pueden tomar para publicar sus manuscritos.

rigor, control de calidad y veracidad en la edición de no ficción

El pasado 3 de septiembre apareció en The Atlantic el interesante artículo “Book Publishing, Not Fact-Checking”, de Kate Newman. En su artículo Newman aborda el problema de la verificación de datos en la edición de libros de no ficción. Newman cita a Craig Silverman, quien mientras escribía su libro Regret the Error hizo un sondeo con respecto al nivel de verificación de datos que la gente creía que se aplicaba en tres tipos diferentes de publicaciones: libros, revistas y periódicos. Según Silverman, la mayor parte de la gente con la que habló creía que el nivel de verificación de datos era más alto en los libros que en las revistas y en los periódicos.

 

 

 

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Tras presentar en la parte inicial de su artículo el caso de dos libros que se basan en la historia de la activista por los derechos humanos Somaly Mam —que desde que salió a la luz fue dada por verdadera pero que presuntamente es falsa, según se denunció hace un tiempo— sobre la manera como fue prostituida durante su niñez en Camboya y mencionar algunos ejemplos más, Newman hace dos afirmaciones que desvirtúan la creencia popular según la cual en los libros hay un alto nivel de verificación de datos:

 

1. la mayoría de los libros no son sometidos a verificación de datos.

2. muchos lectores no se dan cuenta de que la verificación de datos nunca ha sido una práctica habitual en el mundo de la edición de libros.

 

Newman destaca el hecho de que ante un fraude como el de Mam las críticas hayan recaído más sobre los autores que en sus libros han dado cuenta de su “heroica” historia y sobre ella misma que sobre las editoriales que han publicado dichos libros. En su artículo Newman comenta que ‘las casas editoriales carecen de los fondos para realizar operaciones de verificación de datos pero este argumento cada vez es más difícil de aceptar, particularmente cuando se trata de grandes sellos’.

 

Para mí está claro que en el caso de la no ficción tanto los autores como las editoriales tienen una responsabilidad con respecto a la veracidad, a la exactitud y a la fiabilidad de los contenidos que se publican. Más vale que durante el proceso de edición los contenidos sean sometidos a los controles de calidad más estrictos para que en caso de enfrentarse a cuestionamientos o polémicas los autores y las editoriales puedan defender el valor y la solidez de su trabajo, evitando así poner en peligro la credibilidad y el prestigio que han construido. Lo que no tengo tan claro es hasta dónde llega la responsabilidad de los autores y dónde empiezan las editoriales a ser responsables. En mi opinión, estamos ante una frontera bastante difusa pero quisiera hacer algunas consideraciones con respecto a la importancia de que las editoriales asuman una parte importante de esta responsabilidad. Como soy plenamente consciente de que se trata de una responsabilidad compartida, no pretendo liberar a los autores de ésta y atribuírsela totalmente a las editoriales. Quiero más bien llamar la atención sobre las diferencias existentes entre la naturaleza y el estatus de las editoriales y los autores.

 

 

 

TRUTHOMETER

 

 

 

Hay algunos factores de carácter estructural en los que las editoriales se diferencian significativamente de los autores:

 

– tienen una capacidad operativa y una disponibilidad de recursos mayores.

– cuentan con una experticia y un know-how bastante amplios y profundos en relación con los procesos de edición de contenidos.

– son marcas corporativas que tienen un entorno, un abanico de productos y servicios, una proyección y un ciclo de vida muchos más amplios que los autores, que son marcas personales.

 

Estos tres factores de carácter estructural son la fuente de un factor diferencial necesario para explicar por qué en términos de veracidad, credibilidad y fiabilidad los contenidos de no ficción que las editoriales publican podrían ser más confiables que aquellos que sean publicados directamente por sus autores sin someterlos a ningún filtro previo. Si ahora que las barreras de entrada para producir y publicar contenidos se han venido abajo hasta prácticamente desaparecer se necesitan argumentos en defensa del valor que aportan las editoriales, creo que en factores como éstos podríamos encontrarlos. Ahora bien, en este contexto las editoriales tendrían que demostrarnos que efectivamente están aportando un valor que los autores que se autopublican no están en capacidad de ofrecer. Para bien o para mal las editoriales ya no son los guardianes exclusivos del acceso a la publicación, por lo que su autoridad no puede seguir dándose por sentado así como hoy en día la naturaleza física del libro en papel tampoco es garantía de nada.

 

 

 

FACTCHECK

 

 

 

En el vasto campo de la no ficción hoy en día las editoriales pueden aportar el valor necesario para ganar autoridad y reforzarla de cara tanto a sus competidores como a los autores que se autopublican no sólo mediante la verificación de datos, sino también a través de la inclusión en sus libros de piezas complementarias de diversos tipos que enriquezcan el contenido y que al ampliar la perspectiva permitan profundizar en los temas de los que éste se ocupa: índices onomásticos, aparatos críticos, elementos contextuales, glosarios, listados exhaustivos de fuentes documentales de diferentes naturalezas, tablas y gráficos, infografías, ilustraciones, líneas de tiempo, recursos multimedia, etc.

 

Aunque es verdad que los autores que se autopublican también están en capacidad de producir estas piezas complementarias para enriquecer los contenidos de sus libros, las editoriales pueden hacerlo más cómodamente porque su capacidad operativa y los recursos que tienen a su disposición son mucho mayores. La inclusión de este tipo de piezas complementarias en el contenido de una obra de no ficción aporta un valor que marca una diferencia entre los libros que las tienen y aquellos que no. Como lector valoro particularmente los libros que me suministran un conjunto de contenidos de esta naturaleza.

 

Quizás la amenaza que las editoriales ven en los autores que se autopublican se convierta en un incentivo para que muchas de las que trabajan en el ámbito de la no ficción no sólo apuesten por tratar la información con más rigor con el propósito de reforzar su credibilidad de cara a sus públicos, sino que además aprovechen los recursos que tienen a su disposición para producir contenidos más ricos y mejores.

 

A quien le interese profundizar en este tema le recomiendo echarle un ojo a la entrada “la verificación de datos y la credibilidad en la producción de contenidos”, que publiqué en febrero de 2013.

la circulación de la obra de los autores hispanohablantes: los derechos y los libros

Cada cierto tiempo vuelvo sobre un tema que no deja de parecerme preocupante: la dificultad para encontrar en un país del ámbito hispanohablante libros escritos por autores provenientes de otros países donde también se habla español. Por ejemplo, en las librerías uruguayas, guatemaltecas, peruanas, hondureñas o colombianas no es fácil encontrar libros de autores nicaragüenses, chilenos, salvadoreños, venezolanos o mexicanos al menos que se trate de ciertas figuras que garanticen un volumen de ventas enorme o al menos considerable.

 

Esta dificultad es evidente salvo en el caso de unas cuantas figuras pertenecientes al circuito del best seller y de algunas firmas que aunque venden mucho menos gozan de un cierto prestigio a nivel internacional. Si nos ocupamos solamente de autores literarios vivos, en el grupo de los autores cuyos libros se venden masivamente entrarían figuras como Isabel Allende, Javier Cercas, Ildefonso Falcones, Gabriel García Márquez, Javier Marías, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Juan José Millás, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Carlos Ruiz Zafón, Javier Sierra y Mario Vargas Llosa; y el grupo de los autores prestigiosos cuyos libros tienen ventas considerables sin llegar a ser best sellers incluiría firmas como a Martín Caparrós, Rodrigo Fresán, Yuri Herrera, Alberto Manguel, Guadalupe Nettel, Andrés Neuman, Edmundo Paz Soldán, Ricardo Piglia, Álvaro Pombo, Elena Poniatowska, Santiago Roncagliolo, Marcela Serrano, Juan Gabriel Vásquez, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro o Jorge Volpi.

 

 

 

 

 

Cuando los libros de estos tipos de autores traspasan las fronteras de sus países de origen y llegan a otros territorios del ámbito hispanohablante normalmente lo hacen a través de las filiales locales de los grandes grupos —no sólo PlanetaPenguin Random House y Prisa ediciones*, sino también Ediciones B y el Fondo de Cultura Económica— y de algunas editoriales medianas españolas como Anagrama, RBARoca y Siruela. Y algunas veces los libros de los autores en cuestión también llegan a diferentes países del mundo hispanohablante mediante editoriales más pequeñas como AlmadíaAlpha DecayDuomoEterna CadenciaLa Bestia EquiláteraPáginas de espumaPeriféricaPre-textos o Sexto piso.

 

Hace unas semanas comenté el caso de algunas editoriales argentinas cuyos libros se están distribuyendo en España, lo cual me suscita dos preguntas: ¿hay otros países hispanohablantes a los que hoy en día estén llegando de una manera más o menos continua los libros de estas editoriales argentinas? ¿Cuáles editoriales de países hispanohablantes están exportando actualmente sus libros a otros territorio de nuestro mismo ámbito lingüístico?

 

El problema de circulación que supone la dificultad para encontrar en un país hispanohablante las obras escritas por el grueso de los autores de otros países donde se habla español es típico de un mundo analógico en el que las librerías físicas venden libros en papel. Esta situación podría estar empezando a cambiar con la emergencia de lo digital debido a que a la dinámica tradicional hay que sumarle la venta tanto de libros en papel como de e-books a través de plataformas de comercio electrónico —con respecto a este tema recomiendo leer la entrada “El escenario digital Iberoamericano”, publicada recientemente por Manuel Gil en Antinomias libro—. Si la escasez es lo que define el mundo de las mercancías y las tiendas físicas, en el universo de lo digital lo que prima es la abundancia.

 

La manera como está configurado el mercado editorial hispanohablante así como su fragmentación y su vastedad desde el punto de vista geográfico son algunos de los factores que dificultan la circulación del libro en español. En el caso hipotético de que las condiciones jurídicas y económicas que dificultan la circulación del libro se superaran, habría que preguntarse hasta qué punto la producción editorial de un país es susceptible de despertar el interés de los lectores de otros países. Buscar posibles respuestas a esta pregunta ayudaría a comprender la relación entre la oferta y la demanda en el mercado de cada país así como en todo el ámbito hispanohablante.

 

 

 

 

 

 

Hasta ahora casi siempre he abordado esta dificultad en clave de editoriales y libros. Es decir, que la mayoría de las veces que he reflexionado sobre este problema me he centrado en la exportación de libros por parte de las editoriales. He estado pensando fundamentalmente en el caso de editoriales que exportan o que están interesadas en exportar los libros que publican para que éstos lleguen a países distintos del suyo.

 

¿Y si al abordar este problema me enfoco en las agencias literarias y en los derechos en lugar de centrarme en las editoriales y en los libros? Al fin y al cabo como actor de la cadena de valor las agencias literarias son intermediarios fundamentales que tienen a su cargo la función de facilitar la llegada del trabajo de sus representados a tantos mercados como sea posible —aunque hay que decir que en el ámbito hispanohablante muchos autores siguen sin recurrir a ellas—. En este caso el negocio de la internacionalización de la obra de los autores está directamente en manos de las agencias literarias que los representan, que les venden los derechos a las editoriales para que comercialicen los libros que publican en los territorios geográficos cubiertos por los contratos. Es decir, que el negocio de las editoriales se circunscribe a los límites de territorios específicos —normalmente sus países de origen y algunos otros donde operan o distribuyen su producción—.

 

 

 

 

 

 

Estamos frente a dos negocios distintos pero complementarios entre sí: por un lado, la exportación de libros por parte de las editoriales; y, por el otro, la venta de derechos por parte de las agencias literarias. En ambos negocios se está buscando conseguir que las obras de los autores de un país determinado lleguen a países diferentes del suyo y alcancen a un mayor número de lectores, lo cual beneficia tanto a las agencias literarias como a sus representados —aunque no siempre a las editoriales—. No sobra decir que al final los lectores terminan siendo los grandes beneficiados del acceso a una oferta amplia y diversa de obras de autores provenientes de diferentes países.

 

Al partir los derechos geográficamente se reparte su explotación entre varias editoriales que operan en territorios diferentes, de manera que el ámbito de actuación de éstas se limita acotando la cobertura de los contratos. La partición geográfica de los derechos no sólo fortalece el negocio de las agencias literarias que son intermediarios necesarios en cualquier iniciativa de comercialización de las obras de los autores que representan, sino que además podría tener el efecto colateral de contribuir a contener las intenciones expansionistas de algunas editoriales. Me pregunto qué es más conveniente para los autores: que sus derechos estén en manos de un sólo editor cuya distribución tenga una cobertura geográfica amplia o que se repartan por países entre varios editores distintos. Supongo que las opiniones frente a este tema están bastante divididas.

 

Debido a los costes y a los plazos que suponen el transporte y el almacenamiento de mercancías físicas, a algunas dificultades de carácter jurídico y a las fluctuaciones de las tasas de cambio de divisas, creo que en muchos casos la exportación de libros puede llegar a ser una operación terriblemente ineficiente que termina convirtiéndose en un lastre. En el caso de los grandes grupos está claro que su estructura, su dimensión y los recursos que tienen a su disposición les permiten gestionar las exportaciones con un riesgo controlado y una mayor eficiencia. Yo me inclino más hacia el modelo de partición geográfica de los derechos y hacia la puesta en marcha de iniciativas de coedición entre distintos editores de países diferentes.

 

Hay que tener en cuenta que la emergencia de lo digital les facilita a los lectores de todo el mundo el acceso a los libros en español sin importar dónde se encuentren o cuál sea su lengua materna, lo cual puede suponer una oportunidad particularmente interesante tanto en los países donde hay minorías hispanohablantes como en aquellos en los que existe un interés creciente por nuestra lengua. Por tratarse de un mercado más bien disperso, está claro que en este escenario el comercio electrónico y los e-books juegan un papel clave —ver los datos con respecto al número de hablantes de español por país—.

 

 

 

 

 

 

 

Lo digital también les permite a los autores tener un escaparate propio para exhibir su producción: ideas sueltas, reflexiones, colaboraciones en medios, works in progress y obras terminadas —permitiendo el acceso bien sea a fragmentos de éstas o bien a su totalidad—. Al tener un escaparate propio vía páginas Web personales, blogs y perfiles en redes sociales los autores pueden construir audiencias y generar una relación fluida y dinámica con los miembros de éstas. Lo que no está claro es que la capacidad que hoy en día tienen los autores de exhibirse, de construir una marca, de posicionarse y de dar a conocer su trabajo se traduzca en ventas.

 

De las personas que le dedican pequeños fragmentos de su atención a leer gratuitamente cada cosa que publica un autor en la Web o que dicen ser sus fans, ¿cuántas compran sus libros o por lo menos están dispuestas a comprarlos? Si planteo esta pregunta es porque considero que con frecuencia se sobredimensionan algunas de las implicaciones que le atribuimos al hecho de vivir en un mundo global e hiperconectado en el que nos relacionamos de manera espontánea y con muy pocos de intermediarios de por medio.

 

Habría que examinar en detalle qué pasa con los autores que al decidir autopublicarse acceden al mercado sin pasar por las agencias literarias ni por las editoriales. Al parecer los autores que se dedican a escribir literatura de género o ciertos tipos específicos de no ficción —básicamente sobre actualidad, management, autoayuda o temas prácticos— no sólo son más proclives a entrar en estas dinámica que que quienes escriben ficción literaria, sino que además tienen mejor suerte que éstos en términos de ventas. Muchos autores que se autopublican tienen el objetivo de entrar al circuito de la edición tradicional, por lo que la probabilidad de éxito y el alcance de su carrera pueden depender en gran parte de la mediación de una agencia literaria en su relación con las editoriales.

 

* nota: el pasado 19 de marzo Penguin Random House anunció la compra de la división de ediciones generales de Santillana. Ver los detalles de la operación en las notas de prensa emitidas por Penguin Random House y Santillana.

los anglosajones y las predicciones: ¿qué pasará en la industria editorial en 2013?

Durante el mes de diciembre en las publicaciones anglosajonas suelen aparecer predicciones sobre aquello que los expertos prevén que podría pasar durante el año siguiente en los ámbitos de los que se ocupan. Este ejercicio especulativo se basa en gran parte en el conocimiento y en la información privilegiada que poseen dichos expertos con respecto a sus respectivos ámbitos de trabajo. Aquel que conozca la manera como ha evolucionado previamente un tema, que tenga influencia y que cuente con acceso a información privilegiada está en capacidad de hacer un análisis prospectivo sólido identificando tendencias, visualizando escenarios y concibiendo futuribles. Más que de acertar en todo aquello que se dice, se trata de intentar construir un escenario más o menos coherente a partir de los antecedentes existentes y de las señales que se han identificado en el entorno.

 

Es cierto que de repente el curso de las cosas puede cambiar sorpresivamente o que pueden ocurrir eventos inesperados y también es verdad que frente a lo imprevisible no hay experticia que valga. Sin embargo, esto no debería ser un motivo de peso para dejar de realizar este ejercicio especulativo. Además de hacer predicciones para el año que viene, cada diciembre los anglosajones hacen un balance de los aciertos y desaciertos de sus predicciones con respecto al año que está a punto de terminar.

 

 

 

 

En diciembre aparecieron en diferentes publicaciones especializadas varios artículos en los que algunos de los expertos anglosajones más importantes en temas relacionados con el sector del libro presentaron sus predicciones para 2013 con respecto a la industria editorial —en ellas abordaron temas como la continuación de la consolidación de ésta, el posicionamiento de los actores en el mercado a nivel tanto local como global y la evolución de la competencia entre éstos, el sistema de precios, la lectura social, el préstamo de e-books en bibliotecas, la autoedición, el marketing, la descubribilidad, el potencial de desarrollo de los mercados emergentes, el Digital rights management (DRM), los libros enriquecidos, la gamificación o las posibilidades que ofrecen tanto las aplicaciones como el HTML5—. A quien le interese comprender lo que está pasando actualmente en la industria editorial y hacerse una idea con respecto a los posibles rumbos que podría tomar ésta en 2013 le recomiendo leer las siguientes entradas:

 

Ten Bold Predictions for Ebooks and Digital Publishing in 2013, publicada en Digital Book World

 

What to watch for in 2013, publicada en The Shatzkin Files

 

– What we’ll see in 2013 in digital media, publicada en GIGAOM

 

– Trendspotting 2013: Don Linn, publicada en Publishing Trends

 

– Trendspotting 2013: Larry Norton, publicada en Publishing Trends

 

– Trendspotting 2013: Brendan Cahill, publicada en Publishing Trends

 

– TeleRead’s E-Book Market Predictions for 2013, publicada en TeleRead

 

– Our e-publishing predictions for 2013, publicada en The Guardian

 

Me pregunto si en nuestro medio la práctica de hacer predicciones es poco común debido a que tenemos un mercado editorial que es bastante opaco, menos dinámico y más conservador por estar mucho más regulado, a que somos menos pragmáticos a la hora de reflexionar y analizar o a que no contamos con argumentos sólidos para entrar en la dinámica del diálogo especulativo bien fundamentado. Y supongo que en el mundo hispanohablante tenemos una capacidad mínima o nula de hacer predicciones con respecto a la evolución del ámbito de lo digital debido en gran parte a nuestra condición periférica y subordinada —además de que como sector no contamos con actores locales que tengan una incidencia a escala global, invertimos pocos recursos en investigación, desarrollado e innovación porque siempre es más fácil “que inventen ellos”—.

la autoedición y la industria editorial: entre amenazas y oportunidades

La autoedición es un tema que viene despertando cada vez más interés —o preocupación— en el sector del libro. De hecho, el auge de la autoedición fue una de las constantes en una buena parte de las predicciones que se publicaron a finales del año pasado con respecto a las tendencias que marcarían el desarrollo de la industria editorial en 2012. Aunque la autoedición no es un fenómeno nuevo, la emergencia de lo digital no sólo ha favorecido sino que también ha potenciado su desarrollo y ha abierto toda una serie de nuevas posibilidades para la publicación, la promoción, la divulgación y la comercialización de todo tipo de libros.

 

Desde hace muchos años es una práctica usual que alguien que tenga la disposición, el tiempo y la disciplina para sentarse a escribir recurra a un sello perteneciente al circuito del vanity publishing para publicar su libro, lo cual presupone una inversión económica nada despreciable. En principio un vanity press está dispuesto a publicar aquellos manuscritos que la industria editorial haya rechazado previamente o que no hayan sido puestos a la consideración de ésta siempre y cuando su autor pueda pagar por su publicación. En este sentido el circuito del vanity publishing tradicionalmente ha acogido a aquellos autores a los que la industria editorial no les ha abierto sus puertas. Hasta aquí nada nuevo.

 

Lo que realmente ha cambiado con la emergencia de lo digital es la estructura y la dinámica de funcionamiento del circuito del vanity publishing: han aparecido diversas plataformas de autoedición en línea, que constituyen un nuevo actor que presta los mismos servicios que un vanity press y algunos otros más que son propios del entorno digital; ha crecido la importancia de un nuevo soporte para el producto autoeditado, que gracias a su desmaterialización ahora es nativo digital —de manera que en muchos casos sólo se imprime bajo demanda o en tiradas muy cortas—; el acceso gratuito a algunas plataformas de autoedición en línea y la desmaterialización del producto autoeditado han provocado una disminución significativa de los recursos que un autor debe invertir para autoeditar su obra; han surgido nuevas formas de difusión y promoción; y, por último, se han ampliado tanto las posibilidades de circulación de las obras publicadas como el alcance potencial de éstas.

 

En síntesis, gracias a las plataformas de autoedición en línea hoy en día es más cierto que nunca que la publicación de una obra está al alcance de cualquiera porque muchas de las barreras de entrada para publicar han desaparecido. Pero esto no tiene nada que ver ni con la calidad del contenido de la obra ni con su valor como producto comercial, que al ser cuestiones totalmente ajenas a la posibilidad de publicar deben ser evaluadas aparte —lo cual a menudo también es parcial o totalmente cierto en el caso de la industria editorial tradicional—.

 

 

 

 

Con respecto al estado actual de la autoedición y a las posibilidades de ésta recomiendo leer el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, de Arantxa Mellado —publicado en el número 17 de la revista Texturas—. Como en su artículo Arantxa analiza detallada y acertadamente los puntos fundamentales con respecto a la cuestión de la autoedición —ojo tanto a las tipologías de autores que propone como a su planteamiento sobre las posibles relaciones que las editoriales pueden entablar con éstos—, no voy a profundizar en el tema y sólo voy a llamar la atención sobre unos pocos aspectos relacionados con éste que me parecen esenciales.

 

– a medida que la autoedición siga ganando importancia, para la industria editorial tradicional cada vez será más crítico aprender a convivir con ella y a establecer relaciones con los actores que pertenecen a su entorno o que tienen vínculos con éste.

 

– de momento para muchos autores el prestigio sigue estando vinculado a la publicación en papel bajo la marca de un sello editorial —que a su vez es una fuente de autoridad y de legitimidad para los lectores—, de manera que a menudo la obra en digital es vista como un producto complementario cuya importancia es secundaria.

 

– la venta a precios bajos o la oferta gratuita de las obras autoeditadas sugiere una revaluación del valor percibido del libro como producto, lo cual sin lugar a dudas repercute sobre la producción de la industria editorial tradicional. Los precios bajos y la oferta gratuita pueden llevar a una distorsión o a una degradación del valor percibido de los contenidos independientemente de cuáles sean su origen, su soporte y su formato.

 

– la proliferación de contenidos autoeditados presupone un reto para la gestión de la economía de la atención, por lo cual para los lectores cuya disponibilidad tanto de tiempo como de dinero es limitada puede ser importante minimizar el riesgo apostando por valores seguros.

 

– la autoedición es un caldo de cultivo riquísimo que los editores pueden explorar en busca de nuevos valores. Gracias a esta exploración los editores pueden comprar los derechos de publicación de aquellas obras autoeditadas por sus autores que tengan una mayor calidad, que sean más atractivas y que mejor hayan estado vendiéndose —como ha sucedido con figuras como Amanda Hocking y John Locke—. Mediante esta estrategia de pescar en río revuelto los editores pueden reducir el riesgo que presupone apostar por publicar y dar a conocer a un autor principiante o poco conocido en la medida en que pueden ahorrar tanto en el pago por derechos de obras cuya rentabilidad es nula o mínima como en gastos de promoción.

 

– las plataformas de autoedición podrían estar en capacidad de sustituir al menos parcialmente a distintos actores de la cadena de valor al asumir algunas de las funciones que éstos han ejercido tradicionalmente y en las que se fundamentan tanto su negocio como su razón de ser.

 

 

 

 

 

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Durante una mesa redonda sobre gestión de derechos digitales que tuvo lugar en el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) que se celebró en Tenerife en septiembre de 2010, mientras se discutía acerca de la adopción de e-readers y de la venta de e-books un escritor español cerró cualquier posibilidad de continuar alimentando la reflexión y el debate pronunciando las siguientes palabras: ¡’a mí que ahora no vengan a hablarme de Japón’!

 

Aunque el escritor en cuestión tenía algo de razón en la medida en que la realidad española y la japonesa difieren en muchos sentidos en lo relacionado tanto con la adopción de tecnologías como con el consumo de contenidos, su respuesta crispada me pareció una salida en falso. En el blog Sin tinta el periodista Fernando García está recogiendo testimonios de distintos autores que dan cuenta de su experiencia con la autoedición en España. A quien no quiera que le hablen ni de Estados Unidos ni de Japón en materia de autoedición pero esté interesado en conocer el estado de la cuestión en nuestro entorno, le recomiendo echarle un ojo al interesante trabajo que Fernando está haciendo sobre este tema.

 

Quienes vean la autoedición como una amenaza quizás encuentren un cierto alivio momentáneo en las palabras que Ursula Mackenzie —editora de Little, Brown Book Group y presidenta del Trade Publishers Council (TPC) de The Publishers Association— escribió en su artículo “The Digital Era Has Not Made Publishers Defunct”, publicado en agosto de 2010 en The Guardian:

 

‘A muchos lectores les gusta saber que el libro que van a leer durante su valioso tiempo ha sido filtrado a través de un proceso de selección hecho por personas cuyo trabajo consiste en guiar al lector hacia lo que quiere y en asegurarse de que éste invertirá su tiempo —y su dinero— sabiamente’.

 

 

 

 

Vale la pena prestarle atención a la autoedición porque su evolución seguirá dando de qué hablar en la medida en que su crecimiento continúe y en que el aumento de su popularidad le permita consolidarse como un circuito alternativo —y complementario— al de la industria editorial tradicional.