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la edición aislada: sobre el viaje literario a la habana de juan pablo villalobos

En noviembre de 2012 cuando Juan Pablo Villalobos vino a Barcelona para presentar su novela Si viviéramos en un lugar normal me habló de un viaje que había hecho recientemente a La Habana con el propósito de escribir un reportaje para la revista Gatopardo. A mediados de diciembre de 2012 Juan Pablo me escribió contándome que en el número 137 de Gatopardo acababa de aparecer su reportaje “La isla en texto. Un viaje literario a La Habana”.

 

 

 

 

 

El sumario del reportaje es bastante sugestivo porque se refiere a la cuestión de la propiedad de las editoriales cubanas, a la lógica bajo la cual se publica en Cuba y a las repercusiones que ésta tiene sobre la carrera de los autores. Dice el sumario:

 

‘En Cuba, las editoriales pertenecen al Estado y publican con una lógica incluyente, no de mercado, lo que para muchos autores significa un debut y una despedida. ¿Bajo qué condiciones y con qué expectativas trabajan los escritores contemporáneos de la isla caribeña?’

 

Tras dar cuenta del interrogatorio de rutina que un policía le hizo en el aeropuerto de La Habana ‘después de realizar el trámite de inmigración y antes de recoger las maletas’, Juan Pablo hace una observación que según podrá comprobar el lector en diversas ocasiones resultará fundamental para la lectura de su reportaje:

 

‘En Cuba cuando hablas de literatura en realidad no sólo estás hablando de literatura, también estás hablando de «literatura»’.

 

Debido a su sistema político unipartidista y a su modelo económico estatalista Cuba constituye una excepción en el mundo occidental, en el que a pesar de las diferencias de grado entre los distintos países tiende a prevalecer la apertura tanto política como económica. En Occidente lo que no sea democracia y capitalismo es visto como premoderno e incluso bárbaro. Aunque hasta hace relativamente poco tiempo muchos países del ámbito hispanohablante —y unos cuantos europeos aparte de España— eran gobernados por figuras dictatoriales y/o juntas militares que en ocasiones se mantuvieron en el poder o se sucedieron unas a otras durante años e incluso décadas, desde el momento actual todo eso nos parece lejano —o nos lo puede parecer quizás por la enorme cantidad de cosas importantes que han pasado en la historia reciente de la humanidad—. Y es por eso que hoy en día tengo la sensación de que hay razones que van mucho más allá de lo estrictamente geográfico para afirmar que Cuba es una isla en medio del mundo occidental.

 

 

 

 

Juan Pablo cuenta hacia la mitad de su reportaje cómo en medio de una conversación con los escritores Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría y Orlando Luis Pardo Lazo llegaron al tema de la censura:

 

‘Quién sabe por qué caminos, después de un rato de presentaciones y resúmenes curriculares, acabamos hablando de censura, de lo que se puede y no se puede escribir, o para ser precisos: de lo que te van o no te van a publicar las editoriales cubanas.

—Hoy los editores son más cínicos —dice Orlando—. Los editores ya son posrevolucionarios, postsocialistas.

Me dicen que las cosas ya no son blanco y negro, que hay un cierto margen dentro del cual los editores se mueven (a veces confiando en que nadie va a leer con atención un determinado libro), aunque sigue siendo verdad que hay algunos textos que de ninguna manera van a publicarse en Cuba.

En todas las editoriales trabaja un funcionario del Ministerio del Interior, responsable de echarle un ojo a las publicaciones. Es un individuo al que algunos pueden ver como a un espía, como a un policía, aunque la mayor parte del tiempo sea un tipo amable e intrascendente que de vez en cuando se acerca a los escritores para decirles cosas como: hola, soy el funcionario del Ministerio del Interior, cualquier cosa que se te ofrezca aquí estoy para ayudarte. Eso, mientras todo se mantenga en los cauces de la «normalidad».

—Todo empieza cuando un funcionario se inquieta —afirma Orlando.

—De pronto aparece una lectura llegada de los años setenta —completa Lage, quien ha vuelto de la calle.

—Como el viejo que ayer no les dejó tomar las fotos en la calle —hace el paralelismo Orlando.

—Alguien dice que es «una novela que le hace daño a la Revolución» —sentencia Ahmel (las comillas son suyas).

—La línea está muy clara —remata Orlando—, se escribe con F (bajando la voz) —y al mismo tiempo con el dedo índice de la mano derecha traza en el aire la «F» de «Fidel»’.

 

 

 

(Detalle de una foto de José Luis Cuevas)

 

Más adelante Juan Pablo aborda el funcionamiento del sistema editorial y literario cubano, que como se verá en el siguiente fragmento del reportaje tiene sus propias particularidades debido básicamente a que al parecer las decisiones del Estado como editor no se rigen por la lógica del mercado:

 

‘Dado que Rafael y Leopoldo están al frente de dos publicaciones literarias, llegué a esta reunión con la expectativa de entender —o al menos intentarlo— el sistema editorial y literario cubano. Me imaginaba una conversación sobre lo que la teoría denomina sociología de la literatura. Y no habría de salir defraudado, para empezar porque ambos afirman que si existe hoy en día un debate literario en la isla, este debate es «sobre lo que está alrededor del libro». Y lo que está alrededor del libro es, cuando menos, diferente.

En Cuba las editoriales pertenecen al Estado, a un Estado, para ser precisos, que no practica la lógica del mercado. Esto quiere decir que las editoriales eligen los títulos que publicarán con un criterio inclusivo, o sea, bajo el buen propósito de que sean publicados la mayor cantidad de autores posible. Así, por ejemplo, la editorial Unión, que pertenece a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tiene como misión publicar a todos sus escritores asociados. El concepto de catálogo no existe. El que un autor sea publicado por una editorial no quiere decir que esa editorial seguirá editando sus libros. Peor aún: sus oportunidades de publicar en esa editorial se reducen, porque ya le han editado un libro y hay que publicar a otros. Visto lo cual vale la pena preguntarse, como lo hace Ricardo Viñalet: «¿Hasta dónde se corresponden los intereses en lectura con los libros editados?».

Tampoco hay lógica de mercado en los tirajes. Las editoriales imprimen la misma cantidad de ejemplares de un libro de un autor reconocido que de un escritor debutante. Y normalmente, aunque se agote la edición, nunca se reimprime o se hace años más tarde. La misión de las editoriales no es vender libros o hacer negocio, sino publicar libros, y punto. Ese punto, de acuerdo con el testimonio de varios de los escritores que entrevisté, es una especie de punto final, ya que tienen la sensación de que «el libro se publica y no pasa nada más». Leopoldo Luis lo sintetizó de la siguiente manera en su artículo “Literatura cubana: un canon vivo”, publicado en El Caimán Barbudo en la edición de septiembre-octubre de 2011: «Un abrumador porcentaje de los autores cubanos que se editan, asisten a la presentación de su obra durante la Feria Internacional del Libro de La Habana y asumen luego su tránsito al olvido como un hecho natural e inevitable».

A pesar de la ideología del Estado cubano, en algunas ocasiones el mercado irrumpe y deja ver las contradicciones del sistema. Ocurrió en 2011, por citar un caso, cuando la editorial Unión obtuvo la autorización de la editorial española Tusquets para publicar en Cuba El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. La novela se lanzó en la Feria del Libro de La Habana y fue agotada instantáneamente por un tumulto de lectores. Se cuenta que había colas para reservar un ejemplar, colas en las que te daban un papelito para comprarlo cuando estuviera a la venta. Se cuenta que hubo falsificación de papelitos, o que había más papelitos que ejemplares, que hubo empujones e insultos… para comprar un libro.

El otro elemento fundamental para intentar entender el sistema son los premios, que, como en cualquier lugar del mundo, cumplen una doble función importantísima para los escritores: garantizan la publicación de la obra premiada y pagan un dinero con el que el autor podrá sobrevivir por un tiempo, dedicado a la escritura. Eso pasa en todo el mundo, y también en Cuba, pero en Cuba es diferente. Eso me repiten Rafael y Leopoldo una y otra vez: «A Cuba siempre hay que verlo diferente, incluso cuando haya coincidencias».

La influencia de los premios en la isla es tal que explica —según la hipótesis de Leopoldo— el auge del cuento y la novela corta y el languidecimiento de la novela. ¿Por qué? Porque abundan los premios de cuento y la mayoría de los concursos tienen un tope de ochenta cuartillas. En una paradoja verdaderamente absurda, la economía de sobrevivencia —escribir para publicar, escribir para ganar dinero— acaba decidiendo el curso de la literatura de la isla’.

 

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A quienes les interese conocer estas y otras particularidades del sistema editorial cubano —que en diversos aspectos no se parece mucho al del resto de un mundo occidental que a pesar de sus múltiples imperfecciones se dice libre política y económicamente— así como familiarizarse con algunas de las figuras que forman parte del panorama de la literatura contemporánea de Cuba les recomiendo leer “La isla en texto. Un viaje literario a La Habana”, un reportaje que es bastante interesante y ameno.