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el soporte digital al servicio del envío de ejemplares de prensa

Al final de la 22ª Feria Internacional del Libro de Bogotá me puse en contacto con Giuseppe Caputo, el Coordinador de Comunicaciones y Mercadeo de la filial colombiana de Santillana, para preguntarle si sería posible que me enviara un ejemplar de tres libros de periodismo literario estadounidense publicados recientemente por AguilarLos periodistas literarios (Norman Sims, editor) y Retratos y encuentros y Vida de un escritor, de Gay Talese.

 

Un par de horas después Giuseppe me contestó diciéndome que como ya no tenía ejemplares de prensa disponibles, me enviaba en pdf los archivos de los tres libros. Reconozco que al principio el envío de los archivos en pdf me produjo una cierta frustración porque para las lecturas que hago por placer sigo estando bastante apegado al libro como objeto físico.

 

Sin embargo, después de pensarlo bien concluí que por lo menos para una primera lectura exploratoria tener los textos en soporte digital era una excelente solución porque nada garantizaba que Los periodistas literarios y Retratos y encuentros me parecerían tan buenos como la primera vez que los leí hace unos años ni que Vida de un escritor me gustaría. Debido a lo anterior, en caso de que los libros no me gustaran no tendría la sensación de estar provocando un desperdicio de recursos.

 

PERIODISMO_LITERARIO_AGUILAR

 

Pensé también que si tras haberlos leído en soporte digital los libros llegaban a gustarme, tendría una buena razón para comprar un ejemplar en papel y, por lo tanto, disfrutar del placer que dan la posesión del objeto y el contacto con él —una alternativa particularmente importante en el caso de aquellas ediciones cuidadas y hechas con buenos materiales porque en ellas la disociación entre soporte y contenido es menos evidente—. De esta manera, cada vez que quisiera podría escoger en qué formato leer los libros según las necesidades del momento.

 

El mío es solamente un caso que ilustra la convivencia de soportes y formatos: una persona que valora la versatilidad y las ventajas de los contenidos digitales a pesar de que todavía tiene un cierto apego al papel. Hoy en día sigue habiendo quienes no conciben leer un libro en formato digital, otros a quienes el soporte y el formato les tienen sin cuidado, quienes por cuestiones económicas y ecológicas consideran que leer en papel es poco práctico y, por supuesto, quienes no leen. La pregunta es si esto cambiará de aquí a unos años y en caso de que así sea de qué manera lo hará.

 

En la medida en que nos solucionó un problema tanto a la editorial como a mí, la respuesta de Giuseppe no podría haber sido más acertada: mientras que además de responder de manera positiva a una solicitud derivada del interés por tres de sus títulos Santillana se ha ahorrado los gastos de envío de los ejemplares, yo he accedido a los tres libros en los que estaba interesado sin tener que preocuparme por el peso que éstos le añadirían a mi equipaje o por buscarles un lugar en el espacio cada vez más escaso de mi biblioteca en Barcelona.

 

¿Alguna vez se han preguntado cuánto se ahorrarían los editores —en términos de tiempo, dinero y esfuerzo físico— si en lugar de enviar los ejemplares de prensa en papel lo hicieran en formato electrónico? ¿Han pensado en la manera como el envío de estos ejemplares en formato electrónico les ayudaría a los periodistas a optimizar la gestión tanto de su atención como de su espacio de trabajo? ¿Creen que es viable y/o necesario que los editores replanteen sus políticas de envío de los ejemplares de prensa? ¿Es éste un factor crítico en la reconversión a la que debe enfrentarse hoy en día la industria editorial en su conjunto?

Sábado, agosto 8, 2009 categorizado bajo 1, contenidos digitales, e-book, e-readers, nuevas tecnologías

el desarrollo del mercado del libro electrónico, según enrique dans

Dice Enrique Dans con respecto al desarrollo del mercado del libro electrónico:

 

E_READERS

 

‘¿Pueden las editoriales sustraerse al impacto de Internet en su negocio? Las editoriales controlan factores muy parecidos a los de las discográficas: seleccionan, producen, distribuyen y promocionan, con un impacto en resultados que en muchos casos es superior al que depende de la calidad intrínseca del producto, y ponen a disposición de los clientes únicamente una pequeña cantidad del inventario. ¿Qué parte de un best-seller viene dada por la calidad del autor y cuánta del hecho de encontrarse en todos los escaparates mediante la distribución adecuada, criticado por los mejores críticos y mencionado en todos los telediarios? Sin embargo, en función de la trayectoria que se vislumbra, mi opinión es que la trayectoria es similar. Lo que ha mantenido hasta este momento al mercado editorial fuera del impacto disruptivo de la red ha sido la presencia de determinados atributos del producto que convertía en más conveniente la lectura de un libro físico frente a su contrapartida electrónica, atributos que, además, se encontraban perfectamente arraigados a lo largo de muchas generaciones. En breve, veremos una cada vez mayor proliferación de dispositivos de lectura progresivamente mejorados que proponen ventajas sobre la experiencia de producto (portabilidad, búsqueda, diccionarios incorporados, etc.) y tendremos una generación con poco apego al papel, unida a otra que se mantiene en él por factores no racionales, sino puramente románticos (”huele a libro”, “el tacto del papel”, etc.) Por otro lado, las editoriales juegan un papel de filtros e intermediarios entre los autores y los lectores, papel por el que perciben un margen importante: el autor medio percibe entre un 8% y un 10% sobre el precio de venta, mientras que la editorial corre con los gastos de fabricación, distribución y promoción, un esquema similar en su orden de magnitudes al existente en el mundo de la música. ¿Cuánto le queda a la industria editorial para empezar a sentir impactos parecidos a los sufridos por la industria de la música? ¿Cuánto para empezar a ver autores consagrados que se editan a sí mismos? ¿O para presenciar el crecimiento de mercados paralelos de sus productos?

 

¿Es posible, de alguna manera, aprender de experiencias anteriores? Posible sí, pero sumamente complejo. A los ojos de la mayoría de los directivos de la industria, la solución parece casi peor que el propio problema. Las variables a tener en cuenta en un proceso disruptivo son, desde mi punto de vista, la velocidad de difusión de la innovación, la participación de los actores en el proceso, y la estructura de márgenes. Si aplicamos lo aprendido en procesos disruptivos anteriores, el secreto debería estar en adelantarse a la generalización de la innovación participando adecuadamente en ella, y diseñar una estructura de márgenes revisada que no solo resulte razonable, sino que además disuada la creación de mercados paralelos. Pero la posibilidad de convertirse en un negocio de menores márgenes y sujeto a unas reglas diferentes es algo que, lógicamente, atrae poco a los participantes de la industria, ante la imposibilidad de establecer comparaciones con algo que todavía no ha tenido lugar, de manera que, en lugar de cambiar ellos mismos, optan por intentar cambiar todo lo que les rodea, el entorno en su conjunto, recurriendo para ello a todo lo imaginable. Pero este tipo de procesos de adopción tecnológica, cuando llega su momento, tienen lugar a gran velocidad. ¿Puede un sector de gestión tan tradicional como el editorial reconocer los indicios que el mercado ya está proporcionando, y reaccionar a ellos algo mejor de como en su momento lo hicieron las discográficas?’

 

***

 

De las explicaciones más ilustrativas, claras y certeras que he visto al respecto, así que sin comentarios de mi parte.

la posición dominante de amazon y su próxima jugada: atacar con la impresión bajo demanda

Amazon está en el ojo del huracán debido a lo que se ha sabido hace unos días con respecto a su próxima jugada en el campo de la impresión bajo demanda: vender sólo aquellos libros que sean impresos en BookSurge, la empresa de print on demand —POD— que le pertenece desde hace unos meses.

Con esta medida Amazon estaría aprovechando su posición dominante en el mercado de la distribución en línea para consolidar un monopolio mediante la imposición de unas reglas que al poner a los editores contra la pared, le permitirían extender su control al mercado de la impresión bajo demanda.


El asunto es delicado y me hace pensar en una entrada de Eduardo Arcos que leí la semana pasada en el blog ALT1040, cuyo título es “Algún día odiaremos a Apple y Google”. Con respecto a dos de las empresas del sector tecnológico que cuentan con una mejor reputación entre los usuarios, Arcos dice lo siguiente:

Microsoft es la empresa favorita para odiar estos días, en los 70’s no existían y esa posición la tenía IBM. Hoy me encuentro con un interesantísimo artículo escrito por Don Reisinger, donde hace un repaso a la historia y llega a la obvia conclusión: algún día odiaremos a Apple y a Google.


Ya sea por las cuestionables prácticas que estas dos empresas últimamente tienen, aún cuando digan que “son buenos”. Al final las empresas son empresas y aunque nuestros deseos consumistas nos impulsen a convertirnos en fanboys llegará el momento en que muchos nos preguntemos qué pensábamos cuando defendíamos con pasión a Google’.


El tema es interesante y seguramente va a dar mucho de qué hablar durante los próximos días, así que a quienes estén interesados en profundizar en él les recomiendo leer las entradas que desde distintas perspectivas han escrito recientemente en sus blogs tres expertos españoles en todo lo relacionado con la actividad editorial en un sentido amplio, la evolución de la economía de Internet y la manera como ésta afecta al sector de la edición:

- Enrique Dans: “Amazon, BookSurge y la tentación del monopolio”


- José Antonio Millán: “Amazon aprieta en su POD”


- Joaquín Rodríguez: “Monopolio amazónico”


Vale la pena estar pendiente de lo que digan en su momento estos tres analistas sobre la evolución de esta situación. Por ahora aprovecho la ocasión para citar algunos extractos de sus reflexiones.

Dice Enrique Dans:

‘Ante la importancia de los movimientos en el sector, Amazon parece haber sentido la necesidad de utilizar su posición liderazgo online para apalancar su negocio de POD, basado en su adquisición de BookSurge, y ha decidido, según informan algunos escritores, amenazar a quienes utilizaban otros servicios de POD con la eliminación del botón “Buy” de sus libros en Amazon si no aceptan utilizar los servicios de BookSurge (Slashdot, VBW Publishing, WritersWeekly). Esto significaría un grave perjuicio para la distribución de sus libros, dado que únicamente podrían estar disponibles para su venta en Amazon a través de canales indirectos (resellers), y les haría no cualificar, en la mayor parte de los casos, para ofertas de gran éxito de Amazon como el envío gratuito. El movimiento, obviamente, no está exento de polémica: no sólo exige a las editoriales trabajar con varios formatos diferentes y reemplazar los ficheros de los libros que están ya a la venta en Amazon, sino que choca además con la polémica sobre la inferior calidad de las ediciones producidas por BookSurge’.


Dice José Antonio Millán:


‘Muchas pequeñas editoriales en Estados Unidos usan Amazon para vender sus libros, que se imprimen sobre pedido. Sus títulos los publicitan en su propio sitio web, con un botón que indica “Comprar en Amazon”: Amazon obtiene de esta venta su correspondiente comisión, y todos contentos.


La actual medida, que intenta reforzar su BookSurge, puede que resulte lógica para Amazon, pero está creando irritación sin límites entre los editores y autores que vendían sus libros impresos por otras compañías (como Lulu.com) en la librería online’.


Dice Joaquín Rodríguez:

‘Amazon pretende afianzar su posición de fuerza en el mercado digital no solamente mediante el Kindle, que reproduce el modelo de negocio de ITunes al distribuir a través de un solo soporte propietario todos los contenidos que su almacén virtual contiene, sino, también, mediante la prescripción a todos los editores del uso obligatorio de BookSurge, una imprenta digital o bajo demanda que producirá todos los libros de los editores que quieran acogerse a los beneficios que la comercialización a través de Amazon pueda ofrecer

Ni los editores ni los escritores norteamericanos parecen excesivamente contentos con un mandato que pretende que todos los contenidos que se adquieran en formato analógico y que requieran, por tanto, de impresión, sean producidos, en exclusividad, por una empresa propiedad de Amazon, evitando de esa manera cualquier clase de competencia (como la que podía ejercer hasta ahora, por ejemplo, Lightning Source) y robusteciendo un modelo de negocio monopolístico y clausurado sobre sí mismo, al convertirse, de hecho, en el único distribuidor de los contenidos que vende, digitalmente, sea en un soporte estrictamente digital, como el Kindle, sea mediante la impresión digital en papel’.

Martes, mayo 15, 2007 categorizado bajo contenidos digitales, nuevas tecnologías, web 2.0

el fácil acceso a contenidos digitales y nuestra sed de acumulación

La aparición tanto de formatos digitales para almacenar contenidos como de dispositivos para copiarlos y reproducirlos no sólo ha ampliado el acceso a información de todo tipo, sino que también ha aumentado nuestra sed de acumulación. Hoy en día es muy complicado pensar en un libro, una canción, un artículo o un capítulo de una serie de televisión a los que no podamos acceder gracias al intercambio de archivos —sobre todo de vídeo y audio— a través de las plataformas P2P, a la digitalización de los fondos bibliográficos de algunas de las bibliotecas más grandes del mundo, al éxito de los grandes repositorios de contenidos —más que todo bases de datos de documentos y de vídeos—, a las grandes tiendas en línea o simplemente a un contacto en cualquier lugar del mundo.

Para conseguir aquellos contenidos que en algún momento no están al alcance de nuestras manos a veces basta con poner las palabras acertadas en un motor de búsqueda o con identificar a alguien que tenga acceso directo a lo que estamos buscando para pedirle que nos lo envíe en formato digital a través de Internet. El desarrollo tecnológico y la disminución del costo del acceso a ciertos tipos de información —que en ocasiones tiende a ser nulo— han hecho que ahora consumamos contenidos más caprichosa y erráticamente que nunca: hoy en día podemos acceder muy fácilmente a los comerciales de televisión o a las canciones que marcaron nuestra infancia, a un artículo publicado años atrás en una revista o a libros que están fuera de circulación desde hace mucho tiempo —como cuando el librero bogotano Álvaro Castillo escaneó un libro cuya única edición es de 1981 y se lo envió por e-mail a Camilo Hoyos, que lo necesitaba para su tesis doctoral—.


Bajo estas circunstancias los libros, los discos o las películas tienden a perder el sentido para todo el mundo salvo para los aficionados y coleccionistas que aprecian el valor simbólico del objeto y que no se contentan con tener sólo el contenido que hay consignado en ellos. Considero que el hecho de que estos bienes culturales ya no tengan mayor valor simbólico para el gran público tiene su lado positivo, que es su capacidad de desestabilizar y debilitar a los grandes grupos multimedia que mediante el ejercicio de su posición dominante en el mercado no sólo recurren a prácticas orientadas a eliminar a sus competidores, a homogeneizar la oferta y a nivelar por lo bajo la calidad de ésta, sino que también aprovechan su rol de intermediarios para quedarse con el grueso de las regalías que genera el trabajo de escritores, compositores, directores, cantantes y actores.


El capricho ha tendido a convertirse en uno de los principales criterios que rigen nuestra racionalidad a la hora de elegir los contenidos que consumimos porque cada vez resulta más fácil y menos costoso producirlos y acceder a ellos. Debido a lo anterior actualmente corremos el riesgo de intoxicarnos y de vivir en medio del ruido —un tema al que ya me referí el 15 de marzo, en la entrada titulada ‘eliminar el ruido en tiempos de sobreproducción’ a propósito del exceso de producción de información digital del que habla el informe The Expanding Digital Universe—.


Aunque soy consciente de las facilidades que nos ofrece tener siempre una cámara digital en el bolsillo o poder descargar de Internet una canción que queremos oír ahora mismo, no dejo de sentir cierta incomodidad cada vez que me asomo a La Rambla y me doy cuenta de que eso de ver el mundo a través de una cámara dejó de ser un rasgo exclusivo de los nipones porque gracias a las cámaras digitales uno ya no tiene que pensar mucho en las fotos que va a tomar ni tiene que gastarse un montón de plata revelándolas.

Lunes, abril 9, 2007 categorizado bajo nuevas tecnologías, web 2.0

lecturas de fin de semana [ 4 ] / ‘convergencia’, de francis pisani



Transnets, el blog del periodista francés Francis Pisani, es una de mis referencias obligadas para entender no sólo la evolución de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, sino también las repercusiones que actualmente tienen éstas sobre nuestras vidas a partir del uso que hacemos de ellas.

A continuación reproduzco dos entradas de su blog en las que Pisani comenta algunos de los aspectos centrales del libro Convergence Culture, Where Old and New Media Collide Convergencia cultural, donde los medios viejos y nuevos colisionan—, de Henry Jenkins.

Me parecen bastante interesantes los comentarios de Pisani con respecto a las repercusiones de la convergencia tecnológica sobre el consumo de contenidos, al rol activo de los usuarios en la producción de éstos, a las nuevas estructuras sociales que genera la convergencia y a la importancia que adquieren la idea tanto de ‘cultura de la participación’ como de ‘inteligencia colectiva‘.


Convergencia (1) – Un fenómeno cultural


¿Y si la convergencia fuera otra cosa distinta de lo que decimos habitualmente? A la vez diferente y mucho más importante. Un fenómeno todavía más cultural que técnico.

Para la mayoría de nosotros, se trata de la capacidad de reunir diferentes medios en un mismo aparato. Para algunas salas de redacción, el término se refiere a la transformación del periodismo en un nuevo medio en el que se encuentran imágenes, audio y textos. En los dos casos el término remite a un concepto esencialmente tecnológico que es un poco limitado.

Para Henry Jenkins, sin embargo, el término convergencia describe cambios quizás más culturales y sociales que tecnológicos. Una teoría que él desarrolla de manera consistente a partir de múltiples ejemplos concretos en su libro Convergence Culture, Where Old and New Media Collide Convergencia cultural, donde los medios viejos y nuevos colisionan—.

“Por convergencia entiendo el flujo de contenidos que pasa por múltiples plataformas de medios, la cooperación entre diversas industrias y el comportamiento emigrante de las audiencias listas a ir a donde sea en busca del tipo de pasatiempos que quieren”, escribe Jenkins.

A partir de este concepto de base, el fascinante libro de este profesor del Massachussetts Institute of Technology aborda igualmente las cuestiones de la cultura de la participación y de la inteligencia colectiva.

De hecho, todo depende de la “participación activa de los consumidores”. “El consumo”, aclara Jenkins, “se ha convertido en un proceso colectivo, que es lo que entiendo en este libro por inteligencia colectiva”.

Si The Long Tail La larga cola—, el libro de de Chris Anderson, analiza una parte esencial de la economía de la Web 2.0, Convergence Culture nos invita a sumergirnos en sus dimensiones culturales.

En lugar de anunciar la muerte de los medios tradicionales, Jenkins pone al día la extraordinaria fertilidad a la cual da lugar la colaboración con los nuevos medios… bajo el impulso de los usuarios. “Si el paradigma de la revolución digital [tal como se formulaba hace una década] presuponía que los nuevos medios desplazarían a los viejos, el paradigma de la convergencia emergente asume que los medios viejos y nuevos interactuarán cada vez de manera más compleja”, explica.

La tecnología avanza por saltos. Los medios evolucionan porque ellos también son “sistemas culturales”. Reflexionando bien al respecto (y llevando un poco más allá su razonamiento), termina uno por preguntarse si los aparatos no tienden a divergir mientras que los contenidos convergen.

Convergencia (2) – La invención de los relatos transmedios


Una de las grandes virtudes de Convergence CultureConvergencia cultural—, el libro de Henry Jenkins del que ya he hablado, es que rastrea esta evolución mayor a partir de la cultura popular. La obra sigue muy de cerca la manera como la cultura popular es consumida, particularmente por los jóvenes estadounidenses.

Jenkins muestra cómo se constituyen las comunidades de seguidores alrededor de series televisadas como Survivor y American Idol, al punto de influenciar la evolución de éstas. Cómo con la complicidad total de los hermanos Washchowski estas comunidades han inventado la narrativa “transmedios” (el arte de “fabricar universos” de los que debemos reunir fragmentos dispersos en distintos medios).

El libro nos hace descubrir cómo Star Wars ha dado lugar a una colaboración entre las comunidades de seguidores y las empresas de medios y cómo los niños han sentado las bases de una nueva cultura de los medios (hoy indispensable), apropiándose de las versiones en línea de Harry Potter.

En cada uno de los casos que estudia extensamente (un capítulo para cada uno), Jenkins muestra la tensión – cooperación que se crea entre medios viejos y nuevos a la vez que el enfrentamiento entre los responsables de los medios y los usuarios. El autor ve la situación en términos de batallas a librar ahora. “Las empresas de medios están aprendiendo a acelerar los flujos de contenido por diferentes canales de distribución para extender sus oportunidades de ingresos, ampliar el mercado y reforzar el compromiso del espectador. Los consumidores aprenden, por su parte, a utilizar estas diferentes tecnologías para gestionar más plenamente los flujos de contenido bajo su control y para interactuar con sus pares. Las promesas de este nuevo entorno de medios abren expectativas de un flujo de ideas y de contenidos más libres”.

A partir de esta pista, Jenkins aborda naturalmente las dimensiones sociopolíticas del fenómeno. “Los efectos políticos de estas comunidades de seguidores no provienen solamente de la producción y de la puesta en circulación de ideas nuevas (la lectura crítica de los textos favoritos), sino también del acceso a estructuras sociales nuevas (inteligencia colectiva) y a los nuevos modelos culturales de producción (cultura de la participación)”.

El paisaje político, la naturaleza de nuestros compromisos y las herramientas de las que nos valemos cambian porque nuestras relaciones con los medios se transforman. Es por esto que lo que Jenkins ha bautizado (me parece que de manera insatisfactoria) la cultura de la convergencia es tan importante.

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