centros, periferias, redes y hubs
Una de las cosas que más me gustaron de Barcelona cuando llegué en marzo de 2005 fue tener la sensación de estar en una ciudad que ocupaba un lugar central en el mundo del libro, que a mí me interesaba desde hacía tiempo. Si a primera vista la gran calidad de la oferta de algunas librerías de la ciudad —las primeras que conocí fueron La Central, Loring art, Medios y Áncora y Delfín, que cerró en enero de 2012— y la intensa actividad cultural que había en ésta me transmitían esa sensación, la presencia de un buen número de editoriales, agencias literarias, autores y profesionales de la edición no hacía otra cosa que reforzarla. Al principio de vez en cuando me sorprendía ver en la calle a algún escritor que admiraba —recuerdo la emoción de unos amigos franceses que estaban de visita cuando vieron a Enrique Vila-Matas entrando al final de la tarde de un lunes de invierno al café de La Central del Raval—. Y durante mis primeros meses en Barcelona conocí a través de mi reducido círculo de amigos a varios jóvenes editores, traductores, diseñadores, fotógrafos e ilustradores, muchos de los cuales trabajaban como freelances o habían montado con algunos colegas sus pequeños estudios independientes. El entusiasmo y la ebullición que se respiraban en el ambiente durante mis primeros años en Barcelona contrastan radicalmente con el aumento progresivo del malestar, de la preocupación, de la incertidumbre y del pesimismo que viene provocando la crisis —cuyos últimos episodios en la escena local son el anuncio del próximo cierre de las librerías Catalonia y Proa Espais—.
Después de vivir toda la vida en una ciudad como Bogotá que en mi órbita de intereses se encontraba en una posición más bien periférica, había llegado a una que estaba en pleno centro. Recién llegué a Barcelona vivía a tres calles de la sede de Planeta y trabajaba al lado de la de Random House Mondadori, dos de los grandes grupos de los que sale un alto porcentaje de la producción editorial del mundo hispanohablante, que están presentes en casi todos los países de éste y algunos de cuyos sellos publican a varios de mis autores favoritos —es decir, que de repente estaba muy cerca de un centro de toma de decisiones estratégico en un ámbito con el que yo aún no tenía vínculos y que me resultaba bastante atractivo—. Esta sensación de estar en el centro se derivaba no sólo de la amplitud y de la diversidad de la oferta que había en las librerías barcelonesas, sino también del hecho de saber que la sede de muchas de mis editoriales favoritas estaba en Barcelona: Acantilado, Anagrama, Gedisa, Gustavo Gili, Lumen, Mondadori, Paidós, Seix Barral o Tusquets —en ese momento todavía no conocía algunas jóvenes editoriales independientes que me gustan mucho como Barataria, Global Rhythm Press, Libros del Asteroide, Melusina o minúscula, aún no habían aparecido muchas otras de las que existen actualmente y yo no había descubierto el mundo de la edición en catalán—.
En síntesis, había llegado a una ciudad donde se hacen, de donde vienen y donde se encuentran los libros. Si me hubieran interesado las comunidades indígenas del Amazonas, los mercados financieros, el derecho internacional, los estudios poscoloniales o la política comparada, obviamente la sensación habría sido otra y es bastante probable que en Barcelona me hubiera sentido en un lugar periférico.
Quizás la dualidad centro-periferia no ofrezca muchos elementos para explicar la realidad del mundo hiperconectado en el que vivimos hoy en día —de hecho, me hace pensar directamente en la teoría de la dependencia que hacia 1998 todavía enseñaban con entusiasmo algunos de mis profesores de Ciencia Política—. Gracias a las herramientas de comunicación que actualmente tenemos a nuestra disposición y a las redes sociales ahora podemos no sólo establecer conexiones bien sea directamente o bien sin mayores mediaciones externas, sino también acceder a una amplia gama de contenidos a un coste relativamente bajo —incluso si se trata de oferta gratuita en algún momento terminamos pagando por los dispositivos, por el acceso a los medios de comunicación (radio, televisión, Internet, etc.) y por el consumo energético—.
Tiendo a pensar que actualmente nuestro lugar de residencia sólo tiene una importancia relativa debido a que estamos en capacidad de enterarnos muchas veces en tiempo real o al cabo de unos cuantos minutos de lo que está pasando en prácticamente cualquier lugar del mundo, de ser testigos de lo que sucede en un montón de eventos sin estar presentes o de asistir a ellos virtualmente y de acceder a través de una plataforma de comercio electrónico a muchos productos que no están disponibles en las tiendas físicas de nuestro entorno próximo —como mínimo en dos o tres días si son bienes materiales y de manera inmediata si son digitales—.
Aunque es cierto que en muchos casos las herramientas y las plataformas de comunicación que usamos cotidianamente —correo electrónico, mensajería instantánea, redes sociales, telefonía móvil o sobre IP (VoIP), etc.— no son un sustituto lo suficientemente óptimo ni de la presencia física ni de la interacción o del contacto en persona, también es verdad que a menudo contribuyen a favorecer el establecimiento y el mantenimiento de relaciones, a reducir las brechas y a permitir el acceso a aquello que no está al alcance de la mano en el mundo analógico. Ciertas relaciones que se establecen debido a la existencia de afinidades o de inclinaciones, aficiones e intereses compartidos pero que no necesariamente suponen la creación de un vínculo emocional o de amistad en el plano personal hoy en día son posibles gracias a la desintermediación, a la virtualización y a la descentralización que permiten y propician algunas herramientas y plataformas de comunicación cuyo uso cada vez es más extendido.
En este contexto puede ser más pertinente pensar en términos de redes y hubs que de centros y periferias. Se puede estar en las redes como observador pasivo pero para conseguir ocupar un lugar sobresaliente y jugar un rol destacado en ellas es necesario contribuir con ideas, preguntas, observaciones, opiniones o propuestas que les aporten algún valor a sus otros miembros, cuyo reconocimiento más o menos consensuado es la fuente de la que se deriva la autoridad. Si hoy en día un autor, agente, editor, librero, líder de opinión, lector, redactor, corrector, traductor, diseñador, maquetador, ilustrador, fotógrafo o cualquier otro actor que intervenga en la cadena de valor del libro quiere formar parte de una red y apoyarse en la dinámica de ésta para darse a conocer o para promocionar su marca, sus productos y sus servicios debería plantearse algunas preguntas fundamentales*:
- ¿A cuál(es) red(es) pertenezco?
- ¿En qué escenarios analógicos y plataformas virtuales se desarrolla de manera tanto permanente como esporádica la dinámica de funcionamiento de esta(s) red(es)?
- ¿Cuáles son los rasgos que caracterizan la dinámica de funcionamiento de esta(s) red(es) y las normas que la rigen?
- ¿Cuáles son los factores que definen mi pertenencia a esta(s) red(es)?
- ¿Qué sentido tiene para mí pertenecer a esta(s) red(es)?
- ¿Qué beneficios me reporta la pertenencia a esta(s) red(es)?
- ¿Cómo debo gestionar mi presencia en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco?
- ¿Qué recursos y en qué volumen debo asignar a la gestión de mi presencia en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco?
- ¿Qué aporto yo en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco?
- ¿Cuál es el valor que los miembros de la(s) red(es) a la(s) que pertenezco les asignan a mis aportes?
- ¿Qué autoridad tengo en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco según el valor que sus otros miembros les asignan a mis aportes?
- ¿Cuál es el valor de mis conexiones tanto para mí como para los otros miembros de la(s) red(es) a la(s) que pertenezco?
- ¿De qué maneras puedo rentabilizar mi pertenencia a la(s) red(es) y los aportes que hago en ella(s)?
- ¿Cuánto debo esperar para que las acciones que hago en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco me generen un retorno?
- ¿De qué formas y a través de qué vías puede llegar ese retorno?
- ¿Cómo puedo medir el retorno de las acciones que hago en la(s) red(es) a la(s) que pertenezco?
Toda persona u organización que ya tenga un cierto reconocimiento y un buen posicionamiento en su mercado ya tendrá un terreno ganado cuando quiera empezar a formar parte de una red y a participar en su dinámica. Además de la asociaciones profesionales y las organizaciones gremiales, las ferias del libro, los festivales literarios y otro tipo de eventos de carácter cultural son escenarios en los que la dinámica de red se pone en funcionamiento. Y luego están los entornos de generación Web 2.0, por supuesto. De ahí la importancia estratégica de eventos como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), el Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (FILBA), el Festival Eñe, los Hay Festival, Kosmopolis, la Semana Negra de Gijón, BCNegra o LéaLA y de plataformas de generación Web 2.0 como Facebook, Twitter, LinkedIn, Google+, YouTube, Vimeo, Flickr o Pinterest, que constituyen puntos de encuentro para personas y organizaciones que se encuentran dispersas y que coinciden en las redes.
“Drawing the Global Map of Publishing Markets 2012″
International Publishers Association (IPA)
En un mundo hiperconectado en el que el comercio internacional y la circulación de personas de un país a otro no dejan de intensificarse, en el que hay una tendencia hacia la desintermediación, en el que lo digital está creciendo y echando raíces, en el que las barreras de entrada para convertirse en agente editor cada vez son más bajas y en el que cualquier autor que eche mano inteligentemente de ciertas herramientas de difusión y promoción puede hacer que su producción llegue a un público amplio es indudable que las redes están llenas de oportunidades y que vivir al margen de ellas supone no sólo condenarse a un cierto aislamiento, sino también aniquilar de antemano la viabilidad de muchas iniciativas interesantes y atractivas.
* nota: este planteamiento aplica para todo tipo de personas u organizaciones independientemente del sector al que pertenezcan.





















