¡ah, sí, el lector!
Hace unos días comentaba que en las distintas mesas de las Jornadas “Los Futuros del Libro” que tuvieron lugar la semana pasada en la Feria del Libro de Sevilla 2010 hablamos de editores, de distribuidores, de libreros, de asociaciones gremiales del sector, de proveedores de soluciones y servicios tecnológicos que empiezan a incursionar en el suministro de contenidos digitales, de fabricantes de cacharrería y hasta de administraciones públicas. Hablamos también de formatos, de digitalización, de DRM (Digital rights management), de bases de datos, de repositorios digitales, de proyectos oficiales y privados, de plataformas de distribución, de fórmulas de acceso, de modelos de negocio, de estrategias de comunicación y marketing, de instancias de prescripción, de todo lo relacionado con la Web 2.0 —redes sociales, blogs, community managers, etc.—, de piratería y derechos de autor, de cifras de ventas y pérdidas y, por supuesto, de cacharrería —dispositivos dedicados, tabletas, teléfonos móviles de última generación, netbooks, etc.—.
En sínstesis, hablamos de lo divino y lo humano con respecto a eso que llamamos “la cadena de valor” pero nos olvidamos del lector. Y lo hicimos no una sino varias veces. Sí, fuimos reincidentes en nuestro olvido.
Con respecto al lector dice Hubert Nyssen en La sabiduría del editor:
‘Sería bueno recordar que el lector es un ser humano, un ser de carne hueso, con sangre, con pasiones. El lector posee ojos, cerebro, neuronas, inteligencia y sensibilidad. Vive, llora, ríe, sufre, hace el amor. Un lector da a luz, educa, se pierde, se angustia, tiene miedo a la muerte y, si es posible, a la vida. Un lector ama o no ama, desaparece en ocasiones en las arenas movedizas del aburrimiento, o se zambulle en las cataratas del aborrecimiento. Un lector puede arañar, morder, matar, puede incluso arder en llamas. Lo sorprendemos, depende de cada caso, acariciando el libro, aspirándolo, descuartizándolo, dándole la vuelta, metiéndolo en el bolsillo de su chaqueta o en un pliegue de su falda, poniéndolo bajo su brazo, apretándolo contra su mejilla, llevándoselo a los labios, estrechándolo entre sus rodillas, poniéndolo bajo sus nalgas, extraviándolo en su cama, escondiéndolo, dándolo, prestándolo, llevándoselo a la ciudad y al campo, y para resumirlo en una palabra: leyéndolo. Sí, un lector lee… Asombroso, ¿no?, hubiera dicho el jocoso señor Cyclopède del difunto Pierre Desprogues. El lector es un excéntrico que lee. ¡Qué me va a decir usted!
¿Por qué exponer esta evidencia? Porque a muchos editores would be y personas de su tripulación les trae sin cuidado, ¡a ellos!, para quienes el lector no existe sino porque compra y… solamente si compra (…)
Al igual que todos nosotros, el lector es, sin duda alguna, un personaje moldeado a base de prejuicios, sensible a las tendencias, a las modas, a los signos, y no es un deber menor para el editor el disponerlo a emprender la lectura de un libro desde el enfoque correcto y sin que estemos cargados de prejuicios’.
¿Por qué nuestra insistencia en olvidarnos sistemáticamente del lector? ¿No es acaso el lector quien justifica la existencia de todos y cada uno de los actores de la cadena de valor así como la de ésta en su conjunto? ¿Al fin y al cabo no es nuestra condición de lectores lo único que con toda seguridad compartimos quienes tenemos la fortuna de vivir de hacer libros y de hablar de ellos?
En la mesa de conclusiones de las jornadas —cuyo contenido divulgaremos y comentaremos más adelante— rectificamos nuestro error y recogiendo algunos comentarios que hicieron algunos asistentes a las distintas mesas así como un par de participantes hablamos del lector en su triple dimensión de ciudadano, cliente/consumidor y usuario.
nota: ilustración de Paul Blow (vía Librosfera).










@martingomez78