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Lunes, septiembre 28, 2009 categorizado bajo 1, centre national du livre, librerías, librerías independientes, libreros, obiei

las librerías independientes de referencia (lir) en francia

A finales de julio Pablo Odell y yo tuvimos en Barcelona un encuentro informal con Manuel Ortuño, quien además de ser el editor de Trama editorial es el presidente de la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE). Después de que le explicáramos el trabajo que empezábamos a hacer en el Observatorio Iberoamericano de la Edición Independiente (OBIEI) y de escuchar sus opiniones al respecto —entre ellas un par de críticas que nos siguen haciendo pensar y que encendieron una luz de alerta que quizás nunca se apague—, Manuel nos habló acerca de una iniciativa creada en Francia por el Centre National du Livre con el propósito de apoyar a las librerías independientes de ese país.

 

Según nos contaba Manuel, el Centre National du Livre creó el sello “librairies indépendantes de référence” (LiR) a través del cual certificaría durante tres años la independencia de las librerías que cumplieran con unos criterios previamente establecidos. Entre ellos se encuentran la diversidad de su fondo, la calificación del personal, la calidad del servicio de orientación al cliente y la realización de actividades que dinamicen la vida cultural de su entorno.

 

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De esta manera, aquellas librerías a las que el Centre National du Livre les otorgara el sello LiR podrían beneficiarse de una exención de impuestos profesionales y solicitar subvenciones. Además, las instancias administrativas de su ciudad estarían obligadas a asignarles a estas librerías un porcentaje de participación dentro de su política de adquisiciones públicas para dotación de fondos de bibliotecas y escuelas.

 

El pasado 31 d e agosto el Centre National du Livre les otorgó el sello LiR a 406 librerías de todo el país que cumplen con los criterios requeridos.

 

Me parece que lo más interesante del sello LiR es que puede hacer una contribución importante a la defensa de la diversidad de la oferta, que en tiempos de megagrupos editoriales y de grandes superficies está amenazada por la tendencia hacia la homogeneización tanto de lo que se publica como de lo que se ofrece en las librerías.

artículo “las librerías independientes en colombia”, en la revista texturas

Como sabía que en septiembre del año pasado me iba a pasar unas semanas a Bogotá, faltando pocos días para mi viaje Txetxu Barandiarán me propuso que escribiera un artículo sobre las librerías independientes en Colombia para la revista Texturas. Y aunque en ese momento mi nivel de familiaridad con el tema era más bien bajo, acepté. Sabía que hacía unas semanas habían cerrado tres importantes librerías en Bogotá y poca cosa más.

Mi plan era empezar a indagar acerca del estado de las librerías independientes en cuanto llegara a Bogotá y pedirles a algunos amigos que me orientaran un poco a la hora de abordar el tema. Al día siguiente de mi llegada tenía una cita con Richard Uribe en el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) y como había llegado antes de tiempo me fui a curiosear un rato a la librería Arteletra, donde me encontré con que Adriana Laganis —su propietaria— era la directora de la Asociación colombiana de libreros independientes (ACLI).


En ese mismo momento concerté para el día siguiente una entrevista con Adriana, quien durante una charla de cerca de una hora y media me hizo una explicación minuciosa del panorama de las librerías independientes en Colombia en ese momento. El resultado de una breve investigación basada en la entrevista a Adriana Laganis, en charlas con otros libreros independientes y en la revisión del “Estudio de canales de comercialización del libro en América Latina y el Caribe, con énfasis en las librerías” —del CERLALC— es el artículo “Las librerías independientes en Colombia”, publicado en el número 8 de la revista Texturas.




Laganis cuestiona el lugar común según el cual en Colombia no hay lectores y explica las dificultades a las que tienen que enfrentarse las librerías independientes a partir de dos argumentos radicalmente diferentes:

‘Según Adriana Laganis, propietaria de la librería Arteletra y directora de la ACLI, lo más importante es que sí hay lectores y que queremos leer, pero existen varias dificultades: “en primer lugar, que a menudo no llega lo que quisiéramos tener. Y cuando llega, llega muy poquito; en segundo lugar, que los libreros pequeños no tenemos unas condiciones de mercado justas porque, mientras que a las librerías medianas y grandes las distribuidoras les dan comisiones del 40%, del 45% y del 50%, a nosotros sólo nos dan el 30%. Lo único que necesitamos para existir es que las distribuidoras nos den una negociación justa. Atención, no estoy pidiendo que nos den un trato privilegiado”’.


El hecho de que en Colombia los libros no tengan precio fijo es otro elemento que también debilita a las librerías independientes:


‘Al no existir una ley del precio fijo, el monto a pagar por un mismo libro puede variar sustancialmente de una librería a otra en gran parte porque las distribuidoras les dan mejores condiciones de negociación —en términos tanto de comisión como de gestión de pedidos y devoluciones— a aquellas librerías que manejan un mayor volumen de ventas. Tan es así que en ocasiones las distribuidoras les venden a las grandes superficies, como Carrefour o El Éxito, los libros a precios bajísimos porque la afluencia de público en estos establecimientos, la inserción del producto en el circuito de las compras de bienes de primera necesidad y el tipo de títulos que conforman su oferta facilitan la venta de una cantidad de ejemplares considerable, lo cual les permite establecer un precio de venta al público significativamente inferior al de las librerías’.


Otro ítem importante con respecto a este tema es ‘la falta de librerías en las ciudades secundarias y en los municipios pequeños’, que ‘es un reflejo de ese centralismo excesivo que históricamente ha caracterizado a Colombia’.



Valdría la pena averiguar si la situación de las librerías independientes en Colombia ha cambiado entre octubre de 2008 y hoy, de ser así en qué sentido y medida lo ha hecho y en qué va el trabajo de la ACLI —que, según tengo entendido, desde hace un tiempo es dirigida por Pablo Arcila—.


Quienes estén interesados en leer el artículo y no tengan acceso al número 8 de Texturas pueden descargarlo aquí.


En convalor pueden consultar la tabla de contenidos completa del número 8 de la revista Texturas.

la asociación colombiana de libreros independientes (acli) y la promoción del precio fijo

La Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI) abrió hace poco un blog en el que sus miembros están publicando no sólo las relatorías de las reuniones en las que toman sus decisiones operativas y planean las actividades que realizan, sino también documentos de reflexión alrededor de los temas que esta organización considera prioritarios. Entre estos temas quizás uno de los más importantes sea el de la promoción de la ley del precio fijo. Sin lugar a dudas la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro promulgada recientemente en México es un ejemplo relativamente cercano que es necesario tomar como referente si se tiene la intención de promover la instauración del precio fijo en Colombia —una medida que en cierta medida contribuiría a que la afirmación de Felipe Ossa según la cual ‘el universo del libro está al alcance de todos’ tuviera al menos un poco de validez en el contexto de la realidad colombiana.


Además del proyecto de promoción de la ley del precio fijo, la ACLI también está trabajando en temas como las actividades a realizar el Día del libro, la organización del Festival del Libro Infantil, la creación de un directorio de librerías y la formación para empresarios en derecho de la competencia.

Es interesante el trabajo de la ACLI y, por lo tanto, creo que vale la pena seguirlo. Iniciativas de este tipo son fundamentales, sobre todo en países con una tradición asociativa tan débil y un tejido social tan degradado.

Martes, agosto 19, 2008 categorizado bajo librerías, librerías independientes, libreros, ventas de libros

bogotá, ciudad sin librerías

El último número de la revista colombiana Arcadia incluye un reportaje y una columna de opinión sobre el reciente cierre de tres librerías independientes en Bogotá: Exopotamia, Verbalia y La Caja de Herramientas. Años atrás habían cerrado otras librerías como la Buchholz, la Aldina, la Contemporánea, El Aleph, El Carnero y alguna otra que seguramente se me escapa o que no conocí. Yo sólo espero que las tres o cinco librerías independientes que hoy en día sobreviven en la ciudad tengan una larga vida.

Me imagino que el cierre de una librería independiente tiene repercusiones directas sobre la diversidad de la oferta. No es estimulante ni que el grueso de la venta de libros quede en manos de grandes superficies como Carrefour y el Éxito —donde sólo se le suele prestar atención a los libros que pueden superar un umbral mínimo de ventas— ni que la Panamericana o la Librería Nacional se conviertan en la única alternativa a éstos.


Aprovecho para citar las palabras de Valeria Bergalli, la editora de minúscula, con respecto a la importancia que tiene para proyectos como el suyo la existencia de una red de librerías independientes. Dice Valeria:

(…) en el fondo para editoriales como minúscula —desde el punto de vista del tamaño y de la cantidad de títulos que publicamos al año— lo fundamental es que haya una red de librerías independientes que esté en buena salud, que sea fuerte y que tenga una presencia amplia. En definitiva, librerías que trabajen de manera similar a la nuestra: intentando ofrecer a los lectores cosas que no son las propuestas mayoritarias o las que buscan sobre todo el rendimiento comercial’.


A continuación presento cito algunos apartes del reportaje y de la columna publicados en Arcadia —las negrillas y los subrayados son míos—:


- “¿Llegó el fin?”, de María Alejandra Pautassi


‘A finales de los años 70, muchas desaparecieron en las grandes ciudades de Estados Unidos. Lo mismo ocurrió en ciudades de Francia, España y Alemania, países con una importante tradición lectora. El lugar de las grandes librerías lo ocuparon las grandes cadenas. La razón, según Jason Epstein (mítico editor del New York Review of Books, creador de los libros de bolsillo y la Book Expresso Machine) era que la relación alquiler-stock no se correspondía: los altos costos de arriendo e impuestos en las grandes ciudades no hace inviable un producto de poca rotación como el libro. Una librería como La Caja de Herramientas, que no pasa de 60 m², tiene un lugar limitado para almacenar libros y, por lo tanto, también lo son sus ventas. Además, para que un libro se venda, llame la atención de un cliente, debe estar expuesto. Bien sea en una mesa de novedades o recomendados, o en una estantería. Pero el tiempo que un libro está en una estantería cuesta y puede ser demasiado en comparación con su precio al público’.

‘Alba Inés Arias, librera desde hace 12 años en la Lerner norte, una de las librerías independientes más grandes en el país y con 40 años de tradición, está de acuerdo. Los ingresos de la librería no dependen de las novedades. Los best sellers del momento, de hecho facturan un porcentaje pequeño de sus ventas del mes. Su negocio está en los clientes que compran muchos títulos de un mismo tema: investigadores, profesores universitarios y periodistas’.

‘(…) Las editoriales, sin embargo, no pueden pagar más. En editorial Planeta, por ejemplo, casi un 10% del costo de un libro va para los autores, el 20% está destinado a la impresión, el 10% al transporte y el 3% en comisiones para las personas que venden a las librerías. Si le sumas el 40% de comisión a distribuidores y librerías, queda un 17% para los costos de sostenimiento de editorial (facturación, publicidad, prensa, mercadeo, salarios). En este sentido, Gabriel Iriarte, director editorial de Norma, dice que “si el problema está en el descuento (el porcentaje que ganan las librerías) lo que se pone en duda es la viabilidad del mismo negocio editorial. Si a los libreros se les diera más descuento, no habría que cerrar las librerías, sino las editoriales”’.

Mientras en Argentina hay unas 1.700 librerías y en México 1.900, en Colombia solo se tiene noticia de 150 (y ahora menos). En promedio un colombiano compra alrededor de seis libros al año (incluidos textos escolares) y lee menos: en promedio 1,6. Y si Colombia se está peleando con Argentina el cuarto puesto en producción de libros de la región se debe a que imprimir en Colombia, desde hace unos años, es muy barato. No porque haya una gran demanda’.

“La sobreoferta no le sirve a nadie. Pero es lo que el mercado manda. El público busca novedades”, admite Alberto Sánchez, gerente comercial de Planeta. Y continúa: “El problema de las pequeñas librerías es que el mercado ha cambiado. El librero tiene que cambiar y adaptarse a lo que está ocurriendo en el mercado colombiano”’.

‘Según Robert Max Steenkist, coordinador de la Red de Librerías del Cerlalc, el cuello de botella está en que “mientras las editoriales funcionan como negocios, con puntos de equilibrio y con el objetivo de generar unas ganancias, la venta de libros está regida por otros principios. La razón social de las editoriales es distinta a la de las librerías, cuya función es llegar a un nicho de lectores ofreciéndoles una diversidad de opciones y de títulos” (…) Como ha pasado en Argentina, México y Chile, las pequeñas librerías deben ampliar su catálogo de servicios (intentar acercar al lector a los autores, hacer eventos y ofrecer distintos servicios culturales —dice Steenkist y concluye—: Se trata siempre de vender libros. Pero hacerlo de otra manera”’.

- “La sociedad de las librerías muertas”, de Nicolás Morales


‘Con la certeza de lo irreparable, finalmente ocurrió: las librerías independientes naufragaron. La especulación inmobiliaria, los remates de saldos editoriales y la rotación excesiva de títulos, dicen los libreros, se llevaron del mapa del norte y centro de Bogotá la historia, trayectoria y clientela de un puñado de muy buenas librerías: Verbalia, Caja de Herramientas y Exopotamia cierran sus puertas (…) Sus casos confirmarán aquí una tendencia mundial: la desaparición de las librerías de barrio, aplastadas por los mega malls de libros’.

Serán Panamericana, la Librería Nacional, Lerner y el Fondo de Cultura Económica quienes se queden con un pastel que solo compartirán con Carrefour y el Éxito mientras Paulo Coelho siga haciendo sonar sus registradoras. Sin demasiada fe albergo la esperanza de que Biblos, Alejandría y Arteletra, tres librerías independientes importantes del norte y centro de la ciudad, consigan sobrevivir como pequeños oasis de criterio y humanidad en un entorno en el que los libros y las palabras terminaron carcomidos por los best sellers y los porcentajes de utilidad a los que solo les sacan jugo quienes lograron acaparar toda la cadena alimenticia del libro. Podríamos debatir sobre las verdaderas razones de la debacle. A las ya mencionadas se sumarían el desorden administrativo, los robos, la compra directa de las instituciones a las editoriales, la piratería, el precio de los libros importados y una cierta falta de tacto de los distribuidores con los pequeños libreros’.

(…) es triste darse cuenta de que lo poco que hay, o hubo en Bogotá, está desapareciendo. Esta ha sido, es y será una ciudad sin librerías. No hay librerías en el sur de la ciudad, salvo tres Panamericanas en Plaza de las Américas, Venecia y el Restrepo; no hay librerías en el occidente, salvo una Panamericana en Salitre’.


Hay mucho por comentar pero no sé por dónde empezar. ¿Alguien se atreve a proponer un punto de partida?

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