A través del blog de Roger Michelena llego a un texto de Felipe Ossa, gerente de la Librería Nacional del centro comercial Unicentro de Bogotá, en el que éste arremete contra la idea de que en Colombia los libros son caros. Así empieza Ossa su texto, publicado el pasado 21 de febrero en la sección de cartas de los lectores del periódico El Espectador:
‘Decía alguna vez el Conde de Siruela, fundador de la magnífica y singular editorial Siruela, que aquello de los libros caros era simplemente una actitud cultural. ¿Caros con respecto a qué? ¿A una corbata de marca? ¿A una cartera Vuitton? ¿A una atractiva y diminuta ropa interior femenina de Victoria Secret? ¿Cuándo nos quejamos del whisky caro o de la discoteca cara? Sin embargo, estamos gustosos de pagar por todas estas cosas sin chistar. No conozco el primer artículo que se haya publicado protestando por el precio de las zapatillas deportivas o de los laptops para ejecutivos’.

Los argumentos de Ossa merecen ser leídos y comentados con cuidado, así que vamos por partes:
En primer lugar, es cierto que Siruela es una editorial exquisita pero hay que decir que no a cualquiera le está permitido solventar los gastos de producción que en su momento implicaba hacer esos libros editados con tanto cuidado. Sin lugar a dudas una fortuna y un título nobiliarios ayudan a mantener a flote un proyecto de esta naturaleza y, por lo tanto, la opinión de Jacobo Siruela no sorprende por venir de quien viene.
En segundo lugar, yo diría que en Colombia los libros son caros en relación con el poder adquisitivo de la población: este año el salario mínimo es de 496900 pesos —es decir, 193 dólares o 151 euros a precio de hoy (ver en las notas el precio de cada una de estas monedas en pesos)—. En síntesis, un libro de una de esas ‘ediciones de bolsillo que no pasan de veinte mil pesos’ a las que se refiere Ossa más adelante representaría cerca del 4 % del ingreso de alguien que se gane el salario mínimo. Para contextualizar un poco la situación estuve averiguando a través de amigos que viven en Bogotá aproximadamente cuánto cuestan allí algunas cosas:
- un menú ejecutivo: +/- 4500 pesos
- un trayecto en un bus de transporte público: 1200 pesos
- un café americano: +/- 800 pesos
- una cerveza en una cafetería de barrio: +/- 1200 pesos
- un menú de McDonald’s: +/- 11000 pesos
En tercer lugar, hay que tener en cuenta que tanto una corbata de marca como una cartera Vuitton podrían ser consideradas bienes de consumo suntuario y que un laptop para ejecutivos es una herramienta de trabajo que se amortiza rápidamente mediante el uso —los franceses y algunos seguidores de los estudios culturales añadirían que a diferencia de estas mercancías el libro es un bien simbólico—. Además de una fuente de entretenimiento, el libro es un vehículo al servicio de la transmisión del conocimiento. Debido a lo anterior juega un rol central y fundamental en la educación y, por lo tanto, en ciertos momentos en los que haya que reducir gastos seguramente la necesidad de acceder a los libros será más urgente que la de poder comprar unas zapatillas deportivas o ‘la atractiva y diminuta ropa interior femenina de Victoria Secret’ que menciona Ossa.

Hasta cierto punto estoy de acuerdo con la manera como Ossa concibe el libro y con las consideraciones que hace con respecto a la mano de obra involucrada en la cadena de producción:
‘El libro es un objeto industrial que utiliza materiales que cuestan: papel, tinta, encuadernaciones, pegamento, máquinas donde se imprime, películas. Por supuesto, obreros y operarios que cobran por su trabajo. El autor, el editor, el impresor, el distribuidor y el librero, también —aunque parezca raro— son humanos y de algo tienen que vivir’.
De hecho, para fortalecer el argumento de Ossa iré más lejos: en su clásico Imagined Communities el profesor Benedict Anderson afirma lo siguiente con respecto al libro:
‘En un sentido más bien especial el libro fue la primera mercancía producida al estilo moderno de producción masiva. El sentido que tengo en mente puede exponerse si comparamos el libro con otros de los primeros productos industriales como los textiles, el ladrillo o el azúcar. Estas mercancías son medidas en cantidades matemáticas (libras o cargas o trozos). Una libra de azúcar es simplemente una cantidad, una carga conveniente, y no un objeto en sí mismo. El libro, sin embargo —y aquí prefigura los bienes de consumo duraderos de nuestro tiempo— es un objeto distinto y autocontenido que es reproducido exactamente a gran escala’*.

De acuerdo, es necesario que aquellos a los que Ossa llama “los románticos del libro” entiendan que éste no surge de la nada y que como cualquier otra empresa una editorial o una librería exigen que haya una gestión inteligente que garantice su viabilidad, por lo cual eso de que el libro ‘debería estar manejado por artistas e intelectuales’ quizás no sea del todo recomendable. Yo diría que para el funcionamiento del sector del libro es fundamental tener en cuenta la perspectiva tanto comercial como estrictamente editorial pero también diría que éstas son complementarias y que, por lo tanto, un proyecto que sólo juegue con una de ellas o que descuide la otra cojea seriamente.
En síntesis, el hecho de que entendamos que quienes hacen o venden libros no son hermanitas de la caridad o que su actividad es una forma de ganarse la vida no necesariamente significa que no podamos poner sobre la mesa una discusión alrededor del precio de los libros. Por otro lado, hay quienes dicen que el precio no es un factor determinante en la compra de libros. Además, recientemente también he oído quejas con respecto a lo caras que están la fiesta o la ropa en Bogotá.
Ossa afirma con entusiasmo que ‘el universo del libro está al alcance de todos’ pero yo no se lo creo porque hay evidencias que demuestran que no es así: el precio de venta de los libros, la falta de librerías no sólo en las zonas periféricas de las grandes ciudades sino también en las ciudades intermedias o en los pueblos y la cobertura limitada de las redes de bibliotecas públicas —que en Bogotá y Medellín no está nada mal—. Es más, es poco probable que Ossa mismo se crea lo que dice porque por experiencia propia él debe conocer muy bien las prácticas especulativas a través de las cuales los grandes grupos editoriales, las grandes superficies y las cadenas de librerías negocian el precio de los libros.
* Imagined Communities, de Benedict Anderson. pág. 34
Verso
Londres, 1991
Notas:
1. un dólar (a precio de hoy) = 2596 pesos
2. un euro (a precio de hoy) = 3310 pesos