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un libro 100% americano: anotaciones sobre sam no es mi tío

En algún momento del verano de 2012 me enteré vía Twitter de la publicación de Sam no es mi tío por parte de la filial estadounidense de Alfaguara, cuya sede se encuentra en Miami. Sam no es mi tío me llamó la atención desde el principio debido a mi interés por la crónica periodística, a su planteamiento temático, a su enfoque y a la naturaleza y ubicación de la editorial que lo publicó. Por otro lado, tanto el título como la portada del libro me parecieron bastante sugestivos porque ponen en evidencia la relación de amor y odio que muchas de las personas del resto de países americanos tenemos con Estados Unidos.

 

 

 

 

Sam no es mi tío —cuyos editores son Diego Fonseca y Aileen El-Kadi— es un volumen compuesto por 24 crónicas de igual número de autores de distintos países americanos. En la selección de los autores parece no haber ningún interés por cumplir cuotas de género o de países de origen: se trata de 5 mujeres y 19 hombres nacidos en 9 de los 35 países del continente —Argentina (4), Bolivia (1), Brasil (3), Colombia (2), Chile (3), Estados Unidos (2), Guatemala (1), México (6) y Perú (2)—. Al parecer los editores no aplicaron medidas de discriminación positiva para obtener un buen resultado en el índice de paridad de género (IPG) o para evitar polémicas en torno a nacionalidades hegemónicas y subordinadas dentro del continente americano.

 

Revisando las biografías de los autores queda claro que en el caso de varios de ellos las variables “lugar de nacimiento” y “nacionalidad” pueden llegar a ser bastante irrelevantes debido a su condición de inmigrantes —está claro que algunos están siguiendo los pasos de sus padres y abuelos—. De hecho, en su crónica Hernán Iglesias Illa (Buenos Aires, 1974) hace un relato y una serie de observaciones sobre la ceremonia de juramento a la Constitución de Estados Unidos en la que obtuvo la nacionalidad estadounidense —’el texto dice en un momento que los aquí presentes “renunciamos y abjuramos” de nuestras nacionalidades anteriores y nosotros lo repetimos, sabiendo que no lo vamos a hacer’—.

 

Aunque supongo que estos 24 autores no hablan en representación de ningún colectivo —social, político, religioso, nacional, etc.— y la mayoría de las crónicas parte de historias personales, seguramente para muchos lectores de cualquier país americano será fácil identificarse con algunos de ellos —pienso sobre todo en quienes han tenido acceso a las universidades estadounidenses o han aspirado a hacerlo—, con las historias que cuentan o con los protagonistas de éstas.

 

Es interesante que un libro como Sam no es mi tío que recoge crónicas en las que autores provenientes de distintos lugares de América se enfrentan al fantasma de Estados Unidos salga de la filial estadounidense de un gran grupo editorial español que tiene una presencia fuerte en una buena parte de los países del continente. Como explica más adelante Diego FonsecaAlfaguara USA les suministra a las filiales de los distintos países latinoamericanos los ejemplares de Sam no es mi tío que éstas soliciten para satisfacer la demanda local de sus respectivos mercados —salvo en el caso de la argentina, que recientemente hizo una edición propia—.

 

Sospecho que Sam no es mi tío puede conectar fácilmente con un cierto tipo de lector latinoamericano debido no sólo a la tradición de cronistas y al auge de la crónica periodística que hay en la región, sino también a que en América Latina la relación con Estados Unidos en muchos sentidos ha sido, es y seguirá siendo un problema irresuelto. Aunque Sam no es mi tío aborda un tema que en principio poco o nada tiene que ver con su realidad, el lector español contemporáneo también podría interesarse por este libro debido tanto a la creciente popularidad de la crónica periodística en España como al fenómeno migratorio que desde hace un par de años viene provocando la crisis económica. Según la página Web de Alfaguara, en este momento Sam no es mi tío sólo está disponible en España en formato digital.

 

A continuación reproduzco las respuestas de Diego Fonseca a unas preguntas que le hice con respecto a Sam no es mi tío:

 

Martín Gómez: ¿En qué momento, por iniciativa de quién y con qué motivación surge el concepto del libro Sam no es mi tío?

 

Diego Fonseca: En 2008, la revista que me empleaba en Miami se presentó en quiebra. Me habían llevado desde México, donde vivía, con un plan ambicioso de posicionamiento en América Latina. Habló George W. Bush ante el Congreso, la crisis apretó, Wall Street perdió todos los ladrillos y la publicidad para América Latina se congeló. Lo que siguió fue una llamada de los directores de la revista para avisarme que no podían seguir. Fue a las diez de la mañana de un domingo, en mi primer día de luna de miel en el desierto de Arizona. Tenía que contar esa historia pero no di con medios que publicaran largo formato en español en Estados Unidos. El grueso de los cronistas y escritores latinos que vivíamos entonces allá, de hecho, colaborábamos con medios latinoamericanos. Por ende, había una inteligencia viva sin muchos canales en el país: se me ocurrió que ese canal podría ser un libro. Dos años después, en 2010, lo conversamos con Aileen y comenzamos a producirlo. La idea fue retratar la relación de los latinos e hispanos con Estados Unidos sin corsés: múltiples agendas, múltiples miradas. Que la crónica permitiese mostrar la relación entre la nación hegemónica y su antiguo patio trasero. Qué vemos ahora, cómo nos relacionamos ahora, cómo es vivir dentro de Estados Unidos, cómo un individuo afirma su presencia, negocia su conflicto con una cultura receptora.

 

M.G.: ¿Qué criterios se utilizaron para escoger a los cronistas incluidos en Sam no es mi tío y para definir los temas que éstos abordarían en sus crónicas?

 

D.F.: Variados. Queríamos salirnos de la agenda de la migración indocumentada per se, pero no escaparle. No nos interesaba retratar, por ejemplo, agendas más tradicionales, como la de Cuba-Estados Unidos, que ya tiene bastante literatura producida. Miramos al migrante y su relación con el país, con otros migrantes; su propio yo en negociación con la vida diaria. Cómo es hacerse ciudadano sin ser perseguido, cómo se desmitifica la idea de que hay malos de un lado y buenos sólo del otro. De qué manera exhibíamos la dureza de ser un migrante con poca capacidad para capear los abusos y la listura del que es capaz de valerse de los huecos del sistema. Si algo hay en el libro es la exhibición de Estados Unidos como un caleidoscopio. Lo es, en buena medida. Estados vecinos pueden asumir posiciones en extremo antagónica sobre diversos temas —aborto, parejas del mismo sexo, ayudas federales, educación primaria, inmigración y dale que va— pero todos, en el fondo, reconocen su pertenencia a una nación con unas ficciones orientadoras que la mayoría acepta y promueve.

 

M.G.¿El hecho de que Sam no es mi tío haya sido publicado por la filial estadounidense de Alfaguara tiene que ver con la temática y el enfoque del libro?

 

D.F.Alfaguara USA debiera responder esto, pero creo que sí. Igual, Argentina acaba de hacer una edición propia. El resto de América Latina, desde México al Caribe, de Centroamérica a Sudamérica, importó el libro desde Miami.

 

M.G.¿Cómo ha sido hasta el momento la acogida de Sam no es mi tío?

 

D.F.: Muy buena, hasta donde sé. Yo hice presentaciones y medios en diversos países —México, Colombia, Guatemala, Perú, Ecuador— y Aileen estuvo en el norte de Argentina y la recepción es buena. En Estados Unidos, lanzamos Sam no es mi tío en las dos ferias de libros en español, LeALA en los Angeles y la Miami Book Fair de la Florida. Va bien en Amazon, y las críticas son más que buenas. El libro llegó en un buen momento. Las elecciones mostraron, otra vez, la importancia demográfica y política de los latinos. La migración latina es central para diversas economías del sur y es eficiente en materia de costos para diversos sectores, como el agropecuario y varias prestaciones de servicios. Culturalmente hay una creciente significación de lo hispano —allí el vaso está un cuarto lleno. Hay una progresiva salida del anonimato de los latinos, aunque los medios en inglés todavía no terminan de entender el proceso ni han sabido acercarse a las formas culturales de consumo de los latinos con efectividad.

 

M.G.¿En qué países circula actualmente Sam no es mi tío y en cuáles de ellos ha funcionado mejor en términos de visibilidad, comentarios y reseñas en prensa, distribución, implantación en puntos de venta, ventas, etc.?

 

D.F.: Estados Unidos, México, Guatemala, República Dominicana y Puerto Rico; Colombia, Perú y Ecuador, Bolivia y Argentina. Estamos esperando novedades para Chile y Uruguay. La recepción de prensa ha sido significativa en Colombia, Ecuador y Perú, por ejemplo. En todos los países ha habido reseñas en los medios centrales. Las principales cadenas de librerías los exhiben en las principales ciudades de la región.

 

***

 

De Sam no es mi tío recomiendo muy especialmente las siguientes crónicas:

 

- “El sueño americano”, de Jon Lee Anderson

 

“Y entonces Dios”, de Diego Fonseca

 

- “Dicho hacia el sur”, de Eduardo Halfon

 

- “El país de nunca jamás”, de Camilo Jiménez

 

 

Antes de terminar, aprovecho para darles las gracias a Camilo por regalarme un ejemplar de Sam no es mi tío durante mi último viaje a Bogotá y a Diego por responder a mis preguntas.

Miércoles, diciembre 19, 2012 categorizado bajo contenidos digitales, e-book, entorno digital, literatura latinoamericana, plataformas digitales

la relación con la biblioteca personal (en papel y en digital)

El fin de semana pasado mientras leía La tentación del fracaso me encontré en el “Tercer diario parisino (1956 – 1957)” una serie de anotaciones de Julio Ramón Ribeyro con respecto a la venta de los libros de su biblioteca personal como eventual solución a sus problemas económicos. Al respecto dice Ribeyro:

 

’11 de noviembre (9 de la noche)

 

Si mañana no ocurre algún milagro, me veré obligado a vender libros, es decir, el centenar de volúmenes que desde hace unos años me acompañan, a través de mil peripecias, por los que siento un amor que no me atrevo siquiera a describir.

 

(12 de la noche)

 

Despierto insomne luego de tres horas de sueño turbulento. Sigo pensando en la manera de evitar la venta de mis libros. Ahora veo que aquello sería un crimen imperdonable, una forma de suicidio espiritual. Voy a malbaratar años de lecturas, de reflexiones, de hallazgos, de notas marginales que sólo para mí tienen sentido. Mis libros son mi pan, mi sombra, mi memoria, todo esto y más aún… ¿Dónde me voy a buscar y reconocer? Siento un dolor desgarrador y estoy a punto de echarme a llorar. ¡Cuántas veces me he privado de una comida por comprar un libro! Si ahora vendo mis libros no es para comer sino para pagar a los malditos, a los inhumanos hoteleros de París, porque sino les pago serían capaces de hacerme un daño horrible, de matarme tal vez; en una palabra, de impedirme que alguna vez vuelva a comprar libros.

 

12 de noviembre

 

¡Se salvaron mis libros! ¿Hasta cuándo?’

 

Y luego a las 11 de la noche del 14 de diciembre anota Ribeyro:

 

Le Grand Meaulnes de Alain Fournier, Dominique de Fromentin y el Benjamin Constant de Du Bos, se convirtieron en un vaso de leche y en un paquete de cigarrillos Gauloises’.

 

 

 

¿Alguna vez han estado en esta situación que describe Ribeyro o sentido la angustia que sus palabras transmiten?

 

Estas palabras de Ribeyro ponen en evidencia el valor simbólico y sentimental que tienen los libros para ciertas personas así como la racionalidad y las pasiones en las que se fundamenta ese ambicioso proyecto que es la construcción de una biblioteca personal.

 

Antes mi apego a mi biblioteca era tal, que cuando estaba planeando irme de Bogotá me daba pavor pensar que me separaría de ella y que sólo podría llevarme conmigo unos pocos libros. Mi biblioteca personal fue un proyecto en el que durante cerca de ocho años me gasté la mayor parte del dinero que caía en mis manos. En esa época a menudo fui un comprador de libros compulsivo, caprichoso, irresponsable e incapaz de planificar sus gastos sensatamente. Durante mucho tiempo mis libros fueron mi única posesión valiosa en términos afectivos y económicos.

 

Luego durante mis primeros tres años en Barcelona sólo compré unos pocos libros porque vivía en habitaciones o pisos pequeños, me mudaba a menudo y no sabía cuánto tiempo más viviría en la ciudad. Cuando tuve la certeza de que me quedaría en Barcelona de manera indefinida al menos que algún motivo de fuerza mayor me llevara a irme de la ciudad —es decir, cuando dejé de sentir que ésta era un lugar de paso para mí— empecé a comprar libros de nuevo. Sin embargo, me convertí en una de esas personas que sólo compran lo que saben que leerán en un futuro más o menos inmediato —un principio que por razones prácticas sólo quebranto excepcionalmente—.

 

Creo que mi relación con mi biblioteca personal cambió a partir de ese momento porque me di cuenta de que ya no sentía un apego irracional hacia la mayoría de mis libros y que podía vivir con sólo unos pocos de ellos. Mientras que ahora puedo decir que no tendría mayor dificultad para deshacerme de muchos de mis libros, hay una sensación de seguridad y tranquilidad que me produce el hecho de saber que unos cuantos están ahí —siempre tengo presente de manera particular La vida de mi padre. Cinco ensayos y una meditación, de Raymond Carver—.

 

¿Algún día será posible verse en la situación que describe Ribeyro o sentir su angustia en el mundo digital?

 

Lo digital trasforma radicalmente la relación que tenemos con nuestra biblioteca en los planos tanto simbólico y emocional como jurídico. Con la irrupción de lo digital el cambio del soporte en el que existen las obras que forman parte de nuestra biblioteca y del tipo de intermediario al que se las compramos supone un cambio sustancial que va más allá de no poder tocar los libros ni sentir el olor del papel o su peso. Para entender las implicaciones que supone la compra y venta de e-books recomiendo leer el artículo “The right to resell: a ticking time bomb over digital goods”, publicado recientemente en paidContent.

 

 

 

 

En la medida en que la mayor parte de las veces realmente están pagando por una licencia de acceso al contenido en formato digital, los usuarios no pueden prestar, revender o heredar sus e-books porque las políticas de las plataformas de comercialización no se lo permiten. De hecho, en algunas plataformas de venta ni siquiera es posible comprar e-books para regalárselos a otra persona. El artículo señala que la venta de libros, revistas, discos o películas de segunda en soporte físico se apoya en la doctrina First Sale que no es aplicable a los contenidos digitales, por lo cual no contempla la reventa de éstos.

 

Es legítimo que las implicaciones del concepto de propiedad cambien con lo digital —sobre todo si los contenidos digitales se conciben como un servicio y no como un producto— pero considero que hay que revisar la posición desventajosa en la que quedan los consumidores frente a los editores y a las plataformas de comercialización en este nuevo entorno cuya configuración es un proceso que sigue estando en marcha y en el que las reglas de juego todavía están definiéndose —justo debido a lo anterior vale la pena dar la batalla y aún hay mucho por hacer—. A propósito de este tema recomiendo volver sobre los planteamientos hechos por Javier Celaya y José Antonio Vázquez en los “Derechos de los lectores de libros digitales”.

 

Espero que más temprano que tarde llegue el momento en el que las reglas del mercado hagan posible que cualquier usuario pueda transferirle parcial o totalmente su biblioteca a otro porque aquí estamos hablando de un capital simbólico en el que la inversión hecha va más allá del dinero que se gasta debido a la formación de un criterio y al esfuerzo que supone la construcción de ese proyecto personal al que muchos lectores consagran una parte importante de sus vidas. Estoy seguro de que si las reglas de juego del mercado siguen estableciéndose en detrimento de sus intereses los consumidores encontrarán la manera de subvertirlas —ver estos dos ejemplos que en su momento dieron mucho de qué hablar: Calibre plugins: the simplest option for removing most ebook DRM y DRM Removal Tools for eBooks—.

Lunes, septiembre 10, 2012 categorizado bajo literatura colombiana

bogotá

‘Cuando despertó, llovía otra vez. En Bogotá llueve toda la vida, pensó mientras miraba la mole oscura de los cerros aparatada de nubes negras. Abajo, entre la lluvia, gritaban excitados unos niños. Todo se repite, todo es igual toda la vida, todas las cosas son iguales’.

 

 

 

 

‘¿Qué es aquello? ¿Esas moles en punta, coronadas de un fleco de eucaliptos? Son los cerros. De izquierda a derecha, de norte a sur, La Moya, Piedra Ballena, el Loro, Monserrate, con el milagroso santuario de Nuestro Señor del mismo nombre, y el boquerón por donde sopla el viento de los páramos de Cruz Verde y La Viga; y después Guadalupe, también con su santuario, pero este de Nuestra Señora y menos milagroso. Esos altos edificios de cristal y ladrillo que se ven más arriba de la cota seiscientos son edificios fantasmas, prohibidos severamente por las reglamentaciones catastrales, defendidos por celadores privados armados de escopeta. Y esas barriadas escalonadas de casuchas, al sur, también prohibidas, y perseguidas duramente por el acueducto y por la policía, son barriadas fantasmas: el Paraíso, tal vez Las Colinas. Las llagas amarillas que devoran los cerros, donde antes hubo encenillos y arrayanes, y robles y cerezos, cedros y borracheros y altas palmas de cera, se llaman areneras, receberas, chircales. También está prohibida su existencia. ¿Y abajo? Esto es un parque. Frondas mezquinas, palmeras esmirriadas y tristes en el frío sabanero, negras de gasolina: son palmas bobas o quizás falsas palmas de la Nueva Zelandia, o a lo mejor papayos. Los pinos polvorientos son pinos candelabros, posiblemente traídos del Tirol. Y esos de tronco rojo, de cortezas llagadas, de ramas de plata rumorosa, son traídos de Australia: se llaman eucaliptos. Esos, de un verde claro y dulce, sauces: vinieron del Japón. La gentecita sucia y triste que se afana debajo recibe el nombre anglosajón de hippies, pero es gente de aquí: venden artesanías rudimentarias, pequeñas porquerías de cuero y lata, alambritos trenzados, cuadritos de colores, cinturones de crin. Esos otros, al pie de los semáforos, los que venden cartones de Marlboro, llevan el nombre galicado de gamines. Algunos venden también piñas, y en ocasiones aguacates, que es ese fruto verdinegro que está palpando con tres dedos la señora que va en el Renault 4, el carro colombiano’.

 

 

***

 

Y para terminar, les dejo la canción “Los cerros testigos” del álbum del mismo nombre de Ricardo Gallo.

 

* Textos tomados de Sin remedio, de Antonio Caballero (capítulos 2 y 3).

** Foto tomada de la entrada Bogotá, del blog From Madrid to Madrid.

Miércoles, mayo 30, 2012 categorizado bajo ficción breve, literatura, literatura estadounidense, literatura latinoamericana

novelas breves, novelas de gran envergadura

Al final de “La parte de Amalfitano” de 2666 hay un fragmento que en su momento me llamó muchísimo la atención y en el que pienso inmediatamente cada vez que se me viene a la cabeza algún recuerdo de esta novela de Roberto Bolaño. Dice el fragmento en cuestión —casualmente hace unos días leí por primera vez la “Nota a la primera edición” de 2666 y me di cuenta de que Ignacio Echevarría le dedica un breve comentario—:

 

‘Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez’.

 

***

 

La tradición de la literatura de ficción está llena de libros largos que por su valor literario y estético —y en ocasiones histórico e incluso político— han despertado la admiración de los lectores a tal punto que en algún momento han empezado a considerarse grandes obras y han entrado a formar parte del canon. De las obras pertenecientes a este grupo, algunas que fueron escritas en el siglo XX o que han aparecido en lo que va corrido del siglo XXI además se caracterizan por contar con una estructura compleja y por tener un componente importante de experimentación técnica. En fin, se trata de libros que en muchos casos son admirados debido a su gran envergadura entendida como una mezcla de complejidad argumental, estructural y técnica que necesita expresarse de manera extensa y que en últimas puede interpretarse como la materialización del largo alcance de las miras, de la creatividad, de la ambición, de la disciplina y del talento de sus autores —siento que empiezo a hablar de temas que los académicos que se dedican al estudio de la literatura, los críticos literarios o algunos escritores seguramente podrían explicar mejor que yo—.

 

Y luego en el campo de los best sellers también abundan los libros de gran extensión. Pienso en muchas de las novelas históricas, policíacas, juveniles, de misterio o románticas de distintos tipos que han estado en las listas de los libros más vendidos durante los últimos cinco años.

 

Si admiramos tanto la narrativa de gran envergadura debido a los rasgos mencionados anteriormente, ¿qué pasa entonces con la novela corta? ¿Cómo es la valoración que hacemos de ella y cuáles son los méritos que le atribuimos?

 

 

 

 

Aunque de primerazo me siento tentado a afirmar que como lector tengo una debilidad por la novela corta, quizás sería más acertado decir que entre mis libros favoritos hay unos cuantos que pertenecen a esta categoría. Aparte de algunas de las que menciona Bolaño en el fragmento de 2666 que motiva la escritura de esta entrada —sobre todo Desayuno en Tiffanys—, pienso en novelas como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers; La perla y De ratones y hombres, de John Steinbeck; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El astillero, de Juan Carlos Onetti; Los cachorros, de Mario Vargas Llosa; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Help a él, de Fogwill; Mi abuelo y El agrio, de Valérie Mréjen; o, para terminar con una joya del mismo Bolaño, Estrella distante*.

 

Creo que aparte de las historias que cuentan, lo que más me gusta de estas novelas es que tanto el carácter sintético como la intensidad de su escritura hacen que se acerquen mucho a la perfección formal porque al estar desprovistas de elementos accesorios no termina sobrándoles nada.

 

¿Alguien se anima a compartir el listado de sus novelas cortas favoritas?

 

* nota: pude hacer la lista de mis novelas cortas favoritas en parte gracias a un intercambio de tweets sobre el tema que tuvimos hace unas semanas con Carolina Venegas K. y con Roberto Angulo.

los 500 títulos de la colección narrativas hispánicas de anagrama

Anagrama acaba de publicar el número 500 de su colección Narrativas hispánicas. Se trata de Antagonía, un volumen que reúne por primera vez los cuatro libros que conforman esta obra de Luis Goytisolo. La colección Narrativas hispánicas apareció en 1983 y su primer título fue El héroe de las mansardas de Mansard, de Álvaro Pombo.

 

 

 

 

Si la colección Narrativas hispánicas tiene 29 años, podríamos decir que en ella en promedio se han publicado 17,2 títulos por año. Aunque está claro que a la hora de hilar fino es mejor no fiarse de los promedios. En el cuadro de publicaciones que aparece en las páginas 66 y 67 del volumen Anagrama 40 años. 1969 – 2009 hay un registro del número de títulos que se han publicado cada año en las distintas colecciones de la editorial. En el caso de Narrativas hispánicas las cifras son las siguientes —hasta ese momento se habían publicado 450 títulos. He completado los datos del período comprendido entre la segunda mitad de 2009 y lo que va corrido de 2012 revisando los boletines de novedades publicados en la página Web de la editorial—:

 

1983: 1 título

1984: 12 títulos

1985: 15 títulos

1986: 12 títulos

1987: 16 títulos

1988: 16 títulos

1989: 16 títulos

1990: 16 títulos

1991: 18 títulos

1992: 13 títulos

1993: 16 títulos

1994: 20 títulos

1995: 21 títulos

1996: 22 títulos

1997: 26 títulos

1998: 17 títulos

1999: 18 títulos

2000: 22 títulos

2001: 24 títulos

2002: 14 títulos

2003: 17 títulos

2004: 17 títulos

2005: 19 títulos

2006: 16 títulos

2007: 21 títulos

2008: 20 títulos

2009: 18 títulos

2010: 18 títulos

2011: 12 títulos

2012 (enero – marzo): 7 títulos

Total 1983 – 2012: 500 títulos

 

 

 

 

Y hasta aquí los números porque aunque éstos son importantes, lo son todavía más la naturaleza del trabajo de Anagrama en el campo de la publicación de narrativa escrita en español y la contribución que la editorial ha hecho en este ámbito.

 

***

 

En relación con el trabajo de la colección Narrativas hispánicas hay dos aspectos sobre los que me parece que vale la pena llamar la atención:

 

En primer lugar, la continuidad en el tiempo. Anagrama fue fundada en 1969 y como ya mencioné el primer título de la colección Narrativas hispánicas apareció en 1983. En este sentido la colección Narrativas hispánicas es un proyecto de largo aliento más que consolidado que reúne una muestra importante de las voces y obras más notables de la novela y del cuento que han surgido durante las últimas décadas tanto en España como en Hispanoamérica.

 

Y, en segundo lugar, la amplitud del espectro que abarca la colección Narrativas hispánicas. De hecho, el nombre mismo de la colección ya sugiere un reconocimiento de la diversidad existente en la narrativa escrita en lengua española así como la intención de dar cuenta de ella. En la colección Narrativas hispánicas han publicado autores de distintos lugares del ámbito hispanohablante, lo cual ha favorecido la circulación, la visibilidad y la lectura de su obra por fuera de sus países de origen. El desarrollo de la carrera de muchos de estos autores ha estado estrechamente ligado a la colección Narrativas hispánicas, en la cual a menudo tanto éstos como su obra han madurado y se han consolidado.

 

 

 

(Jorge Herralde y algunos de los autores que han hecho historia en la colección Narrativas hispánicas: Javier Marías, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Álvaro Pombo. Imagen tomada de la página Web de Anagrama)

 

***

 

Al igual que los pequeños y medianos editores independientes locales, las filiales de los grandes grupos editoriales españoles en los distintos países hispanoamericanos han jugado un rol importantísimo en la publicación de la producción literaria de cada país. A pesar de la fuerte implantación de los grandes grupos en Hispanoamérica y del alcance de su capacidad de acción gracias a los recursos que tienen a su disposición —ya quisieran muchas pequeñas y medianas editoriales independientes contar entre otras cosas con su estructura logística, sus redes comerciales, su aparato de difusión, su capacidad de distribución o su presupuesto de marketing—, es bastante difícil que la obra de un autor local publicado por alguna de sus filiales consiga circular por fuera de su país de origen y llegar a otros territorios. Lo usual es que la obra de un autor de este tipo empiece a llegar a otros países cuando se produce un hito en su carrera —la obtención de un premio literario de renombre, por ejemplo— o cuando éste logra un cierto reconocimiento mediático. Esta forma de operar que en principio puede parecer absurda adquiere sentido si aceptamos la premisa de que con contadísimas excepciones ni en España se venden bien los libros de los autores hispanoamericanos ni en Hispanoamérica se venden bien los libros de los autores tanto españoles como de otros países de la región. Cuando hablo de excepciones me refiero no sólo a algunas figuras vivas del boom latinoamericano como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, sino también a autores posteriores como Isabel Allende, Alfredo Bryce Echenique, Javier Cercas, Albert Espinosa, Almudena Grandes, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y Carlos Ruiz Zafón.

 

 

 

 

Además de reunir en la colección Narrativas hispánicas una muestra amplia, diversa y llamativa de obras y voces contemporáneas del ámbito de la novela y el cuento escritos en español, en general Anagrama tiene una distribución buena o al menos aceptable en una parte importante de los países hispanoamericanos. Es por esto que a través de la colección Narrativas hispánicas Anagrama ha contribuido de una manera fundamental a darles a conocer a los lectores españoles e hispanoamericanos la obra de autores hispanohablantes que normalmente son poco o nada conocidos por fuera de sus países de origen. Hay que decir además que el Premio Herralde de Novela ha servido tanto para reconocer el valor de obras puntuales de autores consagrados o en proceso de consagración como para sacar a la luz a figuras emergentes cuya carrera resulta prometedora.

 

En el texto “Recorrido por cuatro décadas” el editor Jorge Herralde llama la atención con respecto al fortalecimiento de la presencia de Anagrama en los países latinoamericanos durante el período comprendido entre 2000 y abril de 2009. Al respecto dice Herralde: ’Uno de los rasgos más destacados en este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina. Además se han realizado ediciones latinoamericanas de no pocos autores relevantes del catálogo, traducidos y españoles. En total la suma de ediciones de Anagrama en América Latina, hasta abril de 2009, asciende a 87′.

 

Vale la pena destacar no sólo que a través de las traducciones de la colección Panorama de narrativas Anagrama también ha jugado un papel clave al permitirles a los lectores hispanohablantes entrar en contacto con la obra de un buen número de grandes autores contemporáneos que escriben en otras lenguas, sino también que la colección Argumentos ha sido un vehículo eficaz para la difusión de un cierto pensamiento de ‘imaginación crítica’.

 

 

 

 

Revisando el listado de títulos publicados en la colección Narrativas hispánicas de Anagrama me doy cuenta rápidamente de que hay un montón de autores de los que además de no haber leído ningún libro, tengo poquísimas referencias. En muchos casos se trata de autores que apenas me dicen algo y hay algunos que incluso ni siquiera había oído nombrar antes. Sin embargo, el hecho de que algún libro suyo haya sido publicado en la colección Narrativas hispánicas ya me sugiere algo y hace que estos autores me despierten una cierta curiosidad. Al fin y al cabo el catálogo de una editorial también puede ser visto como una declaración de principios.

 

Aparte de las editoriales que en el campo de la narrativa publican la producción nacional de sus respectivos lugares de origen y cuyo catálogo rara vez se comercializa por fuera del mercado doméstico, hay unas cuantas que al abrirles un espacio a obras de autores de países del ámbito hispanohablante distintos del suyo están tendiendo puentes entre éstos y los lectores de toda la geografía iberoamericana. Me refiero a editoriales españolas con una larga trayectoria como AlfaguaraMondadoriPre-textosSeix Barral y Tusquets así como a otras más jóvenes —algunas de ellas latinoamericanas— como 451 editoresAlpha Decay, Barataria, CandayaDuomo, Eterna cadenciaLengua de trapo, Páginas de espumaPeriféricaSexto Piso, Trama editorialTropo editores y Veintisiete letras*. Me encantaría que dentro de cinco, quince o treinta años estas editoriales jóvenes pudieran celebrar el logro de haber hecho en sus respectivas líneas de trabajo contribuciones similares a la que Anagrama viene haciendo desde hace ya más de cuatro décadas en los distintos frentes que cubre.

 

De los títulos de la colección Narrativas hispánicas que he leído mis favoritos son: Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders —traducción del catalán—; Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas; Corazón tan blanco, de Javier Marías; Estrella distante, de Roberto Bolaño; Ochenta y seis cuentos, de Quim Monzó —traducción del catalán—; y Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos.

 

Por cierto, quien quiera echarle un ojo al catálogo completo de Anagrama puede consultarlo aquí.

 

* nota: en el caso de AlfaguaraMondadori y Seix Barral me refiero a las casas matrices en España de estos sellos pertenecientes a grandes grupos mientras que en el de las pequeñas y medianas editoriales más jóvenes he puesto las que se me vinieron a la cabeza de primerazo —supongo que varias se me deben estar quedando por fuera, así que se aceptan contribuciones para ampliar y complementar este listado—.

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