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martes, junio 2, 2009 categorizado bajo crítica, industria editorial española, notas sueltas, periodismo literario

notas sueltas [ 7 ] / libro sobre periodismo literario, los cambios en la industria editorial y los problemas de la crítica amiguista



A través de un comunicado de prensa de la filial colombiana de Santillana me enteré hace unas semanas de que Aguilar acaba de sacar en Colombia una reedición de Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal, una antología con selección y prólogo de Norman Sims que El Áncora editores había publicado hacia 2000 y que desde hacía un tiempo estaba descatalogada. La selección de textos es bastante buena y permite aproximarse al periodismo literario a través de algunas de las figuras más representativas de este movimiento.





Después de haber publicado recientemente dos libros de Gay Talese, Aguilar se anota otro hit con esta nueva edición de Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal en lo que parece ser un intento por dar cuenta de la manera como distintos autores estadounidenses han explorado la relación entre el periodismo y la literatura.


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Aprovechando que coincidiremos en Madrid durante la Feria del Libro, con Pablo Odell les hemos propuesto a Manuel Gil y a Francisco Javier Jiménez sostener una conversación a propósito de los cambios que está sufriendo actualmente el sector editorial español. Concertada esta cita, ayer decidí releer El nuevo paradigma del sector del libro para hacer un repaso de los planteamientos que ManuelFrancisco Javier hacen en este libro escrito a cuatro manos y que aporta diversos elementos para comprender la evolución del sector editorial español, su estado actual y las tendencias y los fenómenos que están teniendo lugar en él.


La riqueza de El nuevo paradigma del sector del libro a la hora de dar cuenta del pasado reciente y del presente de la edición en España se deriva tanto de la experiencia transversal de ManuelFrancisco Javier en distintas instancias de la cadena de producción editorial, como del manejo por parte de éstos de una perspectiva sociológica amplia que se nutre de los planteamientos de investigadores como Zygmunt Bauman, Gilles Lipovetsky, André Schiffrin, Gilles Colleu y Joaquín Rodríguez.


Para quienes aún no han leído El nuevo paradigma del sector del libro, reproduzco a manera de abrebocas el siguiente fragmento de su introducción:


‘El objeto de este estudio no es el libro, su definición o el diagnóstico de sus constantes vitales, sino el mercado del libro español. La doble condición que ostenta el libro, en tanto que valor cultural y objeto de consumo, por un lado enriquece y por otro dificulta su tratamiento y análisis. Los autores de este estudio, no obstante, somos de la creencia del valor insustituible del libro-cultura, pero no renunciamos a abordar el análisis de ciertas perspectivas del mercado editorial contando con esa otra dimensión insoslayable del libro-producto o libro-mercancía’.


A quienes estén interesados en profundizar en el tema, además de leer este estudio les recomiendo seguir el blog Paradigma libro.


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Y para terminar, una historia sobre comentarios amiguistas que tiene varios episodios y que desde hace varios días me da vueltas en la cabeza:


1. Adriana Cantor escribe un libro de relatos llamado La dosis mortal y lo autopublica en Colombia.


2. una reconocida revista cultural llamada Número publica una elogiosa reseña de La dosis mortal.


3. una revista sobre temas culturales que se llama Arcadia también publica un comentario elogioso de La dosis mortal que ha escrito su directora.


4. Camilo Jiménez publica en el ojo en la paja una reseña en la que es bastante crítico con el libro y con la manera como procedió la autora al publicarlo.


5. en los comentarios de la entrada se arma una discusión interesante sobre toda esta historia, que se calienta cuando el autor del comentario publicado en Número reconoce que el libro de Adriana Cantor no es ninguna maravilla y que lo que él escribió no es ‘un ejercicio crítico sobre una obra literaria en rigor. Tampoco es propaganda. Es un comentario cándido de alguien que conoce a la autora y que saluda de modo afectuoso su esfuerzo creativo’.




De la reseña de Camilo y de la discusión que ésta desencadenó saco varias conclusiones sobre las que quisiera llamar la atención:


1. el “error” de Adriana Cantor no consiste en autopublicar La dosis mortal, sino en no haber sometido su trabajo al escrutinio de un editor profesional que la orientara en el tratamiento de ciertos aspectos tanto argumentales como técnicos de sus relatos y en la selección de los textos que componen el libro.


2. no siempre los editores asumen el rol que menciona Camilo de sugerirles a los autores formas de resolver los problemas argumentales y técnicos de los manuscritos que someten a su consideración. Los editores muchas veces rechazan o aceptan los manuscritos que reciben una vez los han leído pero no les ofrecen a los autores un feedback con respecto a su trabajo.


3. la publicación de un comentario elogioso sobre un libro en un medio de comunicación le quita credibilidad tanto a quien lo escribe como al medio en el que aparece cuando el único criterio tenido en cuenta para publicar el comentario es el afecto que se le tiene al autor del libro y no se toma en consideración la calidad literaria de éste.


Con esta entrada vuelvo sobre la pregunta que me hice hace unos meses después de leer un texto de Margarita Valencia: ¿en nuestro medio cuáles son el lugar y el status de la crítica?


miércoles, enero 7, 2009 categorizado bajo crítica, reseña

el lugar y el status de la crítica

Así empieza Margarita Valencia el bonito texto que escribió para el especial Las lecturas de 2008, de la revista HermanoCerdo:

‘Se me acusó hace poco de andar escondida entre los clásicos, de escudarme en ellos para no asumir la responsabilidad debida a mis coetáneos. No es cierto. De lo que ando huyendo es de la noria del mercado editorial, que nos obliga a dar vueltas alrededor de sus propios estados contables en vez de coger el camino azaroso que nos dicte el gusto y el amor por los libros. La crítica de libros se ha convertido en una de las estaciones en el camino del éxito editorial, entre el coctel y la firma; en esa medida, cuando el desempeño de la crítica no está a la altura de las expectativas de los escritores o de los dueños de las editoriales, parece natural que se quejen.


Pero ese no debe ser el orden de las cosas. Los críticos no escriben para los escritores ni para los editores: sus interlocutores son los demás lectores y solo a ellos debe explicaciones sobre sus propias maneras de leer: el oficio de la crítica es el establecimiento de un diálogo íntimo con ellos, el ejercicio constante de la seducción a través de la develación. La relación resultante debe ser “de confianza recíproca y de amor”, en un proceso de interacción y de ósmosis. En esos términos define Steiner la relación entre discípulo y maestro, pero ello no convierte al crítico en un profesor en el sentido estricto de la palabra: de hecho su discurso nace y crece en el limbo deliciosamente indeterminado que se esconde entre la academia —empeñada en clasificaciones y etiologías— y el reporte insustancial de la actualidad. Allí puede ir y volver a su antojo, crear a diario cosmologías que expliquen el mundo, y establecer las filiaciones necesarias para que ningún libro se quede huérfano de padres, o carezca de amigos que lo acompañen, de campeones que lo defiendan de la imbecilidad de los contemporáneos y de las vicisitudes de la posteridad’.



Releer varias veces este texto me ha hecho preguntarme por el lugar que debe ocupar la crítica y por el status de ésta. Supongo que Margarita está refiriéndose a lo que sucede actualmente en Colombia cuando dice que ‘la crítica de libros se ha convertido en una de las estaciones en el camino del éxito editorial, entre el coctel y la firma’. Supongo también que en otros lugares la situación debe ser parecida. E insisto en que lo supongo en la medida en que rara vez leo reseñas de libros y mucho menos críticas porque ambas suelen parecerme aburridísimas. Prefiero leer directamente los libros y ya. Lo máximo que llego a leer aparte de la obra en sí es algún comentario personal que no pretende dar la última palabra sobre nada.


En una época en la que la concentración de la propiedad de los medios de comunicación y la naturaleza eminentemente comercial de la mayor parte de éstos imponen restricciones a la diversidad de puntos de vista representados allí —¿recuerdan “el caso Echevarría”, provocado por una crítica desfavorable que escribió Ignacio Echevarría para el suplemento cultural de El País acerca de una novela de Bernardo Atxaga publicada por Alfaguara?—, la reducción de los costes de producción de las publicaciones impresas y el acceso a los contenidos en formatos digitales son una alternativa para la creación de nuevos espacios de reflexión y de exposición de ideas donde no haya cabida para que las grandes empresas ejerzan presión a favor de sus intereses corporativos.


Si para los públicos masivos mirar los comentarios de libros de la prensa generalista es suficiente, para satisfacer a los pequeños públicos especializados o con intereses muy específicos esperemos que sobrevivan al menos unos pocos espacios como las revistas académicas, las publicaciones de reseñas como la Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid o el Boletín Cultural y Bibliográfico —que no sé si sigue editando la Biblioteca Luis Ángel Arango en Colombia— y, claro, algún suplemento cultural confiable. En el ámbito hispanohablante personalmente me gustan el cultura/s —de La Vanguardia—, el Dominical —de El Heraldo—, Radar y Radar Libros —de Página/12— y adncultura —de La Nación—. Por otro lado, recientemente dos buenos editores me han dicho que el ABCD —de ABC— también está muy bien.

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Una última cosa: no dejen de echarle un ojo ni al blog de Margarita ni a su columna en la revista Arcadia.

viernes, noviembre 2, 2007 categorizado bajo crítica, marketing, ventas de libros

buenas ventas a pesar de la extensión


La excelente acogida que han tenido recientemente tanto la nueva traducción de Vida y destino, de Vasili Grossman, como Las benévolas me parece un indicio de que es necesario matizar esa idea que tenemos tan interiorizada de que los libros largos no funcionan comercialmente.

Es cierto que tenemos poco tiempo para leer y que la televisión, el cine, los videojuegos e Internet compiten con la lectura en el uso de tiempo libre. Sin embargo, también parece ser cierto que si un libro ha sido escrito por una figura reconocida o que si recibimos una referencia suya a través de una fuente confiable es muy probable que lo leamos independientemente de su extensión.


Supongo que es ahí donde puede fallar la lógica de los departamentos de marketing de los grandes grupos editoriales, que buscan libros cuyos argumentos se ajusten a ciertas fórmulas y que cumplan con especificaciones particulares en términos temáticos, técnicos y de extensión.

Tal vez a los estudios de mercado se les escapen otros factores que inconscientemente tenemos en cuenta a la hora de escoger nuestras lecturas, gracias a los cuales les robamos tiempo a nuestras rutinas establecidas para leer mamotretos como Vida y destino, Las benévolas, 2666, Los detectives salvajes o La tentación del fracaso.

El siguiente listado demuestra que hay casos en los que antecedentes como el reconocimiento del autor, la buena acogida de la crítica o una campaña de prensa y una distribución adecuadas pueden hacer que la extensión no sea un obstáculo para que ciertos libros —independientemente de su calidad literaria— tengan un buen rendimiento en ventas:

Vida y destino, de Vasili Grossman: 1111 páginas

Las benévolas, de Jonathan Littell: 1200 páginas

2666, de Roberto Bolaño: 1127 páginas

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: 609 páginas

La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro: 704 páginas

sábado, julio 21, 2007 categorizado bajo crítica, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 34 ] / ‘las buenas y las viejas reseñas’

Una vez más encontramos un texto interesantísimo en el blog de la redacción de la revista Letras libres. En esta ocasión se trata de una reflexión acerca de las diferencias existentes entre los mundos anglosajón y de habla hispana en términos tanto de la actitud de los escritores consagrados frente a los que están en proceso de formación, como de las repercusiones de ésta sobre el status que tienen allí las reseñas y quienes las escriben.

Las buenas y viejas reseñas

Por Julio Trujillo


En entrevista reciente, John Updike contaba que siempre ha sido fiel al New Yorker, y que procura publicar ahí con la mayor frecuencia posible: algún cuento, por supuesto, y algún ensayo largo, pero sobre todo reseñas —las buenas y viejas reseñas—. Es probable que en el ámbito anglo esto no sorprenda tanto, pero sí en el de habla hispana. ¿Uno de los grandes escritores estadounidenses escribiendo reseñas, cómo? Me atengo a mi experiencia mexicana y un poco a la española: en general, allá y aquí se piensa que la reseña es un género menor. El reseñista sería el garrotero en el restaurante de la escritura. Esto no es una teoría sino una verdad científica ratificada por algunas excepciones (Savater reseña libros constantemente, por ejemplo). ¿Por qué se piensa que comentar un libro (una novedad) en dos cuartillas y media es bajar de nivel? Supondría distraerse de la obra propia, poner los ojos en el presente y actuar con cierta generosidad. Pero no, eso es morralla, calderilla para jóvenes talacheros. Qué subidón de nivel veríamos en suplementos y revistas si los escritores consagrados, y además buenos (distinción importante), no despreciaran el género de la reseña.

En la misma entrevista, Updike también afirma que procura leer, junto a sus autores predilectos, a escritores jóvenes, para mantenerse alerta y, dado el caso, también reseñarlos. Esto ya es pedir demasiado: que un gran escritor se detenga a comentar el libro de un joven. Sucede a veces en las presentaciones de libros, pero en ellas se esperan sólo unas amables palabras. Si reseñar un libro es como bajar de nivel, ¿qué significará reseñar a un joven? Interrumpirse, fatigarse, volver al parvulario… O tal vez creen, genuinamente, que no hay suficiente calidad (así, en general). En poesía, en México, esto es bastante claro: los poetas importantes no comentan críticamente a los jóvenes, aunque sea para regañarlos. Pueden incluso ser sus tutores o hasta sus amigos, pero a la hora de comprometer el gusto y el criterio en letra impresa, nanái: no hay nada, o casi nada. Esperan que tomemos la estafeta leyéndolos a ellos e incorporándonos a la tradición, lo cual me parece muy bien, pero debería haber más actividad a la inversa.

lunes, junio 18, 2007 categorizado bajo crítica, grupos multimedia

mi doble interés por lo literario y por lo extraliterario

Hace unos años, cuando empecé a leer, quería conocer hasta el más mínimo detalle de la biografía de los autores que me gustaban, tener en mis manos todo texto que hubieran escrito o que se hubiera escrito sobre ellos, leer su obra de cabo rabo y encontrar en su vida elementos que me ayudaran a entenderla. Luego, cuando empecé a estudiar Literatura, mis profesoras me enseñaron que sólo importaban el texto en sí y la crítica y que, por lo tanto, en los estudios literarios todo lo demás no hacía más que desviar la atención. Hacia la mitad de la universidad la crítica literaria empezó a parecerme insoportable y mi fetichismo por la figura del autor una necedad. A partir de entonces la idea de los autores y las obras de culto me resulta absolutamente fastidiosa —aunque hay obras de culto que me gustan muchísimo como El guardián entre el centeno y La conjura de los necios—.

Confieso que el culto al autor que se deriva de la importancia que tienen para Occidente las nociones de ‘individuo’ y de ‘genio’ es una de las cosas que más me molesta del ámbito literario. Me choca muchísimo ver a los escritores comportándose como divas y a los medios dándoles cuerda para subir a costillas de ellos unos cuantos puntos de audiencia un jueguito que les viene muy a cuento a aquellos medios pertenecientes a grupos multimedia que también tienen negocios en el sector editorial—. En mis lecturas me tienen sin cuidado la educación sentimental o las tragedias personales del autor del libro que estoy leyendo. De la misma manera, dejé de entusiasmarme cuando me encontraba con entrevistas a los autores que me gustan porque me cansé de no encontrar opiniones que me interesaran verdaderamente. Y en cierto sentido no podría interesarme menos lo que digan los críticos sobre el autor o sobre su obra. Y digo que sólo en cierto sentido porque lo que sí que me interesa, y mucho, es el funcionamiento del mercado editorial —que, en últimas, fue y sigue siendo mi principal motivación para hacer la apuesta que representa para mí [ el ojo fisgón ]—.


En este sentido la literatura me interesa desde una doble perspectiva: por un lado, el contenido del libro y punto —es decir, lo literario—; y, por el otro, todo lo que se mueve alrededor del libro como mercancía simbólica que es puesta en circulación y que terminamos haciendo nuestra en la medida en que deja una huella en nosotros —algo bastante extraliterario—. Esta segunda fuente de interés me suscita, entre muchas otras, las siguientes preguntas: ¿Qué nos motiva a leer un libro? ¿Qué esperamos de él? ¿Cuáles son las razones por las que escogemos un libro entre todos los demás? ¿Quiénes orientan nuestra decisión de leer una cosa u otra? ¿Qué papel juega la lectura en nuestras vidas? ¿En qué momentos leemos? ¿Qué importancia tiene para nosotros comprar libros? ¿Dónde preferimos comprarlos? ¿Qué hay detrás de una biblioteca personal? ¿Qué espacios ofrecen las bibliotecas públicas y universitarias? ¿En qué medida les sacamos el jugo a la oferta que éstas hacen? ¿Cómo se conforman las tendencias del mercado editorial? ¿Quiénes y de qué manera instauran las modas literarias? ¿Cuáles son los factores que contribuyen al éxito de un libro? ¿Qué implicaciones tiene la concentración de la propiedad en el mercado editorial? ¿Cuáles son las estrategias que deben adoptar las editoriales independientes para ser viables como empresas y sobrevivir?


Ahora creo que ese hastío del culto al autor me permitió empezar a leer de una manera más desprevenida y ser más ecuánime en mis opiniones. Tal vez esa nueva actitud influyó en mi decisión de hacer mi trabajo de grado sobre tendencias y hábitos de lectura de narrativa contemporánea en lugar de escoger una obra y desarrollar un análisis de texto alrededor suyo.


Este fin de semana encontré en las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro dos textos que considero que con un jab de derecha resuelven mejor de lo que yo podría hacerlo mi inquietud con respecto a las cuestiones del autor y de la crítica:


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“La crítica no se opone necesariamente a la creación y son conocidos los casos de creadores que fueron excelentes críticos y viceversa. Pero generalmente ambas actividades no se dan juntas, pues lo que las separa es una manera diferente de operar sobre la realidad. Ahora que he leído las actas de un coloquio sobre Flaubert he quedado asombrado por el saber, la inteligencia, la penetración, la sutileza y hasta la elegancia de los ponentes, pero al mismo tiempo me decía: ‘A estos hombres que han demostrado tan lúcidamente la obra de Flaubert nadie los leerá dentro de cinco o diez años. Un solo párrafo de Flaubert, qué digo yo, una sola de sus metáforas, tiene más cargas de duración que estos laboriosos trabajos’. ¿Por qué? Sólo puedo aventurar una explicación: los críticos trabajan con conceptos, mientras que los creadores con formas. Los conceptos pasan, las formas permanecen”.


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“Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o sólo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia los comentarios sobran”.