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lunes, septiembre 10, 2012 categorizado bajo literatura colombiana

bogotá

‘Cuando despertó, llovía otra vez. En Bogotá llueve toda la vida, pensó mientras miraba la mole oscura de los cerros aparatada de nubes negras. Abajo, entre la lluvia, gritaban excitados unos niños. Todo se repite, todo es igual toda la vida, todas las cosas son iguales’.

 

 

 

 

‘¿Qué es aquello? ¿Esas moles en punta, coronadas de un fleco de eucaliptos? Son los cerros. De izquierda a derecha, de norte a sur, La Moya, Piedra Ballena, el Loro, Monserrate, con el milagroso santuario de Nuestro Señor del mismo nombre, y el boquerón por donde sopla el viento de los páramos de Cruz Verde y La Viga; y después Guadalupe, también con su santuario, pero este de Nuestra Señora y menos milagroso. Esos altos edificios de cristal y ladrillo que se ven más arriba de la cota seiscientos son edificios fantasmas, prohibidos severamente por las reglamentaciones catastrales, defendidos por celadores privados armados de escopeta. Y esas barriadas escalonadas de casuchas, al sur, también prohibidas, y perseguidas duramente por el acueducto y por la policía, son barriadas fantasmas: el Paraíso, tal vez Las Colinas. Las llagas amarillas que devoran los cerros, donde antes hubo encenillos y arrayanes, y robles y cerezos, cedros y borracheros y altas palmas de cera, se llaman areneras, receberas, chircales. También está prohibida su existencia. ¿Y abajo? Esto es un parque. Frondas mezquinas, palmeras esmirriadas y tristes en el frío sabanero, negras de gasolina: son palmas bobas o quizás falsas palmas de la Nueva Zelandia, o a lo mejor papayos. Los pinos polvorientos son pinos candelabros, posiblemente traídos del Tirol. Y esos de tronco rojo, de cortezas llagadas, de ramas de plata rumorosa, son traídos de Australia: se llaman eucaliptos. Esos, de un verde claro y dulce, sauces: vinieron del Japón. La gentecita sucia y triste que se afana debajo recibe el nombre anglosajón de hippies, pero es gente de aquí: venden artesanías rudimentarias, pequeñas porquerías de cuero y lata, alambritos trenzados, cuadritos de colores, cinturones de crin. Esos otros, al pie de los semáforos, los que venden cartones de Marlboro, llevan el nombre galicado de gamines. Algunos venden también piñas, y en ocasiones aguacates, que es ese fruto verdinegro que está palpando con tres dedos la señora que va en el Renault 4, el carro colombiano’.

 

 

***

 

Y para terminar, les dejo la canción “Los cerros testigos” del álbum del mismo nombre de Ricardo Gallo.

 

* Textos tomados de Sin remedio, de Antonio Caballero (capítulos 2 y 3).

** Foto tomada de la entrada Bogotá, del blog From Madrid to Madrid.

martes, julio 20, 2010 categorizado bajo literatura colombiana

bicentenario literario (20.07.1810 – 20.07.2010)

Unos se llevan la mano derecha al corazón para cantar el himno nacional y rinden homenaje a la bandera tricolor ondeándola, atándosela a la muñeca o cosiéndola en sus morrales; otros organizan congresos y escriben libros para honrar o poner en evidencia a los próceres de la Independencia y a los padres de la patria; hay también quienes desfilan por las calles principales o salen a ver a quienes lo hacen; unos celebran la continuidad y otros siguen lamentando la pérdida de la única verdadera esperanza de cambio que recuerdan; otra demanda al Estado por las consecuencias de su propio oportunismo mientras muchos la repudian; y así se nos van los días.

Yo, por mi parte, aprovecho la ocasión para recordar mis libros favoritos de literatura colombiana.

Frutos de mi tierra, de Tomás Carrasquilla

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

– La tejedora de coronas, de Germán Espinosa

Si mañana despierto, de Jorge Gaitán Durán

Todos estábamos a la espera, de Álvaro Cepeda Samudio

Femina Suite, de R. H. Moreno Durán

Sin remedio, de Antonio Caballero

Primero estaba el mar, de Tomás González

Un beso de Dick, de Fernando Molano

– Serie Chigüiro, de Ivar Da Coll

Emiliano, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng

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Más que un lector sistemático y riguroso, he sido un lector curioso, caprichoso, errático e influenciable por los comentarios de otros. Este listado de mis libros favoritos habla mucho de mis gustos y de mis intereses pero también de las cosas que no he leído, de mis manías, de mis deudas y de mis fobias.

Quizás si hubiera leído El carneroLa Vorágine o la obra de Porfirio Barba Jacob estarían en esta lista. He sido un lector poco juicioso de Germán Espinosa y de Fernando Vallejo y cuando algunos amigos me lo reprochan sólo me queda reconocerlo y prometer una vez más que pronto voy a dedicarles tiempo. Por algún prejuicio político de hace años no he leído nada de Laura Restrepo. Me entusiasma Pedro Badrán y Evelio Rosero me da curiosidad. En su momento aposté por Héctor Abad, Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Efraím Medina y varios otros contemporáneos suyos que con excepción de Enrique Serrano me decepcionaron contundentemente. Y de mis contemporáneos no he leído prácticamente nada pero me gustaría y quiero hacerlo.

lunes, noviembre 16, 2009 categorizado bajo 1, editores colombianos, editores independientes, literatura colombiana

editoriales independientes: ¿inexistentes, ausentes o invisibles?

En su edición de ayer la revista Semana publicó en la sección de Cultura el artículo “Final de temporada”, en el que aprovechando la cercanía de la temporada navideña hace ‘un corte de cuentas con las apuestas editoriales en narrativa colombiana de fin de año’. El artículo empieza afirmando que ‘aunque muchos editores coinciden en que este no ha sido el mejor año para la literatura en Colombia, y en que las publicaciones literarias sufrieron las reestructuraciones y los recortes propios de un mundo en crisis, también es cierto que hubo apuestas. Y algunas cuantiosas’.

 

ARTÍCULO_SEMANA_FINAL_DE_TEMPORADA

 

Si algo me llama la atención del examen de las apuestas que hace el artículo, es que en él no se menciona a ninguna editorial independiente colombiana —aunque sí a la española Pre-Textos—. En el artículo se presentan las novedades de fin de año de algunos de los sellos de los grupos Norma, Santillana y Planeta: La otra orilla, Alfaguara, Seix Barral y Planeta.

 

Ayer tras leer el artículo se me ocurrieron unas cuantas preguntas para buscar las causas que podrían explicar el hecho de que con excepción de Pre-Textos las editoriales independientes brillen por su ausencia en este artículo. Aquí van:

 

1. ¿las editoriales independientes colombianas no publican narrativa —o no la suficiente—?

2. ¿los libros de narrativa que publican las editoriales independientes colombianas carecen de los méritos necesarios para ser mencionados en el examen de las apuestas en narrativa colombiana de fin de año?

3. ¿lo que publican las editoriales independientes no tiene una circulación amplia porque en Colombia no existe un aparato de distribución que llegue a todos los puntos de venta del país?

4. ¿los libros de las editoriales independientes colombianas no tienen la suficiente visibilidad ni en los puntos de venta ni en los grandes medios de comunicación?

5. ¿lo que publican las editoriales independientes carece de interés tanto para los grandes medios de comunicación como para sus públicos?

6. ¿las editoriales independientes no existen para los grandes medios de comunicación?

7. ¿las editoriales independientes y los grandes medios de comunicación se inscriben en dos circuitos distintos que parecen no cruzarse en ningún punto?

 

La formulación de estas preguntas es sólo una tentativa por encontrar posibles explicaciones a la ausencia de las editoriales independientes colombianas en el artículo “Final de temporada”. Y cuando hablo de “posibles explicaciones” lo hago porque seguramente la respuesta a todas estas preguntas o a la mayor parte de ellas sea al menos parcialmente positiva.

 

Quizás las editoriales independientes colombianas no publican mucha narrativa; probablemente la narrativa que publican estas editoriales no sea de muy buena calidad; los problemas de circulación y visibilidad de lo que publican las editoriales independientes tienen mucho que ver con la precariedad del sistema de distribución, con las tensiones existentes en su relación tanto con las librerías como con los medios de comunicación y con la manera como gestionan lo que tiene que ver con promoción y prensa; y es posible que a los grandes medios de comunicación no les resulten muy atractivos los libros publicados por las editoriales independientes y que consideren que éstas están fuera de su órbita —y aquí siempre habrá un lugar para la teoría de la conspiración, según la cual es evidente la existencia de una alianza estratégica entre grandes grupos editoriales y grandes medios—.

 

Nota: vale la pena aclarar que la sección de Cultura de la edición de ayer de la revista Semana incluye un breve comentario sobre el libro El Palacio de Justicia, de Ana Carrigan, publicado recientemente por la editorial independiente Icono.

martes, junio 10, 2008 categorizado bajo literatura colombiana

inventario de lecturas [ 8 ]

1998 también fue un año interesante y enriquecedor porque empecé a sentir que en la universidad estaba en un entorno que resultaba altamente estimulante en la medida en que a mi alrededor había gente inquieta cuya proximidad incentivaba el desarrollo de las inquietudes que me iban surgiendo y al mismo tiempo me suscitaba otras nuevas.


El año empezó con la compra entusiasta de los Manifiestos nadaístas, cuya lectura fue lo suficientemente decepcionante como para incitarme a no seguir leyendo literatura colombiana contemporánea con la misma vehemencia con la que venía haciéndolo hasta ese momento. Después de año nuevo empecé a leer La montaña mágica, de Thomas Mann, y a pesar de que estaba enganchado no pude acabarla porque cuando iba en la mitad empezaron las clases y no tuve más tiempo para seguir leyendo. Desde entonces tengo con La montaña mágica una deuda que quisiera saldar pero que no sé cuándo podré hacerlo.


Ese semestre no pude seguir evadiendo los cursos teóricos y de literatura clásica porque la consejera del departamento me obligó a matricularme en clases que además de ayudarme a hacerme una idea de los antecedentes de la tradición literaria occidental, me dieran herramientas teóricas para abordar los textos. Fue así como terminé inscrito en Lingüística I, Literatura española I y un seminario del Decamerón. El curso que más me motivaba era uno dedicado a Julio Cortázar, que a pesar de las lecturas que hice resultó siendo una gran decepción.



Los cursos de Literatura española y del Decamerón me sirvieron para sacarme de la cabeza esa idea de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Los romanceros españoles, las antologías de Menéndez Pelayo, el Libro de buen amor, La Celestina y las historias picarescas del Decamerón me revelaron que podía sentir los clásicos como algo cercano a mí y que incluso podía divertirme leyéndolos.


Aunque no estaban incluidos en el programa del curso de Cortázar, en esa época leí La prosa del observatorio, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Para el curso había leído un puñado grande de cuentos de distintas épocas, Rayuela —por fin completa— y alguna otra cosa de Cortázar.


Ese semestre me colé en un curso sobre Borges en el que un profesor de esos que embaucan a sus estudiantes con una retórica llena de fuegos artificiales—y que a mí me deslumbraban en esa época porque la perspectiva desde la que abordaban la literatura no tenía ningún tipo de pretensiones científicas— nos iba sugiriendo lecturas como Fervor de Buenos Aires, El tamaño de mi esperanza, El libro de arena, El informe de Brodie y Las siete noches. Como iba tomando nota de todas las referencias que oía, de rebote terminé leyendo algunas cosas de Macedonio Fernández, de Felisberto Hernández, de Roberto Arlt y de Adolfo Bioy Casares.


Motivado por las inquietudes que me habían surgido tanto en las clases como en mis interminables conversaciones de cafetería, durante las vacaciones de mitad de año de 1998 leí tres libros que se volvieron fundamentales para mí:


El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Niebla, de Miguel de Unamuno

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol



Durante esas mismas vacaciones decidí leer la Ilíada y aunque no me gustó me obligué a leerla hasta el final porque ahora que me había reconciliado con los clásicos el sólo hecho de pensar en abandonarla me hacía sentir mediocre y culpable. Yo seguía queriendo leerlo todo y me frustraba que un libro me quedara grande o ser incapaz de conectar con él. Afortunadamente un par de años después me quitaría este complejo y empezaría a atreverme a dejar tirado todo libro que no me sintiera a gusto leyendo.

martes, mayo 27, 2008 categorizado bajo literatura colombiana

inventario de lecturas [ 7 ]

En el segundo semestre de 1997 finalmente me matriculé en la carrera de Literatura. Yo quería tiempo para leer y ésa fue la mejor forma que encontré de tenerlo. El programa de Literatura estaba estructurado en varias áreas y salvo contadas excepciones uno podía ver las clases en el orden que quisiera porque casi ninguna tenía prerrequisitos.

Empezar no fue nada fácil. Revisando el programa de estudios me encontré con que había un montón de cosas que no me interesaban o que me producían pánico pero a las que tarde o temprano tendría que enfrentarme: literatura del Siglo de Oro, lingüística, épica griega, teoría literaria, literatura precolombina o historia de la lengua.


Yo sólo quería leer literatura moderna y contemporánea.


Estaba frente a un problema y como no quería enfrentarlo en ese momento, opté por inscribirme en la clase de Introducción a los estudios literarios —que era obligatoria— y por escoger dos cursos sobre temas que me interesaran: Teatro colombiano y Seminario de Vargas Llosa.


En mi curso de Introducción a los estudios literarios la profesora proponía un recorrido por la literatura universal que empezaba con el sacrificio de Isaac de la Biblia y terminaba con Crónica de una muerte anunciada. Todo iba bien para mí hasta que la profesora nos dijo que empezáramos a leer la Poética de Aristóteles para discutirla en clase porque así nos familiarizaríamos con los géneros clásicos y tendríamos herramientas para abordarlos.


En ese momento tenía 19 años y venía del colegio con el trauma de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Obviamente nunca empecé a leer la Poética ni mucho menos la Odisea, así que mientras mis compañeros discutían sobre la catarsis del héroe en la tragedia o sobre las reglas de la hospitalidad yo me quedaba mirando por la ventana hasta que se acababa la clase. Superado el impasse griego, antes de llegar a Crónica de una muerte anunciada leímos El Lazarillo de Tormes, Hamlet y algunos cuentos de Balzac, de Poe y de Cortázar. Al final del curso hice un trabajo pésimo acerca de De sobremesa, de José Asunción Silva.


El curso de Teatro colombiano fue un desastre. Yo me había inscrito en él pensando que me serviría para conocer las nuevas tendencias del ámbito teatral colombiano pero me encontré con que a la profesora sólo le interesaban el Teatro La Candelaria y el Teatro Experimental de Cali. Aunque las clases eran un poco aburridas —de hecho creo que en ninguna sesión me quedé hasta el final—, las obras que leíamos me gustaban un montón porque en ese momento me interesaba mucho la literatura como vehículo de transmisión de ideas políticas.


El Seminario de Vargas Llosa fue el curso que salvó el semestre. Ahí releí La ciudad y los perros y leí por primera vez Conversación en La Catedral, El elogio de la madrastra e Historia de Mayta. Además de hacerme muy feliz, la lectura de estas novelas de Vargas Llosa hizo que me dieran muchas más ganas de leer.


Entre tanto, por fuera de la universidad seguía perdido en el hoyo negro de la literatura colombiana posterior a García Márquez. Continuaba con la idea de que era importante conocer lo que se había escrito en Colombia durante las últimas décadas y lo que se estaba escribiendo en ese momento. Si no estoy mal, cuando me hastié del nadaísmo fue que me di cuenta de que había tocado fondo y de que era necesario corregir el rumbo.


Afortunadamente corregí el rumbo y al hacerlo mi percepción con respecto a los clásicos y mi relación con éstos cambiaron radicalmente.