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Martes, marzo 6, 2007 categorizado bajo escritores, literatura, literatura colombiana

gabomanía

Hoy García Márquez está cumpliendo ochenta años y dentro de poco se celebrarán cuarenta de la publicación de Cien años de soledad, por lo cual en estos días todo el mundo anda con la gabomanía alborotada. Por todas partes todos hablan de Gabo: Antonio Caballero, Monsiváis, John Lee Anderson, Volpi, Paz Soldán, Ignacio Echavarría, Iván Thays y hasta la vicepresidenta primera del gobierno español.

Para empezar quiero decir que me parece detestable la actitud lisonjera tanto de los oportunistas que se creen figuras centrales en la vida de ‘nuestro querido Nobel’ porque un tío materno suyo al que ni siquiera conocieron tomaba café junto a El Tiempo cuando Gabo era poco menos que un don nadie, como de los patrioteros que se llenan la boca diciendo que García Márquez es el ‘escritor vivo más importante del mundo’. Tan detestable como la de esos escritores iconoclastas que, en lugar de dedicarse a demostrar con su propia obra lo que ellos mismos son capaces de hacer, se quedan toda la vida demeritando el trabajo de quienes al contribuir a la fundación de tradiciones han hecho aportes realmente importantes a la literatura.

Y como intento ser ecuánime, sólo diré que opino que García Márquez es un gran escritor; que odio que me pregunten si me gusta más que Borges porque pienso que son dos autores incomparables pero que, no obstante, la lectura de ciertos textos de cada uno de ellos me produce un entusiasmo similar; que su fascinación por el poder hace que me resulte una figura pública insoportable; que no me aguanto a sus aduladores; que aunque los cuentos de Ojos de perro azul me parecen excesivamente herméticos tienen una atmósfera que me atrae y me seduce; que la crítica que equipara Colombia con Macondo me produce sentimientos encontrados; que me encanta su obra periodística, sobre todo la de esos primeros años en la costa; que considero que Cien años de soledad es una novela sorprendente; que un día no muy lejano me gustaría sentarme a leer El otoño del patriarca; que me parece que Crónica de una muerte anunciada es una novela perfecta; que El amor en los tiempos del cólera me fascina desde el epígrafe mismo de Leandro Díaz; que nunca me han dado ganas de leerme ni Del amor y otros demonios ni Memorias de mis putas tristes; que me da repelús cada vez que alguien tiene la genial idea de terminar un texto afirmando que “las estirpes condenadas a cien años de soledad” no tendrán “una segunda oportunidad sobre la tierra”; y, finalmente, que aunque no soporto lo que García Márquez representa como figura pública, el conjunto de su obra me parece admirable.

Jueves, febrero 1, 2007 categorizado bajo escritores, literatura, literatura colombiana

primerísimas lecturas

Después de no haber leído nada, a los 18 años pasé a querer leerlo todo. Un todo indefinido cuyo horizonte se ampliaba con cada autor del que les oía hablar con propiedad a otras personas, con cada libro que caía en mis manos y con cada visita a una librería. En medio de mis ganas de leerlo todo pasaron por mis manos desde Dickens, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Dostoievski, Darwin, Kafka y Eduardo Galeano y Rubén Darío hasta Fukuyama, Sábato, Kundera, Adam Smith, Breton, Conrad, Dante, Whitman, Andrés Caicedo, José Martí, Vargas Llosa y Hesse, pasando por Rousseau, Patricia Highsmith, García Márquez, Sartre, Carpentier, Freud, Virginia Woolf y los nadaistas.

Aunque sabía que era imposible recuperar el tiempo perdido, sentía que abalanzarme sobre cada libro que viera o del que oyera hablar era una forma de impedir que la brecha entre lo que no había leído y yo siguiera creciendo. Siempre creí que fue justamente para lograrlo que me metí a estudiar Literatura. Y también que hacerlo fue un buen intento.

Memoria de una obsesión


Cada vez que pasaba por una librería, que pescaba algún comentario o que me sentaba a hablar con alguien mi cabeza grababa una serie de nombres de escritores colombianos hasta el momento desconocidos para mí que a partir de entonces tendría en la mira y que con seguridad leería más adelante. Sentía que si quería recuperar el tiempo perdido debía empezar por lo más cercano a mí, que era la literatura colombiana.

Entonces me fijé el objetivo de familiarizarme con la obra tanto de las figuras del pasado y del presente, como de las promesas de la literatura colombiana. Así descubrí no sólo las colecciones de autores colombianos de la editorial Oveja Negra, de Planeta y de Colcultura, sino también las revistas Golpe de dados, Puesto de combate, Huellas, La casa grande, Número y El Malpensante. Durante un tiempo me dediqué a buscar todo lo que habían escrito estos autores y a leer todo lo que encontrara. Como además de leer los libros quería tenerlos, la poca plata que tenía me la gastaba comprando todo lo que se me atravesaba por delante.

Aunque la mayoría de lo que leí mientras me duró esa obsesión con la literatura colombiana era de una calidad lamentable debido a su carácter pretencioso y fallidamente vanguardista, durante ese periodo breve pero intenso tuve la suerte de descubrir a grandes autores como Tomás Carrasquilla, José Asunción Silva, Germán Arciniegas, León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Zalamea Borda, Eduardo Caballero Calderón, Klim, Alfredo Iriarte, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Espinosa, R. H. Moreno Durán, Antonio Caballero, Tomás González y Fernando Molano.

La verdad es que aunque esta época tuvo todas las cosas aburridas de una obsesión, también tuvo todas las cosas positivas de un buen comienzo.

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