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Miércoles, julio 13, 2011 categorizado bajo destacados, literatura española, literatura estadounidense

lecturas para el verano

Desde que me convertí en lector a los 17 años, para mí las vacaciones siempre han sido el momento ideal para dedicarme a la lectura de aquellos libros que más tengo ganas de leer. Cuando estaba en la universidad la Feria del libro de Bogotá coincidía con la víspera del inicio de mis vacaciones largas, así que durante las semanas previas reunía todo el dinero que podía —lo poco que conseguía ahorrar más lo que mi papá me regalaba, que solía ser alrededor del 75% del monto final— para irme de compras. Durante los exámenes finales me iba a la feria y me armaba de un buen arsenal de lecturas para los tres meses de vacaciones que me esperaban. Muchos de los libros que compré en esa época los leí mucho más tarde o hasta ahora no los he leído. En cualquier caso están ahí, ocupando su lugar en ese proyecto de vida que es mi biblioteca personal.

 

Cuando viajaba con mi familia o con mis amigos siempre me llevaba un buen cargamento de libros con la esperanza de leerlos todos, aunque al final sólo terminaba leyendo tres o cuatro como máximo. Al cabo de un par de viajes ya sabía que me estaba llevando más libros de los que podría leer pero me tranquilizaba saber que no iba a quedarme sin lecturas o que si alguno no me gustaba podía dejarlo y continuar con otro. Muchos de mis libros favoritos los leí durante mis temporadas de vacaciones de la universidad: Cien años de soledadEl amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato; La montaña mágica, de Thomas Mann; Desayuno en Tiffany’sA sangre fría, de Truman Capote; Niebla, de Miguel de Unamuno; Santo oficio de la memoria, de Mempo Giardnelli; La mujer que se estrellaba contra las puertas, de Roddy Doyle; y Leviatán, de Paul Auster.

 

Luego cuando empecé a trabajar tuve claro que para leer algunos libros de una cierta extensión me harían falta unas vacaciones más o menos largas —pensando en quienes dicen haberse iniciado como lectores alguna vez que se enfermaron durante su niñez, muchas veces he llegado a pensar que la ocasión perfecta para hacer estas lecturas sería una baja por enfermedad (un lujo impensable para un freelance)—. Es por eso que desde entonces he aprovechado algunas de mis vacaciones para leer novelas largas que hoy en día se encuentran ente mis libros favoritos como Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Espero que algún día no muy lejano les llegue el turno a libros cuya lectura es una deuda que tengo pendiente como Historia de dos ciudadesGuerra y paz, En busca del tiempo perdidoLos demonios, La guerra del fin del mundo, Tres tristes tigres, La consagración de la primaveraEl obsceno pájaro de la noche, toda la saga de Wilt de Tom Sharpe, la Trilogía de DeptfordMantra, 2666Tu rostro mañana.

 

Tengo previsto dedicar una parte importante del tiempo de estas vacaciones de verano a la lectura de dos novelas más o menos largas que quiero leer desde hace ya un buen tiempo: La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, y Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

 

 

 

Ningún lugar es malo para unas buenas lecturas vacacionales: la playa, la montaña, la ciudad, un pueblo o incluso la propia casa. Felices lecturas a quienes próximamente vayan a tomarse unas vacaciones.

 

¿qué pasó en estas dos semanas de ausencia?

Terminada la mudanza, vuelve [ el ojo fisgón ]. Ya estoy instalado en la nueva casa aunque una buena parte de mis cosas siguen metidas en cajas, maletas o bolsas y mis libros aún no están en su lugar.

A pesar del cierre temporal de [ el ojo fisgón ], durante estas dos semanas de ausencia no dejé de seguir la actualidad del sector editorial en la medida en que me fue posible hacerlo. Hoy quisiera referenciar y comentar rápidamente algunas cosas que pasaron durante los casi quince días que no estuve posteando.

eForo Publidisa 2010

La segunda edición del eForo Publidisa se celebró el pasado jueves 27 de mayo en Madrid y su cartel de expositores reunió a expertos en la adopción de lo digital por parte del sector editorial y a representantes de empresas de tecnología, de bufetes de abogados especializados en gestión de derechos, de editoriales técnicas y del sector público.

Los tándems Gil & Jiménez y Gozzer & Vicente presentaron sus respectivas anotaciones con respecto al evento.

En la entrada que le dedicaron al eForo Publidisa los paradigmáticos destacan algunos aspectos de los debates que les llamaron la atención:

‘- El discurso de la digitalización ya está asumido: ya no se trata de digitalizar hacia pasado, sino hacia futuro, es decir, orientar los negocios hacia los nuevos escenarios.

- La gran apuesta no son los aparatos, la cacharrería/electrónica de consumo, sino la gestión acertada de los contenidos.

- La clave no está sólo en lograr un partner tecnológico adecuado, sino en asociarse con otras empresas editoriales: solos no podremos hacer nada.

- Aún así, no estamos ante un mercado maduro, ni mucho menos, por lo que se impone la cautela, sin pausa. El pistoletazo de salida lo dará un «caso de éxito».

- Precio del ebook y perspectivas de fututo para este mercado, disparidad de opiniones.

- La línea de acción contra la piratería digital, de forma unánime, no parece ser ni el DRM ni la judicialización’.

Por su parte, los anatomistas —que fueron invitados a hacer una exposición sobre el uso de la comunicación online en el sector editorial— presentaron esta semana su decálogo de conclusiones personales del eForo Publidisa 2010:

’1. El tamaño del mercado digital es aún muy pequeño y no está maduro, razón de más para aplicar los cambios necesarios y estar preparados para un futuro cercano.

2. Los editores son conscientes de que no pueden desarrollar solos la tecnología necesaria por lo que es un campo abierto a la externalización.

3. El discurso sobre la digitalización debe incluirse de forma natural en todos los procesos productivos.

4. Los lectores o ereader deben seguir evolucionando y, sobre todo, democratizándose a un precio adecuado para que se produzca el boom definitivo de su comercialización.

5. Los editores deben seguir en el cuore del negocio, haciendo lo que mejor saben hacer: editar.

6. La separación entre contenido y continente permitirá la apertura de nuevos modelos de negocio.

7. El editor debe seguir experimentando cosas nuevas para la explotación de sus contenidos. No todos los modelos que se están probando en otros países son exportables a España.

8. La protección mediante DRM y la acción judicial ejemplarizantes son las acciones consideradas menos efectivas para luchar contra las acciones extramercado.

9. Debe haber una reflexión sobre el precio del ebook. No se debería marcar teniendo en cuenta las economías de escala de los libros físicos ni partir del precio fijo.

10. Los verdaderos competidores de los editores en un futuro son los propios usuarios. Las empresas que triunfen serán aquellas que sean capaces de colocar las necesidades del usuario en el centro de su negocio’.

Creo que en sus planteamientos los padadigmáticos y los anatomistas recogen los aspectos básicos del estado de la cuestión con respecto al desembarco de lo digital en el sector editorial: los ejes centrales de la reflexión que está teniendo lugar, posibles maneras de encarar y asimilar lo digital y perspectivas a futuro.

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- Inicio de la Feria del Libro de Madrid 2010

Con respecto a la Feria del Libro de Madrid vale la pena destacar dos eventos que tuvieron lugar el pasado viernes 4 de junio:

1. Worstsellers: Segunda edición de los libros peor vendidos, en el que participaron Daniel Ortiz (Escalera), Pablo Mazo (Salto de Página), Marian Womack (Nevski Prospects) y Ulises Ramos (Artemisa) bajo la moderación de Juan Cruz.

Con respecto al evento, dice Juan Cruz en su blog del diario El País:

‘Aparte de competiciones, lo que es importante de esta iniciativa es que expone ante la gente la meritoria labor de editores, sobre todo jóvenes, capaces de arrostrar todo tipo de dificultades, en épocas del monocultivo editorial de los grandes éxitos, y de publicar libros que en otros tiempos o en otros países serían asumidos en seguida por las librerías de fondo o por el sistema bibliotecario. Y no sólo pone de manifiesto esa contradicción que hay entre el entusiasmo y los resultados, sino que resalta el sentido del humor (y de la realidad) de editores cuya franqueza contrasta con la reserva de otros que tampoco venden pero que van por la feria y por la vida como si ellos fueron el pico de los best sellers’.

2. El libro y la piratería digital, organizado por CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) y en el que participaron Andrés Trapiello, Aldo Olcese, Antonio María Ávila y Juan Mollá.

En relación con ‘las cifras que han dado los ponentes sobre las pérdidas por lucro cesante que genera la piratería digital de libros’ comenta María José de Acuña:

‘Me gustaría saber cómo se extraen esos porcentajes que llenan los informes oficiales y terminar de convencerme -si tengo que hacerlo-, de que tristemente “nos hemos convertido en una cuna de piratería”, como ha afirmado Antonio María Ávila esta mañana.

Y creo que es necesario que se nos explique la metodología que se sigue en esos estudios porque en la pasada Feria del Libro de Sevilla Joaquín Rodríguez, desmontó el argumento que sostiene que las 200 páginas webs ilegales detectadas concentran el 80% de la piratería que provoca cientos de millones de pérdidas al sector ilustrando al auditorio sobre cómo se hacen esos cálculos econométricos. Rodríguez apuntaba que no se trata de descargas efectivas sino de “meras extrapolaciones a partir del nº de páginas donde hay enlaces que apuntan a sitios desde los que se pueden realizar descargas” y que señalan, en todo caso, “lo que se podría llegar a perder si se descargaran esos contenidos”. Por tanto, si hay explicaciones rigurosas que cuestionan las pesimistas conclusiones de esos estudios, también deberían hacerse oír voces oficiales que las rebatan para que así el ciudadano medio pueda saber a qué atenerse para obtener una opinión propia. Pero vemos que no es así.

Añadiría otra pregunta: si es tan incipiente el mercado de la edición digital en nuestro país, ¿qué es lo que se piratea?’

Para proteger realmente los intereses de sus afiliados las asociaciones gremiales como CEDRO y la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) deberían ocuparse de buscar vías para encarar lo digital en lugar de seguir machacando con el tema de la piratería, que es bastante anterior a Internet, que es inevitable aunque atenuable y que debe combatirse creando una oferta legal amplia que tenga un valor agregado difícilmente reproducible por la oferta pirata.

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- Publicación del artículo Derechos de los lectores de libros digitales en dosdoce.com

El artículo, cuyos autores son Javier Celaya y José Antonio Vázquez, plantea un dodecálogo de derechos a los que por ningún motivo deben renunciar quienes compren contenidos para leer en soportes digitales independientemente del modelo de acceso implantado por la plataforma de distribución proveedora de dichos contenidos.

Dicen Javier y José Antonio:

’1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.

2. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.

3. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.

4. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.

5. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.

6. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.

7. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.

8. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.

9. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.

10. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.

11. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.

12. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.

Sin lugar a dudas más que de derechos adquiridos, en muchos aspectos este dodecálogo habla de conquistas que tendríamos que conseguir para protegernos como ciudadanos y consumidores y evitar que la decisión con respecto a lo que podemos hacer con los productos que compramos quede en manos de los proveedores de contenidos y/o de servicios tecnológicos.

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- Publicación del especial de ficción “20 Under 40″ que para este verano preparó la revista The New Yorker escogiendo ‘a veinte jóvenes escritores que capturan la inventiva y la vitalidad de la ficción americana contemporánea’.

Los autores seleccionados por The New Yorker en el especial “20 Under 40″ son los siguientes :

- Chimamanda Ngozi Adichie

- Chris Adrian

- Daniel Alarcón

- David Bezmozgis

- Sarah Shun-lien Bynum

- Joshua Ferris

- Jonathan Safran Foer

- Nell Freudenberger

- Rivka Galchen

- Nicole Krauss

- Yiyun Li

- Dinaw Mengestu

- Philipp Meyer

- C. E. Morgan

- Téa Obreht

- Z Z Packer

- Karen Russell

- Salvatore Scibona

- Gary Shteyngart

- Wells Tower


Con “20 Under 40″ la revista The New Yorker nos está indicando dónde debemos poner el ojo para encontrar la que a su juicio es la mejor narrativa estadounidense joven de nuestros días —tal y como lo hace Granta con sus especiales “Best of Young American Novelists”, “Best of Young British Novelists” y próximamente “Los mejores narradores jóvenes en español”—. El rol prescriptor de estos especiales es tan poderoso y fundamental que para los autores incluidos en ellos puede significar el paso que les hacía falta hacia la consolidación de sus carreras.

Miércoles, julio 30, 2008 categorizado bajo librerías, literatura estadounidense, ventas de libros

la paciente tarea de perseguir libros [ 2 ]

El programa de mi curso de “Cuatro narradores norteamericanos” incluía Un árbol de noche, de Truman Capote, que es el libro de cuentos más bonito que he leído hasta el momento —no puedo evitar releer cada cierto tiempo Niños en su cumpleaños, La botella de plata y Miriam, tres relatos que cada vez me emocionan incluso más que la primera vez—. Aparentemente ninguna librería de Bogotá tenía el libro en stock, por lo cual tuvimos que leerlo en fotocopias.

Un árbol de noche me gustó tanto, que la idea de no tener un ejemplar en mi biblioteca empezó a perturbarme. Cada vez que pasaba frente a una librería entraba a buscarlo pero poco a poco fui perdiendo la esperanza de encontrarlo. Sin embargo, entre tanto se me atravesaron por el camino otros libros de Capote como El arpa de hierba, Otras voces, otros ámbitos y Música para camaleones, que entonces tampoco se encontraban fácilmente.

Como Álvaro Castillo sabía que yo estaba enganchado a la narrativa gringa, cada vez que yo pasaba por San Librario me ofrecía libros que había ido encontrando y que había guardado para mí. Sin embargo, no había por ningún lado quien diera razón de Un árbol de noche.

En ese momento ya tenía todos los volúmenes de cuentos de Raymond Carver que existían en castellano —se los pedí a los de Círculo de lectores, que distribuyen Anagrama en Colombia, y que me los dieron como parte de pago por haber trabajado en un concurso de cuento que organizaba el periódico El Tiempo— y desde hace un tiempo habían empezado a llegar a las librerías colombianas las ediciones de Alianza de El guardián entre el centeno, de Nueve cuentos y de Franny y Zooey, de J. D. Salinger

***



Toda la semana había estado en el cierre de la revista en la que trabajaba entonces y el viernes después de hacer la última revisión de pruebas de impresión tenía que ir a una papelería a comprar materiales para hacerle un cartel de bienvenida a mi hermanita, que regresaba a Bogotá después de vivir un año en Francia. Aprovechando que estaba cerca, decidí ir a la Panamericana de la calle 72 con carrera 15 a hacer las compras.

Después de comprar moldes de letras, cartulina y globos decidí subir a la sección de libros para distraer el cansancio que llevaba encima. Tras echarles un ojo a las mesas de saldos, que era lo que había ido a ver inicialmente, pasé por las estanterías y sin estar buscándolo encontré justamente un ejemplar de Un árbol de noche en una edición de bolsillo de Sudamericana importada de Argentina que era más bien fea —sin embargo, la traducción era la misma que Juan Villoro había hecho para Anagrama—.

Estuve hojeando el libro durante un rato ansiosamente porque me parecía increíble haberlo encontrado. Sin embargo, al cabo de un momento caí en cuenta de que no llevaba ni un peso encima mío —después de hacer las compras del cartel de mi hermanita sólo me habían quedado unas cuantas monedas para pagar el bus que tenía que coger para ir a mi casa—.

Ahora que había encontrado un libro que había buscado durante tanto tiempo no iba a dejarlo escapar por el simple hecho de no tener dinero, así que decidí buscar un lugar seguro para esconderlo e ir a comprarlo al día siguiente a primera hora. Después de probar varios escondites y distintas formas de camuflar el libro, lo metí al fondo de los estantes donde estaban los manuales de jardinería.

Lo extraño es que cuando iba de salida vi en la mesas de novedades un ejemplar de Luna caliente, una novela bellísima de Mempo Giardinelli que en Colombia había publicado editorial Norma—en España lo hizo Alianza—, que llevaba mucho tiempo descatalogada y que yo había dejado de buscar después de haberla sacado de la biblioteca Luis Ángel Arango —ahora la editaba Planeta, junto con el resto de la obra del escritor argentino—. Aunque en los estantes había un par de ejemplares más de Luna caliente, en ese momento me pareció que lo más coherente con lo que acababa de hacer era coger uno y esconderlo junto a Un árbol de noche.

Ese viernes por la noche mi mamá tuvo que hacer sola el cartel de bienvenida para mi hermanita porque el estado de exaltación en el que llegué había agudizado mi torpeza para las manualidades. Al día siguiente me levanté temprano, cogí el carro de mi mamá sin avisarle y me fui por la carrera séptima hasta la calle 72 esquivando todo lo que se me atravesaba por delante.

***


Ya tenía todos los libros que me habían obsesionado durante un par de años y que me había costado mucho trabajo encontrar. Buscarlos infructuosamente durante tanto tiempo me había producido tanto desgaste, que un buen día terminé dándome cuenta de lo absurdos que habían llegado a ser mi adoración por los libros y mi apego a mi biblioteca —que sigue estando en la que era mi habitación en la casa de mis papás, supongo que cubierta de polvo—.

Martes, julio 29, 2008 categorizado bajo librerías, literatura estadounidense, ventas de libros

la paciente tarea de perseguir libros [ 1 ]

Todavía me emociono cada vez que descubro una nueva librería o que paso frente a una que me gusta —algo que cuando estaba en la universidad me pasaba incluso al ver sobre una mesita un libro cualquiera—. En esos momentos soy víctima de una ansiedad intensísima. Es como si hubiera un imán que me atrajera hacia la vitrina, que luego me arrastrara hacia adentro y que me mantuviera absorto hasta el cansancio. Se trata de un impulso que sencillamente no puedo controlar.


***


La lectura de Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote, me motivó a meterme en el mundo de los narradores estadounidenses del siglo XX. Empecé por lo más obvio: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner y John Dos Passos. Luego encontré por casualidad a John Steinbeck y a Erskine Caldwell.

Aunque entonces ya estaba enganchado a la literatura gringa, creo que las estocadas finales me las dieron mi amigo Freddy presentándome a J. D. Salinger y mi profesora Piedad Bonnett poniéndome a leer a Carson McCullers y a Raymond Carver en un curso llamado “Cuatro narradores norteamericanos”.

***


Después de leer El guardián entre el centeno, Reflejos en un ojo dorado y Catedral me dije que tendría que leer y tener en mi biblioteca todo lo que hubieran escrito Salinger, McCullers y Carver —lo reconozco, en esa época yo era un fetichista de los libros—. Como en el año 2000 los libros de ninguno de ellos llegaban a Colombia con regularidad, sólo era posible leerlos sacándolos de la biblioteca Luis Ángel Arango o pidiéndoselos prestados a alguien que los hubiera encontrado antes de que la mayor parte de las buenas librerías de Bogotá se fueran a la quiebra una tras otra. Por otro lado, la posibilidad de comprarlos se reducía a tener la suerte de que en alguna librería quedara algún ejemplar de un pedido hecho un tiempo atrás —lo cual me pasó dos milagrosas veces—, a rebuscarlos en librerías de segunda mano o a encargárselos a alguien que viajara a España.

Desde entonces cada vez que pasaba frente a cualquier librería entraba y me iba directo a la sección de narrativa, donde empezaba buscando a Salinger, McCullers y Carver para luego continuar con Hemingway, Fitzgerald y Steinbeck. La mayoría de las veces no encontraba más que unas ediciones horribles de El viejo y el mar, de La perla y de Desayuno en Tiffany’s —recuerdo haberme topado con una traducción hecha en Argentina en la que el título era Desayuno con diamantes y con otra edición de allí mismo que traducía The Catcher in the Rye como El cazador oculto—. De vez en cuando se veía por ahí un ejemplar de la antología Short Cuts, de Carver, y en el pabellón de saldos que montaba la Panamericana en la Feria del libro a menudo había varias pilas de ejemplares de las ediciones de bolsillo que había publicado Seix Barral de La balada del café triste y de Frankie y la boda, de Carson McCullers —que eran rematados por el precio de dos empanadas—.

Por pura casualidad, en menos de un mes mi búsqueda arrojó resultados inesperados en dos ocasiones: primero encontré en la sucursal de la librería Buchholz del hotel Tequendama —que habían abierto hacía poco tiempo y que en ese momento estaban saldando— un ejemplar de la edición de Edhasa de Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, de Salinger; y luego en la librería Alejandría se me atravesó un ejemplar de La vida de mi padre. Cinco ensayos y una meditación, un libro minúsculo de una colección muy bonita de editorial Norma que se llamaba “La pequeña biblioteca” y que reunía algunos de los ensayos más lindos de Carver.

***


Alguna vez alguien me contó que Álvaro Castillo, quien desde San Librario se convirtió hace varios años en el mejor dealer de libros para muchos lectores bogotanos de mi generación —dicen que incluso García Márquez y Fidel Castro le hacen encargos—, recorría todos los días distintos sitios de venta de saldos y libros de segunda para terminar al final con una bolsa que de vez en cuando incluía una que otra joya. Yo no sé si la anécdota será cierta o si será más bien una leyenda urbana pero un día encontré por accidente en la Panamericana de la calle 72 con carrera 15 —que supuestamente estaba incluida en el itinerario de Álvaro y en la que a menudo hay unos verdaderos chollos— dos libros que estaba buscando desde hacía un par de años y desde entonces pienso que si no fuera tan perezoso cada vez que pasara frente a una librería entraría a enfrentarme a la probabilidad de hacer algún hallazgo inesperado.

Pero bueno, aquí empieza otra historia que contaré en mi entrada de mañana.

littell, ¿un escritor antimediático?

La intención de manejar un bajo perfil es un rasgo que ha caracterizado a Jonathan Littell desde que se ganó el Prix Goncourt con su novela Les Bienveillantes —recién publicada por RBA en español como Las benévolas—. Desde el momento mismo en que se rehúsa a ir a la gala de entrega del premio Littell decide no ser un escritor mediático, lo cual es poco usual hoy en día y significa sustraerse de la espectacularización del ámbito de lo literario —un tema al que ya me referí cuando hablé del fenómeno Michel Houellebecq y del lanzamiento del libro de Yasmina Reza sobre Nicolas Sarkozy—.

El remate de la entrevista publicada el sábado pasado en Babelia ilustra la actitud de Littell:

P. ¿Se siente un miembro de ese club de Bartlebys que fundó Enrique Vila-Matas?


R. Bartleby el escribiente es un libro que me fascina. Ese personaje que no dejaba de decir que preferiría no hacerlo, en cierto modo, fue mi actitud con el Goncourt, que pasaran de mí.


P. ¿En qué anda metido ahora?


R. Pues en nada. Apenas tengo tiempo para concentrarme en cosas serias con todo esto.


P. Pero, ¿escribe?


R. No.


P. ¿No quiere escribir otra novela?


R. Ya veremos. Me paso la vida en cosas que me vienen de este maldito libro, estoy harto.


P. ¿Maldito libro? ¿Ya lo odia?


R. No, haberlo escrito, no. Pero todo esto. Repetir esta entrevista 30 o 40 veces…


P. No da muchas.


R. Demasiadas para las que yo concedería. No le veo sentido a no ser que surjan cosas nuevas. Hay que hacerlo, es parte de su trabajo también, deben vender periódicos, es puro comercialismo, no tiene nada que ver con otra cosa. He hecho algunas entrevistas interesantes en las que han surgido algunos elementos nuevos y entonces valen.


P. ¿En ésta ha dicho algo nuevo?


R. No.


P. Pues añádalo.


R. No tengo más que añadir. -

Con su decisión de no ser un escritor mediático Littell parece hacer lo mínimo para contribuir a la promoción de su novela, que es un proceso que requiere que el autor conceda entrevistas en todos los medios, que vaya a firmar ejemplares de su obra en las librerías y que se muestre simpático e ingenioso con todo el mundo. Sin embargo, el revuelo que se produjo en los medios tras la salida de Les Bienveillantes, la buena acogida que ésta tuvo entre la crítica, los premios que recibió y el número de ejemplares vendidos constituyen en sí mismos argumentos de venta de la novela y dan pie para que su aparición dé de qué hablar. Estos argumentos sumados a una buena distribución y a una buena ubicación del libro en punto de venta contribuyen a contrarrestar el daño que le pueden hacer a la promoción de la obra la intención de su autor de manejar un bajo perfil y el fastidio que éste manifiesta hacia los medios de comunicación.

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