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la lista de la compra de flaubert

En la universidad me convertí en un fan absoluto de cierto tipo de narrativa británica del siglo XVIII y francesa del XIX. A principios de 2007 abrí [ el ojo fisgón ] y poco después me alegró empezar a encontrarme una y otra vez con que varias pequeñas editoriales independientes españolas de aparición más o menos reciente estaban publicando títulos no sólo de algunos de mis narradores franceses favoritos —Balzac, Flaubert, Maupassant, Stendhal o Zola—, sino también de algunos otros clásicos europeos. Me refiero a editoriales como Cabaret Voltaire, El olivo azul, FunambulistaImpedimenta, Marbot, minúscula, NevskyNórdica, Páginas de espumaPeriférica y Sexto piso.

 

En la primavera de 2008 le expresé mi entusiasmo a una joven editora que hacía poquísimo había abierto una pequeña editorial independiente, que entre muchas otras cosas estaba publicando obras de algunos de los autores franceses del siglo XIX que más me gustan. Le comenté a la editora que me emocionaba muchísimo que algunas de las jóvenes editoriales españolas estuvieran apostando por autores fundamentales de la tradición literaria occidental —más que todo franceses y británicos—. Con el sentido crítico que la caracteriza, la editora me recomendó moderar mi entusiasmo ante lo que en su opinión podía ser un juego tramposo porque para los editores esos autores a los que yo estaba haciendo referencia podían ser un filón relativamente fácil de explotar.

 

 

 

 

 

 

Los argumentos que me dio la editora para cuestionar las virtudes de la recuperación de textos clásicos de los siglos XVIII y XIX son los siguientes:

 

– por tratarse de obras de dominio público, los editores no tienen que pagar derechos para poder publicarlas.

– a menudo se trata de trabajos menores de poco valor literario que ocupan un lugar marginal tanto en la obra de sus autores como en la tradición literaria.

– como sus autores se consideran canónicos en el ámbito de la literatura occidental, la marca del autor es un valor seguro para muchos lectores y puede ser un argumento a favor no sólo de la inclusión de algunas obras en las compras de bibliotecas y en los programas de estudios tanto de colegios como de universidades sino también de la obtención de ayudas a la traducción.

 

En síntesis, la editora consideraba que debido a estas tres circunstancias la recuperación de textos clásicos de los siglos XVIII y XIX que en ese momento era tan popular en la edición independiente española podía llegar a ser una apuesta bastante fácil porque suponía unos costes y un riesgo más bien bajos para los editores. Dicho esto, reconozco que sus argumentos me parecieron más que razonables y legítimos.

 

Hacia mediados de 2011 me encontré con una veterana editora que definía la joven editorial para la que trabajaba como “independiente” a pesar de que pertenecía a un gran grupo extranjero. Esta editora que estaba apostando por traducir de lenguas como el alemán, el francés, el inglés o el italiano obras de autores contemporáneos consideraba que la mayoría de las veces la recuperación de textos clásicos no aportaba mayor cosa y no les auguraba un buen futuro a las editoriales que estaban trabajando tan enfáticamente en esa línea.

 

– ‘Algún día una de estas editoriales terminará publicando la lista de la compra de Flaubert’, dijo la editora subrayando con muy mala leche la irritación que el tema le producía.

 

A priori me parece importante que el lector contemporáneo tenga la oportunidad de acceder a obras de autores clásicos que no estén disponibles en el mercado bien sea porque hasta ahora no han sido traducidas o bien porque desde hace un tiempo se encuentran descatalogadas —sobre todo si se hacen ediciones tan cuidadas como las que vienen haciendo las editoriales que he mencionado en el primer párrafo de esta entrada—. Y también me parece necesario que cada cierto tiempo se hagan nuevas traducciones de los clásicos escritos en lengua extranjera que siguen formando parte del repertorio de lecturas de una sociedad determinada o que se incorporan a éste —lo cual, además, supone una oportunidad estupenda para quienes se dedican a la traducción—.

 

El hecho de que las valoraciones que se hacen tanto de los autores como de sus obras cambien de una época a otra me lleva a plantearme varias preguntas: ¿vale la pena publicar todo lo que escribieron los autores que hoy en día se consideran canónicos? ¿Por qué ciertas obras de autores clásicos nunca han estado disponibles en una lengua o llevan tanto tiempo sin estarlo? ¿Cuáles obras de estos autores merecen ser puestas a disposición del lector contemporáneo?

 

A través de las pequeñas editoriales independientes mencionadas no sólo he descubierto varios trabajos poco conocidos o menores de algunos autores clásicos europeos —a menudo bastante curiosos—, sino que además he accedido a nuevas versiones de algunos títulos emblemáticos de su obra. Un aspecto que me llama la atención es que hasta ahora que yo recuerde ninguna de estas pequeñas editoriales independientes ha publicado un título clásico europeo que además de tener un alto valor literario sea de gran envergadura —un territorio del que quizás debido tanto a la magnitud del trabajo como al coste económico que éste supone están ocupándose sobre todo editoriales pertenecientes a grandes grupos como Alba, Alianza, Cátedra o Mondadori—. Mención aparte merecen las ediciones de los cuentos completos de Chéjov, Maupassant y Poe que ha publicado Páginas de espuma.

 

En el caso de la pequeña edición independiente las líneas editoriales que en términos generales encuentro más interesantes son justamente las que exploran territorios distintos de la recuperación de clásicos europeos.

jueves, junio 19, 2008 categorizado bajo literatura europea

¿literatura europea?

Hace unos días el periodista francés Jean-François Fogel escribió en su blog una entrada en la que cuestiona la creación de un premio oficial de literatura por parte de la Comisión Europea. Según Fogel, ‘todavía no se sabe si se trata de literatura contemporánea o de literatura y punto, pero me parece peligroso, en un continente que fue la cuña de dos guerras mundiales poner, en marcha una posibilidad de enfrentamiento duradero’. Sinceramente no creo que Europa se vaya a ir otra vez a la guerra ni por Eurovisión, ni porque los hinchas del Chelsea destrocen cualquier ciudad a la que vaya a jugar su equipo ni mucho menos por algo tan poco popular como un premio literario.


Fogel muestra su preocupación con respecto a la noción de “literatura europea” cuando afirma que:

‘Lo más preocupante es leer el concepto de “literatura europea” en un documento oficial. ¿De qué se trata, de qué hablamos? Hay tantas literaturas ¿Toda Europa se reconoce en Harry Potter, en las novelas policíacas de Stieg Larsson o en el relato histórico de Arturo Pérez-Reverte? Temo que la aparición de un premio oficial de literatura europea ponga en duda la existencia de Europa. Ni hablar de los autores como Joseph Conrad (tres veces europeos con una vida polaca, una vida francesa y una vida inglesa) que ubican su novela en tierras o mares de Asia o de África. ¿Vamos a inventar el concepto de novelistas europeos emigrados?’


Aunque soy perfectamente consciente de que Europa no es una entidad homogénea y que existen enormes diferencias no sólo entre los distintos países sino también dentro de éstos —pienso en casos límite como España, Bélgica o Suiza—, la verdad es que no entiendo la preocupación de Fogel. Como lo diría Benedict Anderson, las naciones son “comunidades imaginadas” cuya existencia se basa justamente en la invención de rituales colectivos —como el otorgamiento de un premio literario— que si consiguen volverse significativos para la gente con el paso del tiempo llegan a convertirse en tradiciones.


Me gusta la exaltación que hace el editor catalán Jaume Vallcorba de esa idea de “literatura europea” que a Jean-François Fogel le parece tan peligrosa porque identifica no sólo los vasos comunicantes existentes entre autores provenientes de épocas y lugares muy distintos, sino también el rastro de una tradición literaria supranacional:

‘Una de las asignaturas que me encargaron en la Universidad Pompeu Fabra tenía un título francamente horrendo. Se llamaba “Literatura de tradición europea”. A mí me habría gustado que se llamara “Literatura occidental” y punto, pero resulta que como todavía existía el muro de Berlín, parecía como si ese apelativo excluyera un espectro importantísimo de literaturas del centro y del este de Europa. El título era muy animal pero al mismo tiempo muy exacto.


Durante bastantes años intenté dar una explicación de las grandes líneas de la tradición literaria europea, desde los trovadores hasta la poesía del siglo XX. No me ocupaba de la tradición clásica aunque las referencias a ésta eran inevitables. Hay una línea que describe perfectamente ese camino que empieza con los trovadores, sigue con los estilnovistas, continúa con Dante, Petrarca y Shakespeare y se prolonga hasta pleno siglo XX con figuras como Thomas Mann, William Butler Yeats, Franz Kafka o W. H. Auden. Se trata de una línea poderosa y seguirla es muy interesante porque uno se da cuenta de que está trabajando en ámbitos lingüísticos distintos, que en términos culturales parecen ser muy diferentes pero que acaban dibujando una tradición europea sólida basada sin duda en los usos tanto de la retórica como de un sistema referencial común. La existencia de esta línea explica por qué durante siglos un ruso había entendido perfectamente bien a Cervantes, un inglés a Dante o un alemán a Shakespeare. Finalmente estaba ese espacio común’.

entrevista a valeria bergalli, editora de editorial minúscula / "me interesa mucho la escritura que se encuentra en la frontera"


minúscula es una de esas editoriales independientes que le apuestan a la construcción de un catálogo consistente que se atreva a alejarse de los caminos comúnmente transitados por las propuestas mayoritarias. La editora Valeria Bergalli nos habla acerca de las motivaciones que en 1999 la llevaron a crear minúscula, del perfil de cada una de sus tres colecciones y del tipo tanto de textos como de autores que le gusta incluir en el catálogo de la editorial.

MARTÍN GÓMEZ: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de crear la editorial minúscula?

VALERIA BERGALLI: La historia es bastante larga. Desde que era muy joven tuve la fantasía de dedicarme al mundo de la edición y, sobre todo, de tener la posibilidad de fundar una editorial o, de alguna manera, de poder configurar un catálogo. Entonces me cuesta mucho establecer un momento a partir del cual tengo una iluminación y digo ‘quiero dedicarme a esto’. Es algo que, además, está muy relacionado con mi vida personal y familiar. Por ejemplo, mi abuelo era pintor e ilustrador y tenía su estudio en casa. Cuando yo era muy pequeña, incluso antes de ir al colegio, leí La isla del tesoro ilustrada por mi abuelo. Todas estas clásicas cosas que uno lee o comienza a hojear de pequeño. Yo veía cómo mi abuelo trabajaba en casa y cómo luego eso que él hacía regresaba en forma de libro. Él me explicaba todo el proceso por el que habían pasado sus dibujos, lo cual al final era una explicación de cómo nace un libro.

Por otro lado, soy hija única y mis padres han viajado desde que yo era muy pequeña. Nací en Buenos Aires, mi madre es italiana y pasé casi toda mi adolescencia en Alemania. Durante muchos años estuve haciendo con mis padres un triángulo entre Buenos Aires, Roma y Alemania. Para mí estos viajes fueron una experiencia extraordinaria que, por otra parte, también suponía muchas despedidas y mucha distancia con respecto a las cosas que yo había vivido poco tiempo antes. Por eso los libros eran una manera de continuar la relación que yo quería tener con mi país leyendo autores argentinos, de establecer un vínculo con Italia a través de la literatura italiana o de hacer una primera aproximación a Alemania cuando me fui a vivir allí. Para una hija única que cambiaba de país cada dos por tres los libros también suplían mucho la falta de amigos. Así que los libros siempre han formado parte de mi vida y creo que de una forma casi obligada yo iba incluyéndolos en mi proyecto vital para un futuro.

En cuanto a fechas concretas podría decir que en 1999 fundé la empresa y que los primeros libros salieron en el otoño de 2000. Evidentemente entre la creación de la empresa y la salida de los primeros libros hubo un trabajo intensivo. Incluso durante los años previos a la creación de la empresa hubo todo un proceso de elaboración del catálogo que también fue bastante intenso.

M.G.: ¿Cómo se definió el perfil de las distintas colecciones de la editorial minúscula?

V.B.: Tenemos tres colecciones: ‘Alexanderplatz’, ‘Paisajes narrados’ y ‘Con vuelta de hoja’, que es la más reciente. Las tres están bastante relacionadas aunque cada una tiene un perfil bastante definido. ‘Alexanderplatz’ es una colección dedicada a dar a conocer obras tanto de narrativa como de ensayo de autores de habla alemana. Digo ‘de habla alemana’ porque son autores no sólo alemanes, sino también de otros países que han escrito en esa lengua que se ha utilizado en muchos lugares más allá de las fronteras de Alemania. Me interesaba mucho poder dar un panorama en cierto modo sistemático y al mismo tiempo muy libre de la producción literaria existente en esta lengua. Buscaba hacerlo de una forma bastante sistemática porque creo que antes de la Guerra Civil española Alemania y España tuvieron contactos muy intensos que luego se interrumpieron. Como desde los años ochenta han ido apareciendo de forma bastante errática textos de autores alemanes, me interesaba mucho la idea de ofrecer de forma libre —en el sentido de no seguir ningún orden cronológico ni historiográfico— estos puntos de vista sobre este tipo de literatura. Y hay un periodo que me interesa especialmente que es no sólo los años veinte y treinta, sino también lo que luego será el exilio alemán tanto de los que se quedaron y lograron sobrevivir al Tercer Reich como el de quienes tuvieron que irse. Los autores que hemos publicado en esta colección muestran un hincapié en este periodo pero la idea es llegar hasta nuestros días sin necesidad de seguir un orden cronológico.

La colección ‘Paisajes narrados’ está compuesta por autores de distinta procedencia, algunos de ellos de habla alemana que es una predilección que yo tengo pero que no es una cuestión sólo de gusto personal sino también de interés para los lectores de aquí debido justamente a la interrupción durante tanto tiempo del contacto entre España y Alemania que son de una rabiosa actualidad.

Algunos de estos libros fueron escritos en los años veinte y treinta pero hablan de muchos temas de los que nos seguimos ocupando. La cuestión de la literatura urbana, por ejemplo. Tú coges una novela que publicamos sobre Frankfurt y te encuentras con que toda la temática urbana está tratada allí de una forma mucho más moderna y cercana a nosotros que en muchas de las novelas que se escriben hoy en día.

También está la intención de insistir mucho en la idea de Europa, por lo cual hemos publicado muchos autores de los países del este. Hoy en día se dice sobre todo en los medios de comunicación que ‘Europa se ha ampliado al integrar a países como Polonia’, lo cual es un grave error porque todos estos países siempre han formado parte de Europa —en algunos casos mucho más que la misma España, que en ocasiones se ha encontrado en la periferia— y porque lo que en realidad se ha ampliado es la Unión Europea. Cuando lees a los autores de países como Chequia, Eslovaquia, Polonia, Hungría o la ex Yugoslavia, resulta que son autores profundamente europeos. Y es fascinante descubrir las conexiones entre ellos porque va saliendo a flote la base de esa idea de Europa que practican aunque no la expresen abiertamente. Hay una red de ciudades con un intercambio cultural interesantísimo: Berlín, Praga, Budapest, Viena… Más allá de las fronteras estatales había un intercambio cultural intenso gracias a la gente que viajaba. Por ejemplo, en las colaboraciones periodísticas para los distintos diarios de esa zona el alemán funcionaba como una lengua que unificaba. Un caso fascinante es el de Joseph Roth, que trabajaba en una y otra redacción sin importar las fronteras estatales.

Eso venía por el lado del Imperio Austrohúngaro, que funcionaba como un mosaico de pueblos que tenían un patrimonio cultural compartido. Todo esto es fascinante teniendo en cuenta muchos de los temas que estamos pensando hoy en día más allá de la misma calidad literaria, que en el caso de nuestros autores buscamos que sea sobresaliente porque lo que nos interesa es la literatura —y no hacer algún tipo de panfleto—.

‘Paisajes narrados’ es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión ‘paisaje’ engloba muy bien esto si la entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.


M.G.: ¿Cree usted que en el catálogo de minúscula hay una oferta que en este momento no están haciendo ni los grandes grupos ni las editoriales independientes y que, por lo tanto, la editorial está cubriendo un vacío?

V.B.: Creo que minúscula se ha ido abriendo un lugar aunque no se trata de llenar un vacío, sino de crear una propuesta bastante definida que resulte reconocible para el lector y de que el catálogo represente una constelación de libros que adopten una forma determinada. En ese sentido no publicamos libros individualmente. Hay muchas maneras de constituir un catálogo pero yo creo mucho en la idea de colección, que a mí me facilita mucho el trabajo. Podríamos sacar un libro tras otro, de manera que por más que entendiéramos que todos los títulos tienen un aire de familia no dejarían de ser individualidades. Me gustaría mucho que al cabo de los años el lector encontrara en nuestro catálogo un mundo definido y que lo reconociera como el mundo de minúscula. Debido a la manera como están organizadas nuestras colecciones, a lo largo del tiempo he ido dándome cuenta de que poco a poco va emergiendo un gusto por ciertas obras paradójicamente más recientes —porque la mayoría de autores que publicamos son del pasado— que se inscriben en la línea de estos textos que se encuentran en el medio de varios géneros y que cuesta definir como narrativa pura. Creo que ahí hay una cierta marca de la casa.

No sé si minúscula viene a llenar un vacío pero sí pretendemos presentar un catálogo que sea una puerta abierta a un mundo bastante definido.

M.G.: ¿En qué consiste la estrategia tanto editorial como comercial de minúscula para suscitar en el público el interés por territorios que hasta hace un tiempo habían permanecido poco explorados en España?

V.B.: El desarrollo de nuestra estrategia es una tarea bastante ardua porque éste es un proyecto a largo plazo. Jamás pretendí conseguir resultados inmediatos. Mi estrategia consiste en ganarme los lectores de uno en uno. Espero que cuando los lectores lean un libro de minúscula queden lo suficientemente contentos para tener las ganas y la curiosidad de leer las otras cosas que la editorial publica. Aquí retomo la idea de colección: ya hay lectores que tienen una o dos colecciones completas. Hay quienes son más aficionados a ‘Paisajes narrados’ y quienes lo son a ‘Alexanderplatz’ o a las tres. Debo decir que esta idea fue entendida rápidamente y que a partir de la publicación del tercer o cuarto título había gente que estaba pendiente de la salida del siguiente. Incluso hay alguna persona que nos escribe diciéndonos que le falta el número tal de la colección. Y eso sí que lo busqué porque creo que ésta es una manera interesante de trabajar. Por otra parte, me parece la más honesta. En definitiva de lo que se trata es de hacer las cosas bien y de hacerle ver al lector por dónde vas —es decir, que tú trazas unas líneas y luego las sigues en lugar de que al cabo de tres o cuatro libros le cambies todo el esquema—. Mi intención era establecer unas líneas de trabajo e intentar mantenerlas en la medida en que dieran resultado porque si cometes un error luego tienes que subsanarlo.

También está la cuestión del diseño editorial, que es un aspecto sobre el que trabajamos bastante. Aunque todas las colecciones son distintas porque a cada una la identifica un color, el diseño guarda ciertos patrones que las hace reconocibles. En el caso de ‘Alexanderplatz’ recurrimos a un formato más grande porque sabíamos que había textos extensos que en otro formato no funcionarían bien. Para mí el libro es algo que tiene que ofrecer compañía al lector y por eso éste tiene que poder llevarlo a todas partes e incluso metérselo en el bolsillo del abrigo. Creo mucho en el libro que acompaña porque a mí los libros siempre me han ofrecido mucha compañía. De ninguna manera me interesaba hacer un tipo de libro grande y rígido que no permitiera este tipo de cosas y que hubiera que dejarlo encima de una mesa. Todo lo contrario, me gusta que la gente pueda llevarse los libros a donde quiera. Aunque por el tamaño los de minúscula podrían parecer libros de bolsillo, en ellos el tipo de papel, el interlineado e incluso la tipografía son mucho más refinados.

M.G.: ¿Cómo describiría los criterios y el proceso de selección de los autores y títulos que se incluyen en el catálogo de minúscula?

V.B.: En primer lugar, la calidad literaria. En segundo lugar, deben ser obras que encajen en alguna de nuestras tres colecciones. No descarto crear otra colección en el futuro —de hecho, ‘Con vuelta de hoja’ es bastante reciente—. Salvo que sea algo que me guste muchísimo, descarto todo lo que no encaje dentro de estas líneas porque su publicación desconcertaría mucho a los lectores. Es decir, en realidad un título tiene que responder muy bien a estas limitaciones que me he autoimpuesto. Seguramente a otra persona le costaría muchísimo trabajar de esta forma que a mí en realidad me facilita mucho las cosas porque me permite definir si tal libro es para minúscula o no —independientemente de que me guste mucho—. Hay muchas cosas que me habría encantado publicar pero que no hemos publicado porque no tenemos ahora la colección adecuada o porque no responden al espíritu de lo que estamos haciendo.

M.G.: ¿Existe un común denominador a los autores publicados por minúscula?

V.B.: Ya irán saliendo algunos autores muy distintos de los que hemos publicado hasta ahora, que en realidad son muy disímiles entre sí. No son de la misma época y tanto sus estilos como sus géneros son diferentes. Ya te he dicho que me gusta mucho mezclar géneros, como se ve en el hecho de que en la misma colección haya narrativa, ensayos, epistolarios y reportajes. Pero creo que son autores que fácilmente pueden entablar un diálogo entre sí gracias a los temas o a su manera de escribir. Insisto en lo que te decía antes en relación con que estoy yendo cada vez más hacia este tipo de escritura que se encuentra en la frontera, que es algo que comparten muchos de estos autores.

Es fascinante ver y constatar cómo lejos de limitarse a los dominios de la novela, la maestría narrativa se da en muchos otros ámbitos. En la narrativa esa capacidad de contar la encuentras también en reportajes, ensayos o diarios —y no sólo en el cuento o en la novela—.

M.G.: Un poco más de seis años después de la publicación de los primeros títulos, ¿cómo ve el posicionamiento de minúscula entre las editoriales y entre los lectores?

V.B.: Es un momento interesante en el que tenemos muchas cosas buenas. Con frecuencia reeditamos títulos nuestros, lo cual es una muy buena señal porque en el fondo para editoriales como minúscula —desde el punto de vista del tamaño y de la cantidad de títulos que publicamos al año— lo fundamental es que haya una red de librerías independientes que esté en buena salud, que sea fuerte y que tenga una presencia amplia. En definitiva, librerías que trabajen de manera similar a la nuestra: intentando ofrecer a los lectores cosas que no son las propuestas mayoritarias o las que buscan sobre todo el rendimiento comercial. Nosotros no dejamos de ser una empresa y evidentemente el rendimiento comercial es importante para la subsistencia de la propia editorial, pero como yo me considero una editora con vocación cultural de lo que se trata no es sólo de ganar dinero sino también de poder proponer y mantener un proyecto cultural y literario. Mi preocupación es que esta red de librerías se mantenga y subsista. De hecho, en España esta red existe y está bastante bien. Por lo tanto proyectos como el de minúscula y algunos otros son viables gracias a la existencia de estas librerías. Pero tenemos que estar alerta, sobre todo viendo lo que ocurre afuera —por ejemplo lo que ha pasado en Gran Bretaña a partir de la desaparición del precio fijo, que es muy importante—. También debemos prestarle atención a lo que está sucediendo con las grandes cadenas, que para propuestas como la de minúscula no es muy positivo.

En muchos aspectos América Latina es un fermento incluso más vital que España. Yo exporto a América Latina y te puedes imaginar que el problema es el precio por la diferencia entre el euro y el dólar. El libro hecho en España se encarece mucho al exportarlo, por lo cual la alternativa sería imprimir allá. Por otra parte, la acogida de los libros es muy buena —sobre todo en Buenos Aires y en Ciudad de México— porque hay una sensibilidad lectora. La cuestión está en vigilar que esto se mantenga porque lo contrario sería fatal para proyectos como éste.

M.G.: ¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que minúscula está preparando en este momento?

V.B.: Hace poco salió El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža que es el autor croata por excelencia del siglo XX y que ha sido comparado con Brecht, con Musil y con Gombrowicz. Los libros de Krleža han sido traducidos a más de cuarenta lenguas y nosotros tenemos el privilegio de ser los primeros en traducir su obra al español. También acabamos de publicar México, un libro de un autor italiano llamado Emilio Cecchi que hace unos años había publicado el Fondo de Cultura Económica y del cual encargamos una nueva traducción porque estaba agotado. Se trata de un caso excepcional porque en general publicamos cosas que antes no habían aparecido en español. Este libro viene con una presentación de Italo Calvino y habla de un viaje a través de California, Nuevo México y México durante los años treinta.

También estamos preparando Viaje a Rusia, un libro de Joseph Roth —de quien el año pasado publicamos sus Crónicas berlinesas— que se desarrolla en los años veinte.