encuentros que marcan para siempre: afinidades, intuiciones e incertidumbres
Imaginen a un joven perteneciente a la alta burguesía parisina que a principios del siglo XX trabaja como asistente primero de un parlamentario y luego de un dramaturgo y crítico de teatro. Un día mientras el joven veranea en la casa de campo de unos amigos conoce a un hombre de aire distraído, indiferente, elegante y delicado que ha venido de visita. El hombre viene a invitar a los dueños de casa a una cena que ofrece esa noche y por cortesía le hace extensiva su invitación al joven, que queda profundamente impresionado con él.
Los protagonistas de este encuentro que tuvo lugar hace poco más de un siglo durante una tarde de verano son el joven Gaston Gallimard y Marcel Proust.
Entonces Gallimard no era el editor en el que se convertiría con los años y ‘Proust todavía no era Proust; no era otra cosa que él mismo’, según comenta Pierre Assouline.
La otra parte de la historia ya es bastante conocida: Proust puso a consideración de Gallimard la publicación de À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido) en las ediciones de La Nouvelle Revue française (NRF) y le envió el manuscrito, que André Gide rechazó después de leerlo porque ‘está lleno de presunciones, no es para nosotros… Y, además, está dedicado a Calmette, el director de Le Figaro…’ Tras dar origen al que quizás sea el rechazo editorial más tristemente célebre de todos los tiempos, Gide le escribió a Proust diciéndole que ‘el rechazo de su libro permanecerá como el más grave error cometido por la NRF y (puesto que me avergüenzo de ser muy responsable de ello) uno de los pesares, de los arrepentimientos más agudos de mi vida’.
Supongo que una cosa es leer un manuscrito inédito y juzgarlo a partir de una serie de criterios, preferencias e inclinaciones personales que condicionan las decisiones que se toman como editor y que otra muy distinta es hacerlo cuando la obra ya ha tenido una buena acogida entre la crítica que la avala y reconoce su grandeza, como sucedió con Du côté de chez Swann (Por el camino de Swann) —primera parte de À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido)— después de que Proust financiara su publicación en Grasset. Y claro, otra cosa es leer y juzgar esa misma obra cuando ya se ha convertido en un clásico. Al respecto anota Assouline: ‘¿Cómo prejuzgar el porvenir de un libro? Con olfato, por supuesto, ¿pero qué más? Con perspectiva es fácil hacer juicios’.
Esta anécdota llama la atención sobre todo porque da cuenta del encuentro entre dos figuras que marcarían la historia de la edición y de la literatura cuando sus protagonistas estaban sentando las bases de aquello que llegaron a ser años después. En cuanto a Gallimard, en sus inicios como gerente de la NRF ya empieza a verse su talante de editor —y de empresario espabilado, por supuesto— que se la juega por partida doble no sólo acercando obras y autores de tiempos y territorios lejanos a los lectores de su entorno, sino también descubriendo nuevos valores para proponerles a éstos.
nota: las citas de la biografía de Gaston Gallimard escrita por Pierre Assouline han sido tomadas de la traducción de Ana Montero, publicada en 2003 por Península.








