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lecturas de fin de semana [ 5 ] / sobre roberto bolaño: ‘nadie es profeta en su tierra’



El suplemento Radar Libros del diario argentino Página/12 ha considerado que la publicación de El secreto del mal y La Universidad Desconocida, dos libros a los cuales me referí hace poco que recogen textos inéditos y en ocasiones inacabados de Roberto Bolaño, es una buena ocasión para explorar la valoración que se hace de la obra del escritor chileno en su país casi cuatro años después de su muerte. Debido a lo anterior ha recogido la opinión de cuatro figuras de las letras chilenas en el reportaje titulado ‘Nadie es profeta en su tierra‘.

En el testimonio que dan los autores de los cuatro textos que reproduzco a continuación se destaca la postura crítica de Bolaño frente al establecimiento literario de su país, tanto el anquilosamiento como el espíritu reaccionario de éste y su incapacidad de tomar una distancia crítica para valorar ecuánimemente la calidad de una obra que hacia mediados de los noventa empezó a recibir el reconocimiento de la crítica en España y en los demás países de América Latina —algo bastante frecuente en aquellos medios retrógrados que se construyen alrededor de vacas sagradas a las que sólo le interesa la defensa del status quo para conservar su posición de notables y su séquito de aduladores—.

Nadie es profeta en su tierra

Roberto Bolaño no tuvo una fácil relación con la literatura de su propio país. Habló en contra de muchos autores consagrados y armó un nuevo linaje poético al margen de los grandes nombres. Sus declaraciones y su consagración mundial causaron resquemores y variados enconos. Pero ¿cómo se lee actualmente a Bolaño en Chile? ¿Cuál es la dimensión de su presencia y su peso? Radar estuvo en Santiago para averiguarlo. Además, opinan jóvenes escritores y críticos chilenos.

Por Mauro Libertella, desde Santiago de Chile

Una noche de 2003, una famosa y poco lúcida conductora de televisión chilena anunció, en vivo y a todo color, que Roberto Bolaño, el Chavo del Ocho, había muerto. La confusión podría tildarse de simpática —la animadora pensaba en el actor Roberto Gómez Bolaños, que sigue vivo y coleando— si no escondiera tras sus pliegues una realidad inquietante: a la hora de su muerte, Roberto Bolaño era en su país un escritor más bien fanstasmal, de apellido intercambiable. Con cincuenta años encima, marcados por una concepción utópico-idealista pero altamente contemporánea de la literatura, Bolaño dejaba tras su paso un puñado de libros definitivos; libros escritos con urgencia, con humor, y con una pasión que a muchos nos hizo creer de vuelta en la epifanía literaria como un sueño posible. Sin embargo, en el país en el que había nacido y del que se había ido de adolescente, para volver sólo unos días antes del golpe de Pinochet y exiliarse para siempre, la opinión era todavía difusa. ¿Cómo explicarlo? En primer lugar, la aniquilación y la pausada reconstrucción que hizo Bolaño de lo que se entendía por “literatura chilena”, una literatura anquilosada y dormida en los colchones espinosos de la dictadura, fue radical. Desde sus cuentos y novelas, Bolaño tallaba sobre un mármol perdurable una idea de Chile, hecha con la materia de una inagotable biblioteca personal, pero también con un universo de ideales morales y estéticos que jamás se corrompieron. Así, Bolaño es el escritor que desde España escribe sobre el Chile que recuerda, pero en ese recuerdo está agazapada la proyección de un Chile posible, de un país en donde la mediocridad o el silencio pueden ser denunciados con elegancia pero sin concesiones. Y es lógico: muchos escritores y críticos chilenos sintieron en Bolaño a un forastero que hablaba desde afuera, y tejieron sobre su obra un silencio casi simbólico, que se puede entender como miedo, como rechazo o como la aceptación de una evidencia incontestable.

Y además, claro, están los jóvenes escritores, esos que llegaron a la literatura cuando Nocturno de Chile o Estrella distante se estaban imprimiendo. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo escribir después de Bolaño? ¿Por qué puerta entrar a las catedrales de la literatura chilena, cuando uno de sus más grandes escritores vivos decía: “Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo”? De un solo modo: quemando las barcas por la escritura. Tomando la herencia de Bolaño desde su costado vital y luminoso, que más que un costado es su centro mismo. Pero, desde ya, la propuesta de Bolaño no es de simple ejecución. Implica una revisión total de la tradición, invirtiendo valores que años de dictadura y operadores culturales a su servicio habían erigido, armando con los ladrillos de la mentira una idea de la literatura chilena —esplendorosa, vendedora—, que un escritor como Bolaño, en muy pocos años, pudo hacer temblar.

Para ilustrar la relación esquiva y pantanosa de Bolaño con la patria y el suelo de pertenencia, se ha mencionado el hecho de que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana, escrita por un chileno que vivía en España. Esta extraterritorialidad (en términos de Ignacio Echevarría) fue lo que evitó que el mundillo literario chileno le palmeara la espalda, neutralizando su literatura. Y esa misma extraterritorialidad —solitaria, vertiginosa, lunática— fue la que le permitió también hacer declaraciones como “los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”.

Hay un momento en el archipiélago de la obra de Bolaño en que la idea de Chile hace expansión y se convierte de súbito en la idea de “Latinoamérica”. Pareciera que de Chile a Latinoamérica hubiera un solo paso, la misma pisada áspera pero imprescindible que lo llevó del Chile fundacional al México infrarrealista (reconvertido en “real visceralismo”), y de México a la España de su trabajo narrativo. Y cuando Bolaño se vio a sí mismo reflejado en el espejo prolífico y mediático de la literatura latinoamericana de fin de siglo, no vaciló en espetar sus pareceres. Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.

Caminando por las calles de Santiago se puede percibir el singular imaginario letrado de un país que carga en su haber con dos premios Nobel de Literatura, ambos poetas. Es una relación con la literatura al mismo tiempo cercana —Pablo Neruda es algo así como el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa, si no afirman habérsela tomado, además de haberlo leído en la escuela, al igual que la Mistral— y de idealización, de protección casi guerrera de sus vacas sagradas. Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra. Por eso, tal vez, la irrupción repentina y feroz de Roberto Bolaño en el mapa de las letras locales, con su ímpetu de quiebre y su fascinación por lo menor y lo dislocado, fue difícil de asimilar. Fueron unos pocos años de torbellino y fragor. En 1996 publicó Estrella distante y en el 2003 moría en un hospital, dejando en el horno su magna obra 2666. Un destello de siete años en donde se astilló el arco biológico de una vida, y en los cuales ni la crítica ni los lectores pudieron ignorar que algo definitivo estaba pasando.

I.

La parte de Chile

Por Alejandro Zambra *

Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.

Los libros de Bolaño —de un tal Bolaño, Roberto, chileno sólo a medias, porque “ha pasado la mayor parte de su vida en México y en España”— más temprano que tarde llegaron a las librerías nacionales. Fue el origen de un subterráneo pero efectivo caos. Los narradores comenzaron a leer poesía y los poetas a leer y hasta a escribir cuentos y novelas. Secretamente, eso sí: después de comparar Los perros románticos con La literatura nazi en América o Estrella distante, la conclusión del gremio lírico fue unánime: como poeta, Bolaño era un estupendo novelista. No faltó el narrador, en tanto, que definió Los detectives salvajes como una buena novela de aventuras, ni el que caracterizó a Bolaño, con calculada malicia, como un escritor “para poetas”. Los críticos reaccionaron con desconfianza o con incredulidad: muy pronto las aguas se dividieron entre quienes pasaron de Bolaño —y siguieron buscando al sucesor de José Donoso o divirtiéndose con Tolkien— y quienes reseñaron Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes con un entusiasmo que muchos consideraron excesivo. Los profesores, siempre más aplicados que el resto, aprovecharon el bullicio para diversificar un poco el corpus de lecturas obligatorias: sumaron, entonces, a Hernán Rivera Letelier, a Roberto Ampuero y —para internacionalizar un poco el asunto— a Paulo Coelho.

La muerte de Bolaño dio lugar a retroactivas declaraciones de amistad y a soterradas escaramuzas que con justicia podrían tildarse de bolañianas. Más tarde, la publicación póstuma de 2666 generó debates que poco o nada tenían que ver con la novela; el momento más cómico de la discusión fue la insólita respuesta de un escritor herido que, sin siquiera arrugarse, confesó, en El Mercurio, que no había leído la novela, lo que según él no le impedía opinar que los elogios a 2666 eran desmesurados. En fin: no son pocos, en Chile, los lectores capaces de opinar sin leer los libros. La literatura chilena se piensa a sí misma como una isla orgullosamente distante, que recibe con los brazos abiertos a los turistas, pero mira con desconfianza a los hijos pródigos. “La cantilena, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira”, decía Bolaño, y ese saludable descreimiento le valió la antipatía de unos cuantos. Fue, claro está, el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y más allá de las querellas literarias el hecho es que vamos a seguir varias décadas leyendo y releyendo sus libros con invariable ansiedad. ¿Bolaño, entonces, es el nuevo Parra o el nuevo José Donoso de la literatura chilena? Es una pregunta absurda que, sin embargo, en un notable artículo sobre el propio Donoso, Bolaño ya contestó: “Desde los neoestalinistas hasta los opusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman discípulos de Donoso. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.

Por lo pronto —y es aquí donde entra Borges que, en realidad, nunca ha estado fuera— Bolaño no tiene sucesores, sólo precursores: voces que aún no hemos descubierto, pero que sin duda vagan dispersas por las páginas de Amuleto, Nocturno de Chile o 2666. Los lectores chilenos de Bolaño son también lectores de Wilcock, de Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, de Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, de Fernando Vallejo, de Enrique Lihn; autores, todos, que no suelen figurar, por cierto, en las listas de lecturas obligatorias.

* Nacido en 1975 en Santiago, publicó libros de poesía y la novela Bonsai.


II.

El deshielo

Por Alvaro Bisama **

Habría que explicar la relación —o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras —a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba —para equilibrar un crítico presupuesto familiar— a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.

Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.

Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.

Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.

Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.

De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.

Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.

** Escritor y crítico literario, escribe una columna semanal en El Mercurio titulada ‘El Comelibros’.

III.

Una bocanada de frescura

Por Matias Rivas ***

La instalación definitiva de la figura y de la obra de Roberto Bolaño en la literatura chilena aconteció en el año 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. Fue, por supuesto, el mismo año en que Bolaño se hizo conocido y respetado en la literatura en español por su prosa vertiginosa, elocuente y única. Ganó el Premio Rómulo Gallegos y se despachó un discurso impresionante por su franqueza y sutileza para referirse a sus comienzos como escritor y a su generación política.

La instalación en Chile de Bolaño vino, además, acompañada de cierto escándalo: Bolaño escribió un artículo, feroz y divertido, donde relataba la intimidad de una cena en la casa de Diamela Eltit. Este artículo fue publicado por la revista Ajo Blanco y causó escozor en el tímido ambiente cultural de los años de la transición democrática. Luego las emprendió contra el fallecido José Donoso, descartando la mayoría de sus novelas sin piedad; al poco tiempo, desestimó a la entonces triunfante “nueva narrativa” chilena compuesta por Arturo Fontaine Talavera, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Jaime Collyer, entre otros.

La actitud combativa de Bolaño hacia los narradores chilenos motivó el odio de una caterva de enemigos literarios insignificantes que hicieron lo posible por minimizar la calidad de su obra. Entre ellos hay que nombrar al crítico literario del diario El Mercurio, José Miguel Ibáñez, alias Ignacio Valente, sujeto que le sirvió de inspiración a Bolaño para el personaje central de Nocturno de Chile, sin duda su libro más polémico, donde ajusta cuentas con la derecha católica que gobernó las letras chilenas en los años de la dictadura.

Pero Bolaño no sólo criticó cuando volvió a Chile. También escribió y habló elogiosamente de dos poetas claves para él: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Les dedicó agudos artículos. Y fue el mismo Bolaño quien empujó la publicación de las Obras Completas de Parra en España. La razón para su filiación con estos autores: Parra y Lihn poseen obras contundentes, escritas con ironía, inteligencia y libertad. Las mismas características de las que hace gala Bolaño en sus mejores textos.

Para entender cómo se lee a Bolaño desde Chile hay que pensar en que sus libros pueden ser comprendidos desde la antipoesía de Parra. Así como sus discursos, despiadados y lúcidos, dirigidos al establishment literario local e internacional, pueden compararse a los furiosos ensayos de Lihn redactados en plena dictadura contra los poderes omnipotentes de un Estado asesino. Bolaño, al vincularse con estos escritores, declara a qué parte de la tradición literaria chilena pertenece y a cuál no. Se sitúa cerca de la poesía radical, y lejos de la narrativa. Si se leen atentamente sus cuentos y novelas, es fácil percatarse de que Bolaño es un prosista avezado, que conoce de ritmos, de precisión, de soltura y de adjetivos exactos. Siempre fue un poeta dedicado a la prosa con el mismo rigor que piden los versos.

Bolaño, asimismo, fue para los lectores y escritores que descreían de las novelas locales, una sorpresa. Muchos chilenos sólo leen a Bolaño y se saltan con brutalidad a todos los demás narradores porque se aburren con ellos. Eso significa que los libros de Bolaño marcan un hito en la literatura chilena. Para muchos jóvenes su lectura fue una bocanada de frescura en un ambiente cultural sofocante. La velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas. El imaginario que Bolaño impuso aún es una patada certera al realismo bruto y al surrealismo trasnochado.

¿Cómo leemos a Bolaño desde Chile? Con fascinación, gratitud y humor. Bolaño tiene la virtud de inspirar a otros escritores. Su descendencia podría ser generosa.

*** Nacido en 1971, publicó poesía y es director de Publicaciones en la Universidad Diego Portales.

Lunes, marzo 12, 2007 categorizado bajo edición, editores, escritores, literatura latinoamericana

nuevas publicaciones de textos inéditos y dispersos de roberto bolaño

Roberto Bolaño murió a los 51 años, justo cuando estaba alcanzando la madurez en su carrera como narrador —a la que, según dicen los entendidos, ya había llegado años atrás en el campo de la poesía—. Si sus primeras novelas sugieren un escritor con madera, sus libros de cuentos y sus últimas novelas dejan ver al escritor consolidado en todo su esplendor —como lo demuestra el reconocimiento recibido por Los detectives salvajes en los premios Herralde y Rómulo Gallegos—. De hecho, se dice que en el momento de su muerte Bolaño estaba terminando la última de las cinco novelas que componen ese megaproyecto que un año después de su muerte sería publicado en un solo tomo —y no por separado, como él lo había deseado por razones meramente económicas— bajo el título de 2666.

Anagrama acaba de publicar dos recopilaciones de textos de Bolaño: en primer lugar, el libro de relatos El secreto del mal; y, en segundo lugar, La Universidad Desconocida, la compilación de poemas que Bolaño mismo emprendió y que recoge una parte importante de la obra poética de sus años de formación. Al sacar a la luz textos dispersos e inéditos de Bolaño, la aparición de El secreto del mal y de La Universidad Desconocida contribuye no sólo a ampliar el conocimiento de su trabajo sino también a fortalecer las bases sobre las que reposaría el proyecto de definición de su obra completa.

Tras la muerte de Bolaño, además de 2666 Anagrama publicó tanto la colección de cuentos y ensayos El gaucho insufrible como Entre paréntesis, una compilación de ensayos, artículos, discursos y entrevistas. De la misma manera, hace un tiempo Acantilado reeditó Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce —la novela que el autor chileno escribió conjuntamente con Antoni García Porta— y publicó Para Roberto Bolaño, un pequeño libro en el que Jorge Herralde recoge algunos textos suyos sobre Bolaño y unas cuantas entrevistas concedidas por éste a varias publicaciones latinoamericanas y españolas.

Por otro lado, en Chile se han publicado recientemente varios libros que recogen una cantidad importante de textos de y sobre Bolaño: Roberto Bolaño visto por sí mismo: entrevistas escogidas, Territorios en fuga. Escritos críticos sobre la obra de Roberto Bolaño y Roberto Bolaño, la escritura como tauromaquia. Por su parte, el Institut Català de Cooperació Iberoamericana de Barcelona publicó en 2005 Jornadas Homenaje a Roberto Bolaño (1953-2003).

La publicación de todos estos libros demuestra que Bolaño es mucho más que un escritor de culto y que tanto la crítica como el público siguen reconociendo el valor de su obra, cuya prosa es de una calidad literaria que me parece sobresaliente. De hecho, considero que la narrativa de Bolaño se caracteriza por articularse en torno a historias atractivas, sólidamente estructuradas y bien desarrolladas a través de un manejo impecable del lenguaje, por explorar con una buena dosis de ingenio y de sentido del humor territorios tanto nuevos como ya recorridos, por tener un tono cálido, por la abundancia de figuras poéticas certeras y por estar poblada por personajes entrañables.

Lo único que me molesta de la aparición tanto de éstas como de futuras publicaciones que siempre alegrarán al fetichista, al estudioso y a los lectores sistemáticos del Bolaño es que el afán de no dejar nada inédito puede terminar no sólo sacando a la luz textos que no están lo suficientemente depurados para ser publicados, sino también creando en torno al autor un mito que los banaliza a él y a su obra.

Lunes, febrero 19, 2007 categorizado bajo edición, literatura, literatura francesa, literatura latinoamericana

parís y la literatura

¿Habrá una ciudad más literaria que París? ¿Una ciudad que haya inspirado tantas obras literarias, que haya sido tanto el escenario como el tema de tantos relatos dentro o fuera del ámbito de la ficción, que ocupe un lugar tan importante en el imaginario literario y que sea tan estratégica en el mercado editorial?


Desde que empecé a leer literatura he venido llenándome la cabeza de imágenes de París: el primer París que me llegó fue el de la pensión Vauquer de Papá Goriot y luego vendrían el de los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire, el de Rayuela —ese inolvidable momento en el que la luz de ceniza y olivo que flota sobre el Sena deja distinguir las formas de la Maga en el Pont des Arts—, el de Nana, el de Bel ami, el de París era una fiesta, el de Guía triste de París, el de Ampliación del campo de batalla y el de las anécdotas acerca de Wilde, del dadaísmo, del surrealismo, del círculo de Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Company — Pound, Joyce, Beckett, Hemingway o Fitzgerald—, de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, de los escritores del boom latinoamericano que en algún momento se fueron a vivir allí —Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa—, de Julio Ramón Rybeiro y de todos los que en algún momento decidieron irse allá para convertirse en escritores.

París y sus lugares comunes


El imaginario literario que se ha construido alrededor de París está lleno de lugares comunes, de los cuales tal vez el más importante es el de que para ser escritor hay que irse allí. Una vez en París, para seguir con los lugares comunes obligados hay que andar toda una tarde lluviosa por el barrio Latino, por el boulevard Saint-Germain o por Montmartre fumando Gitanes y, en medio del recorrido, sentarse a tomarse un café en el boulevard Saint-Michel —o en la Place des Vosges si se tiene un poco de dinero—. Cuando uno ha sido seducido por el encanto de ese París literario que es un mundo paralelo al París real, es inevitable no querer que la vida de todos los días se parezca a lo que cuentan en sus melancólicos relatos Baudelaire, Hemingway, Sartre, Henry Miller y Anaïs Nin, Cortázar, Rybeiro o Bryce Echenique.

Tal vez el aire melancólico, deprimente y desesperanzador es en lo que más se parecen el París literario y el París real. Sólo en las novelitas cursis hay parejas de enamorados que se despiertan una mañana soleada en una suite de hotel cuyo balcón da hacia la Place Vendôme, desayunan pain au chocolat con café en una panadería atendida por su anciano y jovial propietario, luego salen a caminar cogidos de la mano por el Sena en dirección hacia la Torre Eiffel y después almuerzan une soupe à l’oignon y une crêpe sucrée en una terraza bajo las arcadas de la Place des Vosges, donde los atiende un camarero de silueta esbelta y una mirada de esas que atraviesa la ropa.


La República de las letras


Por otro lado, París también es un gran centro editorial. Allí están importantes editoriales como Gallimard, Christian Bourgois, Fayard, Flammarion y Actes Sud que más que una simple vitrina para los escritores son una puerta fundamental hacia su consagración. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, incluye en su libro titulado El observatorio editorial una entrevista que le hizo Dunia Gras Miravet en 1999 en la que afirma que “París sigue jugando un papel importante como faro, como promotor en todas las literaturas. Es decir, se da la paradoja de que así como la literatura francesa, salvo excepciones como Michel Houellebecq, está en retroceso desde hace décadas en el panorama internacional, París sigue siendo la capital de la reválida, del despegue, cosa que no tienen ni Londres ni Nueva York, porque casi no publican traducciones. Es decir, para los autores no anglosajones, París sigue siendo todavía absolutamente determinante. Ahora ha aparecido un amplio trabajo, muy interesante, en Francia, que se llama La République mondiale des Lettres, de Pascale Casanova, que nosotros vamos a publicar el año próximo, donde se hace precisamente este análisis sobre el papel central de París. Entonces, para la literatura latinoamericana fue importante pero, en muchos casos, no decisivo. Fue mucho más decisiva Barcelona, en general, o Buenos Aires para Gabo. En algunos casos, sí. El boom Borges empieza en París, en Les lettres nouvelles…”.

Martes, febrero 13, 2007 categorizado bajo escritores, literatura, literatura latinoamericana

el ‘boom’ según donoso

Con motivo del décimo aniversario de la muerte de José Donoso, en su edición del domingo 11 de febrero el suplemento Radar Libros del diario bonaerense Página/12 publica un perfil personal y literario de una de las figuras más relevantes del boom latinoamericano. Justamente hace unos días estaba leyendo la Historia personal del boom que publicó Anagrama en 1972, cuando este fenómeno literario y comercial estaba en pleno auge. Y aunque el panorama literario actual es muy distinto de aquel al que se refiere el escritor chileno, sus consideraciones con respecto a la narrativa latinoamericana me siguen pareciendo acertadísimas.

Dice Donoso que “durante la década del sesenta se escribieron en Hispanoamérica muchas novelas de una calidad que desde su aparición hasta ahora me sigue pareciendo innegablet, y que por circunstancias histórico-culturales han merecido la atención internacional, desde México hasta Argentina, desde Cuba hasta Uruguay. Estas obras han tenido y siguen teniendo una repercusión literaria —quiero recalcar el hecho de que estoy hablando de lo específicamente literario, no del número de ejemplares vendidos, que es sólo un ingrediente parcial de esa repercusión: basta comparar las asombrosas cifras de ventas de Cien años de soledad con las escasísimas ventas de Paradiso, ambas indudablemente integrantes de la primerísimo fila del hipotético boom— nunca antes vista en el ámbito de la moderna escrita en castellano, ya que si Blasco Ibáñez, por ejemplo, tuvo una resonancia cosmopolita en su tiempo, jamás se ha pretendido que sea otra cosa que literatura comercial; y los grandes nombres de la novela ‘literaria’ de la primera mitad de este siglo escrita en castellano, tanto hispanoamericanos como españoles, se han desvanecido en comparación con sus contemporáneos alemanes, norteamericanos, franceses e ingleses, sin dejar huella en la formación de los novelistas actuales”.

Más adelante añade Donoso que “en un período de apenas seis años, entre 1962 y 1968, yo leí La muerte de Artemio Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad y otras, por entonces recién publicadas. De pronto había irrumpido una docena de novelas que eran por lo menos notables, poblando un espacio antes desierto”.


Nuevas influencias, nuevo lenguaje


Según Donoso, el supuesto boom se debe a un cambio en la sensibilidad de los autores y de los lectores en el ámbito de la novela hispanoamericana que implicó la internacionalización de ésta. Cuando habla de ‘internacionalización’ no se refiere “a la nueva avidez de las editoriales; ni a los diversos premios millonarios; ni a la cantidad de traducciones por casas importantes de París, Milán y Nueva York; ni al gusto por el potin literario que ahora interesa a un público de proporciones insospechadas hace una década; ni a las revistas y películas y agente literarios de todas las capitales que no esconden su interés; ni a las innumerables tesis de doctorado en cientos de universidades yanquis de que están siendo objeto los narradores de Hispanoamérica, cuando antes era necesario ser por lo menos nombre de calle antes de que esto sucediera”.

En síntesis, para Donoso “hay que hablar de algo más elusivo: de cómo la novela hispanoamericana empezó a hablar un idioma internacional; de cómo en nuestro ambiente un tanto provinciano en lo referente a la novela antes de la década del sesenta, fueron cambiando poco a poco el gusto y los valores estéticos de los escritores y del público, hasta que la narrativa hispanoamericana llegó a tener el alcance que tiene, y desembocar, de paso, en divertidas exageraciones carnavalescas”.

Es probable que tanto para los escritores como para los lectores de América Latina la exposición simultánea a nuevas visiones con respecto a la historia de sus propios países, al trabajo de las vanguardias europeas de la primera mitad del siglo XX, a las obras de autores norteamericanos como Scott Fitzgerald o John Dos Passos, al cine que venía de Europa o de Estados Unidos, a la radio y a las escuelas de pensamiento que se gestaron frente al hecho de que la visión del mundo de su época ya no diera cuenta de manera satisfactoria de los cambios que se estaban produciendo en la sociedad, haya estimulado el surgimiento de un nuevo horizonte de inquietudes que en su momento se verán reflejadas en la aparición en la literatura hispanoamericana de temas, formas estéticas y planteamientos nuevos que no interpelan únicamente a la sensibilidad del público local y que redefinen lo que significa nacer y vivir al sur del Río Grande.

Lunes, febrero 5, 2007 categorizado bajo edición, escritores, literatura, literatura latinoamericana, literatura peruana

prosas apátridas

Tras haber oído a alguien decir algunas cosas interesantes sobre Julio Ramón Ribeyro, quise saberlo todo sobre él. En Internet no encontré mayor cosa y en las librerías de Bogotá tampoco. Sin embargo, en la biblioteca Luis Ángel Arango encontré el volumen de sus cuentos completos editado por Alfaguara. Después de leer dos o tres o cinco cuentos suyos, Ribeyro entró a formar parte de mi lista de autores favoritos.


Un libro fantasma


Como toda la gente que hablaba de Ribeyro mencionaba sus Prosas apátridas, quise leer ese libro que con el paso del tiempo se me terminó convirtiendo en uno más de aquellos de los que tantos hablan pero que para mí son inaccesibles. Como no lo encontraba en ninguna librería ni en ninguna biblioteca, empecé a ver Prosas apátridas como un libro fantasma cuya existencia era casi una leyenda urbana más.

Y lo siguió siendo hasta hace un par de semanas que entré a la librería La Central de Mallorca buscando un libro de textos cortos de no ficción para recuperar el hábito de leer en mis ratos libres. Como en la mesa de novedades no había encontrado nada que me atrajera lo suficiente, me fui hacia la sección de narrativa latinoamericana. Y justo cuando estaba echando el primer vistazo me encontré con una edición de Seix-Barral de Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro.

Emocionado, cogí un ejemplar del libro y me puse a leer la contraportada y las solapas. Cuando, como hago siempre, examiné los datos del libro entendí por qué nunca había dado con él: además de que de Prosas apátridas solamente había una edición de 1975 y otra de 1986, la que yo tenía en mis manos era de enero de 2007. Por otra parte, en ese momento me di cuenta de que no tenía ni la menor idea acerca del tema del libro y de que lo que me había atraído desde el primer momento era su título.

Inclasificables y entrañables


Con respecto al título dice Ribeyro en la nota del autor: “El título de este libro merece una explicación. No se trata, como algunos lo han entendido, de las prosas de un apátrida o de alguien que, sin serlo, se considera como tal. Se trata, en primer término, de textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos. En segundo término, se trata de textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo, al menos no los escribí con esa intención. Es por ambos motivos que los considero ‘apátridas’, pues carecen de un territorio literario propio. Al reunirlos en este volumen he querido salvarlos del aislamiento, dotarlos de un espacio común y permitirles existir gracias a la contigüidad y al número”.

Sin pensarlo dos veces compré el libro, me fui rápido a mi casa y al llegar allí me senté a leerlo. Tras leer la nota del autor seguí con la prosa número 1, después con la 2 y luego con la 3 y así sucesivamente hasta que tuve que parar porque no quería quedarme con las manos vacías tan rápido. Después de un rato releí una y otra vez lo que ya había leído, lo cual me tranquilizó porque me di cuenta de que el sentido de esos textos breves era tan profundo que podía releerlos cuantas veces quisiera sin agotarlos.

Ribeyro escribió estos textos sueltos que encierran una visión del mundo absolutamente ecuánime y consistente con un estilo tan breve, económico, contundente e intimista, que leyendo sus Prosas apátridas me sentí como si estuviera dando vueltas en el patio de mi propia casa.

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