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Miércoles, Abril 18, 2007 categorizado bajo concentración, periodismo ciudadano

el ‘reportero ciudadano’ y los grandes medios

Pasó en las bombas del 7 de julio de 2005 en Londres y volvió a pasar el lunes, tras la matanza de 32 personas en la universidad Virginia Tech: las primeras imágenes de los acontecimientos fueron suministradas por personas del común y no por los grandes medios de comunicación. Valiéndose de sus teléfonos móviles o de sus cámaras digitales para registrar los hechos casi mientras estaban sucediendo, quienes estaban cerca del lugar de la acción se les adelantaron una vez más a las grandes networks de radio y televisión de cobertura nacional —que terminaron basando en estas primeras imágenes su cubrimiento de la tragedia—. De hecho, en cerca de ocho horas el video filmado por un estudiante de origen palestino llamado Jamal Albarghouti recibió más de dos millones de visitas en el portal de CNN.

El hecho de que hoy en día cualquier persona que tenga una cámara para tomar fotos o grabar videos y un computador con acceso a Internet esté en capacidad de producir y poner a circular contenidos que en muy poco tiempo pueden llegar a ser vistos por millones de personas no significa que los grandes medios vayan a quebrarse como consecuencia de un eventual auge de lo que se conoce como ‘periodismo ciudadano’, ni que un clic sea suficiente para dar el salto a la fama ni mucho menos que ahora sea facilísimo hacer lo que tanto trabajo les ha costado a Ryszard Kapuściński o a Jon Lee Anderson. Finalmente el acceso a la información de primera mano no es más que un punto de partida del cual se puede prescindir si se tiene la destreza necesaria para ganarse la confianza del público articulando relatos consistentes a partir de los cables de noticias que envían las agencias de prensa.


Lo que sí sugiere esta idea del ‘reportero ciudadano’ es que los medios tradicionales —cuya propiedad tienden a concentrar cada vez más los grandes grupos multimedia— han perdido el monopolio de la movilización de la opinión pública, sobre todo cuando se trata de temas de interés puramente local. Creo que los medios tradicionales pueden aprovechar su capacidad de acceder rápidamente a fuentes de todo tipo y de contrastar los testimonios de éstas —es decir, de procesar la información en bruto con el propósito de darle valor agregado— para seguir marcando una diferencia importante con respecto a lo que está en capacidad de producir el ciudadano de a pie. Sin embargo, para hacerlo es necesario que le apuesten al fortalecimiento de su credibilidad no sólo porque para un medio de comunicación no hay patrimonio más valioso ni fuente de prestigio más importante que ésta sino también porque cada vez tenemos más argumentos de peso para sospechar de las empresas pertenecientes a los grupos multimedia.

Si, por el contrario, continúan incurriendo en los mismos errores que los han llevado a perder su credibilidad, en el mediano y en el largo plazo los medios tradicionales corren el riesgo de ver cómo las fuentes independientes siguen ganándoles terreno en términos de capacidad de movilización de la opinión pública —sobre todo en el ámbito tanto de lo local como de la discusión especializada en torno a temas específicos—.