donde pongo el ojo… [ 105 ]
Lecturas en curso
Chroniques Birmaines, de Guy Delisle
París, 2007
Mi recomendado de la semana
Harry, revisado, de Mark Sarvas
Barcelona, 2010
Me llama la atención
Maletas perdidas, de Jordi Puntí
Barcelona, 2010
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París, 2007
Mi recomendado de la semana
Harry, revisado, de Mark Sarvas
Barcelona, 2010
Me llama la atención
Maletas perdidas, de Jordi Puntí
Barcelona, 2010
Hace unas semanas comentaba en una entrada la escasa atención que le prestamos al lector quienes participamos en las segundas Jornadas “Los Futuros del Libro” que organizó la Feria del Libro de Sevilla en mayo pasado. El artículo “The ‘Big Money’ Speaks: Publishing’s CEOs More Worried About E-Readers than Readers” que Publishing Perspectives publicó ayer sugiere que esta falta de interés por el lector no es exclusiva de nuestro medio.
Con respecto a la actitud de los altos ejecutivos del mundo editorial que participaron en los paneles “Will the iPad Kill Off eReaders and Other Tablets?” y “The Future of Book Publishing”, que tuvieron lugar en la conferencia Untethered 2010: Profitable Media in the Tablet Era organizada por The Big Money, dice el artículo:
‘Los oradores estaban más que dispuestos a hablar acerca de las cosas interesantes que sus dispositivos y aplicaciones están en capacidad de hacer o de qué tan ampliamente se puede esperar que éstos se propaguen en un futuro próximo. Y hubo incluso algo de conversación sobre cómo dar respuesta a la retroalimentación de los consumidores. Pero nadie explicó lo que los lectores estaban experimentando ahora mismo o lo que realmente quieren de los futuros dispositivos’.
El título del artículo ya es bastante elocuente: para los grandes de la industria —se menciona la presencia de ejecutivos de empresas como HarperCollins, Simon & Schuster, Perseus Books Group, McGraw-Hill Education y Google— parecen ser más importantes los lectores electrónicos que los de carne y hueso.
La confirmación de esta sospecha haría que la idea implícita en un comentario irónico de Rado Molina terminara por convertirse en una realidad inminente. Cuando publiqué en Facebook el link de mi entrada “¡ah, sí, el lector!” Rado hizo el siguiente comentario:
‘Martín, de qué lector está hablando el último modelo de Kindle?
compañero, olvídese de los lectores de carne y hueso (esos se pudren)
los buenos son los de tinta electrónica’
Rado puede tener razón. O al menos eso me hace pensar la siguiente imagen, que muestra los primeros resultados de búsqueda que me presenta el módulo de imágenes de Google cuando introduzco la palabra “reader”.
Entre los posibles futuros de la industria de los contenidos, ¿puede ser viable alguno que no tenga en cuenta a sus públicos?
Si es cierto que la industria de los contenidos ha entrado en crisis debido no sólo a la recesión económica sino también a su incapacidad de adaptarse a las transformaciones que viene sufriendo su entorno, cualquier posible salida de esta crisis debe pasar necesariamente por conocer los intereses, las necesidades y las expectativas de sus públicos y no sólo por el replanteamiento de sus modelos de producción y de negocio.
Hacia el final del artículo su autor cita unas palabras de Sarah Wendell de Smart Bitches, Trashy Book, que me parecen muy sugestivas y que deberían encender algunas alarmas:
‘Los consumidores están tan ansiosos por contestarles a las empresas… Estoy eternamente perpleja por la idea de que [los editores] no saben lo que quieren los consumidores’.
Cada vez estoy más convencido del rol estratégico que debe ocupar la construcción de públicos.
El pasado miércoles 26 de mayo, un par de días antes de empezar la Feria del Libro de Madrid que este año rinde homenaje a la literatura nórdica, leo en la sección Culturas del diario Público un reportaje titulado “El ‘boom’ nórdico no tiene traductores”. El reportaje, cuyo resumen afirma que ‘menos de 20 profesionales interpretan finés, islandés, danés, noruego y sueco a pesar de los cientos de títulos que se publican’, empieza así:
‘La literatura nórdica no tiene quien la traduzca en España. El boom de la novela negra desatada por autores como el sueco Stieg Larsson provocó que las editoriales buscasen autores por las esquinas más frías de Europa. Desde Islandia a Suecia, Finlandia y Dinamarca. Pero, ¿y quién traduce a todos esos escritores? La cruda realidad es que hay tan pocos profesionales que dominen el castellano y una lengua nórdica que acumulan exceso de trabajo y disparidad de criterios lingüísticos’.
El reportaje me parece interesante y de inmediato lo comparto por Facebook con R., la novia finlandesa de mi amigo J. que también estudió Letras. Justo después de poner el enlace del reportaje en el muro de R. me asomo al apartado de comentarios de los lectores —algo que no suelo hacer—, algunos de los cuales denuncian enérgicamente que el texto está lleno de imprecisiones. Cuando R. me escribe agradeciéndome por pensar en ella le digo que en cuanto leí el reportaje pensé que podría interesarle y le advierto que al parecer lastimosamente su contenido no es del todo confiable.
A continuación reproduzco algunos de los comentarios de los lectores al reportaje:
1. ‘Lo siento, pero creo que su artículo peca de unas cuantas inexactitudes.
En lo referido al finés, editoriales como Anagrama recurren a la voz de Diulce Fernández Anguita,, la traductora de Arto Paasilinna entre otros.
Del noruego también traducen, por ejemplo, Francisco Úriz, Mariano González Campo o Carmen Montes.
Ninguno de los traductores citados traduce en tandem.
Si puedo permitirme indicarle algo a la autora del artículo, le diré que una buena fuente de información fidedigna es ACE Traductores, cuyo correo electrónico es lamorada@acett.org’. (MtGU)
2. ‘Tirón de orejas a la autora de la noticia. Sí existen traductores del sueco, noruego, danés, islandés y finés al gallego. Así que revise el texto porque los nombres que cita no son los únicos en España (por ejemplo, Elías Portela traduce del islandés al gallego) sino únicos en España al castellano… y al catalán seguro que también hay…. incluso al euskera’. (breoghan)
3. ‘Desde luego, ya os vale. Por una vez que habláis de traductores metéis la pata en casi todo. Os dejáis unos cuantos nombres en el tintero, dais voz a un tartamudo, decís que, respecto del finés, “la fonética es una de las diferencias más grandes”, y os quedáis tan anchos, como si acabarais de descubrir el origen del universo, cuando la fonética de una lengua pertenece a su sistema y es tal vez lo que menos dificultades añade en una traducción. Hay lenguas africanas con fonéticas parecidas a la española de las que, os aseguro, no entenderíais ni una sola palabra’. (Traductora)
4. ‘No estoy de acuerdo, y seré breve: sí hay traductores, pero no hay trabajo (mi CV, como traductora de finés a español/catalán ha llegado a muchas editoriales), y he tenido que montar mi propia editorial para traducir y editar literatura infantil finlandesa. Y la dificultad del finés no es la fonética (¡por favor! ¡pero si eso es lo más fácil!): es un idioma con 15 declinaciones!!! A ver si nos documentamos mejor’. (suomi)
5. ‘Soy traductora de danés y ayer contesté por teléfono a algunas de las preguntas que aparecen en este artículo. Al leerlo hoy, me he encontrado con la sorpresa de que lo que se ha publicado se parece poco o nada a lo que le expliqué a la periodista que lo firma, de manera que me gustaría aclarar varios puntos:
- “Antes aceptaba todo lo que me ofrecieran, pero ahora no puedo. Una traducción me lleva mucho tiempo, incluso un año, ya que muchas veces tienes que reeler lo que has traducido la noche anterior”, comenta Blanca Ortiz, manchega de 40 años que traduce a los autores daneses. Sólo tres personas, incluyéndola a ella, se dedican a esta tarea en España.
Sencillamente indiqué que antes del boom traducía más o menos una novela al año, no que se necesitara un año para traducir un libro. El hecho de tener que releer lo que has hecho el día anterior (y no la noche, nunca traduzco de noche) formaba parte de la respuesta a otra pregunta. No soy manchega, sino de Guadalajara. Y en ningún momento dije que solamente tres personas nos dedicáramos a traducir del danés. Afortunadamente, somos más. Nombré a cuatro traduciendo narrativa de manera continua y únicamente del danés y me refería a varios más que traducen de forma más esporádica, se han especializado en algún género concreto (poesía, por ejemplo), traducen de varias lenguas nórdicas o simplemente están empezando y por cualquiera de esos motivos trabajan algo menos.
- “Eso provoca que no sea una misma persona la que traduzca toda la serie y haya problemas, porque no nos ponemos de acuerdo en la misma terminología para, por ejemplo, los cargos de la policía”, apostilla Blanca Ortiz.
El problema no es que no nos pongamos de acuerdo; simplemente que hay que ponerse de acuerdo, lo que requiere tiempo.
- Blanca Ortiz, a quien no le entusiasma demasiado la novela negra, agradece que cada vez le ofrezcan más autores daneses de infantil.
Le expliqué a la periodista que al principio había hecho más traducciones de infantil, pero que ahora ya prácticamente no hacía nada en ese terreno.
- El último problema con el que se han encontrado los traductores daneses es con el cambio de los cargos en el cuerpo de policía. “Tenemos que llamar continuamente a Dinamarca para no equivocarnos”, afirma Blanca Ortiz.
En efecto, es un problema, pero jamás he llamado a Dinamarca para hacer nunguna consulta al respecto, no entiendo de dónde sale’. (Blanca Ortiz)
Y hay en total 33 comentarios de los lectores, muchos de los cuales van en esta misma dirección. Curiosamente, por ningún lado hay respuesta alguna ni de la autora del reportaje ni de Público como medio de comunicación a estos comentarios. Ni una nota de rectificación. Ni una corrección en la edición en línea, que es una de las ventajas que a diferencia del papel ofrece Internet. O, en caso de que los reclamos de los lectores sean injustificados, ni una defensa del contenido del reportaje. Nada. Cero patatero.
Aunque al principio me siento escandalizado e indignado, pronto me doy cuenta de que las cosas no podrían ser de otra manera. Al fin y al cabo ésa es la actitud propia del modelo de comunicación “emisor – receptor” y a ella a nos tienen acostumbrados los medios tradicionales.
Aunque entienda la lógica en la que se basa el modelo de comunicación unidireccional propio de los medios tradicionales, no puedo evitar preguntarme: ¿cuál es la fuente de tanta irresponsabilidad, de tanta arrogancia, de tanto irrespeto y de tanto desprecio hacia los lectores y hacia los protagonistas de su noticia?
La reflexión en torno a este caso me sugiere dos conclusiones tentativas y, si me apuran, hasta obvias:
1. la incapacidad de los medios generalistas tradicionales de profundizar acertada y responsablemente en la actualidad justifica pagar por el acceso a contenidos especializados de valor agregado en publicaciones en línea.
2. más que las finanzas o el modelo de negocio de los medios generalistas tradicionales, lo que está en crisis son los medios mismos que casi veinte años después del inicio de la emergencia de la Web siguen —con contadas excepciones— trasladando a Internet la lógica del mundo analógico.
A propósito de la manera como los medios nativos digitales les están quitando participación en el mercado a las ediciones en línea de los medios tradicionales, recomiendo echarle un ojo a la entrada “Quand les médias établis se réveilleront il sera trop tard” (“Cuando los medios establecidos se despierten será demasiado tarde”), de Francis Pisani en Transnets. Al respecto dice Pisani a partir del hecho de que The Huffington Post esté cerca de superar en tráfico y en ingresos a The New York Times:
‘Sabemos a través de la obra de Christensen que a menudo las tecnologías innovadoras inicialmente son inferiores a aquellas a las que perturban, que las desprecian porque son menos buenas.
Pero la gente las adopta porque además de ser más simples y más baratas tienen una calidad “suficiente” (good enough) para satisfacer sus necesidades’.
Actitudes como la de Público frente a los lectores y a los protagonistas de su reportaje explican por lo menos en parte la crisis de los medios, de sus finanzas y de su modelo de negocio. Al tratarnos con arrogancia y desprecio y al hacer un manejo irrespetuoso e irresponsable de la información, algunos medios no sólo están haciendo pésimamente su trabajo sino que también nos están dando razones de sobra para no confiar en ellos.
Están mordiendo la mano que les da de comer.
Terminada la mudanza, vuelve [ el ojo fisgón ]. Ya estoy instalado en la nueva casa aunque una buena parte de mis cosas siguen metidas en cajas, maletas o bolsas y mis libros aún no están en su lugar.
A pesar del cierre temporal de [ el ojo fisgón ], durante estas dos semanas de ausencia no dejé de seguir la actualidad del sector editorial en la medida en que me fue posible hacerlo. Hoy quisiera referenciar y comentar rápidamente algunas cosas que pasaron durante los casi quince días que no estuve posteando.
La segunda edición del eForo Publidisa se celebró el pasado jueves 27 de mayo en Madrid y su cartel de expositores reunió a expertos en la adopción de lo digital por parte del sector editorial y a representantes de empresas de tecnología, de bufetes de abogados especializados en gestión de derechos, de editoriales técnicas y del sector público.
Los tándems Gil & Jiménez y Gozzer & Vicente presentaron sus respectivas anotaciones con respecto al evento.
En la entrada que le dedicaron al eForo Publidisa los paradigmáticos destacan algunos aspectos de los debates que les llamaron la atención:
‘- El discurso de la digitalización ya está asumido: ya no se trata de digitalizar hacia pasado, sino hacia futuro, es decir, orientar los negocios hacia los nuevos escenarios.
- La gran apuesta no son los aparatos, la cacharrería/electrónica de consumo, sino la gestión acertada de los contenidos.
- La clave no está sólo en lograr un partner tecnológico adecuado, sino en asociarse con otras empresas editoriales: solos no podremos hacer nada.
- Aún así, no estamos ante un mercado maduro, ni mucho menos, por lo que se impone la cautela, sin pausa. El pistoletazo de salida lo dará un «caso de éxito».
- Precio del ebook y perspectivas de fututo para este mercado, disparidad de opiniones.
- La línea de acción contra la piratería digital, de forma unánime, no parece ser ni el DRM ni la judicialización’.
Por su parte, los anatomistas —que fueron invitados a hacer una exposición sobre el uso de la comunicación online en el sector editorial— presentaron esta semana su decálogo de conclusiones personales del eForo Publidisa 2010:
’1. El tamaño del mercado digital es aún muy pequeño y no está maduro, razón de más para aplicar los cambios necesarios y estar preparados para un futuro cercano.
2. Los editores son conscientes de que no pueden desarrollar solos la tecnología necesaria por lo que es un campo abierto a la externalización.
3. El discurso sobre la digitalización debe incluirse de forma natural en todos los procesos productivos.
4. Los lectores o ereader deben seguir evolucionando y, sobre todo, democratizándose a un precio adecuado para que se produzca el boom definitivo de su comercialización.
5. Los editores deben seguir en el cuore del negocio, haciendo lo que mejor saben hacer: editar.
6. La separación entre contenido y continente permitirá la apertura de nuevos modelos de negocio.
7. El editor debe seguir experimentando cosas nuevas para la explotación de sus contenidos. No todos los modelos que se están probando en otros países son exportables a España.
8. La protección mediante DRM y la acción judicial ejemplarizantes son las acciones consideradas menos efectivas para luchar contra las acciones extramercado.
9. Debe haber una reflexión sobre el precio del ebook. No se debería marcar teniendo en cuenta las economías de escala de los libros físicos ni partir del precio fijo.
10. Los verdaderos competidores de los editores en un futuro son los propios usuarios. Las empresas que triunfen serán aquellas que sean capaces de colocar las necesidades del usuario en el centro de su negocio’.
Creo que en sus planteamientos los padadigmáticos y los anatomistas recogen los aspectos básicos del estado de la cuestión con respecto al desembarco de lo digital en el sector editorial: los ejes centrales de la reflexión que está teniendo lugar, posibles maneras de encarar y asimilar lo digital y perspectivas a futuro.
***
- Inicio de la Feria del Libro de Madrid 2010
Con respecto a la Feria del Libro de Madrid vale la pena destacar dos eventos que tuvieron lugar el pasado viernes 4 de junio:
1. Worstsellers: Segunda edición de los libros peor vendidos, en el que participaron Daniel Ortiz (Escalera), Pablo Mazo (Salto de Página), Marian Womack (Nevski Prospects) y Ulises Ramos (Artemisa) bajo la moderación de Juan Cruz.
Con respecto al evento, dice Juan Cruz en su blog del diario El País:
‘Aparte de competiciones, lo que es importante de esta iniciativa es que expone ante la gente la meritoria labor de editores, sobre todo jóvenes, capaces de arrostrar todo tipo de dificultades, en épocas del monocultivo editorial de los grandes éxitos, y de publicar libros que en otros tiempos o en otros países serían asumidos en seguida por las librerías de fondo o por el sistema bibliotecario. Y no sólo pone de manifiesto esa contradicción que hay entre el entusiasmo y los resultados, sino que resalta el sentido del humor (y de la realidad) de editores cuya franqueza contrasta con la reserva de otros que tampoco venden pero que van por la feria y por la vida como si ellos fueron el pico de los best sellers’.
2. El libro y la piratería digital, organizado por CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) y en el que participaron Andrés Trapiello, Aldo Olcese, Antonio María Ávila y Juan Mollá.
En relación con ‘las cifras que han dado los ponentes sobre las pérdidas por lucro cesante que genera la piratería digital de libros’ comenta María José de Acuña:
‘Me gustaría saber cómo se extraen esos porcentajes que llenan los informes oficiales y terminar de convencerme -si tengo que hacerlo-, de que tristemente “nos hemos convertido en una cuna de piratería”, como ha afirmado Antonio María Ávila esta mañana.
Y creo que es necesario que se nos explique la metodología que se sigue en esos estudios porque en la pasada Feria del Libro de Sevilla Joaquín Rodríguez, desmontó el argumento que sostiene que las 200 páginas webs ilegales detectadas concentran el 80% de la piratería que provoca cientos de millones de pérdidas al sector ilustrando al auditorio sobre cómo se hacen esos cálculos econométricos. Rodríguez apuntaba que no se trata de descargas efectivas sino de “meras extrapolaciones a partir del nº de páginas donde hay enlaces que apuntan a sitios desde los que se pueden realizar descargas” y que señalan, en todo caso, “lo que se podría llegar a perder si se descargaran esos contenidos”. Por tanto, si hay explicaciones rigurosas que cuestionan las pesimistas conclusiones de esos estudios, también deberían hacerse oír voces oficiales que las rebatan para que así el ciudadano medio pueda saber a qué atenerse para obtener una opinión propia. Pero vemos que no es así.
Añadiría otra pregunta: si es tan incipiente el mercado de la edición digital en nuestro país, ¿qué es lo que se piratea?’
Para proteger realmente los intereses de sus afiliados las asociaciones gremiales como CEDRO y la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) deberían ocuparse de buscar vías para encarar lo digital en lugar de seguir machacando con el tema de la piratería, que es bastante anterior a Internet, que es inevitable aunque atenuable y que debe combatirse creando una oferta legal amplia que tenga un valor agregado difícilmente reproducible por la oferta pirata.
***
- Publicación del artículo Derechos de los lectores de libros digitales en dosdoce.com
El artículo, cuyos autores son Javier Celaya y José Antonio Vázquez, plantea un dodecálogo de derechos a los que por ningún motivo deben renunciar quienes compren contenidos para leer en soportes digitales independientemente del modelo de acceso implantado por la plataforma de distribución proveedora de dichos contenidos.
Dicen Javier y José Antonio:
’1. Las plataformas de acceso y venta de eBooks no deben comerciar con el historial de compra de los lectores sin su consentimiento previo.
2. Aquellas plataformas que quieran reutilizar con fines comerciales el historial de compra de los lectores para mejorar sus sistemas de recomendación de libros o generar ingresos publicitarios relacionados con las compras realizadas deberán comunicar previamente a los lectores qué tipo de información guardan en sus plataformas, por cuánto tiempo y para qué fines comerciales.
3. El lector de libros digitales podrá acceder a esta información personal en cualquier momento y borrar su historial en caso de considerarlo oportuno.
4. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberán garantizar que los eBooks adquiridos son propiedad de aquellas personas que los han comprado. Tras la polémica decisión de Amazon de entrar en la cuenta de sus usuarios y eliminar los ejemplares digitales vendidos del libro de George Orwell 1984 por discrepancias con su proveedor, se justifica que exijamos que las plataformas de comercialización de eBooks se comprometan a respetar nuestros derechos como consumidores. Ninguna plataforma o librería virtual debería ser capaz de eliminar de mi cuenta un libro ya adquirido o limitar el acceso al mismo sin mi consentimiento expreso.
5. En caso de alquiler, pago por lectura o subscripción de cualquier contenido digital, el usuario debería tener una opción a compra perpetua.
6. Al igual que en el mundo analógico podemos prestar un libro comprado a un amigo, en el mundo digital deberíamos preservar el derecho a realizar préstamos de libros en cualquier formato y sin coste adicional.
7. Se nos debe garantizar la posibilidad de leer cualquier libro de nuestra biblioteca en la nube o plataforma en cualquier dispositivo, sin restricciones ni limitaciones por sistemas, derechos, fronteras, etc., y siempre de una forma amable y legible.
8. Las plataformas de acceso y venta de eBooks deberían permitir que las personas que deseen hacer sus compras en un entorno plenamente privado puedan hacerlo sin que sus datos de compra sean almacenados en ningún momento ni comercializados a terceros.
9. Los compradores de libros digitales podrán eliminar su historial de compra o alquiler, así como destruir los propios libros adquiridos, en cualquier momento y de forma definitiva sin dejar rastro alguno de su previa existencia en ninguna memoria virtual.
10. Los lectores podrán regalar o revender cualquier libro adquirido que ya no se quiera mantener en su biblioteca digital.
11. Los lectores podrán subrayar, marcar y hacer anotaciones de forma anónima en sus libros adquiridos. Aquellos lectores que quieran compartir con otros lectores sus anotaciones personales deberán poder hacerlo, pero si en cualquier momento cambian de opinión también podrán retirar las aportaciones prestadas.
12. Al igual que podemos mantener nuestro número de teléfono móvil si nos cambiamos de operador, las plataformas deberán garantizar la portabilidad de los datos de los usuarios. Si por cualquier motivo un lector abandona una plataforma deberá poder transportar los libros adquiridos, notas e historial de compra a la nueva plataforma de forma fácil y eficiente.
Sin lugar a dudas más que de derechos adquiridos, en muchos aspectos este dodecálogo habla de conquistas que tendríamos que conseguir para protegernos como ciudadanos y consumidores y evitar que la decisión con respecto a lo que podemos hacer con los productos que compramos quede en manos de los proveedores de contenidos y/o de servicios tecnológicos.
***
- Publicación del especial de ficción “20 Under 40″ que para este verano preparó la revista The New Yorker escogiendo ‘a veinte jóvenes escritores que capturan la inventiva y la vitalidad de la ficción americana contemporánea’.
Los autores seleccionados por The New Yorker en el especial “20 Under 40″ son los siguientes :
- Chimamanda Ngozi Adichie
- Chris Adrian
- Daniel Alarcón
- David Bezmozgis
- Sarah Shun-lien Bynum
- Joshua Ferris
- Jonathan Safran Foer
- Nell Freudenberger
- Rivka Galchen
- Nicole Krauss
- Yiyun Li
- Dinaw Mengestu
- Philipp Meyer
- C. E. Morgan
- Téa Obreht
- Z Z Packer
- Karen Russell
- Salvatore Scibona
- Gary Shteyngart
- Wells Tower
Con “20 Under 40″ la revista The New Yorker nos está indicando dónde debemos poner el ojo para encontrar la que a su juicio es la mejor narrativa estadounidense joven de nuestros días —tal y como lo hace Granta con sus especiales “Best of Young American Novelists”, “Best of Young British Novelists” y próximamente “Los mejores narradores jóvenes en español”—. El rol prescriptor de estos especiales es tan poderoso y fundamental que para los autores incluidos en ellos puede significar el paso que les hacía falta hacia la consolidación de sus carreras.
Hasta hace poco, cada vez que recibía un paquete de libros que me enviaba una editorial o que salía de una librería con una bolsa en la que llevaba las compras que había hecho allí sentía una leve inquietud al pensar en el problema que tendría en un futuro cuando llegara el momento de dejar mi piso del Poble Sec. Desde hace unos meses que decidí mudarme esa inquietud dejó de ser hipotética y se convirtió en una realidad inminente.
Aquellos que tengan un par de estanterías con libros, que se hayan cambiado de casa o de ciudad y que corran el riesgo de volver a hacerlo deben saber de qué estoy hablando. Sobre todo si, como yo, viven en un cuarto piso sin ascensor.
Cuando vivía en Bogotá siempre que se me pasaba por la cabeza la idea de que quizás algún día me fuera de la ciudad me daba pavor pensar qué haría con mi biblioteca. Teniendo en cuenta que en principio sólo me iría como máximo por un par de años, de momento quedaba descartaba la idea de llevármela toda conmigo. Así las cosas, me quedaban sin resolver algunas preguntas: ¿qué libros me llevaría conmigo cuando me llegara la hora de irme? ¿cómo los escogería? ¿cuántos libros me llevaría? ¿dónde dejaría el resto de mi biblioteca para que los libros estuvieran a salvo? ¿quién cuidaría de ella?
Luego, al irme a vivir a Lille, decidí hacer un acto de desapego con respecto a mi biblioteca y llevarme conmigo sólo unos cuantos libros que no significaban nada para mí y que en ese momento tenía ganas de leer: La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; The Buenos Aires Affair, de Manuel Puig; Experimentos con la verdad, de Paul Auster; American Psycho, de Bret Easton Ellis; y, por último, Bogotá imaginada, de Armando Silva.
De los libros con los que salí de Bogotá en septiembre de 2004 sólo sobrevive La conjura de los necios porque los demás se echaron a perder en julio del año siguiente cuando el sótano en el que los dejé al venirme a vivir a Barcelona se inundó durante una tormenta de verano.
Como en principio lo más probable era que volviera pronto a Bogotá, durante un par de años apenas compré unos pocos libros para evitar que el viaje de regreso fuera engorroso debido al peso de éstos. Sin embargo, en cuanto me di cuenta de que no tenía nada de ganas de regresar a Bogotá por lo menos en un futuro inmediato volví a empezar a comprar libros con una cierta regularidad. Fue así como comencé la construcción de una biblioteca en Barcelona cuyo crecimiento se aceleró con los libros que luego empezaron a enviarme algunas editoriales.
Después de pasar varios días de angustia pensando en el esfuerzo que supondría mover mis libros, el sábado pasado decidí empezar a desmontar mi biblioteca y a meter mis libros en cajas y maletas para ir llevándolos poco a poco al piso de Ana, que está cerca del Hospital de Sant Pau y que dentro de poco también será mi casa. En el primer viaje que hice recorrí tres líneas de metro con dos maletas llenas de libros que representan la tercera parte de una de las secciones de mi biblioteca y aproximadamente el 5 % de ésta.
A ratos me entra el agobio porque me pongo a pensar en el esfuerzo que aún me queda por hacer para llevar los libros que faltan a mi nueva casa y por un momento desearía tener toda mi biblioteca en digital. Insisto, este deseo dura sólo un momento porque luego me viene el recuerdo de algún libro de ensayos de Raymond Carver, de una novela de Rubem Fonseca, de los cuentos completos de Juan Carlos Onetti, de las Crónicas berlinesas de Joseph Roth o de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro que tengo en mi biblioteca y entonces siento que mi seguridad y mi estabilidad emocional dependen en gran parte de que esos libros sigan estando ahí.