archivo de la categoría “corrección de estilo”

Martes, noviembre 2, 2010 categorizado bajo corrección de estilo, edición, editores, oficios

¿a quién se debe satisfacer con los oficios de la edición?

En Stet [vale lo tachado] la editora británica Diana Athill comenta una anécdota que marcó su experiencia como editora de mesa. Según cuenta Athill, alguien que no sabía escribir y que parecía conocerlo todo sobre el descubrimiento de Tahití presentó a la editorial Allan Wingate un libro escrito tosca y laboriosamente ‘que de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio’. En vista de que la persona a quien la editorial había contratado para editar el libro no hizo su trabajo ni siquiera a medias, Athill debió ocuparse de la edición del texto para que éste pudiera ser publicado.

Tras reconocer que ‘nadie más que una editora joven y hambrienta se habría metido hasta el cuello en el manuscrito’, Athill explica el trabajo al que tuvo que enfrentarse y se refiere a la retroalimentación que recibió de parte del autor del libro una vez éste fue elogiosamente reseñado en un prestigioso suplemento literario:

‘Dudo mucho que hubiese una sola frase —desde luego, no hubo un sólo párrafo— que no alterase y que a menudo tuviese que mecanografiar de nuevo, enviando los capítulos uno por uno al autor para recabar su visto bueno. Aunque era un cascarrabias por naturaleza, siempre nos lo dio. Disfruté con el trabajo. Fue como ir retirando capas sucesivas de papel de estraza arrugado para desenvolver un paquete de formas extrañas e ir revelando el regalo atractivo que en efecto contenía (de hecho, fue una tarea mucho más satisfactoria que los pequeños retoques que eran necesarios al editar a un escritor competente). Poco después de la publicación, el libro tuvo una reseña en el Times Literary Supplement: era un libro excelente, erudito, repleto de detalles fascinantes, y escrito además con elegancia. El autor no tardó en mandarme un recorte de la reseña con una nota: “Qué amable por su parte —pensé—, va a darme las gracias”. Lo que decía la nota era esto otro: “Notará usted el comentario sobre el estilo, que confirma de hecho lo que siempre he pensado, y es que todo este jaleo nunca fue necesario”. Cuando terminé de reírme, acepté el mensaje: el editor nunca ha de esperar que le den las gracias (a veces se las dan, pero siempre hay que considerarlas una propina). Hemos de recordar que sólo somos las comadronas. Si queremos que se elogie a la progenie, tendremos que dar a luz a nuestros propios hijos’.

La conclusión de Athill me parece reveladora y me recuerda que el editor es un mediador y un gestor de contenidos cuyo mérito y reconocimiento son diferentes de los que le corresponden al autor. El problema es que como a menudo los oficios relacionados con la edición son bastante invisibles y desagradecidos, con frecuencia quienes los hacen no reciben mayores gestos de reconocimiento público por su trabajo —por lo cual no esperar su llegada quizás les ayude a evitarse amarguras, decepciones y malos ratos—.

A los pocos días de leer este fragmento de Stet [vale lo tachado] llegué a través del blog de Roger Michelena al “Decálogo del corrector de estilo”, de Nancy Herrera y Abraham Monterrosas. De este decálogo quisiera destacar los cuatro primeros puntos porque me parece que encierran una gran dosis de sensatez y ecuanimidad con respecto a la naturaleza del oficio del corrector:

’1. Somos correctores, NO coautores. Es uno de los principios fundamentales de la corrección. Nuestra labor es ser un intermediario entre el autor y el lector. Se trata de construir puentes entre ellos. No abusemos de nuestro papel al corregir. Distingamos forma de contenido.

2. Ahorrar desgastes. Más de una vez nos toparemos con autores intocables o quisquillosos con su texto. A final de cuentas, la corrección es una lucha de egos. Respetemos y propongamos.

3. Corrección sí. Estilo, no. Detrás de cada texto hay un autor con su respectivo bagaje informativo y, por tanto, su estilo. Mientras más claro tengamos el respeto a ello nos ahorraremos conflictos.

4. El autor es quien da la cara por el texto. Los autores responden por sus escritos. Debemos auxiliar que sus opiniones y expresiones queden sentadas. Después de todo, es su crédito’.

A raíz de la lectura tanto del texto de Athill como del “Decálogo del corrector de estilo” me ha estado dando vueltas en la cabeza la idea de que quienes intervenimos en los distintos eslabones de la cadena de valor editorial deberíamos centrar todos nuestros esfuerzos en producir libros con el mayor cuidado, rigor y cariño posibles, en hacer cuanto esté en nuestras manos para que dichos libros encuentren a sus lectores, en satisfacer las necesidades de éstos y en hacerles propuestas susceptibles de abrirles nuevos horizontes —lo cual no es en absoluto ajeno a temas que algunos venimos abordando de manera recurrente como la búsqueda de modelos de producción y de negocio sostenibles y rentables, el problema de la rotación en librerías y del volumen de las devoluciones, el diseño de estrategias de promoción que faciliten la visibilidad entre las miles de novedades que se publican anualmente, las implicaciones del cambio de paradigma del sector o el tránsito hacia lo digital—.