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2º diplomado en estudios editoriales del instituto caro y cuervo: experiencia con balance positivo

Durante las dos últimas semanas de septiembre estuve en Bogotá dando clases en el 2º Diplomado en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, una experiencia cuyo balance ha sido 100% positivo en todos los sentidos. Para empezar quisiera hacer algunas observaciones de carácter descriptivo con respecto a los estudiantes del diplomado:

 

– número de estudiantes: +/- 24 (repartidos prácticamente de manera equitativa entre hombres y mujeres)

– edades: entre 22 y 57 años

– campos de trabajo: editoriales (de diferentes áreas temáticas y tamaños), librerías, entidades públicas de gestión cultural, publicaciones periódicas (culturales y académicas) e instituciones educativas (colegios y universidades).

– oficios que ejercen: libreros, editores en distintos tipos de estructuras (editoriales y entidades públicas del sector cultural), correctores de estilo, profesores, periodistas, gestores culturales de entidades públicas y emprendedores.

– tipos de relaciones laborales que tienen con sus empleadores y/o clientes: freelance, funcionarios públicos, empleados, contratistas y emprendedores.

 

 

 

 

Al principio me llamó mucho la atención la enorme diversidad de edades, perfiles profesionales, actividades, intereses e inclinaciones que me encontré entre los estudiantes del diplomado. Al favorecer el intercambio de testimonios con respecto a las experiencias personales y profesionales de cada uno, esta diversidad fue una fuente inagotable de temas de conversación y de discusiones que en mi opinión contribuyeron a enriquecer el aprendizaje de todos durante las clases. Al fin y al cabo la confrontación de puntos de vista desde perspectivas y experiencias diferentes siempre suma y resulta estimulante porque permite cuestionar, complementar, revaluar y/o reforzar las intuiciones, ideas y convicciones que se tienen en un momento dado.

 

 

 

 

Y a lo largo de mis clases lo que más gratamente me llamó la atención fue la actitud entusiasta, inquieta, curiosa y comprometida de los estudiantes, que se ve reflejada en sus ganas de hacer cosas y en los proyectos que están concibiendo, impulsando, poniendo en marcha y/o desarrollando —lo cual en parte es un reflejo de la efervescencia que hay en este momento en la movida cultural de Bogotá—. Todos los estudiantes del diplomado son profesionales en activo y seguramente para muchos de ellos no siempre es fácil asistir cada tarde durante dos o tres horas a las clases después de terminar su jornada laboral, sobre todo si tenemos en cuenta el tamaño de Bogotá y  las dificultades que suponen para la movilidad algunos factores como las distancias que es necesario recorrer para ir de un lugar a otro y los tiempos de desplazamiento.

 

Espero que el diplomado les sirva a los estudiantes tanto para mejorar sus competencias profesionales como para aportarles cada vez más valor bien sea a las organizaciones para las que trabajan o bien a sus propios proyectos.

 

Gracias a Margarita Valencia y a Javier Fandiño por la invitación a participar en el diplomado así como al personal administrativo del Instituto Caro y Cuervo por sus gestiones para hacer posible el buen desarrollo de mi trabajo.

 

A propósito de la formación de editores en el ámbito hispanohablante, antes de terminar quisiera recomendar las siguientes entradas publicadas en Antinomias libro por  Manuel Gil —quien estuvo participando en la primera edición del diplomado—:

 

Formación editorial en Colombia

– Crónicas bogotanas 1, 2 y 3

martes, noviembre 2, 2010 categorizado bajo corrección de estilo, edición, editores, oficios

¿a quién se debe satisfacer con los oficios de la edición?

En Stet [vale lo tachado] la editora británica Diana Athill comenta una anécdota que marcó su experiencia como editora de mesa. Según cuenta Athill, alguien que no sabía escribir y que parecía conocerlo todo sobre el descubrimiento de Tahití presentó a la editorial Allan Wingate un libro escrito tosca y laboriosamente ‘que de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio’. En vista de que la persona a quien la editorial había contratado para editar el libro no hizo su trabajo ni siquiera a medias, Athill debió ocuparse de la edición del texto para que éste pudiera ser publicado.

Tras reconocer que ‘nadie más que una editora joven y hambrienta se habría metido hasta el cuello en el manuscrito’, Athill explica el trabajo al que tuvo que enfrentarse y se refiere a la retroalimentación que recibió de parte del autor del libro una vez éste fue elogiosamente reseñado en un prestigioso suplemento literario:

‘Dudo mucho que hubiese una sola frase —desde luego, no hubo un sólo párrafo— que no alterase y que a menudo tuviese que mecanografiar de nuevo, enviando los capítulos uno por uno al autor para recabar su visto bueno. Aunque era un cascarrabias por naturaleza, siempre nos lo dio. Disfruté con el trabajo. Fue como ir retirando capas sucesivas de papel de estraza arrugado para desenvolver un paquete de formas extrañas e ir revelando el regalo atractivo que en efecto contenía (de hecho, fue una tarea mucho más satisfactoria que los pequeños retoques que eran necesarios al editar a un escritor competente). Poco después de la publicación, el libro tuvo una reseña en el Times Literary Supplement: era un libro excelente, erudito, repleto de detalles fascinantes, y escrito además con elegancia. El autor no tardó en mandarme un recorte de la reseña con una nota: “Qué amable por su parte —pensé—, va a darme las gracias”. Lo que decía la nota era esto otro: “Notará usted el comentario sobre el estilo, que confirma de hecho lo que siempre he pensado, y es que todo este jaleo nunca fue necesario”. Cuando terminé de reírme, acepté el mensaje: el editor nunca ha de esperar que le den las gracias (a veces se las dan, pero siempre hay que considerarlas una propina). Hemos de recordar que sólo somos las comadronas. Si queremos que se elogie a la progenie, tendremos que dar a luz a nuestros propios hijos’.

La conclusión de Athill me parece reveladora y me recuerda que el editor es un mediador y un gestor de contenidos cuyo mérito y reconocimiento son diferentes de los que le corresponden al autor. El problema es que como a menudo los oficios relacionados con la edición son bastante invisibles y desagradecidos, con frecuencia quienes los hacen no reciben mayores gestos de reconocimiento público por su trabajo —por lo cual no esperar su llegada quizás les ayude a evitarse amarguras, decepciones y malos ratos—.

A los pocos días de leer este fragmento de Stet [vale lo tachado] llegué a través del blog de Roger Michelena al “Decálogo del corrector de estilo”, de Nancy Herrera y Abraham Monterrosas. De este decálogo quisiera destacar los cuatro primeros puntos porque me parece que encierran una gran dosis de sensatez y ecuanimidad con respecto a la naturaleza del oficio del corrector:

‘1. Somos correctores, NO coautores. Es uno de los principios fundamentales de la corrección. Nuestra labor es ser un intermediario entre el autor y el lector. Se trata de construir puentes entre ellos. No abusemos de nuestro papel al corregir. Distingamos forma de contenido.

2. Ahorrar desgastes. Más de una vez nos toparemos con autores intocables o quisquillosos con su texto. A final de cuentas, la corrección es una lucha de egos. Respetemos y propongamos.

3. Corrección sí. Estilo, no. Detrás de cada texto hay un autor con su respectivo bagaje informativo y, por tanto, su estilo. Mientras más claro tengamos el respeto a ello nos ahorraremos conflictos.

4. El autor es quien da la cara por el texto. Los autores responden por sus escritos. Debemos auxiliar que sus opiniones y expresiones queden sentadas. Después de todo, es su crédito’.

A raíz de la lectura tanto del texto de Athill como del “Decálogo del corrector de estilo” me ha estado dando vueltas en la cabeza la idea de que quienes intervenimos en los distintos eslabones de la cadena de valor editorial deberíamos centrar todos nuestros esfuerzos en producir libros con el mayor cuidado, rigor y cariño posibles, en hacer cuanto esté en nuestras manos para que dichos libros encuentren a sus lectores, en satisfacer las necesidades de éstos y en hacerles propuestas susceptibles de abrirles nuevos horizontes —lo cual no es en absoluto ajeno a temas que algunos venimos abordando de manera recurrente como la búsqueda de modelos de producción y de negocio sostenibles y rentables, el problema de la rotación en librerías y del volumen de las devoluciones, el diseño de estrategias de promoción que faciliten la visibilidad entre las miles de novedades que se publican anualmente, las implicaciones del cambio de paradigma del sector o el tránsito hacia lo digital—.