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Jueves, febrero 10, 2011 categorizado bajo destacados, fomento a la lectura

la lectura como opción

De tanto ver durante años cómo algunas campañas de fomento a la lectura y el discurso demagógico de sus organizadores manoseaban cada vez que podían el decálogo de los derechos imprescriptibles del lector, sin haber leído ni una sola línea de Como una novela terminé cogiéndole manía a este libro de Daniel Pennac. Hace unos meses cuando se me atravesó accidentalmente un ejemplar de Como una novela mientras le echaba un ojo a la sección de ensayo de Abacus hice el esfuerzo de intentar quitarme de encima mis prejuicios con respecto a este libro, decidí comprarlo y me propuse leerlo. Gracias a este afortunado encuentro con Como una novela he tenido la oportunidad de descubrir la riqueza de los planteamientos que hace Pennac en los distintos textos breves alrededor de la lectura que reúne este libro.

Aunque en sí mismas las premisas de los derechos imprescriptibles del lector son bastante sugestivas, provocadoras e incluso efectistas desde un punto retórico, el enunciado en sí mismo sólo es la punta del iceberg porque el grueso de la sustancia del apartado de Como una novela dedicado a este decálogo está precisamente en la reflexión que hace Pennac alrededor de cada una de estas máximas. Esta situación me ha hecho pensar que además de ocultar la riqueza que encierra el conjunto de textos reunidos en Como una novela, el manoseo reiterativo del decálogo de los derechos imprescriptibles del lector pone en evidencia que la educación, la cultura y otros ámbitos relacionados con el bienestar social son esferas altamente proclives al populismo y a la demagogia.

Durante un viaje a Tenerife a finales del verano pasado me devoré Como una novela y ahora estoy releyéndolo lápiz en mano. Se trata de un libro en el que hay muchas cosas que subrayar y comentar.

Pennac abre Como una novela con un epígrafe contundente que ya nos sugiere a qué tipo de libro estamos a punto de enfrentarnos:

‘Se ruega (yo les suplico) no utilizar estas páginas como instrumento de tortura pedagógica’*.

Y luego, en la frase inicial del primer apartado del libro titulado “Nacimiento del alquimista”, su autor hace lo que considero una declaración de principios con respecto a la lectura:

‘El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…’.

Con respecto a esa experiencia de iniciación a la lectura que suele estimularse mediante el ejercicio de contarles o leerles historias a los niños en la cama antes de irse a dormir, anota Pennac:

‘La intimidad perdida…

Visto ahora en este comienzo del insomnio, aquel ritual de la lectura, cada noche, al pie de su cama, cuando él era pequeño —hora fija y gestos inmutables—, se parecía un poco a la oración. Aquel armisticio que seguía al estruendo del día, aquel reencuentro al margen de cualquier contingencia, aquel momento de silencio recogido antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz al fin semejante a sí misma, la liturgia de los episodios… Sí, la historia leída cada noche cumplía la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa, y que sólo afecta a los hombres: el perdón de las ofensas. Allí no se confesaba ningún pecado, ni se buscaba conseguir un pedazo de eternidad, era un momento de comunión, entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres.

El amor adquiría allí una piel nueva.

Era gratuito’.

Y, más adelante, Pennac describe en los siguientes términos el estado virginal en el que se encuentra el lector recién iniciado al tiempo que lanza una voz de alerta frente a los peligros a los que éste está expuesto debido a la influencia nociva que su entorno puede ejercer sobre él:

‘”Es un público despiadado y excelente“.

Es, en un principio, el buen lector que seguiría siendo si los adultos que lo rodean alimentaran su entusiasmo en lugar de poner a prueba su competencia, si estimularan su deseo de aprender en lugar de imponerle el deber de recitar, si le acompañaran en su esfuerzo sin contentarse con esperarle a la vuelta de la esquina, si consintieran en perder tardes en lugar de intentar ganar tiempo, si hicieran vibrar el presente sin blandir la amenaza del futuro, si se negaran a convertir en dura tarea lo que era un placer, si alimentaran este placer hasta que se transmutara en deber, si sustentaran este deber en la gratuidad de cualquier aprendizaje cultural, y recuperaran ellos mismos el placer de esa gratuidad’.

¿Qué mejor imagen para dar cuenta de lo que sugiere Pennac que la de Jerom Odell leyendo plácidamente en un sofá, tal y como lo vemos en el cabezote del blog Lecturas para Jerom que su padre Pablo está escribiéndole y que éste define como un espacio que espera que ‘me ayudará a encontrar y a contarte todas esas cosas de las que me gustaría conversar contigo’?

Como una novela es una invitación a la lectura que refuerza dos de mis convicciones como lector:

1. cada libro tiene su momento y sus lectores: es decir, que las necesidades, los intereses, las inquietudes, las expectativas y la disposición de cada persona en un momento dado determinan el tipo de libro apropiado para leer en cada ocasión. En síntesis, no hay ningún libro cuya lectura sea obligatoria, necesaria o indispensable para todo el mundo en todo momento y lugar.

No soporto que me digan que “hay que” leer la Ilíada, La Divina comedia, El paraíso perdidoFarenheit 451, El señor de los anillosLa trilogía de Nueva York o Nocilla Dream. Ya llegaré a ellos por azar, por serendipia o por necesidad. O no. Lo importante es tener siempre la opción de elegir.

2. la lectura es una actividad polifacética a través de la cual se pueden satisfacer distintas necesidades y alcanzar diferentes objetivos: entre otras cosas la lectura es una fuente de entretenimiento, de diversión, de placer, de introspección, de fuga, de formación, etc. De ahí la satisfacción íntima e inalienable que la lectura puede llegar a producir cuando se practica sin esperar recibir a cambio ninguna recompensa externa.

Los caminos hacia la lectura son diversos, inesperados y sorprendentes. Yo, por ejemplo, soy un lector accidental: vengo de una casa en la que el único lector era mi hermano mayor. Y aunque cada vez que me pillaba viendo televisión, alistándome para salir con mis amigos o sin hacer nada mi papá me decía que leyera porque la lectura sí era una actividad realmente productiva, nunca le hice mucho caso. En realidad empecé a leer a falta de algo mejor que hacer durante mi último año de colegio, cuando mi novia de la época se fue a vivir a otro país y en un momento en el que mis amigos más cercanos estaban en medio de una dinámica de grupo en la que yo sentía que no encajaba del todo.

Y luego también hay que decir que la lectura como experiencia está sometida a todo tipo de vaivenes y que, por lo tanto, puede ser bastante irregular y accidentada porque, como dice Pennac más adelante, ‘conoce sus aceleraciones y sus bruscas regresiones, sus períodos de bulimia y sus largas siestas digestivas, su sed de progresar y su miedo a decepcionar…’

Para continuar con esta reflexión en torno a la lectura recomiendo leer cuidadosamente Si quieres…lee, de Juan Domingo Argüelles —publicado por la editorial Fórcola a finales de 2009—, así como las consideraciones que José Antonio Vázquez plantea en torno a este libro en el artículo aparecido esta semana en el portal dosdoce.com.

* nota: este epígrafe que se encuentra en la edición francesa de la colección blanca de Gallimard no está incluido en la de Anagrama.