archivo de la categoría “fomento de la lectura”

la crisis, el libro y la industria editorial

En 2011 Manuel Gil y Joaquín Rodríguez hicieron los siguientes planteamientos en la introducción de El paradigma digital y sostenible del libro:

 

‘Quizá las únicas aseveraciones de las que estamos absolutamente seguros son, en primer lugar, la de considerar que no hay una sola empresa del sector del libro que tenga claro cómo va a sobrevivir a Internet; en segundo lugar, que Internet se llevará por delante dos terceras partes de las editoriales que hoy conocemos, básicamente por la imposibilidad generacional de comprender el nuevo “metamedio” y por la dificultad intrínseca de ganar dinero con la generación de contenidos. Esta afirmación debería venir acompañada, eso sí, por su aparente contraria: surgirán muchas otras editoriales, pequeñas y especializadas, cercanas a un grupo de lectores no necesariamente masivo, unidos por afinidades temáticas, convicciones sociopolíticas o estéticas, que hagan viable un nuevo modelo de editorial en red con presencia e inventarios virtuales’.

 

 

 

EL_PARADIGMA_DIGITAL_Y_SOSTENIBLE_DEL_LIBRO

 

 

 

Cuando leí por primera vez El paradigma digital y sostenible del libro justo después de su publicación pensé que Manuel y Joaquín exageraban en las estimaciones que hacen en su segunda aseveración, que me parecieron excesivamente pesimistas a pesar de la necesaria afirmación contraria que formulan a continuación en el párrafo citado. Sin embargo, con el paso del tiempo he empezado a creer que un escenario en el que ‘dos terceras partes de las editoriales que hoy conocemos’ podrían desaparecer no es descabellado debido a la coincidencia entre la crisis económica y el cambio de paradigma que supone la emergencia de lo digital. Teniendo en cuenta la manera como han evolucionado las cosas en España sobre todo durante los tres últimos años, yo iría más lejos e incluiría en el planteamiento de este escenario a otras empresas del sector o relacionadas con él: agencias literarias, distribuidoras, librerías, proveedoras de servicios editoriales y tecnológicos, desarrolladoras de tecnología, estudios de diseño, consultoras, centros de formación, etc.

 

Las siguientes son algunas de las razones por las que este escenario catastrófico que hace tres años encontraba exagerado empieza a parecerme cada vez más posible:

 

– la contracción del consumo como consecuencia de la crisis económica.

– los recortes en los presupuestos destinados a las subvenciones y a las adquisiciones públicas.

– los cambios en los hábitos de consumo de contenidos.

– la degradación del valor del libro.

 

Con respecto a los dos primeros puntos no hay mayor cosa que decir pero en relación con los dos últimos vale la pena hacer algunas observaciones —que ya planteé o al menos esbocé hace unos meses en la entrada “lectura y candy crush”—: por un lado, gracias en gran parte a la omnipresencia tanto de los dispositivos móviles como de la conexión a Internet hoy en día estamos expuestos a una amplia variedad de tipos de contenidos fácilmente accesibles que compiten por captar y acaparar nuestra atención; y, por otro lado, el libro como fuente de acceso al conocimiento, de entretenimiento y de ocio se ha devaluado debido al atractivo, a la rapidez, a la ligereza o a la gratificación inmediata y efímera que otras opciones de bajo coste o gratuitas como los videojuegos, la música, los vídeos o las redes sociales pueden ofrecernos más fácilmente.

 

Para poner esta reflexión en contexto veamos algunos datos del informe “Hábitos de lectura y compra de libros 2012”, que fue publicado en enero de 2013:

 

 

1_PORCENTAJE_DE_LECTORES_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

2_PERFIL_DE_LECTORES_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

3_FRECUENCIA_LECTURA_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

4_LECTURA_DE_LIBROS_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

5_LECTURA_DE_LIBROS_DETALLE_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

6_FRECUENCIA_DE_LECTURA_DE_LIBROS_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

7_RAZONES_DE_LECTURA_DE_LIBROS_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

8_ACCESO_A_LIBROS_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

9_ACCESO_A_LIBROS_DETALLE_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

1O_ACCESO_A_LIBROS_EVOLUCIÓN_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

11_LECTURA_POR_SOPORTES_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

 

12_LECTURA_POR_SOPORTES_DETALLE_ESPAÑA

 

 

 

***

 

 

Estas diapositivas del informe en cuestión nos ofrecen una amplia variedad de información con respecto tanto al tamaño como al perfil de la población lectora, a los soportes en los que lee, a sus lecturas y a la forma como accede a ellas. Hay aspectos de este informe que son particularmente interesantes: los tipos de publicaciones que se leen; las preferencias en los tipos de publicaciones por edades; la frecuencia con la que se lee cada tipo de publicación; la segmentación por franjas de edad de los índices de lectura tanto por trabajo y estudios como en el tiempo libre; las motivaciones para leer libros; la forma como se accede a los libros y la evolución de la lectura en soporte digital de los distintos tipos de publicaciones. Con respecto al modo de acceso a los libros el informe indica un comprensible descenso de la compra que viene acompañado por un aumento tanto del préstamo en bibliotecas como de las descargas de Internet —no se especifica si éstas son de pago o gratuitas—.

 

Hay quienes dicen que contrario a lo que se cree, hoy en día se lee más que nunca. Quizás en estos tiempos de hiperconexión se lean menos libros que antes y la lectura inmersiva sea una práctica cada vez menos frecuente que puede incluso tender a caer en desuso. Es probable que el libro esté en proceso de perder al menos parcialmente esa condición de vehículo privilegiado de acceso al conocimiento y a la cultura escrita que ha ostentado durante tantos años. Esta tendencia ya está más que consolidada en ciertos tipos de contenidos técnicos, especializados y de referencia para los que está claro que el libro como contenedor se ha vuelto insuficiente —manuales, diccionarios, enciclopedias y guías de viaje, por ejemplo—. En el caso de algunos tipos de contenidos la convivencia entre el formato libro y lo digital ya está en vías de consolidación mientras que en otros está emergiendo y empieza a extenderse cada vez más.

 

Lo anterior supone un desafío para la industria editorial en su conjunto, cuya facturación viene disminuyendo significativamente como consecuencia de la caída de las ventas de libros. Esta situación es particularmente crítica en ciertos segmentos específicos de la edición. El avance del informe de “Comercio interior del libro 2013” que se presentó en junio de 2014 da cuenta de la caída de la facturación del sector durante los últimos cinco años. Mientras que en 2013 la facturación del sector cayó un 11,7% con respecto al año anterior, su caída desde 2009 asciende a un 29,8%.

 

 

 

FACTURACIÓN_INDUSTRIA_EDITORIAL_ESPAÑOLA_2009_2013

 

 

 

En el “Análisis del Mercado Editorial en España” publicado en julio de 2014 por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) se afirma que ‘el libro sigue siendo la primera industria cultural, pese a la crisis’. Si en el mercado interno las ventas de la primera industria cultural española continúan disminuyendo y en 2013 registraron una caída del 9,7% con respecto al año anterior, es altamente probable que las demás industrias culturales se encuentren en un estado mucho más crítico. Se trata de un panorama poco alentador para la que según el informe “El sector del libro en España 2012-2014” del Observatorio de la Lectura y el Libro es ‘una de las principales potencias editoriales del mundo’ —en la edición de hace dos años de este documento se afirmaba que era la cuarta—. El avance del informe de “Comercio exterior del libro 2013” indica que durante los últimos años también han venido cayendo las exportaciones hacia América, que para la industria editorial española es un mercado natural y una posible carta de salvación.

 

Esta situación pone en aprietos no sólo a la pequeña edición que cuenta con una capacidad de inversión muy limitada y que puede ser más vulnerable frente a los efectos de ciertas complicaciones económicas, sino también a los grandes grupos que tienen un músculo financiero, unas estructuras operativas, unos costes fijos y unas deudas cuya envergadura es significativamente mayor. Si sus ventas y su facturación están cayendo sin parar debido tanto a la crisis económica como a los cambios en los hábitos de consumo de contenidos por parte de las personas, ¿qué puede hacer la industria editorial para desacelerar, detener o revertir esta tendencia?

 

Entre las posibles líneas de acción que la industria editorial podría adoptar para evitar que sus ventas y su facturación sigan cayendo, destaco las siguientes —aclaro que casi todas ya han sido expuestas por otras personas en diferentes ocasiones—:

 

– achicar y aligerar su estructura —particularmente en el caso de los grandes grupos e incluso de ciertas editoriales medianas—.

– mejorar el conocimiento de sus públicos tanto reales como potenciales y entablar una relación directa, fluida y estrecha con éstos.

– fortalecer su apuesta por lo digital y acelerar su reconversión.

– diseñar, explorar y poner a prueba nuevos modelos de negocio.

– optimizar sus procesos de producción.

– reducir su volumen de producción para ajustarlo más y mejor a la demanda.

– bajar el precio de los libros.

– buscar fuentes de ingresos alternativas a la venta de libros.

 

 

Los hábitos de consumo de contenidos de las nuevas generaciones y los cambios que estamos adoptando en este campo los mayores de treinta años le plantean a la industria editorial grandes retos con respecto a las posibilidades de supervivencia de su negocio. Si no invierte recursos en áreas como el fomento de la lectura, la construcción de públicos y la puesta en valor de lo que aportan sus productos y servicios, es difícil que en el futuro la industria editorial consiga seguir contando con una clientela que esté dispuesta a pagar por acceder a éstos —sobre todo si tenemos en cuenta que la idea de que el acceso a los contenidos debería ser gratuito o muy barato cada vez está más expandida—. Más que de hacer que los libros vuelvan a ser cool como afirma la popular frase de John Waters, se trata de resaltar tanto el trabajo que hay detrás suyo como su valor intrínseco, social, cultural y económico.

 

 

 

WE_NEED_TO_MAKE_BOOKS_COOL_AGAIN_LECTURA_Y_CANDY_CRUSH

 

 

Hay quienes dicen que cuando los e-books representen la mayor parte de la facturación de la industria editorial el libro en papel tendrá un alto valor gracias a su status de rareza o de ícono vintage. Sin embargo, mientras los e-books no constituyan el grueso del negocio de la industria editorial esta idea seguirá siendo solamente una remota ilusión futurista.

 

Para terminar les recomiendo echarle un ojo al artículo “Paying for Digital Content Still Not the Norm in the UK”, que fue publicado recientemente en eMarketer y cuya lectura podría ayudar a desmontar el mito de que no querer pagar por el acceso a los contenidos es una costumbre típicamente española o que la crisis de la industria editorial en España se debe a que éste es un país líder en piratería.

 

 

DIGITAL_CONTENTS_FREE_VS_PAYING_UK

 

 

Sé lo que están pensando y tienen razón: mal de muchos, consuelo de tontos. Pero aquí no se trata de consolarse señalando que los otros también tienen graves problemas ni de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el ojo propio. El quid de la cuestión está en buscar pistas que permitan entender una serie de fenómenos para encontrarles soluciones a los problemas que se derivan de éstos.

miércoles, octubre 23, 2013 categorizado bajo fomento de la lectura, industria editorial

experiencias que forman lectores

‘Leer no es malo. Según lo que se lee. Lo de las malas compañías a eso ya no diré que no’.

(Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán).

‘Hay más de una manera de no leer, siendo la más radical de ellas no abrir ningún libro’.

(Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard).

 

 

Son muchos los caminos que conducen a la lectura. Cuando pienso en las razones por las que empecé a leer siempre me hago la siguiente pregunta: ¿cómo llegamos a convertirnos en lectores? Supongo que eso de hacerse lector es el resultado de la sumatoria de distintos factores relacionados con cuestiones familiares, sociales y personales que a su vez pueden estar vinculadas en mayor o en menor medida con condiciones de naturaleza cultural, económica y política —un tema sobre el que Joaquín Rodríguez ha escrito en varias ocasiones a propósito de la importancia de las bibliotecas familiares o de por qué no compramos libros—.

 

Mi historia es más o menos la siguiente:

 

1.

Debo de tener cuatro o cinco años y estoy acostado boca abajo sobre la alfombra del suelo de mi casa hojeando un libro ilustrado para niños. Como no sé leer, me invento una historia con lo que puedo imaginarme a partir de las ilustraciones. Una y otra vez repaso el libro y me cuento la misma historia. Unos meses después habré aprendido a leer y leeré ese libro que se llama El sastrecillo valiente.

Mientras yo releo El sastrecillo valiente mis hermanos mayores leen dos libros que parecen ser de la misma colección: Alí Baba y los cuarenta ladrones y Aladino. Alguna vez intento leerlos pero al cabo de un rato los dejo porque no me parecen tan amenos como El sastrecillo valiente, que es lo único que leo.

2.

Empiezo a leer Corazón, de Edmundo d’Amicis. Como no me gusta leer pero mi papá todo el tiempo nos dice que leamos, vuelvo a empezarlo muchas veces pero siempre termino dejándolo en el mismo punto.

3.

Con mis hermanos hemos visto en televisión algunas películas: Love Story, Indiana Jones: En busca del arca perdida y El regreso del Jedi. Como en su colección Best Sellers de la editorial Oveja negra que cada semana saca un título nuevo mi hermano Antonio tiene los libros en los que se basan esas películas, un día decido leerlos. De cada uno de ellos sólo puedo leer unas pocas páginas.

4.

La única lectura que me resulta realmente placentera es la de las revistas de Condorito que mi mamá nos compra en el supermercado y que nosotros leemos y releemos insistentemente, siempre con el mismo entusiasmo de la primera vez. Mis hermanos y yo tenemos varas pilas de revistas de Condorito, algunas de las cuales son ediciones especiales —mi número favorito es el suplemento del Cometa Halley que sale en 1986, cuando yo tengo ocho años y estoy en segundo de primaria—.

 

 

 

 

 

 

5.

Me aburro al poco tiempo de empezar a leer Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Lo dejo, obviamente.

6.

En primero de bachillerato mi profesor de Matemáticas nos pone a leer El hombre que calculaba, de Malba Tahan. Tampoco lo leo completo pero desde El sastrecillo valiente es el primer libro cuya lectura disfruto.

7.

No me leo prácticamente nada de lo que me ponen a leer en el colegio —aunque en segundo de bachillerato a pesar de las dificultades acabo El coronel no tiene quien le escriba—. Empiezo unos pocos libros pero no los termino. Para la evaluación de los demás me compro los resúmenes de la Panamericana.

Un día mi papá nos regala a mis hermanos y a mí un librito muy delgado que se llama La carta a García —un ejemplar para cada uno— y nos dice que lo leamos con mucho cuidado porque su mensaje es muy importante para la vida. Leo el libro porque supongo que en algún momento mi papá va a preguntarme qué pienso sobre lo que dice. El temido control de lectura nunca llega.

8.

En cuarto de bachillerato mi profesor de Español y Literatura nos pone a leer La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. No sólo me leo el libro completo, sino que además termino enganchado. Luego el profesor nos pone a escoger un libro para leer y hacerle una breve presentación al resto de la clase. Escojo Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. El libro me parece interesante pero aburrido. Por supuesto, no lo termino.

En las vacaciones de mitad de año tenemos que leer Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Me lo llevo a mis vacaciones en Cartagena y no lo abro ni una sola vez. El día la evaluación el profesor nos dice que quien no haya leído Doña Bárbara marque la hoja y escriba solamente ‘No leí el libro’ a cambio de un 1.5. El trato me parece justo, así que para ahorrarme angustias y vergüenzas sigo las instrucciones del profesor y me voy contento con mi nota mínima. Durante la segunda mitad del año en la clase de Español y Literatura hacemos el ejercicio de leer Crónica de una muerte anunciada en voz alta. La novela me fascina.

9.

En el tercer bimestre del año nuestra profesora de Sociales está enferma y como no tenemos clase con mis compañeros armamos una guerra de tiza durante la hora de estudio que nos dan. El profesor I. que en ese momento va pasando por el pasillo entra a nuestro salón de clases y nos dice: ‘Maestros, yo les voy a dar un consejo: lleven siempre un libro en el morral. Y cuando estén por ahí y no tengan nada que hacer abran su morral, saquen su libro y pónganse a leer’.

Le hago caso al profesor I. y ese mismo día cuando llego a mi casa voy a la habitación donde están los libros, miro qué hay, cojo Tiempos difíciles, de Charles Dickens —el nombre del autor me suena porque el año pasado leímos en clase de Inglés una versión abreviada de su novela David Copperfield—, y lo echo en mi morral. Durante el resto del año escolar leo Tiempos difíciles, sobre todo cuando estoy en clase. Hacia el final del año escolar termino el libro, que me ha gustado bastante.

10.

En 1995 estoy a punto de graduarme del colegio y a mitad de año mi novia C. se va a vivir fuera del país. Como por estar con C. durante los meses anteriores a su partida me he alejado de mis amigos, cuando los veo me cuesta trabajo conectar con ellos y me siento fuera de lugar en sus planes.

11.

Como no tengo nada que hacer en mi tiempo libre, lo lleno leyendo. De Franz Kafka leo La metamorfosis, Carta al padre, La colonia penitenciaria y El proceso; continúo con ¡Qué viva la música! —que me parece infumable— y Destinitos fatales, de Andrés Caicedo; leo también La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; después de leer El Padrino quiero ver las películas de la trilogía pero en ningún videoclub de la ciudad tienen la primera parte; luego leo El túnel, de Ernesto Sabato; y en mis vacaciones de fin de año leo Cien años de soledad, que me deja sin palabras.

12.

Acabo de graduarme del colegio, voy a cumplir 18 años y ahora quiero pasar todo el tiempo leyendo. Busco nuevas lecturas desesperadamente y leo todo lo que me cae en las manos.

 

 

***

 

 


“The Joy of Reading #2”, por Grant Snider

 

 

¿Qué probabilidad había de que yo me hiciera lector, estudiara Letras y terminara trabajando en la industria editorial? Yo, hijo de unos padres que no acabaron el bachillerato; que crecí en una casa donde se inculcaba el hábito de la lectura pero que tenía unos padres que aparte del periódico y de algunas revistas no leían nada; y que en casa sólo estuve en contacto con unos pocos libros —las enciclopedias de rigor que hasta hace unos años eran el motivo de orgullo para las familias, la colección Best Sellers de la editorial Oveja negra, lo que nos ponían a leer en el colegio y los libros de texto—.

 

También tengo que decir que desde mis inicios como lector fue fundamental el apoyo y la complicidad de mis papás, que aunque no leían cada año me daban dinero para que fuera de compras a la Feria del Libro de Bogotá y que cuando estaba en la universidad me dieron una tarjeta de crédito para que comprara los libros que necesitara. Cada lectura de ese período iniciático fue un descubrimiento sorprendente que al ampliarme la perspectiva me llevó por nuevos caminos. Como dije en una entrada de febrero de 2012, leer es una actividad que me resulta estimulante, placentera y enriquecedora como pocas otras.

 

Tengo la impresión de que ser dueño de una buena biblioteca o haber leído mucho es una fuente de status social. A menudo oigo frases como “es que Fulano es una persona muy leída” o “Menganita tiene una biblioteca de más de 15.000 volúmenes”. Sin embargo, para efectos prácticos ese capital cultural y simbólico al que se refiere la exaltación de la amplitud de un bagaje de lecturas o del tamaño de una biblioteca parece carecer de valor y no servir de nada al menos que uno sea académico, creador o intelectual. De hecho, cuando terminé la universidad tenía la sensación de que mis posibilidades laborales por fuera de la academia eran limitadísimas porque lo único que sabía hacer más o menos bien era leer y escribir. Después de pasar ocho años estudiando y trabajando en las facultades de Ciencias Sociales y de Artes y Humanidades de la universidad ahora me encontraba con que no tenía mayores habilidades, conocimientos y herramientas prácticas que me permitieran trabajar por fuera del ámbito universitario.

 

 

 

 

 

 

Desde su marcado enfoque cuantitativo los informes de hábitos de lectura y compra de libros dan cuenta de distintos aspectos importantísimos: el volumen del gasto en libros, cuánto se lee, la frecuencia con la que se lee, lo que se lee y los soportes en los que se lee. Sin embargo, estos informes se ocupan poco del balance de la experiencia lectora desde el punto de vista del desarrollo de la capacidad de comprensión y análisis, de la huella que la lectura deja en el lector y de la dimensión social de ésta —otro tema del que Joaquín se ocupa extensamente en Los futuros del libro—. Durante mucho años el libro ha sido un vehículo privilegiado para la transmisión del conocimiento y parece que todavía hay mucho por decir con respecto al impacto del consumo de contenidos digitales —sobre todo teniendo en cuenta el creciente uso de éstos en entornos educativos— en el desarrollo cognitivo y de las competencias de lectoescritura de las personas.

 

Si aceptamos que una parte de la crisis de la industria editorial se debe en gran medida al cambio de comportamiento de los adultos con respecto al consumo de contenidos así como a los rasgos que caracterizan a los nativos digitales, está claro que la formación de lectores debería ocupar un lugar central en la agenda de los distintos actores de la cadena de valor del libro. La formación de lectores es un trabajo que debe ir más allá de las iniciativas públicas o privadas que se dedican al fomento de la lectura. Quizás debido a su naturaleza y al lugar que ocupan, en este momento las bibliotecas públicas y cierto tipo de librerías sean los actores más implicados en la formación de lectores. Y los editores como gremio todavía tienen muchas tareas pendientes en este campo en el que los frutos se ven a largo plazo porque estamos hablando de un trabajo que no responde a la lógica del afán inmediato de vender libros y de ver cuanto antes el impacto de las ventas en la cuenta de resultados. Ojo, quiero aclarar que aquí no estoy hablando ni de caridad ni de responsabilidad social corporativa —aunque algo de lo primero nunca sobra cuando hay brechas en el acceso y un poco de lo segundo no estaría mal—. Se trata de trabajar estratégicamente para construir una base de clientes que consuman los productos y servicios que comercializa el sector con el objetivo de garantizar al máximo la viabilidad y la sostenibilidad de su negocio a futuro al tiempo que de paso se contribuye a enriquecer el horizonte de las personas facilitándoles el acceso a la lectura y haciendo las veces de prescriptor —o a la inversa, según lo que se considere prioritario y secundario—.

 

Para la industria —la misma para la que trabajo, pero eso no viene al caso en este momento— yo ya soy un lector ganado que disfruta leyendo, comprando, comentando, recomendando, prestando y regalando libros. Pero allí afuera la industria sigue teniendo mucho por hacer para convencer a millones de personas de todas las edades de que consumir sus contenidos y pagar por acceder a ellos —aunque sólo sea de vez en cuando— vale la pena.

 

Con respecto al impacto que están teniendo sobre la industria tanto el cambio de comportamiento de los adultos a la hora de consumir contenidos como los hábitos que caracterizan a los nativos digitales recomiendo leer los siguientes artículos:

 

– “Cosas de niños que (no) leen y (no) escriben”, de Bernat Ruiz Domènech.

– “Newspaper industry realities”, de Joe Wikert.

– “Menos lugar”, de Ignacio Echevarría.

casa del lector: un centro cultural de la fundación germán sánchez ruipérez

Recientemente se anunció la finalización de las obras de Casa del Lector, el nuevo centro cultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez ubicado en el complejo de Matadero Madrid. Se prevé que Casa del Lector —cuyo director es César Antonio Molina— abra sus puertas al público el próximo mes de octubre, cuando tendrá lugar su inauguración.

 

 

 

 

Así se presenta Casa del Lector en su página Web:

 

Casa del Lector es un gran centro cultural que hará de los lectores y la lectura sus protagonistas fundamentales. Un lugar desde el que experimentar con la lectura, sus nuevas manifestaciones, su promoción, la formación de sus intermediarios…

 

Un espacio en el que favorecer el encuentro del público en general y el mundo profesional. El adulto, el joven y el niño. La palabra, la imagen, el arte. No hay manifestación cultural que, para su conocimiento y disfrute, no requiera de un ejercicio pleno de lectura.

 

Exposiciones, conferencias, cursos formativos, talleres de creación, ciclos de música, cine y artes escénicas, junto a investigaciones aplicadas, contribuirán, entre otras muchas propuestas, a la consecución de un lector que comprende, que valora, que asimila, que comparte y que interpreta el mundo, la sociedad y su tiempo porque lee’.

 

***

 

Durante mi viaje de hace unas semanas a Madrid tuve la oportunidad de hacer una visita guiada a Casa del Lector de la mano de Luis González, quien es el Director General Adjunto de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Además de enseñarme las instalaciones de Casa del Lector, de explicarme los usos que se le darán a cada uno de los espacios que la conforman y de hacer algunas observaciones con respecto a ciertos aspectos puntuales de éstos, Luis accedió a responderme algunas preguntas que le hice con respecto al origen del proyecto, a los objetivos de éste y a las acciones a través de las cuales se pretende alcanzarlos.

 

A continuación reproduzco algunos fragmentos de la conversación que sostuve con Luis acerca de Casa del Lector —más adelante publicaré el resto—:

 

Casa del Lector es un centro dedicado al lector. El trabajo de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez se dirige siempre hacia el sujeto y no hacia el libro. La Casa del Lector surge como un centro nacido con la vocación de significar algo en un entorno digital y fue diseñada para tratar tanto de plantear preguntas como de ofrecer algunas respuestas vinculadas a lo que significa hoy en día leer y a lo que sienten los lectores. Es decir, que el centro también busca apelar a las emociones del lector desde los nuevos soportes.

 

Desde Casa del Lector queremos servir como lugar de encuentro para los profesionales que están trabajando en el mundo de la lectura y hacer un trabajo de investigación y desarrollo en relación con los lectores a través de propuestas que deberían ser nuevas para el sector de la edición de contenidos. Casa del Lector también quiere ser un lugar en el cual se generen experiencias desde el entorno geográfico más cercano de los barrios y de los distritos donde se encuentra —está en el distrito de Arganzuela y muy cerca del de Usera, que son claramente cosmopolitas como nuestra vocación—. Nuestro sueño sería que Casa del Lector fuese un lugar dentro de una red de centros internacionales dedicados a la lectura en el ámbito iberoamericano. Siempre nos gusta decir que Madrid es una ciudad iberoamericana: está en la península pero en el entorno geográfico de Casa del Lector muchas veces se escuchan más acentos latinoamericanos que ibéricos’.

 

***

 

Casa del Lector es un proyecto que me entusiasma enormemente y que fortalece las diversas líneas de trabajo de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en el campo de la investigación y la innovación alrededor de la lectura —recomiendo seguir el trabajo de generación y divulgación de contenidos que el equipo de Lectura Lab está haciendo sobre este tema—. Me parece clave que este proyecto ponga en el centro de su vocación, de sus objetivos y de sus actividades al lector, que es quien le da sentido al trabajo que hacemos las personas y organizaciones que estamos involucradas en la gestión de contenidos y que es la única pieza imprescindible del engranaje que se ha montado para ponerla a funcionar.

 

Espero volver a visitar pronto Casa del Lector y poder verla en funcionamiento. Aprovecho esta entrada para agradecerle de nuevo a Luis González por la visita guiada a Casa del Lector y por sus explicaciones en relación con la naturaleza del proyecto, con sus espacios y con la manera como éstos serán utilizados.

 

Enhorabuena a la Fundación Germán Sánchez Ruipérez por Casa del Lector, que es un gran regalo tanto para los habitantes de Madrid como para quienes estamos interesados en todo lo que gravita alrededor de la lectura.

jueves, febrero 10, 2011 categorizado bajo destacados, fomento de la lectura

la lectura como opción

De tanto ver durante años cómo algunas campañas de fomento a la lectura y el discurso demagógico de sus organizadores manoseaban cada vez que podían el decálogo de los derechos imprescriptibles del lector, sin haber leído ni una sola línea de Como una novela terminé cogiéndole manía a este libro de Daniel Pennac. Hace unos meses cuando se me atravesó accidentalmente un ejemplar de Como una novela mientras le echaba un ojo a la sección de ensayo de Abacus hice el esfuerzo de intentar quitarme de encima mis prejuicios con respecto a este libro, decidí comprarlo y me propuse leerlo. Gracias a este afortunado encuentro con Como una novela he tenido la oportunidad de descubrir la riqueza de los planteamientos que hace Pennac en los distintos textos breves alrededor de la lectura que reúne este libro.

Aunque en sí mismas las premisas de los derechos imprescriptibles del lector son bastante sugestivas, provocadoras e incluso efectistas desde un punto retórico, el enunciado en sí mismo sólo es la punta del iceberg porque el grueso de la sustancia del apartado de Como una novela dedicado a este decálogo está precisamente en la reflexión que hace Pennac alrededor de cada una de estas máximas. Esta situación me ha hecho pensar que además de ocultar la riqueza que encierra el conjunto de textos reunidos en Como una novela, el manoseo reiterativo del decálogo de los derechos imprescriptibles del lector pone en evidencia que la educación, la cultura y otros ámbitos relacionados con el bienestar social son esferas altamente proclives al populismo y a la demagogia.

Durante un viaje a Tenerife a finales del verano pasado me devoré Como una novela y ahora estoy releyéndolo lápiz en mano. Se trata de un libro en el que hay muchas cosas que subrayar y comentar.

Pennac abre Como una novela con un epígrafe contundente que ya nos sugiere a qué tipo de libro estamos a punto de enfrentarnos:

‘Se ruega (yo les suplico) no utilizar estas páginas como instrumento de tortura pedagógica’*.

Y luego, en la frase inicial del primer apartado del libro titulado “Nacimiento del alquimista”, su autor hace lo que considero una declaración de principios con respecto a la lectura:

‘El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…’.

Con respecto a esa experiencia de iniciación a la lectura que suele estimularse mediante el ejercicio de contarles o leerles historias a los niños en la cama antes de irse a dormir, anota Pennac:

‘La intimidad perdida…

Visto ahora en este comienzo del insomnio, aquel ritual de la lectura, cada noche, al pie de su cama, cuando él era pequeño —hora fija y gestos inmutables—, se parecía un poco a la oración. Aquel armisticio que seguía al estruendo del día, aquel reencuentro al margen de cualquier contingencia, aquel momento de silencio recogido antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz al fin semejante a sí misma, la liturgia de los episodios… Sí, la historia leída cada noche cumplía la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa, y que sólo afecta a los hombres: el perdón de las ofensas. Allí no se confesaba ningún pecado, ni se buscaba conseguir un pedazo de eternidad, era un momento de comunión, entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres.

El amor adquiría allí una piel nueva.

Era gratuito’.

Y, más adelante, Pennac describe en los siguientes términos el estado virginal en el que se encuentra el lector recién iniciado al tiempo que lanza una voz de alerta frente a los peligros a los que éste está expuesto debido a la influencia nociva que su entorno puede ejercer sobre él:

‘”Es un público despiadado y excelente“.

Es, en un principio, el buen lector que seguiría siendo si los adultos que lo rodean alimentaran su entusiasmo en lugar de poner a prueba su competencia, si estimularan su deseo de aprender en lugar de imponerle el deber de recitar, si le acompañaran en su esfuerzo sin contentarse con esperarle a la vuelta de la esquina, si consintieran en perder tardes en lugar de intentar ganar tiempo, si hicieran vibrar el presente sin blandir la amenaza del futuro, si se negaran a convertir en dura tarea lo que era un placer, si alimentaran este placer hasta que se transmutara en deber, si sustentaran este deber en la gratuidad de cualquier aprendizaje cultural, y recuperaran ellos mismos el placer de esa gratuidad’.

¿Qué mejor imagen para dar cuenta de lo que sugiere Pennac que la de Jerom Odell leyendo plácidamente en un sofá, tal y como lo vemos en el cabezote del blog Lecturas para Jerom que su padre Pablo está escribiéndole y que éste define como un espacio que espera que ‘me ayudará a encontrar y a contarte todas esas cosas de las que me gustaría conversar contigo’?

Como una novela es una invitación a la lectura que refuerza dos de mis convicciones como lector:

1. cada libro tiene su momento y sus lectores: es decir, que las necesidades, los intereses, las inquietudes, las expectativas y la disposición de cada persona en un momento dado determinan el tipo de libro apropiado para leer en cada ocasión. En síntesis, no hay ningún libro cuya lectura sea obligatoria, necesaria o indispensable para todo el mundo en todo momento y lugar.

No soporto que me digan que “hay que” leer la Ilíada, La Divina comedia, El paraíso perdidoFarenheit 451, El señor de los anillosLa trilogía de Nueva York o Nocilla Dream. Ya llegaré a ellos por azar, por serendipia o por necesidad. O no. Lo importante es tener siempre la opción de elegir.

2. la lectura es una actividad polifacética a través de la cual se pueden satisfacer distintas necesidades y alcanzar diferentes objetivos: entre otras cosas la lectura es una fuente de entretenimiento, de diversión, de placer, de introspección, de fuga, de formación, etc. De ahí la satisfacción íntima e inalienable que la lectura puede llegar a producir cuando se practica sin esperar recibir a cambio ninguna recompensa externa.

Los caminos hacia la lectura son diversos, inesperados y sorprendentes. Yo, por ejemplo, soy un lector accidental: vengo de una casa en la que el único lector era mi hermano mayor. Y aunque cada vez que me pillaba viendo televisión, alistándome para salir con mis amigos o sin hacer nada mi papá me decía que leyera porque la lectura sí era una actividad realmente productiva, nunca le hice mucho caso. En realidad empecé a leer a falta de algo mejor que hacer durante mi último año de colegio, cuando mi novia de la época se fue a vivir a otro país y en un momento en el que mis amigos más cercanos estaban en medio de una dinámica de grupo en la que yo sentía que no encajaba del todo.

Y luego también hay que decir que la lectura como experiencia está sometida a todo tipo de vaivenes y que, por lo tanto, puede ser bastante irregular y accidentada porque, como dice Pennac más adelante, ‘conoce sus aceleraciones y sus bruscas regresiones, sus períodos de bulimia y sus largas siestas digestivas, su sed de progresar y su miedo a decepcionar…’

Para continuar con esta reflexión en torno a la lectura recomiendo leer cuidadosamente Si quieres…lee, de Juan Domingo Argüelles —publicado por la editorial Fórcola a finales de 2009—, así como las consideraciones que José Antonio Vázquez plantea en torno a este libro en el artículo aparecido esta semana en el portal dosdoce.com.

* nota: este epígrafe que se encuentra en la edición francesa de la colección blanca de Gallimard no está incluido en la de Anagrama.