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miércoles, febrero 5, 2014 categorizado bajo crónica, literatura argentina, literatura latinoamericana, periodismo literario

una idea sencilla de leila guerriero: la historia y el estilo

El pasado 18 de octubre fui a La Central de Mallorca para ver a Leila Guerriero, que presentaba Una historia sencilla. Ya he dicho en ocasiones anteriores que como lector los autores no me interesan. Me interesa lo que escriben y punto —otra cosa es que desde el punto de vista profesional los autores me resulten interesantes o que en el plano personal puedan llegar a interesarme tanto como cualquier otro individuo con quien tenga algún tipo de afinidad—. De hecho, en mi mundo ideal los autores no se pronuncian públicamente sobre nada y dejan que sus libros hablen por ellos. Diría incluso que en una versión extrema de ese mundo ideal los autores no existen porque los libros son escritos por máquinas inteligentes. Así es más o menos el mundo en el que me gustaría vivir como lector.

 

Y aunque normalmente no voy a presentaciones de libros porque me parecen aburridísimas, en esta ocasión quería oír a Leila Guerriero porque me interesan mucho sus reflexiones con respecto al oficio del cronista. Leila Guerriero estuvo genial y encantadora durante la presentación de Una historia sencilla. Y tengo que confesar que mientras oía hablar a Leila Guerriero con Rodrigo Fresán la autora empezó a resultarme tan admirable como su trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

De todo lo que dijo Leila Guerriero durante la presentación de Una historia sencilla me quedo con la siguiente idea relacionada con la importancia que se les debe dar tanto al contenido como a la forma en la construcción de una crónica —y de muchos otros tipos de textos literarios, creo yo—:

 

‘A mí me parece primero que nada que si no hay historia, no hay crónica. A mí me parece que esto básicamente es periodismo. Y la historia tiene que estar contada y todas las cosas básicas del periodismo —qué, cómo, cuándo, dónde, etc.— tienen que estar contadas. O sea, el libro podría estar divinamente escrito y no contar absolutamente nada. Qué sé yo: no contar la historia del malambo o no decir de dónde viene. Todo eso sería una falla, me parece. O sea, no es nada más como periodismo con adornos. Pero yo sí creo que si no hay estilo, no hay nada. A mí sí me interesa la búsqueda de una voz. Los autores que más me interesan son los autores que tienen un estilo como claro, como definido’.

 

Al igual que los de Truman Capote, Tom Wolfe y Gay Talese, los textos de Leila Guerriero tienen la capacidad de despertar mi interés por historias que abordan temas que a priori no me interesan, de mantenerme enganchado hasta el final y de dejarme una sensación de vacío cuando termino de leerlas.

 

Quizás por deformación profesional un detalle que me llama la atención de los cuatro libros que Leila Guerriero ha publicado como autora es que cada uno de ellos ha sido editado por un sello diferente: Los suicidas del fin del mundo por Tusquets; Frutos extraños por Aguilar (Colombia)/Alfaguara (España); Plano americano por Ediciones Universidad Diego Portales (UDP); y Una historia sencilla por Anagrama. En este sentido los libros de Leila Guerriero se encuentran tan dispersos como los textos reunidos en Frutos extraños y en Plano americano, que han ido apareciendo en diferentes publicaciones periódicas de distintos países.

 

A continuación pueden ver el vídeo de la presentación de Una historia sencilla en La Central, que fue realizado por bracket cultura —véanlo completo, les aseguro que no se arrepentirán—:

 

 

 

 

 

 

Antes de terminar recomiendo leer la entrevista de Ramón Lobo a Leila Guerriero, que fue publicada en la revista Jot Down“El periodismo objetivo es la gran mentira del universo, todo es subjetivo”.

 

Y no dejen de leer a Leila Guerriero, por favor. Lean todo lo que publica, que vale mucho la pena.

la edición aislada: sobre el viaje literario a la habana de juan pablo villalobos

En noviembre de 2012 cuando Juan Pablo Villalobos vino a Barcelona para presentar su novela Si viviéramos en un lugar normal me habló de un viaje que había hecho recientemente a La Habana con el propósito de escribir un reportaje para la revista Gatopardo. A mediados de diciembre de 2012 Juan Pablo me escribió contándome que en el número 137 de Gatopardo acababa de aparecer su reportaje “La isla en texto. Un viaje literario a La Habana”.

 

 

 

 

 

El sumario del reportaje es bastante sugestivo porque se refiere a la cuestión de la propiedad de las editoriales cubanas, a la lógica bajo la cual se publica en Cuba y a las repercusiones que ésta tiene sobre la carrera de los autores. Dice el sumario:

 

‘En Cuba, las editoriales pertenecen al Estado y publican con una lógica incluyente, no de mercado, lo que para muchos autores significa un debut y una despedida. ¿Bajo qué condiciones y con qué expectativas trabajan los escritores contemporáneos de la isla caribeña?’

 

Tras dar cuenta del interrogatorio de rutina que un policía le hizo en el aeropuerto de La Habana ‘después de realizar el trámite de inmigración y antes de recoger las maletas’, Juan Pablo hace una observación que según podrá comprobar el lector en diversas ocasiones resultará fundamental para la lectura de su reportaje:

 

‘En Cuba cuando hablas de literatura en realidad no sólo estás hablando de literatura, también estás hablando de «literatura»’.

 

Debido a su sistema político unipartidista y a su modelo económico estatalista Cuba constituye una excepción en el mundo occidental, en el que a pesar de las diferencias de grado entre los distintos países tiende a prevalecer la apertura tanto política como económica. En Occidente lo que no sea democracia y capitalismo es visto como premoderno e incluso bárbaro. Aunque hasta hace relativamente poco tiempo muchos países del ámbito hispanohablante —y unos cuantos europeos aparte de España— eran gobernados por figuras dictatoriales y/o juntas militares que en ocasiones se mantuvieron en el poder o se sucedieron unas a otras durante años e incluso décadas, desde el momento actual todo eso nos parece lejano —o nos lo puede parecer quizás por la enorme cantidad de cosas importantes que han pasado en la historia reciente de la humanidad—. Y es por eso que hoy en día tengo la sensación de que hay razones que van mucho más allá de lo estrictamente geográfico para afirmar que Cuba es una isla en medio del mundo occidental.

 

 

 

 

Juan Pablo cuenta hacia la mitad de su reportaje cómo en medio de una conversación con los escritores Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría y Orlando Luis Pardo Lazo llegaron al tema de la censura:

 

‘Quién sabe por qué caminos, después de un rato de presentaciones y resúmenes curriculares, acabamos hablando de censura, de lo que se puede y no se puede escribir, o para ser precisos: de lo que te van o no te van a publicar las editoriales cubanas.

—Hoy los editores son más cínicos —dice Orlando—. Los editores ya son posrevolucionarios, postsocialistas.

Me dicen que las cosas ya no son blanco y negro, que hay un cierto margen dentro del cual los editores se mueven (a veces confiando en que nadie va a leer con atención un determinado libro), aunque sigue siendo verdad que hay algunos textos que de ninguna manera van a publicarse en Cuba.

En todas las editoriales trabaja un funcionario del Ministerio del Interior, responsable de echarle un ojo a las publicaciones. Es un individuo al que algunos pueden ver como a un espía, como a un policía, aunque la mayor parte del tiempo sea un tipo amable e intrascendente que de vez en cuando se acerca a los escritores para decirles cosas como: hola, soy el funcionario del Ministerio del Interior, cualquier cosa que se te ofrezca aquí estoy para ayudarte. Eso, mientras todo se mantenga en los cauces de la «normalidad».

—Todo empieza cuando un funcionario se inquieta —afirma Orlando.

—De pronto aparece una lectura llegada de los años setenta —completa Lage, quien ha vuelto de la calle.

—Como el viejo que ayer no les dejó tomar las fotos en la calle —hace el paralelismo Orlando.

—Alguien dice que es «una novela que le hace daño a la Revolución» —sentencia Ahmel (las comillas son suyas).

—La línea está muy clara —remata Orlando—, se escribe con F (bajando la voz) —y al mismo tiempo con el dedo índice de la mano derecha traza en el aire la «F» de «Fidel»’.

 

 

 

(Detalle de una foto de José Luis Cuevas)

 

Más adelante Juan Pablo aborda el funcionamiento del sistema editorial y literario cubano, que como se verá en el siguiente fragmento del reportaje tiene sus propias particularidades debido básicamente a que al parecer las decisiones del Estado como editor no se rigen por la lógica del mercado:

 

‘Dado que Rafael y Leopoldo están al frente de dos publicaciones literarias, llegué a esta reunión con la expectativa de entender —o al menos intentarlo— el sistema editorial y literario cubano. Me imaginaba una conversación sobre lo que la teoría denomina sociología de la literatura. Y no habría de salir defraudado, para empezar porque ambos afirman que si existe hoy en día un debate literario en la isla, este debate es «sobre lo que está alrededor del libro». Y lo que está alrededor del libro es, cuando menos, diferente.

En Cuba las editoriales pertenecen al Estado, a un Estado, para ser precisos, que no practica la lógica del mercado. Esto quiere decir que las editoriales eligen los títulos que publicarán con un criterio inclusivo, o sea, bajo el buen propósito de que sean publicados la mayor cantidad de autores posible. Así, por ejemplo, la editorial Unión, que pertenece a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tiene como misión publicar a todos sus escritores asociados. El concepto de catálogo no existe. El que un autor sea publicado por una editorial no quiere decir que esa editorial seguirá editando sus libros. Peor aún: sus oportunidades de publicar en esa editorial se reducen, porque ya le han editado un libro y hay que publicar a otros. Visto lo cual vale la pena preguntarse, como lo hace Ricardo Viñalet: «¿Hasta dónde se corresponden los intereses en lectura con los libros editados?».

Tampoco hay lógica de mercado en los tirajes. Las editoriales imprimen la misma cantidad de ejemplares de un libro de un autor reconocido que de un escritor debutante. Y normalmente, aunque se agote la edición, nunca se reimprime o se hace años más tarde. La misión de las editoriales no es vender libros o hacer negocio, sino publicar libros, y punto. Ese punto, de acuerdo con el testimonio de varios de los escritores que entrevisté, es una especie de punto final, ya que tienen la sensación de que «el libro se publica y no pasa nada más». Leopoldo Luis lo sintetizó de la siguiente manera en su artículo “Literatura cubana: un canon vivo”, publicado en El Caimán Barbudo en la edición de septiembre-octubre de 2011: «Un abrumador porcentaje de los autores cubanos que se editan, asisten a la presentación de su obra durante la Feria Internacional del Libro de La Habana y asumen luego su tránsito al olvido como un hecho natural e inevitable».

A pesar de la ideología del Estado cubano, en algunas ocasiones el mercado irrumpe y deja ver las contradicciones del sistema. Ocurrió en 2011, por citar un caso, cuando la editorial Unión obtuvo la autorización de la editorial española Tusquets para publicar en Cuba El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. La novela se lanzó en la Feria del Libro de La Habana y fue agotada instantáneamente por un tumulto de lectores. Se cuenta que había colas para reservar un ejemplar, colas en las que te daban un papelito para comprarlo cuando estuviera a la venta. Se cuenta que hubo falsificación de papelitos, o que había más papelitos que ejemplares, que hubo empujones e insultos… para comprar un libro.

El otro elemento fundamental para intentar entender el sistema son los premios, que, como en cualquier lugar del mundo, cumplen una doble función importantísima para los escritores: garantizan la publicación de la obra premiada y pagan un dinero con el que el autor podrá sobrevivir por un tiempo, dedicado a la escritura. Eso pasa en todo el mundo, y también en Cuba, pero en Cuba es diferente. Eso me repiten Rafael y Leopoldo una y otra vez: «A Cuba siempre hay que verlo diferente, incluso cuando haya coincidencias».

La influencia de los premios en la isla es tal que explica —según la hipótesis de Leopoldo— el auge del cuento y la novela corta y el languidecimiento de la novela. ¿Por qué? Porque abundan los premios de cuento y la mayoría de los concursos tienen un tope de ochenta cuartillas. En una paradoja verdaderamente absurda, la economía de sobrevivencia —escribir para publicar, escribir para ganar dinero— acaba decidiendo el curso de la literatura de la isla’.

 

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A quienes les interese conocer estas y otras particularidades del sistema editorial cubano —que en diversos aspectos no se parece mucho al del resto de un mundo occidental que a pesar de sus múltiples imperfecciones se dice libre política y económicamente— así como familiarizarse con algunas de las figuras que forman parte del panorama de la literatura contemporánea de Cuba les recomiendo leer “La isla en texto. Un viaje literario a La Habana”, un reportaje que es bastante interesante y ameno.

un libro 100% americano: anotaciones sobre sam no es mi tío

En algún momento del verano de 2012 me enteré vía Twitter de la publicación de Sam no es mi tío por parte de la filial estadounidense de Alfaguara, cuya sede se encuentra en Miami. Sam no es mi tío me llamó la atención desde el principio debido a mi interés por la crónica periodística, a su planteamiento temático, a su enfoque y a la naturaleza y ubicación de la editorial que lo publicó. Por otro lado, tanto el título como la portada del libro me parecieron bastante sugestivos porque ponen en evidencia la relación de amor y odio que muchas de las personas del resto de países americanos tenemos con Estados Unidos.

 

 

 

 

Sam no es mi tío —cuyos editores son Diego Fonseca y Aileen El-Kadi— es un volumen compuesto por 24 crónicas de igual número de autores de distintos países americanos. En la selección de los autores parece no haber ningún interés por cumplir cuotas de género o de países de origen: se trata de 5 mujeres y 19 hombres nacidos en 9 de los 35 países del continente —Argentina (4), Bolivia (1), Brasil (3), Colombia (2), Chile (3), Estados Unidos (2), Guatemala (1), México (6) y Perú (2)—. Al parecer los editores no aplicaron medidas de discriminación positiva para obtener un buen resultado en el índice de paridad de género (IPG) o para evitar polémicas en torno a nacionalidades hegemónicas y subordinadas dentro del continente americano.

 

Revisando las biografías de los autores queda claro que en el caso de varios de ellos las variables “lugar de nacimiento” y “nacionalidad” pueden llegar a ser bastante irrelevantes debido a su condición de inmigrantes —está claro que algunos están siguiendo los pasos de sus padres y abuelos—. De hecho, en su crónica Hernán Iglesias Illa (Buenos Aires, 1974) hace un relato y una serie de observaciones sobre la ceremonia de juramento a la Constitución de Estados Unidos en la que obtuvo la nacionalidad estadounidense —’el texto dice en un momento que los aquí presentes “renunciamos y abjuramos” de nuestras nacionalidades anteriores y nosotros lo repetimos, sabiendo que no lo vamos a hacer’—.

 

Aunque supongo que estos 24 autores no hablan en representación de ningún colectivo —social, político, religioso, nacional, etc.— y la mayoría de las crónicas parte de historias personales, seguramente para muchos lectores de cualquier país americano será fácil identificarse con algunos de ellos —pienso sobre todo en quienes han tenido acceso a las universidades estadounidenses o han aspirado a hacerlo—, con las historias que cuentan o con los protagonistas de éstas.

 

Es interesante que un libro como Sam no es mi tío que recoge crónicas en las que autores provenientes de distintos lugares de América se enfrentan al fantasma de Estados Unidos salga de la filial estadounidense de un gran grupo editorial español que tiene una presencia fuerte en una buena parte de los países del continente. Como explica más adelante Diego FonsecaAlfaguara USA les suministra a las filiales de los distintos países latinoamericanos los ejemplares de Sam no es mi tío que éstas soliciten para satisfacer la demanda local de sus respectivos mercados —salvo en el caso de la argentina, que recientemente hizo una edición propia—.

 

Sospecho que Sam no es mi tío puede conectar fácilmente con un cierto tipo de lector latinoamericano debido no sólo a la tradición de cronistas y al auge de la crónica periodística que hay en la región, sino también a que en América Latina la relación con Estados Unidos en muchos sentidos ha sido, es y seguirá siendo un problema irresuelto. Aunque Sam no es mi tío aborda un tema que en principio poco o nada tiene que ver con su realidad, el lector español contemporáneo también podría interesarse por este libro debido tanto a la creciente popularidad de la crónica periodística en España como al fenómeno migratorio que desde hace un par de años viene provocando la crisis económica. Según la página Web de Alfaguara, en este momento Sam no es mi tío sólo está disponible en España en formato digital.

 

A continuación reproduzco las respuestas de Diego Fonseca a unas preguntas que le hice con respecto a Sam no es mi tío:

 

Martín Gómez: ¿En qué momento, por iniciativa de quién y con qué motivación surge el concepto del libro Sam no es mi tío?

 

Diego Fonseca: En 2008, la revista que me empleaba en Miami se presentó en quiebra. Me habían llevado desde México, donde vivía, con un plan ambicioso de posicionamiento en América Latina. Habló George W. Bush ante el Congreso, la crisis apretó, Wall Street perdió todos los ladrillos y la publicidad para América Latina se congeló. Lo que siguió fue una llamada de los directores de la revista para avisarme que no podían seguir. Fue a las diez de la mañana de un domingo, en mi primer día de luna de miel en el desierto de Arizona. Tenía que contar esa historia pero no di con medios que publicaran largo formato en español en Estados Unidos. El grueso de los cronistas y escritores latinos que vivíamos entonces allá, de hecho, colaborábamos con medios latinoamericanos. Por ende, había una inteligencia viva sin muchos canales en el país: se me ocurrió que ese canal podría ser un libro. Dos años después, en 2010, lo conversamos con Aileen y comenzamos a producirlo. La idea fue retratar la relación de los latinos e hispanos con Estados Unidos sin corsés: múltiples agendas, múltiples miradas. Que la crónica permitiese mostrar la relación entre la nación hegemónica y su antiguo patio trasero. Qué vemos ahora, cómo nos relacionamos ahora, cómo es vivir dentro de Estados Unidos, cómo un individuo afirma su presencia, negocia su conflicto con una cultura receptora.

 

M.G.: ¿Qué criterios se utilizaron para escoger a los cronistas incluidos en Sam no es mi tío y para definir los temas que éstos abordarían en sus crónicas?

 

D.F.: Variados. Queríamos salirnos de la agenda de la migración indocumentada per se, pero no escaparle. No nos interesaba retratar, por ejemplo, agendas más tradicionales, como la de Cuba-Estados Unidos, que ya tiene bastante literatura producida. Miramos al migrante y su relación con el país, con otros migrantes; su propio yo en negociación con la vida diaria. Cómo es hacerse ciudadano sin ser perseguido, cómo se desmitifica la idea de que hay malos de un lado y buenos sólo del otro. De qué manera exhibíamos la dureza de ser un migrante con poca capacidad para capear los abusos y la listura del que es capaz de valerse de los huecos del sistema. Si algo hay en el libro es la exhibición de Estados Unidos como un caleidoscopio. Lo es, en buena medida. Estados vecinos pueden asumir posiciones en extremo antagónica sobre diversos temas —aborto, parejas del mismo sexo, ayudas federales, educación primaria, inmigración y dale que va— pero todos, en el fondo, reconocen su pertenencia a una nación con unas ficciones orientadoras que la mayoría acepta y promueve.

 

M.G.¿El hecho de que Sam no es mi tío haya sido publicado por la filial estadounidense de Alfaguara tiene que ver con la temática y el enfoque del libro?

 

D.F.Alfaguara USA debiera responder esto, pero creo que sí. Igual, Argentina acaba de hacer una edición propia. El resto de América Latina, desde México al Caribe, de Centroamérica a Sudamérica, importó el libro desde Miami.

 

M.G.¿Cómo ha sido hasta el momento la acogida de Sam no es mi tío?

 

D.F.: Muy buena, hasta donde sé. Yo hice presentaciones y medios en diversos países —México, Colombia, Guatemala, Perú, Ecuador— y Aileen estuvo en el norte de Argentina y la recepción es buena. En Estados Unidos, lanzamos Sam no es mi tío en las dos ferias de libros en español, LeALA en los Angeles y la Miami Book Fair de la Florida. Va bien en Amazon, y las críticas son más que buenas. El libro llegó en un buen momento. Las elecciones mostraron, otra vez, la importancia demográfica y política de los latinos. La migración latina es central para diversas economías del sur y es eficiente en materia de costos para diversos sectores, como el agropecuario y varias prestaciones de servicios. Culturalmente hay una creciente significación de lo hispano —allí el vaso está un cuarto lleno. Hay una progresiva salida del anonimato de los latinos, aunque los medios en inglés todavía no terminan de entender el proceso ni han sabido acercarse a las formas culturales de consumo de los latinos con efectividad.

 

M.G.¿En qué países circula actualmente Sam no es mi tío y en cuáles de ellos ha funcionado mejor en términos de visibilidad, comentarios y reseñas en prensa, distribución, implantación en puntos de venta, ventas, etc.?

 

D.F.: Estados Unidos, México, Guatemala, República Dominicana y Puerto Rico; Colombia, Perú y Ecuador, Bolivia y Argentina. Estamos esperando novedades para Chile y Uruguay. La recepción de prensa ha sido significativa en Colombia, Ecuador y Perú, por ejemplo. En todos los países ha habido reseñas en los medios centrales. Las principales cadenas de librerías los exhiben en las principales ciudades de la región.

 

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De Sam no es mi tío recomiendo muy especialmente las siguientes crónicas:

 

– “El sueño americano”, de Jon Lee Anderson

 

– “Y entonces Dios”, de Diego Fonseca

 

– “Dicho hacia el sur”, de Eduardo Halfon

 

“El país de nunca jamás”, de Camilo Jiménez

 

 

Antes de terminar, aprovecho para darles las gracias a Camilo por regalarme un ejemplar de Sam no es mi tío durante mi último viaje a Bogotá y a Diego por responder a mis preguntas.

martes, junio 2, 2009 categorizado bajo crítica, industria editorial española, notas sueltas, periodismo literario

notas sueltas [ 7 ] / libro sobre periodismo literario, los cambios en la industria editorial y los problemas de la crítica amiguista



A través de un comunicado de prensa de la filial colombiana de Santillana me enteré hace unas semanas de que Aguilar acaba de sacar en Colombia una reedición de Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal, una antología con selección y prólogo de Norman Sims que El Áncora editores había publicado hacia 2000 y que desde hacía un tiempo estaba descatalogada. La selección de textos es bastante buena y permite aproximarse al periodismo literario a través de algunas de las figuras más representativas de este movimiento.





Después de haber publicado recientemente dos libros de Gay Talese, Aguilar se anota otro hit con esta nueva edición de Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal en lo que parece ser un intento por dar cuenta de la manera como distintos autores estadounidenses han explorado la relación entre el periodismo y la literatura.


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Aprovechando que coincidiremos en Madrid durante la Feria del Libro, con Pablo Odell les hemos propuesto a Manuel Gil y a Francisco Javier Jiménez sostener una conversación a propósito de los cambios que está sufriendo actualmente el sector editorial español. Concertada esta cita, ayer decidí releer El nuevo paradigma del sector del libro para hacer un repaso de los planteamientos que ManuelFrancisco Javier hacen en este libro escrito a cuatro manos y que aporta diversos elementos para comprender la evolución del sector editorial español, su estado actual y las tendencias y los fenómenos que están teniendo lugar en él.


La riqueza de El nuevo paradigma del sector del libro a la hora de dar cuenta del pasado reciente y del presente de la edición en España se deriva tanto de la experiencia transversal de ManuelFrancisco Javier en distintas instancias de la cadena de producción editorial, como del manejo por parte de éstos de una perspectiva sociológica amplia que se nutre de los planteamientos de investigadores como Zygmunt Bauman, Gilles Lipovetsky, André Schiffrin, Gilles Colleu y Joaquín Rodríguez.


Para quienes aún no han leído El nuevo paradigma del sector del libro, reproduzco a manera de abrebocas el siguiente fragmento de su introducción:


‘El objeto de este estudio no es el libro, su definición o el diagnóstico de sus constantes vitales, sino el mercado del libro español. La doble condición que ostenta el libro, en tanto que valor cultural y objeto de consumo, por un lado enriquece y por otro dificulta su tratamiento y análisis. Los autores de este estudio, no obstante, somos de la creencia del valor insustituible del libro-cultura, pero no renunciamos a abordar el análisis de ciertas perspectivas del mercado editorial contando con esa otra dimensión insoslayable del libro-producto o libro-mercancía’.


A quienes estén interesados en profundizar en el tema, además de leer este estudio les recomiendo seguir el blog Paradigma libro.


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Y para terminar, una historia sobre comentarios amiguistas que tiene varios episodios y que desde hace varios días me da vueltas en la cabeza:


1. Adriana Cantor escribe un libro de relatos llamado La dosis mortal y lo autopublica en Colombia.


2. una reconocida revista cultural llamada Número publica una elogiosa reseña de La dosis mortal.


3. una revista sobre temas culturales que se llama Arcadia también publica un comentario elogioso de La dosis mortal que ha escrito su directora.


4. Camilo Jiménez publica en el ojo en la paja una reseña en la que es bastante crítico con el libro y con la manera como procedió la autora al publicarlo.


5. en los comentarios de la entrada se arma una discusión interesante sobre toda esta historia, que se calienta cuando el autor del comentario publicado en Número reconoce que el libro de Adriana Cantor no es ninguna maravilla y que lo que él escribió no es ‘un ejercicio crítico sobre una obra literaria en rigor. Tampoco es propaganda. Es un comentario cándido de alguien que conoce a la autora y que saluda de modo afectuoso su esfuerzo creativo’.




De la reseña de Camilo y de la discusión que ésta desencadenó saco varias conclusiones sobre las que quisiera llamar la atención:


1. el “error” de Adriana Cantor no consiste en autopublicar La dosis mortal, sino en no haber sometido su trabajo al escrutinio de un editor profesional que la orientara en el tratamiento de ciertos aspectos tanto argumentales como técnicos de sus relatos y en la selección de los textos que componen el libro.


2. no siempre los editores asumen el rol que menciona Camilo de sugerirles a los autores formas de resolver los problemas argumentales y técnicos de los manuscritos que someten a su consideración. Los editores muchas veces rechazan o aceptan los manuscritos que reciben una vez los han leído pero no les ofrecen a los autores un feedback con respecto a su trabajo.


3. la publicación de un comentario elogioso sobre un libro en un medio de comunicación le quita credibilidad tanto a quien lo escribe como al medio en el que aparece cuando el único criterio tenido en cuenta para publicar el comentario es el afecto que se le tiene al autor del libro y no se toma en consideración la calidad literaria de éste.


Con esta entrada vuelvo sobre la pregunta que me hice hace unos meses después de leer un texto de Margarita Valencia: ¿en nuestro medio cuáles son el lugar y el status de la crítica?


miércoles, agosto 15, 2007 categorizado bajo literatura estadounidense, periodismo literario, summertime

summertime [ 26 ] / ‘el arte del hecho’ y los grandes éxitos del periodismo americano en letras libres

A continuación reproduzco la excelente introducción de Jorge F. Hernández al especial “Grandes éxitos del periodismo americano”, publicado en el número de agosto de la versión española de la revista Letras Libres. El especial que puede leerse en líneaincluye artículos de figuras como Walt Whitman, Stephen Crane, Jack London, Pete Hamill, Gay Talese y John Steinbeck.

El arte del hecho

Jorge F. Hernández

A diferencia de las cronometrías con las que los historiadores acostumbran a cuadricular al pretérito, el periodismo contemporáneo parece haberse propuesto escribir historia con prisa, tal como lo señala en estas páginas Pete Hamill, y podríamos agregar que el periodismo norteamericano en particular se ha concentrado en narrar el vértigo fugaz del paso de todas las historias no sólo con prisa, sino con prosa, y de la mejor que uno pueda leer. En esa vasta planicie de lo que en inglés han bautizado horriblemente como “no-ficción” (otra vez, el intento de definir algo precisamente por lo que no es), muchos escritores norteamericanos de diversas generaciones y ascendencias, todos célebres y muy leídos, no niegan ni reniegan de sus orígenes como cronistas, reporteros o ensayistas en adrenalina constante a publicarse en páginas de papel periódico; del otro lado del espejo, no pocos periodistas profesionales podrían presumir de sus intachables párrafos y precisas crónicas, precisamente porque nunca fueron tentados a escribir historias para el reino de la ficción, o ejercer así el arte del invento, sino todo lo contrario: escribir historias desde todos los reinos insólitos de la realidad, para ejercicio y lustre del arte del hecho.

Decía el gran periodista norteamericano A. J. Liebling que “mucha gente confunde con noticias todo aquello que lee en el periódico”, pues si bien está claro que en los periódicos abundan notas e informes, hechos y desgracias que no son periódicos, sino aislados y ocasionales, también es cierto que muchos de los párrafos que leemos en ese papel delgado, condenado a envejecer como un otoño cotidiano, son nada menos que literatura. No es que toda prosa de periodista sea literatura en bruto ni que todo periodista procure afinar en sus crónicas una definición de la verdad o denuncia de toda falsedad. Se trata, más bien, de que la literatura que abunda en cada partícula de la realidad que nos rodea está sujeta a germinar tanto entre la inspiración del poeta y los sacrificios sostenidos del novelista, como de la prisa por entregas y preocupación por informar del periodismo de calidad. Además, ya lo decía el imbatible Indiana Jones al ser cuestionado por un alumno impertinente: “Lo que buscamos en realidad son hechos… si lo que usted busca es la Verdad, le recuerdo que la clase de filosofía se ubica en el aula al fondo del pasillo”.

En estas páginas se ha reunido un notable mural de diversos ejemplos del periodismo norteamericano que dan fe de su alto nivel de excelencia y su incuestionable deleite como lectura –irónicamente intemporal o sin fecha de caducidad. Aquí se reúnen los novelistas y cuentistas que conocemos en nuestros estantes como escritores, cuando sus plumas se dedicaban a los hechos que miraron sus ojos para que su prosa los salvara de quedar invisibles y, por otro lado, los columnistas, reporteros o cronistas que, al realizar el mismo ejercicio, bien podrían empastarse como volumen en el mismo estante de nuestra más entrañable literatura. Estas páginas veraniegas reúnen un verdadero dream team del periodismo norteamericano –poco o nada conocido en nuestra lengua–, desde la crónica del asesinato de Lincoln, escrita por un emocionado Walt Whitman, hasta el célebre perfil de Frank Sinatra que escribiera Gay Talese para Esquire. En medio no escasean las joyas: un par de escalofriantes testimonios sobre el esclavismo; Jack London sobre el terremoto y posterior incendio de San Francisco; los recuerdos del telegrafista del Titanic; H. L. Mencken sobre el fundamentalismo religioso estadounidense (texto que no ha perdido un ápice de actualidad); Steinbeck sobre la Segunda Guerra; una estampa del hombre que cavó la tumba de John F. Kennedy; y una declaración de amor y odio al boxeo, deporte que alguna vez convirtió la violencia en arte, escrita por Pete Hamill, periodista neoyorquino de pura cepa que también contribuye con un ensayo introductorio sobre las transformaciones del periodismo en su país. Qué mejor si este mosaico antológico de grandes éxitos se puede acompañar de una bebida larga y con abundancia de hielo, mientras descansamos de los hechos de nuestras propias vidas.