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miércoles, marzo 19, 2014 categorizado bajo editores colombianos, libros, promoción, publicidad

libros y cerveza

‘“—No dejes que nadie, nunca, te haga avergonzarte de tus intereses”.

Traté de recordar ese consejo cada vez que mis compañeros de clase

se reían de mí porque antes de que la tecnología adquiriera popularidad

ya me gustaban los ordenadores’.

Kapitoil, de Teddy Wayne.

 

 

Hace unos días la marca colombiana de cerveza Poker puso a circular una serie de anuncios que formaban parte de su campaña para el día de los amigos, que según me enteré la semana pasada se celebraba en Colombia el sábado 15 de marzo. De repente en Twitter y en Facebook empezaron a aparecer montones de expresiones de molestia e indignación de algunas figuras del mundo del libro y de la cultura, a quienes al parecer no les gustó nada el mensaje transmitido por el siguiente anuncio de la campaña en cuestión de cerveza Poker:

 

 

 

 

 

 

Quienes expresaron su molestia eran escritores, editores, libreros, periodistas, comentaristas de actualidad, etc. —en fin, gente letrada que pertenece a la intelligentsia colombiana—. Se ve que para estas personas los libros tienen un valor y una importancia altísimos. Y se ve también que estas personas se toman muy en serio su relación con los libros y su idea con respecto al lugar que éstos deben ocupar tanto en la vida de las personas como en su entorno social. Quizás muchas de estas personas consideren que los libros son algo casi sagrado y que la lectura es una práctica que enaltece el espíritu, lo cual podría explicar al menos en parte su molestia y su enojo.

 

A mí el mensaje transmitido por el anuncio de Poker no me ofende ni me molesta. Y tampoco lo encuentro reprochable. Entiendo perfectamente que así como a mí me gustan los libros, a otras personas puedan parecerle aburridos. Así como a mí no me gusta ver la Fórmula 1, ni ir a cine ni jugar Candy Crush y eso no me genera ningún conflicto con nadie, no tengo ninguna razón para ver con malos ojos el hecho de que a otras personas no les gusten los libros. Por otro lado, creo que poner los libros a reñir con la cerveza no tiene ningún sentido. Es ridículo siquiera insinuar que a una persona no pueden gustarle los libros y la cerveza a la vez. De hecho, el maridaje entre los libros y la cerveza me parece maravilloso —y supongo que en esto más de uno de ustedes coincide conmigo—.

 

 

 

 

 

 

El meollo de la polémica en torno al anuncio que la marca terminó retirando es el pretendido giro humorístico que sugiere que un libro es todo lo contrario a una cerveza Poker: es decir, una cerveza Poker es el regalo ideal mientras que un libro es un regalo aburrido. Recibir un libro de regalo es una experiencia que resulta frustrante y decepcionante. En cambio que a uno le regalen una cerveza Poker equivale casi a tocar el cielo con las manos.

 

Pero ojo, no olvidemos que estamos frente un anuncio que forma parte de una campaña publicitaria y que la función de la publicidad no es educar. A través de la publicidad se promocionan productos y servicios para construir marca, generar notoriedad y vender. Como consumidores y ciudadanos no podemos exigirle a la publicidad que nos dé aquello que ni su razón de ser ni su función dicen que está obligada a ofrecernos —de hecho, quizás ni siquiera esté en capacidad de hacerlo—. La función de la publicidad no consiste en transmitir mensajes ejemplarizantes. No obstante, es verdad que con frecuencia las campañas publicitarias apelan a este tipo de mensajes para generar empatía.

 

En la medida en que la publicidad promueve, refuerza, perpetúa, sanciona, reprueba y/o condena valores, prácticas y estereotipos existentes podríamos decir que en cierta medida es un reflejo y a la vez una proyección de la sociedad o de ciertos segmentos de ésta: gente que pertenece a una misma clase social, iglesia o tribu urbana, personas de la misma región o ciudad, hinchas de un equipo deportivo, simpatizantes de un partido político, quienes trabajan en un mismo sector o se dedican a una misma actividad, etc.

 

Debido a lo anterior lo que me parece más llamativo del anuncio de Poker es la imagen tanto de individuo como de sociedad que propone y proyecta. El anuncio echa mano de unos estereotipos muy arraigados y al parecer pretende promocionar una serie de valores y prácticas en detrimento de otros. Una cosa es ridiculizar o banalizar algún tema socialmente sensible que todos o la mayoría podríamos condenar abiertamente —la violencia intrafamiliar, el desvío de fondos públicos para favorecer intereses individuales, la pedofilia, el totalitarismo, la conducción bajo los efectos del alcohol o el racismo, por ejemplo— y algo muy diferente es hacer una broma chabacana con respecto a un elemento cualquiera de la vida social.

 

No estoy de acuerdo con otorgarle al libro un status de símbolo intocable ni con sacralizarlo. Por otro lado, el libro es un objeto genérico y está claro que desde el punto de vista del contenido existen diferencias sustanciales entre las tragedias de Sófocles, un romancero, un tratado de medicina, una novela policíaca, un manual de cálculo integral o de autoayuda, una guía de turismo rural y una recopilación de ensayos sobre el estado de la economía mundial.

 

 

 

 

 

 

En Colombia desde hace años algunas de la marcas de cerveza más populares se promocionan mediante reclamos que apelan a esa idea de lo masculino o de lo varonil que se asocia a la fuerza, a la rudeza y a la imagen del macho. En el lenguaje publicitario de las marcas colombianas de cerveza hay otros elementos particulares como las chicas Águila que a mí me parecen mucho más nefastos que la insinuación hecha en el anuncio de Poker de que los libros son aburridos.

 

Recomiendo la lectura de “Regalar libros”, la columna de Jorge Orlando Melo sobre la polémica generada por el anuncio de Poker. Estoy completamente de acuerdo con los planteamientos, el análisis y las reflexiones que Melo hace en su columna —lo cual no es difícil porque sus argumentos son muy sensatos y están expuestos de una manera clara y sencilla—.

 

Un directivo de Bavaria —la cervecera perteneciente a SABMiller que produce Poker— pidió disculpas por el anuncio y afirmó que la compañía viene ‘apoyando la cultura, el deporte y el arte de este país por muchos años’. El directivo dijo incluso que Bavaria apoya la lectura y añadió lo siguiente: ‘creemos que en Colombia no se lee lo suficiente. Y creemos que en todo este proceso que está viviendo el país el libro y la lectura cumplen un papel predominante en la cultura colombiana. Y la queremos apoyar. Y es por eso que también habíamos hablado con Alejandro Escobar, que es el director y productor de la Feria del Libro, para ver cómo apoyamos esta feria y para ver cómo estimulamos la lectura en Colombia’. Habrá que leer el informe anual de responsabilidad social corporativa tanto de SABMiller como de Bavaria para ver en qué consiste el compromiso del grupo y de su filial colombiana con la cultura.

 

Como ya he dicho en ocasiones anteriores, a menudo los libros me han ayudado a entablar nuevos vínculos con muchas personas y a fortalecer los que ya tengo con mis familiares, amigos y conocidos. Comprar, leer, comentar, recomendar, prestar y regalar libros son actividades fundamentales para mí.

 

A mí el mejor regalo que pueden hacerme es un libro, así que si alguien quiere regalarme algo le doy un consejo: regáleme un libro, que me hará muy feliz.

viernes, junio 11, 2010 categorizado bajo cuentos, ficción breve, literatura latinoamericana, publicidad

fútbol

Envidio a la gente a la que le gusta el fútbol.

Desde que era chiquito el fútbol siempre me ha parecido aburrido. No sé si porque por herencia familiar fui hincha de un equipo perdedor —el Independiente Santafé, a.k.a Santafecito lindo— hasta que durante mi adolescencia tuve el carácter necesario para renunciar a mi filiación porque no quería seguir siendo el hazmerreír de quienes apoyaban a los equipos ganadores. O porque en el colegio siempre fui el jugador con el que ningún equipo quería quedarse. O porque mi incapacidad de concentrarme durante más de tres minutos en una sola cosa siempre me ha impedido seguir un partido completo. O quizás por todas estas razones a la vez. O al menos por un poco de cada una de ellas.

En fin, envidio a la gente para la que ver un partido es más importante que cualquier cosa, a los que se van a los golpes cuantas veces sea necesario por defender a su equipo por malo que sea, a quienes hacen y deshacen amistadas gracias al fútbol, a las personas que planean su tiempo en función de las jornadas futbolísticas, a aquellos que tienen su transistor de vigilante en la mesa de noche y que apenas se despiertan salen corriendo a ver el periódico, a quienes pertenecen a una hinchada, a la gente que quiere tener hijos sólo para ponerles la camiseta de su equipo, a las personas para las que cada partido es una pelea con su pareja, a los que no se van de fiesta los fines de semana porque al día siguiente a las 9.00 tienen partido y si llegan a emborracharse igual están pocas horas después dejándose el alma en la cancha o a esos para los que cualquier cosa que se les atraviese en el camino es un balón o un arco potencial y cualquier par de metros cuadrados un terreno de juego.

Cuando se trata de partidos importantes muchas veces termino yendo a verlos con los amigos que estén cerca pero más por reunirme con ellos a tomar unos tragos y a picar algo que por el juego en sí mismo. De hecho, más que lo que suceda en la cancha me interesa lo que pasa de este lado de la pantalla: la emoción, la angustia, el orgullo, la irritación, la decepción, el llanto, la rabia, etc. Me gusta ser partícipe de ese ritual y sentirme parte de él, así sea como testigo.

De hecho una de las cosas más bonitas que ha tenido mi cotidianidad durante estos cinco años que he vivido en Barcelona ha sido el contagio del espíritu culé a fuerza de estar inmerso en una ciudad en la que el Barça rompe muchas de las barreras que existen en ella, sobre todo las culturales que dividen a sus habitantes en ghettos.

Hoy empieza el Mundial de Sudráfrica 2010 y durante un mes envidiaré incesantemente a los amantes del fútbol hasta que quizás en algún momento me deje arrastrar por la euforia futbolera y termine entregándome a ella sin reservas.

***

Para que no me mate la envidia me sumo a la celebración de la pasión futbolera dejándoles tres recomendaciones:

“El Mundial en castellano”, el especial sobre el Mundial del blog Papeles perdidos:

– el spot del Mundial “Argentinos” —que pone en escena el estado de ánimo de estos tiempos de crisis— hecho por el canal de deportes TyC Sports de Argentina, que además de tener grandes escritores y futbolistas es una potente cantera de creativos publicitarios sensacionales:

– “El hijo de Butch Cassidy”, un bonito cuento de Osvaldo Soriano —de quien Planeta acaba de reeditar tres libros: Triste, solitario y final, A sus plantas rendido un león y Fútbol—:

‘El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.

Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos.

La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.

Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.

El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.

No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.

Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.

Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuanto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el télefono.

Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?

En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.

Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no habia ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.

A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.

Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.

Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.

Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.

El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.

En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.

Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.

La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detras de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.

En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.

Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiro a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.

Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.

Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.

En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesíastes, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dió por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.

Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.

Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había donde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.

A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.

En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.

William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches’.

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Y pues nada: ¡ahora sí a disfrutar del Mundial!

jueves, enero 21, 2010 categorizado bajo best sellers, destacados, long sellers, marketing, publicidad

la alquimia del best seller explicada por david viñas piquer

Hace unos días empecé a leer El enigma best seller, un libro en el que David Viñas Piquer aborda el best seller como fenómeno cultural y comercial a partir de una serie de lúcidas y agudas reflexiones.

 

 

EL_ENIGMA_BEST_SELLER

 

 

Tras definir este tipo de libros como aquel que ‘ha logrado entrar en la lista de los más vendidos y se mantendrá allí por un tiempo relativamente breve, siempre conmutable en semanas o meses, y durante el cual se logra un impresionante resultado de ventas’, Viñas Piquer explica en los siguientes términos las posibles formas como un título puede llegar a convertirse en un best seller:

 

‘Ya hemos visto que es posible ingresar básicamente por dos caminos distintos en la lista de los libros más vendidos: porque deliberadamente se busca ese ingreso y se consigue acertar o porque, sin proponérselo como principal objetivo, se ha logrado que muchísima más gente de la que cabría esperar compre una obra determinada. En el primer caso, las estrategias comerciales se activan desde el principio, mientras que en el segundo suelen ponerse en funcionamiento cuando, asimilada la sorpresa, se le intenta sacar el máximo partido a esa imprevista disposición favorable que la obra ha encontrado entre el público lector. La estrategia comercial puede estar antes o después, pero no puede faltar nunca cuando se habla de un best seller‘.

 

Del planteamiento de Viñas Piquer me llama la atención su consideración con respecto al carácter imprescindible que tiene la estrategia comercial aún en aquellos casos en los que un libro se convierte en best seller de manera inesperada, en los que juega un papel central a la hora de potenciar un fenómeno que ha tenido lugar de manera imprevista con el propósito de sacarle el mayor provecho posible y de esta manera llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Para ilustrar el fenómeno del éxito inesperado de un libro el autor alude al caso de Vida y destino, ‘la novela que Vasili Grossman escribió ficcionalizando sus vivencias durante la Segunda Guerra Mundial y que ha sido considerada por varios críticos como un clásico a la altura de Guerra y paz, [que] sorprendió con unas ventas inimaginables en España cuando Galaxia Guttenberg decidió publicarla en el otoño de 2007. Se había previsto un número razonable de ejemplares para satisfacer a los intelectuales que pudieran estar interesados en su lectura, pero a la hora de la verdad (o sea: a la hora de las ventas) esa cifra tuvo que multiplicarse y multiplicarse dando paso a un fenómeno que para mucha gente resultaba incomprensible’.

 

 

BEST_SELLERS_7

 

A continuación Viñas Piquer se refiere a la mezcla de capacidad de seducción de la obra y de estrategia de promoción como condición necesaria para la emergencia de un best seller:

 

‘Sin el poder seductor de una obra literaria la mercadotecnia, por muy sofisticada que sea, no tiene nada que hacer. Pero probablemente también lo contrario sea cierto: sin sutiles estrategias comerciales no hay best seller posible, por muy seductora que sea una obra (…) Lo que no parece problemático entonces es reconocer que, ya sea a priori o a posteriori, las técnicas comerciales existen siempre cuando se habla de un best seller. Así que está claro: o se es mediático o no se es best seller. Dicho de otra forma: no hay superventas posible si no entra en juego una maquinaria mediática de alto rendimiento’.

 

Me parece que el aporte que hay en esta última idea de Viñas Piquer es que a la hora de valorar el éxito comercial de una obra tiene en cuenta aspectos relacionados tanto con el valor intrínseco de ésta como con el dispositivo publicitario puesto en marcha para promocionarla y de esta manera impulsar sus ventas, contribuyendo así a desmontar el lugar común según el cual un libro se convierte en best seller sólo en virtud bien sea de una estrategia de marketing y prensa acertada o bien de sus propios atributos.

 

Y para evitar seguir perpetuando la idea de que la calidad de todo best seller es ‘más que dudosa’ y de que sólo ha sido escrito para entretener al vulgo, Viñas Piquer aclara que ‘no es un problema de calidad lo que está en juego con esta distinción, sino de finalidad, pues la existencia de un objetivo comercial más o menos declarado no tiene por qué implicar un resultado estético negativo. No hay en principio nada que impida una perfecta comunión entre las estrategias comerciales y la calidad literaria’.

miércoles, julio 1, 2009 categorizado bajo concentración, editores independientes, grupos multimedia, marketing, obiei, publicidad

cosas que pasan gracias a la concentración de la propiedad de la industria editorial

Ayer el periódico El Tiempo publicó una noticia titulada Habla el fundador de La iguana Ciega, editorial dedicada a la cultura de Barranquilla” y cuando entré me encontré con el siguiente anuncio publicitario de la filial colombiana de Planeta.



Teniendo en cuenta que en 2007 el Grupo Planeta compró el 55 % de la Casa Editorial El Tiempo, la aparición en el periódico de esta pieza publicitaria cuyo anunciante es su accionista mayoritario confirma que, como dije en mi entrada de ayer cuando hablaba sobre las razones que explican mi interés por la edición independiente, ‘de los grandes grupos editoriales ya se ha hablado demasiado bien sea porque pertenecen a estructuras que poseen sus propios medios de comunicación que actúan como órganos de difusión “de la casa” o bien porque tienen algún tipo de influencia sobre grandes medios ajenos a ellos’ y que ‘se trata de empresas que cuentan con todo un aparato de producción, distribución, difusión y promoción propio’.


Es curioso que este anuncio que da cuenta de la concentración de la propiedad de la industria editorial y de los medios de comunicación aparezca justo en una página cuyo contenido gira en torno a una editorial independiente.

jueves, junio 4, 2009 categorizado bajo edición, editores, feria del libro de madrid, marketing, promoción, publicidad

flm 09 [ 3 ] / la promoción de la feria, de las novedades editoriales y de la lectura en el metro de madrid



Hace unas semanas comentaba un par de casos en los que el mobiliario del transporte público de Barcelona había sido utilizado para promocionar libros o actividades relacionadas con el mundo de las letras. Durante mi visita a Madrid con motivo de la Feria del Libro vi algo parecido y pude tomar fotos de algunas de las piezas que componen la campaña Libros a la calle, a la que hice referencia en la entrada “campañas de promoción en el transporte público”.


Aquí van algunas imágenes de avisos promocionales de la Feria del Libro de Madrid y de las novedades de un par de sellos del Grupo Santillana, así como de una pieza de la campaña Libros a la calle:






Aviso promocional de la Feria del Libro de Madrid en la estación Avenida de América


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Piezas de la campaña Libros a la calle, en los trenes del metro de Madrid


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Aviso promocional de novedades del sello Punto de lectura en la estación Ibiza


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Aviso promocional de Nocturna, de Chuck Hogan y Guillermo del Toro (Suma de letras) en la estación Ibiza



En relación con este mismo tema, ver también la entrada sobre la campaña de promoción de novedades que hizo Flammarion durante la rentrée littéraire de 2008 en el metro de París.


Una última cosa: esta entrada estuvo a punto de ser abortada mientras recogía el material necesario para hacerla porque cuando sólo tenía la mitad de las imágenes fui abordado por el personal de seguridad de la estación Avenida de América, que me hizo saber que para tomar fotos necesitaba una autorización. Al final todo se resolvió con una mezcla de diplomacia y discreción.