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Domingo, julio 1, 2007 categorizado bajo generadores de opinión, lecturas de fin de semana, lecturas de verano

lecturas de fin de semana [ 29 ] / ‘todo el verano en el bolsillo’

Empieza el verano y la planificación de las vacaciones hace que todo lo demás empiece a funcionar de una manera cada vez más lenta hasta quedar en stand by hasta principios de septiembre. El Cultural ha seleccionado veinticinco novedades de bolsillo para acompañar nuestros largos días de aeropuertos, montaña, carretera y playa.



En [ el ojo fisgón ] estaré atento del comportamiento de las ventas de estos libros, que seguramente han recibido un empujón al ser incluidos en esta lista —que curiosamente incluye un long seller como los Nueve cuentos, de J. D. Salinger—.

Todo el verano en el bolsillo

El Cultural selecciona 25 grandes novedades contra el hastío del estío

Quizá porque un segundo puede ser más que eterno y una línea resumir el universo, los libros de bolsillo se convierten en verano en cómplices indispensables para vencer tantas horas abrasadoras rendidas a la pereza. El Cultural ha seleccionado veinticinco pequeños buenos libros empapados de aventuras y amores difíciles, viajes imposibles e insuperables nostalgias. Además Agustín Fernández Mallo, José Ovejero y Rafael Reig, tres de los mejores creadores de mundos paralelos, nos regalan unos relatos veraniegos que, por los misterios del azar y la buena literatura, parecen completarse.

El regreso
Joseph Conrad
Funambulista. Trad. J. M. lacruz. 123 pp. 15’50 euros
Un mero intento de adulterio es el punto de partida del relato de Joseph Conrad (1857-1924) titulado El Regreso. Una tarde, Alvan Hervey recibe la terrible noticia de que su mujer le ha abandonado. El regreso, al poco tiempo, de esta esposa que permanecerá sin nombre a lo largo de la historia, dará pie a los trágicos pensamientos que avasallarán al protagonista. “Esa misma mañana, en aquella mesa habían almorzado juntos, y ahora cenarían allí. ¡Asunto concluido! Lo acaecido en el intervalo podía olvidarse, debía olvidarse, como esas cosas que pueden ocurrir sólo una vez… como la muerte, por ejemplo.” (p. 88). Un drama que, en realidad, sólo sucede en la mente de Alvan, prototipo del hombre burgués, más preocupado por el qué dirán y por las fachadas que a menudo sólo ocultan estercolres, que por descubrir las causas de su fracaso matrimonial y poner todo lo necesario para impedirlo. Con la intensidad característica de la escritura de Conrad, con su dominio de los sentimientos más profundos del hombre, El Regreso descubre la ceguera en la que puede vivir el hombre ante sí mismo, su pareja, el mundo y la vida cuando sólo le preocupa la apariencia.

Muertes Paralelas
Fernando Sánchez Dragó
Booket. 672 pp. 8,95 euros
“Autobiografía, novela, tragedia y mito se aúnan en este doliente exorcismo personal del autor para completar uno de los libros más valientes y encarnizados que he leído”. Con esta contundencia se expresaba Ángel Basanta a la hora de analizar Muertes paralelas, libro galardonado con el premio Fernando Lara 2006 y con el que se arrancaba una espina personal: la búsqueda, “con escrúpulo de historiador y tenacidad de detective”, de la peripecia existencial de su familia ante la desaparición de su padre durante los primeros años de la Guerra Civil. Dragó en estado puro. Escritura torrencial, referentes literarios y su habitual independencia ideológica destilan por unas páginas de una intensidad sólo comparable al “exorcismo” –distinto pero no menos personal– realizado en Kokoro: a vida o muerte. Aunque sólo en las últimas páginas de esta novela se recurre a la ficción, Muertes paralelas, según Basanta, “respira literatura–y vida, pues cuenta la tragedia esencial del autor–”.

La infancia recuperada
Fernando Savater
Alianza. 257 páginas, 7’50 euros
La política y la ética marcan las inquietudes de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) en el momento actual, pero al inicio de su obra la literatura –tal vez su pasión más sincera– ocupaba el centro de su actividad intelectual. La reivindicación de los clásicos de la literatura infantil y juvenil adquirió el rango de la provocación en una época marcada por la literatura comprometida. Savater se apartó de esa tendencia para elogiar a Stevenson (absurdamente menospreciado), Tolkien (desconocido para el lector español de entonces) o Julio Verne (visionario de un futuro en el que nos encontramos). También a Zane Grey, Jack London , H. G. Wells, Conan Doyle y Guillermo Brown. Apoyándose en las tesis de Walter Benjamin, Savater dignificó la narración, basada en la memoria colectiva, sin menoscabar el valor de la novela, orientada hacia la innovación. La isla del tesoro no es simple aventura, sino iniciación en los conflictos morales. John Silver encarna la ambigüedad del Mal. Y los detectives no son un tributo al ingenio, sino inquisidores de la verdad. Savater lo comprendió en unos años en que la literatura se puso al servicio de la político, alejándose de sus orígenes, donde la imaginación no brota de lo fantástico, sino del impulso utópico que no cesa de rebelarse contra la realidad.

Hotel nómada
Cees nooteboom
Debolsillo.
224 pp, 9.95 e.
Ya lo explicó hace un lustro Román Piña en El Cultural: “Gambia, Malí, el Sahara, Bolivia y México nos pueden importar un comino, pero no Nooteboom, este holandés errante cuyos textos viajeros, treinta años después de escritos, se revelan como un documento jugoso y, lo que es más importante, como un tesoro literario” . Porque da igual el tiempo transcurrido desde que Nooteboom escribiera estas páginas, que nos invitan a viajar sin turistear, y a conocerse mejor a uno mismo mientras “todos los matices que confirman nuestra identidad, conquistados con dolor y esfuerzo a lo largo del tiempo, se desvanecen”.

Bagdad en llamas
Riverbend
Booket. 480 pp. 8’95 euros
El desgarrador testimonio de una joven iraquí, que se mantiene en el anonimato, queda reflejado en este libro que reproduce los pasajes de un blog que comenzó a escribir en septiembre de 2004, más de un año después de la invasión estadounidense. Con un tono que navega entre la indignación, el dolor y cierta ironía, esta ex informática narra los horrores de su vida diaria: las bombas, los amigos o familiares muertos… Una voz espontánea que ayuda a entender un conflicto de sangrante actualidad.

Una pantera en el sótano
Amos Oz
De bolsillo. 232 pp., 13’50 euros
En 1947, y en una Jerusalén que tiene aún sangrante la herida del Holocausto, un niño de doce años “y tres meses” al que todos llaman Profi por su manía de jugar con las palabras, es acusado por sus amigos y cómplices, “con letras gruesas y negras”, de ser un vil traidor. Y eso, a pesar de que su madre siempre dice que quien ama no traiciona, y que fue el propio Profi quien creó el LOM, un club de espionaje, formado por Profi y sus dos amigos, que intenta combatir a los ingleses que todavía no han abandonado Israel. Pero su nueva y secreta amistad con un policía británico al que enseña hebreo mientras él mejora su inglés y al que pretende arrancar informaciones decisivas para la independencia de su país resulta demasiado inquietante… sobre todo para él, que comienza a no distinguir las fronteras entre la lealtad y la traición. Profi se sueña como el Tyrone Power de Una pantera en el sótano, capaz de esfumarse en la niebla y apostar distintas identidades, pero está atrapado por padre nada afectuoso, la angustia de un pueblo odiado por ser distinto en Polonia, y por no serlo en Alemania, aterrado ante un futuro demasiado incierto y un pasado demasiado atroz, por las sombras de la amistad o el despertar al amor. Una de las obras mayores de Oz.

Cuentos de los días raros
José María Merino
Punto de lectura. 240 páginas, 6’70 euros
Una inquietante portada de Montañés Pérez sirve de presentación para estos Cuentos de los días raros en los que Merino ha desplegado su talento para la condensación. Son 15 relatos que, según su autor, hablan “de la rareza de los días desde nuestra relación con los sueños”. La importancia de la lectura en la configuración personal en “Mundo Baldería” o “El viaje secreto”, la preocupación sobre la excesiva robotización en “Celina y Nelima”, el desdoblamiento (habitual en la obra de Merino) en “El fumador que acecha” o los registros del recuerdo en “La memoria tramposa” son sólo algunos de los temas que pueden encontrarse en estas piezas breves en las que, según Ricardo Senabre, “se hallan algunas de las claves que permiten entender más cabalmente el alcance de sus novelas”.

Kim
Rudyard Kipling
Debolsillo. 448 pp., 9’95 euros
Quien se acerque a Kipling buscando literatura juvenil no se equivocará pero quien lo haga con la intención de reptar por los sofisticados mecanismos de la alta literatura, tampoco. Es muy difícil encontrarse con un autor, y en este caso con una obra, “Kim”, que pueda leerse como un evasivo relato de aventuras y como un clásico universal. Es un derecho sólo reivindicado por grandes de la talla de Cervantes o, por aludir a contemporáneos de Kipling, talentos como el de Joseph Conrad. Esta cuidada edición, como el profundo y riguroso estudio introductorio, pertenece al desaparecido Edward W. Said, Premio Príncipe de Asturias de 2002 que propició el acercamiento entre culturas. Ambientado en la India colonial británica, el libro cuenta el viaje iniciático de Kim, huérfano del regimiento irlandés a través de una sociedad tan rica como compleja. Para Said, “la mejor obra extensa de ficción de Kipling”.

El cerebro nos engaña
Francisco J. Rubia
Booket. 445 pp., 8’50 euros
Resulta que el cerebro nos engaña “por ser una máquina de confabulaciones y fantasías, generadora de música, arte, mitos, religión e irrealidad”. A partir de esta premisa, Rubia analiza la mente como producto de la evolución, la organización modular del cerebro, el sistema emocional y sus ventajas o las trampas de la memoria hasta llegar al punto crucial de su estudio, que es la relación entre el cerebro y la divinidad. Aquí es donde estudia las experiencias místicas y las experiencias cercanas a la muerte.

Crónica de piedra
Ismaíl Kadaré
Alianza. 272 páginas, 7’50 euros
Escrita en los años 70 en Tirana (Albania), pero revisada, libre de censura, en el París de los 90, esta Crónica de piedra viene a ser una primera autobiografía del albanés Ismaíl Kadaré. Escrita sin nostalgia ni rencor, en ella revisa su infancia durante la terrible invasión italiana y alemana y sus primeras lecturas y obsesiones. También, claro, la abuela Selfixhe, Xhexho, tía Xhemo, doña Pino… Y la ciudad pétrea, sorprendente y asombrosa, que albergaba a duras penas la vida humana entre sus miembros “y bajo su caparazón de piedra tampoco cesaba de causarle, sin pretenderlo, incontables dolores, arañazos y heridas a esa vida”.

Canción de cuna
W. H. Auden
Debolsillo. 342 pp., 8’95 euros
Versos escritos entre 1935 y 1939 que nos ponen, en palabras de Antonio Colinas “ante el poeta verdadero, representado por algunos de sus más bellos y complejos poemas”. “Con extremada sabiduría, debatiéndose bajo una llluvia de ideas y de conceptos, sorteando las noticias de la historia inminente, pero buscando ‘alivio? con su palabra para él y para el mundo. El idealismo poético siempre acaba siendo la gran solución no sólo para el poeta sino también para los demás humanos”.

La visigoda
Isabel San Sebastián
La esfera. 396 páginas, 9 euros
En el ocaso de su vida, Alana, “La visigoda”, hace memoria de la aventura que comenzó “un atardecer brumoso de hace 73 años en una aldea perdida de Asturias”. Tenía 16 años y fue secuestrada para formar parte del tributo de las Cien Doncellas, que cada año entregaba el príncipe Mauregato al emir cordobés. Sus desdichas, amores y desengaños sólo acababan de empezar, aunque “ni un sólo día perdí la esperanza.”

Días de diario
Antonio Muñoz Molina
Seix barral. 84 páginas, 16 euros
La doble vida del escritor nunca se manifiesta con tanta claridad como en sus diarios, un género mucho más flexible que la autobiografía, donde se impone la fidelidad a lo vivido. El escritor transita por el mundo, pero su experiencia incluye su contienda con la escritura. Muñoz Molina nos cuenta sus viajes de Madrid a Nueva York durante la gestación de El viento de la Luna. Sus notas comienzan con la evocación del padre, ausente por culpa de la muerte, pero de alguna manera vivo por la conjunción de la memoria y la escritura. La vocación convive con las dudas. La advertencia de Cyril Conolly sobre la ética del escritor –no hay que perder el tiempo si no se pretende escribir una obra maestra– no hace más fácil las cosas. No obstante, la novela avanza. Nueva York y Madrid, dos escenarios propicios a la escritura. Anotaciones breves, prosa fluida, chispazos de lirismo. Muñoz Molina nos entrega unas confesiones donde se confirma que para el escritor hay dos vidas: lo que pasa a diario y el diario que corre paralelo a la obra, tal vez más verdadero que la pura cotidianidad abocada al olvido.

La reina sin espejo
Lorenzo Silva
Booket. 379 pp., 7’95 euros
Cuarto título protagonizado por la pareja mixta de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, La reina sin espejo gira en torno al asesinato de una famosa periodista casada con un escritor consagrado, en una trama de corrupción policial y de explotación sexual. Un libro excelente, un relato ameno sin perjuicio de las cuestiones psicológicas, existenciales o sociales que aborda. Permite el placer de disfrutar de una buena historia, asegura un entretenimiento que nunca dejará de ser sustancia de este género y muestra algunas parcelas del comportamiento humano.

Nieve
Orhan Pamuk
Punto de lectura. 672 pp., 11’30 euros
El nobel turco esboza en su séptima novela una aproximación a la quebradiza realidad de su Turquía natal, jalonada por sus delicadas brechas políticas y religiosas. Como en obras anteriores, Nieve está tratado en primera persona, la de Ka, un poeta que regresa a Estambul tras un exilio de 12 años. A su llegada es enviado a la ciudad de Kars donde es testigo de las tensiones de una sociedad dividida. Pero a Ka también le mueve el amor y la amistad, ingredientes igualmente relevantes en la narración ágil y sincera de uno de los grandes de la literatura europea.

Tokio blues
Haruki Murakami
Maxitusquets. 381 páginas, 9’95 euros
Murakami (1949, Kioto) escogió una canción de los Beatles para recrear la peripecia de un personaje que no conseguirá desprenderse de la adolescencia hasta conocer el amor, el sexo y la muerte. Porque cuando se suicidan Kizuki y Naoko, Watanabe advierte el tacto de la muerte en su propia carne. Una parte de sí mismo desaparece con ellos, pero la escritura le ofrece la posibilidad de recuperar lo perdido.

Al rojo vivo
Nora Roberts
Debolsillo. 379 páginas, 8’95 euros
Su nombre no es aún popular en España, pero Nora Roberts, una de las reinas mundiales del género romántico, muestra aquí sus mejores armas. Todo comienza cuando un ladrón de guante blanco, Doug Lord, se encuentra con de una suerte de Paris Hilton enamorada de los coches deportivos y las botas italianas. Mientras el mundo entero busca a la heredera y a él le persiguen unos asesinos, deciden marcharse a Madagascar nada menos en pos de un tesoro. Y esto sólo para empezar.

Desertores
Pedro Corral
Debolsillo. 623 pp. 9’90 euros
Desertores se sumerge en uno de los aspectos peor conocidos de nuestra guerra civil: el de los dos millones y medio de desertores, de ambos bandos, que intentaron eludir la contienda. A Pedro Corral le interesan, como resaltó en nuestras páginas Núñez Florencio al reseñarlo, “ese pueblo de verdad que en los discursos de las élites era mera entelequia o, peor, simples números llamados a desempeñar calladamente el trágico papel que se les había asignado”, cuando en realidad “la gran mayoría no entendía de ideales políticos ni banderas, ni que por ellas tuvieran que matar o morir”. Así, un tercer ‘ejército invisible’ optaba por alejarse de un frente que no era el escenario grandioso que pintaban los doctrinarios, sino una inmensa fosa en la que se pasaba frío hasta la congelación y hambre hasta la extenuación”.

Nueve cuentos
J. D. Salinger
Edhasa. 287 páginas, 10 euros
Sólo dos años después de la publicación de El guardián entre el centeno aparecieron estos Nueve cuentos de J.D. Salinger, reunidos después de haber visto la luz en New Yorker entre 1948 y 1953. Algunos cuentos han alcanzado las dimensiones clásicas de su predecesor y sus protagonistas alcanzan a veces la altura de Holden Caulfeld. La II Guerra Mundial y sus consecuencias se reflejan en personajes como Seymour o el Sargento XX, figuras alienadas convertidas en espectros. Y cuentos como “Un día perfecto para el pez plátano” o “El hombre que ríe” se sitúan entre lo mejor de un Salinger que ya entonces arremetía contra todo el que se inmiscuía en su privacidad. Y su leyenda continúa.

Al otro lado de la niebla
Juan Luis Arsuaga
Punto de lectura. 374 pp, 7’95 euros
Arsuaga, codirector de las excavaciones de la sierra de Atapuerca, imagina en su primera novela “cómo debió de ser la vida en la España de la Edad de Piedra”. Un debú sorprendente según la crítica, “no sólo por el atrevimiento y originalidad de su planteamiento, sino también por su calidad”, pues logra dotar a la novela de una “verosimilitud que atrapará y fascinará a numerosos lectores”.

Piedras ensangrentadas
Donna Leon
Seix Barral. 356 páginas, 6’95 euros
Un vendedor africano de genuinos bolsos falsificados muere tiroteado. ¿Ajuste de cuentas? ¿Mafias de la inmigración? Las autoridades pretenden cerrar el caso, pero el comisario Brunetti (protagonista de las novelas de Leon) descubre en la habitación del muerto una fortuna en diamantes de una pureza excepcional. Y comienza a investigar.

El pintor de batallas
Arturo Pérez Reverte
Punto de lectura. 304 páginas, 8’20 euros
Considerada por muchos como la novela más personal e intensa, la más profunda y también la mejor de Pérez-Reverte, que presta al protagonista muchos rasgos autobiográficos, se trata de una reflexión sobre el imperio del horror ante la fragilidad humana.

Conversaciones imaginarias
Walter Savage Landor
Cátedra. 448 pp., 12 euros
Excelente conocedor de los clásicos grecolatinos, poeta fascinado por el Mediterráneo, Landor (1775-1864) se permitió usurpar el nombre de filósofos, científicos y rebeldes para redactar esta obra que no dejó de crecer a lo largo de su existencia. Aquí Diógenes polemiza con Platón sobre la inmortalidad del alma. Epicuro elogia la duda y el fracaso como el punto de partida del conocimiento. Boccaccio y Petrarca pasean juntos y Montaigne deduce que el vino determina la visión del mundo. Humor, perspicacia y fantasía convierten esta rareza en un libro delicioso. Nadie espere encontrar sermones o lecciones. Landor sólo busca el placer de frecuentar la inteligencia y virtud de los inconformistas del pasado.

Un millonario Inocente
Stephen Vizinczey
RBA. 576 pp., 7’50 euros
Bastante más que el autor de En brazos de la mujer madura, Vicenzcey juega en Un millonario inocente con las desventuras de Mark Niven, que sueña desde los catorce años con recuperar el tesoro de un barco hundido en el Atlántico, y que, cuando parece a punto de recobrarlo, se ve enredado en un fraude y en una historia de amor que amenazan con destruirlo.

El libro de aguardientes
Carlos Delgado
Alianza. 208 pp., 6 euros
El enólogo Carlos Delgado amplía su ya clásico librito sobre licores y aguardientes. Tras un somero preámbulo en el que explica la historia de la destilación de alcohol, desde el antiguo Egipto hasta nuestros días, Delgado da cuenta de los distintos orígenes de las variantes de las bebidas en que centra su trabajo, narrando numerosas anécdotas que enriquecen un enfoque en el que cobra importancia el factor científico y el establecimiento de jerarquías.

Sábado, junio 30, 2007 categorizado bajo generadores de opinión, lecturas de fin de semana, web 2.0

lecturas de fin de semana [ 28 ] / ‘techcrunch blogger michael arrington can generate buzz … and cash’


TechCrunch es el cuarto blog más leído del mundo —de hecho, el de la tecnología es uno de los sectores donde funcionan más dinámicamente las plataformas tipo Web 2.0—. Como en estos días he estado hablando del papel que juegan los prescriptores de opinión, aprovecho la ocasión para reproducir el perfil del blogger Michael Arrington —autor de TechCrunch— que publicó hace unos días la revista Wired. Para plantearlo de una manera sencilla y contundente, basta con decir que la mención de una empresa del sector informático o de un desarrollador de aplicaciones en TechCrunch puede terminar representando para estos el giro que siempre soñaron con darle a sus vidas.

El texto muestra la magnitud de la influencia de Arrington y la manera como la ha alcanzado. Por otro lado, el título del perfil resume muy bien el poder de quienes tienen la capacidad de movilizar opinión: generar temas de conversación y dinero.

TechCrunch Blogger Michael Arrington Can Generate Buzz … and Cash



Fred Vogelstein

One Tuesday morning in early May, Michael Arrington was sound asleep in his bedroom in Atherton, California, when three men burst in. Naturally, he was startled. His first reaction, he recalls, was to tell them to “get the fuck out.” But he quickly realized they meant no harm. Clad in white business suits and speaking English with a Dutch accent, the apologetic men looked more like dandies on their way to a garden party than criminals. They were, it turns out, overeager entrepreneurs from Amsterdam making the rounds of Silicon Valley big shots. All they wanted — desperately — was to tell Arrington about their startup.

Over the last two years, Arrington has gotten used to entrepreneurs beating a path to his door. (His cluttered office is in his rented house, just across the hall from the bedroom.) Since he launched TechCrunch — an obsessively updated blog that chronicles Web startups — in 2005, he’s been getting at least one unannounced visitor practically every week. The drop-ins have become a distracting side effect of being among the most influential — and quite possibly the richest — business writers in Silicon Valley. Indeed, he wonders if he’ll soon need to move. “It’s hard, because in some ways I want to help these guys,” he says. “But sometimes I feel like I need a little privacy, and I end up taking it out on whoever shows up.”

To the world outside Silicon Valley‘s tight-knit community of startups, venture capitalists, and angel investors, TechCrunch is just another mouthy blog. But to entrepreneurs in the white-hot consumer Internet boom — known to many as Web 2.0 — Arrington has become a power broker. In April, after an onstage conversation with the director of Web technologies at Sun Microsystems, he looked like a groom in a receiving line: For nearly an hour, the procession of entrepreneurs was 10 deep — all wanting to give Arrington a business card and an elevator pitch. At a recent conference in San Francisco, Rodney Moses, founder and CEO of FatSecret, an online dieting site, followed Arrington around for about 30 minutes to secure 10 minutes with him. “I had read that’s just what you do,” Moses says. “You wait your turn.”

The wait can be worth it. A positive 400-word write-up on TechCrunch usually means a sudden bump in traffic and a major uptick in credibility among potential investors. In early March, for example, the site profiled Scribd, a San Francisco startup that bills itself as a YouTube for documents. CEO and cofounder Trip Adler says he had 10 calls from venture capitalists within 48 hours. “We didn’t want to raise venture capital initially,” Adler says. “But the offers were at such good valuations that it finally didn’t make sense not to do it.”

VCs and entrepreneurs read Arrington for the same reason they pay attention to any top journalist or columnist: He’s smart, sourced up, and ahead of the curve. “He has more information than any of us,” says David Hornik, a partner at August Capital and an occasional source for TechCrunch. Arrington breaks news — like his scoop about Google buying YouTube or Yahoo’s internal financial analysis of acquisition target Facebook — well ahead of the mainstream media. One day he’ll review the pros and cons of all the online photo-editing sites, another day he’ll give you the blow-by-blow on why a company like Filmloop was sold, and on yet another day he’ll rant about how Silicon Valley could use a downturn.

And unlike most solo bloggers, Arrington has turned his passion into a tidy business. Revenue from advertising, job listings, and sponsorships now totals about $200,000 a month. He says he could have sold the operation last fall to a media company (which he won’t name) for $8.5 million, and he may still. But with a new top-flight CEO from Fox Interactive Media, roughly $1 million in the bank, and VCs lining up around the block to invest, Arrington talks like a man who wants to build an empire. There are lots of blogs with more raw traffic — mostly celebrity or political sites like A Socialite’s Life and Daily Kos — but few with as much business influence. Based on how many times other Web sites link to his content — an unscientific but accepted yardstick — Arrington is the world’s fourth-most-powerful blogger, according to Technorati.

By any measure, it has been a remarkable rise. Two years ago, Arrington was a nobody — a former attorney and entrepreneur who, at 35, looked as if he might never hit it big. Now, without a journalism background or media-giant bankroll, he is mentioned in the same sentence as big-shot tech journalist Walt Mossberg and venture capitalists John Doerr and Michael Moritz, two of the guys who backed Google. But Arrington is not only a self-made Silicon Valley rock star, he’s a textbook example of how to turn intelligence, tenacity, and arrogance into an Internet brand. “He’s become an icon and done it in record time,” says angel investor Ron Conway.

While mainstream media outlets have been scrambling to figure out how to make blogging work, Arrington has emerged as a blogosphere phenom. When he realized that no one was writing about the explosion in new consumer Internet companies, he began working 16 hours a day, seven days a week, to build an audience. Originally a solo operator, he now has a half dozen writers and researchers pumping out three to 10 posts a day in addition to maintaining an opinion blog called CrunchNotes, a gadget blog called CrunchGear, a classified-ad site called CrunchJobs, and a portable-computing blog called MobileCrunch. He says he has looked at, however briefly, more than 7,000 startups in two years and has written about nearly 500 of them. “I saw a parade,” he says, “and I got in front of it.”

Arrington’s longtime associate and mentor, Keith Teare, says he’s never met anyone with as much drive as Arrington has. He says it’s part of the reason Arrington has had so many employers — six (not including part-time consulting gigs) since graduating from Stanford Law School in 1995. Arrington always wanted more power and responsibility than his employers were prepared to give him, and he was never good at concealing his frustration — or any emotions, really — when he didn’t get his way. Arrington has ended many an argument with Teare by essentially declaring their friendship over. “Keith, we’re done!” Arrington will say, only to apologize the following day.

Arrington’s impatience extends to the niceties of traditional journalism as well. He sees no problem commingling the roles of entrepreneur, investor, publisher, reporter, and columnist. Most journalists work hard not to write about friends. They avoid covering people or companies that would create even the appearance of a conflict of interest. Arrington doesn’t observe any such boundaries. He’s better today at disclosing his conflicts than he was when he first started TechCrunch, but he’ll tell you that it is exactly those conflicts — and his refusal to pull punches in spite of them — that give him his competitive advantage. “One of my friends, Tom Ball, is mad at me because I just trashed his startup, Jigsaw. He’ll get over it — I hope,” Arrington says. “I’m an investor in a company called Daylife, and I shredded them.” He’s also happy to use his friends as sources. “When I broke the YouTube story, it’s only because I was online at 2 am, and a friend told me about it.”

Arrington’s four-bedroom ranch house sits on a 1-acre plot in Atherton, which is ranked number two on the Forbes 2006 list of the nation’s richest zip codes. But don’t be fooled; he’s not living large. The place is a rental — and it’s a dump. The kitchen looks like it hasn’t been redone since the ’70s, and the beige shag carpet badly needs a shampoo. One of the bedrooms is unfurnished save for a bed “where out-of-town entrepreneurs can stay if I like them,” Arrington says. Another bedroom is outfitted with a desk and a futon on the floor. His new CEO, Heather Harde, uses the room as an office during the day. His research assistant, Nick Gonzalez, often crashes on the futon on weeknights. Arrington’s office at the end of the hall looks like it belongs to a grad student: two computer monitors, papers stacked everywhere, a bottle of generic antacids.

The seeds of Arrington’s fascination with entrepreneurs were planted during his years as a young corporate attorney. Not long after graduating from Stanford Law School in 1995, he joined the Valley’s premier high tech law firm, Wilson Sonsini Goodrich & Rosati. He specialized in helping companies prepare for initial public offerings. He even coauthored a book on the subject. He was, by his own account, “an exceptionally average attorney,” but he always loved hanging around startups. “Entrepreneurs are crazy,” he says admiringly. “It makes no sense to quit a job as a lawyer or an investment banker making $200,000 a year to take a one-in-ten chance of getting rich.”

In 1999 — at the peak of the Internet bubble — Arrington took just such a chance himself. He left the law firm and went to work as head of business development at Real Names, a hot startup with an idea that seemed sexy at the time: Replace long, nonintuitive Internet addresses with simple, natural-language entries. Teare was the Real Names founder and CEO, and Arrington was captivated by both the idea and the entrepreneur.

The hoped-for IPO riches never came. Instead, the Internet boom went bust, taking Real Names down with it. But instead of going back into law like a lot of boom-time washouts, Arrington jumped to another startup: Achex, a service that promised to make online money transfers a snap. That didn’t work out very well either. A little upstart called PayPal swooped in to dominate the sector. The Achex founders ended up selling the payment architecture to a financial services firm for $32 million. “I made enough to buy a Porsche. Not much more,” he says.

He spent the next three years living in England, Denmark, Canada, and Los Angeles working for companies that bought and sold domain names. It was easy work for a generous paycheck, and by the middle of 2004, with a few hundred thousand in the bank, he rented a beach condo in LA and took nine months off. “All I did was work out, surf, and watch movies,” he says. “I watched almost every movie at Blockbuster — three a day for a year.” But in 2005, Teare told him he was starting an online-classified site called Edgeio. The idea was to compete with craigs­list. Arrington was intrigued, and the two again struck up a partnership.

The invention of TechCrunch happened pretty much by accident. Arrington started blogging as a way to get up to speed on new business models. “Remember, I was gone in 2004 when Flickr came out and Bloglines and all the cool new Web 2.0 stuff,” he says. “So half my day was spent researching old startups. I figured at the very least I’d use it as a networking tool.” Instead, TechCrunch became so popular, so fast, that Arrington quit Edgeio less than six months after he started working there.

To drum up excitement for the blog, he started hosting barbecues at his house in Atherton. The first attracted only 20 guests. But the second drew 100, and the third 200. For the fourth, he put up a tent in his backyard, and more than 500 people came. Before long his wild parties, which lasted into the wee hours, became a major stop on the Valley social circuit.

Of course, Arrington’s success is about more than partying like a frat boy and schmoozing like a Hollywood agent at a cast party. With the exception of a three-week vacation (during which he worked half-time) at the end of 2006, he says he has worked every day for two years straight. He gets up at about 10 or 11 am, is at his desk 10 seconds later, and tends to the business side of his operation until early evening, seeing entrepreneurs, doing phone interviews, tracking the news of the day, and writing posts. He’s often at parties or other events until 10. It’s typically not until 10 or 11 pm, when things quiet down, that he has time to think and write more thoughtful, analytical blog entries. “I’ve actually cut back,” he says. “In the beginning, I got up every day and worked until I passed out. I’ve always been like that. It’s probably why I’m not married yet.”

Arrington relishes the rough-and-tumble of online feuds, comment wars, and one-upmanship. And as an A-list blogger, he’s obliged to wade into controversy most every day. Online and in person, he can be intimidating. At 6’4″, he projects a persona somewhere between an aging linebacker and Tony Soprano — a large man always on the verge of losing his cool. Indeed, a couple of his online tantrums have become legendary.

Last fall, for example, he was pilloried by journalists during a panel discussion in Washington, DC. They trashed him for saying that a New York Times technology story was so flawed it could only have been “generated from back-scratching or lack of understanding of the product.” He blasted back with a 1,200-word rebuttal on his blog, ranting about how he’d been sandbagged and how the mainstream media was out to get him. “It’s the first time I addressed ‘real’ journalists head-on,” he wrote. “And all I saw was fear, loathing, and disdain.”

The cluelessness and arrogance of major media outlets is a favorite talking point. Arrington is especially enraged by journalists who follow in his wake without credi­ting him. He keeps a mental list of such offenders. “Two weeks ago, I broke the news that Microsoft and Tellme were in acquisition discussions,” he says. “Yesterday CNET writes a post. I know the writer reads TechCrunch. She didn’t even mention it.” He vowed never to link to another CNET story, but he has since said that he was exaggerating.

Earlier this year, while attending DEMO, the annual tech conference for entrepreneurs, he announced on his blog that he planned to create a competing conference — this while he was sitting in the audience connected to the Wi-Fi network. “They stole one of my writers, so I was pissed at them,” he says of the DEMO organizers.

He even lost his cool over this story. In April, two of his friends — Jason Calacanis, who started Weblogs Inc. and sold it to AOL, and Dave Winer, who is considered the father of RSS — blogged about my emails to them seeking phone interviews. Titling his post “With friends like these,” he scolded them for blowing a great opportunity for him. He was worried that Wired would kill this story because of the advance publicity.

Arrington readily admits that he’s prone to excess and uncontrolled outbursts — of temper, partying, and work. But it’s that very quality that has helped make him one of the most compelling Silicon Valley heavyweights in a long time. He doesn’t deny that some of the fits of anger are for show, but he also insists that he’s just a passionate, emotional guy. “I’m human. I’ve put my entire life into this blog, and when I’m attacked, it’s emotional,” he says. “I’m going to react sometimes — that’s just me. Does that mean I’m flawed? Yeah. Does that mean I’m not being 100 percent efficient about business? Yeah. But it really hurts when people attack me, and I think people who don’t respond aren’t very human or very interesting.”

To bring some balance to his enterprise, he hired Harde, a former mergers-and-acquisitions specialist for Rupert Murdoch’s News Corp. He says she is as steady as he is volatile. And if he’s going to make TechCrunch into the media empire he envisions, he knows that he needs someone like her to run things.

Already, he’s laying the groundwork for a whole stable of clued-in, hard-driving news blogs: MusicCrunch, SoftwareCrunch, TelecomCrunch. “The goal is to have 15 to 20 sites 18 months from now,” he says . He plans to hire popular bloggers and create a home­page with the best news from each site to draw readers. From there, they could drill into each topic in more depth. His aim is to become the premier technology news site on the Internet, one that goes head-to-head with CNET and potentially with other technology news sites, including Wired.com. Arrington figures he can get by with just a few dozen employees. “With 25 to 30 paid writers against CNET’s huge cost base, they won’t be able to compete,” he says.

It’s a crapshoot, to be sure. But there is some precedent for turning a string of blogs into a business success. Calacanis sold his blog fiefdom two years ago for $25 million. And based on pageviews, it’s estimated that Nick Denton‘s Gawker Media — which includes Gawker, Lifehacker, Valleywag, Gizmodo, Wonkette, Defamer, and a half dozen other blogs — could fetch more than $100 million.

Arrington is clearly in that league, and he’s counting on Harde to help him win. “If we need to make acquisitions, she can do that in her sleep,” he says.

But it’s one thing to be an opinionated entrepreneur with a platform. It’s another for Arrington to replicate his investor- entrepreneur-journalist model at dozens of sister publications.

Some TechCrunch readers, like Reid Hoffman, founder and former CEO of Linkedin, believe that Arrington may need to decide whether he wants his new blogs to be stocked with journalists working from the outside or players working from the inside. When you combine the two roles, Hoffman says, no one knows how to behave around you: Are you a journalist or a power broker?

Arrington says it’s a false dilemma. He and his new bloggers can straddle this line forever, he says, as long as they disclose their conflicts. “I strive to be fair and say only what I believe the truth to be. But that’s where it ends,” he wrote last year in an 800-word post on his companion blog, CrunchNotes. “Human interaction is simply too complex to pretend that we are all objective.” Like the capitalist he is, Arrington trusts the market to reward or punish him as it sees fit. If readers and advertisers keep coming back — so far, so good — what’s the problem? And if the market shifts, expect to hear it from Arrington first.

lecturas de fin de semana [ 27 ] / ‘hay que abrirles campo’

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, que fue uno de los jurados de la convocatoria Bogotá 39 —a la que me referí a finales de abril y a mediados de mayo—, publicó en la página de cultura de Página/12 un artículo sobre la actualidad literaria latinoamericana y sobre lo que presupone la escogencia de 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años teniendo en cuenta la sensibilidad de nuestra época y la influencia de las nuevas tecnologías de la información sobre ésta.


Hay que abrirles campo

Por Héctor Abad Faciolince


La literatura no es como el deporte o la farándula, donde la juventud es un requisito esencial: dejas de ser joven y dejas de ganar carreras y de aparecer en MTV. La actualidad literaria de algunos octogenarios (Saramago, Gordimer, Szymborska, García Márquez) así lo demuestra. La literatura es un larguísimo maratón que dura toda la vida, no una carrera de cien metros planos. Sin embargo, este oficio tampoco puede estar dominado por una gerontocracia que define los nombres y los gustos. Como el mundo cambia tan aceleradamente en los últimos decenios, expresar las sensibilidades del presente requiere una constante renovación generacional. En El amor en los tiempos del cólera las relaciones amorosas avanzaban a través de mensajes enviados por telégrafo. Un amor de hoy va por mails, por teléfono, chat, sms, emoticones y melodías que viajan de celular a celular… De esa otra sensibilidad el portavoz difícilmente será alguien que sólo escribe a máquina. Mark Twain fue un pionero, el primer novelista que entregó a las editoriales sus libros escritos a máquina. Algunas cosas cambian y otras permanecen. Los sentimientos quedan, hasta las palabras para expresarlos se repiten, pero el medio y la sensibilidad se renuevan.


Para que nos cuenten cómo es eso, o si no hay ningún cambio, se juntan y se convoca a los escritores más jóvenes de América latina que ya hayan publicado al menos un libro destacado. La revista Granta lo hace en Inglaterra y en Estados Unidos. De vez en cuando publica antologías con límite de edad, en narrativa (y podría hacerse también en poesía), para esquivar la tiranía de los ancianos de la tribu. Queremos ver qué proponen los nuevos. Hay que abrirles campo. Además, en este caso, se mantienen así abiertos los vasos comunicantes entre los países latinoamericanos. Si los políticos y la economía no unen a nuestros países, al menos la cultura tiene que tener ese poder vigoroso de borrar nuestras fronteras, que son mucho más artificiales que reales.


La geografía, la historia, la lengua compartida nos obligan a estar juntos, a enriquecernos con las ideas, hallazgos e iniciativas del vecino. Aprender consiste en intercambiar, en crecer gracias a lo que al otro se le ocurre. Ponemos a circular ideas, estilos, propuestas literarias. Eso queremos. Que haya una gran reunión de 39 jóvenes escritores latinoamericanos menores de 39, dentro de unos meses en Bogotá. Esperamos que el jurado haya tenido buen olfato, dentro de otros 20 años nos juzgarán a ver si lo tuvimos o no. Si entre estos 39 narradores no hay un gran escritor, uno solo, dentro de 20 años entonces habremos fracasado en el intento, y ojalá ya no estemos aquí para pagarlo. Pero también dependemos de los vasos comunicantes que nos ayuden a crear el periodismo, las editoriales, los agentes, los lectores, los privados. Tratamos de ver todo aquello que se nos propuso con un espíritu abierto, amplio y generoso, más atento a los valores literarios que a los publicitarios.


¿Qué encontramos? Una serie de islas, un archipiélago con leves aires de familia: narrativa urbana, sexo, drogas, pero también historia. Prosa nerviosa, algo histérica, pero también morosa y preocupada por la contención formal y el cuidado de las palabras. No quisimos privilegiar ningún estilo. Nos dejamos guiar por el propio gusto, pero también por los gustos ajenos, pues no podemos saber si platos que nos parecen hoy ásperos al paladar, serán los preferidos de mañana.

Sábado, junio 23, 2007 categorizado bajo lecturas de fin de semana, literatura colombiana

lecturas de fin de semana [ 26 ] / la colombia de ricardo silva

Aunque no he leído ninguna de sus novelas, conozco a Ricardo Silva desde la víspera de la publicación de la primera de ellas cuyo título es Relato de Navidad en la Gran Vía y he sido un asiduo lector tanto de los cuentos suyos que han aparecido en distintas antologías como de sus crónicas y columnas que han sido publicadas en diversas revistas. Además de ser un lector y un escritor juicioso, Ricardo tiene un espíritu crítico que, a diferencia del de la mayoría de los escritores colombianos contemporáneos a él, se basa tanto en una actitud ecuánime y respetuosa como en un sentido del humor elegante y agudo.

En la edición de junio de la revista Soho, la columna ‘Lugares comunes’ de Silva representa un ejemplo de reflexión y sensatez excepcionales en medio de la polarización y la irracionalidad que se vive desde hace varios años en Colombia —que han dado origen a un patrioterismo, a un fanatismo y a un mesianismo exacerbados que resultan peligrosísimos y que a mí me producen un susto terrible—.


Colombia

Me niego a decirle “Gabo” a Gabriel García Márquez. Me niego a aceptar que Amparo Grisales es nuestra gran diva.

Por: Ricardo Silva Romero


Me gusta esa frase que uno encuentra en las puertas de las neveras: “La casa está donde está el corazón”. Me gusta la idea. La entiendo. Estoy de acuerdo. Cada día me parece menos posible hablar de “el amor”, “la felicidad” o “la patria” así como así, como abstracciones, como cosas que lo están esperando a uno en algún lugar del mundo. Sospecho que nada queda afuera. Que lo esencial sí es visible a los ojos. Que lo que llaman “el amor” en verdad es la capacidad de aliviarle la vida a una persona. Lo que llaman “la felicidad” no es un punto final sino un paréntesis. Y lo que llaman “la patria” no es un club sin requisitos (aparte, claro, de un orgullo insensato), sino el sitio al que uno llega cada noche: la gente a la que uno quiere contarle qué tal estuvo el día. Yo, quizás por deformación profesional, solo creo en lo concreto. Y si me hablan de Colombia, si me preguntan por qué sigo viviendo en el mismo apartamento, lo primero que me viene a la cabeza es que solo acá puedo irme a pie a ver a mis personas favoritas.

Yo no vivo en el país que aparece en los periódicos. Yo vivo en mi barrio. Y solo aspiro a que me dejen a hacer los recorridos por mi Bogotá, la pequeña Bogotá que alcanzo a recorrer de lunes a domingo, como si todos cupiéramos en esta esquina del planeta. Estoy bien acá. Les doy la mano a los conocidos que me encuentro por el camino. Cambio de rutas para no ver las mismas grietas en el piso. Y dirijo todo mi odio al perrito insomne de mis vecinas. Estoy tranquilo en este lugar, sí. Pero me siento muy lejos de esa Colombia en la que tantos políticos le han vendido el alma al demonio, tantos artistas se han dejado convertir en héroes nacionales y tantas personas han mentido en vivo y en directo sin siquiera avergonzarse. No, no quiero salvar al país ni quiero que el país me salve. Me conformo con cumplir las reglas. Con pasarles al teléfono a las cinco personas que me han tocado en suerte. Y con escribir estas cosas que escribo con las comas, los puntos y las tildes en sus sitios.


Qué puedo hacer: me siento lejos de esa Colombia que cada vez parece más un producto exótico. Abro las páginas del periódico con la sensación de que esa, la de la prensa, la de la televisión, la de la radio, no es una patria sino una casa en ruinas plagada de fantasmas: que el último que salga cierre la puerta con seguro, digo yo, que la empresa no se llame más Colombia sino cualquier cosa que signifique algo mejor.


No, no soy de allá. Me niego a decirle “Gabo” a Gabriel García Márquez. Me niego a aceptar que Amparo Grisales es nuestra gran diva. Me resisto a pelear con uno que aún le tenga fe a Álvaro Uribe Vélez. Me agota el gobierno. Me da vergüenza ajena la oposición. Me declaro insensible al hecho de (me da exactamente lo mismo) que Fernando Vallejo quiera devolver la cédula en la embajada más cercana. Me da cierta vergüenza —aunque se me pasa rápido— que me dejen frío esas noticias sobre colombianos que triunfan en el exterior. Y me reservo el derecho a no sentirme representado por Andrés López, por Juan Pablo Montoya, por Shakira. Que les vaya bien a todos. Que sigan siendo la punta de un iceberg que se derrite día por día. Pero que a nadie le sorprenda si me río de otras cosas, si estoy pendiente de otros héroes, si llevo con el pie izquierdo el ritmo de otras canciones.


No sé. Quién sabe. De pronto se me vuelva a salir, en el futuro, una nostalgia insostenible por la inteligencia de La luciérnaga, el sabor de las chocolatinas Jet, la inteligencia muda del Pibe Valderrama, la discreción ejemplar de Lucho Herrera, las columnas precisas de Antonio Caballero, las canciones torturadas de Guillermo Buitrago. De pronto descubra, en unos años, que incluso me hacen falta las cosas que no me gustaban en la infancia. Tal vez en unos años se me agüen los ojos cuando oiga la voz de William Vinasco Che. Que no es, ahora que lo pienso, un buen ejemplo. Pero hoy estoy convencido de que si dejara de ser el hijo de mis papás, si ya no les hiciera la vida más fácil a las personas que quiero (si, por ejemplo, me sintiera su dueño), me iría sin ningún problema a cualquier lugar en el que me dejaran ser este que soy.


¿Suena raro? ¿Suena absurdo? Estoy diciendo que voy detrás de mi corazón. Y que donde lata queda el país en el que vivo.

Domingo, junio 17, 2007 categorizado bajo best sellers, feria del libro de madrid, lecturas de fin de semana, librerías

lecturas de fin de semana [ 25 ] / ‘feria del libro de madrid’

Rafael Reig escribió en el número del pasado 13 de junio de El Cultural una crítica a la Feria del Libro de Madrid que plantea una reflexión que termina cuestionando no sólo el sentido que tiene que las librerías vendan en sus stands lo mismo que en sus locales, sino también lo efímero que es actualmente el ciclo de vida de los libros en éstos.

Feria del Libro de Madrid
por Rafael Reig


Han sido vistas las diligencias seguidas contra la Feria del Libro de Madrid y ha sido probado y así se declara como:

Hechos probados

1.- Que entre el 25 de mayo y el 10 de junio hemos padecido en Madrid la 66 Feria del Libro. Ítem más: que el número de casetas de dicha Feria sobrepasa ya las 340. En el año 1963, por ejemplo, eran sólo 120. Ítem plus: que también se desarrollaron en estas fechas más de 300 actos culturales. Ítem: para visitarla hay que recorrer varios kilómetros.

2.-Que en la Feria del Libro de Madrid, si no llueve a cántaros, el ciego sol se estrella en las duras aristas de los libros, llaga de luz la piel de los lectores y flamea en las puntas de los abanicos. Ítem plus: cuando se empieza a estar a gusto, a eso de las nueve y media, cierran las casetas sin misericordia.

3.-Que de las dichas 340 casetas (con 362 expositores): 114 son de librerías. Y de esas 114 sólo 56 son de librerías especializadas. Las otras 58 son librerías generales y en casi todas ellas sólo hay los mismos veinte libros de más venta.

4.-Que el número de firmas de autores en dicha Feria se cuenta por miles e incluye desde Cocinar con Thermomix a Las caras de Bélmez.

Fundamentos de derecho

Los hechos probados son constitutivos de un delito de ensañamiento mercantil con la agravante de alevosía horaria. La Feria del Libro es una inmejorable oportunidad para acceder al fondo de muchas editoriales, ya que lo habitual es que no se encuentre en las librerías. El ciclo de vida de un libro es de una duración semejante al del mosquito o al de la lombriz. Muchas novedades son devueltas al editor sin haber llegado siquiera a abrir las cajas. Otros libros resisten unos cuantos días en la mesa, antes de “enseñar el lomo” en la estantería, señal agónica que precede a la inmediata devolución. La inmensa mayoría, sin embargo, desaparece a las tres semanas y el espacio en las librerías y grandes superficies se dedica siempre por entero a los mismos veinte libros más vendidos (y más promocionados, por supuesto). ¿Qué sentido tiene, por tanto, exponer en múltiples casetas los mismos veinte libros que están en todos lados y obligar así al lector a gastar suela de zapatos bajo el sol o la lluvia? ¿No sería más sensato limitar la Feria a librerías especializadas, instituciones y editoriales? Resulta evidente el dolo y malicioso ánimo de lucro con el que las librerías y grandes superficies infligen al visitante de la Feria varios kilómetros de más para obligarle a adquirir allí los mismos volúmenes que puede comprar cualquier otro día del año en todos los grandes almacenes y centros comerciales. Un libro de los años ochenta, en cambio, es difícil de encontrar; un mapa del Instituto Cartográfico también, igual que una obra editada por un organismo oficial. Para eso debería estar la Feria del Libro, aunque el ánimo de lucro la haya reducido a simple herramienta para multiplicar más aún las ventas de los mismos veinte “libros más vendidos”. Otrosí: las firmas de libros son una gran ocasión para ver en persona a los autores y que éstos conozcan a sus lectores. Sin embargo, ¿es de verdad tan indispensable firmar cualquier libro, desde un manual de sintaxis guaraní hasta unos comentarios al Código Penal? Otrosí: ¿por qué no es posible, cuando empieza a refrescar, tomar una tortilla de patata en un merendero, con una cerveza helada, y seguir comprando libros bajo la luna propicia? Sólo el malicioso propósito de hacer sufrir al lector las inclemencias meteorológicas explica el estrambótico horario de la Feria y la inexistencia de al menos un fin de semana en que estuvieran abiertas las casetas hasta la medianoche, incluso aunque como compensación cerraran todos los martes.

Acuerdo
Que debo condenar y condeno a la Feria del Libro de Madrid, como autora de un delito de ensañamiento comercial, a la pena de reducir el número de casetas en su próxima edición, eliminando las de las librerías generales y grandes superficies. Otrosí: deberá abrir hasta las doce la noche al menos dos sábados, con farolillos de verbena y con instalación de merenderos a precios razonables.

Así lo pronuncio, mando y firmo.

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