desdigitalizar la agenda
A lo largo de los últimos meses me he propuesto varias veces escribir menos sobre e-books, dispositivos de lectura en pantalla o plataformas de comercialización de contenidos digitales en [ el ojo fisgón ]. Sin embargo, casi siempre mis intentos de ocuparme de otros temas han sido fallidos porque al final en la mayoría de mis últimas entradas he terminado comentando aspectos relacionados con todas estas cosas. Es como si me resultara imposible abstraerme y contagiarme del alboroto y de la euforia que ha producido el anuncio de la llegada a España de Amazon, Kobo, Google ebookstore, iBookstore y las demás plataformas de comercialización que vengan más adelante.
Es verdad que lo digital ya no forma parte del futuro del sector editorial sino de su presente, que darle la espalda a este fenómeno significa negarse a aceptar una realidad inminente, que en nuestro medio tanto la oferta como las ventas de e-books han crecido en el último año, que casi cada día estamos siendo testigos de la aparición de proyectos interesantes en el campo de la gestión de contenidos digitales, que en este terreno todavía hay mucho por explorar y descubrir, que en él todo está por hacerse y que aún nos queda un largo camino por recorrer. Vale, estoy de acuerdo.
Tengo la sensación de que al centrar una buena parte de nuestra atención en lo digital estamos tendiendo a desatender diversos temas relacionados con la realidad y el quehacer de los distintos actores del sector editorial de los que veníamos ocupándonos cuando la llegada de los e-books, de los e-readers, de las tablets y de las plataformas de comercialización de contenidos digitales a nuestro medio se veía como un escenario lejano, improbable e inviable. Me refiero a temas como la coexistencia de la concentración entre la propiedad de la industria editorial y el boom de la edición independiente, el rol de los distintos actores de la cadena de valor y las relaciones entre éstos, las tendencias literarias y del mercado, el papel de las librerías como dinamizadoras culturales y de los libreros como instancia de prescripción, los tipos de libros que mejor se están vendiendo, los géneros literarios y temas que gozan de una mayor popularidad, las condiciones que favorecen y dificultan la circulación del libro, las cifras de ventas de libros, el lugar que ocupan la crítica y los espacios dedicados a los comentarios sobre libros en los medios tanto generalistas como especializados, las motivaciones de los lectores y los hábitos de lectura de éstos, la importancia de las bibliotecas y la formación de los profesionales de los oficios de la edición.
¿Será que la “novedad” de lo digital nos está llevando a olvidarnos de muchos otros aspectos que son críticos para el sector editorial o que por lo menos está impidiéndonos ver su importancia estratégica?
Quizás para poner las cosas en el lugar que les corresponde y juzgarlas en su justa medida en ocasiones valdría la pena no sólo dejar que el paso del tiempo nos permitiera tomar una cierta distancia frente a los acontecimientos que están ocurriendo, sino también abstenernos de especular tanto con respecto a eventos futuros en lugar de precipitarnos a lanzar juicios categóricos y definitivos —sean éstos entusiastas o apocalípticos— sobre procesos que no han terminado de desarrollarse o proyectos que se encuentran en estado embrionario y cuyos resultados en ambos casos aún son inciertos. En fin, creo que podríamos decir más acerca de lo digital hablando mucho menos al respecto —es decir, haciéndolo sólo cuando tengamos algo valioso y nuevo que aportar—.
Prefiero de lejos los análisis complejos, sesudos, densos y reposados de Mike Shatzkin, Julieta Lionetti, Joaquín Rodríguez y Manuel Gil o las curiosas observaciones y anotaciones de José Antonio Millán y Txetxu Barandiarán que los contenidos tipo publirreportaje de Publishing Perspectives, las noticias producidas por otras fuentes que algunas publicaciones de actualidad sobre el sector del libro fusilan o reproducen textualmente y los artículos mal documentados de la prensa generalista que contribuyen sobre todo a alimentar la desinformación.











@martingomez78