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viernes, junio 11, 2010 categorizado bajo cuentos, ficción breve, literatura latinoamericana, publicidad

fútbol

Envidio a la gente a la que le gusta el fútbol.

Desde que era chiquito el fútbol siempre me ha parecido aburrido. No sé si porque por herencia familiar fui hincha de un equipo perdedor —el Independiente Santafé, a.k.a Santafecito lindo— hasta que durante mi adolescencia tuve el carácter necesario para renunciar a mi filiación porque no quería seguir siendo el hazmerreír de quienes apoyaban a los equipos ganadores. O porque en el colegio siempre fui el jugador con el que ningún equipo quería quedarse. O porque mi incapacidad de concentrarme durante más de tres minutos en una sola cosa siempre me ha impedido seguir un partido completo. O quizás por todas estas razones a la vez. O al menos por un poco de cada una de ellas.

En fin, envidio a la gente para la que ver un partido es más importante que cualquier cosa, a los que se van a los golpes cuantas veces sea necesario por defender a su equipo por malo que sea, a quienes hacen y deshacen amistadas gracias al fútbol, a las personas que planean su tiempo en función de las jornadas futbolísticas, a aquellos que tienen su transistor de vigilante en la mesa de noche y que apenas se despiertan salen corriendo a ver el periódico, a quienes pertenecen a una hinchada, a la gente que quiere tener hijos sólo para ponerles la camiseta de su equipo, a las personas para las que cada partido es una pelea con su pareja, a los que no se van de fiesta los fines de semana porque al día siguiente a las 9.00 tienen partido y si llegan a emborracharse igual están pocas horas después dejándose el alma en la cancha o a esos para los que cualquier cosa que se les atraviese en el camino es un balón o un arco potencial y cualquier par de metros cuadrados un terreno de juego.

Cuando se trata de partidos importantes muchas veces termino yendo a verlos con los amigos que estén cerca pero más por reunirme con ellos a tomar unos tragos y a picar algo que por el juego en sí mismo. De hecho, más que lo que suceda en la cancha me interesa lo que pasa de este lado de la pantalla: la emoción, la angustia, el orgullo, la irritación, la decepción, el llanto, la rabia, etc. Me gusta ser partícipe de ese ritual y sentirme parte de él, así sea como testigo.

De hecho una de las cosas más bonitas que ha tenido mi cotidianidad durante estos cinco años que he vivido en Barcelona ha sido el contagio del espíritu culé a fuerza de estar inmerso en una ciudad en la que el Barça rompe muchas de las barreras que existen en ella, sobre todo las culturales que dividen a sus habitantes en ghettos.

Hoy empieza el Mundial de Sudráfrica 2010 y durante un mes envidiaré incesantemente a los amantes del fútbol hasta que quizás en algún momento me deje arrastrar por la euforia futbolera y termine entregándome a ella sin reservas.

***

Para que no me mate la envidia me sumo a la celebración de la pasión futbolera dejándoles tres recomendaciones:

“El Mundial en castellano”, el especial sobre el Mundial del blog Papeles perdidos:

– el spot del Mundial “Argentinos” —que pone en escena el estado de ánimo de estos tiempos de crisis— hecho por el canal de deportes TyC Sports de Argentina, que además de tener grandes escritores y futbolistas es una potente cantera de creativos publicitarios sensacionales:

– “El hijo de Butch Cassidy”, un bonito cuento de Osvaldo Soriano —de quien Planeta acaba de reeditar tres libros: Triste, solitario y final, A sus plantas rendido un león y Fútbol—:

‘El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.

Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos.

La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.

Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.

El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.

No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.

Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.

Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuanto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el télefono.

Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?

En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.

Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no habia ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.

A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.

Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.

Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.

Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.

El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.

En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.

Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.

La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detras de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.

En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.

Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiro a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.

Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.

Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.

En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesíastes, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dió por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.

Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.

Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había donde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.

A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.

En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.

William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches’.

***

Y pues nada: ¡ahora sí a disfrutar del Mundial!

sábado, noviembre 3, 2007 categorizado bajo lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 54 ] / secretos de un inédito de julio cortázar

Babelia publica en su edición de esta semana Ciao, Verona, un cuento inédito de Julio Cortázar que seguro hará las delicias de los estudiosos, de los lectores aficionados y de la crítica del escritor argentino. Como la publicación de versiones originales, works in progress inacabados o de material inédito de escritores fallecidos es un tema que me suscita curiosidad y sentimientos encontrados, a continuación reproduzco un reportaje sobre la historia de Ciao. Verona.

Secretos de un inédito

CARLES ÁLVAREZ GARRIGA 03/11/2007

Ciao, Verona, el relato oculto durante 30 años, desvela las sombras de Las caras de la medalla.

En la primavera de 1977, Alfaguara publicó en la elegante colección de cubiertas de color violeta diseñada por Enric Satué el libro de relatos Alguien que anda por ahí, de Julio Cortázar, cuya edición íntegra había sido prohibida en Argentina. Por primera vez se publicaba en España un libro inédito de narrativa del autor, y si bien éste era ya conocido en el país y en dicha ocasión se resignó al circo de las presentaciones y de las conferencias -algo a lo que años atrás se negaba en redondo-, el volumen fue recibido con tibieza o desdén por aquellos que no le perdonaban repeticiones formales (“Cortázar, pero menos”) o aquellos otros que no consentían que la política se entremezclara en sus textos (“¡qué lástima, un escritor que había empezado con tan buena letra…!”).


Al no saber muy bien qué decir sobre él, o no saber exactamente de qué trataba, qué ocultaba, todos pasaron de puntillas en especial sobre Las caras de la medalla, enigmática crónica de la relación -o, mejor, de la falta de relaciones- entre una mujer soltera y un hombre casado que trabajan en el Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (¡Cortázar hizo de traductor en el Organismo Internacional de Energía Atómica!); un texto de inquietante lectura donde el protagonista no es capaz de comprender el rechazo amoroso al que lo somete su compañera; un texto que parecía, como se lee en el último párrafo, una pesadilla de la que trató de despojarse mediante la escritura. También era enigmática la dedicatoria (“a la que un día lo leerá, ya tarde como siempre”), a la que se sumó después otro misterio mayor, el contenido en esta frase de una carta que Cortázar escribió al año siguiente a su amigo Jaime Alazraki, uno de sus mejores críticos:

“En Alguien que anda por ahí hay amargos pedazos de mi vida, por ejemplo Las caras de la medalla, cuya historia siguió y terminó en otro cuento muy largo que escribí hace meses y que entrará en otro libro, si libro hay; se llama Ciao, Verona, y fue tan duro de escribir como el otro”.


Por razones que no es éste el lugar para debatir, Ciao, Verona no fue incluido por Cortázar en los dos únicos libros de relatos que editó con posterioridad (Queremos tanto a Glenda y Deshoras), así que permanecía inédito y la única copia de la que hasta la fecha se tenía noticia, conservada en la Universidad de Tejas, estaba prácticamente olvidada; prueba de ello es el hecho de que no se incluyera en el volumen de los cuentos con que se inició recientemente la edición de las obras completas.


El examen de los documentos del legado que Aurora Bernárdez, viuda y albacea del escritor, donó a Carmen Balcells en febrero de 2007 para que fueran integrados a la colección de manuscritos de Barcelona Latinitatis Patria, ha permitido el descubrimiento de otra versión original, mecanuscrita con correcciones manuscritas de inconfundible caligrafía cortazariana, de este “cuento muy largo” (diecisiete páginas), quizás el último acabado y de innegable importancia que pueda llegar a encontrarse entre los inéditos del autor.


En una de las clases que dio en 1980 en Berkeley, California, Cortázar completó aquella famosa comparación suya según la cual la novela es al cine lo que la fotografía es al cuento, diciendo que las fotografías más reveladoras no eran, para él, aquellas de perfecto encuadre sino “aquellas en que por ejemplo hay dos personajes con un fondo de una casa y luego, quizá a la izquierda, donde termina la foto, hay la sombra de un pie, de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a nuestra imaginación para decirnos qué había allí después. La atmósfera que se proyecta fuera de la fotografía, esa aura de misterio, guarda una especie de vibración que me parece indispensable para la realización del cuento memorable, que el lector transforma luego en la memoria y en admiración”.


Con la lectura del por treinta años inédito Ciao, Verona, el lector sabrá a qué correspondía la sombra de Las caras de la medalla y, al mismo tiempo, podrá imaginar otras atmósferas, otras sombras no menos inesperadas.

sábado, septiembre 1, 2007 categorizado bajo ficción breve, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 44 ] / "el microrrelato es la quintaesencia narrativa"

Reproduzco la siguiente entrevista a José María Merino, publicada en la edición de hoy de Babelia, a propósito de la publicación de su antología de microrrelatos La glorieta de los fugitivos.

“El microrrelato es la quintaesencia narrativa”

Winston Manrique Sabogal 01/09/2007


Los minicuentos brotan en todo el mundo. Son un redescubrimiento que ensancha la literatura a través de la experimentación. José María Merino es uno de los mejores exponentes de este arte que promete la máxima intensidad en la mínima extensión. Piezas escurridizas que basan su éxito en el movimiento. La Patagonia se prepara para el V Congreso Internacional de Minificción 2008.


Entre las estanterías de libros asoma un hombre vestido de marinero que enciende un cigarrillo, escoltado por un sol rojizo y perfecto. Es la herencia más disputada en casa de José María Merino (León, 1941). Un póster de Corto Maltés que compró el escritor en los años cincuenta cuando leía cómics como éste, y que lo acompaña en su despacho.


De azul marino, como Corto Maltés, está vestido este poeta, novelista y cuentista que abre la temporada literaria con La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma), una antología y varios inéditos de un género que ahora germina por todos lados: el microrrelato. Un universo que Merino muestra en esta entrevista en la que recuerda cómo estas piezas han pasado de puntillas por la historia de la literatura y para la mayoría de los lectores. Pero practicada por muchos de los grandes escritores como vía de experimentación y ampliación de los territorios literarios. De fronteras movedizas, lo que sí rodea a este género es una comparsa de alegres nombres que encabezan microrrelato, minicuento y minificciones, mientras le siguen minihistorias, cuentines, cuentos cuánticos, nanocuentos, cuentos bonsái… Y por la vida que llevan dentro bien podrían ser pigmeocuentos.


PREGUNTA. ¿Por dónde llegó a los predios del microrrelato?


RESPUESTA. Por el camino del experimento. El microrrelato abre nuevas posibilidades expresivas. Posee una relación inversamente proporcional entre extensión e intensidad. Yo, que escribo novela y cuento, sé que este género lleva esa regla a sus últimos términos. Mucha intensidad en poquísima extensión. Los primeros microrrelatos que hice fueron de encargo. Hubo un libro estupendo de Alfonso Fernández Ferrer, La mano de la hormiga, de hace unos 15 años, y me invitó a que le escribiera tres. Y descubrí ese mundo.


P. ¿Les dio muchas vueltas?


R. Pues sí. Aquello no es el esquema cortito de un cuento más largo. Tiene que ser en sí mismo el cuento exacto. Luego colaboré en la radio con cuentos de dos minutos sobre una noticia. Es un género que ofrece oportunidades de expresión que no están en otro sitio. Es una tradición antigua y de todas las culturas.


P. Pero es en el siglo XX cuando empieza a salir del anonimato.


R. Es a partir del simbolismo y el modernismo. En lengua española el papel de Rubén Darío y Julio Torri es fundamental, son los primeros experimentadores, por herencia del simbolismo francés. Con sus pequeños poemas en prosa descubrieron que en breve espacio se podía hacer algo inhabitual.


P. ¿Cómo descubrir el néctar de la narración?


R. Si aciertas. Hay gente que piensa que en el microrrelato vale cualquier cosa. Pero el hecho de que un texto de ficción sea breve no quiere decir que sea un microrrelato. Tiene que tener sustancia, movimiento, por poquito que sea. Por supuesto que está muy cercano al aforismo, a la poesía, pero con movimiento. Es una quintaesencia narrativa, capaz de moverse y cambiar desde el principio hasta el fin. Ofrece una mudanza.


P. ¿Dónde estaría la frontera con la greguería, el aforismo o las frases lapidarias?


R. El movimiento es lo que lo distingue, y una cierta voluntad metaliteraria. Hay un libro de Marco Denevi de relatos eróticos (El jardín de las delicias. Mitos eróticos) que son juegos y juegos, y vueltas y revueltas sobre temas clásicos. Lo que significa que necesita a veces un lector refinado, enterado.


P. Fuera del ámbito hispánico ¿de dónde proviene este renacer?


R. Tiene mucha relación con Kafka porque, dentro de la cultura del siglo XX, él descubre unos textos breves, intensos y misteriosos. Microcuentos antiguos que tienen que ver con la anécdota tradicional. Luego da una pequeña vuelta para ser más sintético. Otra característica es que el microrrelato deja al lector una parte importantísima del trabajo.


P. Lo involucra para que termine la historia.


R. ¡Claro! Eso también es un tema del cuento. Quizá tal vez tenga menos lectores que la novela porque obliga a colaborar mucho. Eso es lo gozoso de un buen cuento, lo que tú pones de tu parte. Pero eso al lector común no le hace mucha gracia. Él pide que le expliquen todo.


P. Aunque corre el riesgo de ser demasiado especializado.


R. Está llegando a ser muy intraliterario. Me hace gracia cuando a veces escucho en algún congreso -que está habiendo muchos- que hay relatos sobre relatos sobre relatos. Es para gente lectora. Por eso muchas veces se hacen concursos de microrrelatos y aparecen textos que indican que ese autor nunca ha escrito un microrrelato en su vida. No sabe lo que es. Muchos piensan que la brevedad lleva implícito este género. Y que el valor está en lo breve.


P. Son como primos del haiku o la greguería.


R. Hay haikus y greguerías que son microrrelatos, pero no todos. El año pasado en el congreso de Neuchátel (Suiza) hubo severas discusiones para identificarlo y describirlo. Pero es el lector quien lo identifica. Tú lo lees y dices: “¡Qué bonito!, aquí hay narración e historia en poquísimo espacio. Tiene gracia, es original”. Pero la originalidad no quiere decir que sea un microrrelato. Uno de los problemas de la denominación viene en la dificultad ontológica, del propio ser. La verdad es que no sabemos. Podemos decir que son pequeñas piezas escurridizas.


P. España empezó a vivir a finales del siglo pasado un auge del cuento y en este siglo del microrrelato. ¿A qué atribuye este renacer?


R. Aquí existe el cuento porque hay unos cuantos que nos empeñamos. Al fin y al cabo llevamos 800 años escribiendo. Esa tradición está ahí. Los editores apuestan por el cuento pero no con la franqueza que con la novela, al tiempo que los lectores la prefieren. Tal vez a partir de mi generación, porque la gran generación del cuento español fue la de los cincuenta, la de Jesús Fernández Santos, Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile o Carmen Martín Gaite; y luego hubo más pero no tan acendradamente dedicados al cuento. Lo de mi generación es sorprendente porque Luis Mateo Díez o Juan José Millás y yo, le dedicamos al cuento mucho interés. Es a partir de la transición que parece haber una vuelta al cuento.


P. ¿Y del microrrelato?


R. Se puso de moda por El dinosaurio, de Augusto Monterroso. La gente empezó a mirar esto de la brevedad
de otra manera. Produjo una cantidad de textos absurdos, como en todo, pero bienvenido. En España ha habido gente explorando en ese territorio de tiempo atrás como Gonzalo Suárez, Javier Tomeo o Millás. Donde hay un gran interés es en Latinoamérica. Hay un renacer en todas partes, hasta en Nueva Zelanda.


P. ¿Es verdad que el cuento es apropiado para estos tiempos de prisas? ¿Y el minicuento?


R. Es un tópico. Para disfrutar de la literatura hay que tener una formación. Y el lector común no es formado en el cuento, porque por las cosas que no enseña, que no descubre, requiere un lector con gusto que descubra y aprecie en pocas páginas algo que le encanta. Un buen microrrelato es imborrable.


P. Como la pintura o la escultura, el placer de mirar y volver para observar y contemplar.


R. Algo así. Porque aunque se requiera poco tiempo para leer, lo que sí necesita detrás es un lector formado. Es como el poema, porque si fuera por tiempo todo el mundo tendría que leer poesía, pero no es así. Yo defiendo que en el sistema educativo la formación literaria debería jugar con el cuento. Ése es un gran camino para formar el gusto literario.


P. Además la minificción suele tocar temas atractivos como ese espacio fronterizo del sueño.


R. El juego fantástico es propicio para este género. Y el sueño es un universo que me interesa especialmente. Esa adscripción a lo onírico, esa sospecha de lo lírico, es otro de sus elementos, como el ingenio, la gracia y la precisión de las palabras. Y el humor, claro. Recuerdo una historia de Cronopios y de Famas, de Cortázar, que está lleno de microrrelatos, donde se juega con lo burlesco. La perspectiva irónica es otra arma, la que permite al lector completar eso que el autor no hace explícito.


P. En su microrrelato Ecosistema, que gira alrededor de un bonsái, narra la historia del mundo.


R. El microrrelato tenía algo de bonsái. Como un pequeño espécimen de jardinería literaria, que hay que hacerlo crecer en su dimensión en un espacio pequeñito. Siempre utilizo el cuento La esfinge, de Poe, para explicar la escritura. En él un hombre cree ver en una mariposa nocturna un dragón horrible subiendo por una montaña. Pues la mirada del escritor consiste en ver lo que no es ordinario. Eso es lo que hay que ver.


P. Uno dedicado a Mateo Díez es como una premonición, al narrar una invasión de minicuentos.


R. Ja, ja… Al final, es peligroso. En el Hay Festival de Cartagena de Indias, en enero pasado, leímos minicuentos y a la gente le gustó. El microrrelato, si comunicas, gusta. Establece cierta complicidad.


P. Sus microrrelatos conectan con la realidad desde la ficción con crítica y humor.


R. En mi estética, aunque generalmente son cuentos fantásticos, siempre parto de problemas de la realidad, cotidianos. No puedo remediarlo. Sobre el cambio climático o las guerras en Palestina… Me encanta esa posibilidad del microrrelato de que en muy poco espacio puedas decir mucho. Aunque es difícil, esa intensidad es lo que me gusta. La brevedad en sí no es un valor. Lo es el dar expresividad narrativa a un texto breve que ensancha la literatura.

sábado, agosto 11, 2007 categorizado bajo lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 40 ] / ‘nuevas armas para la novela negra’

Interesante artículo aparecido en la edición de hoy de Babelia acerca del auge de la novela negra y de las tendencias que aparecen en las obras de este género que se han publicado recientemente en España.


REPORTAJE: NUEVAS ARMAS PARA LA NOVELA NEGRA

Historias trepidantes en clave criminal

Rosa Mora 11/08/2007


La novela policíaca vive un auge indiscutible. Prueba de ello son los aires de renovación que se perciben en España, el esplendor de la nueva narrativa negra francesa o la aparición de nuevos autores suecos, en la línea marcada por Maj Söjwal y Per Wahlöö o Henning Mankell. Lo negro experimenta, además, una afortunada contaminación de otros géneros con resultados muy potentes.


Nunca como ahora se habían mezclado tantos géneros bajo la etiqueta de negra. Un librero de Barcelona, Paco Camarasa, de la Negra & Criminal, ha acuñado el término negro-criminal, pero la cosa va más allá de lo puramente negro o de lo policíaco. Las simples historias de investigación detectivesca están pasando a la historia, aunque seguro que también tienen partidarios. En cualquier caso, en este verano de 2007 hay un puñado de buenas novelas y sea cual sea la clasificación que quieran darle se perciben dos grandes líneas: las novelas duras, que exploran todos los aspectos de la violencia, de una violencia cercana y doméstica; y las historias, grandes o pequeñas, de lectura trepidante en clave negra.

En medio de todos, un escritor fascinante, el irlandés John Connolly, que desde que publicó Todo lo que muere parece que está escribiendo siempre la misma historia o, mejor dicho, hay una continuidad temática absoluta en sus novelas, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco y, ahora, El ángel negro, publicadas por Tusquets. Todas protagonizadas por el policía convertido en detective privado Charlie Parker, un hombre atormentado por el recuerdo de su esposa y de su hija asesinadas salvajemente. Ni siquiera su nueva familia impide que siga oyendo las voces del pasado y ese pasado es terrible, siempre vinculado a la religión, a sectas, al Más Allá tenebroso. Con personajes malvados y misteriosos, como el Reverendo Faulkner, antes, o el repugnante Brightwell, ahora, que parecen surgidos de otra vida. En El ángel caído, Connolly nos lleva del mundo de la prostitución y los chulos, de la desaparición y asesinato de jóvenes, a un monasterio cisterciense cerca de Praga, en el siglo XV, al osario de Sedlec, a la secta de los Creyentes. Una novela intensa, compleja, negra, histórica, religiosa.

En la línea dura, Walter Mosley es garantía. En su nueva entrega, Beso canela (Roca Editorial), encontramos de nuevo a su detective negro Easy Rawlins con una vida estable. Ha conseguido un trabajo fijo como jefe de conserjes de un instituto de Los Ángeles, ya posee licencia de detective y tiene una familia estupenda. Todo cambia cuando su hija cae gravemente enferma y necesita dinero. Está dispuesto a asaltar un furgón blindado o a lo que sea. Lo bueno de las novelas de Mosley es que siguen la evolución de una comunidad de negros desde su salida de Luisiana y Tejas, huyendo del racismo y la marginación, hasta California, donde siguen luchando por sus derechos. Ahora estamos en 1966.

A tener en cuenta también a otro estadounidense menos clásico, Harlan Coben, empeñado en destruir el sueño americano. En La promesa (RBA) hace casi una parodia: en una aparentemente idílica localidad cercana a Nueva York desaparecen dos muchachas en poco tiempo, las dos acaban de cumplir 18 años, las dos están embarazadas. Nadie sabe exactamente si se han fugado o las han secuestrado, pero los padres están muy nerviosos y todos van armados. Por si fuera poco, una ex estrella del baloncesto se siente obligado a intervenir en plan rescate apoyado por un amoral y multimillonario amigo.

El lío es fenómenal, casi cómico, pero en el fondo yace su habitual crítica al american way of life, a la competitividad para entrar en las universidades y al papel que representa el deporte en la universidad.


A la británica Susan Hill la comparan con P. D. James. Su policía, Simon Serrailler recuerda al comandante Dalgliesh de James. Si éste escribe poesía, Serraillier dibuja y expone. También como a James, le gusta explorar la muerte y la violencia afecta a las personas. En El peligro de la oscuridad (Edhasa), tercera novela de la serie de Serrailler, el policía se obsesiona con los repetidos secuestros de niños.


Cinco historias fabulosas


En la parte más ecléctica tenemos cinco gozosas lecturas. Novelas muy diferentes, todas con sus elementos de suspense, pero que trascienden el género negro y, casualidad, las cinco han sido escritas por mujeres. La gran sorpresa es Así vuela el cuervo (Lumen), de la canadiense Ann Marie MacDonald. Es un novelón de más de mil páginas, de estructura compleja y argumento muy bien trabado, que engancha. Desde la primera página sabemos que se ha cometido un asesinato, pero hasta la 452 no nos enteramos de que una niña, Claire, un día no volvió a casa.

Todo empieza en 1962 cuando la familia McCarthy regresa a Canadá. Jack, el padre, es militar y ha sido destinado a una base. Mimi, la madre, es encantadora y los hijos, Mike y Madeleine, estupendos. La novela se desarrolla a diversos ritmos, primero, muy despacio, luego, a mayor velocidad, a menudo, a través de los ojos de Madeleine. La imagen de familia feliz se va desvaneciendo. El profesor abusa de las niñas, entre ellas, Claire y Madeleine, que no se atreven a decirlo. Jack recibe el encargo de cuidar de un científico nazi que interesa a los políticos por sus conocimientos de física nuclear. En realidad, es un criminal y torturador nazi y se convierte en el gran secreto de Jack. La sombra de la II Guerra Mundial se percibe aún ominosa y ya estamos en la guerra fría. La crisis de bahía Cochinos enrarece el ambiente de la base.

La violación y asesinato de Claire trastoca por completo la vida de todos. Un joven de 15 años es detenido, juzgado y condenado a muerte. Es inocente. Jack lo sabía, pero no podía hablar porque estaba protegiendo a un nazi. Este silencio pesará sobre su vida y la de su familia para siempre. Así vuela el cuervo es la crónica de un desmoronamiento, pero también la de una resurrección.

También se devoran los libros de la alemana nacida en Shanghai Ingrid Noll. Es la autora/autor que más se parece a Patricia Highsmith, sólo que en vez de tener un personaje amoral como el fantástico Tom Ripley ha creado deliciosas mujeres amorales. Como Highsmith, Noll parte de hechos a cotidianos para convertirlos en sombras amenazadoras. En todas sus novelas se vive la sensación de peligro inminente. En Como una dama (Circe), dos amigas viudas, de 70 años, deciden vivir juntas. Lore es elegante, intelectual, tiene dinero, resulta fría. Anneliese es gordita, simpática, le encanta cocinar, comer y la jardinería. Sabe muy bien cómo combinar hierbas. Así se cargó a su marido y está dispuesta a utilizarla siempre que sea necesario. La convivencia apacible de las septuagenarias cambia cuando ambas se interesan por el mismo hombre. Los celos, los defectos de cada una, las intrigas, todo sale a la luz. Noll, una escritora que crea adicción, aprovecha esta peripecia para reflexionar sobre la invisibilidad de las mujeres mayores.

Las historias de la francesa Fred Vargas también son adictivas, aunque en sus novelas son casi más interesantes los personajes que las tramas. En Sin hogar, ni lugar (Siruela) reencontramos a Louis Kehlweiler, también conocido como el Alemán, y a sus amigos, la ex prostituta Marthe, y a los cuatro tipos que viven en un viejo caserón: Marc Vandoosler, medievalista que tras 12 años de desempleo trabaja como profesional de la limpieza doméstica; Vandoosler el Viejo, su tío, un ex policía; Lucien Devernois, especializado en la I Guerra Mundial, y Mathias Delamare, que es prehistoriador. Todos corren cuando Marthe pide ayuda para un protegido suyo no muy espabilado acusado de haber matado a dos mujeres.

El cuento número trece (Lumen), de la británica Diane Setterfield, y La pared vacía (Lumen), de la estadounidense Elisabetth Sanxay Holding (1889-1955), ya llevan meses en las librerías y varias ediciones, pero si no las han leído aún, háganlo, de verdad, valen la pena. La primera narra la vida de una escritora de éxito, Vida Winter, una historia de hermanas gemelas, de una niña fantasma y de una mujer muerta en un incendio 60 años antes. La pared vacía es la afortunada recuperación de Sanxay Holding, que cuenta cómo se trastoca la vida de una mujer de clase media cuando su hija adolescente se enamora de un gánster.


Como ven, hay donde elegir y más, pero si van a una librería encontrarán mucho más.

Nota: para ver todas las entradas de [ el ojo fisgón ] sobre el thriller, hacer clic aquí.

sábado, junio 2, 2007 categorizado bajo best sellers, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 19 ] / entrevista al escritor justo navarro

Hace dos semanas Babelia publicó una entrevista que le hizo María Luisa Blanco al escritor Justo Navarro a raíz del lanzamiento de Finalmusik. Reproduzco esta entrevista porque me parecen muy interesantes y agudas las reflexiones que a partir del argumento de su novela plantea el autor con respecto a la lógica del best seller, a la influencia que ejerce la literatura de masas sobre otros campos como la moda o el cine y al papel que juega ésta en las industrias culturales y del entretenimiento.

“No entender la lógica de los best sellers nos mueve a decir que son mala literatura”

Por María Luisa Blanco. 19/05/2007

Narrador, poeta, traductor y crítico literario, el escritor granadino, premio de la Crítica por su libro de poemas Un aviador prevé su muerte, publica Finalmusik. Una novela que parte de su propia experiencia en la Roma actual, y en la que con sentido del humor y su aguda visión crítica subraya algunas de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

Justo Navarro (Granada, 1953) es un hombre serio, sobrio y poco hablador. Sólo sus ojos delatan a la persona jovial y humorística que en realidad es. Con sus libros ocurre algo parecido. Tanto en sus novelas como en su poesía, una prosa contenida, limpia y precisa se pone al servicio de una ironía subterránea y sin concesiones. Crítico de novela negra y de literatura de best sellers, el personaje central de Finalmusik, su última novela, es traductor de este tipo de literatura. El escritor granadino cuenta una experiencia romana que parte de la suya propia, al tiempo que reúne en estas páginas todas las señales de la literatura de masas. Desde esos clichés, tanto lingüísticos como temáticos, hace su propia lectura. Una lectura a la inversa que demuestra que con los mismos elementos de evasión y divertimento que requiere el género puede elaborarse otro discurso literario y, lo más importe, una nueva propuesta moral.


PREGUNTA. Su novela tiene una apariencia fantasiosa y resulta ser una novela real.


RESPUESTA. Los grandes acontecimientos que se cuentan son reales. Entre el 8 y 15 de agosto de 2004, en Roma hubo un ultimátum de las brigadas islámicas para deponer al primer ministro bajo amenaza de incendiar Italia. Al mismo tiempo se dio otro episodio real, el de una señora que identificó cerca del Circo Máximo al criminal más buscado de Italia. Esa trama de acontecimientos se fundió con notas de mis diarios personales y con la historia sentimental de la novela. Eso es lo que la ficción añade a la realidad, la posibilidad de entrar en la intimidad de otras personas y ponerlas a hablar.


P. Escribir es eso, ¿no?


R. Exactamente. Se trata de ver cómo el gran tiempo histórico está en nuestro tiempo íntimo. Ese fenómeno siempre trata de escindirse y cada línea temporal va por su lado, pero en realidad lo vivimos fundido.


P. Utiliza muchos elementos de los best sellers.


¿Qué es para usted esa literatura?


R. La distinguen los lectores que prefieren una u otra. En realidad, la novela es una celebración de la literatura de best sellers que, entre otras cosas, nos recuerda la gran importancia que tiene la literatura en la industria de la cultura y el entretenimiento. Esas grandes novelas populares influyen en el cine, en la moda, en el turismo, llegan a los videojuegos, la juguetería, la joyería. La gran literatura popular se está convirtiendo en un almacén de clichés morales y sentimentales terribles, muy previsibles. Lo peor de los best sellers no son los clichés lingüísticos que a algunos les molestan, lo peor son sus clichés morales.


P. ¿Cree que hay una intoxicación de todo tipo de valores gracias a la novela de best sellers?


R. La literatura de entretenimiento desagrada porque rompe el panorama literario tradicional que se basaba en el canon establecido por personas de gusto distinguido. Esta literatura, que mueve cantidades inmensas de dinero, ha decidido que la voz crítica es democrática, que la decide el número de ejemplares vendidos de una novela. ¿Para qué sirve el aparato institucional que decide el canon literario sino para alimentar su propio gusto? La literatura popular sigue otra lógica que todavía no acabamos de entender. Esa incapacidad para entender su lógica nos mueve a liquidar la discusión diciendo que es mala literatura. El lector de best seller considera que lo más interesante de la novela es llegar a la solución de los enigmas, pero en mi novela, donde hay bastantes enigmas, no se resuelve ninguno porque lo que interesa es contar la historia. Con los elementos del best seller he intentado elaborar un discurso literario y moral distinto.


P. Sorprende su afición por las iglesias y la Roma religiosa.


R. Es un ambiente imaginario, salvo el gran culto a la moda de los sacerdotes y de las monjas. Soy de formación católica y creía profundamente las cosas que nos enseñaban. El narrador de la novela se admira ante el carácter de soberbia que tienen muchos de los príncipes de la Iglesia que imagino compartirán con todos los príncipes del mundo. Tiene una mirada de muchacho católico y vive la sensibilidad que yo todavía tengo hacia el catolicismo. Estuve tentado de titular la novela con el estribillo de una canción que dice: “Soy un chico católico educado para el dolor, no para la alegría”, pero me di cuenta de que el chico de la novela es bastante más alegre.


P. ¿Qué le pesa de su educación religiosa?


R. No me pesa mi educación religiosa, estoy contento de haber recibido esa educación. No soy católico en este momento, pero esa educación me dio capacidad de reírme de muchas cosas de las que parece imposible reírse. Después de haber sido católico, todos los discursos sobre los dioses y los dogmas se reciben con una gran y alegre distancia. Yo disfruto de mi formación católica. Lo que echo de menos es que era una religión sin libros. Odiaban los libros, pensaban que podían ser motivo de perdición.


P. “Se acaba otra vida mía, mi vida romana”. ¿Qué quiere decir?


R. Eso es lo que para mí es la literatura. Paul Valéry decía que escribimos para buscar nuestras palabras. Creo que uno escribe precisamente encontrando las palabras porque siempre damos sólo una posibilidad de nosotros mismos. Termina un libro y termina una vida mía y ahora empiezo a buscarme otra vez porque no he terminado de encontrarme. Para mí, la literatura tiene que descubrir algo nuevo porque si no escribir sería un latazo, es una forma de seguir nombrando el mundo para conocerlo mejor.


P. Entre libro y libro se toma bastante tiempo. ¿Cómo escribe?


R. Estoy en permanente atención, voy escribiendo sin parar y llega un momento en el que me doy cuenta de que la historia que me estaba inventando no me vale. Entonces la abandono. En otro momento se produce la iluminación de que lo que estoy escribiendo es ya una historia nueva. No tengo ningún reparo en eliminar todos los folios que he escrito si la historia deja de hablarme y los personajes se callan.


P. ¿De ahí deriva su concisión?


R. Una parte fundamental del proceso de escribir una novela es la de borrar y montar. Como el que hace una película y rueda muchos metros que luego elimina. Y sobre todo la decisión de tener con cada personaje una relación distinta y dejar que sea la lógica de cada uno la que te imponga retirar determinadas cosas de la novela.


P. ¿Sigue escribiendo poesía?


R. No escribo prácticamente poemas. Los poemas me sirven como una voz interior. Me gustan las palabras. Lo primero que yo escribí eran listas de palabras: nombres de letreros, de refrescos, marcas de cerveza. Quizá tengan que ver con las listas de palabras que formaban parte de la educación del colegio católico. Las cosas se conectan solas y los poemas que aún sigo escribiendo tienen mucho de reunión de palabras “movidas a resplandor” como decía Juan Larrea. Cuando me despierto a medianoche procuro escribir un poema, por la mañana, afortunadamente, lo olvido.


P. La figura del padre está en todas sus novelas. ¿Le pesa su ausencia?


R. Mi padre murió con 52 años. Era un hombre con el que no hablé demasiado. Era liberal, abierto, generoso y sufría terribles depresiones. Le quiero profundamente pero nuestra unión fue un poco rara. Éramos seis hermanos y quizá su carácter depresivo le convertía en una presencia inquietante para nosotros. Aunque le quisiera mucho, veía con enorme alivio que tuviera que irse por sus negocios. Tenía 23 años cuando él murió. Aprendí a leer con él y me prestó una gran atención leyéndome poemas y preocupándose por mis lecturas. Me daba las novelas que leía, novelas americanas policiacas, así que mi culto a la novela negra es en realidad un culto a mi padre. Cuando fui a la facultad, uno de mis maestros podía darte la sorpresa de conectar la novela inglesa de misterio con los maestros americanos de la serie negra. Aquellas novelas que yo había leído, y que los que me rodeaban encontraban despreciables, de repente eran fundamentales para entender el mundo. Se unieron algo así como dos figuras paternas. Más que la ausencia me pesaba la presencia de mi padre.


P. Esa presencia opresiva del padre era general en la época.


R. Los padres creaban una atmósfera incluso de sonido. Los ruidos que se podían hacer en presencia del padre eran distintos que los que se hacían en su ausencia. Decidían no sólo el ambiente espiritual de la casa sino el ambiente sonoro. Lo decidían todo. Y por otra parte imponían, como en los conventos medievales, un orden al día. Había horas, como la de la siesta, que eran fundamentales. La presencia del padre era un transformador de la realidad. También la ausencia. Cuando durante años la vida se ordena en torno a su figura, si tu padre no tiene una influencia decisiva en cómo piensas, en cómo hablas o en cómo escribes es que no tienes corazón.


P. ¿Utiliza en Finalmusik la figura de Mussolini para criticar la realidad actual?


R. Nos estamos habituando a moldes de autoridad que vistos con la distancia de otros tiempos históricos nos espantaban. La vigilancia telefónica da que pensar, recuerda los sistemas de espionaje de Mussolini que permeaban toda la vida italiana a través de los “informadores voluntarios”. Ahora tú eres el informador voluntario sin ir a la policía, sólo tienes que hablar por teléfono. Como el eslogan famoso que había en la Alemania del año 1938: “La mujer alemana no fuma”. El tiempo que estuve en Roma el eslogan era: “La mujer libre no fuma”, sólo cambia la palabra alemana por libre. El que haya cada vez más personas a favor de la censura, o del control de los contenidos de información que circula por los medios, son cosas que nos parecían indeseables, y las personas que defendían ese tipo de controles eran inadmisibles e indignos de confianza. El principio que está recuperando otra vez la censura es muy preocupante.


P. Por una parte la censura y, por otra, la libertad de intromisión en la intimidad de la gente.


R. Exactamente. Es una especie de paradoja. Libertad absoluta para entrar en la vida ajena y, por otra parte, el control absoluto de cómo se desarrolla la vida propia. Porque, entre otras cosas, nos están acostumbrando a que la patrulla de costumbres no tenga que ir por la calle, sino que nosotros mismos la llevamos en nuestro interior.


P. Como observador sistemático de lo cotidiano, ¿tiene sensación de irrealidad?


R. Tengo sentido de irrealidad desde niño y eso me fuerza a prestar más atención. Probablemente por eso soy escritor. Hay que ver el espectáculo de cómo nos hemos convertido todos en sospechosos, y al mismo tiempo inocentes, que debemos ser muy protegidos. Las filas en el aeropuerto de gente quitándose la correa. O esas bolsas transparentes que recuerdan los grandes almacenes donde todas las dependientas llevan bolsos transparentes para demostrar que no roban. Eso no lo hacen porque tú seas culpable, sino porque eres inocente, eres inocente y culpable al mismo tiempo.


P. ¿Es pesimista respecto a nuestro futuro próximo?


R. Sí, vivimos una situación paradójica. Los grandes ideales de la humanidad eran la igualdad entre todos los hombres, su bienestar. Una idea de comunismo millonario en el que todos fuéramos iguales, todos con calefacción e incluso con papel higiénico. Pero como dice Umberto Eco, si todos los chinos usaran papel higiénico sería un golpe terrible para el bienestar del planeta. Quizá la Iglesia más retrógrada de los siglos XVII al XIX, que era contraria a la igualdad, te hace pensar que tenían razón. La igualdad acabará con el planeta y el bienestar general. Son paradojas que te asustan porque tú eres absolutamente partidario del bienestar para todos, y piensas que quizá los poderosos se dediquen a destruir cualquier vestigio de igualdad futura para preservar su calefacción y su jardín.