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Domingo, mayo 6, 2007 categorizado bajo edición, editores, editores independientes, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 12 ] / artículo sobre los editores independientes en américa latina

En su edición de ayer el suplemento Babelia, del diario El País, publicó un interesante artículo acerca de algunas editoriales independientes latinoamericanas que desde hace unos años se las arreglan para sacarle una serie de ventajas a la globalización aprovechando tanto las herramientas como los métodos que ésta provee con el propósito de alcanzar y consolidar una posición en segmentos del mercado distintos de los de los grandes grupos editoriales.


Espero que el puñado de casos que examina no despierte en la autora del artículo un optimismo infundado con respecto a lo que puede suceder con los editores independientes en una región en la que los índices de lectura son tan bajos, en la que el acceso a la cultura letrada está lejos de ser una prioridad para muchos sectores que crean sus estrategias tanto de supervivencia como de ascenso social en otros ámbitos y en la que el costo de los libros sigue siendo muy alto.

David y Goliat

Patricia de Souza 05/05/2007

La globalización tiene su Arcadia, es decir, su lado feliz. Ése sería el caso de los editores independientes en América Latina. Ellos son jóvenes, son idealistas y se permiten competir con editoriales enormes utilizando las ventajas de la globalización para actuar con libertad en un mercado que no tiene más árbitro que la oferta y la demanda, además de cierto talento e intuición. En una entrevista, Milton Friedman, economista defensor de la globalización, explicaba cuáles eran estas virtudes: permitir que el más pequeño empresario pueda competir con el más grande. David y Goliat con las ventajas de la técnica. Esos editores han aparecido en toda América Latina como una alternativa que se inspira de algunas ideas en común: acercar al lector de autores que no son editados por los sellos más importantes. No todos manejan las mismas coordenadas, pero la mayoría cree en lo que hace y lo lleva adelante con pasión. Su estructura es casi ínfima (no sé por qué nadie les ha dedicado todavía una tesis) y manejan además criterios de mercado, de calidad, aspirando a ser verdaderos editores, a influenciar la opinión y desarrollar una especie de política cultural independiente en favor de la cultura. Lo más interesante es que esta iniciativa es realmente independiente y no tiene nada que ver con una política de Estado, lo que hace de esta propuesta un proyecto dinámico y limpio.


Cuando se les pregunta por qué decidieron editar, ellos coinciden en que es una labor noble e importante, tal vez un reclamo de configurarse un rostro en el que cual reconocerse. Una de las primeras editoriales independientes surgió en Argentina, Eloísa Cartonera, y empezó a editar con papel reciclado para producir libros a muy bajo costo. Cuando un grupo de jóvenes peruanos se enteró del proyecto, decidió crear algo similar en Perú, utilizando los mismos materiales y trabajando con niños de la calle. La editorial tomó el nombre de un icono popular peruano, Sarita Cartonera. En Bolivia se ha creado otra filial, y en Santiago se han convertido en Las Chicas de Animita Cartonera. Desde hace un tiempo Sarita Cartonera (Perú) publica a autores como Ricardo Piglia, de Argentina; Margo Glanz, de México; Roncagliolo, o nuevos como Edwin Chávez y Miguel Ildefonso. Álvaro Lasso, de Estruendomudo, es otro ejemplo muy interesante. Ha logrado instalar a sus autores en las librerías de Lima, y empieza con una colección de traducciones (Tránsfugas) en la que ha publicado al autor francés Richard Millet, y su despegue es seguro. O Matalamanga, otro grupo editorial que acaba de publicar un libro de Mario Bellatin, Perros héroes. Pero también existen otras, me comenta Jaime Vargas Luna, de Sarita Cartonera, Yerba Mala en Argentina y Libros del Zorzal o los Sexto Piso, en México.

Su estética es muy diversa, recupera un cierto gusto popular por el símbolo, el sincretismo y el mestizaje cultural. Así, se crea un puente entre los diferentes países de América Latina, sin olvidar la traducción. Además de editoriales hay también revistas. Estruendomudo ha creado su revista, inspirada en las ganas de conseguir más lectores y hay otras como la de Las Sumasvoces, en Trujillo (Perú), con brillos internacionales. Estos editores se reunieron durante la Feria de Guadalajara en un encuentro bajo el nombre de Editores independientes y biobliodiversidad, para intentar formar un tándem editorial que se denominaría “Punche”. Las Sumasvoces, no sólo es una revista de literatura y arte sino un grupo de jóvenes idealistas que hace pensar en Fourier y su utopía sobre el amor como un motor de creación.

Hay una búsqueda de diversidad, ganas de ensanchar fronteras lingüísticas en el propio idioma a través de la traducción. Creo que nunca antes ha habido una efervescencia tan marcada en el mundo de la creación. A lo mejor se debe a que una cierta estabilidad permite ahora pensar, elegir, construir. Y esa pregunta por la diversificación del mundo moderno tiene que ver con las ganas de saber quiénes son, adónde se dirigen y por qué. Ésta es una inquietud subyacente en la mirada que le dan al pasado, reivindicando una cultura local, un saber vivir que observa el mundo con curiosidad y ganas de comprender. Por supuesto, el problema con que se chocan más frecuentemente es el de la distribución, pero ahí internet es una herramienta importante. La caja de herramientas que poseen es sus ganas de crear y así como Marcel Duchamp creía que “el arte estaba en todas partes”, ellos creen que la cultura puede ser diversa y masiva. O sea, estos jóvenes lo están haciendo realidad poco a poco, piedra a piedra…


No hay razón para ser pesimistas.

www.saritacartonera.com

www.estruendomudo.com

www.eloisacartonera.com

www.sextopiso.com

www.lassumasvoces.com

www.editorialmatalamanga.com

Martes, abril 17, 2007 categorizado bajo edición, literatura latinoamericana

¿bolañomanía?: especial sobre bolaño en ‘babelia’ y reseña de ‘los detectives salvajes’ en ‘the new york times’

Después de haber publicado en las lecturas del fin de semana pasado el texto ‘Nadie es profeta en su tierra‘ que apareció en el suplemento Radar Libros de Página/12, quisiera destacar dos cosas más a propósito de Roberto Bolaño:

1. el especial que le dedicó el sábado 14 de abril Babelia, el suplemento cultural de El País, titulado ‘El legado de Roberto Bolaño’.

2. la reseña de Los detectives salvajes publicada el domingo en el suplemento de libros de The New York Times —la editorial Farrar, Straus & Giroux acaba de lanzar la traducción al inglés—.

En el especial de Babelia algunas figuras como Darío Jaramillo, Juan Villoro, Javier Cercas y Edmundo Paz Soldán hacen una aproximación —en ocasiones más afectiva que crítica— a la obra de Bolaño.

La reseña de Los detectives salvajesThe Savage Detectives—, escrita por James Wood, llama la atención porque el hecho de que la crítica estadounidense se ocupe de una de las grandes novelas de Bolaño representa la conquista por parte de su obra de un lugar en el circuito editorial anglosajón —tan reacio a incorporar a autores que escriben en otras lenguas—.

Domingo, abril 8, 2007 categorizado bajo dictadura, escritores, lecturas de fin de semana, literatura contemporánea

lecturas de fin de semana [ 3 ] / entrevista a imre kertész: "en la dictadura, la literatura te devuelve a tu propia existencia"

Reproduzco la entrevista a Imre Kertész, el escritor húngaro de origen judío que en 2002 recibió el premio Nobel de literatura, hecha por Cecilia Dreymüller y publicada el pasado 31 de marzo en Babelia.


Desde Berlín, donde reside y siente la libertad, el Nobel húngaro evoca la vida bajo una dictadura y reflexiona sobre lo que significa crear bajo su dominio. El escritor, sobreviviente del Holocausto, que publica un libro de ensayos y recupera una de sus primeras narraciones, repasa la historia de su país en el siglo XX y habla de lo que significa tomarse en serio la escritura.

Kertész recibe en el lujoso café —”es mi oficina”— del hotel Kempinski de Berlín, ciudad donde mantenía un piso de trabajo y a la que acaba de trasladarse. La suavidad de su voz concuerda con la finura de sus modales y la delicadeza de su expresión en un alemán culto y algo quebrado. Aunque atiende con amabilidad, se diría que se ha propuesto atajar definitivamente las servidumbres periodísticas, ya que acaba de publicar en Dossier K. Una investigación (que saldrá en otoño en Acantilado) una irreverente y muy sagaz “autoentrevista”, donde un Kertész socarrón interroga a un Kertész remiso sobre su obra y su vida. La vida de un hombre (Budapest, 1929) que a los 15 años fue internado en Auschwitz y después trasladado a Buchenwald. El autor húngaro publica en España el libro de ensayos La lengua exiliada y Un relato policiaco.

PREGUNTA. Un relato policiaco nace, en 1976, como una especie de relleno, para la publicación de otra novela.

RESPUESTA. Así es. El editor era un gran conocedor de la literatura universal. Tiene que haber un mínimo de diez octavillas, dijo. Para completar el volumen de mi novela El rastreador necesitaba otro texto de una determinada extensión. Yo, entonces, desde hacía mucho tiempo, rumiaba la idea de Un relato policiaco y, de repente, se presentó esta emergencia. Lo tuve que escribir con extrema celeridad, porque en el llamado socialismo un libro tardaba dos años en ser publicado, y si uno se quedaba fuera del plan, había que esperar cuatro años. De modo que me instalé con mi proyecto en una casa de escritores, y en dos semanas lo terminé; así aparecieron los dos textos juntos.

P. Lo que no se explica es cómo semejante historia pudo pasar la censura.

R. Mire, en Hungría, en aquella época -estamos hablando de 1977- teníamos lo que se llamaba el “comunismo gulash”, una versión blanda del comunismo anterior y, de hecho, la censura no era la misma. Cada redactor jefe o director de una editorial era responsable de su propia empresa. Una censura central, tal como la había en Polonia o en la antigua Checoslovaquia, no existía en Hungría. Se trataba de una historia seudo-suramericana. Todo era ficción; no había un Estado suramericano así. De modo que el editor lo podía leer como algo completamente inocuo, incluso dijo: ¡pero si es como aquí! (risas). Y así fue como se publicó. No llamó mucho la atención, como todos mis libros, y después desapareció.

P. En su ensayo de 1990, Budapest, Viena, Budapest, llama a la literatura “el único sentido de la vida”. ¿Opina hoy igual que entonces sobre la importancia de la literatura?

R. Mi actitud no ha cambiado, pero me he dado cuenta de que la literatura ahora no posee, ni por asomo, la importancia que tenía entonces en Hungría. Pero eso me da igual. Aunque la literatura resulte superflua, para mí es esencial. Esto es todo; no quiero y no puedo valorar de forma objetiva si vale lo que escribo. Simplemente escribo porque me apetece.

P. Me refería a que en una dictadura la literatura constituye un canal para el desarrollo de una actividad mental.

R. Ah, sí, desde luego. En la dictadura la literatura adquiere una relevancia existencial, al menos cuando uno se toma en serio la escritura. La literatura te devuelve a tu propia existencia, ya que ocuparse cada día con uno mismo sirve para aclararse la vida. Es triste, pero imprescindible.

P. En Ensayo de Hamburgo afirma ser un escritor que saca su inspiración exclusivamente de lo negativo. ¿Cómo logra inspirarse en la actualidad?

R. (Risas) Bueno, hoy escribo más desde lo positivo. Mi último libro, Dossier K., probablemente sea mucho más alegre que mis otras obras. Es algo que he disfrutado mucho. Pero en aquel entonces -hay que trasladarse mentalmente a los años setenta, ochenta- no había ninguna esperanza de que se produjera un cambio. No era previsible que esta superpotencia, ese mamut, ese elefante, se derrumbase algún día. Fue un milagro.

P. ¿Cree que “el intelectual superfluo” del que habla en su ensayo del mismo título ha desaparecido?

R. No, creo que sigue estando allí. En Hungría, por descontado. Y, desgraciadamente, desempeña un papel importante en la sociedad y en la política. Hungría está pasando por una crisis y en esta crisis se dan muchos problemas artificiales de rasgos superfluos que simplemente no pertenecen a la época actual: nacionalismo, antisemitismo, derecha e izquierda, no son conceptos que ayudan a un país a vivir. Pintan problemas de hace cien años, se lo aseguro, ya que el pasado histórico no asumido de Hungría empieza con la Primera Guerra Mundial. Al final de aquella guerra, Hungría pierde dos tercios de su territorio y el resentimiento que surge entonces sigue vigente hoy. Después, la época de entreguerras, el papel de Hungría en la Segunda Guerra Mundial, la alineación del comunismo después de 1956, nada de esto será asumido. Son cuestiones muy difíciles que representan una pesada carga para una sociedad; además, fueron hábilmente eludidos. No sé cómo ha sido en España; al principio, después de la dictadura de Franco, parecía más difícil, pero hoy no se percibe ninguna dificultad.

P. ¿En qué dirección se mueven las nuevas generaciones de intelectuales húngaros?

R. No lo sé muy bien, no tengo demasiado contacto con mi país para pronunciarme con certeza, pero hay mucha extrema derecha. Un joven, que me encontré casualmente en el avión, me contó que estudia en la Universidad de Budapest y le llamaba la atención, al conocer otras universidades en Occidente, que en todas los jóvenes son de izquierdas, mientras que en Budapest la mayoría tiende a la derecha. Y esto es fruto del resentimiento, la incapacidad de superar el pasado. Es como una enfermedad que brota una y otra vez, igual que en Yugoslavia y Polonia. Es una señal muy significativa de que Europa todavía está lejos de estar unida; existen, como mínimo, dos Europas.

P. En su obra reelabora siempre experiencias vividas. ¿Por qué se opone al término “ficción autobiográfica”?

R. Porque todo es ficción, el ser humano es una ficción. Si contemplo mi vida, veo que me hago escritor cuando nada indicaba que lo fuera. No contaba con nada, no conocía nada, no tenía un proyecto, y los que emprendía eran completamente irreales, imposible vivir de ellos o verlos publicados en una sociedad como la de la Hungría comunista. Pero me atenía a esta ficción que me había inventado y llevaba una doble vida: una vida secreta, grandiosa y una vida muy estrecha en la superficie. Me decía entonces que vivía como un escritor inglés: me levanto, reflexiono, escribo algo; lo único que no hago es jugar al golf y al tenis y no conduzco un coche. Me atenía firmemente a esta ficción y así me convertí en una ficción. Lo que me permite escribir de mí mismo como de un extraño, como en Dossier K.: es un diálogo, aparentemente es un diálogo entre yo y mí mismo, pero poco a poco aparece una tercera persona que observa discutiendo a estos dos, controlando que, como en una partida de pimpón, intercambiamos correctamente la pelota. Un juego curioso.

P. La ficción está estrechamente relacionada con un tema muy recurrente en su obra: el concepto de la realidad, la realidad construida interiormente y la realidad en un sistema totalitario.

R. Yo creo que siempre vivía en la irrealidad, siempre fui una invención, hasta que me empezaron a doler las muelas. El dolor de muelas me hizo comprender que existía (risas) e iba al dentista. Pero, aparte de esto, me tomo las cosas alejándome de la realidad; no siempre puedo diferenciar los distintos niveles y menos cuando escribo. Me sorprendo a mí mismo con algunas frases. Cuando estuve trabajando en Yo, el otro, una frase fue muy importante para mí: “La libertad no se puede experimentar en el mismo lugar donde uno ha sido esclavo”. Esto, simplemente, lo había escrito así, como una frase clara con un ritmo, y diez años más tarde se había convertido en una profecía. Fue mi verdad existencial: tenía que marcharme de allí.

P. ¿Es ésa la razón por la que vive ahora en Berlín?

R. Sí, así es. Durante cuarenta años yo no he tenido pasaporte. Ni siquiera podía viajar a un país vecino. Yo soy un hombre de la gran ciudad, me siento a gusto en un entorno extraño, me encanta estar rodeado de una lengua extranjera. Y vivía atado a mi tierra como un hombre de la Edad Media. Ésta es una de las razones por las que vivo aquí, aunque también me siento a gusto en Berlín. Es una ciudad interesante, liberal, abierta, donde vivo con más libertad y, sobre todo, no tan cargado de problemas que no me importan. No tengo que repetir como un loro mi fidelidad a Hungría o que soy escritor; ya no me tengo que ocupar de los problemas de mi país.

P. En su discurso del Premio Nobel señala que tal vez el lenguaje ya no sirva para “representar los procesos reales, los conceptos que en otros tiempos eran inequívocos”. ¿Qué puede ofrecer el lenguaje al escritor del siglo XXI?

R. Ésa es la cuestión en la que hay que ahondar. En todos mis libros el lenguaje es diferente. Eso se manifiesta de forma muy marcada en Sin destino. La cuestión era ¿se puede crear un “lenguaje atonal”? Empleo este término musical para caracterizar un lenguaje que no posee tónica, no tiene tonalidad de do mayor o de si bemol menor, lo cual significa que no existe un consenso entre los seres humanos, que no hay una cultura válida; en otras palabras, los términos han cambiado por completo. Crear un lenguaje atonal suponía para mí desentenderme del todo de los significados originales de las palabras; todas las palabras han adquirido un contenido nuevo en la situación en la que tiene lugar mi historia. Este “lenguaje atonal” implicaba en Sin destino que la novela no debe narrar, una técnica en la que siempre hay un presente, pero nunca una narración. La manera en que se vive el presente, mediante momentos discontinuos, muestra el desgarramiento, lo inconcebible, el falso orden del mundo. Es una técnica que hay que variar en cada libro.

P. Su “lenguaje atonal” recuerda mucho el lenguaje de Kafka.

R. Kafka se publicó muy tarde en Hungría. El primer libro de relatos de Kafka lo pude leer alrededor de 1964. Tenía un diario de Kafka que pude comprar en Budapest en alemán, pero mi alemán entonces no era lo suficientemente bueno para leerlo sin dificultades. En realidad, Kafka no ha tenido tanta influencia en mí, lo cual fue una suerte para mí. No sé si hubiera podido escribir mi obra bajo la influencia de una cabeza tan excepcional y, sobre todo, un talento literario tan extraordinario. Su forma de representar pequeñas cosas, cómo describe a un hombre, es fantástico. En cambio, un libro que sí quería urgentemente leer, cuando trabajaba en Sin destino, del que me enteré por los periódicos húngaros que hablaban del proceso de Eichmann en Israel, porque trataba del mismo tema que me ocupaba a mí, la banalidad del mal, fue Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Tampoco lo conseguí.

P. ¿Quiénes fueron sus maestros literarios cuando decidió ser escritor?

R. Sobre todo, Thomas Mann y Camus, dos puntos estelares completamente distintos; ellos fueron mis pilares. A Thomas Mann, gracias a Dios, lo leí relativamente pronto; en 1954 se publicó un libro de relatos con La muerte en Venecia, etcétera, y me hizo un gran efecto. Esa monotonía literaria del estalinismo, esas novelas soviéticas con su mala literatura: encontrarme, de repente, con un texto existencial fue grandioso. Después de 1956 leí El extranjero, de Camus. Eso lo he descrito en Dossier K.: ambos escritores acabaron conmigo, pero cuando resucité me sentía feliz de haberlos conocido.

Miércoles, abril 4, 2007 categorizado bajo best sellers, escritores, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 1 ] / ‘literatura y mercado’, de juan goytisolo

Abro las lecturas de fin de semana con ‘Literatura y mercado’, un texto de Juan Goytisolo acerca del problema que plantea la frecuente existencia de una brecha entre la calidad literaria y el potencial de ventas de algunos libros. Este texto publicado el 3 de febrero de 2007 en Babelia recoge y aborda algunas de las inquietudes que me llevaron a abrir este blog y varios de los temas que he venido tratando aquí.

Literatura y mercado
Por Juan Goytisolo

El autor de obras como Reivindicación del conde don Julián asegura y lamenta que las editoriales hayan dejado de publicar novelas que por su complejidad complacen la pereza de los amantes de la telebasura. Reprocha que algunos intelectuales sostengan que los mejores libros son los que se venden más. Insiste en la desertización cultural.


Como todos los años, el balance de las obras literarias correspondiente a 2006 se presta a opiniones encontradas. Para unos, se trata de una cosecha feliz; para otros, de un reiterado estiaje. Probablemente, ambos puntos de vista disponen de argumentos en su favor. Dependen, claro está, del acento que ponen, ya en los resultados de la promoción comercial de ciertos autores y títulos, ya en la rareza de unas rosas de arena creadas en el desamparo de una semiclandestinidad.

No obstante la “perversa inclinación nacional por los malos poetas” señalada por Márquez Villanueva, a ningún perpetrador de versos mediocres se le ocurre la peregrina idea de vivir de ellos: se valdrá a lo sumo de su vanagloria y destreza para forjarse una carrera rentable y escalar a pulso a la cima de nuestro Parnaso. Mas el caso de la novela es distinto: desde la popularización del género a mediados del XIX, han coexistido en ella el texto literario y el producto editorial, Stendhal y Sue, Flaubert y Dumas, Joyce y los epígonos de Balzac. Grandes editores como Gallimard compaginaban felizmente los éxitos de ventas con textos de una expresión literaria refinada y extrema. Los beneficios encajados con los primeros permitían la publicación de los exploradores de nuevos ámbitos. No olvido, desde luego, que grandes novelistas —Tolstói, Mann, García Márquez…— alcanzaron o han alcanzado en vida un envidiable número de lectores, pero son una excepción. En cualquier caso, no se propusieron jugar con dos barajas: su logro no obedecía a cálculo personal alguno sino, como leemos en Las mil y una noches, a una venturosa confabulación del azar.

En los últimos decenios asistimos a una ruptura de dicho equilibrio. Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa. Más grave aún, con el aval de la prensa afín, e incluso de un ilustre académico, sostienen que las mejores novelas son las que venden más: ¡dictamen inapelable que enhesta a El código Da Vinci, La sombra del viento o La catedral del mar a alturas de una himalayana sublimidad!


La condena implícita de la rareza o anomalía promueve la consabida reincidencia en temas históricos, folletinescos o costumbristas, cuyos ingredientes —sexo, misterio, exotismo, ciencia ficción— son conocidos de antemano por el lector. El aletargamiento del público se propaga a su vez al autor y le induce a dar más y más de lo mismo. La belleza y precisión del lenguaje no cuentan y, aún menos, la audacia de la propuesta artística. Los escaparates de las grandes librerías y los muestrarios de almacenes y supermercados revelan los resultados de esta poco gloriosa complicidad.

El elevadísimo número de publicaciones en un país como España, en donde la lectura es escasa —aunque no conduzca ya “a los hombres o la hoguera / y a las mujeres a la casa llana”, como en tiempos de nuestro primer escritor—, agrava aún la desertización cultural. Las novedades se suceden a un ritmo cada vez más célere y las novelas minoritarias, publicadas por editoriales pequeñas, desaparecen pronto de los estantes (¡si es que llegan a ellos!) y caen en el pozo negro en el que se almacenan las obras devueltas y condenadas a la destrucción.

La voracidad del mercado y los apriorismos de la institución literaria contribuyen así a la exclusión de una serie de autores que a lo largo de los últimos decenios han creado una obra considerable. Lejos de los centros del poder mediático y de los promotores de la visibilidad, permanecen en un limbo del que sólo les rescata una conmemoración huera o la curiosidad arqueológica de un investigador. Ciñéndome a los ya fallecidos, me pregunto: ¿quién conoce hoy Escuela de mandarines, de Miguel de Espinosa? Pero también los etiquetados como metafísicos o los que despuntaron con brillantez durante los primeros años de la transición han sido sepultados en vida y no disponen siquiera de lápida en su cementerio. La reaparición de alguno, como Ramiro Pinilla, tiene todos los visos de milagro, de una increíble resurrección.

La actualidad avasalla a la modernidad. Como observó uno de mis maestros, cuanto fue actual ayer ya no lo es hoy, y lo que es hoy, no lo será mañana. La modernidad, en cambio, circula como un manantial subterráneo a través de los siglos. Leemos La lozana andaluza con la misma impresión de frescura de una gran novela contemporánea. Pero las obras indultadas por el paso del tiempo son más bien escasas. Nadie recuerda hoy a los campeones de ventas de la época en la que me aventuré a hollar por primera vez el sendero abrupto de la literatura.

La prensa de alcance nacional y sus suplementos culturales colaboran también en el extrañamiento de lo queer o anómalo (alguien me calificó una vez de “escritor raro” ignorante sin duda del inmenso e inmerecido elogio que ello suponía para mí: ¿no se definió Cervantes a sí mismo como “raro inventor”?). Las novelas innovadoras ajenas al entramado de la mercadotecnia suelen ser dejadas de lado -salvo en el caso de escritores ya viejos y conocidos- en provecho de las más comerciales. Si a ello se añaden las dificultades de incluir en sus páginas una indispensable reflexión sobre las lecturas reductivas del pasado y sus ocultaciones, origen de nuestra ya crónica discontinuidad cultural, el panorama revela bajo el barniz de una seudomodernidad, el conformismo heredado de la ideología nacional católica que vertebró el franquismo.

Pocos parecen advertir que el célebre aforismo de André Gide —”lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella”— mantiene su vigencia al hilo de los días. Necio sería el escritor que se lamentara de su incomprensión cuando ello constituye a menudo una prueba de la capacidad innovadora de su empresa. La propuesta literaria original o insólita choca con la rutina de lo establecido y quienes apuestan por la literatura lo saben. Se requiere con todo una buena dosis de honradez, paciencia y fe en el futuro como los que alientan en algunos novelistas jóvenes o menos jóvenes que iniciaron su ardua andadura a mediados de los noventa del pasado siglo. Pienso en obras y autores como El paraíso perdido, de Antonio Pérez Ramos; I love you Sade y La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré; Nembrot y Cabo de Hornos, de José María Pérez Álvarez; Fragmenta y En esa ciudad, de Javier Pastor; El mundo a media voz, de José María Ridao; Retrato de un asesino en prácticas, de Francisco López Serrano; El vano ayer, de Isaac Rosa… Otros y otras habrán escapado a mi atención y, como empedernido lector que soy, lamento su omisión y mi deplorable descuido.

En un universo subyugado por la dictadura de lo trivial, su resistencia tenaz, casi heroica, constituye la garantía de la supervivencia de un género que, como la mejor poesía de siempre, florecerá en adelante en la calidez de la confidencialidad. La gloria es efímera y quienes toman su obra en serio en vez de tomarse en serio a sí mismos no se exponen, como los últimos, a los vuelcos de una moda que arramblan con quienes la siguen. Como decían sabiamente los surrealistas “toda idea que triunfa corre fatalmente a su ruina”.

Lunes, marzo 26, 2007 categorizado bajo español

notas sobre el español a propósito del iv congreso internacional de la lengua española

Los preparativos y la realización del IV Congreso Internacional de la Lengua Española que está teniendo lugar en este momento en Cartagena (Colombia) han venido dando mucho de qué hablar desde hace un tiempo —sobre todo durante los últimos días—. Se dice que el español es un idioma cada vez más global y con un peso cada día mayor debido al ritmo de crecimiento del número de personas que lo tienen como lengua materna o que están adoptándolo como segunda lengua: según las últimas estadísticas, actualmente el español es la lengua materna de entre 444.861.546 y 455.570.238 personas.

Un caso que ilustra esta situación de manera interesante es el crecimiento de la comunidad hispana en los Estados Unidos, que allí constituye hoy en día la minoría más grande. Las estadísticas oficiales del gobierno norteamericano, que seguramente no tienen en cuenta a los millones de indocumentados que viven en su país, hablan de 35,3 millones de hispanos que representan el 13% de la población de Estados Unidos.

Este dato es importante desde un punto de vista no sólo demográfico y social, sino también político y económico: por un lado, entre los hispanos que viven en Estados Unidos cada vez son más los que tienen tanto derecho al voto como la oportunidad de acceder a cargos públicos —recordemos que en las elecciones presidenciales de 2000 el empate entre el hoy presidente Bush y Al Gore se rompió en la Florida y que desde hace mucho tiempo los hispanos en ese país empezaron a ocupar puestos de elección popular en las Alcaldías, las Cortes y las corporaciones públicas como el Congreso—; y, por el otro lado, el mercado hispano en ese país es cada vez mayor debido al crecimiento no sólo de la comunidad hispana sino también del poder adquisitivo de ésta. De hecho, en Estados Unidos cada vez son más las agencias de publicidad, las empresas de comunicaciones, las publicaciones periódicas y las editoriales que se orientan exclusivamente al mercado hispano.

El especial sobre la lengua española que publicó este fin de semana Babelia, el suplemento cultural del diario El País, reúne una serie de artículos bastante interesantes acerca del estado actual del español. Los autores de una parte importante de estos artículos son escritores, en su mayoría colombianos, que publican en Alfaguara —una editorial que, como El País, pertenece al grupo PRISA—. Entre ellos se encuentran los experimentados Piedad Bonnett, William Ospina y Laura Restrepo, cuyos textos están al lado de otros autores de la casa como Carlos Fuentes y Juan Luis Cebrián.

La escritora y profesora Piedad Bonnett escribió un artículo bastante curioso acerca del imaginario que se ha construido alrededor del español que se habla en Colombia. Bonnett descarta cualquier posible polémica ridícula sobre la superioridad de la manera como se habla en un lugar o en otro afirmando de manera contundente que “la verdad es que, como escribió alguna vez Manuel Alvar, ‘no hay un español mejor, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio’. Esa verdad puede llegar a ser perturbadora. Me he enterado de que algunas editoriales españolas no quieren traducciones americanas, aduciendo que sus lectores no las entienden. Los lectores hispanoamericanos, por su parte, maldicen cada vez que se les atraviesa un ‘gilipollas’ o un ‘a por agua’. Y es que nada puede detener el curso de la lengua viva. Ni aun los heroicos esfuerzos de las academias por propiciar un español culto, que lime las incontables diferencias”.

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