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Jueves, mayo 31, 2007 categorizado bajo edición, editores, editores independientes

entrevista a anna monjo, directora de icaria editorial / "nos gusta buscar dónde está la punta del debate en cada momento"

Icaria es una editorial que se ha centrado no sólo en la publicación de libros que abordan temas que son objeto de debate, sino también en la búsqueda de espacios destinados a la confrontación de opiniones. En la medida en que sus actividades van mucho más allá de la simple publicación y distribución de libros, Icaria es mucho más que una editorial. Es, además, un actor que busca hacer una contribución al debate en torno a temas como movimientos sociales, ecología, paz y conflictos, economía crítica, política internacional, relaciones Norte-Sur y feminismo. Para conseguirlo, su estrategia ha consistido en establecer fuertes vínculos y una dinámica de trabajo en red con quienes están trabajando en estos temas desde el punto de vista tanto de la investigación como de los movimientos sociales.

Martín Gómez: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de crear la editorial Icaria?

Anna Monjo: La iniciativa fue de un grupo de amigos. Sucedió en 1975 y por casualidad este grupo convocó a una reunión el mismo día que murió Franco, en el mes de noviembre. María Rodríguez era quien iba a dirigir la editorial y también estaba Rafael Argullol. Era gente que provenía del PSUC —el Partit Socialista Unificat de Catalunya—. Estaban entonces María Rodríguez, Rafael Argullol, Xavi Berenguer y algunos otros más para hacer libros críticos marxistas pero también heterodoxos —porque había también cosas de anarquismo— sobre aquel momento.

M.G.: ¿Cuáles son las motivaciones que condujeron a la creación de la editorial?

A.M.: En aquella época se quería dar respuesta a inquietudes sobre las que hasta entonces difícilmente habrían podido publicarse cosas durante la dictadura, aunque poco a poco se había venido dando una apertura. En ese momento la editorial pretendía publicar textos de filosofía marxista, de feminismo y heterodoxos. Y también literatura clásica que no se hubiera publicado.

M.G.: ¿En el catálogo de Icaria hay de manera implícita una posición de la editorial frente a temas como movimientos sociales, ecología, paz y conflictos, economía crítica, política internacional, relaciones Norte-Sur y feminismo?

A.M.: Sí, exacto. Cuando yo entré, en 1988, María se había ido a México a montar un consorcio de exportación de editores españoles. En ese momento había poco interés por el ensayo porque en la transición parecía que con la democracia ya estaba todo conseguido. Entonces a la gente le interesaba más la literatura. Y en aquel momento fue muy duro porque la editorial tenía un aspecto bastante clásico y diría yo que, incluso, anticuado. Poco a poco empezamos a abrirnos a temas de literatura clásica, recuperando a mujeres de los años treinta en París. Pero también empezamos a abrirnos hacia temas como conflictos internacionales, paz y conflicto, ecología y mujeres. Aparte de eso empezamos a hacer colaboraciones con organizaciones que hacían investigación sobre estos temas. Entonces montamos la revista Ecología política, publicamos cosas del Centro de Investigaciones de la Paz (CIP) y fuimos afianzándonos en temas que iban abriéndose cada vez más como movimientos sociales, paz y conflicto, ecología, etcétera. Luego ya entramos con Mediterráneo, mundo árabe, análisis contemporáneo de la comunicación, inmigración y otros temas de foros. Sin quererlo hemos coincidido con el comienzo de los foros aunque desde antes nosotros ya estábamos allí publicando material de este tipo.

M.G.: ¿Aparte de editar libros Icaria desempeña algún papel en la reflexión y el debate en torno a los temas que aborda su catálogo?

A.M.: Nos gusta buscar dónde está la punta del debate en cada momento. Por ejemplo, el principio de precaución en ecología, la nanotecnología o el tema de la participación democrática y la renovación de la política. Son temas que nos interesan permanentemente. Tratamos de buscar estos temas que todavía no son para nada mediáticos pero que están en el debate gracias a la gente que está reflexionando en torno a ellos. Hacemos muchos debates. Cuando publicamos libros nunca hacemos presentaciones sino que intentamos hacer debates en los que participa gente que está en estos temas. La idea es generar un espacio en el que se despierte un interés más allá de los libros y en el que haya confrontación de opiniones. Estos debates normalmente los hacemos en Barcelona y Madrid. En ocasiones los hacemos en otros lugares. Por ejemplo, hemos presentado en Granada y en Córdoba El mundo visto por los árabes, que es un anuario de prensa árabe sobre los temas que preocupan actualmente —desde la jihad hasta Irak— y que busca mostrar la heterogeneidad del mundo árabe. Con las fuerzas, que son pocas, intentamos crear complicidades a través de los autores.

M.G.: ¿Cómo definiría usted la posición que ocupa a Icaria con respecto a otras editoriales cuyo catálogo aborda temas similares o afines?

A.M.: En 1990, antes de que se empezara a hablar de globalización, publicamos algo sobre mundialización. Pero luego, a partir del Informe Lugano y del No Logo, esto se convirtió en un tema de medios de comunicación cuando empezó a imponerse. Normalmente llegan muchas editoriales a publicar pero diría yo que lo hacen desde un punto de vista más crematístico en el sentido de que buscan un tema que esté presente en los medios y empiezan a publicar gente que ha venido de fuera del país pero publican muy sobre seguro. Nosotros, en cambio, vamos más tanto a publicar algo de lo que se produce en España —aunque no sea tan vendible— como a buscar cosas de afuera. Pero no tanto buscando el interés de que la cosa ya esté muy instaurada y de que tenga un público muy específico, sino intentando buscar dónde están los debates que a lo mejor cuesta más introducir porque todavía son minoritarios. El tema es que, claro, luego cuando éstos ya se introducen, Crítica o Paidós toman los autores más prestigiosos y más reconocidos porque tienen mucha más capacidad económica que nosotros. Pero en ocasiones esto nos ha ayudado a hacer una relación de mucha complicidad con la gente que investiga o que está en los movimientos, lo cual también tiene un interés. Nosotros estamos muy vinculados con la gente y tenemos relaciones muy horizontales. Nos beneficiamos todos mutuamente porque estamos muy vinculados con movimientos que promueven campañas que están en curso con respecto a temas como deuda ecológica o consumo responsable. Entonces cuando publicamos ellos también hacen difusión de los libros y los venden a través de sus medios, que no es lo mismo que hacen las editoriales clásicas que entran al mercado y que sólo buscan autores prestigiosos que puedan venir a presentarlos para que tengan gran difusión en los medios. Yo diría que lo nuestro es más de calle. Estamos más en la calle.

M.G.: ¿Cómo se definió el perfil de las distintas colecciones y líneas editoriales de Icaria?

A.M.: Hay una colección de ensayo universitario de ciencias sociales que existe desde el principio, cuyo nombre es ‘Antrazyt’. Ésta sigue siendo una colección más de reflexión tanto académica como no académica. Luego hay una colección divulgativa que se llama ‘Más madera’, conformada por textos de 100, 120 0 136 páginas que intentan abordar estos temas con mucho rigor pero sin ser tan críticos ni tan académicos —por ejemplo, no hay notas al pie, son más como una conferencia o un debate y tienen un tono más narrativo y directo—. ‘Más madera’ es para que la gente a la que le interesa abordar estos temas pueda tener elementos para establecer su propio criterio. Su punto de vista es bastante crítico. Luego hay otra colección que trata los temas de cambio personal y colectivo —es decir, cómo tendría que vincularse una cosa con la otra—. Aborda aspectos como el cambio personal en la vida cotidiana a nivel del consumo, de la alimentación, de las relaciones, de las resolución de conflictos, etcétera. La idea es que la adopción de nuevas maneras de actuar tenga una implicación en el campo colectivo porque pensamos que si no es así todo está desvinculado. Hay gente que quiere estar equilibrada y tranquila pero que no se implica en movimientos más colectivos de cambios sociales. Algunas veces la gente que está en política también tiene unos problemas personales de ego que hacen que no haya unos cambios personales precisos para que este cambio colectivo se dé. Entonces en cierta medida eso es una trampa porque no hay un cambio realmente personal que te lleve a querer trabajar en red horizontalmente o a intentar que lo que prevalezca sea el cambio y no tu postura.

Tenemos también una colección de literatura hecha en alianza con Intermón, que intenta abordar desde la literatura los temas de los procesos de cambio histórico, político y social. Esta colección es para que la gente a la que no le interesa tanto leer ensayo entienda también cómo los procesos de cambio repercuten en la vida cotidiana de la gente y cómo éstos se reflejan a través del día a día. Hemos publicado un libro que pasa en Argentina durante la época de la dictadura y otro sobre Irán que abarca desde el Sha hasta la etapa de Jomeini —de hecho, al principio publicamos un libro increíble de Jomeini—. Pronto publicaremos un libro de un autor sudanés, a otro egipcio y a una corresponsal de guerra que ha estado siempre en Afganistán, en la India y en otras partes de Asia. El libro es muy interesante porque es una crónica de cómo vive ella esta vida globalizada y estos cambios en otros contextos. Tenemos otra colección con Intermón llamada ‘Encuentros’, que nos sirve para apoyarnos mutuamente y para abrir la difusión de estos temas hacia un público más amplio que no es tan militante o comprometido.

M.G.: ¿Bajo cuáles criterios editoriales se eligen los libros que publica Icaria?

A.M.: En realidad el criterio es que tengan el registro de estos temas y que aporten cosas nuevas. Esto es muy importante porque se están haciendo muchas cosas. Por ejemplo, en el tema de inmigración hay mucha cosa publicada y, por lo tanto, buscamos libros que aporten una perspectiva diferente y nueva que puede abarcar desde las remesas hasta la prostitución de la mujer inmigrante. No sé, la idea es ir viendo aspectos que no se han tocado hasta ahora. Es importante la calidad del texto. En cada tema tenemos gente que puede asesorarnos y a la que consultamos. En ‘Más madera’ nosotros mismos proponemos y encargamos algunos libros. Hemos publicado uno llamado Venezuela contracorriente, que ha sido hecho por varios autores. Juan Torres lo ha coordinado en Málaga pero nosotros lo encargamos. O sea que depende. Algunas veces traducimos. Es una búsqueda un poco espontánea. Algunas cosas van llegando, otras las buscas y otras las encargas. Es muy relativo.

M.G.: ¿Cuáles son los rasgos de los lectores de los libros de Icaria?

A.M.: El perfil es bastante más variado de lo que parece. Diría que hay más hombres que mujeres. Bueno, quizás en el feminismo no pero en los otros temas… Las encuestas dicen que en general la mujer lee más literatura. Por las fichas que algunas veces envía la gente cuando compra libros sabemos que el perfil profesional es muy variado y que la edad no es muy alta —no son de veinte ni tampoco hay mucha gente mayor de sesenta. Nuestros lectores están entre treinta y sesenta—. Aparte de las personas que conocemos —que definitivamente están implicadas en movimientos sociales por la paz o de carácter ecológico y que sabemos que compran Icaria—, por las fichas que nos llegan sabemos que hay más hombres que mujeres. No sé si esto esté cambiando.

M.G.: ¿En qué consiste la estrategia tanto editorial como comercial de Icaria para alcanzar a sus lectores y mantenerse en contacto con ellos?

A.M.: Tenemos un blog desde hace dos meses. Más que hablar de libros, quisiéramos que allí se unieran agendas para interrelacionar campañas y actos poniendo información sobre temas variados que tienen que ver con nuestros libros. Queremos que el espacio que hay alrededor de Icaria esté en este blog y que la gente encuentre en él mucho más que libros —si, por ejemplo, hay un libro que ha salido y luego publican una entrevista en El País, la ponemos—. También queremos registrar allí las actividades que se van a hacer o las campañas que están en curso en distintos lugares para poder dar toda una visión de lo que hay alrededor de la editorial y de las cosas con las que estamos conectados. Esto se refiere no sólo a libros sino también a maneras de ver la vida.

M.G.: ¿Cuál sería su balance de la experiencia de la editorial hasta ahora?

A.M.: Bueno, que ya tenemos un espacio muy asignado porque la publicación de todos estos temas coincide con un cambio a partir de 1999 gracias al cual el ensayo empieza a interesar otra vez. Como ya habíamos hecho mucho trabajo en estos temas y nadie los tocaba, entonces, claro, como editorial eso nos afianza mucho en un momento. Yo creo que hay un reflujo. Hay mucha información porque muchos temas que antes sólo aparecían a través de los libros ahora están siendo tratados en los medios de comunicación, que hablan de inmigración, de cambio climático, de globalización, de Irak y de conflictos internacionales. Se habla. No digo que se hable a fondo. Digo que hay información y que la gente considera que está informada. Algunas veces en los periódicos hay buenos gráficos y esto ha hecho que ahora la forma social de comunicación sea muy rápida e inmediata. Y también está el tema de informarse a través de las nuevas tecnologías como Internet y tal, que creo que es algo que ha ido en detrimento de la búsqueda de profundidad. Es una idea que tengo y que últimamente me viene mucho a la cabeza.

M.G.: ¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que está preparando en este momento Icaria?

A.M.: Ha salido uno que se llama El militarismo en España, que aborda desde el proceso de la tendencia militarista hasta las actividades militares de “ayuda humanitaria” y la inclusión de éstas en conflictos internacionales. Después sale un libro muy interesante que se llama África en auxilio de Occidente acerca de todo lo que aporta África para superar los retos que actualmente tiene el planeta y que están planteados a nivel ecológico, de relaciones, de calidad de vida y de decrecimiento. La autora es una periodista de Le Monde Diplomatique llamada Anne-Cécile Robert, que plantea el tema de las relaciones, de la calidad, del tiempo y del trabajo como una función social más que económica. Es decir, cómo todo esto puede aportar ideas nuevas para plantear una sociedad más agradable de vivir y menos angustiada y agobiada que la nuestra.

Ahora estamos muy implicados en el tema del decrecimiento, de todo lo que suponen los límites ambientales y las desigualdades sociales planetarias —causadas por el capitalismo y por el neoliberalismo—. Una manera de superar esto es pensar cómo se ha de decrecer para igualar en el fondo en lugar de seguir hablando de crecimiento o de desarrollo. Esto lo hacemos con Serge Latouche, que es un pensador francés que ha escrito Sobrevivir al desarrollo y de quien ahora publicaremos justamente un libro llamado El reto del decrecimiento. También saldrá un libro de Susan George, que habla del fundamentalismo americano.


M.G.: ¿Podría mencionarnos algunos autores y/o libros que le gustaría incluir en el catálogo de Icaria?

A.M.: Me gustaría volver a publicar La muerte de Ivan Illich. También me gustaría haber publicado La sociedad líquida, de Zygmunt Bauman. Hace unos años me habría encantado publicar Las cruzadas vistas por los árabes y una novela llamada Las chicas de Riad, que habla acerca de la manera como en Arabia Saudita las mujeres se comunican y montan sus estrategias a través de Internet. No pudimos publicarlo porque lo descubrimos en árabe y ya sabes lo que pasa, que levantas la tela y lo das a conocer a la gente… Me gusta mucho lo que publica Crítica, ¿sabes?

Miércoles, mayo 16, 2007 categorizado bajo edición, editores independientes, literatura colombiana, literatura contemporánea

calibre 39: una antología de relatos de quince jóvenes escritores colombianos / entrevista a luis fernando charry, de villegas editores

Desde hace varios años Villegas editores —fundada en 1985— ha venido ganándose un merecido reconocimiento en Colombia y en algunos otros países por el cuidado con el que son editados sus libros ilustrados de gran formato, que han terminado por convertirse en una especie de insignia nacional. En 2000 esta editorial decidió empezar a publicar una serie de colecciones rústicas de bolsillo que incluye textos tanto de interés general como literarios. Aprovechando la coyuntura de la convocatoria Bogotá 39 —de la cual hablé el pasado 28 de abril—, Villegas acaba de publicar en su colección Turquesa una antología de relatos de quince autores colombianos menores de 39 años cuyo nombre es Calibre 39.


El escritor y editor Luis Fernando Charry nos habla acerca no sólo del origen de la idea de hacer esta antología, sino también de la diversidad de registros que hay en las voces que ésta recoge —entre las que se encuentran Juan Álvarez, Andrés Burgos, Juan Esteban Constaín, Antonio García, Adriana Jaramillo, Ricardo Silva y Antonio Ungar. Si de antemano es evidente que las trayectorias de estos quince escritores son bastante distintas, según Charry su registro, sus temas y los mundos que construyen también lo son.


Martín Gómez: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de publicar Calibre 39?


Luis Fernando Charry: A finales del año pasado estuve hablando con Benjamín Villegas sobre la posibilidad de hacer una antología de autores colombianos menores de 39 años. La idea, por supuesto, era jugar un poco con los 39 menores de 39 a nivel latinoamericano.


M.G.: ¿Cuáles son las motivaciones que condujeron a la publicación de Calibre 39?


L.F.Ch.: En principio ha sido parte de los proyectos literarios de la editorial de este año. Por otro lado, la antología se podría entender como la conformación casi definitiva de un ‘grupo’ de escritores más o menos jóvenes —tal vez faltan y sobran un par— y más o menos decorosos que están tratando de escribir su propia obra.


M.G.: ¿Cómo fue el proceso de selección tanto de los autores como de los textos incluidos en Calibre 39 y quiénes participaron en él?


L.F.Ch.: El único requisito era que todos los autores incluidos hubieran sido publicados en libro anteriormente. En este proceso participaron los editores de Villegas y Roberto Rubiano Vargas, quien es el autor del prólogo.


M.G.: ¿En qué se diferencia Calibre 39 de otras antologías como Cuentos caníbales, Cuentos y relatos de la literatura colombiana, ¡Aaaaahhhhh…! o Fricciones urbanas?


L.F.Ch.: En lo fundamental: es un libro de editor, no de autor. O sea, no es lo mismo aparecer en Planeta que aparecer en Villegas. Cada editorial tiene —o al menos eso me gustaría creer— su propio temperamento.


M.G.: ¿Cuáles son los diferentes registros tanto narrativos como temáticos que encuentra en los textos y autores incluidos en Calibre 39?


L.F.Ch.: Hay quince tonos distintos, quince temáticas distintas, quince mundos distintos. De eso habla Rubiano en el prólogo. Y tal vez eso justifica su existencia: la diversidad del panorama permite que el lector se maree menos. Eso es lo bueno de las antologías: lees lo que te interesa y punto. Claro, lo anterior se aplica a los buenos lectores.


M.G.: ¿Encuentra algunos elementos en común entre los autores incluidos en Calibre 39?


L.F.Ch.: Ninguno.


M.G.: ¿Hasta el momento cómo ha sido la recepción de Calibre 39?


L.F.Ch.: En cuanto a la crítica, hay dos bandos: aquellos que están a favor de la selección y aquellos que están en contra. En cuanto a las ventas, se mueve bastante bien.


M.G.: En Colombia desde hace ya muchos años Villegas editores es una institución en el mercado de los libros ilustrados. ¿En qué momento y por qué la editorial decide crear colecciones en otros campos que implican una diversificación de sus actividades?


L.F.Ch.: Esta pregunta se la podría formular a Benjamín Villegas. Supongo que tiene que ver con su modo de ver el mundo editorial y su propia vida: Benjamín es un tipo infatigable, que siempre —y cuando digo siempre estoy hablando de cualquier día de la semana, de cualquier hora del día o de la noche— está pensando en sus proyectos. En algún momento de descuido, supongo, mientras terminaba de diseñar un libro de gran formato, se le debió ocurrir sacar un par de colecciones literarias. Y al día siguiente, no me cuesta creerlo, se puso en la tarea.


M.G.: ¿Villegas editores prevé seguir apostándole a incluir en su catálogo libros de narrativa de autores jóvenes?


L.F.Ch.: Por supuesto que sí.


M.G.: ¿Podría mencionarnos algunos autores y/o libros que le gustaría incluir en el catálogo de la colección de narrativa?


L.F.Ch.: De autores extranjeros hay un montón que me gustaría publicar. La lista sería bastante larga. De los colombianos me gustaría publicar a Juan Esteban Constaín, por ejemplo. De todas maneras, estamos recibiendo propuestas.

Miércoles, mayo 9, 2007 categorizado bajo edición, editores independientes

entrevista a marian montesdeoca, editora de artemisa ediciones / "cada vez más lectores reconocen nuestros libros y los alaban por su atrevimiento"

Desde hace cerca de cuatro años una pequeña editorial llamada Artemisa con sede en La Laguna, Tenerife —Islas Canarias— cuyo impecable e innovador diseño editorial sobresale a primera vista viene constituyendo un catálogo compuesto por títulos de reconocidos autores cuyo denominador común es la visibilidad escasa —y en muchos casos nula— que han tenido en el ámbito de habla hispana.

Martín Gómez: ¿Cómo definiría usted Artemisa ediciones?


Marian Montesdeoca: Como una pequeña industria artesana de la edición.


M.G.: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de crear la editorial Artemisa?


M.M.: En verano de 2003, Ulises Ramos y yo concebimos Artemisa durante un paseo por la playa.


M.G.: ¿Cuáles son las motivaciones que condujeron a la creación de la editorial?


M.M.: La principal motivación fue —y es— hacer las cosas a nuestra manera. Hacerlas bien. Hartos de trabajar en “churrerías editoriales” donde poca importancia tenían el libro y el autor, decidimos lanzarnos a la publicación de aquellos libros que, como lectores, elegiríamos en los anaqueles de una biblioteca o de una librería.


M.G.: ¿Cómo se definió el perfil de las distintas colecciones de Artemisa?


M.M.: Las colecciones se han ido definiendo paulatinamente. Puede decirse que Artemisa comenzó su andadura de forma muy modesta, publicando obras cuyo alcance era meramente local y con unas tiradas muy reducidas; libros, sobre todo, de investigación histórica —Ulises y yo somos historiadores—. Pero en 2005, conscientes de los límites de las islas Canarias e ilusionados por hacer realidad proyectos de mayor alcance, cruzamos el Estrecho. Desde entonces lanzamos las colecciones que siguen vivas hoy y estructuran el catálogo de Artemisa.


Nuestro amor por los clásicos de la literatura en unos tiempos en los que el best seller monopoliza el mercado editorial nos llevó a crear las colecciones /Clásica —que ya cuenta con 9 títulos— y su hermana menor, /Clá —de la que han salido 11 títulos—. En ellas ofrecemos rescates de obras literarias poco divulgadas de autores reconocidos —como ensayos de Stevenson o pensamientos de Sainte-Beuve— y obras de autores olvidados en España como Ricardo Güiraldes y José Eustasio Rivera. /Clá se distingue por su pequeñísimo formato y por sus pocas pretensiones: ofrece textos breves, adecuados para leerse del tirón en un viaje o ante un café; obras de gran calidad pero muy cortas para los tiempos apresurados en los que vivimos.


Por otra parte, nuestras colecciones más recientes son Titivillus y Letras del vórtice. Aunque en Titivillus hasta ahora sólo ha salido Mitsou —obra de Rilke y Balthus— y estamos preparando tres títulos para que vean la luz a lo largo de este año, ofrecemos obras peculiares bien caracterizadas porque incluyen dibujos de grandes artistas como Balthus y Amat o porque se trata de ensayo actual sobre temas literarios atractivos —como El coloquio de los perros, de Cervantes, cuyo texto original publicaremos también en /Clá—. Y Letras del vórtice es nuestra particular apuesta por la narrativa actual.



M.G.: ¿Bajo cuáles criterios editoriales se eligen los libros que publica Artemisa?


M.M.: Publicamos lo que nos gustaría leer. Nada más. No seleccionamos obras que vayan acompañadas por superproducciones cinematográficas ni textos sobre temas de moda. Nos llegan muchos manuscritos —cada vez más—pero es difícil que pasen la prueba y se publiquen en Artemisa. Sólo aquellas obras —tanto obras de creación como traducciones de clásicos— que nos sorprenden por su originalidad y que nos atrapan acaban formando parte de nuestro catálogo.


M.G.: ¿Cree usted que Artemisa está llenando un hueco que han dejado en el mercado tanto los grandes grupos como las editoriales independientes que ya están posicionadas?


M.M.: No sólo Artemisa. Hay muchas otras editoriales independientes que emprenden su particular batalla contra las crudas leyes del mercado y apuestan por la publicación de obras con escasa proyección comercial, por la selección de textos de calidad y por las buenas traducciones. Artemisa, como otras editoriales con un perfil similar, se aleja de la literatura fácil y apunta a un lector exigente.


M.G.: ¿En qué consiste la estrategia tanto editorial como comercial de Artemisa para alcanzar y conservar una posición propia en el mercado?


M.M.: La única estrategia editorial posible, desde nuestro punto de vista, es hacer buenos libros. Y esa estrategia editorial, acompañada por una buena distribución, se convierte automáticamente en estrategia comercial. Haciendo buenos libros y logrando que se vean en las librerías perseguimos hacernos con un público fiel que se interese por nuestro catálogo.


M.G.: ¿Qué distingue a Artemisa de otras editoriales independientes españolas?


M.M.: Más allá de que Artemisa ponga su granito de arena por la buena literatura, nuestros libros se distinguen especialmente por el cuidado de las ediciones y lo peculiar de sus diseños. Diseños tipográficos, limpios, casi sin imágenes. Aunque nuestras portadas no son comerciales —según los criterios del imperio de la imagen—, nuestras Baskerville se están haciendo un hueco en las librerías y cada vez hay más lectores que reconocen nuestros libros y los alaban por su atrevimiento.


M.G.: ¿Cuál sería su balance de la experiencia de la editorial hasta ahora?


M.M.: Por lo pronto, nos sorprende que en un mercado editorial tan saturado Artemisa siga existiendo después de casi cuatro años. Habiendo atravesado —y atravesando a diario— vicisitudes de todo tipo, hemos podido seguir adelante gracias a que esta editorial más que una empresa es una forma de vida. El balance es bueno, buenísimo.


M.G.: ¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que está preparando en este momento Artemisa?


M.M.: Te recomendamos que visites www.artemisaediciones.com: allí anunciamos todos los títulos que publicaremos de aquí a final de año. No obstante, te recomiendo dos libros que en pocos días estarán en la calle: El socio, un relato atípico de Conrad, y Llamando a las puertas del cielo, la primera novela de Antonio Ansón, cuyo contenido es, si cabe, más sugerente que su propio título.


M.G.: ¿Podría mencionarnos algunos autores y/o libros que le gustaría incluir en el catálogo de Artemisa?


M.M.: Nos gustaría publicar a Borges, a Cortázar, a Joyce, pero somos conscientes de nuestras posibilidades, de que no podemos hacer frente a gravosos derechos de autor para editar a “los grandes” de la literatura contemporánea. Así es que nuestra mayor baza es la investigación permanente en busca de textos que se ocultan a las grandes editoriales. Paradójicamente, nuestras limitaciones tienen como resultado la posibilidad del hallazgo de “grandes rarezas” de la buena literatura de todos los tiempos. En definitiva, convertimos la necesidad en virtud.

entrevista a valeria bergalli, editora de editorial minúscula / "me interesa mucho la escritura que se encuentra en la frontera"


minúscula es una de esas editoriales independientes que le apuestan a la construcción de un catálogo consistente que se atreva a alejarse de los caminos comúnmente transitados por las propuestas mayoritarias. La editora Valeria Bergalli nos habla acerca de las motivaciones que en 1999 la llevaron a crear minúscula, del perfil de cada una de sus tres colecciones y del tipo tanto de textos como de autores que le gusta incluir en el catálogo de la editorial.

MARTÍN GÓMEZ: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de crear la editorial minúscula?

VALERIA BERGALLI: La historia es bastante larga. Desde que era muy joven tuve la fantasía de dedicarme al mundo de la edición y, sobre todo, de tener la posibilidad de fundar una editorial o, de alguna manera, de poder configurar un catálogo. Entonces me cuesta mucho establecer un momento a partir del cual tengo una iluminación y digo ‘quiero dedicarme a esto’. Es algo que, además, está muy relacionado con mi vida personal y familiar. Por ejemplo, mi abuelo era pintor e ilustrador y tenía su estudio en casa. Cuando yo era muy pequeña, incluso antes de ir al colegio, leí La isla del tesoro ilustrada por mi abuelo. Todas estas clásicas cosas que uno lee o comienza a hojear de pequeño. Yo veía cómo mi abuelo trabajaba en casa y cómo luego eso que él hacía regresaba en forma de libro. Él me explicaba todo el proceso por el que habían pasado sus dibujos, lo cual al final era una explicación de cómo nace un libro.

Por otro lado, soy hija única y mis padres han viajado desde que yo era muy pequeña. Nací en Buenos Aires, mi madre es italiana y pasé casi toda mi adolescencia en Alemania. Durante muchos años estuve haciendo con mis padres un triángulo entre Buenos Aires, Roma y Alemania. Para mí estos viajes fueron una experiencia extraordinaria que, por otra parte, también suponía muchas despedidas y mucha distancia con respecto a las cosas que yo había vivido poco tiempo antes. Por eso los libros eran una manera de continuar la relación que yo quería tener con mi país leyendo autores argentinos, de establecer un vínculo con Italia a través de la literatura italiana o de hacer una primera aproximación a Alemania cuando me fui a vivir allí. Para una hija única que cambiaba de país cada dos por tres los libros también suplían mucho la falta de amigos. Así que los libros siempre han formado parte de mi vida y creo que de una forma casi obligada yo iba incluyéndolos en mi proyecto vital para un futuro.

En cuanto a fechas concretas podría decir que en 1999 fundé la empresa y que los primeros libros salieron en el otoño de 2000. Evidentemente entre la creación de la empresa y la salida de los primeros libros hubo un trabajo intensivo. Incluso durante los años previos a la creación de la empresa hubo todo un proceso de elaboración del catálogo que también fue bastante intenso.

M.G.: ¿Cómo se definió el perfil de las distintas colecciones de la editorial minúscula?

V.B.: Tenemos tres colecciones: ‘Alexanderplatz’, ‘Paisajes narrados’ y ‘Con vuelta de hoja’, que es la más reciente. Las tres están bastante relacionadas aunque cada una tiene un perfil bastante definido. ‘Alexanderplatz’ es una colección dedicada a dar a conocer obras tanto de narrativa como de ensayo de autores de habla alemana. Digo ‘de habla alemana’ porque son autores no sólo alemanes, sino también de otros países que han escrito en esa lengua que se ha utilizado en muchos lugares más allá de las fronteras de Alemania. Me interesaba mucho poder dar un panorama en cierto modo sistemático y al mismo tiempo muy libre de la producción literaria existente en esta lengua. Buscaba hacerlo de una forma bastante sistemática porque creo que antes de la Guerra Civil española Alemania y España tuvieron contactos muy intensos que luego se interrumpieron. Como desde los años ochenta han ido apareciendo de forma bastante errática textos de autores alemanes, me interesaba mucho la idea de ofrecer de forma libre —en el sentido de no seguir ningún orden cronológico ni historiográfico— estos puntos de vista sobre este tipo de literatura. Y hay un periodo que me interesa especialmente que es no sólo los años veinte y treinta, sino también lo que luego será el exilio alemán tanto de los que se quedaron y lograron sobrevivir al Tercer Reich como el de quienes tuvieron que irse. Los autores que hemos publicado en esta colección muestran un hincapié en este periodo pero la idea es llegar hasta nuestros días sin necesidad de seguir un orden cronológico.

La colección ‘Paisajes narrados’ está compuesta por autores de distinta procedencia, algunos de ellos de habla alemana que es una predilección que yo tengo pero que no es una cuestión sólo de gusto personal sino también de interés para los lectores de aquí debido justamente a la interrupción durante tanto tiempo del contacto entre España y Alemania que son de una rabiosa actualidad.

Algunos de estos libros fueron escritos en los años veinte y treinta pero hablan de muchos temas de los que nos seguimos ocupando. La cuestión de la literatura urbana, por ejemplo. Tú coges una novela que publicamos sobre Frankfurt y te encuentras con que toda la temática urbana está tratada allí de una forma mucho más moderna y cercana a nosotros que en muchas de las novelas que se escriben hoy en día.

También está la intención de insistir mucho en la idea de Europa, por lo cual hemos publicado muchos autores de los países del este. Hoy en día se dice sobre todo en los medios de comunicación que ‘Europa se ha ampliado al integrar a países como Polonia’, lo cual es un grave error porque todos estos países siempre han formado parte de Europa —en algunos casos mucho más que la misma España, que en ocasiones se ha encontrado en la periferia— y porque lo que en realidad se ha ampliado es la Unión Europea. Cuando lees a los autores de países como Chequia, Eslovaquia, Polonia, Hungría o la ex Yugoslavia, resulta que son autores profundamente europeos. Y es fascinante descubrir las conexiones entre ellos porque va saliendo a flote la base de esa idea de Europa que practican aunque no la expresen abiertamente. Hay una red de ciudades con un intercambio cultural interesantísimo: Berlín, Praga, Budapest, Viena… Más allá de las fronteras estatales había un intercambio cultural intenso gracias a la gente que viajaba. Por ejemplo, en las colaboraciones periodísticas para los distintos diarios de esa zona el alemán funcionaba como una lengua que unificaba. Un caso fascinante es el de Joseph Roth, que trabajaba en una y otra redacción sin importar las fronteras estatales.

Eso venía por el lado del Imperio Austrohúngaro, que funcionaba como un mosaico de pueblos que tenían un patrimonio cultural compartido. Todo esto es fascinante teniendo en cuenta muchos de los temas que estamos pensando hoy en día más allá de la misma calidad literaria, que en el caso de nuestros autores buscamos que sea sobresaliente porque lo que nos interesa es la literatura —y no hacer algún tipo de panfleto—.

‘Paisajes narrados’ es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión ‘paisaje’ engloba muy bien esto si la entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.


M.G.: ¿Cree usted que en el catálogo de minúscula hay una oferta que en este momento no están haciendo ni los grandes grupos ni las editoriales independientes y que, por lo tanto, la editorial está cubriendo un vacío?

V.B.: Creo que minúscula se ha ido abriendo un lugar aunque no se trata de llenar un vacío, sino de crear una propuesta bastante definida que resulte reconocible para el lector y de que el catálogo represente una constelación de libros que adopten una forma determinada. En ese sentido no publicamos libros individualmente. Hay muchas maneras de constituir un catálogo pero yo creo mucho en la idea de colección, que a mí me facilita mucho el trabajo. Podríamos sacar un libro tras otro, de manera que por más que entendiéramos que todos los títulos tienen un aire de familia no dejarían de ser individualidades. Me gustaría mucho que al cabo de los años el lector encontrara en nuestro catálogo un mundo definido y que lo reconociera como el mundo de minúscula. Debido a la manera como están organizadas nuestras colecciones, a lo largo del tiempo he ido dándome cuenta de que poco a poco va emergiendo un gusto por ciertas obras paradójicamente más recientes —porque la mayoría de autores que publicamos son del pasado— que se inscriben en la línea de estos textos que se encuentran en el medio de varios géneros y que cuesta definir como narrativa pura. Creo que ahí hay una cierta marca de la casa.

No sé si minúscula viene a llenar un vacío pero sí pretendemos presentar un catálogo que sea una puerta abierta a un mundo bastante definido.

M.G.: ¿En qué consiste la estrategia tanto editorial como comercial de minúscula para suscitar en el público el interés por territorios que hasta hace un tiempo habían permanecido poco explorados en España?

V.B.: El desarrollo de nuestra estrategia es una tarea bastante ardua porque éste es un proyecto a largo plazo. Jamás pretendí conseguir resultados inmediatos. Mi estrategia consiste en ganarme los lectores de uno en uno. Espero que cuando los lectores lean un libro de minúscula queden lo suficientemente contentos para tener las ganas y la curiosidad de leer las otras cosas que la editorial publica. Aquí retomo la idea de colección: ya hay lectores que tienen una o dos colecciones completas. Hay quienes son más aficionados a ‘Paisajes narrados’ y quienes lo son a ‘Alexanderplatz’ o a las tres. Debo decir que esta idea fue entendida rápidamente y que a partir de la publicación del tercer o cuarto título había gente que estaba pendiente de la salida del siguiente. Incluso hay alguna persona que nos escribe diciéndonos que le falta el número tal de la colección. Y eso sí que lo busqué porque creo que ésta es una manera interesante de trabajar. Por otra parte, me parece la más honesta. En definitiva de lo que se trata es de hacer las cosas bien y de hacerle ver al lector por dónde vas —es decir, que tú trazas unas líneas y luego las sigues en lugar de que al cabo de tres o cuatro libros le cambies todo el esquema—. Mi intención era establecer unas líneas de trabajo e intentar mantenerlas en la medida en que dieran resultado porque si cometes un error luego tienes que subsanarlo.

También está la cuestión del diseño editorial, que es un aspecto sobre el que trabajamos bastante. Aunque todas las colecciones son distintas porque a cada una la identifica un color, el diseño guarda ciertos patrones que las hace reconocibles. En el caso de ‘Alexanderplatz’ recurrimos a un formato más grande porque sabíamos que había textos extensos que en otro formato no funcionarían bien. Para mí el libro es algo que tiene que ofrecer compañía al lector y por eso éste tiene que poder llevarlo a todas partes e incluso metérselo en el bolsillo del abrigo. Creo mucho en el libro que acompaña porque a mí los libros siempre me han ofrecido mucha compañía. De ninguna manera me interesaba hacer un tipo de libro grande y rígido que no permitiera este tipo de cosas y que hubiera que dejarlo encima de una mesa. Todo lo contrario, me gusta que la gente pueda llevarse los libros a donde quiera. Aunque por el tamaño los de minúscula podrían parecer libros de bolsillo, en ellos el tipo de papel, el interlineado e incluso la tipografía son mucho más refinados.

M.G.: ¿Cómo describiría los criterios y el proceso de selección de los autores y títulos que se incluyen en el catálogo de minúscula?

V.B.: En primer lugar, la calidad literaria. En segundo lugar, deben ser obras que encajen en alguna de nuestras tres colecciones. No descarto crear otra colección en el futuro —de hecho, ‘Con vuelta de hoja’ es bastante reciente—. Salvo que sea algo que me guste muchísimo, descarto todo lo que no encaje dentro de estas líneas porque su publicación desconcertaría mucho a los lectores. Es decir, en realidad un título tiene que responder muy bien a estas limitaciones que me he autoimpuesto. Seguramente a otra persona le costaría muchísimo trabajar de esta forma que a mí en realidad me facilita mucho las cosas porque me permite definir si tal libro es para minúscula o no —independientemente de que me guste mucho—. Hay muchas cosas que me habría encantado publicar pero que no hemos publicado porque no tenemos ahora la colección adecuada o porque no responden al espíritu de lo que estamos haciendo.

M.G.: ¿Existe un común denominador a los autores publicados por minúscula?

V.B.: Ya irán saliendo algunos autores muy distintos de los que hemos publicado hasta ahora, que en realidad son muy disímiles entre sí. No son de la misma época y tanto sus estilos como sus géneros son diferentes. Ya te he dicho que me gusta mucho mezclar géneros, como se ve en el hecho de que en la misma colección haya narrativa, ensayos, epistolarios y reportajes. Pero creo que son autores que fácilmente pueden entablar un diálogo entre sí gracias a los temas o a su manera de escribir. Insisto en lo que te decía antes en relación con que estoy yendo cada vez más hacia este tipo de escritura que se encuentra en la frontera, que es algo que comparten muchos de estos autores.

Es fascinante ver y constatar cómo lejos de limitarse a los dominios de la novela, la maestría narrativa se da en muchos otros ámbitos. En la narrativa esa capacidad de contar la encuentras también en reportajes, ensayos o diarios —y no sólo en el cuento o en la novela—.

M.G.: Un poco más de seis años después de la publicación de los primeros títulos, ¿cómo ve el posicionamiento de minúscula entre las editoriales y entre los lectores?

V.B.: Es un momento interesante en el que tenemos muchas cosas buenas. Con frecuencia reeditamos títulos nuestros, lo cual es una muy buena señal porque en el fondo para editoriales como minúscula —desde el punto de vista del tamaño y de la cantidad de títulos que publicamos al año— lo fundamental es que haya una red de librerías independientes que esté en buena salud, que sea fuerte y que tenga una presencia amplia. En definitiva, librerías que trabajen de manera similar a la nuestra: intentando ofrecer a los lectores cosas que no son las propuestas mayoritarias o las que buscan sobre todo el rendimiento comercial. Nosotros no dejamos de ser una empresa y evidentemente el rendimiento comercial es importante para la subsistencia de la propia editorial, pero como yo me considero una editora con vocación cultural de lo que se trata no es sólo de ganar dinero sino también de poder proponer y mantener un proyecto cultural y literario. Mi preocupación es que esta red de librerías se mantenga y subsista. De hecho, en España esta red existe y está bastante bien. Por lo tanto proyectos como el de minúscula y algunos otros son viables gracias a la existencia de estas librerías. Pero tenemos que estar alerta, sobre todo viendo lo que ocurre afuera —por ejemplo lo que ha pasado en Gran Bretaña a partir de la desaparición del precio fijo, que es muy importante—. También debemos prestarle atención a lo que está sucediendo con las grandes cadenas, que para propuestas como la de minúscula no es muy positivo.

En muchos aspectos América Latina es un fermento incluso más vital que España. Yo exporto a América Latina y te puedes imaginar que el problema es el precio por la diferencia entre el euro y el dólar. El libro hecho en España se encarece mucho al exportarlo, por lo cual la alternativa sería imprimir allá. Por otra parte, la acogida de los libros es muy buena —sobre todo en Buenos Aires y en Ciudad de México— porque hay una sensibilidad lectora. La cuestión está en vigilar que esto se mantenga porque lo contrario sería fatal para proyectos como éste.

M.G.: ¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que minúscula está preparando en este momento?

V.B.: Hace poco salió El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža que es el autor croata por excelencia del siglo XX y que ha sido comparado con Brecht, con Musil y con Gombrowicz. Los libros de Krleža han sido traducidos a más de cuarenta lenguas y nosotros tenemos el privilegio de ser los primeros en traducir su obra al español. También acabamos de publicar México, un libro de un autor italiano llamado Emilio Cecchi que hace unos años había publicado el Fondo de Cultura Económica y del cual encargamos una nueva traducción porque estaba agotado. Se trata de un caso excepcional porque en general publicamos cosas que antes no habían aparecido en español. Este libro viene con una presentación de Italo Calvino y habla de un viaje a través de California, Nuevo México y México durante los años treinta.

También estamos preparando Viaje a Rusia, un libro de Joseph Roth —de quien el año pasado publicamos sus Crónicas berlinesas— que se desarrolla en los años veinte.

Domingo, abril 8, 2007 categorizado bajo dictadura, escritores, lecturas de fin de semana, literatura contemporánea

lecturas de fin de semana [ 3 ] / entrevista a imre kertész: "en la dictadura, la literatura te devuelve a tu propia existencia"

Reproduzco la entrevista a Imre Kertész, el escritor húngaro de origen judío que en 2002 recibió el premio Nobel de literatura, hecha por Cecilia Dreymüller y publicada el pasado 31 de marzo en Babelia.


Desde Berlín, donde reside y siente la libertad, el Nobel húngaro evoca la vida bajo una dictadura y reflexiona sobre lo que significa crear bajo su dominio. El escritor, sobreviviente del Holocausto, que publica un libro de ensayos y recupera una de sus primeras narraciones, repasa la historia de su país en el siglo XX y habla de lo que significa tomarse en serio la escritura.

Kertész recibe en el lujoso café —”es mi oficina”— del hotel Kempinski de Berlín, ciudad donde mantenía un piso de trabajo y a la que acaba de trasladarse. La suavidad de su voz concuerda con la finura de sus modales y la delicadeza de su expresión en un alemán culto y algo quebrado. Aunque atiende con amabilidad, se diría que se ha propuesto atajar definitivamente las servidumbres periodísticas, ya que acaba de publicar en Dossier K. Una investigación (que saldrá en otoño en Acantilado) una irreverente y muy sagaz “autoentrevista”, donde un Kertész socarrón interroga a un Kertész remiso sobre su obra y su vida. La vida de un hombre (Budapest, 1929) que a los 15 años fue internado en Auschwitz y después trasladado a Buchenwald. El autor húngaro publica en España el libro de ensayos La lengua exiliada y Un relato policiaco.

PREGUNTA. Un relato policiaco nace, en 1976, como una especie de relleno, para la publicación de otra novela.

RESPUESTA. Así es. El editor era un gran conocedor de la literatura universal. Tiene que haber un mínimo de diez octavillas, dijo. Para completar el volumen de mi novela El rastreador necesitaba otro texto de una determinada extensión. Yo, entonces, desde hacía mucho tiempo, rumiaba la idea de Un relato policiaco y, de repente, se presentó esta emergencia. Lo tuve que escribir con extrema celeridad, porque en el llamado socialismo un libro tardaba dos años en ser publicado, y si uno se quedaba fuera del plan, había que esperar cuatro años. De modo que me instalé con mi proyecto en una casa de escritores, y en dos semanas lo terminé; así aparecieron los dos textos juntos.

P. Lo que no se explica es cómo semejante historia pudo pasar la censura.

R. Mire, en Hungría, en aquella época -estamos hablando de 1977- teníamos lo que se llamaba el “comunismo gulash”, una versión blanda del comunismo anterior y, de hecho, la censura no era la misma. Cada redactor jefe o director de una editorial era responsable de su propia empresa. Una censura central, tal como la había en Polonia o en la antigua Checoslovaquia, no existía en Hungría. Se trataba de una historia seudo-suramericana. Todo era ficción; no había un Estado suramericano así. De modo que el editor lo podía leer como algo completamente inocuo, incluso dijo: ¡pero si es como aquí! (risas). Y así fue como se publicó. No llamó mucho la atención, como todos mis libros, y después desapareció.

P. En su ensayo de 1990, Budapest, Viena, Budapest, llama a la literatura “el único sentido de la vida”. ¿Opina hoy igual que entonces sobre la importancia de la literatura?

R. Mi actitud no ha cambiado, pero me he dado cuenta de que la literatura ahora no posee, ni por asomo, la importancia que tenía entonces en Hungría. Pero eso me da igual. Aunque la literatura resulte superflua, para mí es esencial. Esto es todo; no quiero y no puedo valorar de forma objetiva si vale lo que escribo. Simplemente escribo porque me apetece.

P. Me refería a que en una dictadura la literatura constituye un canal para el desarrollo de una actividad mental.

R. Ah, sí, desde luego. En la dictadura la literatura adquiere una relevancia existencial, al menos cuando uno se toma en serio la escritura. La literatura te devuelve a tu propia existencia, ya que ocuparse cada día con uno mismo sirve para aclararse la vida. Es triste, pero imprescindible.

P. En Ensayo de Hamburgo afirma ser un escritor que saca su inspiración exclusivamente de lo negativo. ¿Cómo logra inspirarse en la actualidad?

R. (Risas) Bueno, hoy escribo más desde lo positivo. Mi último libro, Dossier K., probablemente sea mucho más alegre que mis otras obras. Es algo que he disfrutado mucho. Pero en aquel entonces -hay que trasladarse mentalmente a los años setenta, ochenta- no había ninguna esperanza de que se produjera un cambio. No era previsible que esta superpotencia, ese mamut, ese elefante, se derrumbase algún día. Fue un milagro.

P. ¿Cree que “el intelectual superfluo” del que habla en su ensayo del mismo título ha desaparecido?

R. No, creo que sigue estando allí. En Hungría, por descontado. Y, desgraciadamente, desempeña un papel importante en la sociedad y en la política. Hungría está pasando por una crisis y en esta crisis se dan muchos problemas artificiales de rasgos superfluos que simplemente no pertenecen a la época actual: nacionalismo, antisemitismo, derecha e izquierda, no son conceptos que ayudan a un país a vivir. Pintan problemas de hace cien años, se lo aseguro, ya que el pasado histórico no asumido de Hungría empieza con la Primera Guerra Mundial. Al final de aquella guerra, Hungría pierde dos tercios de su territorio y el resentimiento que surge entonces sigue vigente hoy. Después, la época de entreguerras, el papel de Hungría en la Segunda Guerra Mundial, la alineación del comunismo después de 1956, nada de esto será asumido. Son cuestiones muy difíciles que representan una pesada carga para una sociedad; además, fueron hábilmente eludidos. No sé cómo ha sido en España; al principio, después de la dictadura de Franco, parecía más difícil, pero hoy no se percibe ninguna dificultad.

P. ¿En qué dirección se mueven las nuevas generaciones de intelectuales húngaros?

R. No lo sé muy bien, no tengo demasiado contacto con mi país para pronunciarme con certeza, pero hay mucha extrema derecha. Un joven, que me encontré casualmente en el avión, me contó que estudia en la Universidad de Budapest y le llamaba la atención, al conocer otras universidades en Occidente, que en todas los jóvenes son de izquierdas, mientras que en Budapest la mayoría tiende a la derecha. Y esto es fruto del resentimiento, la incapacidad de superar el pasado. Es como una enfermedad que brota una y otra vez, igual que en Yugoslavia y Polonia. Es una señal muy significativa de que Europa todavía está lejos de estar unida; existen, como mínimo, dos Europas.

P. En su obra reelabora siempre experiencias vividas. ¿Por qué se opone al término “ficción autobiográfica”?

R. Porque todo es ficción, el ser humano es una ficción. Si contemplo mi vida, veo que me hago escritor cuando nada indicaba que lo fuera. No contaba con nada, no conocía nada, no tenía un proyecto, y los que emprendía eran completamente irreales, imposible vivir de ellos o verlos publicados en una sociedad como la de la Hungría comunista. Pero me atenía a esta ficción que me había inventado y llevaba una doble vida: una vida secreta, grandiosa y una vida muy estrecha en la superficie. Me decía entonces que vivía como un escritor inglés: me levanto, reflexiono, escribo algo; lo único que no hago es jugar al golf y al tenis y no conduzco un coche. Me atenía firmemente a esta ficción y así me convertí en una ficción. Lo que me permite escribir de mí mismo como de un extraño, como en Dossier K.: es un diálogo, aparentemente es un diálogo entre yo y mí mismo, pero poco a poco aparece una tercera persona que observa discutiendo a estos dos, controlando que, como en una partida de pimpón, intercambiamos correctamente la pelota. Un juego curioso.

P. La ficción está estrechamente relacionada con un tema muy recurrente en su obra: el concepto de la realidad, la realidad construida interiormente y la realidad en un sistema totalitario.

R. Yo creo que siempre vivía en la irrealidad, siempre fui una invención, hasta que me empezaron a doler las muelas. El dolor de muelas me hizo comprender que existía (risas) e iba al dentista. Pero, aparte de esto, me tomo las cosas alejándome de la realidad; no siempre puedo diferenciar los distintos niveles y menos cuando escribo. Me sorprendo a mí mismo con algunas frases. Cuando estuve trabajando en Yo, el otro, una frase fue muy importante para mí: “La libertad no se puede experimentar en el mismo lugar donde uno ha sido esclavo”. Esto, simplemente, lo había escrito así, como una frase clara con un ritmo, y diez años más tarde se había convertido en una profecía. Fue mi verdad existencial: tenía que marcharme de allí.

P. ¿Es ésa la razón por la que vive ahora en Berlín?

R. Sí, así es. Durante cuarenta años yo no he tenido pasaporte. Ni siquiera podía viajar a un país vecino. Yo soy un hombre de la gran ciudad, me siento a gusto en un entorno extraño, me encanta estar rodeado de una lengua extranjera. Y vivía atado a mi tierra como un hombre de la Edad Media. Ésta es una de las razones por las que vivo aquí, aunque también me siento a gusto en Berlín. Es una ciudad interesante, liberal, abierta, donde vivo con más libertad y, sobre todo, no tan cargado de problemas que no me importan. No tengo que repetir como un loro mi fidelidad a Hungría o que soy escritor; ya no me tengo que ocupar de los problemas de mi país.

P. En su discurso del Premio Nobel señala que tal vez el lenguaje ya no sirva para “representar los procesos reales, los conceptos que en otros tiempos eran inequívocos”. ¿Qué puede ofrecer el lenguaje al escritor del siglo XXI?

R. Ésa es la cuestión en la que hay que ahondar. En todos mis libros el lenguaje es diferente. Eso se manifiesta de forma muy marcada en Sin destino. La cuestión era ¿se puede crear un “lenguaje atonal”? Empleo este término musical para caracterizar un lenguaje que no posee tónica, no tiene tonalidad de do mayor o de si bemol menor, lo cual significa que no existe un consenso entre los seres humanos, que no hay una cultura válida; en otras palabras, los términos han cambiado por completo. Crear un lenguaje atonal suponía para mí desentenderme del todo de los significados originales de las palabras; todas las palabras han adquirido un contenido nuevo en la situación en la que tiene lugar mi historia. Este “lenguaje atonal” implicaba en Sin destino que la novela no debe narrar, una técnica en la que siempre hay un presente, pero nunca una narración. La manera en que se vive el presente, mediante momentos discontinuos, muestra el desgarramiento, lo inconcebible, el falso orden del mundo. Es una técnica que hay que variar en cada libro.

P. Su “lenguaje atonal” recuerda mucho el lenguaje de Kafka.

R. Kafka se publicó muy tarde en Hungría. El primer libro de relatos de Kafka lo pude leer alrededor de 1964. Tenía un diario de Kafka que pude comprar en Budapest en alemán, pero mi alemán entonces no era lo suficientemente bueno para leerlo sin dificultades. En realidad, Kafka no ha tenido tanta influencia en mí, lo cual fue una suerte para mí. No sé si hubiera podido escribir mi obra bajo la influencia de una cabeza tan excepcional y, sobre todo, un talento literario tan extraordinario. Su forma de representar pequeñas cosas, cómo describe a un hombre, es fantástico. En cambio, un libro que sí quería urgentemente leer, cuando trabajaba en Sin destino, del que me enteré por los periódicos húngaros que hablaban del proceso de Eichmann en Israel, porque trataba del mismo tema que me ocupaba a mí, la banalidad del mal, fue Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Tampoco lo conseguí.

P. ¿Quiénes fueron sus maestros literarios cuando decidió ser escritor?

R. Sobre todo, Thomas Mann y Camus, dos puntos estelares completamente distintos; ellos fueron mis pilares. A Thomas Mann, gracias a Dios, lo leí relativamente pronto; en 1954 se publicó un libro de relatos con La muerte en Venecia, etcétera, y me hizo un gran efecto. Esa monotonía literaria del estalinismo, esas novelas soviéticas con su mala literatura: encontrarme, de repente, con un texto existencial fue grandioso. Después de 1956 leí El extranjero, de Camus. Eso lo he descrito en Dossier K.: ambos escritores acabaron conmigo, pero cuando resucité me sentía feliz de haberlos conocido.

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