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jueves, junio 26, 2008 categorizado bajo Sin categoría

inventario de lecturas [ 10 ]

Empezaba 1999 y en una clase vi que un compañero mío que había llegado tarde traía en la mano Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote. Como el nombre del libro me sonaba familiar y el del autor me resultaba muy sonoro, decidí buscarlo y empezar a leerlo. Creo que no tardé más de una tarde leyendo la que sigue siendo una de mis novelas favoritas. Gracias a Desayuno en Tiffany’s Capote se convertiría en una presencia permanente en 1999 y en los siguientes años. A los pocos meses tuve el placer de leer también A sangre fría, Música para camaleones y Un árbol de noche, lo cual fue suficiente para declarar a Truman Capote mi autor preferido.


Ese año me había inscrito en un seminario del Ulises, de James Joyce, que al ser anunciado había sido la sensación en la universidad. Casualmente, poco tiempo después de empezar el curso una encuesta hecha en muchos países había arrojado la conclusión de que el Ulises era la mejor novela del siglo XX y al día siguiente en Bogotá todos los que no tenían el libro salieron corriendo a comprarlo. Lastimosamente pocos pudieron leerlo y terminaron renegando de él.



Aunque no entendía mayor cosa de lo que estaba leyendo, la verdad es que me sentía privilegiado por estar leyendo una obra que había revolucionado la literatura del siglo XX y por tener la oportunidad de oír cada miércoles a las 3.00 de la tarde y durante tres horas esa retórica llena de fuegos artificiales de mi profesor embaucador que mientras sus incautos estudiantes prendíamos un cigarrillo tras otro decía que ‘el Ulises era un descenso al pozo del inconsciente’ (WTF?). Al final nunca me terminé el Ulises y aunque no debí haber pasado de la página 327, llegó un momento en el que empecé a intuir lo que estaba pasando y en el que, por lo tanto, me di cuenta de que esas largas horas dedicadas a la lectura no habían sido una pérdida de tiempo.






El hecho de que el Ulises me hubiera quedado grande y de entender la ruptura que representaba esta novela en la literatura occidental aumentó mi admiración por Joyce, por lo cual durante las siguientes vacaciones leí El retrato del artista adolescente y releí Dublineses —dos obras escritas con una técnica narrativa eminentemente clásica—. Mientras que yo paré ahí, mi amigo Andresito duró tostado como dos años después de leer el Ulises y el Finnegans Wake en inglés.



Durante las vacaciones de mitad de año Roberto y yo nos metimos de colados a un curso de literatura artúrica que había en mi universidad. Aunque leí absolutamente todo lo que estaba en el programa y aprendí un montón de cosas, en ese momento me di cuenta de que las novelas de caballería y los libros de aventuras no eran lo mío. Igual tampoco podría decir que fue una pesadilla leer cosas como los Lais de María Francia, Erec y Enid, El caballero de la carreta, El caballero del león y El Cuento del grial y sus continuaciones pero creo que disfrute más la lectura de El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga, y de Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda: análisis de un mito literario, de Carlos García Gual.



Un detalle curioso del curso es que nosotros leíamos las obras de Chrétien de Troyes en la edición de bolsillo de Alianza editorial o directamente en fotocopias mientras que María del Rosario Aguilar —nuestra profesora, quien además de ser una experta en literatura medieval desde entonces es editora de Norma— llegaba a clase con esos tomos tan bonitos que había editado Siruela y que no había el menor riesgo de encontrar en Colombia.


Durante el segunda semestre de ese año descubrí a Raymond Carver, a J. D. Salinger y a Carson McCullers, que avivarían aún más el interés que me había despertado Capote por los escritores gringos y que cambiarían mis expectativas con respecto a la literatura en general.

martes, junio 17, 2008 categorizado bajo Sin categoría

inventario de lecturas [ 9 ]

La segunda mitad de 1998 fue particularmente estimulante para mí porque por primera vez en casi tres años tuve la certeza —aunque efímera, para variar— de que no me había equivocado escogiendo las carreras que estaba estudiando. Me entusiasmaba ver que algunos de mis profesores se ocupaban de temas interesantes, se divertían haciendo su trabajo y hacían un aporte valioso a su campo de estudio. Tanto, que la lectura de autores como Hesíodo, Aristóteles, Sócrates, Dante, Tomás Moro, Maquiavelo, Spinoza, Thomas Hobbes, Jean-Jacques Rousseau, Edmund Burke, Max Weber, Émile Durkheim, John Rawls o Jürgen Habermas en mis cursos de Historia de las ideas políticas me hizo considerar la posibilidad de dedicarme a la academia.


Fue justamente en ese segundo semestre de 1998 que se consolidó mi reconciliación con los clásicos. Me había inscrito en cursos sobre Goethe, Shakespeare y literatura griega. Aunque el curso sobre Goethe fue un desastre porque el profesor se dedicó todo el semestre a psicoanalizar a los personajes y al autor mismo, leer Las penas del joven Werther y la primera parte de Fausto fue una experiencia increíble. Por otro lado, en el curso sobre Shakespeare disfruté como nunca creí que podría hacerlo la lectura de obras como Sueño de una noche de verano, Hamlet, Macbeth, Otelo, Ricardo III y El Rey Lear.

El curso sobre literatura griega fue extraño porque aunque era muy general y superfluo, en él hicimos una aproximación distinta a la Ilíada —la lectura buscaba analizar la organización social y política de la época a partir del texto— y leímos La Orestiada, algunas comedias de Aristófanes y algunos poemas tanto de Píndaro como de Safo de Lesbos.


Entre tanto, por fuera de la universidad estaba leyendo cosas muy distintas: Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman; Canto a mí mismo, de Walt Whitman; La carta de Atenas, de Le Corbusier; Escritos políticos, de Herman Hesse; Dublineses, de James Joyce; La vida vivida, de Vinicius de Moraes; Siete noches, de Jorge Luis Borges; La busca, de Pío Baroja; Culturas híbridas y Consumidores y ciudadanos, de Néstor García Canclini y alguna otra cosa que se me escapa.


Lo más importante de ese año fue que tomé conciencia de que aunque quisiera leerlo todo sería imposible hacerlo no sólo porque la vida no me alcanzaría, sino también porque había mil temas que no me interesaban en lo más mínimo. En ese momento aprendí a no sentirme culpable por no interesarme por temas como la épica, los libros de caballería o la ciencia ficción y pude empezar a escoger mis lecturas sin pensar en lo que “hay que leer”.

martes, junio 10, 2008 categorizado bajo literatura colombiana

inventario de lecturas [ 8 ]

1998 también fue un año interesante y enriquecedor porque empecé a sentir que en la universidad estaba en un entorno que resultaba altamente estimulante en la medida en que a mi alrededor había gente inquieta cuya proximidad incentivaba el desarrollo de las inquietudes que me iban surgiendo y al mismo tiempo me suscitaba otras nuevas.


El año empezó con la compra entusiasta de los Manifiestos nadaístas, cuya lectura fue lo suficientemente decepcionante como para incitarme a no seguir leyendo literatura colombiana contemporánea con la misma vehemencia con la que venía haciéndolo hasta ese momento. Después de año nuevo empecé a leer La montaña mágica, de Thomas Mann, y a pesar de que estaba enganchado no pude acabarla porque cuando iba en la mitad empezaron las clases y no tuve más tiempo para seguir leyendo. Desde entonces tengo con La montaña mágica una deuda que quisiera saldar pero que no sé cuándo podré hacerlo.


Ese semestre no pude seguir evadiendo los cursos teóricos y de literatura clásica porque la consejera del departamento me obligó a matricularme en clases que además de ayudarme a hacerme una idea de los antecedentes de la tradición literaria occidental, me dieran herramientas teóricas para abordar los textos. Fue así como terminé inscrito en Lingüística I, Literatura española I y un seminario del Decamerón. El curso que más me motivaba era uno dedicado a Julio Cortázar, que a pesar de las lecturas que hice resultó siendo una gran decepción.



Los cursos de Literatura española y del Decamerón me sirvieron para sacarme de la cabeza esa idea de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Los romanceros españoles, las antologías de Menéndez Pelayo, el Libro de buen amor, La Celestina y las historias picarescas del Decamerón me revelaron que podía sentir los clásicos como algo cercano a mí y que incluso podía divertirme leyéndolos.


Aunque no estaban incluidos en el programa del curso de Cortázar, en esa época leí La prosa del observatorio, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Para el curso había leído un puñado grande de cuentos de distintas épocas, Rayuela —por fin completa— y alguna otra cosa de Cortázar.


Ese semestre me colé en un curso sobre Borges en el que un profesor de esos que embaucan a sus estudiantes con una retórica llena de fuegos artificiales—y que a mí me deslumbraban en esa época porque la perspectiva desde la que abordaban la literatura no tenía ningún tipo de pretensiones científicas— nos iba sugiriendo lecturas como Fervor de Buenos Aires, El tamaño de mi esperanza, El libro de arena, El informe de Brodie y Las siete noches. Como iba tomando nota de todas las referencias que oía, de rebote terminé leyendo algunas cosas de Macedonio Fernández, de Felisberto Hernández, de Roberto Arlt y de Adolfo Bioy Casares.


Motivado por las inquietudes que me habían surgido tanto en las clases como en mis interminables conversaciones de cafetería, durante las vacaciones de mitad de año de 1998 leí tres libros que se volvieron fundamentales para mí:


El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Niebla, de Miguel de Unamuno

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol



Durante esas mismas vacaciones decidí leer la Ilíada y aunque no me gustó me obligué a leerla hasta el final porque ahora que me había reconciliado con los clásicos el sólo hecho de pensar en abandonarla me hacía sentir mediocre y culpable. Yo seguía queriendo leerlo todo y me frustraba que un libro me quedara grande o ser incapaz de conectar con él. Afortunadamente un par de años después me quitaría este complejo y empezaría a atreverme a dejar tirado todo libro que no me sintiera a gusto leyendo.

martes, mayo 27, 2008 categorizado bajo literatura colombiana

inventario de lecturas [ 7 ]

En el segundo semestre de 1997 finalmente me matriculé en la carrera de Literatura. Yo quería tiempo para leer y ésa fue la mejor forma que encontré de tenerlo. El programa de Literatura estaba estructurado en varias áreas y salvo contadas excepciones uno podía ver las clases en el orden que quisiera porque casi ninguna tenía prerrequisitos.

Empezar no fue nada fácil. Revisando el programa de estudios me encontré con que había un montón de cosas que no me interesaban o que me producían pánico pero a las que tarde o temprano tendría que enfrentarme: literatura del Siglo de Oro, lingüística, épica griega, teoría literaria, literatura precolombina o historia de la lengua.


Yo sólo quería leer literatura moderna y contemporánea.


Estaba frente a un problema y como no quería enfrentarlo en ese momento, opté por inscribirme en la clase de Introducción a los estudios literarios —que era obligatoria— y por escoger dos cursos sobre temas que me interesaran: Teatro colombiano y Seminario de Vargas Llosa.


En mi curso de Introducción a los estudios literarios la profesora proponía un recorrido por la literatura universal que empezaba con el sacrificio de Isaac de la Biblia y terminaba con Crónica de una muerte anunciada. Todo iba bien para mí hasta que la profesora nos dijo que empezáramos a leer la Poética de Aristóteles para discutirla en clase porque así nos familiarizaríamos con los géneros clásicos y tendríamos herramientas para abordarlos.


En ese momento tenía 19 años y venía del colegio con el trauma de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Obviamente nunca empecé a leer la Poética ni mucho menos la Odisea, así que mientras mis compañeros discutían sobre la catarsis del héroe en la tragedia o sobre las reglas de la hospitalidad yo me quedaba mirando por la ventana hasta que se acababa la clase. Superado el impasse griego, antes de llegar a Crónica de una muerte anunciada leímos El Lazarillo de Tormes, Hamlet y algunos cuentos de Balzac, de Poe y de Cortázar. Al final del curso hice un trabajo pésimo acerca de De sobremesa, de José Asunción Silva.


El curso de Teatro colombiano fue un desastre. Yo me había inscrito en él pensando que me serviría para conocer las nuevas tendencias del ámbito teatral colombiano pero me encontré con que a la profesora sólo le interesaban el Teatro La Candelaria y el Teatro Experimental de Cali. Aunque las clases eran un poco aburridas —de hecho creo que en ninguna sesión me quedé hasta el final—, las obras que leíamos me gustaban un montón porque en ese momento me interesaba mucho la literatura como vehículo de transmisión de ideas políticas.


El Seminario de Vargas Llosa fue el curso que salvó el semestre. Ahí releí La ciudad y los perros y leí por primera vez Conversación en La Catedral, El elogio de la madrastra e Historia de Mayta. Además de hacerme muy feliz, la lectura de estas novelas de Vargas Llosa hizo que me dieran muchas más ganas de leer.


Entre tanto, por fuera de la universidad seguía perdido en el hoyo negro de la literatura colombiana posterior a García Márquez. Continuaba con la idea de que era importante conocer lo que se había escrito en Colombia durante las últimas décadas y lo que se estaba escribiendo en ese momento. Si no estoy mal, cuando me hastié del nadaísmo fue que me di cuenta de que había tocado fondo y de que era necesario corregir el rumbo.


Afortunadamente corregí el rumbo y al hacerlo mi percepción con respecto a los clásicos y mi relación con éstos cambiaron radicalmente.

miércoles, mayo 21, 2008 categorizado bajo literatura colombiana

inventario de lecturas [ 6 ]

Seguimos en la primera mitad de 1997. Durante esos meses continué leyendo a algunos de los autores que había empezado a leer con asiduidad a raíz de las reuniones de los viernes en la tarde en El café de la luna lela: Álvaro Cepeda Samudio, Edgar Allan Poe, Álvaro Mutis y Julio Cortázar.

Durante las vacaciones de mitad de año hicimos con Roberto un paseo por Cartagena, Barranquilla y Sincelejo. En Barranquilla mi tío Armando me dijo que fuera a su biblioteca y cogiera todos los libros que quisiera porque él ya los había leído y porque si seguían ahí el jején y la humedad acabarían comiéndoselos. Al final de esas vacaciones regresé a Bogotá con varias primeras ediciones de García Márquez, con los cuentos completos de Oscar Wilde, con Siddhartha y con un par de libros más de esa colección de clásicos de la literatura universal de Bruguera que venía encuadernada en cuero rojo.


Entre las cosas que leí entre junio y agosto de ese año se destacan algunas de las siete novelas que componen Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero y un libro de poemas titulado Caravansary —también de Álvaro Mutis—, algunos cuentos de Cortázar, una novela de Conrad llamada Bajo la mirada de Occidente, los Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, y Ojos de perro azul —de García Márquez—.


Era consciente de que me quedaba todo por leer y quería leerlo todo. Y como siempre hay que empezar por algún lado, yo decidí hacerlo por el que me parecía más cercano a mí: la literatura colombiana. Todavía no había superado a Andrés Caicedo y como entonces tenía una faceta compulsiva, decidí leer toda la literatura colombiana que se me atravesara por delante. Solía aprovechar cualquier rato libre que tuviera para visitar las librerías de segunda, los mercados de las pulgas y las ferias del libro que hacían en el Parque de los periodistas o en el Parque Santander y regresaba a mi casa con mi maleta llena de libros de las colecciones de autores colombianos de La Oveja negra y de Planeta.


Entre los libros de estas dos colecciones que compré y leí en esa época recuerdo los siguientes:


Episodios bogotanos, de Alfredo Iriarte


La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio


Bomba Camará, de Umberto Valverde


Nostalgia Boom, de José Stevenson


Las puertas del infierno, de José Luis Díaz Granados (una novela sobre la que algún comentarista de libros demasiado despistado o complaciente dijo que era el Ulises colombiano)


Chambacú, corral de negros, de Manuel Zapata Olivella


La sed de los huyentes, de Milcíades Arévalo


Urbes luminosas, de Eduardo García Aguilar


Cuentos para antes de hacer el amor / Cuentos para antes de hacer el amor, de Marco Tulio Aguilera Garramuño


Un día encontré en mi casa un libro que durante un tiempo largo tuve siempre a la mano: la antología El cuento colombiano, de Eduardo Pachón Padilla. Lo interesante de este volumen era que hacía un recorrido relativamente completo por la tradición narrativa colombiana en la medida en que incluía cuentos de autores que iban desde Tomás Carrasquilla hasta Andrés Caicedo, pasando por Manuel Mejía Vallejo, Pedro Gómez Valderrama, Cepeda Samudio, García Márquez y Óscar Collazos.


En esta época caí en el hoyo negro de la narrativa colombiana posterior a García Márquez. En muy pocos meses leí un montón de novelas con pretensiones intelectuales y experimentales que generalmente me aburrían y no me interesaban. Las novelas de Mutis, Episodios bogotanos, La casa grande, Urbes luminosas y algunos relatos de El cuento colombiano son las únicas obras de autores colombianos cuya lectura recuerdo haber disfrutado. Supongo que cuando me di cuenta de que las demás me resultaban insoportables seguí leyéndolas porque estaba a la expectativa de encontrar algo valioso en ese territorio que yo quería sentir tan próximo a mí. Y supongo también que si lo hubiera encontrado les habría dado una oportunidad a algunos libros de otros autores colombianos como Alberto Duque López, Alonso Aristizábal, Sandro Romero, Óscar Collazos, Juan Gossaín o Alfonso López Michelsen que compré pero nunca leí.