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¿quién no necesita un editor?

Hace unas semanas en la revista Newsweek apareció un artículo titulado “Who Needs a Publisher?” (“¿Quién necesita un editor?”), que en el fondo sugiere que las editoriales se han vuelto prescindibles porque al publicar sus obras en las plataformas de autopublicación existentes hoy en día los autores pueden no sólo darlas a conocer sino también convertirlas en éxitos comerciales y ganar mucho dinero con ellas. El artículo empieza contando la historia de Boyd Morrison, quien mientras hacía un doctorado en Ingeniería empezó a escribir novelas. Cuenta el artículo que tras sufrir durante años el rechazo de varios agentes y editores, en marzo de 2009 Morrison publicó sus obras en la Kindle Store de Amazon y al cabo de unos meses estaba vendiendo 4000 libros mensuales. Pero el éxito de Morrison va mucho más allá: en mayo pasado la editorial Simon & Schuster publicó en tapa dura una de sus novelas autopublicadas.

A continuación el artículo cita a Bob Young, director ejecutivo de Lulu.com, quien dice que ‘la publicación y la distribución de libros en línea no será la vieja industria del libro trasladada a una nueva plataforma. Será una nueva industria dependiente no de best sellers sino de publicaciones de nicho’.

Luego el artículo menciona la diferencia entre el porcentaje de regalías que los editores tradicionales y las plataformas de autopublicación le dan al autor por la venta de sus libros: mientras que por la publicación de un libro de bolsillo un editor tradicional les da entre el 8% y el 9%, ‘en la mayoría de los acuerdos de autopublicación los autores reciben entre el 70% y el 80% de las regalías’.

Según el artículo, una de las claves del éxito de la autopublicación está en el precio de los libros: si un e-book autopublicado cuesta 2.99 dólares, el precio de un libro en tapa dura publicado por un editor ronda los 25 dólares.

De este artículo que a partir de un par de casos de éxito dibuja un panorama casi idílico me llama más la atención lo que omite que lo que dice. Por ningún lado hay información con respecto a las plataformas de autopublicación —cuántos autores son usuarios de ellas, cuánto dinero mueven éstas, el porcentaje de autores que logran ganar algo de dinero publicando sus libros allí, los diferentes rangos de cifras de ventas y el porcentaje de títulos y autores que abarca cada uno de ellos, etc.—, a las estrategias a las que han recurrido los autores que han conseguido un cierto éxito en ventas para dar a conocer y vender sus libros publicados en estas plataformas, a los recursos que han debido invertir para ponerlas en marcha, a la acogida que han tenido sus obras entre sus lectores o al punto de vista de algún sector de lo que podríamos llamar “la industria editorial tradicional”.

Presentados fuera de contexto, estos casos de éxito y estas cifras confunden y engañan más de lo que informan y aclaran. Este artículo de Newsweek pone en evidencia la falta de rigor de algunos medios generalistas tradicionales a la hora de abordar ciertos temas desde una perspectiva en la que se conjuguen un mínimo de contextualización, profundización y análisis.

Gracias a las transformaciones que se están produciendo debido a la emergencia de lo digital estamos frente a un escenario híbrido en el que el modelo de edición tradicional convivirá durante años con el de los contenidos digitales y en el que la supervivencia de las editoriales que vienen del mundo del papel seguramente dependerá de su capacidad no sólo de adaptarse a las nuevas condiciones de su entorno sino también de incidir en su configuración.

En 2001 Jason Epstein ya comentaba en La industria del libro que gracias a las tecnologías digitales muy pronto los autores podrían publicar, promocionar y vender sus libros sin la mediación de agentes literarios y editores.

Un argumento a favor de los planteamientos de Epstein y del artículo de Newsweek es la decisión de Seth Godin, quien el pasado 23 de agosto anunció en una entrada de su blog titulada “Moving on” que ‘Linchpin será mi último libro publicado de la manera tradicional’.

Así explica Godin su decisión en su entrada:

‘Mientras que el medio cambia los editores están a la defensiva …. Honestamente no puedo pensar en un solo editor de libros tradicional que en la última década haya liderado el desarrollo de una innovación de mercado o de marketing exitosa. La pregunta que siempre se hacen las empresas parece ser: “¿cómo va este cambio en el mercado a perjudicar nuestro negocio?” Para ser breve: no estoy seguro de que yo le sirva a mi público (es decir, a usted) preocupándome por cómo un nuevo enfoque va a ayudar o a perjudicar a Barnes & Noble (…)

He dado un gran rodeo para decir que mientras los métodos de difusión de las ideas y de relacionarse con las personas cambian sin cesar, yo no puedo pensar en una buena razón para estar a la defensiva. Han pasado años desde que me desperté en la mañana diciendo: “Necesito escribir un libro, me pregunto sobre qué debería ser”. En cambio, mi misión es averiguar quiénes componen su audiencia y llevarlos a donde quieran ir en el formato que funcione incluso si no se trata de un libro publicado de la manera tradicional’.

Yo no comparto del todo el entusiasmo de Epstein con respecto a la capacidad de los autores de hacerlo todo por sí mismos y matizaría sus afirmaciones porque la explosión de contenidos a la que estamos expuestos actualmente hace más necesaria que nunca la mediación prescriptora de editores, libreros y comentaristas de libros —sobre todo teniendo en cuenta que no cualquiera que escriba tiene ni el conocimiento tanto del marketing como del mundo digital ni mucho menos la capacidad de generación de opinión de Seth Godin—. Aunque en este momento sólo se me vienen a la cabeza un par de casos de éxito cercanos en el campo de la autopublicación, cada vez conozco más autores que apuestan por jugar un rol activo en la promoción de sus libros publicados por editores tradicionales.

En una entrevista publicada recientemente en Sobre edición la editora argentina Julieta Lionetti se refiere justamente a la importancia creciente que tiene para los autores disponer de una red y de una plataforma de visibilidad propias. Al respecto dice Lionetti:

‘Ahora los editores tradicionales les exigen con mayor frecuencia a sus autores que aporten una plataforma mediática. Si un autor no tiene plataforma, es muy probable que nunca sea publicado por un editor respetable’.

Visto el impacto de los cambios que estamos viviendo actualmente gracias a la emergencia de lo digital, no descarto que en algún momento el escenario sin la mediación de agentes y editores al que se viene refiriendo Epstein desde 2001 deje de ser algo probable y se convierta en una realidad incontrovertible.

Sin embargo, creo que para conseguir que sus libros se vean, se vendan y se lean hoy en día los autores siguen necesitando en una medida importante una serie de recursos que los editores ponen a su disposición: su know how con respecto a su oficio, su conocimiento del mercado, el aparato de su estructura organizacional, el apoyo de su red y el respaldo de su marca —lo cual no es poca cosa—.

Lunes, marzo 8, 2010 categorizado bajo 1, edición, edición digital, industria editorial

comentarios a los planteamientos de jason epstein sobre el futuro digital [ 2 ]

El control sobre el uso y la conservación de los contenidos digitales, su vulnerabilidad y el modelo de acceso a éstos son tres aspectos que también vale la pena comentar en relación con los planteamientos que hace Jason Epstein en su artículo“Publishing: The Revolutionary Future”.

A partir de la referencia a lo sucedido el verano de 2009 cuando a petición del editor de 1984 Amazon borró esta novela de los Kindle de aquellos usuarios que la habían comprado, Epstein señala dos de las inquietudes que tienen muchos usuarios con respecto a la propiedad y a la seguridad de los contenidos digitales: en primer lugar, quién puede decidir qué puede hacerse y qué no con una obra en formato digital comprada en una tienda en línea para ser leída en un dispositivo electrónico; y, en segundo lugar, el riesgo de que los contenidos dejen de ser accesibles de un momento a otro.

1984_AMAZON_KINDLE

En el primer caso es el proveedor de los contenidos quien con su política de gestión digital de derechos —es decir, Digital Rights Management (DRM)— define los usos que el usuario puede hacer de éstos: los dispositivos en los cuales pueden utilizarlos, la autorización para copiarlos parcial o totalmente, la posibilidad de convertirlos a otros formatos y soportes e incluso el número de veces que puede acceder a ellos o la duración del período de acceso. Sin embargo, lo que en un principio parece absolutamente correcto y transparente puede terminar dando pie para que se vulneren los derechos del usuario cuando el proveedor de los contenidos aprovecha su capacidad de ejercer un control sobre éstos para hacerle pagar por un error suyo o cometer algún otro tipo de abuso. Por ejemplo, en casos como el retiro de 1984 de los Kindle por parte de Amazon el proveedor está ejerciendo controles indebidos que se salen de los límites de su política de gestión digital de derechos para resolver el problema causado por el hecho de que anteriormente él mismo parece no haber respetado alguna cláusula de su contrato con el editor de la novela que está comercializando. Amazon sabe por experiencia propia que en Internet la capacidad del consumidor para defender sus intereses es cada vez mayor porque a través del efecto de red que se produce en la Web es posible organizar movilizaciones en las que participen la cantidad suficiente de personas necesarias para hacer respetar su posición como colectivo.

El segundo caso contempla no sólo una eventual intrusión indebida en la propiedad del usuario por parte del proveedor de los contenidos o de un tercero, sino también el riesgo de que el archivo, el espacio donde éste está almacenado o el dispositivo a través del cual se accede a él se estropeen. Aquí se pone en evidencia la vulnerabilidad de lo digital que muchos temen.

BIBILOTECA_DIGITAL

En cuanto al modelo de acceso la idea del alquiler renovable me parece interesante, sobre todo para las obras de referencia, científicas, profesionales y técnicas así como en el caso de organizaciones como bibliotecas y centros de documentación. Epstein pone el ejemplo del Oxford English Dictionary y a mí se me vienen a la cabeza algunos otros tipos de contenidos como los journals de las distintas disciplinas científicas, las ediciones anotadas de obras literarias que han sido hechas para uso académico o los tratados jurídicos —es decir, obras cuyo uso es ante todo instrumental—. Por otro lado, en el caso de títulos cuyo ciclo de vida es corto porque sus contenidos caducan rápidamente está claro que no vale la pena conservarlos en papel al menos que se tenga un interés específicamente arqueológico para dar cuenta de la evolución de una disciplina o de un tema particulares.

Y es justamente cuando surge el interés arqueológico que el modelo de acceso por alquiler podría volverse problemático para bibliotecas y centros de documentación porque, como bien lo plantea el profesor Roger Chartier, una de las funciones de éstos consiste en conservar y hacer accesibles los textos en sus formatos anteriores cuando un nuevo soporte se impone. En este sentido el modelo de acceso por alquiler sólo sería una solución parcial para bibliotecas y centros de documentación porque en tanto que repositorios de contenidos este tipo de organizaciones también son los depositarios de una buena parte del componente documental de nuestro patrimonio cultural, cuya disponibilidad no debería estar supeditada a los vaivenes de un contrato de alquiler establecido con un tercero.

Miércoles, marzo 3, 2010 categorizado bajo 1, edición, edición digital, industria editorial

comentarios a los planteamientos de jason epstein sobre el futuro digital [ 1 ]

Hoy quisiera hacer una primera ronda de comentarios con respecto a los planteamientos hechos por Jason Epstein en su artículo “Publishing: The Revolutionary Future”, al cual me referí en mi entrada de ayer.

Para empezar quisiera destacar que la actitud de Epstein frente a lo digital me parece positiva y esperanzadora para el sector editorial. Creo que tomando como punto de partida su conocimiento de primera mano sobre la manera como lo digital ha evolucionado hasta ahora así como una postura optimista y entusiasta con respecto a su futuro, Epstein prevé un escenario realista en oposición tanto a la utopía que algunos venden como al apocalipsis que muchos otros ven venir. Pese a su confianza en el carácter positivo del futuro digital, Epstein es consciente de que aquellos actores que no se preparen para adaptar tanto sus modelos de producción y de negocio como sus estructuras operativas a las condiciones que resulten de las transformaciones que el sector está sufriendo seguramente la pasarán mal.

Un aspecto importante de la reflexión planteada por Epstein es el rol que ocupa en ella el fondo editorial. Con la digitalización de los fondos la circulación de los títulos que los conforman se amplía desde una perspectiva tanto temporal como geográfica: además de que los fondos pueden mantenerse vivos durante más tiempo porque el problema del costoso almacenamiento de mercancías desaparece, a través de plataformas en línea pueden comercializarse en un mercado descentralizado de alcance mundial. En este sentido lo importante es que si un lector mexicano que vive en Alemania necesita un título publicado hace cuatro años por una editorial peruana pueda acceder a él rápidamente y a un precio razonable sin tener que sortear mayores obstáculos. Es decir, que a quien manifieste una necesidad el mercado tenga con qué responder para satisfacerla. Y claro, para que esto sea posible es fundamental, por un lado, que existan los sistemas de información necesarios para que aquel que esté interesado en un tema pueda acceder al listado de títulos disponibles con respecto a éste; y, por el otro lado, que la oferta sea accesible a través de distintas plataformas.

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Sin lugar a dudas quienes mejor podrán disfrutar de la magnitud de ese mercado descentralizado de alcance mundial serán aquellos que además de dominar una o varias lenguas mayoritarias tengan solucionado el acceso a todas las tecnologías asociadas a la Web que se requieren para participar de dicho mercado. Hay que insistir en que lo importante está en el terreno de los contenidos y en que en este contexto en particular la tecnología en realidad es una herramienta y un canal al servicio del proceso de producción y de puesta en circulación de éstos.

Ahora que como dice Epstein ‘cualquiera puede reivindicar ser un editor y cualquiera puede llamarse autor’ porque la barrera de entrada a la actividad editorial es cada vez más baja, los filtros y las instancias de prescripción son más necesarios que nunca. Es por esto que hoy en día la capacidad tanto de identificar las fuentes de información pertinentes y relevantes en los campos que nos interesan como de eliminar el ruido es un factor crítico. Por lo tanto, lo clave es ser capaz de establecer los criterios necesarios para navegar en medio de la avalancha de información a la que estamos sometidos con el propósito de dar con ese bien escaso que al parecer siempre han sido los contenidos de buena calidad.

Martes, marzo 2, 2010 categorizado bajo edición, edición digital, industria editorial

el futuro digital, según jason epstein


En su presente edición The New York Review of Books publicó un artículo de Jason Epstein titulado “Publishing: The Revolutionary Future” en el que su autor plantea una serie de interesantes reflexiones en relación con la manera como la emergencia de lo digital —entornos, contenidos, formatos, soportes, etc.— está repercutiendo y seguirá haciéndolo en la edición, la circulación y la lectura de lo que se publica. Los planteamientos de Epstein me parecen optimistas y entusiastas sin ser ingenuos —aunque quizás estén condicionados por los intereses relacionados con su posición de presidente de On Demand Books, la compañía que desarrolló la Espresso Book Machine—.

A continuación voy a citar algunos de los planteamientos del artículo, así que veamos ahora qué dice Epstein*. De momento los enuncio y los iré comentando durante los próximos días, de manera que se vayan sentando las bases para sostener una discusión que puede llegar a ser muy rica.

- Sobre la situación actual del sector editorial:

‘Mientras tanto, y por razones muy diferentes, el modelo de negocio editorial al que me uní hace más de medio siglo ya está próximo a su fin, sufriendo una inquebrantable adicción al riesgo de los éxitos de temporada, muchos de los cuales no recuperan sus costes, y el deterioro simultáneo del fondo editorial, el recurso vital sobre el que los editores han sustentado su estabilidad, tanto en las buenas como en las malas épocas’.

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- Sobre la actitud del sector editorial frente a lo digital:

‘Con la tierra temblando bajo sus pies, no es de extrañar que los editores, con un pie en un pasado que se desmorona y con el otro buscando tierra firme en un futuro incierto, duden en aprovechar la oportunidad que les ofrece la digitalización para restaurar, ampliar y promover sus fondos editoriales en un mercado mundial y descentralizado. Las nuevas tecnologías, sin embargo, no esperan el permiso de nadie. Son, para usar el término de Schumpeter, disruptivas, no negociables, como los terremotos’.

‘La resistencia actual de los editores al futuro digital que se avecina no surge del temor a una alfabetización disruptiva, sino del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, en la que gran parte de su infraestructura tradicional —y tal vez ellos mismos— será superflua’.

- Sobre los filtros en un mundo en el que cualquiera puede ser reconocido como editor y autor:

‘La digitalización hace posible un mundo en el que cualquiera puede decir que es un editor y cualquiera puede llamarse a sí mismo autor. En este mundo, los filtros tradicionales se habrán desvanecido en el aire y sólo el filtro final —la incapacidad humana para leer lo que es ilegible— permitirá discernir lo que vale la pena tener en un mercado virtual donde la poesía de Keats compartirá espacio electrónico con los haikus de la tía María’.

- Sobre las instancias de publicación y prescripción en un mundo en el que lo digital se ha expandido:

‘En medio del caos literario del futuro digital, los lectores se guiarán por las huellas de los editores de renombre, distinguibles dentro de un directorio mundial y plurilingüe —una función que Google parece dispuesta a dominar—.

‘Los títulos también se colocarán en las webs de autores y editores y en webs de intereses específicos en las que las biografías de Napoleón y los manuales para entrenamiento de perros serán evaluados por críticos competentes, y descargados directamente desde el autor o el editor al usuario final mientras el software distribuye de forma adecuada el precio de la compra, trascendiendo las fórmulas tradicionales. Eliminados los gastos de inventario, envíos y devoluciones, los lectores pagarán menos, los autores ganarán más, y los editores, libres ya de sus estructuras obsoletas, podrán sobrevivir y prosperar’.

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- Sobre la calidad tanto de lo que se ha escrito como de lo que se escribirá:

‘La buena crítica sobre temas generales será tan excepcional y necesaria como siempre y sobrevivirá, como siempre ha ocurrido, en versión impresa y en línea según la preferencia de los lectores’.

- Sobre las transformaciones que sufre la estructura de las empresas editoriales en un mundo en el que lo digital se ha expandido:

‘El coste del acceso para los futuros editores será mínimo, requiriendo solamente el mantenimiento del equipo editorial y sus servicios de apoyo inmediato pero sin el gasto de las instalaciones tradicionales de distribución y de las distintas jerarquías de gestión’.

- Sobre la vulnerabilidad de los contenidos digitales y el uso de un modelo de acceso a éstos por suscripción a término fijo:

‘El contenido digital es frágil. Por lo tanto mantener a salvo los libros de depredadores y entrometidos electrónicos, así como de los azares del almacenamiento electrónico es esencial. La reciente eliminación por parte de Amazon de 1984 de Orwell —a petición de su editor— de los Kindle de aquellos usuarios que habían descargado la novela, sugiere la facilidad con la que los archivos pueden borrarse sin advertencia o permiso, un azar inestable de la distribución electrónica. En Dinamarca la música descargada por suscripción se autodestruye cuando la suscripción expira. Lo mismo ocurre con mi suscripción anual al Oxford English Dictionary, a menos que yo la renueve. Muchos otros materiales de referencia que suelen ser sensibles al tiempo y por esa razón nunca se han impreso y encuadernado se están vendiendo por suscripción renovable. Si yo fuera editor hoy, consideraría un modelo de alquiler renovable para todas las descargas de e-books —la “biblioteca de préstamo” de la época de la Depresión— que refleja más coherentemente la relación condicional, reforzada por los derechos digitales de gestión, existente entre el proveedor de los contenidos y el usuario final’.

Sobre el rol del patrimonio escrito en la preservación de nuestra cultura:

‘Me gustaría añadir algunas palabras con respecto a la evolución de mi propio interés por la digitalización. Desde el principio de mi carrera he estado obsesionado con la preservación y la distribución del fondo editorial —libros publicados anteriormente y aún en circulación que son un componente indispensable para la estabilidad de un editor. En este sentido, es justo decir que la edición de libros es más que un negocio. Sin los contenidos de nuestras bibliotecas —nuestro fondo editorial colectivo, nuestra memoria cultural— nuestra civilización se colapsaría’.

Sobre la manera como ha cambiado el negocio del libro (debido en gran parte a la transformación demográfica que han sufrido las ciudades durante las últimas décadas):

‘Este cambio demográfico provocó un vuelco en el negocio del libro ya que los distribuidores minoristas, incapaces de almacenar grandes fondos editoriales, exigieron una alta rotación, con frecuencia de títulos efímeros. Los autores más vendidos cuya lealtad a sus editores había sido la norma, eran ahora fichas en un casino de alto riesgo: una gran ayuda para autores y agentes con sus irrecuperables anticipos y una pesadilla para los editores que soportan todo el riesgo y tienen suerte si salen sin ganar ni perder. Mientras tanto los fondos editoriales continuaron disminuyendo. Las casas más pequeñas, incapaces de tomar riesgos, se fusionaron con otras más grandes y éstas eventualmente cayeron en brazos de los grandes grupos de hoy’.

Interesante, ¿no?

Creo que el tema da para montar una buena discusión.

* nota: a quien encuentre gazapos en esta “traducción libre”, le agradeceré si me hace el favor de señalármelos.

Miércoles, noviembre 25, 2009 categorizado bajo librerías, librerías independientes, libreros

el modelo de desarrollo de las ciudades estadounidenses y el ocaso de las librerías independientes vistos por jason epstein

Jason Epstein hace en La industria del libro dos consideraciones interesantes con respecto a la evolución del sector de las librerías en los Estados Unidos durante las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX.

 

La primera en relación con la manera como el modelo de desarrollo de las ciudades estadounidenses repercutió sobre el tejido de librerías al provocar el surgimiento de las grandes cadenas y el cierre de los pequeños establecimientos:

 

‘Por la época en que entré a Random House [en 1958], el éxodo hacia los barrios residenciales de las afueras de las ciudades ya estaba muy avanzado, pero en Nueva York los lectores podían comprar todavía los best sellers del momento y colecciones caras en Macy’s, en Scribner y en Brentano’s, en la Quinta Avenida, mientras que en Greenwich Village y en la parte alta de Broadway, cerca de Columbia, o en la Cuarta Avenida, como entonces se llamaba Park Avenue South, los libreros almacenaban existencias y lectores de toda la ciudad podían elegir entre una infinita variedad de títulos especializados, nuevos y de segunda mano. Ocurría lo mismo en otras ciudades (…) A medida que los clientes se mudaban a las afueras, los propietarios de estas tiendas [de barrio], al principio por veintenas y después a centenares, cerraban sus puertas. Sólo unos cuantos abrieron otra en los nuevos barrios, donde la población estaba dispersa y los alquileres de los centros comerciales eran demasiado altos para sostener negocios tan excéntricos y escasamente rentables, con stocks enormes de libros a menudo desconocidos y poco comerciales y unos volúmenes de venta peligrosamente bajos. En una librería, como en cualquier otro establecimiento dedicado a la venta al por menor, existe una relación de equilibrio (trade-off) entre el stock y el alquiler. Cuanto más pagas por uno, menos puedes gastar en el otro. Los alquileres de los centros comerciales acabaron con la estructura del comercio que había evolucionado de la mano con la industria editorial norteamericana durante casi dos siglos‘.

 

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Y la segunda acerca de la interacción que solía existir entre los editores y los libreros independientes hasta cuando éstos empezaron a desaparecer como consecuencia del desplazamiento progresivo de la población urbana hacia los nuevos barrios de la periferia de las ciudades:

 

‘Para los editores, la red informal de libreros independientes ha sido un indicador fiable de un mercado literario variado y fluctuante, un Internet primitivo que nos conectaba estrechamente con las diversas comunidades de lectores. No quiero decir con esto que los editores dependiesen del mercado para confeccionar sus catálogos de la misma forma que los productores de cine y los políticos dependen de los estudios de grupo y de los sondeos de opinión. Pero la desaparición de los libreros independientes privó a los editores de un órgano sensorial, les hizo perder el contacto con el mundo externo. El resultado fue una leve paranoia, una reacción típica de la desorientación, a medida que el mercado, ahora concentrado en un nuevo tipo de librería integrada en las galerías comerciales, se volvía mecanizado e impersonal, una fuerza uniforme para la que los libros no eran objetos preciosos o peculiares, sino una mercancía más. Hacia los años setenta, mis llamadas cotidianas a los libreros se hicieron menos frecuentes y finalmente dejé de hacerlas’.

 

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Este fenómeno que según Epstein empezó a tener lugar en  los Estados Unidos a principios de los años sesenta y que suena tan familiar en las grandes urbes latinoamericanas ha venido replicándose con sus propias particularidades desde hace cerca de dos décadas en algunos países europeos cuyas ciudades son planificadas a partir de un modelo urbanístico diferente y con sistemas económicos mucho más proteccionistas que últimamente tienden cada vez más hacia la liberalización.

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