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la biblioteca inagotable

‘El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante’.

Tomado de “La Biblioteca de Babel”, de Jorge Luis Borges. En Ficciones. Madrid: Alianza. 1997.

 

 

No hay nada que me resulte más frustrante como lector que entrar a una librería y no encontrar el libro que estoy buscando. La situación es aún más grave y empieza a tornarse desesperante si esto mismo pasa de manera sucesiva en varias librerías. Y es todavía peor si resulta que el libro en cuestión está agotado o descatalogado. Como siempre, las dificultades para acceder a algo y la imposibilidad de hacerlo alimentan compulsivamente el deseo de poseerlo.

 

La siguiente anécdota ilustra esta situación: entre las lecturas obligatorias del curso “Cuatro narradores norteamericanos” que tomé en el segundo semestre de 1999 se encontraban algunos cuentos del libro Un árbol de noche, de Truman Capote. Anagrama había publicado en 1989 este libro que según la profesora en ese momento era prácticamente imposible de conseguir en las librerías de Bogotá, por lo cual ésta nos pasó unas fotocopias que había mandado a sacar de su propio ejemplar. Como los cuentos que debíamos leer para la clase me gustaron tanto, terminé leyéndome el libro completo y quedé tan fascinado que tener un ejemplar propio se me convirtió en una obsesión.

 

A partir de entonces fui tanto a mis dos librerías de viejo de confianza como a muchas otras de segunda a preguntar por el libro y cada vez que se me atravesaba una librería en el camino entraba a buscarlo. Aunque siempre que entraba a una librería sabía de antemano que no iba a encontrar lo que estaba buscando, la frustración al salir era inevitable. Y así pasaron tres años hasta que un viernes después de salir del trabajo encontré en la Panamericana de la calle 72 con cerrera 15 una edición de bolsillo de Un árbol de la noche publicada en Buenos Aires por Sudamericana —a pesar de la variación en el título se trata de la misma traducción que hizo Juan Villoro para Anagrama—. Para cerrar el tema debo decir que como en ese momento no tenía dinero a la mano, tuve que esconder el libro detrás de una estantería e ir a comprarlo al día siguiente a primera hora.

 

En 2004 Anagrama resolvió el problema de una vez por todas tras publicar el volumen de los Cuentos completos de Capote, cuya portada viene ilustrada con una maravillosa foto del autor tomada en 1947 por Henri Cartier-Bresson en Nueva Orleáns.

 

 

Gracias a la creciente expansión, popularización y penetración de los e-books, de las plataformas de comercialización —tanto de compra de archivos mediante descarga como de venta de licencias de acceso a contenidos para su lectura en la nube— y de la impresión bajo demanda podríamos estar cada vez más cerca de la utopía de una biblioteca que es no sólo inagotable, sino también totalmente accesible en cualquier momento y desde cualquier lugar. Se trate bien sea de títulos viejos que han sido digitalizados o bien de novedades que aparecen directamente en digital independientemente de que también hayan sido publicadas en papel o no, estamos frente a la posibilidad del fin de la escasez cuya expresión máxima son los libros agotados y/o descatalogados.

 

 

La idea es que los lectores puedan acceder sin mayores obstáculos aquíahora y en cualquier formato a todo libro que en su momento despierte un mínimo interés y que la industria esté en capacidad de poner a su disposición todo título que más adelante sea susceptible de hacerlo para que también sea accesible. Basta con que se arregle todo lo relacionado con la gestión de derechos y con que una vez creados con el mayor cuidado posible los archivos se cuelguen en todas las plataformas de comercialización que se desee —lo cual no es poca cosa—. Esta nueva situación podría favorecer tanto a los editores que estén interesados en trabajar con nichos de mercado y en construir públicos dentro de éstos como a los lectores con intereses muy específicos —pienso, por ejemplo, en los amantes de algún tipo de literatura de género o en los expertos con un alto nivel de especialización en disciplinas, áreas de estudio y temas particulares—.

 

En síntesis, se están creando las condiciones para ampliar y facilitar el acceso al grueso de la producción editorial de todos los tiempos: tanto a las obras de dominio público que hayan sido digitalizadas como a aquellas que todavía estén sujetas a derechos de autor y cuyos editores firmen un convenio con alguna plataformas de distribución digital.

 

 

Se supone que hasta el momento la falta de una oferta legal amplia, diversa y atractiva ha sido uno de los frenos al consumo de contenidos digitales en España. Lo normal sería que el desembarco próximamente de las grandes plataformas de comercialización como Amazon, Google ebooks y Kobo —y de las demás que seguramente vendrán más adelante, independientemente de su origen y de su tamaño— contribuyera a dinamizar el mercado de los contenidos digitales en el sector del libro español y a que éstos se convirtieran en un producto familiar y cercano para el gran público.

 

Está claro que en el ámbito local algunos actores de la cadena de valor tradicional verán con recelo la llegada de players extranjeros provenientes del mundo tecnológico pero también es verdad que si éstos no aportaran su experiencia y su know how en los negocios en el ámbito online, su infraestructura tecnológica, su fondo y su músculo financiero el consumo de contenidos digitales en el sector del libro español tardaría más en despegar y se quedaría mucho más tiempo patinando debido a una mezcla de inmovilismo —por reticencia o por temor al riesgo— y de puesta en marcha de iniciativas que han sido concebidas y planificadas de manera errónea o que se han lanzado muy tímidamente.

 

 

En un escenario en el que la escasez de antes tiende a ser sustituida por una explosión y por una abundancia excesiva de contenidos —ojo que por ahora ni siquiera me referiré a la autoedición, que amerita un capítulo aparte—, la capacidad de los lectores de acceder a éstos depende en gran parte de que tengan visibilidad y de que puedan encontrarse fácilmente. Para que esto sea posible es importante que los editores trabajen cuidadosamente en la puesta en marcha de campañas de promoción y marketing en entornos digitales, en la gestión de metadatos, en la identificación de sus públicos y en la construcción de una relación fluida y dinámica con éstos. En este escenario de abundancia de contenidos lo que escasea es la atención de los lectores, que se encuentran con que su capacidad de lectura, su tiempo y sus recursos económicos son limitados.

 

Quedan en el aire algunas preguntas a las que seguramente la evolución de la situación les irá dando respuesta durante los próximos meses: ¿qué impacto tendrán en el sector del libro español la entrada de las grandes plataformas de comercialización de contenidos digitales y la ampliación de la oferta de éstos? ¿Cómo responderán los lectores frente a la ampliación de la oferta de contenidos digitales? ¿Quién se beneficiará y quién saldrá perjudicado con este cambio? ¿Cómo reaccionarán los distintos actores del sector frente a esta transformación de su entorno? ¿Cuáles actitudes y estrategias adoptarán éstos no sólo para adaptarse a este nuevo entorno, sino también para jugar un rol activo en su configuración? ¿Cuál lugar ocuparán en este nuevo entorno las plataformas locales de comercialización de contenidos digitales —tanto las ya existentes como las que aparezcan en el futuro—?

 

 

Una vez los títulos estén disponibles en todos los formatos y en todas las plataformas posibles, al lector le corresponderá escoger de qué manera acceder a ellos según sus preferencias y sus condiciones particulares. Mientras la aceptación, la adopción y la asimilación de lo digital se extienden de manera significativa, lo más probable es que el papel siga siendo la solución más óptima para una parte importante del público lector.

Miércoles, julio 13, 2011 categorizado bajo destacados, literatura española, literatura estadounidense

lecturas para el verano

Desde que me convertí en lector a los 17 años, para mí las vacaciones siempre han sido el momento ideal para dedicarme a la lectura de aquellos libros que más tengo ganas de leer. Cuando estaba en la universidad la Feria del libro de Bogotá coincidía con la víspera del inicio de mis vacaciones largas, así que durante las semanas previas reunía todo el dinero que podía —lo poco que conseguía ahorrar más lo que mi papá me regalaba, que solía ser alrededor del 75% del monto final— para irme de compras. Durante los exámenes finales me iba a la feria y me armaba de un buen arsenal de lecturas para los tres meses de vacaciones que me esperaban. Muchos de los libros que compré en esa época los leí mucho más tarde o hasta ahora no los he leído. En cualquier caso están ahí, ocupando su lugar en ese proyecto de vida que es mi biblioteca personal.

 

Cuando viajaba con mi familia o con mis amigos siempre me llevaba un buen cargamento de libros con la esperanza de leerlos todos, aunque al final sólo terminaba leyendo tres o cuatro como máximo. Al cabo de un par de viajes ya sabía que me estaba llevando más libros de los que podría leer pero me tranquilizaba saber que no iba a quedarme sin lecturas o que si alguno no me gustaba podía dejarlo y continuar con otro. Muchos de mis libros favoritos los leí durante mis temporadas de vacaciones de la universidad: Cien años de soledadEl amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato; La montaña mágica, de Thomas Mann; Desayuno en Tiffany’sA sangre fría, de Truman Capote; Niebla, de Miguel de Unamuno; Santo oficio de la memoria, de Mempo Giardnelli; La mujer que se estrellaba contra las puertas, de Roddy Doyle; y Leviatán, de Paul Auster.

 

Luego cuando empecé a trabajar tuve claro que para leer algunos libros de una cierta extensión me harían falta unas vacaciones más o menos largas —pensando en quienes dicen haberse iniciado como lectores alguna vez que se enfermaron durante su niñez, muchas veces he llegado a pensar que la ocasión perfecta para hacer estas lecturas sería una baja por enfermedad (un lujo impensable para un freelance)—. Es por eso que desde entonces he aprovechado algunas de mis vacaciones para leer novelas largas que hoy en día se encuentran ente mis libros favoritos como Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Espero que algún día no muy lejano les llegue el turno a libros cuya lectura es una deuda que tengo pendiente como Historia de dos ciudadesGuerra y paz, En busca del tiempo perdidoLos demonios, La guerra del fin del mundo, Tres tristes tigres, La consagración de la primaveraEl obsceno pájaro de la noche, toda la saga de Wilt de Tom Sharpe, la Trilogía de DeptfordMantra, 2666Tu rostro mañana.

 

Tengo previsto dedicar una parte importante del tiempo de estas vacaciones de verano a la lectura de dos novelas más o menos largas que quiero leer desde hace ya un buen tiempo: La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, y Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

 

 

 

Ningún lugar es malo para unas buenas lecturas vacacionales: la playa, la montaña, la ciudad, un pueblo o incluso la propia casa. Felices lecturas a quienes próximamente vayan a tomarse unas vacaciones.

 

Jueves, julio 7, 2011 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados

donde pongo el ojo… [ 127 ]

 

Lecturas en curso

 

Cuentos completos, de Julio Ramón Ribeyro

Alfaguara

Madrid, 1998

 

Mi recomendado de la semana

 

La Trieste de Magris

Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB)

Barcelona, 9 de marzo – 17 de julio 2011

 

Mis libros favoritos

 

Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino

Siruela

Madrid, 2009

 

Me llama la atención

 

8.8: El miedo en el espejo, de Juan Villoro

Candaya

Avinyonet del Penedés, 2011

 

Jueves, junio 23, 2011 categorizado bajo donde pongo el ojo, mis libros favoritos, mis recomendados, series

donde pongo el ojo… [ 126 ]

 

Lecturas en curso

 

V de Vendetta, de Alan Moore y David Lloyd

Planeta DeAgostini

Barcelona, 2008

 

Mi recomendado de la semana

 

El rio, de Wade Davis

Fondo de Cultura EconómicaEl Áncora editores

Bogotá, 2001

 

Mis libros favoritos

 

Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

Alianza

Madrid, 2008

 

Me llama la atención

 

Oficio editor, de Mario Muchnik

El Aleph Editores

Barcelona, 2011

Martes, junio 14, 2011 categorizado bajo literatura latinoamericana

borges*

“A quien leyere”

 

‘Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor’.

 

Tomado de Fervor de Buenos Aires (1923).

 

 

“Borges y yo”

 

‘Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

 

No sé cuál de los dos escribe esta página’.

 

Tomado de El hacedor (1960).

 

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* nota: homenaje a Jorge Luis Borges en el 25º aniversario de su muerte (14 de junio de 1986).

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