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Sábado, mayo 19, 2007 categorizado bajo best sellers, edición, editores, lecturas de fin de semana, ventas de libros

lecturas de fin de semana [ 15 ] / ‘“bestsellerizarse" o morir’

Como eso de los best sellers está dando tanto de que hablar desde hace unos días, aprovecho para reproducir un artículo titulado ‘”Bestsellerizarse” o morir’ que encontré hace un par de días en Librósfera. En él José Ángel Mañas se queja de la pésima calidad de la literatura que se está publicando actualmente y, por lo tanto, del bajo nivel cultural de las nuevas generaciones. Según Mañas, hoy en día el público sólo consume basura porque la industria edi­torial se rige por una ‘lógica exclusivamente mercan­til’ a la cual tienen que adaptarse quienes quieran vivir de la escritura y porque nuestra atención cada vez se desplaza más hacia los nuevos medios.

Aunque considero que es cierto que bastantes editoriales publican mucha basura cuyo target es un gran público perezoso, poco exigente y con una cultura literaria muy pobre, creo que buscar textos de una mayor calidad literaria es una responsabilidad que debe asumir quien quiera leer algo que sobresalga con respecto a la oferta mayoritaria del mercado. Para eso hay muchos circuitos paralelos al del gran público y una gran diversidad de canales a través de los cuales se puede acceder a ellos. La posición de Mañas me parece absolutamente paternalista en la medida en que pone toda la responsabilidad en manos de la industria editorial y en ese sentido me parece que otra fuente importante del problema es la falta de curiosidad del gran público.


Aprovecho una vez más la ocasión para decir que no creo que las editoriales sólo deban publicar libros de un nivel literario excelente ni que todos tengamos que leer únicamente a los grandes clásicos cuya calidad es incuestionable. Soy partidario de que cada quien lea lo que le interesa y utilice las fuentes que se le antoje o que tenga a la mano para orientarse al momento de decidir qué va a leer.


“Bestsellerizarse” o morir

José Ángel Mañas

El País, viernes 11 de mayo de 2007


Hace apenas veinte años, una familia de clase media leía a Var­gas Llosa, a García Márquez, a Günter Grass, a Max Frisch, a Heinrich Boll y, a lo mejor, si querían darse aires de culture­tas, hasta se atrevían con Ja­mes Joyce o con Robert Musil. Hoy, la misma familia lee a Dan Brown, a Dan Brown, a Dan Brown, a Dan Brown y, a lo mejor, si se pasan por el VIPS de la esquina, a alguno de los tropecientos primos hermanos que le siguen saliendo a Dan Brown. No hay más que remitir­se a las listas de ventas.


Un fenómeno semejante se presta a diversas interpretaciones. De entrada, tenemos a los catastrofistas que, fieles a su per­sonaje, se echarán las manos a la cabeza. Nos dirán que el nivel cultural no deja de bajar. Que si la LOGSE, que si los SMS, que si el apocalipsis. Los oigo y me viene a la mente el texto de cierto respetable profe­sor de la Primera República que ya en el siglo XIX se quejaba de la decadencia de la educación española y se preocupaba muy seriamente porque el nivel inte­lectual de las nuevas generacio­nes bajaba a marchas forzadas (qué pensaría si echara un vista­zo a los discursos de nuestros políticos). Es una cantinela muy vieja. Como decía un escritor egipcio del siglo veintiocho an­tes de Cristo: “Oh, Amón, ¿qué sentido tiene escribir, si ya está todo dicho?”.


Los que no tengan tantas an­teojeras, por su parte, observa­rán que rara vez ha habido un momento de eclosión cultural e informativa tan importante, y que si bien la literatura no pare­ce en alza, hay otros territorios —en especial informáticos— ­que están atrapando en sus bri­llantes redes a buena parte de las neuronas. Mi humilde opi­nión es que la inteligencia me­dia de la humanidad en cada estadio se mantiene más o menos al mismo nivel —y, si acaso, globalmente se incrementa—, sólo que en función de las épo­cas se va concentrando en tal o cual dominio que resulta coyunturalmente más atractivo. En definitiva, que salvo las puntuales travesías por el desierto (y no me parece que sea el caso), lo que se pierde por un lado se gana por el otro.


Eso no quita que el declive de la cultura literaria parece in­cuestionable. ¿Los responsables más directos? Por una parte, la dura competencia que le hacen al libro las nuevas tecnologías en lo que a ocio se refiere (yo mismo, de haber nacido veinte años después, habría pasado más horas con la X-Box y me­nos con Edgar Rice Burroughs). Por otra, la propia industria edi­torial. No es que me parezcan exigibles las tiradas de 100.000 ejemplares de Musil o de Joyce: me aburren soberanamente. Pe­ro las de tres millones de Dan Brown tampoco parecen im­prescindibles más allá de una lógica exclusivamente mercan­til. Sin desprecio por la pecu­nia, creo que el ciudadano con­sume en buena medida la cultu­ra que le dan, y que se le puede educar y de hecho se le educa desde los escaparates. Por po­ner un ejemplo televisivo: cuan­do no había programas del cora­zón, l@s maruj@s catódicos encontraban lo que les gustaba dentro de lo que se les ofrecía y no despreciaban, llegado el ca­so, los debates culturales de La clave. Bien es cierto que una vez que una cadena empieza a ganar dinero con pornografía, las otras acaban obligadas a se­guir el modelo. Pero de ponerse de acuerdo unos cuantos pica­tostes, se podrían arreglar bas­tante las cosas.


¿Significa ello que la literatu­ra se está extinguiendo? Sólo si se deletrea con mayúsculas. Porque, pese al declive de la cultura escrita, resulta que en el mundo se editan y se venden más libros que nunca, y también es mayor que nunca el número de escrito­res que se pueden dedicar profe­sionalmente a ello. Eso tendría que ser un motivo para la ale­gría. Pero lo cierto, repito, es que el número no implica diver­sidad y que lo que se está pro­duciendo es una progresiva bestsellerización del sector. Ello se constata doblemente. Por una parte, las propias editoria­les, si uno se fija, están empezan­do a renunciar a sus formatos clásicos, a aquellos diseños que caracterizaban a la casa, para camuflarse en lo posible en ese mercado tan suculento y llama­tivo del best seller. Por otra, los propios escritores se van dando cuenta de que si no se bestsellerizan mínimamente, añadiendo un punto de comercialidad te­mática y de suspense, se acaban quedando fuera de juego y te­niendo que dedicarse a estudiar oposiciones, cosa bastante tris­te, se lo concedo. Es un fenóme­no que tiene un paralelismo evi­dente con el cine, donde cada vez son más raros los artistas que insisten en su vía de autor, sino que por lo general pasan de dirigir Los duelistas a Gladia­tor, de Sospechosos habituales a Superman, de Memento a Bat­man Begins.


Los hechos no pueden ser más claros y las consecuencias tampoco: los lectores deman­dan un tirón narrativo al que para bien o para mal les hemos acostumbrado, y todos los que queramos dedicamos profesio­nalmente a esto tendremos que plegamos antes o después. ¿Las alternativas? Ninguna: o bestse­llerizarse o morir. Cada cual se­gún su conciencia.

Martes, mayo 15, 2007 categorizado bajo escritores

algunos territorios por explorar

El lunes pasado mientras hacía lo que llamo ‘trabajo de campo’ para mi entrada sobre la mesa de novedades de la librería Altaïr empecé a pensar en todos los territorios que no he explorado como lector y de los que, por lo tanto, no me he ocupado en [ el ojo fisgón ]. Lo pensé justo en ese momento porque aparte de Robinson Crusoe, La Odisea, Los viajes de Gullivert y los varios libros de Ryszard Kapuściński que he leído hasta el momento, mi contacto con los libros de viajes ha sido nulo. Me acuerdo de que en una clase de la universidad teníamos que leer el Diario de a bordo, de Colón, del cual no me leí ni una sola página. La profesora y mis compañeros citaban con mucha propiedad Los viajes de Marco Polo y algunos otros libros que yo no había leído y que la verdad tampoco me interesaba leer.

En una época creía que para ser culto, para conocer a fondo la historia de la literatura y para poder lanzar afirmaciones categóricas con respecto a cualquiera de sus episodios había que leerlo todo. Incluso en unas vacaciones largas me puse a leer La Ilíada y el siguiente semestre me matriculé en un seminario malísimo e insoportable sobre esta obra cumbre de la épica en el que la profesora, que parecía sentir una especial simpatía hacia Patroclo, siempre empezaba la clase haciéndonos preguntas como cuál personaje de las tropas aqueas nos gustaría ser. ¡Hágame el favor!

Creo que ese semestre en el que, además, intenté leer El señor de los anillos fue decisivo para mí porque dejé de culparme por no sentirme a gusto leyendo algunos de los grandes clásicos de calidad es incuestionable y lectura obligatoria. Decidí entonces que si empezaba a leer algo y no me gustaba, dejaría de leerlo sin ningún remordimiento. Y decidí también que nunca hablaría mal de libros y autores que por lo menos no hubiera intentado leer.

Fue así como llegué a la conclusión de que no me gusta la épica, ni los libros de caballerías, ni la literatura infantil y juvenil, ni la mayor parte de la poesía del Barroco español, ni la beat generation ni la ciencia ficción. Y llegué también a la conclusión de que me fascinan la ficción literaria gringa —particularmente Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, McCullers, Steinbeck, Capote, Mailer, Vidal, Cheever, Carver, Ford, Salinger, Toole, Wolfe y Delillo—, los satíricos británicos, los novelistas franceses y rusos del XIX, la Generación del 98, algunos narradores argentinos, los escritores del dream team británico y algunos postcolonialistas, casi todos los del boom latinoamericano —sobre todo Bioy Casares, Borges, Donoso, Fuentes, García Márquez, Ribeyro y Vargas Llosa—, los trágicos y los comediantes griegos, Cercantes, Shakespeare, Goëthe, Oscar Wilde, Thomas Mann, Hermann Hesse, Kafka, James Joyce, Tennessee Williams, un montón de escritores latinoamericanos posteriores al boom —como Bolaño, Germán Espinosa, Tomás González, Moreno Durán, Soriano y Volpi—, la Generación del 27 y muchos otros que se me quedan por fuera.



Por otro lado, trabajando en distintos momentos como lector de manuscritos para varias editoriales mi gusto ha cambiado un poco en la medida en que me empezaron a gustar muchísimo la novela histórica y policíaca —un género que me despertaba algo muy parecido al desprecio—.

Entre los territorios que hasta el momento no he explorado y que me gustaría abordar se encuentran el del cómic, la literatura de viajes, la narrativa de Europa del Este y la novela gráfica. Por eso espero hincarles el diente y empezar a escribir sobre ellos muy pronto en [ el ojo fisgón ].

Lunes, abril 23, 2007 categorizado bajo sant jordi

sant jordi

Hoy 23 de abril Cataluña celebra el Día de Sant Jordi, que es su patrón. Mientras que todo el mundo de habla hispana celebra el Día del idioma conmemorando la muerte de Cervantes —que casualmente coincide con la de Shakespeare—, los catalanes celebran Sant Jordi de una manera bastante curiosa: los hombres les regalan flores a las mujeres y éstas a cambio les regalan libros —una tradición que muchos consideran inequitativa y que con los años ha venido siendo revaluada—.

El Día de Sant Jordi tiene un valor simbólico enorme debido tanto al peso de la tradición como al despliegue comercial promovido por las librerías y por las editoriales. De hecho, el 23 de abril es el día de todo el año que más libros se venden en Cataluña.

El viernes pasado decidí hacerme por adelantado mi propio regalo de Sant Jordi. Como en este momento no tengo el tiempo para embarcarme en lecturas de largo aliento —no me gusta durar más de diez días leyendo un libro no sólo porque tengo la impresión de que si lo hago la intensidad del vínculo que establezco con él tenderá a ser menor, sino también porque con el paso del tiempo empiezo a perder la capacidad de recordar lo que he leído y de relacionarlo con otras cosas—, cuando fui a comprar mi regalo después de salir de la oficina opté por buscar libros que recojan textos cortos e independientes entre sí y que pueda leer antes de irme a dormir, mientras me tomo el café de los domingos en la mañana o en un paseo.

Estuve casi una hora en La Central de Mallorca antojándome de libros que ahora mismo no puedo leer por falta de tiempo pero como en el fondo sabía qué era lo que necesitaba, al cabo de un rato escogí los tres libros que me acompañarán durante las próximas semanas en mis ratos libres: América, de Norman Mailer; El Imperio, de Ryszard Kapuściński; y En Patagonia, de Bruce Chatwin. Sin buscarlo, escogí tres libros compuestos por textos que se encuentran en la frontera entre distintos géneros como la crónica periodística, el reportaje, el diario de viaje el periodismo literario.

Entre los muchos libros que me habría gustado comprar pero que no puedo leer en este momento, se encuentran los siguientes:

- La gran marcha, de E. L. Doctorow

- Primera nieve en el monte Fuji, de Yasunari Kawabata

- Pájaros a punto de volar, de Patricia Highsmith

- El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales

- Un relato policiaco, de Imre Kertész

- México, de Emilio Cecchi

- El quinto en discordia, de Robertson Davies

- Arthur & George, de Julian Barnes

- Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki

Lunes, febrero 26, 2007 categorizado bajo escritores, literatura, literatura contemporánea

con el radar prendido

Siempre he sentido la necesidad de estar al día en los temas que me gustan o que me parecen interesantes. Por eso normalmente busco estar al tanto de las cosas que pasan en relación con esos temas y de la manera como evolucionan. Al fin y al cabo no hay mejor manera de cultivar los gustos, los intereses y la conversación del día a día. Por ejemplo, desde que empecé a leer para mí empezó a ser particularmente importante estar al día en el campo de la literatura contemporánea.

La necedad de los extremos

Mientras la mayoría de mis profesoras de Literatura predicaban el sofisma de que el mejor parámetro para evaluar la calidad de una obra literaria era el paso del tiempo y de que por lo tanto sólo valía la pena leer lo que sobreviviera a éste, yo hacía todo lo posible por familiarizarme con los autores y libros que se estaban publicando en ese momento y por leer al menos una pequeña parte de las obras publicadas recientemente a las que pudiera acceder a través de amigos, de las librerías y bibliotecas de Bogotá o de Internet. Me interesaba saber sobre cuáles temas y de qué manera se estaba escribiendo en ese momento pero como las clases de la universidad se enfocaban sobre todo en la lectura de lo que Harold Bloom llamó ‘el canon occidental’, terminé peleándome con esa academia cuya incapacidad de valorar lo que estaba por fuera de éste demostraba su carácter retrógrado y reaccionario. Y de paso con el canon mismo.

A raíz de mi entrada a la carrera de Literatura no sólo había dejado de darme pereza leer a Sófocles, la Odisea, los romances medievales españoles, La Celestina, el Quijote, a Calderón de la Barca, a Quevedo, a Shakespeare o a Goethe, sino que también había conocido a Eurípides, a Quevedo, a Lawrence Sterne, a Defoe, a Balzac, a Chejov, a Flaubert, a Maupassant, a Zola, a Oscar Wilde, a Thomas Mann, a Carson McCullers, a Carver y a muchos otros de mis autores favoritos. Si durante mis primeros semestres había alternado la lectura de los clásicos con la búsqueda de nuevos autores, cuando me faltaba poco para terminar la universidad estaba hastiado de que en la carrera no se reconociera el valor de lo que se estaba publicando hoy en día y decidí dedicarme de lleno a leer literatura contemporánea. Digamos que en su momento esta reacción inmadura y necia que ahora me parece tan obtusa, insensata e inaceptable como la de algunas de mis profesoras me permitió no sólo reafirmar mis gustos e intereses, sino también ir definiendo un perfil profesional propio —por no hablar de satisfacer la necesidad de llenar un vacío que había dejado mi formación en uno de los campos que más me interesaba—.

Al final siempre queda algo

A pesar de que en mi afán por expresar mi rechazo frente al espíritu retrógrado de algunas de mis profesoras llegué a caer en el juego de dejarme seducir por la novedad y de cerrarme a autores y libros cuyo valor igual me parecía incuestionable, creo que haber asumido una posición necia y contestataria valió la pena por el simple hecho de haber conocido a autores fundamentales para mí como Roberto Bolaño, Roddy Doyle, Rubem Fonseca, Tom Wolfe, Norman Mailer, Julian Barnes, Martin Amis, Michel Houellebecq, Enrique Serrano, Alessandro Baricco, Richard Ford, John Cheever, Antonio Tabucchi, Antonio Muñoz Molina, Edwidge Danticat, Don DeLillo, Juan Villoro, Charles D’Ambrosio, Jorge Volpi y Enrique Vila-Matas.

La lectura de un libro satisface el gusto y el interés que éste suscita de la misma manera que leer lo que se está publicando en un momento dado permite entender no sólo las preocupaciones o los intereses de los autores y de la industria editorial de una época, sino también distintos aspectos del espíritu de ésta.

Martes, febrero 20, 2007 categorizado bajo edición, literatura, literatura no occidental

desde los márgenes de occidente

Actualmente algunas editoriales españolas parecen estar explotando al máximo el filón de los escritores no occidentales —sobre todo de Europa del Este, de la India y de Japón—, al cual hasta hace poco le habían apostado muy tímidamente. Fenómenos como la descolonización, la globalización, la integración europea, la inmigración y la emergencia de nuevos polos de desarrollo en sectores específicos en los que empiezan a perfilarse potencias alternativas que hacen tambalear la hegemonía del primer mundo han hecho que lo que conocemos como ‘Occidente’ vuelva la mirada hacia algunas de esas culturas que históricamente ha considerado periféricas y atrasadas. Por lo menos en el mercado editorial español, desde hace varios años se ve la intención de algunos editores de sensibilizar al público frente a una serie de expresiones literarias a las que hasta el momento no se les había prestado mayor atención y que, por lo tanto, estaban casi totalmente fuera del alcance de los lectores en lengua española. Tal vez el caso más sobresaliente es el de la editorial Acantilado, que durante los últimos años le ha apostado a traducir diversas obras de un gran número de autores fundamentales de Europa del Este presentadas en impecables ediciones.

El resultado de esta sensibilización de los editores, de la crítica y de los lectores es una curiosidad y una fascinación crecientes por autores cuyo denominador común es que provienen de los márgenes y de la periferia de Occidente. Este es el caso de escritores como Imre Kertesz, Yasunari Kawabata, Andrzej Stasiuk, Danilo Kis, Pankaj Mishra, Yuri Andrujovich, Petr Ginz, Dubravka Ugresic, Sándor Márai o Liudmila Ulítskaya. En algunos casos como el del recién fallecido Ryszard Kapuściński, el de la india Arundhati Roy, el del premio Nobel turco Orhan Pamuk o el del japonés Haruki Murakami la fascinación inicial se ve reflejada en la euforia del éxito editorial.


El auge de lo exótico


Desde el punto de vista cultural la sensibilización hacia tradiciones distintas de la occidental puede significar tanto una apertura del horizonte de intereses de algunos sectores sociales como una respuesta frente a la necesidad de darle visibilidad a lo exótico no sólo para reafirmar la identidad propia, sino también para convertirlo en una mercancía cuya función —como la de cualquier otra— consiste en generar beneficios económicos. Podríamos decir incluso que en el caso de autores de origen no occidental que, sin embargo, se han formado en la tradición cultural de Occidente, lo exótico no es más que un argumento de venta mentiroso que a fin de cuentas termina opacando las tensiones que surgen en la obra de un autor cuando éste intenta asimilar influencias tan diversas.

En términos estrictamente literarios, la posibilidad de acceder a la obra de algunos autores pertenecientes a otras tradiciones le permite al lector ampliar sus referentes y, por lo tanto, descubrir nuevas maneras de abordar la narración, ritmos narrativos distintos de aquellos a los que está acostumbrado y nuevas formas de tratar los temas de siempre.

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