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Viernes, noviembre 13, 2009 categorizado bajo 1, escritura, web 2.0

escritos detestables, según hans magnus enzensberger

En el blog de la redacción de la revista Letras libres —que desde hace un tiempo me parece aburridísimo— encuentro un divertido inventario de los escritos que Hans Magnus Enzensberger considera detestables y que me hace pensar en eso que se dice de que nunca antes se había escrito tanto como en estos tiempos de Web 2.0 en los que cualquier hijo de vecino puede publicar lo que se le antoje con sólo abrir un blog.

 

HANS_MAGNUS_ENZENSBERGER

 

(Imagen tomada de la entrada “Monólogo íntimo de un libro electrónico”, del blog Los futuros del libro).

 

Según Salomón Derreza, ‘sin tener que ver realmente con ello –aunque quizás sí–, su último ensayo constituye una diatriba contra la proliferación inclemente de publicaciones, “productos de celulosa” que, según él, “debilitan el alma y hacen surgir sentimientos de odio”. He aquí algunos de ejemplos de lo que él denomina “insolencias impresas”:

 

Envíos postales colectivos, agendas, extractos de cuenta, duplicados de contratos, tesis de licenciatura, certificados de incapacidad médica, liquidaciones de impuestos, órdenes de transferencia permanentes, recordatorios de pago, suplementos dominicales, carnets de conducir, presupuestos, prospectos, lineamientos para el trabajo de las comisiones, copias certificadas, comprobantes de viáticos, declaraciones de impuestos, peritajes, comunicados de asociaciones, ofertas de servicio, circulares, órdenes de pago, informes comerciales, demandas de pago por daños y perjuicios, certificados de fecundidad, cartas al director, declaraciones aduanales, solicitudes de visado, resultados de análisis clínicos, reglamentos interiores de la casa, instrucciones de uso, envíos por correo certificado, directivas de fomento, encuestas de mercado, facturaciones de gastos de viaje, cartas de porte, invitaciones a asambleas generales, exigencias de pago del enganche, fotocopias, avisos de jubilación, tests de personalidad, declaraciones de renuncia, cuestionarios, catálogos de casas de subasta, horóscopos, certificados de herederos, juicios de desahucio, análisis de coyuntura, advertencias de tempestad, boletines de noticias, resultados de radiografías, confirmaciones de reserva, encíclicas, solicitudes de donativos, poderes, sermones funerales, permisos de portar armas, discursos, convenios, resoluciones cautelares, tareas escolares, billetes de lotería, actas médicas, horarios de trenes, permisos de circulación, listas de espera, solicitudes de empleo, confirmaciones de pedido, actas de la Stasi, membresías, ofertas de empleo, peticiones, periódicos hechos por bachilleres, reglas de procedimiento, cartas de no antecedentes penales, notas de compra, borradores de programas, resoluciones de la Comisión Local de Construcción, perfiles de personalidad, memorándums, comunicados de asociaciones, marcadores de lectura, certificados de garantía, tarjetas de felicitación, cartas abiertas, listas de firmas, calendarios de eventos, cadenas de cartas, postales, disposiciones del paciente, sondeos de opinión, talones de entrega, convocatorias, esquelas, tarjetas de presentación, boletines, declaraciones de aceptación, anónimos, comprobantes de nacionalidad, manifiestos, certificados de divorcio, informes anuales, listas de compras, programas de partidos, periódicos gratuitos, bolsas de contacto, organigramas, multas, presentaciones de PowerPoint, álbums de autógrafos, pólizas de seguro de incapacidad laboral, certificados de bautismo, resoluciones de asambleas generales, tarjetas de pésame, sugerencias de inversión, etc’.

 

Al listado propuesto por Enzensberger yo añadiría los mensajes proponiendo intercambios de links en blogs, lo currículos, las cartas de motivación, los manuales de management y otras materias esotéricas, los prospectos de medicamentos, los contratos, las presentaciones grandilocuentes de cursos universitarios y las actas de las reuniones de las juntas de vecinos.

 

¿Se les ocurre algún otro ítem?

Viernes, julio 18, 2008 categorizado bajo ilustración

el impacto de la imagen

Es impresionante la repercusión que puede llegar a tener una ilustración —claro, ésta toca un tema sensible en un momento particularmente crítico y está en la cubierta de la edición de esta semana de The New Yorker—.

¿Qué pensará Barry Blitt, el autor de la ilustración, sobre el impacto que ha tenido esta pieza?


Recomiendo echarle un ojo a la entrada The New Yorker tropieza’, de León Krauze, en el blog de la redacción de la revista Letras libres.

Miércoles, agosto 15, 2007 categorizado bajo literatura estadounidense, periodismo literario, summertime

summertime [ 26 ] / ‘el arte del hecho’ y los grandes éxitos del periodismo americano en letras libres

A continuación reproduzco la excelente introducción de Jorge F. Hernández al especial “Grandes éxitos del periodismo americano”, publicado en el número de agosto de la versión española de la revista Letras Libres. El especial que puede leerse en líneaincluye artículos de figuras como Walt Whitman, Stephen Crane, Jack London, Pete Hamill, Gay Talese y John Steinbeck.

El arte del hecho

Jorge F. Hernández

A diferencia de las cronometrías con las que los historiadores acostumbran a cuadricular al pretérito, el periodismo contemporáneo parece haberse propuesto escribir historia con prisa, tal como lo señala en estas páginas Pete Hamill, y podríamos agregar que el periodismo norteamericano en particular se ha concentrado en narrar el vértigo fugaz del paso de todas las historias no sólo con prisa, sino con prosa, y de la mejor que uno pueda leer. En esa vasta planicie de lo que en inglés han bautizado horriblemente como “no-ficción” (otra vez, el intento de definir algo precisamente por lo que no es), muchos escritores norteamericanos de diversas generaciones y ascendencias, todos célebres y muy leídos, no niegan ni reniegan de sus orígenes como cronistas, reporteros o ensayistas en adrenalina constante a publicarse en páginas de papel periódico; del otro lado del espejo, no pocos periodistas profesionales podrían presumir de sus intachables párrafos y precisas crónicas, precisamente porque nunca fueron tentados a escribir historias para el reino de la ficción, o ejercer así el arte del invento, sino todo lo contrario: escribir historias desde todos los reinos insólitos de la realidad, para ejercicio y lustre del arte del hecho.

Decía el gran periodista norteamericano A. J. Liebling que “mucha gente confunde con noticias todo aquello que lee en el periódico”, pues si bien está claro que en los periódicos abundan notas e informes, hechos y desgracias que no son periódicos, sino aislados y ocasionales, también es cierto que muchos de los párrafos que leemos en ese papel delgado, condenado a envejecer como un otoño cotidiano, son nada menos que literatura. No es que toda prosa de periodista sea literatura en bruto ni que todo periodista procure afinar en sus crónicas una definición de la verdad o denuncia de toda falsedad. Se trata, más bien, de que la literatura que abunda en cada partícula de la realidad que nos rodea está sujeta a germinar tanto entre la inspiración del poeta y los sacrificios sostenidos del novelista, como de la prisa por entregas y preocupación por informar del periodismo de calidad. Además, ya lo decía el imbatible Indiana Jones al ser cuestionado por un alumno impertinente: “Lo que buscamos en realidad son hechos… si lo que usted busca es la Verdad, le recuerdo que la clase de filosofía se ubica en el aula al fondo del pasillo”.

En estas páginas se ha reunido un notable mural de diversos ejemplos del periodismo norteamericano que dan fe de su alto nivel de excelencia y su incuestionable deleite como lectura –irónicamente intemporal o sin fecha de caducidad. Aquí se reúnen los novelistas y cuentistas que conocemos en nuestros estantes como escritores, cuando sus plumas se dedicaban a los hechos que miraron sus ojos para que su prosa los salvara de quedar invisibles y, por otro lado, los columnistas, reporteros o cronistas que, al realizar el mismo ejercicio, bien podrían empastarse como volumen en el mismo estante de nuestra más entrañable literatura. Estas páginas veraniegas reúnen un verdadero dream team del periodismo norteamericano –poco o nada conocido en nuestra lengua–, desde la crónica del asesinato de Lincoln, escrita por un emocionado Walt Whitman, hasta el célebre perfil de Frank Sinatra que escribiera Gay Talese para Esquire. En medio no escasean las joyas: un par de escalofriantes testimonios sobre el esclavismo; Jack London sobre el terremoto y posterior incendio de San Francisco; los recuerdos del telegrafista del Titanic; H. L. Mencken sobre el fundamentalismo religioso estadounidense (texto que no ha perdido un ápice de actualidad); Steinbeck sobre la Segunda Guerra; una estampa del hombre que cavó la tumba de John F. Kennedy; y una declaración de amor y odio al boxeo, deporte que alguna vez convirtió la violencia en arte, escrita por Pete Hamill, periodista neoyorquino de pura cepa que también contribuye con un ensayo introductorio sobre las transformaciones del periodismo en su país. Qué mejor si este mosaico antológico de grandes éxitos se puede acompañar de una bebida larga y con abundancia de hielo, mientras descansamos de los hechos de nuestras propias vidas.

Sábado, julio 21, 2007 categorizado bajo blogs, crítica, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 34 ] / ‘las buenas y las viejas reseñas’

Una vez más encontramos un texto interesantísimo en el blog de la redacción de la revista Letras libres. En esta ocasión se trata de una reflexión acerca de las diferencias existentes entre los mundos anglosajón y de habla hispana en términos tanto de la actitud de los escritores consagrados frente a los que están en proceso de formación, como de las repercusiones de ésta sobre el status que tienen allí las reseñas y quienes las escriben.

Las buenas y viejas reseñas

Por Julio Trujillo


En entrevista reciente, John Updike contaba que siempre ha sido fiel al New Yorker, y que procura publicar ahí con la mayor frecuencia posible: algún cuento, por supuesto, y algún ensayo largo, pero sobre todo reseñas —las buenas y viejas reseñas—. Es probable que en el ámbito anglo esto no sorprenda tanto, pero sí en el de habla hispana. ¿Uno de los grandes escritores estadounidenses escribiendo reseñas, cómo? Me atengo a mi experiencia mexicana y un poco a la española: en general, allá y aquí se piensa que la reseña es un género menor. El reseñista sería el garrotero en el restaurante de la escritura. Esto no es una teoría sino una verdad científica ratificada por algunas excepciones (Savater reseña libros constantemente, por ejemplo). ¿Por qué se piensa que comentar un libro (una novedad) en dos cuartillas y media es bajar de nivel? Supondría distraerse de la obra propia, poner los ojos en el presente y actuar con cierta generosidad. Pero no, eso es morralla, calderilla para jóvenes talacheros. Qué subidón de nivel veríamos en suplementos y revistas si los escritores consagrados, y además buenos (distinción importante), no despreciaran el género de la reseña.

En la misma entrevista, Updike también afirma que procura leer, junto a sus autores predilectos, a escritores jóvenes, para mantenerse alerta y, dado el caso, también reseñarlos. Esto ya es pedir demasiado: que un gran escritor se detenga a comentar el libro de un joven. Sucede a veces en las presentaciones de libros, pero en ellas se esperan sólo unas amables palabras. Si reseñar un libro es como bajar de nivel, ¿qué significará reseñar a un joven? Interrumpirse, fatigarse, volver al parvulario… O tal vez creen, genuinamente, que no hay suficiente calidad (así, en general). En poesía, en México, esto es bastante claro: los poetas importantes no comentan críticamente a los jóvenes, aunque sea para regañarlos. Pueden incluso ser sus tutores o hasta sus amigos, pero a la hora de comprometer el gusto y el criterio en letra impresa, nanái: no hay nada, o casi nada. Esperan que tomemos la estafeta leyéndolos a ellos e incorporándonos a la tradición, lo cual me parece muy bien, pero debería haber más actividad a la inversa.

Sábado, junio 9, 2007 categorizado bajo blogs, edición, editores, editores independientes, lecturas de fin de semana

lecturas de fin de semana [ 22 ] / ‘alta gradación literaria’

En el blog de la redacción de la revista Letras Libres encontré ayer este bonito texto de Julio Trujillo acerca del James Laughlin, fundador y editor de New Directions. Como no tengo mucho que añadir, lo único que puedo decir es que la figura de Laughlin me parece súper atractiva gracias al catálogo que configuró mientras estuvo al frente de New Directions, al legado que dejó y a la agudeza de sus opiniones.


Alta gradación literaria

Un editor


Julio Trujillo


James Laughlin (1914-1997) fue el mejor editor independiente del siglo XX en Estados Unidos. En 1936 fundó New Directions, editorial que sigue viva y coleando y desde la cual publicó a docenas de autores que hoy ya son clásicos pero que entonces eran un puro albur: Pound —de quien fue alumno en Rapallo—, los Williams —W. C. y Tennessee—, Miller, Bowles, Thomas, Rexroth, toda la generación beat y muchísimos más; además de valiosas traducciones entre las que destacan Hesse (Siddhartha fue el libro que consolidó las finanzas de New Directions), Céline, García Lorca, Borges, Cela, Montale, Sebald, Neruda, Mishima, Paz y Parra.


Laughlin (frecuente colaborador de Vuelta) apostaba por la alta gradación literaria de sus libros y por el trato personalizado con sus autores, de muchos de los cuales fue gran amigo. Le gustaba vivir bien, era aficionado al esquí y un reconocido ladies man. Había heredado una fortuna y sabía gastarla, además de que arriesgaba mucho en su empresa editorial. Hoy llega a mis manos un hermoso libro de memorabilia titulado The Way it Wasn’t. Destaca el trazo rápido y cordial de Laughlin, su sentido del humor y su talento para retratar, en dos renglones, a sus contemporáneos. Traduzco tres viñetas:


- Sobre Djuna Barnes: “La Srita. Barnes vino a las oficinas de ND para decirme que la próxima impresión de Nightwood debía hacerse en un papel que durara 1000 años. Hablé con los comerciantes que importaban Arches y Fabriano, pero sólo me pudieron garantizar 700 años. Se disgustó mucho conmigo, me llamó idiota y me amenazó con su bastón”.


- Sobre Denise Levertov: “Así que Denise se esponjó el pelo. Me pregunto si lo hace con tubos o va al salón de belleza. Su atributo más encantador, yo nunca se lo confesaría, es el espacio entre sus dos dientes frontales. Dormesson, quien no es una fuente muy confiable, dice que esa fisura volvió loco de pasión insaciable al poeta Guillevic. Hmmm. Espero no estarle faltando al respeto a Denise; la adoro y venero. Pero ella muchas veces no me aprueba. Intenté arreglarlo con Alice Quinn, la editora de poesía del New Yorker, para que le pidiera poemas de vez en cuando. Por razones que desconozco esto fue tomado como un insulto, pensar que ella publicara en ese lugar (aunque pagan bien)… Mi primer crimen fue que en Harvard leí un poema subido de tono sobre ‘Las piernas de las chicas’, para mí un tema querido. Denise me arrebató la hoja y la quemó en los escalones de Houghton…”


- Y una carta a William Saroyan: “Lo siento pero no puedes ver las pruebas de los cuentos. Por triste experiencia he tenido que convertir esto en la norma. Si dejo que cada autor vea sus pruebas me costaría $150 dólares en correcciones. No sabes cómo son los autores porque eres uno de ellos. En primer lugar, los autores no saben que las correcciones cuestan $3.50 la hora, y en segundo lugar no se dan cuenta de que cuando cambian una palabra en linotipo tumban toda una página de plomadas, y eso se lleva dos o tres horas en arreglar. En tercer lugar, basta con que los autores le echen un vistazo a una página de pruebas para enloquecer por completo y decidir que son Jesús en lugar de Napoleón y rescribir la maldita cosa. Lo siento, sencillamente no puedo pagarlo. Ustedes los autores tendrán que darse cuenta de que los pequeños editores los podemos publicar, pero no consentir.”