inventario de lecturas [ 2 ]
Mis primeras lecturas son bastante irregulares en términos de frecuencia y erráticas desde el punto de vista del criterio de selección. Tal vez sea mejor decir que no hubo en ellas ningún criterio de selección consciente y que las cosas que leí por cuenta propia antes de los 16 años las escogí orientándome por lo que había visto leer a mis dos hermanos mayores o por lo llamativos que me resultaban los títulos de los libros que había en mi casa. Así de sencillo.
La aridez del listado que presento a continuación da fe de que para mí hasta los 16 años leer carecía de interés.
Lecturas por cuenta propia antes de los 16 años:
- Versión ilustrada de El sastrecillo valiente, de los Hermanos Grimm: la primera vez que lo cogí me inventé la historia porque no sabía leer pero después lo leí y lo releí durante varios años.
- Corazón, de Edmundo d’Amicis: como no me gustaba leer, me lo leí tres o cuatro veces para que mi papá viera que de cuando en cuando hacía algo distinto a perder el tiempo.
- Colección familiar de Condorito: mi primer clásico de clásicos.
- Fragmentos de la enciclopedia El mundo de los niños: daba gusto ver en la biblioteca los lomos de los tomos, que en su interior tenían bonitas ilustraciones.
- Fragmentos de la enciclopedia Salvat: me encantaba encontrar siempre una explicación acerca de cualquier palabra que se me viniera a la cabeza.
- Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach: WTF
- Love Story, de Erich Segal: WTF
- Tiempos difíciles, de Charles Dickens: como conté la semana pasada, lo cogí de la biblioteca de mi casa después de que el profesor Ignacio Muñoz nos sorprendiera haciendo guerra de tiza en cuarto de bachillerato.
- Rayuela, de Julio Cortázar: primer intento fallido de tres. Al cuarto vino la vencida.
A pesar de que estuvo plagada de lugares comunes, tengo un bonito recuerdo de mi iniciación como lector a los 17 años. Una buena parte de lo que leí entre 1995 y 1996 —último año de colegio y primero de universidad, respectivamente— forma parte del repertorio de lecturas obligatorias de un lector adolescente del medio del que vengo.
No me cabe la menor duda de que con todo y los odiosos lugares comunes, gracias a estos pocos textos no sólo me hice lector sino que también empecé a querer vivir de los libros.
Lecturas por cuenta propia a los 17 años (último año de colegio):
- Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal: una novela sobre la violencia política de Colombia en los años cincuenta que además de tener un argumento excelente está muy bien escrita.
- El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama: lectura inconclusa. Un regalo de mi novia de entonces justo antes de irse a vivir a Paraguay.
- La colonia penitenciaria, de Franz Kafka: impactante y ameno.
- Pedro Páramo, de Juan Rulfo: lo leí hasta el final con la certeza de no haber entendido un carajo.
- ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo: me pareció insoportable pero me obligué a leerlo hasta el final porque el criterio de algunas personas que me rodeaban y que habían convertido esta novela para adolescentes en un objeto de culto me parecía más confiable que el mío.
- La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera: un primer asomo contundente a la adultez.
- El túnel, de Ernesto Sabato: brutal desde la primera frase.
- La metamorfosis, de Franz Kafka: me costaba trabajo asimilar el hecho de que la gente que sabía de literatura considerara clásico un relato tan simple que hasta yo podía entender sin mayor dificultad.
- El proceso, de Franz Kafka: se me hizo aburridísimo pero como La colonia penitenciaria y La metamorfosis me habían gustado tanto, no me cabía en la cabeza que con esta novela no pasara lo mismo. Lo leí hasta el final a pesar del tedio que me producía la atmósfera lúgubre.
- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: la revelación de que la lectura podía ser una fuente de gozo absoluto.
¿Cuál es mi impresión con respecto a todos estos libros ahora que tengo 30 años? De este tema me ocuparé más adelante. Por ahora sólo diré que en algunos casos es radicalmente distinta.








