entradas etiquetadas con “roberto bolaño”

¡ya vienen kosmopolis 2013 y el bookcamp III!

El festival Kosmopolis 2013 se celebrará del jueves 14 al sábado 16 de marzo próximos en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). A lo largo de sus seis ediciones Kosmopolis se ha consolidado como un espacio para la reflexión con respecto a la literatura y a los géneros literarios, a las diversas manifestaciones que se generan alrededor suyo y a la disolución de las fronteras entre éstas gracias en parte a su vinculación tanto con otras disciplinas artísticas como con la ciencia.

 

La programación de Kosmopolis 2013 puede consultarse en este enlace.

 

 

 

 

Juan Insua, quien es el director de Kosmopolis, presenta la séptima edición del festival definiéndolo como ’un evento que continua apostando por amplificar el concepto de literatura en todas aquellas manifestaciones de la palabra —oral, impresa y electrónica— que erosionan las divisiones entre géneros, asumen la evolución de los soportes de lectoescritura y sortean las sucesivas muertes anunciadas’.

 

Una de las actividades más importantes de Kosmopolis 2013 es el BookCamp III, un ‘encuentro dedicado al mundo de los libros y la edición’ que es presentado así:

 

‘La tercera edición del Bookcamp Kosmopolis se centra en ofrecer nuevas perspectivas, soluciones profesionales e ideas para emprender o consolidar proyectos vinculados con la literatura. Expertos en el mundo de la edición, la empresa y la comunicación (editores, libreros, analistas web, desarrolladores de proyectos, etc.) impartirán talleres, conferencias y asesorías, dinamizarán charlas y presentarán casos paradigmáticos. Dos jornadas abiertas y gratuitas para ofrecer recursos y soluciones prácticas a proyectos literarios en tiempos de crisis’.

 

La programación del BookCamp III es la siguiente:

 

- Xavier Dumont (Barcelona Activa) y Edgar Garcia (director de l’Àrea de Desenvolupament Empresarial-ICEC) 15/03/2013 – 11:00

Arrancar y desarrollar un proyecto – taller BookCamp

Marisol López (directora del área de promoción internacional del ICEC) 15/03/2013 – 11:30

Internacionalización de proyectos – conferencia Bookcamp

Enric Senabre (Goteo) 15/03/2013 – 12:00

Introducción al micromecenazgo o crowdfunding – taller BookCamp

Alexandra Rueda e Itziar Blasco (Barcelona Activa) 15/03/2013 – 12:30

Ideas creativas: ¿cómo conseguir que tengan éxito? – conferencia BookCamp

Joan Subirats, Rubén Martínez 15/03/2013 – 12:30

Comunidades de creación online y nuevas empresas – conferencia BookCamp

Sven Huber (Boolino), Jordi Ingerto (BookMovies), Fernando Diego Garcia (Libros del Zorro Rojo) 15/03/2013 – 13:00

Emprendeduría en el sector editorial – presentación de casos BookCamp

Ernest Pons 15/03/2013 – 16:00

Formas de organización alternativas. Cooperativa o asociación – taller Bookcamp

Silvia Clemares (Kobo Inc.) 15/03/2013 – 16:00

Del autor al lector. El sector del libro ante el reto digital – conferencia BookCamp

- Radamés Molina (Red Ediciones) 15/03/2013 – 16:30

Plataformas de venta – taller BookCamp

Martín Gómez (Elojofisgon.com) 15/03/2013 – 17:00

Los nichos de mercado como alternativa al sector editorial – conferencia BookCamp

Arantxa Mellado (Actualidad editorial) 15/03/2013 – 17:15

Tendencias de la promoción editorial: mercados y clientes – conferencia BookCamp

Ignasi Labastida (Oficina de Difusión del Conocimiento de la Universidad de Barcelona (UB) y presidente de Creative Commons España) 15/03/2013 – 18:00

Marco legal en el sector del libro – taller BookCamp

Valeria Bergalli (Editorial Minúscula), Ester Andorrà (LaBreu edicions), Jan Martí (Blackie Books) i Aniol Rafel (Edicions del Periscopi). Modera Martín Gómez (Elojofisgon.com) 15/03/2013 – 18:30

La exploración de los nichos de la edición – presentación de casos Bookcamp

Alexandra Büchler, Francesc Serés, Eman Abd El-Hamid, Sònia Garcia 15/03/2013 – 18:30

Tramlines. Cruzando fronteras lingüísticas – conferencia BookCamp

Jaume Balmes (El Taller Editorial) 16/03/2013 – 11:00

Introducción al libro digital – taller BookCamp

LiterDig: Tradición e innovación: la transformación del periodismo cultural 16/03/2013 – 11:00

Lucrecia Baquero (Guia minúscula), Lluís M. Abián (Ilubuc), Paula Jarrin (Llibreria Al·lots). Modera Martín Gómez (Elojofisgon.com) 16/03/2013 – 11:00

La literatura infantil: ampliación de su público – presentación de casos BookCamp

Maria Cardona 16/03/2013 – 11:30

Consejos para la autoedición o cómo publicar tu propia novela – taller Bookcamp

Noemí Pes (La tortuga Casiopea), Pablo Barrio Aller (Ganso y pulpo), Radamés Molina, Ed Maklouf (Siine). Modera Martín Gómez (Elojofisgon.com) 16/03/2013 – 12:30

Nuevos propuestas en formato digital – presentación de casos BookCamp

LiterDig: Viabilidad de proyectos y modelos de negocio para mantener las publicaciones digitales 16/03/2013 – 12:30

LiterDig: De la actualidad a la actualización: creación de nuevos contenidos para compartir, innovación de formatos para difundir la literatura 16/03/2013 – 16:00

Karma Peiró 16/03/2013 – 16:00

Introducción al oficio del Community Manager – taller Bookcamp

Carlos A. Scolari 16/03/2013 – 16:30

Narrativas transmedia: estrategias para la extensión de un relato más allá de un libro – taller BookCamp

Damià Gallardo (Laie CCCB), Ricardo Rendon (Abracadabra llibres), Josep Cots (Llibreria Documenta), Paco Camarassa (Negra y Criminal). Modera Martín Gómez (Elojofisgon.com) 16/03/2013 – 17:00

El futuro de las librerías – presentación de casos BookCamp

Ricard Mateu 16/03/2013 – 17:30

Planteamientos para la elaboración de una app móvil – taller BookCamp

LiterDig: Revistas de creación literaria. Nuevos lenguajes, géneros y canales de lectura 16/03/2013 – 17:30

Àlex Espinós (La Magnética) 16/03/2013 – 18:00

Analítica web: aprender a leer los números para tomar decisiones sobre la estrategia digital- taller BookCamp

 

 

 

 

El BookCamp III es un escenario propicio para explorar las profundas transformaciones que actualmente están sufriendo la industria y el mercado editorial desde la perspectiva de los actores establecidos en España en un momento en el que la crisis económica está ralentizando la reconversión del sector hacia lo digital, amenazando la supervivencia de muchas empresas de la cadena de valor tradicional y provocando un creciente número de cierres.

 

En medio de esta coyuntura de crisis cada vez son más los profesionales de todas las edades y de los más diversos oficios relacionados con la edición que al encontrarse en pleno proceso de reinvención están respondiendo al panorama poco o nada alentador del sector —destrucción de empleo, falta de nuevos puestos de trabajo, precariedad laboral, etc.— con el montaje de sus propios proyectos, con la creación de pequeñas empresas y con la construcción de una carrera como proveedores independientes de servicios. Y ésta es una realidad que indudablemente se ve reflejada en la programación del BookCamp III, sobre todo en las mesas redondas de presentación de casos en las que editores, libreros y proveedores de servicios compartirán sus experiencias en diferentes ámbitos y darán cuenta tanto de las dificultades que se les han atravesado en el camino como de las estrategias a las que están recurriendo para enfrentarlas.

 

Si se animan a pasarse por el BookCamp III ya nos veremos allí, que estaremos esperándolos.

 

Para terminar, gracias a Maria Farràs del CCCB LAB por la invitación a participar en el BookCamp III.

 

***

 

Bonus (para los amantes de la obra de Roberto Bolaño —y para los numerosos fans de éste): el CCCB conmemora los diez años de la muerte del escritor chileno con la exposición “Archivo Bolaño. 1977- 2003″, que estará abierta desde el 5 de marzo hasta el 30 de junio de 2013.

 

 

 


A.G. Porta, Pere Gimferrer, Jorge Herralde, Jaume Vallcorba y José Antonio Masoliver Ródenas participarán en el debate “Roberto Bolaño: la gestación de un mito”, que tendrá lugar en el marco de Kosmopolis 2013 el día viernes 15 de marzo a las 19.00.

Miércoles, mayo 30, 2012 categorizado bajo ficción breve, literatura, literatura estadounidense, literatura latinoamericana

novelas breves, novelas de gran envergadura

Al final de “La parte de Amalfitano” de 2666 hay un fragmento que en su momento me llamó muchísimo la atención y en el que pienso inmediatamente cada vez que se me viene a la cabeza algún recuerdo de esta novela de Roberto Bolaño. Dice el fragmento en cuestión —casualmente hace unos días leí por primera vez la “Nota a la primera edición” de 2666 y me di cuenta de que Ignacio Echevarría le dedica un breve comentario—:

 

‘Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez’.

 

***

 

La tradición de la literatura de ficción está llena de libros largos que por su valor literario y estético —y en ocasiones histórico e incluso político— han despertado la admiración de los lectores a tal punto que en algún momento han empezado a considerarse grandes obras y han entrado a formar parte del canon. De las obras pertenecientes a este grupo, algunas que fueron escritas en el siglo XX o que han aparecido en lo que va corrido del siglo XXI además se caracterizan por contar con una estructura compleja y por tener un componente importante de experimentación técnica. En fin, se trata de libros que en muchos casos son admirados debido a su gran envergadura entendida como una mezcla de complejidad argumental, estructural y técnica que necesita expresarse de manera extensa y que en últimas puede interpretarse como la materialización del largo alcance de las miras, de la creatividad, de la ambición, de la disciplina y del talento de sus autores —siento que empiezo a hablar de temas que los académicos que se dedican al estudio de la literatura, los críticos literarios o algunos escritores seguramente podrían explicar mejor que yo—.

 

Y luego en el campo de los best sellers también abundan los libros de gran extensión. Pienso en muchas de las novelas históricas, policíacas, juveniles, de misterio o románticas de distintos tipos que han estado en las listas de los libros más vendidos durante los últimos cinco años.

 

Si admiramos tanto la narrativa de gran envergadura debido a los rasgos mencionados anteriormente, ¿qué pasa entonces con la novela corta? ¿Cómo es la valoración que hacemos de ella y cuáles son los méritos que le atribuimos?

 

 

 

 

Aunque de primerazo me siento tentado a afirmar que como lector tengo una debilidad por la novela corta, quizás sería más acertado decir que entre mis libros favoritos hay unos cuantos que pertenecen a esta categoría. Aparte de algunas de las que menciona Bolaño en el fragmento de 2666 que motiva la escritura de esta entrada —sobre todo Desayuno en Tiffanys—, pienso en novelas como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers; La perla y De ratones y hombres, de John Steinbeck; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El astillero, de Juan Carlos Onetti; Los cachorros, de Mario Vargas Llosa; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Help a él, de Fogwill; Mi abuelo y El agrio, de Valérie Mréjen; o, para terminar con una joya del mismo Bolaño, Estrella distante*.

 

Creo que aparte de las historias que cuentan, lo que más me gusta de estas novelas es que tanto el carácter sintético como la intensidad de su escritura hacen que se acerquen mucho a la perfección formal porque al estar desprovistas de elementos accesorios no termina sobrándoles nada.

 

¿Alguien se anima a compartir el listado de sus novelas cortas favoritas?

 

* nota: pude hacer la lista de mis novelas cortas favoritas en parte gracias a un intercambio de tweets sobre el tema que tuvimos hace unas semanas con Carolina Venegas K. y con Roberto Angulo.

Martes, febrero 28, 2012 categorizado bajo literatura latinoamericana

descubrir a bolaño

Hacia finales de 2000 o principios de 2001 mi amigo R. me contó que entre los estudiantes de la facultad de Literatura de su universidad que iban de poetas malditos o de beatniks se había puesto de moda un libro que los traía locos a todos. Se trataba de Los detectives salvajes, una novela de cerca de 500 páginas de un escritor chileno llamado Roberto Bolaño que estos muchachos llevaban orgullosamente debajo del brazo con una mezcla de irreverencia y altanería. Con R. nos preguntábamos si estaríamos frente al sustituto de Ray Loriga, de Alberto Fuguet o del escritor de culto de turno —es increíble que dos estudiantes veinteañeros puedan llegar a tener prejuicios tan fuertes. Afortunadamente muy pronto nos daríamos cuenta de lo equivocados que estábamos—.

 

Una tarde de mediados de 2001 entré a la tienda de Círculo de lectores de la carrera 15 con 85 en la que estaban saldando libros de Anagrama, entre los cuales había un ejemplar de un volumen de cuentos de Roberto Bolaño llamado Llamadas telefónicas. Le eché un ojo al libro y decidí comprarlo sólo por saber cuál era el motivo de la euforia que Bolaño estaba causando entre los estudiantes de Literatura de la universidad de R. A los pocos días empecé a leer Llamadas telefónicas y no pude parar hasta que me terminé todos los cuentos.

 

 

 

 

Después de leer Llamadas telefónicas seguí con tres libros de Bolaño que me fascinaron cada uno por distintas razones: Estrella distante, Nocturno de Chile y La literatura nazi en América. Más adelante leí Putas asesinas, un volumen de cuentos que me gustó menos. Luego había planeado leer Los detectives salvajes durante mis vacaciones de mitad de año de 2003 y el 15 de julio de ese año en la mañana R. me llamó para decirme que acababa de leer en el periódico que Bolaño se había muerto en Barcelona. Yo no sabía ni que Bolaño tuviera una insuficiencia hepática ni que estuviera esperando un transplante. Creo que en ese momento ya había dejado de interesarme por los ires y venires de la de vida de los escritores que me gustan pero recuerdo que me encantaba leer tanto los artículos de Bolaño como las entrevistas que le hacían —de hecho, Entre paréntesis fue uno de los últimos libros que compré antes de irme de Bogotá—.

 

Tal y como había previsto, dediqué una buena parte de mis vacaciones a leer Los detectives salvajes —una lectura que me hizo muy feliz y de la que conservo un recuerdo maravilloso—.

 

 

 

 

A principios de 2005 leí Una novelita lumpen y desde entonces no había vuelto a leer nada de Bolaño. Después de este largo paréntesis, la semana pasada finalmente decidí empezar a leer 2666 —llevaba varios años esperando encontrar la ocasión para hacerlo—. Durante casi ocho años he visto a varios amigos cercanos entregados a la lectura de 2666 y ahora me ha llegado mi turno. Ahora mismo voy en la página 127 y 2666 no sólo va superando con creces mis expectativas, sino que además me ha puesto en esa tónica de utilizar cualquier pretexto o momento para dedicarme a su lectura y está produciéndome esa sensación de que hasta que no acabe el libro no habrá ninguna otra actividad que pueda resultarme más provechosa.

 

 

 

 

Está claro que mi lectura de la obra de Bolaño ha sido bastante irregular y está llena de vacíos. Como leo poquísima poesía, hasta ahora no he leído la de Bolaño. Y además de no haber leído Amuleto, Amberes, La pista de hielo y Monsieur Pain, con excepción de 2666 no me he animado a leer ninguno de los títulos publicados póstumamente —que ya suman unos cuantos—. Y la verdad es que a priori ninguno de estos libros me llama mucho la atención, así que si algún día los leo quizás sea porque alguna fuente confiable me los recomiende o porque alguna otra lectura me haga llegar a ellos.

 

En la página 30 de 2666 que pertenece a “La parte de los críticos” hay un comentario con respecto a los libros de Benno von Archimboldi que podría aplicarse a la buena acogida que desde hace unos años está teniendo la obra de Bolaño en distintos países:

 

(…) pese a que la venta de sus libros iba en línea ascendente tanto en Alemania como en el resto de Europa e incluso en Estados Unidos, que gusta de los escritores desaparecidos (desaparecidos o millonarios) o de la leyenda de los escritores desaparecidos, y en donde su obra empezaba a circular profusamente, ya no sólo en los departamentos de alemán de las universidades sino en los campus y fuera de los campus, en las vastas ciudades que amaban la literatura oral y visual’.

 

En fin, este reencuentro con la obra de Bolaño está siendo una gozada que disfrutaré mientras dure —si sigo al paso que voy podría estar hablando de algo así como tres semanas o un mes— y que cuando termine seguramente me dejará un bonito recuerdo y un vacío enorme.

 

La única molestia que he tenido con 2666 está relacionada con el volumen del mamotreto, cuyas 1125 páginas presuponen un problema tanto para abrirle un campo en mi biblioteca como para cargarlo cuando quiero salir de mi casa con él. Quizás para evitarme estos dos problemas me habría venido bien comprar una versión de 2666 en e-book pero al parecer ésta no está disponible actualmente.

Martes, abril 17, 2007 categorizado bajo edición, literatura latinoamericana

¿bolañomanía?: especial sobre bolaño en ‘babelia’ y reseña de ‘los detectives salvajes’ en ‘the new york times’

Después de haber publicado en las lecturas del fin de semana pasado el texto ‘Nadie es profeta en su tierra‘ que apareció en el suplemento Radar Libros de Página/12, quisiera destacar dos cosas más a propósito de Roberto Bolaño:

1. el especial que le dedicó el sábado 14 de abril Babelia, el suplemento cultural de El País, titulado ‘El legado de Roberto Bolaño’.

2. la reseña de Los detectives salvajes publicada el domingo en el suplemento de libros de The New York Times —la editorial Farrar, Straus & Giroux acaba de lanzar la traducción al inglés—.

En el especial de Babelia algunas figuras como Darío Jaramillo, Juan Villoro, Javier Cercas y Edmundo Paz Soldán hacen una aproximación —en ocasiones más afectiva que crítica— a la obra de Bolaño.

La reseña de Los detectives salvajesThe Savage Detectives—, escrita por James Wood, llama la atención porque el hecho de que la crítica estadounidense se ocupe de una de las grandes novelas de Bolaño representa la conquista por parte de su obra de un lugar en el circuito editorial anglosajón —tan reacio a incorporar a autores que escriben en otras lenguas—.

lecturas de fin de semana [ 5 ] / sobre roberto bolaño: ‘nadie es profeta en su tierra’



El suplemento Radar Libros del diario argentino Página/12 ha considerado que la publicación de El secreto del mal y La Universidad Desconocida, dos libros a los cuales me referí hace poco que recogen textos inéditos y en ocasiones inacabados de Roberto Bolaño, es una buena ocasión para explorar la valoración que se hace de la obra del escritor chileno en su país casi cuatro años después de su muerte. Debido a lo anterior ha recogido la opinión de cuatro figuras de las letras chilenas en el reportaje titulado ‘Nadie es profeta en su tierra‘.

En el testimonio que dan los autores de los cuatro textos que reproduzco a continuación se destaca la postura crítica de Bolaño frente al establecimiento literario de su país, tanto el anquilosamiento como el espíritu reaccionario de éste y su incapacidad de tomar una distancia crítica para valorar ecuánimemente la calidad de una obra que hacia mediados de los noventa empezó a recibir el reconocimiento de la crítica en España y en los demás países de América Latina —algo bastante frecuente en aquellos medios retrógrados que se construyen alrededor de vacas sagradas a las que sólo le interesa la defensa del status quo para conservar su posición de notables y su séquito de aduladores—.

Nadie es profeta en su tierra

Roberto Bolaño no tuvo una fácil relación con la literatura de su propio país. Habló en contra de muchos autores consagrados y armó un nuevo linaje poético al margen de los grandes nombres. Sus declaraciones y su consagración mundial causaron resquemores y variados enconos. Pero ¿cómo se lee actualmente a Bolaño en Chile? ¿Cuál es la dimensión de su presencia y su peso? Radar estuvo en Santiago para averiguarlo. Además, opinan jóvenes escritores y críticos chilenos.

Por Mauro Libertella, desde Santiago de Chile

Una noche de 2003, una famosa y poco lúcida conductora de televisión chilena anunció, en vivo y a todo color, que Roberto Bolaño, el Chavo del Ocho, había muerto. La confusión podría tildarse de simpática —la animadora pensaba en el actor Roberto Gómez Bolaños, que sigue vivo y coleando— si no escondiera tras sus pliegues una realidad inquietante: a la hora de su muerte, Roberto Bolaño era en su país un escritor más bien fanstasmal, de apellido intercambiable. Con cincuenta años encima, marcados por una concepción utópico-idealista pero altamente contemporánea de la literatura, Bolaño dejaba tras su paso un puñado de libros definitivos; libros escritos con urgencia, con humor, y con una pasión que a muchos nos hizo creer de vuelta en la epifanía literaria como un sueño posible. Sin embargo, en el país en el que había nacido y del que se había ido de adolescente, para volver sólo unos días antes del golpe de Pinochet y exiliarse para siempre, la opinión era todavía difusa. ¿Cómo explicarlo? En primer lugar, la aniquilación y la pausada reconstrucción que hizo Bolaño de lo que se entendía por “literatura chilena”, una literatura anquilosada y dormida en los colchones espinosos de la dictadura, fue radical. Desde sus cuentos y novelas, Bolaño tallaba sobre un mármol perdurable una idea de Chile, hecha con la materia de una inagotable biblioteca personal, pero también con un universo de ideales morales y estéticos que jamás se corrompieron. Así, Bolaño es el escritor que desde España escribe sobre el Chile que recuerda, pero en ese recuerdo está agazapada la proyección de un Chile posible, de un país en donde la mediocridad o el silencio pueden ser denunciados con elegancia pero sin concesiones. Y es lógico: muchos escritores y críticos chilenos sintieron en Bolaño a un forastero que hablaba desde afuera, y tejieron sobre su obra un silencio casi simbólico, que se puede entender como miedo, como rechazo o como la aceptación de una evidencia incontestable.

Y además, claro, están los jóvenes escritores, esos que llegaron a la literatura cuando Nocturno de Chile o Estrella distante se estaban imprimiendo. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo escribir después de Bolaño? ¿Por qué puerta entrar a las catedrales de la literatura chilena, cuando uno de sus más grandes escritores vivos decía: “Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo”? De un solo modo: quemando las barcas por la escritura. Tomando la herencia de Bolaño desde su costado vital y luminoso, que más que un costado es su centro mismo. Pero, desde ya, la propuesta de Bolaño no es de simple ejecución. Implica una revisión total de la tradición, invirtiendo valores que años de dictadura y operadores culturales a su servicio habían erigido, armando con los ladrillos de la mentira una idea de la literatura chilena —esplendorosa, vendedora—, que un escritor como Bolaño, en muy pocos años, pudo hacer temblar.

Para ilustrar la relación esquiva y pantanosa de Bolaño con la patria y el suelo de pertenencia, se ha mencionado el hecho de que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana, escrita por un chileno que vivía en España. Esta extraterritorialidad (en términos de Ignacio Echevarría) fue lo que evitó que el mundillo literario chileno le palmeara la espalda, neutralizando su literatura. Y esa misma extraterritorialidad —solitaria, vertiginosa, lunática— fue la que le permitió también hacer declaraciones como “los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”.

Hay un momento en el archipiélago de la obra de Bolaño en que la idea de Chile hace expansión y se convierte de súbito en la idea de “Latinoamérica”. Pareciera que de Chile a Latinoamérica hubiera un solo paso, la misma pisada áspera pero imprescindible que lo llevó del Chile fundacional al México infrarrealista (reconvertido en “real visceralismo”), y de México a la España de su trabajo narrativo. Y cuando Bolaño se vio a sí mismo reflejado en el espejo prolífico y mediático de la literatura latinoamericana de fin de siglo, no vaciló en espetar sus pareceres. Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.

Caminando por las calles de Santiago se puede percibir el singular imaginario letrado de un país que carga en su haber con dos premios Nobel de Literatura, ambos poetas. Es una relación con la literatura al mismo tiempo cercana —Pablo Neruda es algo así como el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa, si no afirman habérsela tomado, además de haberlo leído en la escuela, al igual que la Mistral— y de idealización, de protección casi guerrera de sus vacas sagradas. Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra. Por eso, tal vez, la irrupción repentina y feroz de Roberto Bolaño en el mapa de las letras locales, con su ímpetu de quiebre y su fascinación por lo menor y lo dislocado, fue difícil de asimilar. Fueron unos pocos años de torbellino y fragor. En 1996 publicó Estrella distante y en el 2003 moría en un hospital, dejando en el horno su magna obra 2666. Un destello de siete años en donde se astilló el arco biológico de una vida, y en los cuales ni la crítica ni los lectores pudieron ignorar que algo definitivo estaba pasando.

I.

La parte de Chile

Por Alejandro Zambra *

Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.

Los libros de Bolaño —de un tal Bolaño, Roberto, chileno sólo a medias, porque “ha pasado la mayor parte de su vida en México y en España”— más temprano que tarde llegaron a las librerías nacionales. Fue el origen de un subterráneo pero efectivo caos. Los narradores comenzaron a leer poesía y los poetas a leer y hasta a escribir cuentos y novelas. Secretamente, eso sí: después de comparar Los perros románticos con La literatura nazi en América o Estrella distante, la conclusión del gremio lírico fue unánime: como poeta, Bolaño era un estupendo novelista. No faltó el narrador, en tanto, que definió Los detectives salvajes como una buena novela de aventuras, ni el que caracterizó a Bolaño, con calculada malicia, como un escritor “para poetas”. Los críticos reaccionaron con desconfianza o con incredulidad: muy pronto las aguas se dividieron entre quienes pasaron de Bolaño —y siguieron buscando al sucesor de José Donoso o divirtiéndose con Tolkien— y quienes reseñaron Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes con un entusiasmo que muchos consideraron excesivo. Los profesores, siempre más aplicados que el resto, aprovecharon el bullicio para diversificar un poco el corpus de lecturas obligatorias: sumaron, entonces, a Hernán Rivera Letelier, a Roberto Ampuero y —para internacionalizar un poco el asunto— a Paulo Coelho.

La muerte de Bolaño dio lugar a retroactivas declaraciones de amistad y a soterradas escaramuzas que con justicia podrían tildarse de bolañianas. Más tarde, la publicación póstuma de 2666 generó debates que poco o nada tenían que ver con la novela; el momento más cómico de la discusión fue la insólita respuesta de un escritor herido que, sin siquiera arrugarse, confesó, en El Mercurio, que no había leído la novela, lo que según él no le impedía opinar que los elogios a 2666 eran desmesurados. En fin: no son pocos, en Chile, los lectores capaces de opinar sin leer los libros. La literatura chilena se piensa a sí misma como una isla orgullosamente distante, que recibe con los brazos abiertos a los turistas, pero mira con desconfianza a los hijos pródigos. “La cantilena, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira”, decía Bolaño, y ese saludable descreimiento le valió la antipatía de unos cuantos. Fue, claro está, el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y más allá de las querellas literarias el hecho es que vamos a seguir varias décadas leyendo y releyendo sus libros con invariable ansiedad. ¿Bolaño, entonces, es el nuevo Parra o el nuevo José Donoso de la literatura chilena? Es una pregunta absurda que, sin embargo, en un notable artículo sobre el propio Donoso, Bolaño ya contestó: “Desde los neoestalinistas hasta los opusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman discípulos de Donoso. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.

Por lo pronto —y es aquí donde entra Borges que, en realidad, nunca ha estado fuera— Bolaño no tiene sucesores, sólo precursores: voces que aún no hemos descubierto, pero que sin duda vagan dispersas por las páginas de Amuleto, Nocturno de Chile o 2666. Los lectores chilenos de Bolaño son también lectores de Wilcock, de Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, de Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, de Fernando Vallejo, de Enrique Lihn; autores, todos, que no suelen figurar, por cierto, en las listas de lecturas obligatorias.

* Nacido en 1975 en Santiago, publicó libros de poesía y la novela Bonsai.


II.

El deshielo

Por Alvaro Bisama **

Habría que explicar la relación —o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras —a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba —para equilibrar un crítico presupuesto familiar— a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.

Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.

Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.

Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.

Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.

De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.

Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.

** Escritor y crítico literario, escribe una columna semanal en El Mercurio titulada ‘El Comelibros’.

III.

Una bocanada de frescura

Por Matias Rivas ***

La instalación definitiva de la figura y de la obra de Roberto Bolaño en la literatura chilena aconteció en el año 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. Fue, por supuesto, el mismo año en que Bolaño se hizo conocido y respetado en la literatura en español por su prosa vertiginosa, elocuente y única. Ganó el Premio Rómulo Gallegos y se despachó un discurso impresionante por su franqueza y sutileza para referirse a sus comienzos como escritor y a su generación política.

La instalación en Chile de Bolaño vino, además, acompañada de cierto escándalo: Bolaño escribió un artículo, feroz y divertido, donde relataba la intimidad de una cena en la casa de Diamela Eltit. Este artículo fue publicado por la revista Ajo Blanco y causó escozor en el tímido ambiente cultural de los años de la transición democrática. Luego las emprendió contra el fallecido José Donoso, descartando la mayoría de sus novelas sin piedad; al poco tiempo, desestimó a la entonces triunfante “nueva narrativa” chilena compuesta por Arturo Fontaine Talavera, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Jaime Collyer, entre otros.

La actitud combativa de Bolaño hacia los narradores chilenos motivó el odio de una caterva de enemigos literarios insignificantes que hicieron lo posible por minimizar la calidad de su obra. Entre ellos hay que nombrar al crítico literario del diario El Mercurio, José Miguel Ibáñez, alias Ignacio Valente, sujeto que le sirvió de inspiración a Bolaño para el personaje central de Nocturno de Chile, sin duda su libro más polémico, donde ajusta cuentas con la derecha católica que gobernó las letras chilenas en los años de la dictadura.

Pero Bolaño no sólo criticó cuando volvió a Chile. También escribió y habló elogiosamente de dos poetas claves para él: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Les dedicó agudos artículos. Y fue el mismo Bolaño quien empujó la publicación de las Obras Completas de Parra en España. La razón para su filiación con estos autores: Parra y Lihn poseen obras contundentes, escritas con ironía, inteligencia y libertad. Las mismas características de las que hace gala Bolaño en sus mejores textos.

Para entender cómo se lee a Bolaño desde Chile hay que pensar en que sus libros pueden ser comprendidos desde la antipoesía de Parra. Así como sus discursos, despiadados y lúcidos, dirigidos al establishment literario local e internacional, pueden compararse a los furiosos ensayos de Lihn redactados en plena dictadura contra los poderes omnipotentes de un Estado asesino. Bolaño, al vincularse con estos escritores, declara a qué parte de la tradición literaria chilena pertenece y a cuál no. Se sitúa cerca de la poesía radical, y lejos de la narrativa. Si se leen atentamente sus cuentos y novelas, es fácil percatarse de que Bolaño es un prosista avezado, que conoce de ritmos, de precisión, de soltura y de adjetivos exactos. Siempre fue un poeta dedicado a la prosa con el mismo rigor que piden los versos.

Bolaño, asimismo, fue para los lectores y escritores que descreían de las novelas locales, una sorpresa. Muchos chilenos sólo leen a Bolaño y se saltan con brutalidad a todos los demás narradores porque se aburren con ellos. Eso significa que los libros de Bolaño marcan un hito en la literatura chilena. Para muchos jóvenes su lectura fue una bocanada de frescura en un ambiente cultural sofocante. La velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas. El imaginario que Bolaño impuso aún es una patada certera al realismo bruto y al surrealismo trasnochado.

¿Cómo leemos a Bolaño desde Chile? Con fascinación, gratitud y humor. Bolaño tiene la virtud de inspirar a otros escritores. Su descendencia podría ser generosa.

*** Nacido en 1971, publicó poesía y es director de Publicaciones en la Universidad Diego Portales.

Page 1 of 212