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Martes, abril 12, 2011 categorizado bajo edición, editores, oficios

“afortunados quienes hacen lo que quieren”: reseña de stet [vale lo tachado] en letra internacional

El número 110 de la revista Letra Internacional que acaba de salir incluye una reseña mía de Stet [vale lo tachado], el libro de la editora británica Diana Athill que Trama editorial publicó en 2010 y del que ya he comentado algunos aspectos en varias entradas anteriores.

En el primer párrafo de esta reseña cuyo título es “Afortunados quienes hacen lo que quieren” hago una advertencia acerca del tipo de libro que es Stet [vale lo tachado] y de la intención de Athill al escribirlo con el propósito de que el lector sepa qué va a encontrar en él y qué no. Reproduzco este primer párrafo para que quede claro de qué estoy hablando:

‘Diana Athill empieza Stet haciéndole al lector una aclaración con respecto a la naturaleza del libro que está comenzando a leer: se trata de los recuerdos de una ex editora que quiere compartir algunas de las experiencias que almacena en su cabeza para evitar que con su muerte éstas desaparezcan definitivamente y no de una sesuda historia de la edición en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XX, hecha a partir de cifras obtenidas mediante un riguroso trabajo de exploración de archivos y de su memoria. Athill deja la realización de estudios historiográficos y técnicos en manos de los buenos investigadores y se reserva para sí la composición de un relato en tono menor conformado por algunos recuerdos de su experiencia y por las reflexiones que éstos le suscitan al mirar hacia atrás años después’.

En la reseña me refiero más que todo a la particular concepción que tiene Athill del oficio del editor, así como al origen de su vocación de editora y a su forma de asumirla. Aprovecho para volver a llamar la atención sobre dos planteamientos que hace Athill acerca del rol del editor porque me parecen una interesante declaración de principios que definen su forma de asumir ese oficio al que se dedicó durante alrededor de cincuenta años:

’1.) el editor es una comadrona que se ocupa de ayudar a dar a luz a los hijos de otros; 2.) sólo aportando simpatía imaginativa a la hora de trabajar con los autores puede el editor ser útil a éstos y a su editorial’.

Quizás ésta no sea su intención pero en estos recuerdos de una editora Athill termina no sólo ofreciendo desde su perspectiva personal varias ideas esenciales con respecto a la naturaleza del trabajo editorial así como algunos preceptos en relación con la manera de abordarlo, sino también dando cuenta del espíritu de la época de la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XX y de algunos episodios y tendencias que al ser fundamentales en la evolución del mundo de la edición británica marcaron y definieron su rumbo.

Quienes quieran leer la reseña completa, pueden descargarla apretando aquí.

Jueves, enero 20, 2011 categorizado bajo contenidos digitales, digitalización, e-book, entorno digital, nuevas tecnologías

la conservación de los contenidos: una cuestión delicada

En el artículo “El panorama de la información” incluido en el volumen Las razones del libro que Trama editorial publicó en septiembre de 2010 el historiador estadounidense Robert Darnton aborda un tema crítico e inquietante del que se habla poco en la discusión en torno a la inminente emergencia de lo digital: el problema de la conservación de los contenidos.

En tres de los ocho puntos a través de los cuales explica por qué la digitalización no hará que las bibliotecas de investigación se vuelvan obsoletas Darnton expresa las inquietudes que le suscita este problema*:

4. En el mundo de la tecnología electrónica, sometido a rápidos cambios, las empresas decaen con celeridad.

Puede que Google desaparezca o sea eclipsada por una tecnología aún más importante que convierta su base de datos en algo tan anticuado e inaccesible como muchos de nuestros antiguos disquetes o CD-ROM. Las empresas de electrónica van y vienen. Las bibliotecas de investigación perduran años. Es mejor reforzarlas que declararlas obsoletas, porque a los nuevos medios la obsolescencia les viene de fábrica.

5. Google cometerá errores.

A pesar de su esfuerzo por cuidar la calidad, habrá libros que pasará por alto, páginas que se salte, imágenes que le quedarán borrosas y miles de veces no habrá reproducido los textos a la perfección. Hubo una época en que pensamos que el microfilm resolvería el problema de la conservación de textos. Ahora ya sabemos que no.

6. Como en el caso del microfilm, no hay ninguna garantía de que las copias de Google no se deteriorarán.

Los bits se degradan con el tiempo. Puede que los documentos se pierdan en el ciberespacio debido a que el sistema en el que están codificados se quede anticuado. Tanto el hardware como el software se quedan viejos a un ritmo preocupante. A menos que se resuelva el engorroso problema de la conservación digital, todos los textos que «nacen digitalizados» pertenecen a una especie en peligro de extinción. La obsesión por desarrollar medios nuevos ha inhibido el esfuerzo por conservar los antiguos. Hemos perdido el 80% de las películas mudas y el 50% de las películas rodadas antes de la Segunda Guerra Mundial. Nada conserva mejor un texto que la tinta sobre papel –sobre todo el papel fabricado antes del siglo XIX– salvo los textos escritos sobre pergamino o grabados en piedra. El mejor sistema de conservación jamás inventado es el –anticuado, premoderno– libro‘.

A partir de los planteamientos que hace Darnton en estos tres puntos con respecto al problema que presupone la conservación de los contenidos en formato digital hay varios aspectos que me parecen particularmente críticos y sobre los que creo que vale la pena llamar la atención:

- el riesgo que representa el carácter efímero de las tecnologías, cuya acelerada evolución las hace obsoletas rápidamente. La adopción de estándares es fundamental para evitar que en un futuro la potencial obsolescencia de las tecnologías comprometa la accesibilidad a los contenidos.

- el carácter no infalible de la tecnología, que no sólo es susceptible de sufrir problemas técnicos sino que al igual que el papel también es sensible a ciertas condiciones ambientales que al hacerla altamente vulnerable ponen en peligro la conservación de los contenidos.

- el control sobre aquellos contenidos que han sido digitalizados por alguien distinto de su editor —bien sea Google o bien cualquier otro agente externo—: ¿en manos de quién estarán los archivos originales, donde estarán alojados éstos, quién podrá disponer de ellos para explotarlos y quién definirá sus posibles usos?

Es necesario recordar que hoy en día la conservación no es un problema exclusivo de lo digital y que como disciplina profesional la gestión de la información y la documentación lleva años desarrollando un amplio abanico de procedimientos y métodos para conservar los fondos bibliográficos y documentales existentes en papel con el propósito de asegurar su supervivencia. Debido a lo anterior los documentalistas deberían jugar un rol estratégico tanto en la discusión en torno a la conservación de los contenidos digitales como en la definición de los procedimientos, las prácticas y los métodos que deben ponerse en marcha para garantizarla. No está de más decir que el sector editorial tiene mucho que aprender de los documentalistas, que en su quehacer diario están enfrentándose desde hace muchos años a la emergencia de lo digital, que han reflexionado seriamente al respecto, que a pesar de las dificultades han sabido asimilar el cambio tecnológico y que son conscientes de que como profesionales se encuentran en un permanente proceso de reconversión.

Y ya que estamos hablando del problema de la conservación de los contenidos en el tiempo sea cual sea su soporte, cierro esta entrada con una pregunta que cada cierto tiempo me da vueltas en la cabeza: ¿cuál habrá sido de aquí a quince, a treinta o a cincuenta años la suerte de esos libros que al abrirlos por primera vez se parten en dos o se desencuadernan y que se han imprimido en un papel que no resiste ni siquiera el paso de un lápiz o de una goma de borrar, como los que muchos actores de la industria están produciendo masivamente en la era del low cost y que inevitablemente abundan cada vez más en nuestras bibliotecas?

* nota: las negrillas en las citas de Las razones del libro son mías.

Jueves, abril 22, 2010 categorizado bajo 1, sant jordi, sant jordi 2010

sant jordi o día del libro 2010 [ 27 ] / las recomendaciones de manuel ortuño, de trama editorial

A continuación presento las recomendaciones de libros para regalar este Sant Jordi / Día del libro que nos hace Manuel Ortuño (Trama editorial):

1. De los libros publicados por Trama editorial, ¿cuál(es) recomienda para regalar el próximo 23 de abril?

- Jérôme Lindon. Mi editor (Jean Echenoz).

2. ¿Cuál(es) libro(s) regalará el próximo 23 de abril?

- Maneras de no hacer nada (María Vela Zanetti).

3. ¿Cuál(es) libro(s) le gustaría que le regalaran el próximo 23 de abril?

- Dublinesca (Enrique Vila-Matas) y The Oxford Companion to the Book (Oxford University Press).

***

Las recomendaciones serán publicadas en orden de llegada. Las siguientes en publicarse serán las de Àngels Balaguer (Duomo ediciones).

A quienes espontáneamente quieran enviarme sus recomendaciones por correo electrónico, los invito a hacerlas llegar con el asunto “sant jordi / día del libro: recomendaciones para [ el ojo fisgón ]“ a la siguiente dirección: martingomez78[arroba]gmail[punto]com

Martes, abril 13, 2010 categorizado bajo 1, destacados, editores, editores independientes

el editor como descubridor

Desde la semana pasada que empecé a releer La sabiduría del editor me dan vueltas en la cabeza las palabras con las que Hubert Nyssen empieza el capítulo “El arte del descubrimiento”. Dice Nyssen:

‘Joven o maduro, el editor literario se siente a veces y se pregona siempre investido de una misión de descubridor. Pues, él lo sabe, si confesara no tener más ambición que la de vender bien su mercancía (como hacen tantos hoy), sería simplemente uno de esos vendedores de papel impreso que abastece el grueso de la plantilla en la corporación editorial. En suma, para el editor, el descubrimiento es a la conquista lo que la invención es a la producción: la manifestación de su autoridad, aquello por lo que le son reconocidos el mérito de la revelación y el privilegio de la propiedad.

Mediante el descubrimiento, el editor accede a una forma de creación que le pertenece, la de su catálogo. Un lugar, ese catálogo, donde todo recién llegado, al mismo tiempo que es irradiado por el entorno que lo acoge, aporta un poco (y a veces mucho) de su propio barniz’.

Las palabras de Nyssen me hacen pensar en la idea del editor como el intermediario para que un texto encuentre a sus lectores y para que éstos den con el tipo de cosas que quieren leer de acuerdo con las necesidades, los intereses y las expectativas que dicta su disposición en un momento particular. Para jugar este rol de intermediario el editor debe ser un explorador que pone en práctica un ejercicio de observación participante en su entorno con el objetivo de identificar pistas que lo lleven a encontrar alguna perla o, en caso de tener muy buena suerte, a descubrir un yacimiento de estas piedras preciosas.

Justo ayer que estaba preparando esta entrada, Jorge Herralde se refirió a este mismo tema en el diálogo que sostuvo con Luis Solano, de Libros del Asteroide, en el ciclo Edicció. Converses amb editors/Edicció. Diálogos con editores que está realizando la librería Laie en el café de su local de la calle Pau Claris. A propósito de este tema Herralde hizo alusión, entre otras cosas, al problema que tienen los pequeños editores independientes cuando los grandes grupos sacan la chequera para seducir a los autores en los que ellos han invertido tras haberlos descubierto y dado a conocer, ofreciéndoles sumas de dinero que quienes han apostado por ellos inicialmente no están en capacidad de asumir.

Lo paradójico es que, como comentaron ayer Herralde y Luis, muchos de los nuevos editores independientes están construyendo su catálogo al menos en parte mediante la recuperación de títulos que han publicado los sellos de calidad de los grandes grupos pero que desde hace un tiempo se encuentran descatalogados porque para éstos no es rentable mantenerlos vivos. Curioso, ¿no?

la importancia de calibrar la producción editorial…

… a partir de las exigencias del lector.

Cuando Severino Cesari le pregunta a Giulio Einaudi si ‘es un lugar común del periodismo cultural que los grandes publican a ciegas, inundan el mercado con tiradas absurdas con el efecto de desalojar de él a los libros de calidad’, el editor italiano contesta lo siguiente:

 

‘No publican a ciegas. Pero mientras que la edición “sí” , la edición cultural, trata de englobar cada título en un programa innovador, que sea una revelación mental, grande o pequeña, la apertura de un nuevo mundo por minúsculo que sea, la gran edición de consumo, que tiene también obras muy meritorias e islotes de gran calidad, publica sin embargo cualquier cosa que tenga una posibilidad de venta. No aspira, pues, a poner en primer lugar lo nuevo, sino lo ya conocido, aunque esté bien contado.

 

La diferencia sustancial es que las tiradas, en la experiencia de Einaudi, se calibran sobre las exigencias del lector. En cambio las tiradas de la “edición no” —y no hablo sólo y necesariamente de los grandes grupos editoriales, cada uno de nosotros puede convertirse en un “editor no”, no es nada definitivo, es una línea sutil que separa las opciones que se toman— se calibran sobre las exigencias del editor. Esa es la cuestión. Nosotros hemos tratado siempre de calibrar la producción según la idea que nos hacíamos de las exigencias del lector, un lector auténtico y fiel al que conocíamos muy bien gracias a una relación continua. La decisión en torno a la tirada se caía por su propio peso’.

 

 

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La respuesta de Einaudi me suscita varias preguntas: ¿cómo se define y se identifica a ese lector cuyas exigencias se cree conocer? ¿De dónde viene el conocimiento de “las exigencias del lector”? ¿Cuáles son las estrategias puestas en marcha para adquirir ese conocimiento?

 

Como posibles respuestas a estas preguntas pienso en la identificación de nichos con los cuales se está en sintonía debido a la existencia de intereses en común, en el trabajo de construcción de públicos, en el establecimiento de un contacto estrecho y permanente con las librerías y en la observación directa de la demanda. Supongo que la adopción de medidas en éstas y otras direcciones serán muy útiles para que los editores optimicen la inversión de sus recursos, pisen más sobre seguro, disminuyan los riesgos propios de su actividad e incluso editen menos y mejor —como lo plantea Pierre Assouline en su entrada “Publier moins pour publier mieux” (”Publicar menos para publicar mejor”), de julio pasado en La république des livres— para no contribuir ni a la sobreproducción ni a la saturación del mercado que contaminan la cadena de valor e introducen tanto ruido.

 

La pregunta de Cesari viene antecedida por un par de observaciones interesantes del editor con respecto a la manera como operaba en Einaudi el departamento Comercial —dirigido por Roberto Cerati— y a su rol en la toma de decisiones. Dice Einaudi:

 

‘Suya [de Cerati] es la teoría de las colecciones, que hay que controlar pacientemente en los anaqueles de las librerías, título a título, con implacable envío de reposiciones de los títulos válidos que en el momento del control faltan en la librería. Este técnica ha hecho que el libro más representado en los anaqueles de cualquier librería sea el libro Einaudi (…) Mientras que la teoría de Cerati es prudente, pone con discreción en el mostrador el número de ejemplares que la tradición y la experiencia indican como correctos para el mercado, y se las arregla para que el librero conserve ese libro en la estantería dedicada desde siempre a Einaudi (…)’.

 

‘(…) En la Einaudi, Comercial debía ocuparse ciegamente de la difusión de los libros, sin interferir en las opciones editoriales aunque señalando las tendencias y demandas del mercado. El señor Cerati estaba presente en todas las reuniones importantes, y ante todo en las del Consejo, las reuniones de los miércoles, participando así desde el principio en la elaboración de los procesos de toma de decisiones’.

 

Las palabras de Einaudi en este último párrafo me hacen pensar en la manera como se articula dentro de una editorial la relación entre los departamentos de edición, de comunicación y prensa, de marketing o comercial —allí donde éstos existen, claro—, en el papel que juega cada uno en los procesos de toma de decisiones o en las tensiones existentes entre ellos.

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