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jueves, noviembre 14, 2013 categorizado bajo distribución, e-commerce, periodismo

“el lado oscuro de amazon”: reseña en el cultura/s, de la vanguardia

Todos dicen que Amazon es “el enemigo común”: agentes literarios, editores, distribuidores y libreros. Y también sus competidores en el negocio tanto del comercio electrónico como de la venta de contenidos digitales. Como señala David Streitfeld en el blog Bits de The New York Times, ‘quizás era inevitable que Amazon tuviera una relación difícil con los editores de libros. Los editores son analógicos, Amazon es digital. Los editores son Nueva York, Amazon es Seattle. Los grandes editores tradicionales no sabían mucho acerca de sus clientes y en realidad no les importaba. Amazon sabe mucho acerca de sus clientes y le saca el máximo provecho’.

 

Llevamos un tiempo oyendo hablar con cada vez más frecuencia e insistencia de la manera como Amazon está bien sea acabando con el negocio de la industria editorial o bien quedándose con él —si no totalmente, al menos en parte—. Pero en esta ocasión no quiero hablar de la industria editorial. El tema del que voy a ocuparme esta vez son las políticas laborales de Amazon y las condiciones en las que trabajan decenas de personas en sus almacenes logísticos. Justamente de esto se trata En los dominios de Amazon, el libro de Jean-Baptiste Malet publicado recientemente por Trama editorial en su colección Tipos móviles.

 

 

 

 

 

 

En el número de ayer del suplemento cultura/s de La Vanguardia apareció la reseña “El lado oscuro de Amazon”, en la que doy cuenta de mi lectura personal de En los dominios de Amazon. Los invito a leer esta reseña, que es además una invitación a reflexionar sobre las implicaciones que tiene hoy en día cada una de las decisiones que tomamos como consumidores —un tema al que ya me referí hace un par de meses en la entrada “experiencia de compra y elección racional: hacia un consumo reflexivo”—.

 

Así empieza la reseña:

 

‘Poco antes de las fiestas navideñas de 2012 el periodista Jean-Baptiste Malet se infiltró como temporero en el almacén logístico de Amazon de la ciudad francesa de Montélimar. Tras pasar un minucioso proceso de selección, en su primer día de trabajo Malet entra al almacén “decidido a romper el secreto que Amazon ha guardado tan minuciosamente alrededor de sus actividades logísticas”. En los dominios de Amazon recoge el testimonio de esta experiencia, así como una serie de reflexiones con respecto a las prácticas de la compañía y a los métodos que ésta utiliza para alcanzar sus objetivos. Malet pone en evidencia el dispositivo puesto en marcha cada vez que un consumidor compra en Amazon un libro, un DVD, un jersey o una batidora para que éste conozca esa secuencia de movimientos invisible desde su pantalla que hace posible que reciba su pedido al cabo de pocos días’.

 

Si el tema les interesa, en el blog de la revista Texturas pueden encontrar una recopilación de contenidos sobre En los dominios de Amazon que han sido publicados en distintos medios.

 

 

 

 

 

 

Gracias al equipo de Trama editorial por mandarme En los dominios de Amazon, a Sergio Vila-Sanjuán por encargarme la reseña para el cultura/s y a Ramon Homs por enviarme el PDF de la publicación —que puede descargarse apretando aquí.

llamémosla random house, de bennett cerf: un viaje a la prehistoria de una empresa y de una industria

Durante mis vacaciones de verano estuve leyendo Llamémosla Random House, de Bennett Cerf —que hasta hace poco era la última novedad de la colección Tipos móviles de Trama editorial—. Además de contar de una manera muy agradable montones de anécdotas sobre autores, editores y libros de todos los géneros, Cerf aborda en sus memorias una amplia variedad de temas: sus principios como editor, el origen de su empresa, la evolución de la gran industria editorial estadounidense, la distribución y la comercialización, el boom del libro de bolsillo, su rol como figura pública y el crecimiento empresarial de Random House mediante la compra de otras editoriales.

 

 

 

 

 

Hay varios fragmentos de Llamémosla Random House que por distintas razones me llamaron particularmente la atención. A continuación reproduzco algunos de esos fragmentos, que espero que inciten a más de uno a leer estas estupendas memorias de Cerf:

 

– sobre la formación profesional de Cerf y las principales lecciones que éste aprendió durante su paso por la universidad:

 

‘Mi educación en Columbia no se limitó a acumular conocimientos de literatura e historia; también, gracias sobre todo a mi experiencia con el Spectator y el Jester, aprendí en la Escuela de Periodismo cómo escribir una historia con rapidez y usando las menos palabras posibles. Y algo más que considero impagable: aprendí a no llenarme la cabeza con información inútil, pues un hombre inteligente no debe llevar todo eso en la mollera, limitándose a saber dónde encontrar lo que necesita cuando lo necesita. Aprendí a saber buscar las cosas que necesitaba y cómo sacarles partido‘.

 

– sobre el papel que algunos jóvenes judíos jugaron en el desarrollo de la industria editorial estadounidense:

 

‘Liveright estaba profundamente resentido con los editores establecidos. Ellos lo odiaban como odiaban a Alfred Knopf y a B. W. Huesbsch, que habían comenzado casi al mismo tiempo. Nunca antes había habido judíos en la edición americana, que era una sociedad cerrada a los jóvenes de nuestro grupo. De repente habían aparecido en la escena algunos judíos jóvenes y brillantes, que estaban alterando todos los principios antiguos de la edición… y haciendo ruido, si pensamos en Liveright.

Liveright, Ben Huesbsch, Alfred Knopf, y más tarde Simon & Schuster y Harold Guinzburg, cambiaron el curso de la edición. Lo suyo eran empresas jóvenes, y aunque fueron metidos en el mismo saco por los viejos, lo cierto es no eran iguales. Knopf ya era un joven editor con gusto literario y mucha dignidad, cuando llegó Horace Liveright, al que Alfred juzgaba como zafio y extravagante’.

 

– sobre el funcionamiento del sistema de distribución y comercialización de libros en los años 1920 en Estados Unidos:

 

‘Liveright acababa de publicar la Historia de la Biblia de Henrik van Loon. Dado que la anterior Historia de la Humanidad había sido un bombazo, Dick había llenado el coche con ejemplares de Historia de la Biblia. Pero este libro no funcionó. La gente religiosa estaba furiosa porque van Loon se hubiera creído capaz de escribir una especia de Biblia de diario. Hoy los libros se dejan en depósito y por tanto pueden ser devueltos sin problemas, pero en aquellos días había que pedir un permiso especial para realizar cualquier devolución. De modo que allá donde fuéramos siempre escuchábamos lo mismo:

—¿Qué vamos a hacer con este desastre?

Esa fue mi primera lección sobre edición: qué hacer con un título que resulta un fracaso. Con frecuencia los libreros tenían la sartén por el mango, porque si no aceptábamos sus devoluciones se negaban a pagarnos. Nos decían: “Queremos devolver eso. Nos lo habéis endilgado y no lo queremos”. El caso es que en aquellos días un comercial trataba de colocar todos los ejemplares que le era posible, pues el truco estaba en vender de más. Eso era lo que hacía un buen comercial: si un librero quería quedarse diez ejemplares y le colocaba veinticinco, era todo un héroe. Hoy todo esto sería ridículo, pues los ejemplares nos llegarían devueltos en cualquier caso’.

 

– sobre el origen del nombre Random House:

 

‘Rockwell Kent se había convertido en un gran amigo tras hacer las guardas para la Modern Library. Era en ese momento el principal artista comercial de los Estados Unidos. Un día vino a nuestra oficina. Estaba sentado en mi escritorio, frente a Donald, y estábamos halando de hacer un par de libros, cuando de repente tuve una inspiración y dije:

—Ya tengo el nombre la editorial. Acabamos de de decir que vamos a publicar algunos libros at random, al azar, de forma aleatoria. Llamémosla Random House.

A Donald le gustó mucho, y Rockwell Kent dijo:

—Es un gran nombre. Voy a encargarme del logo.

Así que, sentado en mi escritorio, sacó una hoja de papel y en cinco minutos dibujó Random House, que ha sido nuestro logotipo desde entonces’.

 

 

 

 

– sobre la relativa estabilidad del negocio editorial:

 

‘Aunque el mercado de libros de arte se vino abajo cuando se produjo el crash, tuvimos suerte con la Modern Library, ya que su catálogo consistía en libros baratos, por lo que incluso durante la Gran Depresión pudimos seguir adelante. De hecho, cada año mejoramos un poco, y nunca hubo un gran retroceso en las ventas. Dos veces al año añadíamos cinco o seis nuevos títulos. El negocio editorial siempre había sido bastante estable. No se dispara cuando las cosas se están volviendo locas y la gente gana mucho dinero y lo gasta en viajes, clubes nocturnos y teatros caros. De todos modos, los amantes de los libros no suelen caer en excesos especulativos. De la misma manera, cuando todo se va al infierno, los libros se convierten en una de las formas más baratas de adquirir placer. Así que la Modern Library pasó por la Gran Depresión magníficamente’.

 

– sobre el negocio de las conferencias y la forma como operan las agencias que lo gestionan:

 

‘Una vez más una cosa llevó a otra, y un día recibí una llamada telefónica de Colston Leigh, un agente del circuito de conferencias. Me dijo que me había escuchado en un par de programas de radio y me preguntó si alguna vez había pensado en dar conferencias; le respondí que no, y me dijo:

—Creo que lo harías de maravilla, y se puede ganar un montón de dinero.

Aquello me interesaba. Me deleita la mera idea de hablar, incluso a cambio de nada, ¡y cobrar por ello hace que todo sea mejor!

—Sin duda me encantaría probarlo —admití.

(…) El circuito de conferencias es un negocio peculiar. Como comisión habitual un agente recibe una tercera parte y no un diez por ciento, como el teatro o la literatura. Los agentes sacan el 33,3 por ciento, y además uno tiene que pagar sus propios gastos. Es una buena tajada, pero dan un buen servicio. No solo te contratan, sino que cuando sales te dan un dossier de cada lugar que visitas, a qué hora tienes que tomar el avión, todos los billetes y reservas de hotel’.

 

– sobre la disminución de la lectura de revistas por culpa de la televisión —podemos ver que la satanización de los nuevos medios es una vieja práctica que hoy en día sigue teniendo mucha vigencia—:

 

Las revistas se han visto afectadas por los libros de bolsillo, pero no tanto como por la televisión. Muchas personas solían comprar una revista solo para pasar la noche. Por ejemplo, un viajante de comercio, solo en una ciudad extraña, podía comprar dos o tres para llevárselas a la habitación cuando estaba en una ciudad donde no conocía a nadie. Hoy en día, cada habitación de hotel dispone de un televisor, o, si no, hay uno en el vestíbulo. Las personas que leían solo por desesperación, ahora pueden ver toda la basura que quieran en la tele. ¿Para qué iban a leer? Cuando se observa a un grupo alrededor de un aparato de televisión en un pueblo pequeño, uno cae en la cuenta de que está en presencia de un espectáculo bastante desalentador. Allí, todos sentados, pegados a la pantalla. Ellos ni siquiera saben lo que están viendo. Se sientan allí, atontados, toda a noche. Esto ha perjudicado a la revistas, a las ilustradas en particular. Además, las tendencias están cambiando, y la revista que no cambia con las tendencias sucumbe como todo lo demás. Hace un tiempo, un profesor del MIT afirmó: “Si funciona, es obsoleto”. Todo cambia rápido, y hay que ponerse las pilas’.

 

– sobre lo que es un buen editor:

 

‘Un buen editor, creo, al igual que un buen autor, tiene que poseer talentos de nacimiento, como una buena memoria y algo de imaginación. Pero también tiene que poseer un abanico bastante amplio de intereses, un dominio práctico del idioma y un buen conocimiento de información general (cuanto más, mejor) para poder entender lo que el autor está tratando de hacer y ser de ayuda. Un editor tiene que haber leído lo suficiente como para ser capaz de apreciar la buena escritura cuando la ve, y además debe tener una idea de qué tipo de libros compra el público, ya que como es natural ninguna editorial puede sobrevivir si no hay demanda de sus libros, no importa lo bien escritos que estén.

Una de las funciones más importantes de un editor es tratar de mantener un equilibrio entre los intereses de los autores con los que trabaja y los intereses de la casa para la que trabaja. Estos son a menudo idénticos, pero no siempre, y, cuando no lo son, el editor, atrapado entre la espada y la pared, tiene que emplear una diplomacia considerable hacia ambos lados, así como demostrar cierta paciencia, otra cualidad indispensable.

Un editor tiene que ser capaz de llevarse bien con los autores, lo que no siempre es fácil. Cuando la relación es buena, el editor puede ser muy útil al servir como una especie de caja de resonancia para las ideas e intenciones de un autor, y hacer sugerencias encaminadas a afilar y aclarar lo que el autor quiere decir. Además, el editor puede ser de valor a la hora de señalar aquellas partes de un manuscrito que deben ser cortadas, ya que resultan repetitivas, o no aportan nada y resultan innecesarias’.

 

– sobre la preparación de la sucesión en Random House por parte de Cerf con miras a su retiro:

 

‘Justo antes de vender la empresa a RCA había decidido que era el momento de renunciar a la presidencia. Me estaba haciendo mayor, tenía 67 años y Donald 63. Mis hijos no estarían listos aún: Chris tenía solo 23 y Jon 18 años. Nuestra editorial era muy grande, y teníamos que hacer algo acerca de la sucesión. Opino que uno debe escoger su sucesión cuando está todavía activo. Muchas empresas se van al garete porque los dueños piensan que van a durar para siempre, y cuando desaparecen de la escena no hay nadie dispuesto a tomar el relevo. Y hasta que formas a alguien o te topas con la persona adecuada tienes un problema.

Siempre he comparado una empresa con un equipo de béisbol, con los Yankees de Nueva York, por ejemplo. La razón por la que el equipo quedó campeón año tras año era que había gente muy inteligente preocupada por aportar la continuidad necesaria. Mientras el equipo jugaba en el campo, los sustitutos de los jugadores estrellas ya estaban contratados, a la espera de dar un paso adelante y tomar el relevo.

Teníamos a alguien, el hombre adecuado, Robert Bernstein, que se había venido con nosotros de Simon & Schuster unos años antes como gerente de ventas, y había demostrado que tenía todo lo necesario para llevar todas nuestras operaciones. Así que nombramos a Bob presidente y yo seguí como presidente de la Junta. Luego, en 1970, dejé el cargo de presidente y Donald se hizo cargo del puesto, y tanto Phyllis como mi hijo Christopher renunciaron como editores de Random House: Christopher aceptó un puesto en la televisión con Barrio Sésamo y Phyllis se puso a trabajar en proyectos editoriales de manera independiente’.

 

El apartado dedicado al surgimiento y al desarrollo del mercado del libro del bolsillo que se desarrolla entre las páginas 184 y 194 merece una mención aparte —prefiero no citar ningún fragmento porque recomiendo su lectura completa—.

 

 

 

 

 

 

Llamémosla Random House es un libro bastante ameno que si tenemos en cuenta la evolución de RH y del sector del libro desde su publicación inicial en 1977 hasta nuestros días, podríamos decir que habla sobre la prehistoria de una empresa y de una industria que en las últimas décadas han sufrido profundas transformaciones —entre las cuales quizás una de las más destacadas recientemente sea la creación del gigante Penguin Random House como resultado de la fusión entre los grupos editoriales Random House y Penguin, pertenecientes respectivamente a los conglomerados Bertelsmann y Pearson—. A pesar de estas grandes y aceleradas transformaciones, muchos de los planteamientos que Cerf hace en Llamémosla Random House —dejando de lado los razonables sesgos derivados de su vanidad y de su autocomplacencia, que son más que evidentes— siguen gozando de plena vigencia a 35 años de la publicación de sus memorias y varias décadas después de sucedidos muchos de los acontecimientos que en ellas se cuentan y se analizan.

 

nota: todas las negrillas son mías.

martes, febrero 5, 2013 categorizado bajo asociación de revistas culturales de españa (arce)

la revista texturas está disponible en digital

En el Quiosco Cultural de la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) pueden comprarse en formato digital los números 1 al 18 de la revista Texturas, que desde 2006 es publicada por Trama editorial.

 

 

 

 

La venta en digital a un precio asequible de los primeros 18 números de la revista Texturas es una buena noticia tanto para los profesionales del sector del libro como para las personas que están interesadas en él, sobre todo para quienes por distintas razones no pueden o no quieren acceder a ella en papel. Quienes se encuentren fuera de España —sobre todo en Latinoamérica— y estén interesados en todo lo relacionado con la edición, el libro y la lectura ya no tienen excusa para no leer Texturas porque se han eliminado las barreras tanto geográficas como económicas que dificultan el acceso a esta revista mediante el sistema de distribución propio de las publicaciones en papel.

miércoles, octubre 24, 2012 categorizado bajo edición, industria editorial

¿un privilegio que se paga caro?

Dice Martine Prosper en la introducción de La cara oculta de la edición que ‘el ámbito de lo social es, sin lugar a dudas, el lado oscuro de esta empresa cultural en la que trabajar es un privilegio que se paga caro*. Supongo que el hecho de que Prosper sugiera que trabajar en el mundo de la edición es un privilegio tiene algo que ver con las primeras frases del párrafo inicial tanto de la introducción de su libro como del primer capítulo de éste, cuyo título es “Edición, representaciones y falsas apariencias”:

 

‘Cuando se habla del mundo editorial pensamos en Saint-Germain-des-Prés, en un oficio dominado por las grandes pasiones, en verdad pobre pero no por ello menos fascinante y prestigiosoCuando se habla del mundo editorial nos centramos en la imagen que la profesión tiene de sí misma y que los medios se encargan de difundir ampliamente. Una imagen un tanto caduca, artesanal, un mundo en blanco y negro (…)’.

 

‘”¡¿Trabaja usted en la edición?!” En la reacción que suscita la confesión del propio oficio se da una mezcla de admiración, de secreta envidia, de curiosidad interesada (¿el escritor oculto que todos llevamos dentro?), que dice mucho del prestigio que rodea el acto de publicar libros. Es como si acabases de salir del caldero mismo de la creación y estuvieses en posesión de una parte de sus misterios y de su magia… Da igual que te ocupes de cosas que en realidad nada tiene que ver: comercialización, servicio de prensa, contabilidad o logística. El sector en su conjunto está revestido de una aureola de gloria, ha construido el mito y ha sabido hacerlo prosperar (…)’.

 

 

 

 

Estoy de acuerdo, en muchos sentidos trabajar en edición se paga caro —con frecuencia las condiciones no son las mejores: normalmente se cobra poco y a varios meses vencidos, se trabaja demasiadas horas, los contratos a menudo son precarios (cuando los hay porque en ocasiones no es el caso) y muchas veces los plazos de entrega son bastante estrechos—. Sin embargo, no comparto del todo con Prosper la idea de atribuirle al trabajo en edición el status de privilegio —aunque claro, como están actualmente las cosas en España cualquiera que no esté en el paro puede considerarse un privilegiado—.

 

Quizás la la idea de trabajar en edición como un privilegio también tenga que ver con el culto a los oficios asociados a ésta, a la palabra impresa en general y al libro en particular —que en mayor o en menor medida practicamos y alimentamos muchas de las personas que trabajamos en el sector—. Y probablemente esta idea también se nutra del hecho de saberse perteneciente a un medio cerrado y practicante de un oficio que contribuye a la producción de bienes con un alto valor simbólico, social y cultural. Sospecho que en últimas esta actitud se deriva de la sensación de que el ejercicio de los oficios de la edición supone una vocación que no todo el mundo tiene y que ésta es la fuente de la satisfacción que produce ganarse la vida haciendo algo que a uno le gusta —lo cual sí que es un privilegio—.

 

Ahora bien, dudo que tanto el componente vocacional como la felicidad de disfrutar el ejercicio de una actividad determinada sean exclusivos de las profesiones liberales —en las que percibo un alarde particularmente notorio al respecto—. Pienso en la vocación y en el cariño que pueden sentir por su profesión u oficio personas que trabajen como abogados, administrativos, arquitectos, camareros, carniceros, carpinteros, cocineros, comerciales, contables, conductores de autobús, corredores de bolsa, dependientes, diseñadores, economistas, electricistas, enfermeros, fontaneros, guías turísticos, informáticos, ingenieros, mecánicos, médicos, obreros, odontólogos, panaderos, publicistas, taxistas, zapateros y un largo etcétera.

 

Es cierto que todos los trabajos no le producen el mismo grado de entusiasmo y/o desinterés a todo el mundo y también lo es que la valoración que se hace de éstos en los ámbitos social y personal es bastante desigual. Sin embargo, está claro que la vocación, el status social de un oficio o la satisfacción que produce el ejercicio de éste nunca deberían ser una justificación para renunciar a hacer el trabajo bajo unas condiciones mínimamente dignas —y digo “nunca deberían ser” porque por distintas razones a menudo pueden llegar a serlo—. Así denuncia Prosper en el “Prefacio a la edición española” el discurso bajo el cual podría justificarse la precariedad laboral en el mundo editorial:

 

‘Como si el prestigio que confiere el acto de “hacer” libros anulase la cuestión de los derechos sociales. Como si en la pasión que debe animar a los “intelectuales” del sector no encajasen consideraciones materiales tan vulgares’.

 

Con respecto a mi experiencia personal trabajando para la industria editorial tengo que decir que lo que he hecho hasta ahora me ha generado grandes satisfacciones a pesar de que desearía que ciertas condiciones particulares hubieran sido mejores. En cualquier caso me siento afortunado por llevar varios años teniendo la oportunidad de ganarme la vida haciendo algo que creo que sé hacer más o menos bien, que procuro hacer de la mejor manera posible y que me gusta.

 

En el último fragmento de La cara oculta de la edición que quisiera destacar Prosper señala la contradicción existente entre la importancia que tiene la materia prima humana en la industria editorial y el tipo de trato que quienes trabajan en ésta reciben a cambio de su contribución a la producción y puesta en circulación del libro:

 

‘Y sin embargo… en la economía del libro, que es una economía basada en prototipos, la materia prima es ante todo humana. De un extremo al otro de la cadena, son mujeres y hombres quienes desde la idea inicial hasta el objeto físico, desde el trabajo editorial propiamente dicho a la comercialización y distribución, construyen la realidad de ese objeto que es el libro. He aquí, pues, una profesión que tiene vocación”ilustrada”, cuya riqueza fundamental es humana, pero que maltrata a todo aquel que trabaja en el sector’.

 

En tiempos difíciles como los actuales la lectura de un libro como La cara oculta de la edición es absolutamente necesaria, reveladora y estimulante. En este libro Prosper ofrece algunas claves para entender cómo se manifiesta la crisis —no sólo en su dimensión económica, por supuesto— en el sector editorial.

 

En relación más o menos directa con todas estas cosas que vengo comentando recomiendo leer las siguientes entradas:

 

– El des(empleo) en el sector editorial y Paradojas editoriales: crecimiento de empresas y pérdida de empleo, de Manuel Gil

– La (in)visibilidad del editor, de Bernat Ruiz Domènech

 

Para terminar quisiera llamar la atención sobre el estupendo trabajo que hizo Gabriela Torregrosa al traducir La cara oculta de la edición. Trama editorial se ha apuntado un acierto no sólo al publicar este libro, sino también al poner su traducción en manos de Gabriela.

 

* nota: las negrillas son mías.

martes, abril 12, 2011 categorizado bajo edición, editores, oficios

“afortunados quienes hacen lo que quieren”: reseña de stet [vale lo tachado] en letra internacional

El número 110 de la revista Letra Internacional que acaba de salir incluye una reseña mía de Stet [vale lo tachado], el libro de la editora británica Diana Athill que Trama editorial publicó en 2010 y del que ya he comentado algunos aspectos en varias entradas anteriores.

En el primer párrafo de esta reseña cuyo título es “Afortunados quienes hacen lo que quieren” hago una advertencia acerca del tipo de libro que es Stet [vale lo tachado] y de la intención de Athill al escribirlo con el propósito de que el lector sepa qué va a encontrar en él y qué no. Reproduzco este primer párrafo para que quede claro de qué estoy hablando:

‘Diana Athill empieza Stet haciéndole al lector una aclaración con respecto a la naturaleza del libro que está comenzando a leer: se trata de los recuerdos de una ex editora que quiere compartir algunas de las experiencias que almacena en su cabeza para evitar que con su muerte éstas desaparezcan definitivamente y no de una sesuda historia de la edición en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XX, hecha a partir de cifras obtenidas mediante un riguroso trabajo de exploración de archivos y de su memoria. Athill deja la realización de estudios historiográficos y técnicos en manos de los buenos investigadores y se reserva para sí la composición de un relato en tono menor conformado por algunos recuerdos de su experiencia y por las reflexiones que éstos le suscitan al mirar hacia atrás años después’.

En la reseña me refiero más que todo a la particular concepción que tiene Athill del oficio del editor, así como al origen de su vocación de editora y a su forma de asumirla. Aprovecho para volver a llamar la atención sobre dos planteamientos que hace Athill acerca del rol del editor porque me parecen una interesante declaración de principios que definen su forma de asumir ese oficio al que se dedicó durante alrededor de cincuenta años:

‘1.) el editor es una comadrona que se ocupa de ayudar a dar a luz a los hijos de otros; 2.) sólo aportando simpatía imaginativa a la hora de trabajar con los autores puede el editor ser útil a éstos y a su editorial’.

Quizás ésta no sea su intención pero en estos recuerdos de una editora Athill termina no sólo ofreciendo desde su perspectiva personal varias ideas esenciales con respecto a la naturaleza del trabajo editorial así como algunos preceptos en relación con la manera de abordarlo, sino también dando cuenta del espíritu de la época de la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XX y de algunos episodios y tendencias que al ser fundamentales en la evolución del mundo de la edición británica marcaron y definieron su rumbo.

Quienes quieran leer la reseña completa, pueden descargarla apretando aquí.